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jueves, 4 de julio de 2019

Verano fresquito (relato basado en una historia real)



  
Ocurrió no hace muchos años, en un pueblo muy cercano a Pinarejo, y si bien la protagonista ha pasado a vivir en el recuerdo y en corazón de sus seres queridos, esta historia merece recordarse siempre.


Verano fresquito

Agustina siempre había sido una mujer de muchos recursos e imaginación, con ochenta años se quedó viuda, y sus hijos decidieron ponerla a meses, como es costumbre en la Mancha. Ella no estaba dispuesta a estar cada dos meses de un lado para otro como si fuese un trasto viejo. Viviendo sola, en su casa pasó más de tres años, sin que aceptase ir a vivir a casa de ninguno de sus hijos. Llegó un momento en el cual la cabeza comenzó a fallarle, cierto día se llevó la sorpresa de despertar con parte de sus vecinos en el interior de su casa, la cual estaba inundada por un espeso humo negro que salía de la cocina, con olor a habichuelas quemadas, apenas pudo decir, dándose un golpe en la frente con la mano abierta:

—¡Copón, ya sé lo que se me olvidaba! ¡Las habichuelas!

No es preciso decir que provocó grandes carcajadas de todos los presentes, a pesar de las caras de circunstancias de los vecinos, los cuales habían tirado la puerta abajo para rescatarla. Siendo que todavía el humo era muy espeso, un mozarrón de no más de dieciocho años, sin pensárselo dos veces, la agarró de donde pudo y la sacó, ante sus protestas, de la casa sin que el muchacho supiese el motivo de esas aireadas protestas. Una vez a salvo, el pobre muchacho recibió una sonora bofetada.

—A mí no me toca nadie las tetas ni me mete la mano bajo las sayas. Soy una mujer decente, ¿sabes? Solo le dejé a mi Nicasio, y lleva tres años bajo tierra.

Lo que provocó nuevas risas de los presentes, menos del muchacho, que tenía los cinco dedos marcados en su imberbe rostro juvenil y que al ruborizarse se quedaron blancos por el contraste.

Sus hijos, que vivían todos en distintas ciudades de España, vieron la oportunidad de incapacitarla y dividir, por fin la escasa herencia, pero, que en tiempos de crisis a todos les venía bien. No lo tuvieron nada fácil, pues la mujer, demostró que, a pesar de las lagunas de memoria, como dejarse las habichuelas en el fuego mientras se echaba la siesta tranquilamente, algo que le podía pasar a cualquiera, mantenía una lucidez lógica de acuerdo a sus años. Finalmente lo consiguieron, y cada tres meses debía permanecer en casa de uno de sus hijos. No contaban con el inconveniente de las vacaciones. Llegó el mes de agosto, y su hijo Tomás habían decidido irse de vacaciones quince días para celebrar que ahora, además de cierta cantidad de dinero, tenían durante tres meses la exigua paga de la abuela. Todos muy contentos por esas vacaciones que esperaban disfrutar toda la familia…, salvo la anciana.

—¿A dónde llevas a tu madre con esos ademanes de pueblerina? En Ibiza hace mucho calor y no pretenderás llevártela a la playa —argumentó la nuera.

—Al fin y al cabo, es la que paga el viaje, que con los más doce mil euros que nos ha tocado…—quiso rebatir el hijo.

—Si se va aburrir, además, está bastante bien, ella lo que necesita es tranquilidad. Si viene, ¡dónde la metes, con los chiquillos? ¿En una cama supletoria en nuestra habitación? ¿Qué vacaciones son esas? Si no vamos a poder ni…, lo que tanto nos gusta.

—Se lo podemos decir a mi hermana…—balbuceó el hijo de Agustina.

—Sí hombre, —saltó la nuera —y que por quince días quiera quedarse el mes entero. Ni hablar de peluquín, y, además, seguro que ellos también se van de vacaciones.

—La podemos llevar a una residencia…–de nuevo, balbuceó el hijo.

—¿Sabes lo que cuesta una residencia? Pregunta, pregunta, pregunta. Mucho más que nos cuestan las vacaciones, se van los tres meses de paga y nos falta dinero. Ni hablar.

Al final, decidieron que la mejor opción era la pensada por su nuera.

—Agustina, sabemos que ya está harta de nosotros…—comenzó la nuera.

