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domingo, 24 de junio de 2018

Los tesoros de La Ceramo de Benicalap

Todos sabemos que en la Ceramo se se fabricaban de los mejores vidriados de España, al menos eso nos han contado;  pero...¿cuántos los hemos visto?


Plato con el Portalet



Como siempre se ha dicho, La Ceramo fue una joya que fabricaba auténticas de vidriados cerámicos apreciados en todo el mundo.  Hubo un tiempo en que no había persona de prestigio o de dinero, que no es lo mismo, que no tuviese una pieza o varias de las producidas en La Ceramo. Rara era la casa real que en sus palacios no tuviera alguna pieza. Por tanto, para muchos, visitar Valencia y pasarse por la Ceramo era visita obligada.  Por ella pasaron artistas, escritores, también Carmen Collares, solo, que al igual que hacía en las joyerías, tampoco pagaba lo que «generosamente» le regalaban (qué remedio). Por la Ceramo también pasaron princesas de cuento, como la famosa emperatriz de Austria, Sissi. 

De ella salieron ánforas, jarrones y otros vasos alfareros con la técnica llamada de reflejos metálicos, tuvo medallas y galardones de honor en todas cuantas exposiciones se presentó y sus piezas se encuentran en los principales museos del mundo. Todos los edificios emblemáticos de Valencia fueron embellecidos con sus vidriados y reflejos metálicos, como la Estación del Norte, El Mercado Central o el de Colón.  A pesar de todo fue a la ruina y quienes deberían haber velado por ella dejaron que se fuese derrumbando poco a poco, ante la desidia y la indiferencia de las autoridades de turno, a pesar de las reivindicaciones ciudadanas.

Sería conveniente que al mismo tiempo que se recupera el edificio, una parte del mismo se dedicará, aunque solo sea como atracción turística, a volver a producir estas joyas.













sábado, 3 de marzo de 2018

Cuentos de móviles o celulares ( Cinco relatos del Bar Arenas de Benicalap)



Llegaron para quedarse.  Yo fui de quienes pensaron que eran un juguete, que como el «Tomagochi» eran una cosa pasajera. Que tenía muy poca utilidad, útil para transportistas y poco más, puesto que todos teníamos teléfono en casa y cabinas telefónicas en muchas calles.

 Lo confieso, me equivoqué, y lo peor, es que sigo pensando que, posiblemente, si no existiesen el mundo sería muy diferente para mejor, o al menos que solo sirviesen para hablar por teléfono y poco más. 

Estas cinco historias sucedieron en el Bar Arenas, del cual era yo uno de los propietarios.


El hombre que hablaba a los árboles

Locos siempre hubo o tal conforme escribió Antonio Machado:

"Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día."



 Frente al bar Arenas,  había unos cuantos árboles plantados de manera precipitada en vísperas de elecciones municipales. Todavía no existía el parque actual, sino un barrizal con árboles, sin alcorque, siquiera, que con las primeras lluvias que hubo después de las elecciones, dos o tres se cayeron sin necesidad de ayuda.

 De repente entra un barrendero, podría decirse que entre escandalizado y guasón, señalando, tras pedir una cerveza, a un hombre muy bien trajeado, apoyado en el delgado tronco de uno de los árboles:

—Mirar el menda ese hablando al árbol.

Al instante, todos miramos por la ventana. El hombre movía una de las manos haciendo aspavientos como si estuviese discutiendo acaloradamente con alguien. 
Aquella mañana, para todos los presentes fue la primera vez que vimos a un hombre hablando a un árbol, o al menos era lo que pensábamos,  sin poder aguantar la risa.


—Menudo chalado —dijo uno.

—A saber lo que se ha fumado —dijo otro.

No había mucho que especular, todos estábamos de acuerdo con quienes había hablado. Hasta que entró un representante de embutidos de Albacete, de un pueblo que tiene por nombre Peñas de San Pedro.  Se nos quedó mirando a todos con cara de asombro. Le señalamos a aquel hombre,. Para nuestra sorpresa nos contestó:

—Yo también me quiero comprar uno. Es el mejor invento que existe, pero anda que no son caros los jodios.

