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domingo, 10 de noviembre de 2013

La leyenda de la novia encantada del torreón


Cuando escuché el cuento de Rapunzel me llamo mucho la atención por su semejanza con un cuento de aquellos que de pequeño escuché narrar, supongo que a mi padre.  Posiblemente quien me lo contase conocería dicho cuento, tal vez lo adaptase a su memoria y su lenguaje y cubriese sus lagunas con algo de su cosecha, del mismo modo que yo aquí lo adapto a mi mala memoria y cubro la ausencia de la misma con lo que se me ocurre.



Cuentan que en el mismo lugar donde ahora se levanta el molino de viento de Pinarejo, existió en tiempos de moros un viejo torreón de forma circular que no disponía de puerta de entrada. Ese torreón por extraño que parezca no se llegó a utilizar militarmente a pesar de estar en lo alto del cerro y con el tiempo quedó abandonado, construyéndose sobre sus cimientos el antiguo molino de viento, sobre el cual se asienta el actual.   Según contaban los viejos de Pinarejo, en él estuvo encerrada una bella muchacha, hija del señor de Alarcón, a la cual encerró allí porque la joven estaba enamorada de un sirviente castellano el cual se encontraba cautivo su padre, siendo tanto ella como su padre de religión musulmana  y por tanto gente importante entre los moros razón por la cual no podía consentir que su hija se casase con un infiel que además era sirviente suyo desde casi el día en que nació.

sábado, 9 de noviembre de 2013

La leyenda de la vieja cabrera de la Montesina

Aquí traigo una nueva leyenda castellana, de esas que creo recordar y que tal vez algo me invento. 

Contaban nuestros mayores que en aquellos tiempos en que los chiquillos echaban los dientes agarrados al arado, en no pocas ocasiones se perdían, si eso pasaba en verano la criatura podía ser presa de los lobos o de gigantescas culebras que decían que se enrollaban en el cuello cuando dormían  hasta asfixiarlo, pero en el invierno a los peligros del verano se unía el frío intenso que podía llegar a provocar la congelación.
Contaban que en cierta ocasión se perdió un chiquillo al que su padre había mandado a por leña a La Montesina.  El chiquillo a última hora se entretuvo intentando coger unas perdices, terminándose por perder en el monte.
Los padres al ver que no llegaba, convocaron a los vecinos de Pinarejo para ir a buscarle, era pleno invierno y se helaban hasta las pestañas y por si fuese poco comenzó a nevar como nunca antes recordaban en Pinarejo.  La búsqueda fue infructuosa. Así  continuaron  durante dos días, dando gritos a diestro y siniestro no solo por La Montesina sino por todo el término y fuera del mismo, sin que hubiese rastro de la criatura.
Al tercer día, cuando ya todo el mundo creía que estaba muerto, apareció con su borrico en su casa cargado de leña como si nada hubiese pasado. Todos se echaban las manos a la cabeza. ¿Cómo podía ser si habían rastreado hasta debajo de las piedras que no le hubiesen encontrado si llegaba tan campante y decía que venía de la Montesina y que además apareciese tan lustroso y sin rastro de haber pasado ni frio ni calamidades?
El chiquillo explico con toda naturalidad que una vieja cabrera le había llevado a su chozo y allí había estado todo el tiempo tan calentito y bien alimentado a base de leche de cabra y queso y que solo cuando dejo de nevar le dejo marchar ayudándole a cargar la leña y dándole un queso para el camino. Abriendo el morral sacó lo que le quedaba del queso como muestra.


Por mucho que buscaron por toda la Montesina, si bien encontraron un chozo, en ningún momento encontraron rastro ni de la anciana ni de sus cabras.  Aunque según cuentan parecidas historias les aconteció a más de uno de aquellos que se perdieron en la Montesina, historias que siempre hablaban de una vieja cabrera que les protegía del frío y del hambre; todavía hoy,  según cuentan , algunas noches se escuchan rebaños de cabras en las noches de invierno,  cuando alguien se pierde por La Montesina.

jueves, 31 de octubre de 2013

La leyenda de la «aparecía» o la «reina mora» de Pinarejo»


 "La aparecía" o "la reina mora" de Pinarejo

En Pinarejo, antes de que existiese «Jalowien», ya existían tradiciones de máscaras, de contar historias alrededor de la lumbre o la estufa de leña.   Un experto que a mí me dejaba con la boca abierta, era Joaquín «El Tuerto», otros como Julián, «El Rojo de Soplaeras» o Fermín «Arenas», mi padre, también contaban ese tipo de historias; aunque había otros muchos. En este caso, creo que esta leyenda la recuerdo, en parte, haberla escuchado de labios de Joaquín «El Tuerto», tal noche como está, de hace muchos años, en casa de mi hermana Dolores, vecina de Joaquín y Lucía.