—¿Yo? Ni pizca, bueno un poco, no me dejáis que haga nada, y a mí siempre me gustado hacer la comida, la casa, ver los animales…

—Ya ha trabajado usted bastante. Ahora le toca descansar de todo y de nosotros también. Nos vamos de vacaciones…

—¡Qué bien! ¡Qué bien! —Se le iluminaron los ojos a Agustina.

—Sabíamos que se alegraría. Es lo mejor —sonrió satisfecha su nuera.

—Yo nunca he ido de vacaciones. Mi Nicasio nunca me llevó, decía que los animales no tenían nunca vacaciones, que a las vacas había que ordeñarlas todos los días, a los gorrinos llenarles el tornajo y a las gallinas recogerle los huevos…más soso el pobre y no nace ¡Qué contenta! De vacaciones…

—No, mujer, no. Usted se queda aquí, tranquilica, ¿sabe usted el calor que se pasa por ahí? Todo el día de acá para allá…, así descansa de tanto jaleo y puede ver todos los días el cotilleo que tanto le gusta…

Agustina, que no era tonta, aunque le fallase la memoria, miró a su nuera de arriba abajo midiéndole a palmos desde los pies a la cabeza, «bien sé yo qué es lo que quieres tú». Le entraron ganas de soltarle cuatro frescas, pero se calló; incluso, le dio argumentos para no ir, suspiró meneando la cabeza, y por primera vez le llamó con ese nombre postizo que había adoptado su nuera:

—Yanet, llevas razón. Solo soy una pobre vieja que se olvida de lo mucho que le duelen las rodillas cuando anda más de la cuenta, que además es un incordio.  Mejor me quedo aquí, aunque no veré el «putiferio» de la tele, que tanto te gusta a ti, veré los animales...

—Si aquí no hay animales…—se rio la nuera.

—Claro que sí, en la tele, yo los veía siempre con mi Nicasio, en paz descanse. Aquí veo lo que te gusta a ti, el Sálvame, ¿y sabes? A estas alturas no necesito salvarme de nada, ni sobrevivir, tampoco ir de vacaciones, a mis años, solo necesito vivir tranquila, sabiendo quién soy y cómo me llamo…

Jacinta, que ese era su verdadero nombre, no supo que contestar, era la frase más larga pronunciada por su suegra en los últimos meses. Agachó la cabeza tragando saliva.

—Pues no se hable más, se queda, bueno si usted quiere venirse…

—No déjalo, ya me ha dado mucho el sol en el campo cuando iba a segar, vendimiar o iba a coger ajos. No quiero más sol —rechazó Agustina. —por lo menos que sepa que no me engaña —pensó.

Y se fueron de vacaciones toda la familia menos Agustina, en algún momento se acordaron de ella cuando estaban el balneario del hotel, pero se les pasaba pronto. Su hijo se acordó de su madre cuando estaba tan fresco en la habitación del hotel:

—Deberíamos haber puesto aire acondicionado, o por lo menos, haber comprado un ventilador, con el calor que hace…

—Tranquilo hombre y disfruta de las vacaciones, que los viejos siempre tienen frío.

Cuando llegaron de regreso, por casualidad, encontraron a la anciana, tan contenta, esperando el ascensor comiéndose un helado de turrón que se terminaba de comprar en el supermercado de la esquina.

—Mírala, Jorge, tú preocupado, y mira que a gusto se está comiendo su helado de turrón —dijo la nuera.

—Mamá, yo quiero también un cucurucho de tres bolas —dijo Jorgito.

—Yo también —dijo Martita.

—En casa hay todos los que queráis —dijo la nuera, extrañándole la risa de su suegra. 

—Hija mía, ¿sabes? Con estos calores solo me apetece cosas fresquitas, así que, antes de que se pongan malos me los he comido —aclaró la anciana sacando de la duda a su nuera.

—Madre, ¿no sabe usted que en el congelador los helados no se ponen malos? —Le regañó su hijo.

—Diga usted que le han apetecido, y no pasa nada. Hace aquí un calor que no se puede aguantar… —se quejó la nuera al abrir la puerta de su casa.

—Es insoportable, no sé cómo no se ha derretido usted…—dijo el hijo dándole un beso en la frente a su madre, angustiado por el calor, con cierta sensación de culpa pensando en lo mal que lo habría, mientras que ellos disfrutaban de unas frescas y excelentes vacaciones gracias al adelantado reparto de la herencia.

