jueves, 14 de enero de 2021

Recuerdos de días de invierno de la escuela en la Mancha

 



Chimeneas de blancos humos llenan el horizonte de mis recuerdos.

Silencio roto por las campanadas del reloj en la noche callada, y los gallos de madrugada que cantan sin pedirle permiso a la alborada.

Campesinos como leones de azabache, poseídos por el ansia de la vida no esperan que el sol les pille en la cama y que cuando el gallo canta, ya están en la besana.

Chiquillos que se desperezan esperando que suene la última campanada para abandonar las sábanas. Y al levantarse, miran por la ventana, por si Dios quisiera que la nieve impidiera tener que ir a la escuela, mala suerte la de ellos, que sólo llueve en domingo.

La escuela espera:

—Tómate el tazón de leche de de la cabra, sin derramar una gota, que no hay más.

—Si va a llover.

—Si no cantas, no.

—Pues canto y si llueve no voy.

—Date prisa y no te olvides el tronco para el maestro, que, si no lo llevas, no pasas a la escuela y tienes que volver.

—¡Bueno, pues pierdo escuela! ¡Vaya tontería!

—¿Tontería entrar a la escuela? Te voy a dar a ti...

—Tontería llevar el ceporro, que se calientan sólo quienes se ponen delante. El hijo del alcalde, del alguacil y el secretario, también los hijos de los guardias y el hijo de la Filomena, no sé por qué, ¿será porque es hijo del cura, como dice Manuel? Madre, que no quiero ir a la escuela a pasar frío, que de los ceporros se aprovechan todos menos quienes lo llevamos...

—Si pierdes la escuela no vas a necesitar ceporro para calentarte, que la zapatilla tengo bien dispuesta y las nalgas las vas a tener calientes hasta que dejes de ser un ceporro...

—Si hoy es fiesta de guardar.

—¿Fiesta? ¿Cuál, que no me he enterao?

—Santo Tomás de Aquino.

—Pues eso, de aquí no.  

Pescozón, tronco y  “pa” la escuela cabezón, que además me he enterao que es el cumpleaños del maestro y os va invitar a almorzar.

—Si acaso, leche en polvo y na más...

—Sal tirando, no me hagas hablar, que llegas tarde ya...

El chiquillo con el pescuezo caliente y la cabeza gacha, corre con el tronco en la mano fría, sin entretenerse ni una mieja. Se sienta en la parte de atrás, con la esperanza de que el maestro lo saque a la pizarra y así poderse calentar, que en los pupitres de atrás se hielan las palabras y no se puede estar.

Al mediodía, en cuatro zancadas, llega a su casa dispuesto a colocarse a medio palmo de la lumbre, tan cerca que si fuese de cera, en un instante no quedaría ni la mecha de la vela.

Al rato, bien cerca de la lumbre, alrededor de la sartén de gachas, se sientan chiquillos y mayores, un poco de pimiento en vinagre, si pica mejor, que quita el frío.

Veloz con la mano, rápido con la boca mete la navaja para probar, sin esperar a que su padre reparta las rebanadas de pan. 

—¡Me quemao la lengua!

—Eso por espabilao y ansias, ¡so zoquete!

—Un zoquete de pan, no vendría mal, que aunque esté duro, tengo buenos dientes...

—Anda toma un trago de vino y calla, que no se te quite la gana y  se enfríen los quemaos.


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