Ese día nos enteramos de que existían teléfonos móviles, los cuales se podían llevar de un lado a otro, aunque no cogieran en el bolsillo, y cada llamada te podía salir por el ojo de la cara y parte del otro. El precio por minuto, entonces, estaba por encima de las 100 pesetas y el establecimiento de llamada, por creo que cinco duros.





Unos años más tarde:

La joven que se quedó sin cenar

Los móviles, o celulares, pronto se redujeron de tamaño, y cuanto más pequeños más caros eran. Ya no eran solo para profesionales, sino que los jóvenes, se vieron fascinados por aquellos artilugios y  más de uno se quedó sin cenar por culpa de una llamada de teléfono. Ahora la cobertura 4G es mala, en muchos casos.  Entonces la red móvil era muy deficiente, y nunca funcionaba en el interior de los edificios. 

El primer caso que conocí fue el de una joven, que llegó con unos amigos, siendo la única que tenía móvil de todos ellos.
Pidieron de cenar, y nada más poner los platos sobre la mesa, sonó el móvil. La muchacha, que además era de las que le gustaba presumir de sus "cosas", salió a la calle y se quedó sin cenar, entre las risas de sus amigos, que les parecía una estupidez tener el móvil, porque:

—Con ese aparato estás siempre localizado y tus padres saben dónde estás, menudas ganas de quedarte sin cenar.

— ¡Que va! — Contestó ella  —. Yo les digo a mis padres: estoy en casa de Amparo.  Por poner un ejemplo, la semana pasada, sin ir más lejos, me fui con Borja a Benidorm, me llamaron mis padres y le dije que estaba con Amparo. El móvil es un gran invento.  

Y esa era una de las equivocaciones que tenían algunos y teníamos muchos: 


La cocinera jeta


Más o menos, eso nos ocurrió con una joven cocinera que tuvimos contratada un par de meses. Era una adelantada a su tiempo en esta cuestión. Ya, por entonces, tenía la muchacha la adicción actual que ahora jóvenes y viejos tenemos,y eso que el móvil solo servía para llamar. 

Tanto ella como el novio tenían móvil, pero cuando tenía que llamar al novio, iba a casa de la madre o de la abuela, porque las llamadas a móviles resultaban todavía muy caras. Según veíamos, porque ella nos lo contaba, se enfadaba la buena muchacha de que su madre y su abuela le echasen en cara las más de treinta mil pesetas que habían tenido que pagar de teléfono (que esa era otra, como ya he dicho, cada minuto de móvil o a móvil, te podía salir por más de 125 pesetas, 65 céntimos de euro).

Un fin de semana, a la hora de comenzar la jornada no se presentó, sabíamos por el novio, que era muy hablador, que ese viernes había un concierto de un conocido grupo musical que no recuerdo el nombre y que les gustaba mucho.  El día anterior, precavida ella,  nos dijo que el teléfono de casa de su madre, lo tenían estropeado, que si la tenía que llamar por cualquier razón, lo hiciese al móvil. 

Antes de llamar nosotros, fue ella quien lo hizo, siendo ella quien se delató:

—Paco, ¡¡achís!!, tengo un catarro de mil demonios, ¡¡achís!!, ¡¡achís!!, no puedo ni respirar, ufff, me ahogo…estoy muy mala, muy mala, perdona, pero hoy no podré ir, ¡¡achís!!, a ver si mañana estoy mejor¡¡achís!!…

—Tranquila. Intentaremos apañarnos como sea —le contesté.

Nada más colgar, tuve la sensación de que esas toses y estornudos habían sonado forzados. Aunque no suelo ser desconfiado, al instante se me ocurrió que podía estar en el concierto. Sin pensármelo dos veces, marqué su número fijo; a pesar de habernos dicho que lo tenía estropeado. 

Al otro lado del teléfono fue su madre quien contestó, con la cual no había hablado nunca, no existiendo entonces identificador de llamadas y mi voz todavía sonaba como la de un joven treintañero.