—Pues yo he pasado un verano muy, pero que muy fresquito —dijo con cierto sonsonete la anciana.

—¿No ha tenido usted calor? —Se extrañó el hijo.

—Ni pizca —contestó la anciana abriendo la puerta de la cocina, donde salía un muy fresco ambiente, como si estuvieses en la sección de refrigerados del supermercado —. Abría las dos puertas de la nevera y me espatarraba delante de ella, y más fresca que nunca. Hasta tiré el colchón en la cocina para estar fresquita…

—¡Qué!

Exclamaron a un tiempo su hijo y su nuera, echándose las manos a la cabeza, sin poder creer lo que estaban escuchando, asomando la cabeza a un tiempo, casi empujando a la anciana. Allí estaba el frigorífico americano, de dos mil euros, comprado también con el dinero de la anciana, el gran sueño de su nuera, abierto de par en par, con la parte del congelador como si fuese un glaciar, y el silencioso motor, funcionando sin parar, en el suelo, un colchón con sus sábanas, como si fuese una cama de un hotel en estado de revista.

—Llevabais razón, esas neveras americanas son fantásticas, refrescan toda la cocina que es una maravilla…

Se quedaron helados de repente ante tal espectáculo, mucho más helados quedaron cuando llegó el recibo de la compañía eléctrica, pero eso es otra historia.

 


©Paco Arenas
©Verano fresquito (relato incluido en el libro:
©Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre, podéis leer más cuentos  en Amazon, donde también lo podéis comprar, o poniéndoos en contacto conmigo 


lunes, 6 de junio de 2016

Quien no quiera polvo, no vaya a la era


Dedicado a todos aquellos que fundían el sudor de sus cuerpos con el polvo de la mies, aquellos que desde la salida del sol hasta después del crepúsculo, llevaban la aspereza en la garganta y a pesar de ello no perdían la sonrisa. Y muy especialmente a las gentes de Villarejo de Fuentes, que con esta foto me inspiraron esta historia. 


Quien no quiera polvo, no vaya a la era, forma parte del libro Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre, disponible a través del autor y en Amazon.


Un grupo de golondrinas salen presurosas de sus nidos ante aquel infernal ruido. Susana, que está llenando el cántaro en la fuente, se gira sobresaltada al escuchar un ruido infernal, entonces ve por primera vez aquel carro sin caballos que lo arrastren, el cual va dando tumbos sobre un firme de tierra mal abrazado que desprende y salpica cantos entre las polvorientas calles de Villarejo de Fuentes. A Elena que está al lado de la ventana de su casa, en la calle de Tres ojos, dándole de mamar a su pequeño, casi se le corta la leche de por vida, del susto que se llevó al caérsele el chiquillo de los brazos, que si la criatura no se le desnucó fue gracias al gato que tenía en durmiendo en los pies.  Ese día el gato consumió una de sus siete vidas, pues la cabeza del infante era de marca mayor.  No menos grave pudo ser lo ocurrido a la hacendosa Gertrudis, que estaba bordando su ajuar en la misma calle de Tres ojos, tan absorta estaba en el bordado y tan cerca de la sábana, que casi se mete la aguja en el ojo. Poco faltó para perder un ojo, y tuerta seguro que no la habría querido Juan Pedro, su novio, que le decía:

—Vives en la calle de Tres ojos, y hasta el tercero tienes hermoso.

El cojo Lorenzo, dio un traspiés y no cayó de bruces gracias a Teresa, la lechera, que llevaba media cántara de leche recién ordeñada, la cual se derramó.  No, Lorenzo no cayó al suelo, pero se llevó una buena bofetada a palma abierta de la susodicha lechera, no por haberse derramado la leche, sino por el lugar donde se agarró el cojo para no caer, que fue a la cintura de la falda, bajando hasta las enaguas de la muchacha, para delicia de tres chiquillos que estaban jugando al tejo. No fue para el cojo, que nada llegó a ver, pues entre la torta calentita y la rapidez de Teresa en subirse las sayas, se quedó a oscuras.

—Mujer, fue sin intención —no obstante, se disculpó el pobre hombre.

—Es que, es que... la leche, ¡coño!  —titubeó sin saber cómo reaccionar la pobre lechera, que esa tarde no haría queso.

