jueves, 24 de diciembre de 2015

Marcelina, peladillas y turrón. Fuego y humo (Cuento de Navidad)



Sube la anciana Marcelina, como todas las mañanas de invierno, empujando la carretilla desde el lecho del Huécar con la carga de leña, lo único que dará calor a su hogar.

—Pocas veces subiré esta angustiosa cuesta —piensa en voz alta fijándose en la desinflada rueda de la carretilla.

Se detiene cansada antes de llegar a la altura del puente de San Pablo. Intenta estirarse, con las manos en los riñones y echando la cabeza para atrás.

—¡Malditas cervicales! ¡Malditos los años! Una que es vieja ya —dice, mientras mira los turistas que en esos momentos cruzan el puente disparando sus cámaras de fotos contra las Casas Colgadas.

Ríe, imaginándose que, con los ojos fijos en los monitores de sus cámaras digitales o en sus celulares, tropiezan con las tablas del puente y caen de morros contra las mismas; incluso, a las heladas aguas del río Huécar. Termina estallando en carcajadas por su pequeña malicia mental.

—Sí es que parece que están atontolinados, miran todo a través de una pantalla de un aparato, y ninguno ve más allá de los dos palmos que le separan del cristal, ninguno ve lo que me cuesta empujar esta vieja carretilla. Alguno, sí alguno me mira y se percata de que estoy aquí, pensará, estoy segura, pensará que formo parte de las atracciones del ayuntamiento para atraer turistas.

Levanta su mano derecha hacía sus labios tocándose las desiertas encías, con el dedo índice que está libre de la lana del guante; tapándose a continuación su mellada boca al percatarse que dos chiquillas se le quedan mirando. Intenta sonreírles, siente el pudor de que le vean el desierto que cierran sus ajados labios.  Al final baja su mano rebuscando caramelos de menta en el bolsillo del mandil. Saca dos y con la mano extendida los ofrece a las chiquillas. La madre, niega con la cabeza, apartando a las chiquillas.

—No, no, gracias, no llevamos dinero suelto. Después dirigiéndose a las chiquillas…—¿No os tengo dicho que no cojáis nada de extraños?

   Alguien pensará que, a sus casi noventa años, no tiene marido, hijos o nietos que le puedan ayudar a subir la carretilla. No tiene marido, tuvo dos, y a los dos amó; aunque el primero solo le dio sufrimiento y cinco hijos de embarazos encadenados.  Pensó que ni se casaría, ni tendría más hijos.
—Pero una es muy tonta, no había televisión y las noches en Cuenca son muy frías, y yo, me dejaba querer —diría muchas veces a quien le quisiese escuchar, siempre con la sonrisa en los labios.

Fue madre de todos, a todos les enseñó a ser personas, y, con sus ahorros, los pocos que tenía, les dio estudios. De sus riñones salieron dos arquitectos, un médico, un coronel, dos maestros y dos que se negaron a estudiar, por mucho que ella insistió. Todos se marcharon fuera, al principio venían todos los años a pasar las vacaciones o dejarles los nieto, para poder ellos ir de vacaciones o estar más libres. Hasta dieciocho nietos llegó a juntar un verano en su casa. Los nietos crecieron, y alguno, de vez en cuando la visita. Los hijos hasta hace diez, acudían todos en Navidad. Después, comenzaron las discusiones en torno a la mesa, para al final demostrarse, al morir su marido, que una madre es para mil hijos y mil hijos no son para una madre, todos quisieron su parte de la herencia, lo poco que había se lo repartieron de malos modos, a ella le quedó la casa y la exigua pensión de viudedad..., y, nada más, ni tan siquiera el cariño de algunos de los hijos y de muchos de los nietos.

Sí, casi todos, y algunos años, todos, llaman, si se acuerdan para desearle feliz Navidad, y si no se acuerdan, llama ella.   Todos prometen que el año siguiente, sin falta, estarán con ella, todos tienen poderosas razones para no poder estar esa noche a su lado.