—¿Está Amparo?

—Amparo se ha marchado con Joan al concierto —respondió inocentemente la pobre mujer, pensando que era un amigo quien preguntaba.

—¿Entonces no está en su casa? —volví a preguntar.

—No, me ha dicho que hoy libraba y que se iba a ver a este grupo de melenudos que no sé cómo se llama —insistió la mujer.

—Pensaba que estaba enferma —dije.

—¿Mi Amparo? ¡Qué va! Ya te digo, está en el concierto.

—Vale, pues dígale que he llamado.

—¿Quién le digo que ha llamado?

—Paco.

—Eres un amigo de ella.

—Sí —le contesté sin querer darle a la mujer el disgusto de saber que había delatado a su hija sin saberlo.

Entonces, la llamé al móvil, con todo el dolor de mi corazón. Lo cogió a la segunda llamada (entonces ni los móviles tenían identificador de llamadas). Tal y conforme me imaginé, se escuchaba la música o el ruido del grupo musical a unos decibelios insoportables. Directamente le pregunté por el concierto, con la picardía de fingir la voz y hacerlo en valenciano.
 Se extrañó, pues a casi nadie le había dado su número.  Me preguntó quién era, y cuando se lo dije, comenzaron de nuevo las toses y estornudos, eso sí, acompañados por el ruido del concierto de fondo.

—Estoy muy mala, ¡¡achís!!, aquí calentita en la cama, ¡¡achís!! ¡¡achís!!

—Estás en el concierto.

—Estoy en mi casa.

—No, estás en el concierto.

—Estoy en mi casa, te lo juro…

—Pues nada, ahora mismo te llamo a tu casa.

—Llámame al móvil, ya te dije ayer que el fijo está estropeado.

—Pues ya lo han arreglado, acabo de hablar con tu madre.

—No.

—Sí, y me has dicho que, como hoy librabas, ibas al concierto.

—¿Y por qué me has llamado al móvil?

—Muy sencillo, llevaba tu novio dos semanas hablando del grupo de marras, y que tú no te lo perderías por nada del mundo.



El móvil, cambió la forma de quedar, de ligar, de todo...


La adolescente que no comprendía cómo nos podíamos apañar sin móvil

El bar Arenas era un bar donde ademas de muchas parejas y jóvenes, iban muchas familias con sus hijos.Una adolescente que solía ir unas veces con sus padres y otras el novio al bar, me hizo ver la utilidad del móvil para quedar. 

 Solía ocurrir, cuando iba con el novio,  se mandaban simultáneamente, con risa tonta, mensajitos a pesar de estar en la misma mesa, poder hablar casi rozándose los labios, y que cada mensaje, les costaba 15 céntimos de euro, ya la peseta había desaparecido, pero los mensajes, no eran gratis. 

Cuando iba con sus padres, no era mejor, en lugar de disfrutar de su familia o de los aperitivos,  lo único que veía era la pantalla de su pequeño celular. Siendo que la conocía desde el día que nació, no tuve reparos en decirle que no era normal que estuviese todo el tiempo con aquel aparato.

—Estoy quedando con mi novio…

—Pues hija mía, las veinticuatro horas del día estás quedando con tu novio —le recriminó su madre.

—¿Acaso no quedaste hace tan solo una hora, cuando te despediste de él? —preguntó el padre en tono burlón.

—Pues no. Menuda tontería, siempre quedamos por móvil.

—¿Por móvil? ¿por qué no en persona? —pregunté extrañado.

—Por móvil, sí, la gente normal queda por móvil. No sé cómo podíais quedar con vuestras novias o novios sin móvil… —replicó segura de tener toda la razón del mundo mundial.

—Y sin teléfono, en mi casa no hubo teléfono hasta después de nacer tu hermano…—le contestó su madre.

—¡Bahh! No me lo creo, ¿cómo os ibais a conocer entonces? Mamá dices unas tonterías...