El coche continuó circulando por la plaza del Pilar con su bocina escandalosa y su traqueteo infernal, aquel artilugio ha roto la paz y el silencio de las buenas gentes que a esa hora se encuentran echado la siesta, no reparadora, porque quienes echan la siesta a esas horas en el mes de julio, por regla general no llegan a cansarse nunca. También puede ser que nacieran cansados y en ese caso lo necesiten.

La gente que sí está cansada, a esas horas del mes de julio, se encuentran en la era, y no tienen derecho a estar cansados, son los siervos de la gleba, los jornaleros que trabajan para el señorito. Ellos, los jornaleros, con sus familias, niños incluidos, se encuentran realizando las labores de trillado y ablentado, bajo un sol de justicia. Sudorosos, empapados de una mezcolanza de sudor y el polvo que desprende la mies. Si se quedan quietos unos instantes, para echar un trago de agua, que ni tragan y escupen, se asemejan a figuras de barro, de terracota, salidas del taller de un alfarero, aún sin pulir. Claro, que no dan opción al secado, no paran, están en continuo movimiento. Unos descargan las gavillas de los carros, otros con horcas de madera la expanden sobre el recorrido del trillo. Quien ablenta lleva ritmo acompasado, pero con brío. Quienes meten el grano en costales, parece como si el mundo se fuese a acabar y necesitase meter todo el trigo de Castilla en esa tarde. La trilla o trillo, pasa sus cortantes pedernales sin parar un instante, cargado de chiquillos que ríen como si estuviesen de fiesta.

A medida que avanza el diabólico artilugio, comienzan a escucharse murmullos de quienes alterados despiertan, también algún grito airado de quienes tienen mal despertar. El «mecagüen el copón», de don Matías, que en esos momentos estaba a punto de llegar al orgasmo con la adolescente hija de su capataz. El «por Dios y la Virgen», de Angustias, la esposa de don Matías, que se había quedado traspuesta mirando el polvo fino que entraba por entre las rendijas de la ventana, con el joven cuerpo adolescente del hijo del capataz sobre el suyo.

—Corre, vístete, no vaya a venir mi mujer.

—Señorito, no me habré quedado preñada.

—No mujer, no, que no me ha dado tiempo siquiera a…, anda sal tirando, ¡copón!

Y la chiquilla, a pesar de las palabras de don Matías no necesita vestirse, que don Matías le ha levantado la falda y no ha esperado quitarle lo que no llevaba. Pero, la chiquilla, tiene miedo, su padre está preocupado, porque dice que el amo lo va a echar, por haberle pillado en un descuido con el grano, y solo fue a interceder por él, la respuesta del cacique ya la sabemos.  A pesar de todo, la chiquilla se vuelve, implorante.

—¿Don Matías, perdona a mi padre? Por lo que más quiera, perdone a mi padre.

—Como vuelvas a preguntar, y nos pille mi mujer, te vas a enterar. Mañana vienes otra vez y lo hablamos, ¿vale?

—Miguelillo, despierta. ¿No escuchas ese ruido?

Y Miguelillo, despierta, también se había quedado traspuesto sobre el cuerpo de su ama, después de recibir bocados en el pecho de doña Angustias, para evitar gritar.

—¡Qué diferencia, Dios mío! ¡La Virgen Santísima! Como se nota la juventud. ¡Qué placer tan intenso! Seguro que de tanto goce me habré quedado preñada… —piensa, doña Angustias, mientras contempla al adolescente vestirse con prisas —Esto no lo confieso ni a don Pascual. Que, si voy al infierno, primero he visto el cielo. Siempre puedo ir a la Iglesia de los Jerónimos, cuando voy a Madrid, o a la Iglesia de san Miguel, cuando voy a Cuenca.

Mientras se viste Miguelillo, contempla a doña Angustias persignase al tiempo que se acomoda el camisón, mientras le sonríe comiéndoselo con los ojos.  Aprovecha para recordarle lo que le ha llevado a hablar con doña Angustias, terminando en el cuarto del ama, justo en el otro extremo de la casona, porque don Matías y doña Angustias las siestas en el verano las echan por separado, que hace mucho calor. Sin embargo, en alguna ocasión no duermen, ni están solos en la cama.

—Doña Angustias…—titubea Miguelillo — ¿va a usted a hablar con don Matías, para que perdone a mi padre?