Ese día de Las ánimas o de Los Santos, era un día para juntarse la gente joven y hacerse unas buenas sartenes de miguillas dulces o puches, terminando las sobras taponando los orificios de las cerraduras. También era noche de enterrar castañas y bellotas en la lumbre y disfrutar de esas magnificas historias.

Una de esas historias que, a grandes rasgos recuerdo, era la de una mujer que se aparecía en la noche de todos los Santos. Si ha sobrevivido ha sido gracias a las notas que tomé hace unos años cuando la recordé.  El año pasado escribí esto, que más o menos se ajusta un poco a lo que en su momento me contaron:


La leyenda de la «aparecía» o  la «reina mora» de Pinarejo


Dicen de ella, que era muy guapa, de rostro blanco como la luna llena, así como cabellos largos y muy rizados que traspasaban la espalda. A pesar de su gran belleza, provocaba un miedo terrorífico.   Según contaban, lo que más llamaba de ella la atención eran sus hermosos y grandes ojos, tan negros como el azabache, como de mora. Dicen que aquel que la miraba no podía apartar la vista de ellos, en los cuales veía su propia muerte, avisándoles que la próxima vez que la viesen, estarían muertos y que tal calamidad no tardaría más de lo que duraba el año.

También, contaban que esa misma mujer, a las mujeres aparecía de día, a pleno sol, y, que iba a la fuente o a los pozos,  cuando las mozas estaban llenando los cántaros de agua  y les decía que le dejasen pasar delante, sin guardar la cola, si se negaban les arreaba con el cántaro en la cabeza, dejándolas muertas en el acto.  Aunque otros decían que la leyenda no era así, sino que únicamente la leyenda se refería a las mozas que fuesen a llenar agua al pozo de La Veguilla el día de Las ánimas, y no las mataba, sino que se quedaba para vestir santos de por vida o de sobrinas de cura.

Otros, cuentan que se aparecía a los pastores y campesinos jóvenes, junto a los abrevaderos donde iban a dar de beber a sus animales, y que, si eran buenos mozos, aparecía con un camisón de raso y yacía con ellos, quedando atrapados para formar parte de su harén para siempre.  Es por lo que a esta bella mujer le llamaban la «aparecía» o la «reina mora» en contraposición a los «desaparecidos» o los «cristianos cautivos».

Según contaban, aquellos narradores de Pinarejo, a quienes se les aparecía, no eran capaces de olvidar todo lo vivido; no obstante, si intentaban contarlo se quedaban mudos de por vida, siendo avisados por la bella «aparecía».

 Ocurrió que una moza de Pinarejo presenció como su novio era seducido por la «reina mora», muriendo justo dos días antes de la boda.  La desconsolada muchacha, fue a pedir consejo a una anciana que vivía a espaldas del cementerio viejo.  Esta le dijo que, el único modo de vengarse de la «aparecía», era vestirse de mozo. Para lo cual debía tener muy en cuenta tener los ojos tapados, antes de mirarla a los ojos.   Debía pasear cerca del pozo de la Veguilla a media noche y nada más se le apareciese, evitando mirarla a los ojos, le arrojase agua bendita a los labios.

—Lo más importante es que el agua bendita llegue a sus labios, y que tus ojos no vean los suyos, de no ser así, la muerta serías tú —le advirtió la vieja.

Sin decirle nada a nadie, ni saber muy bien cómo hacerlo, se vistió con las ropas de su difunto novio y se colocó dos pañuelos de campesino,  de esos que utilizan en la Mancha para protegerse del polvo y el sol, uno al cuello, y otro anudado en la cabeza, puesto que resultaba difícil caminar con los ojos vendados.  Tenía miedo, y desconfiaba de la vieja, pero decidió arriesgarse.

Fue a la iglesia y llenó una pequeña frasca de cristal de la pila bautismal con agua bendita, y se la guardó bien apretada entre sus pechos y el corpiño.