La conversación duró, sin que la jovencita llegase a comprender que sus padres se hubieran hecho novios sin llegar a quedar jamás ni por teléfono.  La vida no podría llegar ni a existir  sin celulares y mucho menos, si además no tenías sin teléfono.



El anciano adicto al móvil


Iba por el bar un anciano al cual se lo llevaban los demonios cada vez que veía a un joven con el móvil en la mano, sobre todo si veía a su hijo.

—Están todos los jóvenes chalados. Esos aparatos atontan a la gente. Mira que te digo, al paso que vamos, llegará el día que todos jóvenes serán incapaces de separarse de un móvil. Estarán todos atontados, como mi hijo.

En el verano, el hombre se iba a un pueblo del sur de Castilla, en la Mancha Conquense. Cuando regresó en septiembre, llegó al bar con su hijo. El hijo se quedaba en la barra, y el hombre se sentaba en una mesa con su café. A los cinco minutos comenzó a registrarse los bolsillos. Muy nervioso se levantó y salió a la calle, sin que se diese cuenta su hijo, que estaba mandando mensajes con el móvil a la novia.Al percatarse de la ausencia de su padre, me preguntó:

—¿Sabes a dónde ha ido mi padre?

Me encogí de hombros.

— He visto que se registraba los bolsillos, como si hubiera perdido la cartera. 

Entonces el hijo se echó a reír. 

—En el mes de mayo le regalé un móvil, ahora siempre lo lleva en el bolsillo, como se le ha olvidado en casa, ha ido a por él, por si alguien lo llama, y el único que tiene su número soy yo y mi hermano, que nunca lo llama.


lunes, 10 de octubre de 2016

La Ceramo de Benicalap, por donde pasaron emperatrices de película



Hubo un tiempo en que esta fábrica, La Ceramo, era una joya a la cual todas las personas importantes que llegaban a Valencia querían visitar, por ella pasaron artistas, escritores, esposas de sangrientos dictadores y hasta la misma emperatriz de Austria, Sissi.
De ella salieron ánforas, jarrones y otros vasos alfareros con la técnica llamada de reflejos metálicos, tuvo medallas y galardones de honor en todas cuantas exposiciones se presentó y sus piezas se encuentran en los principales museos del mundo. Todos los edificios emblemáticos de Valencia fueron embellecidos con sus vidriados y reflejos metálicos, como la Estación del Norte, El Mercado Central o el de Colón. A pesar de todo fue a la ruina y quienes deberían haber velado por ella dejaron que se fuese derrumbando poco a poco, ante la desidia y la indiferencia de las autoridades de turno, a pesar de las reivindicaciones ciudadanas.
Ahora por fin, después de tanta desidia, parece que se intenta recuperar para el barrio de Benicalap, su edificio más emblemático; esperemos que no sea demasiado tarde.


viernes, 7 de octubre de 2016

Hoy, por fin, Benicalap. Ni más ni menos que Benicalap


El primer lugar en el que pensé llevar a cabo la presentación de mi novela fue en la Biblioteca de Benicalap, en mi barrio de toda la vida. Fue imposible, Valencia es muy grande y las esperas para las presentaciones en la Biblioteca suelen demorarse meses.  La hice en Burjassot, a donde acudieron gentes de Benicalap y más de cien personas abarrotaron la inmensa sala de exposiciones, de 92 sillas, quedó una vacía en honor a mi hija que ese día cumplía veintidós años y estaba realizando un examen en Madrid, decir que a pesar de esas 92 sillas, había más de una docena de personas de pie.

Después he llevado a cabo otras cuatro: dos en La Mancha, en la Trova Manriqueña de Santa María y en Pinarejo, mi pueblo, dónde además fui pregonero de las fiestas, estando previstas dos más en San Clemente y Villarrobledo, otra en Cuenca, y que al final por motivos familiares me resultó imposible realizar. En Valencia realicé otra en Godella y la última en Oropesa del Mar. Hoy toca la más esperada, la de Benicalap. Además muy bien acompañado, ni más ni menos que por la escritora e investigadora histórica Maria Nieves Michavila Gómez, autora de Voces desde el más allá de la historia, el cual, posiblemente, sentará las bases para un estudio en profundidad de algunos enigmas que gracias a ella se podrán llegar a resolver.
Ahora, por fin, en Benicalap.


