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domingo, 13 de abril de 2014

El Domingo de Ramos que pude quemar mi casa, conmigo dentro...





Mis primeros años de vida fueron de ir a misa todos los domingos, fiestas de guardar, y todos los días laborables al rosario, sin faltar a no ser por fuerza mayor o como en cierta ocasión que me oriné en el confesionario (también por fuerza mayor) y pensaba que el cura me había visto, aunque juraría que aquel día el confesionario respiraba, como si dentro hubiera algo más que el cura esperando pecados. Por entonces temía más al cura de los capones que a las llamas del infierno, que imaginaba vivas, moviéndose despacio como animales pacientes.

Por eso mismo era tan de ir a misa, e incluso a las procesiones, a pesar de ser mis padres agnósticos.

No recuerdo dónde estaban mis padres aquel Domingo de Ramos. En la iglesia, por supuesto que no, y en el pueblo tampoco. A veces pienso que esos días desaparecían del todo, como si el domingo los borrara del mundo. Lo cierto es que me dejaron al cuidado de mi hermano menor, menor de los siete que iban delante de mí. Mi hermano Julián me llevaba más de diez años y ya tenía esa edad en la que uno empieza a mirar a las muchachas como si en ellas hubiera un misterio más grande que Dios.

Yo tendría unos seis años y mi hermano dieciséis. Aquel invierno, mis hermanas me trajeron de Ibiza unas bonitas velas de cumpleaños, y yo estaba entusiasmado: nunca en mi vida había visto velas de colores que chisporrotearan. Juraría que cada una tenía un olor distinto y que, al encenderlas, la llama no era siempre la misma, como si cada vela guardara su propio ánimo y sus chispas fueran diferentes. Mi madre las había escondido, más que nada porque no me mease en la cama:

—Quien juega con lumbre se mea en la cama —nos solían decir nuestras madres.

Y yo me lo creía, porque en mi casa las palabra de mi madre iba a misa, aunque ella no fuera, sin necesidad de quitarse la zapatilla. No las escondería muy bien, cuando yo terminé encontrándolas.

Mi hermano Julián me llevó a misa y a la procesión del Domingo de Ramos, con un jersey de estreno, porque ese día también era obligado estrenar algo y mi madre me lo había tejido ex profeso. Entonces se solía decir:

—Quien no estrena el Domingo de Ramos se le caen las manos.

Y durante años yo estuve convencido de que, al llegar la noche, a los niños que no estrenaban se les aflojaban las manos como hojas secas y se las llevaba el viento de solano, que decían que era peor que el bicho que le picó al tren. Por eso mi madre no quería que se me cayeran, y me había tejido un jersey con las suyas, que a veces, al ponérmelo, todavía estaban tibias.

Era exactamente igual al de mi hermano, pero mucho más pequeño; aunque más grande de lo que me correspondía, porque era principio de primavera y me tenía que durar al menos dos años. Así que llevaba un jersey en el que bien hubiese cabido otro Paco, o quizá el mismo Paco de otro año, esperando su turno. Por entonces estaba tan delgado que debía pasar dos veces por el mismo sitio para hacer sombra, y aun así, a veces la sombra se me quedaba atrás.

Después de los actos litúrgicos y de caminar en procesión detrás de la borriquilla, colocamos el ramo de oliva en la ventana. Siempre creí que ese ramo vigilaba la casa, y que si uno lo miraba de noche, las hojas se movían aunque no hubiera aire.

Mi hermano se quedó con sus amigos en la calle, posiblemente viendo a las muchachas pasar, tan guapas ellas, todas con vestidos de estreno que parecían hacerlas mayores de golpe. A mí no me interesaban esas conversaciones. Yo estaba obsesionado con aquellas velas de colores.

Y al final di con ellas, escondidas en el aparador. Aunque me tenían prohibido cogerlas, me subí a una silla y las tomé. Como mi hermano estaba fuera, cogí también cerillas, que siempre estaban encima de la cornisa de la chimenea, como si nadie dudara de que el fuego sabía estarse quieto.

Me metí en el cuarto de mis padres, debajo de la cama, y allí comencé a prender velas. Al principio todo fue hermoso: las llamas pequeñas, de colores, quietas como si me obedecieran y las chispas, que no llegaban a pavesas, chisporroteaban con alegría. Pero entre vela y cerilla prendí también la colcha, la cual comenzó a arder por su cuenta y sin mi permiso, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía años.

El fuego creció despacio, con una calma que daba más miedo que cualquier grito. El humo subía hacia el techo, pero también parecía buscarme, como si supiera que yo era el culpable. Me asusté y me tendí debajo de la cama, incapaz de moverme, pensando que si no respiraba, el fuego no me vería.

La suerte fue que el humo era tan espeso que salió por la puerta de la calle antes que yo, avisando a los demás. Al instante entró mi hermano con sus amigos, me sacaron de debajo de la cama y apagaron el fuego, que se resistía como un animal al que no le gusta ser domesticado.

Me vieron tan asustado que a mí no me pasó nada. Mi hermano cargó con todas las culpas; aunque desde entonces se cuidaron mucho de que no tuviese ni velas ni cerillas cerca.

Y durante mucho tiempo, cada vez que veía una llama, me ponía a varios metros de ella, aunque hiciese mucho frío.

Domingo, 13 de abril de 2014

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