Al llegar su fría casa, enciende la chimenea, la leña está húmeda y le cuesta prender; sin embargo, al final, la experiencia de sus años y sus dedos artríticos consiguen prender la llama.  Cuando estaban los nietos, cuando iban los hijos con sus familias, y ella era más joven, adornaba toda la casa como una “feria”. Preparaba mantecados, roscos de anís o de vino, y aguardentados. Ponía un belén, con sus luces y su río de papel de aluminio, y con ramas colocaba los árboles alrededor. En los últimos años se limita a poner las viejas guirnaldas de colores y las luces que tanta gracia le hacían entonces, y ahora le producen tristeza.  Termina de decorar la casa con motivos navideños, los mismos de los últimos veinte años. Este año, duda si poner las viejas figuras del belén en el recibidor. Piensa en los chiquillos que vendrán a pedirle el aguinaldo.  Como todos los años dejará niño sin poner, para que le pregunten:

—Doña Marcelina… ¿Su portal de Belén no tiene niño Jesús?

—Ven mañana, que seguro que ya habrá nacido —respondía ella con la misma respuesta que daba a sus nietos cuando la visitaban, no puede evitar como una furtiva lágrima le corre por las mejillas al recordar su casa repleta de chiquillos.
Coloca los retratos de todos sus hijos, de sus dos fallecidos maridos y de algunos de sus nietos, de aquellos que sus padres habían tenido a bien mandarle fotos; aunque a algunos de ellos ni en fotos los conoce.

Cuando los primeros troncos han ardido y comienzan a formarse las ascuas, prepara el brasero, que coloca bajo la mesa camilla. Para no tener que levantarse. Enciende un par de velas doradas, adornadas con guirnaldas de colores, pero no las enciende. Primero coloca la sopa, que con paso tembloroso derrama, parte de ella en el suelo, para alegría de su gato. Después echa en la sartén unos ajos y cuando están dorados, unos filetes de merluza, de esos congelados, que no tienen raspa. Cena con parsimonia, imaginando la desierta mesa llena de hijos, nietos, yernos y nueras. Cenará con sidra, no se le sube a la cabeza, y esa noche no quiere agua. Brindará por ellos, por todos los ausentes, mientras deja el pescado al lado, la congoja le impide comerlo, como si las inexistentes raspas se le agarrasen como garfios de hierro oxidado a la garganta.  Cuando llega con el turrón blando, el gato se ha comido ya el pescado. Marcelina, ríe y le regaña; pero, al final lo abraza sintiendo su calor y cariño. Termina por sentarlo en su halda, juntos, comen la sopa.
Aquella noche, cuando los chiquillos van a pedir los aguinaldos, nadie contesta a la puerta.  Cosa extraña, pues Marcelina, siempre, siempre, tiene peladillas y turrones para darles.
—Doña Marcelina, ¡abra! Sabemos que está, huele a chamuscado, seguro que se le han pegado las gambas...
Pero Doña Marcelina no contesta. No insisten mucho, a pesar de saber que está dentro.
—La vieja ya chochea, seguro que se le han cruzado este año los cables. —Dice uno de los chiquillos frotándose las manos, intentando calentárselas.
—Pues mi madre me ha dicho que la ha visto en la pastelería y ha comprado de todo, peladillas, turrón y alajú —apunta una de las niñas.
El ruido del teléfono se escucha desde el exterior, nadie lo coge. Insisten en llamar, Marcelina siempre les da caramelos de menta, y en Navidad el aguinaldo, cuando no les da es en Halloween, y reniega si le dicen “truco o trato”, pero en Navidad, siempre les abre la puerta.
Hace mucho frío, pero como todos los años le cantan un villancico, que Marcelina apenas llega a escuchar, quiere gritar, tener las fuerzas suficientes para llegar a la puerta; no obstante, solo llega a coger la talega con las peladillas y turrón que iba a darles a los chiquillos.  La voz no le sale de la garganta, el humo llena todo. Pronto se vuelve a escuchar el teléfono de manera insistente, una y otra vez. Sabe que son sus hijos. Pensarán que está enfadada, además de sorda, y como están todos muy lejos y celebrarán la Navidad cantando alegres villancicos, y tal vez, entre copa de cava, y polvorón, se acuerden se su madre.

Cuando el veintiocho de diciembre, la asistenta social abre la puerta, un fuerte olor a humo impregna todo, ve a Marcelina cerca de la puerta con la taleguilla de las golosinas en la mano, los ojos muy abiertos y el gato muerto a su lado.


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