Sin lugar a dudas hacer la presentación en Benicalap me produce miedo escénico, ver una sala tan inmensa, me gustaría que llena de gente que me conoce y que yo conozco, hace temblar al más pintado. En ningún lugar me como en mi antiguo barrio me conocen tanto. En él he pasado más de la mitad de mi vida; de los cuales casi dieciocho años regentando el Bar Arenas.


Fue en Benicalap donde me planteé seriamente ser escritor, sueños de adolescente y joven que un buen día, cuando creía estar a punto de lograrlo, tras un desengaño, decidió dejar de escribir y dedicarse a servir cervezas, bocadillos, raciones de sepia, bravas calamares, montaditos , morteruelo, salpicón, por supuesto zarajos de Cuenca y un sin fin de comidas. En tantos años los clientes del Bar Arenas se transformaron en mis amigos. Fui el amigo y confidente de muchos de ellos. Podrían salir de esas confidencias mil historias, que como buen sacerdote, jamás he revelado ni revelaré, lo cual no quiere decir que se puedan trasladar al mundo de la ficción.

Lo mejor, esa cantidad de personajes entrañables que pasaron por el Bar Arenas, esos ancianos o no tan ancianos que ya no están con nosotros:


José, aquel muchacho que corría el barrio, algunas veces desnudo y que muchos días pasaba por la mañana a que lo invitásemos al desayuno, o una vez terminadas las comidas a comer un plato de caliente. Otro José, muy joven y lleno de alegría, “La Pelos”, junto con su hermano Federico tenían una fábrica de brochas en la calle Los plátanos (de ahí lo de (La Pelos”), un amigo de él, Santiago. También el Tío Luis, mi paisano de Vara de Rey ¿Cuántas tardes pasamos cascando sin parar? El Maño, siempre con algún chascarrillo en la boca. Mi vecino Emilio, un hombre culto donde los haya, hablábamos de política, de cultura, de un sinfín de cosas, porque tenía tema de conversación y bastante. No me olvido de Juan Cocoví, que llegaba siempre contando algo como si fuese un secreto y normalmente era una broma…


Tampoco quiero olvidarme de personas a las que admiré y no llegaron a pasar nunca por el Bar Arenas: Uixera o Teodoro, compañeros de lucha y de sueños colectivos por un futuro mejor para nuestro barrio y para la sociedad. Porque nuestro barrio fue uno de los barrios más activos social y cultural durante décadas. Fueron los vecinos de Benicalap quienes consiguieron nuestro parque de Benicalap, semáforos, asfaltados…


Sí, Benicalap es mi barrio, será siempre mi barrio, del mismo modo que Pinarejo siempre será mi pueblo, y Sant Antoni de Eivissa, el lugar donde siempre soñé regresar.

Decir, que en Benicalap presentaré la tercera edición de Los manuscritos de Teresa Panza, que no serían lo mismo, de no ser por la inestimable ayuda del profesor don Jaime Flores Flores, catedrático de la Universidad de Puerto Rico-Río Piedras, que ha llevado a cabo una labor impagable, por la cual le estaré eternamente agradecido. Estando convencido de que si don Quijote se reencarnarse sería en la figura de don Jaime Flores Flores.


Fue en Benicalap donde realmente llegué a creer que sería escritor, allá por el, ya lejano año de 1986, cuando participé en el Premio Nadal y mi novela Réquiem por una noche de amor, llegó a estar seleccionada. Nunca llegó a publicarse siquiera, algún día me enfrentaré a ella y la volveré a reescribir, con todo lo que he aprendido y me ha enseñado y está enseñando el profesor Jaime Flores Flores. Tiene miga que a alguien que apenas pisó la escuela, ahora, cuando peina canas, le de clases todo un catedrático de la Universidad de Puerto Rico. 