Con el miedo en el cuerpo, la joven, antes de la media noche estaba sentada en el brocal del pozo la Veguilla, tal y conforme le indicase la anciana,  con una venda puesta en los ojos, con una mano en el pecho, sujetando la frasca y otra en la frente, dispuesta a bajarse la venda nada más verla aparecer. 

A las doce en punto, cuando ella esperaba a la «reina mora», escuchó la voz de su novio, que con palabras dulces le hablaba de amor. Advertida de que eso podía ocurrir y que la mujer de bellos ojos podía llegar a aparecer como si fuese alguien querido,  la muchacha, inclinó la cabeza, como avergonzada. La joven contestó con la misma dulzura, diciéndole a su amado que se acercase, que el secreto mejor escondido de su amor, todavía lo guardaba para él y estaba dispuesta a entregárselo aquella noche junto a los juncos del pozo de la Veguilla:

—Antes quiero abrazarte y besarte, aunque en ello me vaya la vida —dijo, arrepintiéndose de ello, por saber que ella misma podría llegar a morir si la «aparecía» llegaba a tocarla siquiera.

—Amor mío, suelta tus cabellos al viento, que mucho afea ese burdo pañuelo la luz de la luna en tu rostro, y así te podré besar como el esposo que soñé ser… —le dijo la «reina mora», en forma de su amado, acercándose a ella.

La joven negó con la cabeza, bajándose el pañuelo y cubriendo sus ojos con el mismo.  

—Abrázame primero, y quítame tú, mi amado, este pañuelo que a ti te pertenece, así como todo lo que cubre —dijo, sin ser capaz de resistir la atracción que sentía hacia su amado, muy a su pesar, pues sabía que moriría si lo llegaba a besar.

   Cuando la «aparecía» fue a abrazar a la joven, la muchacha dijo que tenía sed y bebió agua bendita de la pequeña frasca. Después, muerta de miedo abrazó a su supuesto novio y juntaron sus labios, sabiendo, como ya había dicho, que le iba en ello la vida.  En el momento que la «reina mora» intentaba quitarle la venda a la joven, depositó parte del agua bendita de su boca en la boca de la «aparecía», comenzando ésta a arder como si fuesen aliagas secas.

Al día siguiente nadie se explicaba cómo era posible que los juncos hubiesen ardido dejando dibujado un espacio que parecía el cuerpo de una mujer. Solo la joven que había besado a la muerte conocía la razón, siendo el agua bendita que tragó la que la vida le salvó. 

Lo cierto es que ya nunca más hubo ni aparecidas ni desaparecidos en Pinarejo.


© Paco Arenas

domingo, 20 de octubre de 2013

Pinarejo siempre con las maletas preparadas(homenaje a nuestros abuelos)


Pinarejo desde que nuestros abuelos tienen memoria siempre ha estado con las maletas o el hato preparado, no ha sido un pueblo de quedarse quieto esperando que el trabajo llegase hasta él, su especial relieve de transición, su limitado termino, embutido, nunca mejor dicho entre santa María del Campo Rus y el Castillo, con mucho monte y pocas tierras de cultivo, en comparación con otros pueblos, ha provocado que desde siempre los pinarejeros hayamos sido en cierto modo nómadas.  Muchos

Fueron muchos los pinarejeros de antaño que nacieron en distintos lugares de la geografía manchega u Andaluza, Morón de la Frontera, Córdoba, Priego de Córdoba,  Rute, Baeza, La Carolina, Argamasilla de Alba, Socuéllamos, El Tomelloso, Villarobledo o Arenas de San Juan.  Eran muchos aquellos que terminaban el año en Andalucía cogiendo aceituna, nuestro pueblo aceitunero, se apresuraba a cogerla antes de final de año para marcharse a las zonas aceituneras de Andalucía, comenzaban por tanto  el año, nuestros abuelos,  en Andalucía, donde se tiraban hasta bien pasado el mes de febrero, de olivar en olivar, de pueblo en pueblo, mujeres, ancianos, niños y viejos*, no importaba la edad o el estado, embarazadas y niños de pecho…, razón por la cual, el 5 de febrero, fiestas patronales de Pinarejo, eran más los pinarejeros que estaban fuera que los que se encontraban en Pinarejo, razón por la cual se hubieron de cambiar las fiestas a septiembre, pero con sentido práctico, duplicándolas el 11 de septiembre.  Eso en el invierno.