—Sí, Miguelillo, sí, pero de vez en cuando me tienes que traer agua fresca de la fuente, y de vez en cuando debes echarme algún tronco a la chimenea, para avivar la lumbre…—doña Angustias emplea un doble sentido, que el inocente chiquillo no capta.

—Sí, ya lo hago señora. ¿Perdonará a mi padre? ¿Le va a decir al amo, que perdone a mi padre?

—Sí, sí, y sí. Pero sal corriendo, no vaya a venir el amo, y me tenga que confesar antes de tiempo.

Sí, el artilugio ha despertado a quienes estaban durmiendo o jugando a juegos de cama.  A pesar de todo, lo que prima son los gritos alegres de la chiquillería, que entusiasmados amenazan con cortar el camino al coche, atravesándose y arriesgándose a que se los lleve por delante aquel coche sin caballos, atropellándolos bajo sus ruedas, o lo que sería más cómico, que el chofer, que circula intentando evitar los baches, coja uno y vuelque. Dentro va don Cornelio, veinteañero, hijo de don Matías y doña Angustias, que tuvo la fatalidad de nacer el 16 de septiembre, festividad de San Cornelio, y su madre, doña Angustias, había prometido ponerle el nombre del santo del día.  Estudiante de derecho en Madrid, «un calavera», que paga a otros compañeros para que le suplanten en los exámenes y que se dedica con la asignación de sus padres a vivir la vida loca de la capital del reino.   También va un fotógrafo, amigo íntimo suyo y…

—La ventaja que tienen los coches de caballos, que con la fusta apartas al populacho —dijo don Cornelio —mientras su mano avanzaba por debajo de las enaguas de Engracia, hasta llegar sus dedos a enredarse en el pubis de ella, que sonreía condescendiente. Es su última amante, una espectacular prostituta del barrio de Salamanca de Madrid, a la cual ha alquilado para deslumbrar a sus paisanos, y hacerla pasar ante los ojos de su padre por la hija de Romanones, para que viese que no perdía el tiempo, que no solo era un ejemplar estudiante, sino que también buscaba un puesto en la vida, que le diese más que el trabajo de picapleitos. Para lo cual había aleccionado muy bien a Engracia. Si él tenía tablas, más las tenía ella.  Terminó siendo conocida en Villarejo de Fuentes como Doña Engracia. Cuentan que don Cornelio terminó haciendo honor a su nombre y que doña Engracia, disfrutó de las muchas gracias de los mozos de Villarejo y más de Madrid, donde él hizo carrera política al final en el Partido Conservador, siendo excelente orador y defensor de la moral, la familia y la fe cristiana.  Doña Engracia lo apoyó en todo y suplió las carencias en la cama, que la política restaba a don Cornelio, con otros sustitutos, ya que el señorito no la abastecía todo lo que ella necesitaba y estaba acostumbrada.

La prostituta lanza un gritito apenas audible, don Cornelio ha llevado sus dedos hasta la gruta prohibida, ríe irónico y susurra algo al oído de ella, que ella con el traqueteo y los gritos de algarabía de la chiquillería no escucha. Engracia aprieta la mano de él, tal vez para que la retire, él lo toma como una invitación a seguir.  El fotógrafo que se encuentra en los asientos de enfrente, intenta disimular la risa nerviosa de conejo que le sale sin querer. Mientras se imagina el bello cuerpo de Engracia, desnudo, cuando lo fotografió para el señor marqués de Mamandurria. Retratos a los que sacó rendimiento económico, que a él le dieron beneficio por venderlas a varios nobles y jóvenes pajilleros de la alta sociedad madrileña y de provincias. Uno de ellos don Cornelio. Que, tras trabajar su onanismo ante los retratos de la bella Engracia, rogó e imploró al retratista conocer a la modelo, como tantos otros.

El retratista conocía bien a la susodicha, conoció sus pechos duros como piedras y su vientre de terciopelo fino, las caricias de sus pestañas, abanicándole el bajo vientre.  Pero él, el retratista, tuvo los servicios de balde, por la mucha clientela que le proporcionaba con sus retratos artísticos. Engracia, también aumentó beneficios y caché. Entonces llegó él, Don Cornelio, y la quiso sólo para él. Ella se negó al principio. Cuanto más se negaba más ofrecimientos realizaba don Cornelio, el último, que no rechazó, casarse con ella; pero eso vino después. Ahora le había ofrecido ser vizcondesa de Romanones, hija del conde de Romanones, un viaje a la tierra de don Quijote, y más reales de los que ganaría quedándose en Madrid.