Gracias, o pese,  a ese fracaso monté el Bar arenas y conocí gente maravillosa, que de otro modo jamás habría conocido.

Hoy, por fin, Benicalap.

¡¡Muchas gracias!!

jueves, 6 de octubre de 2016

Dodotis para el dolor de muelas (Cosas de Benicalap)

 Los más  jóvenes no recordarán que donde ahora hay una frutería, en la esquina Periodista Gil Sumbiela, esquina con Poeta Serrano Clavero,  se ubicó la Farmacia Gómez, que ahora se encuentra en el número 24 de la calle Poeta Serrano Clavero. En aquella botica, junto con el dueño había un hombre muy entrañable y atento, bastante alto y delgado, que bien podría haber actuado de don Quijote. Era un hombre muy sabio, un auténtico boticario de los de antaño, de aquellos que parecían saber todas las propiedades de los medicamentos, de memoria los prospectos, con contra-indicaciones, calidades y cualidades. No recuerdo el nombre.
Hoy, curiosamente he ido al dentista, confirmándose mi temor pretérito para ponerme en las manos de un sacamuelas. De eso se trataba, de sacarme una muela, tarea que parecía imposible y que solo le ha faltado utilizar una maceta y un escapre para sacarla, porque para mí que el martillo neumático sí lo ha usado.
—Nunca me había costado sacar una muela tanto en toda mi vida —ha confesado después de cobrarme, que creo que no tenía mucha seguridad de hacerlo.



Si, ya no estaba yo convencido para ir, desde hoy mucho menos. Creo que me dolerán las dos horas que ha tardado, y no exagero,  que lo que me ha cobrado. Durante varias horas no he podido ni hablar, ni lo que es peor, comer. No menos me fastidiaba el no poder hablar mañana en la presentación de Los manuscritos de Teresa Panza.








Me he ido por los cerros de Úbeda la llana. A lo que iba: estando en aquella farmacia esperando para comprar unas tiritas, le tocó el turno al hijo de un pequeño comerciante que había también en Serrano Clavero, entonces un crío de unos diez años, hoy un hombre casado y con hijos que se acerca a los cuarenta.
—Me ha dicho mi padre que me de dodotis —dijo el chiquillo.
Decir que entonces los pañales se vendían en las farmacias.
— ¿De qué tamaño?—Le preguntó el servicial boticario.
—No lo sé, son para mi padre —respondió el chiquillo.
—Al menos ya sabemos que son para un adulto, aunque también hay tallas…, pesará uno noventa kilos, tamaño extra grande, supongo —comenzó a razonar el farmacéutico.
Yo conocía al chiquillo, conocía al padre, y me extraño que mi amigo, necesitase pañales. Entonces le pregunté al chiquillo.
— ¿Pero tu padre para que necesita dodotis?
—Para el dolor de muelas. Está que rabia.
No es preciso decir, que lo que su padre le había encargado era Nolotil, para el dolor de muelas, y no pañales Dodotis.


©Paco Arenas 

martes, 4 de octubre de 2016

Chupito a chupito, los bomberos en el balcón



Para quien no lo sepa, más de la mitad de mi vida laboral la dediqué a la hostelería y casi dieciocho fui tabernero de mi propio bar en el barrio de Benicalap, el Bar Arenas.  Los taberneros (me gusta ese término tradicional) de barrio suelen ser receptores y emisores de noticias de lo que ocurre a su alrededor, pero sobre todo son una especie de confesores laicos, dispuestos a escuchar y a guardar el secreto de por vida. En su defecto, si lo cuenta, lo lógico es que se atenga a la premisa de:

«Se dice el pecado, pero no el pecador»

 Esta es una de esas muchas historias que me contaron en el Bar Arenas de Benicalap. Una historia para recordar.

 

 

Chupito a chupito, los bomberos en el balcón

La crema de güisqui Baileys se puso de moda en España a principios de los años 90 del pasado siglo. Creo recordar que en al Bar Arenas llegó en la primavera del 91 y fue a raíz de este suceso. Pronto causó furor, sobre todo entre las mujeres. 