En el verano pasaba otro tanto de lo mismo, la temporada de siega era muy corta en Pinarejo y eran muchas las cuadrillas que se juntaban para ir a segar a La Mancha, sí a La Mancha, porque para nuestros abuelos La Mancha comenzaba y terminaba en la provincia de Ciudad Real, que durante muchos años fue el nombre que tuvo, allí se tiraban toda la temporada de siega, hasta finales de agosto.  Hacían  un pequeño descanso en septiembre para después de la fiesta marchar de nuevo a vendimiar de nuevo a La Mancha, especialmente a Socuéllamos y Villarobledo.
Así fue hasta los años sesenta, en que muchos comenzaron a marchar a Valencia, donde fue mi abuelo Felipe López, posiblemente, el primero en marcharse, en los años 30, donde le pilló la guerra, Madrid, pero sobre todo a Ibiza, concretamente a San Antonio, donde posiblemente el número de Pinarejeros y descendientes de los mismos, superen ampliamente o doblen el número de habitantes Pinarejo.



No hacían el viaje en taxi, en autobús y mucho menos en el confortable AVE, lo realizaban a pie, en el tren de san Fernando, un rato a pie y otro andando, los más afortunados, mujeres embarazadas, viejos o niños a ratos iban con el avió y el hato en los carros o galeras.   Fueron personas duras pero alegres y combativas.

No debemos olvidar su sacrificio y su lucha, su amor a la familia y a su pueblo, a pesar de las penurias, porque ellos son la esencia de lo que somos.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha (PDF)

                


Posiblemente La Mancha, para bien o para mal,  no sería  La Mancha sino se le hubiese ocurrido a Miguel de Cervantes escribir  “El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha”,  siendo  la obra en lengua castellana más universal y mejor valorada de todos los tiempos. Una de las más admirables creaciones escritas del espíritu humano. Reconozco que aunque la primera parte la he leído varias veces, la segunda parte tan solo en dos ocasiones, una en mi juventud y otra en la edad tardía, sin embargo, ahora de vez en cuando, como ya me sé la historia, leo capítulos sueltos de manera anárquica y desordenada,  con independencia de que sean de la primera o segunda parte, algunos varias veces y otros a medias.  



El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha
 La historia comienza: 

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad… “


Como todo sabemos Don Quijote, acaba perdiendo el juicio de leer tantos libros de caballerías y decide armarse caballero, al igual que los héroes de sus libros y salir por las tierras de La Mancha en busca de aventuras y grandes hazañas. En su camino Quijote confunde la realidad con la ficción. Lo que le ocurrió al pobre caballero de la triste figura le puede ocurrir a cualquiera, todos llevamos un quijote dentro, un sancho, un carrasco…


Para descargar :

Noche de animas y miguillas dulces en Pinarejo



Entre los recuerdos que conservo en mi memoria de aquella lejana niñez pinarejera, está la del día de todos los Santos, no la de los cementerios o camposantos, ni de flores naturales o artificiales, o el engalbegado con cal viva de nichos o tumbas, no,  esos recuerdos datan en mi memoria de una época posterior, no recuerdo haber ido a un cementerio antes de la muerte de mi padre, cuando aún no tenía ocho años, ni tampoco después, hasta bien pasado los veinte, tal vez fuese en alguna ocasión a acompañar a mi madre, pero no lo recuerdo bien,  continuó sin ir a esos lugares de veneración de nuestros antepasados. 



 En mi opinión allí no hay nada, esto puede sonar a blasfemia, nuestros seres queridos no están en una tumba.  ¡Qué tristeza! Están en el corazón, en el espíritu, en  la mente de aquellos que les quisimos, que les queremos.  

Casi cincuenta años después de la muerte de mi padre, aun le recuerdo con emoción, rememoró los pocos años que permaneció junto a mí disfrutando el momento, recordando sus cuentos, sus refranes, repito mil veces  eso que él repetía en más de una ocasión

 “No hay especie como el ajo, fruta como el madroño o mujer  que no se ría estando delante del novio”.