Nuestra protagonista, vecina de Benicalap, tuvo la suerte de que en su caja navideña, la empresa en la que trabajaba tuvo a bien regalar junto con los típicos turrones, polvorones, cavas y demás, una botella de Baileys. Hasta ahí todo normal, esa botella la recibieron muchas otras personas sin que a ninguna de ellas le sucediese nada de destacar.  Esta mujer era y, supongo que seguirá siendo, muy jovial que no precisaba de beber para estar de un humor excelente.  Además, no bebía nada de alcohol salvo alguna cerveza con gaseosa, cuando salía a comer fuera, que en su casa solo bebía agua.

La curiosidad, dicen que mató al gato, y eso ocurrió, abrió la caja navideña en el trabajo y se encontró con aquella botella de color marrón que no conocía.

—Esto de Baileys, ¿qué es?

— ¿No lo has probado nunca? —le preguntó una compañera asombrada.

—Pues no. No bebo alcohol —contestó ella con la natural seguridad de quien dice la verdad.

—Mujer, si esto no es alcohol. Esto es como el café con leche, pero mucho más bueno, dónde va a parar. Tú lo metes en la nevera, y después de comer lo pruebas. Verás que cosa tan rica.

—Es como el café con leche, pero con magia — apuntó otra, relamiéndose. Si no te gusta, aquí estoy yo.  

La mujer llegó a su casa a las tres de la tarde harta de trabajar, sin ganas de nada, ocho horas de pie en la cadena, resultaban agotadores; más, después de haberse levantado a las cinco de la mañana. No obstante, metió la botella de Baileys en el congelador para probar ese «café con leche» con magia después de comer algo.

Comió sin ganas, sin calentar siquiera, la comida preparada la noche anterior. Al terminar fue al frigorífico y sacó la botella, llenando medio vaso. Fresquito como estaba, entraba de maravilla.

—Sí que está bueno de verdad. Pero que muy bueno.

Llenó otro medio vaso y se recostó el sofá a descansar un rato, con la intención de ponerse después a realizar las tareas de la casa. Tuvo la mala idea de dejar la botella allí, a su lado.  Puso el televisor para ver la telenovela venezolana que por entonces triunfaba en toda España, «Cristal» y antes de escuchar:

«Señor... Aquí estoy frente a ti, de rodillas, con este secreto tan grande que solo tú conoces»

Llenaba el vaso por tercera vez.

Aquel día «Cristal» estaba más interesante que nunca y nuestra protagonista, no se durmió. Aquello estaba tan bueno, y sí, era como el café con leche, le vendría bien para despejarse y realizar las labores hogareñas después de la telenovela. Tareas domésticas que ni el marido ni los hijos participaban mucho en ellas, y no es que ella trabajase menos que él, o que los hijos fuesen mancos. La botella, chupito a chupito fue menguando hasta, como suele decirse, verle el culo y besarlo. Después de ver «Cristal», tenía mucho más sueño que al llegar del trabajo, y se terminó de tumbarse en el sofá con un poco modorra.

Sus hijos llegaron del Instituto San Roque casi a las seis de la tarde, con ganas de merendar, acompañados de sus novias. No llevaban llaves, tampoco las necesitaban, su madre siempre estaba en casa dispuesta para cuando ellos llegasen. Al medio día comían en casa de los abuelos.  Llamaron desde el portero electrónico y nadie respondió.

—Mamá, habrá ido a comprar —pensaron o dijeron.

 Esperaron un poco y al ver que no llegaba, lo intentaron de nuevo.  Con la despreocupación, propia de la edad, se fueron con sus novias al Bar Arenas a comerse unas patatas bravas.  Su marido llegaba a las siete de la tarde. Solía llevar llaves, pero tampoco ponía mucho cuidado, y ese día se olvidó de cogerlas. Tampoco se preocupaba mucho, porque ella siempre lo esperaba en casa. Llamó dos o tres veces, pero su querida esposa no contestó.

—Habrá ido a comprar. Pues nada, aprovecho para ir a tomarme una cerveza al Bar Arenas…

Y en el Bar Arenas se presentó, donde se encontraba sus dos hijos con sus respectivas novias.

— ¿Qué hacéis aquí? —preguntó extrañado.

—Mamá que se ha ido a comprar…—contestó uno de ellos

— ¿Cuándo? Saléis del San Roque a las cinco, son las siete y cuarto y, no está todavía. Un poco raro, ¿no?

—Falta poco para Navidad, habrá ido a por algo…—la justificó una de las novias.

—Paco, ponme una cerveza y una de morro…—me pidió, y los cinco se sentaron tan tranquilamente.

Tras unas cuantas cervezas, unos zarajos y una ración de sepia a la plancha regresaron para ver si ya estaba la mujer en su casa. Allí no contestaba nadie, por mucho que insistían con sus timbrazos. Regresaron al bar y desde allí llamaron a la madre de la mujer, que por entonces andaba un poco delicada. Entonces no existían los móviles o celulares y en los bares había teléfono público.

—¡Copón! A mí que se vaya a cuidar a la suegra, no me parece mal; pero, sabiendo que ni los chiquillos ni yo tenemos llaves…—protestó mientras marcaba los números de teléfono de la suegra.

Sin embargo, desde el otro lado del hilo telefónico obtuvo la inesperada negativa.

—No, mi hija no ha venido. Ayer me dijo que vendría cuando llegasen los chiquillos del instituto. Pero por aquí no ha venido ni Dios. Habrá ido a comprar —dedujo la buena mujer.

—Pues nada, Paco, pon unas cervezas, unas bravas y una sepia a la plancha, mientras esperamos—pidió el marido encogiéndose de hombros «resignado».

—Pon también otros zarajos y unos pinchos—añadió uno de los hijos.

A las ocho y media, satisfechos que estaban, el padre mandó al hijo más pequeño a ver si su querida esposa estaba ya en casa. Cuando regreso con la negativa, dijo:

—Copón, se habrá puesto de «charreta» con las amigas y se ha olvidado que tiene hijos y marido. En fin, ponnos otras cervezas y una de salpicón, también unos montaditos, y ya cenamos.

A las nueve y media, siendo que era invierno, ya no podía estar comprando. Mandó ahora al otro hijo. Regresó sin resultados. 

—Casi fundo el timbre…

 Entonces el padre, sacó las conclusiones que debería haber sacado antes.

—A esta mujer le ha pasado algo.

Regresaron todos, dando voces. Un vecino les abrió la puerta del portal y subieron por las escaleras sin esperar al ascensor. Aporrearon la puerta, poniendo el oído y escuchando el sonsonete del televisor en marcha. Hasta podían escuchar los goles de «Estudio Estadio» y hasta el gato maullar en la puerta, pero ella sin contestar. Entonces, alarmados, pensaron lo peor y llamaron a los bomberos.

Marieta, que ese nombre le daremos, despertó a las once de la noche, cuando unas parpadeantes luces entraban desde la calle y un golpe seco rompió el cristal del balcón.  Se levantó adormilada sin saber bien dónde estaba ni en qué lugar esconderse. Vio a aquel hombre con escafandra de bombero y un hacha en la mano. Gritó pensando ser víctima de una película de terror y corrió huyendo en dirección contraria al balcón, abriendo la puerta y chocando frente a frente con su marido, que la cogió con los brazos abiertos.   

—Una y no más —comentaría días después.

Faltó a su palabra, se aficionó al Baileys, pero solo una gotilla en el café con leche. Eso sí, desde aquel día, todos los habitantes de la casa, menos el gato, salían por la puerta con las llaves en el bolsillo.

 

Así pasó y así lo cuento.

©Bar Arenas C.B.


©Paco Arenas, autor de «Magdalenas sin azúcar», «Águeda y el secreto de su mano zurda» entre otros libros, disponibles en Amazon y librerías.



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