 Qué decir de mi madre a la cual llevo siempre presente, que me transmitió sus ideas republicanas, su forma de ver el mundo de manera solidaria, o de mis hermanas fallecidas, Magdalena a la cual no conocí, pero de mi hermana Dolores, fueron tantas las vivencias, tanto el dolor que tuvo en sus últimos años, que pensar en ella me hace sentir ese mismo dolor, mi hermana Felipa, tan pequeña de estatura como grande de corazón, una chispa de alegría en la familia, la más alegre de todos los hijos de mis padres, la heredera de la alegría que transmitía mi padre, de sus refranes, de sus chistes, de la facilidad para razonar y poner paz y sensatez en las disputas, o de mis sobrinos, muertos en plena juventud, Fermín con 19 años, le recuerdo siempre alegre, con ganas de vivir, Jeni, con muchas ilusiones, con ganas de viajar a otros mundos, quien le iba a decir a ella que su último viaje, el más largo lo haría antes de cumplir los treinta,  mis cuñados José, tan solo guardo un efímero recuerdo de su última cena en mi casa,  Victorio, le recuerdo alto, siempre jugando con sus hijas con ternura infinita, a las cuales les había puesto unos cariñosos motes que no recuerdo ahora, de Patricio, un auténtico intelectual, que como tantos otros de aquellos tiempos desperdiciaron sus ansias de cultura, levantando paredes de ladrillo, pero sin dejar de intentar saber cada día un poco más del mundo y sus realidades,¿ qué hubiese sido de haber nacido cuarenta años después?, o esos amigos fallecidos, Antonio Madrigal, un gran amigo, también fallecido al igual que mi sobrino Fermín en esa guadaña segadora de vidas que es la carretera. 

 Recordarles me emociona, pensar en ellos, aunque parezca mentira no me entristece, les recuerdo como eran, la memoria es selectiva y recuerdo momentos alegres, que me hacen reír, momentos de dificultades, que me hacen pensar, otras veces rememoró acontecimientos vividos en común, y parece que los estuviese viviendo de nuevo, noto mis mejillas todavía hoy llenas de lágrimas,  ardiendo, sé que ruborizadas de pensar en todos esos seres queridos, les noto junto a mí, dentro de mí y no en los cementerios, forman parte de mí, del mismo modo que yo forme parte de ellos. 

 Tarde de las miguillas dulces, la tarde de la juventud

También recuerdo de ese día dulces recuerdo, las miguillas dulces que nos preparaba mi madre, nada más levantarse, antes de que el sol saliese por el horizonte.
Recuerdo como en ciertas casas, normalmente vacías, sin presencia de adultos, se reunían adolescentes y jóvenes desde después del mediodía hasta bien pasada la media noche o la madrugada, se llevaba a cabo un ritual ancestral que nada tiene que ver con Halloween americano, en un ambiente festivo se cocinaban miguillas dulces manchegas, a base de harina, azúcar y chicharrones, (picatostes),  cada uno de su casa llevaba además otro tipo de viandas que servían para pasar la tarde noche sin agobios y con alegría, se cantaba, se bailaba y sobre todo se contaban historias de muertos o vivos, se disfrazaban, simplemente con sábanas y  al final de la noche o de madrugada, con las miguillas sobrantes se tapaban las cerraduras de las puertas de las casas, afortunadamente  las cerraduras eran antiguas de llaves grandes, siempre protestaban los damnificados pero tampoco llegaba la sangre al rio y como nadie sabía quién había sido, pues con más motivos.  Porque la gente mayor y los niños, en el momento que anochecía quedábamos enclaustrados en nuestras casas.

Receta de las miguillas dulces

INGREDIENTES:
 150 g. de harina
 100 ml. aceite de oliva 
300 g. de azúcar 
 Una pizca de canela si se quiere
Picatostes (pan frito a cuadraditos) 
Agua o leche


PREPARACIÓN 

Ponemos el aceite a freír



Se deja enfriar un poco y echamos la harina  sin dejar de remover, cuando ya empieza a tomar color le añadimos la azúcar  las tostamos al gusto,  si nos pasamos será chocolate pingón, que también está bueno pero no es lo mismo.





Cuando ya está dorada la mezcla de la harina  y el azúcar se va añadiendo leche o agua poco a poco, evitando que se formen grumos, hasta que espese según nuestro gusto.






Cuando ya está a nuestro gusto, un pelin antes le añadimos los picatostes y una pizca de canela, las dejamos enfriar y a disfrutar.






 Con las que sobren, por favor no tapéis las cerraduras que las de ahora se estropean, además están tan buenas que al día siguiente se pueden volver a disfrutar.¿No?.













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