Cuando salen de la calle Constantino Alhambra, para llegar a las eras, el gritito se convierte en espasmo y sofoco.

Paran antes de llegar a la era. Ella dice que no está en condiciones de bajar. Don Cornelio la anima a bajar.

—Venga, que hemos venido adrede para que veas de dónde sale el pan que te comes.

—Por Dios, que me tiemblan las piernas. Tanto polvo, que levantan esos lugareños. Hasta mi garganta llega y me la reseca… —se niega Engracia intentando acomodarse la falda. 

—Antonio, pues baja tú, y los retratas —le dice al retratista.

—Desde el coche puedo —contesta, mientras intenta colocarse la levita sobre los pantalones, a la altura de la bragueta.

Baja el señorito, si más acompañamiento, la idea era retratarse junto a Engracia en la era, pero si ella se niega, y el retratista tiene problemas de calzones, él tampoco quiere llenarse de polvo, y desde un pequeño montículo llama a Sebastián, el capataz de su padre.

—Qué alegría señorito don Cornelio. Que alegría más grande. Me viene usted como agua de mayo. Ya sabe usted que yo lo quiero como si fuese mi hijo…, tengo que hablar con usted, por un problemilla...

Si alguien hubiese mirado las facciones del capataz y las de don Cornelio, salvando que unas estaban ajadas y quemadas por el sol, y las otras blancas y juveniles, habría encontrado cierto parecido, y es que él también, alguna vez consoló a la señora doña Angustias, madre de don Cornelio, aquella vez que doña Angustias, pilló con la mujer del capataz a su marido. Esa noche hubo un intercambio de parejas, sin que todos los intervinientes tuviesen conocimientos de ello. Nueve meses después, nacieron dos hermosas criaturas, Manuela, hija mayor del capataz y Cornelio, hijo mayor de don Matías. Tal vez de sus respectivas esposas.

—Sebastián, que traigo un amigo retratista, que quiere que poséis para él.

— ¿Posemos? ¿Cómo la madre del vino en la tinaja? —Preguntó sin comprender.

—Ignorante. No seas bruto. Quiero decir que os pongáis para que os retrate. —Increpó suspirando don Cornelio mientras que se ponía el sombrero de copa, para evitar los rayos de sol, que caía con toda su justicia.

Los jornaleros, comenzaron a ablentar, a trillar, a meter el trigo en los costales, a descargar gavillas, a levantar polvo.

—Parar por Dios. ¡Qué polvisca infernal! ¿No podéis hacer las cosas sin levantar polvo?

—Señorito, que dice el dicho, que quien no quiera polvo, no vaya a la era.

—Vale, vale. Hacer como que hacéis algo, sin hacer nada. Y sin moveros, sino el retrato no sale.

Foto cortesía de Inda Fernández, Villarejo de Fuentes (Cuenca)

Quien no quiera polvo, no vaya a la era, forma parte del libro Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre, disponible a través del autor y en Amazon.









domingo, 10 de abril de 2016

El cura y el pastorcillo . Enseñar al que no sabe (Cuento manchego)

Como se suele decir, caía un sol de justicia. ¿Podría ser de otro modo, estando en la Mancha y siendo agosto? Pedro Haro, un pastorcillo de no más de nueve años, se encontraba cuidando sus ovejas y cabras en medio del pasto, pensando en acercarse hacia un ribazo próximo, donde una hermosa encina centenaria daba una muy generosa sombra.  Estaba muy cansado, después de caminar toda la mañana detrás de las ovejas.   En ocasiones, como si estuviera en el desierto, el sol le provocaba espejismos. Y eso pensó aquella tarde. Una gran nube de polvo se acercaba por el camino. Llegando a su altura se detuvo y echó mano al botijo. Lo movió. Casi no quedaba, echó un trago, reservando otro hasta que llegase a un pozo próximo donde daría de beber al rebaño y al mismo tiempo llenaría el botijo. Pero antes quería descansar bajo aquella hermosa encina. Cuando el polvo cesó de entre la nube pudo divisar una moto y un sacerdote que descendía de la misma y se acercaba hacía dónde se encontraba él. Volvió a guardar el botijo en las aguaderas del borrico y se quedó mirando al recién llegado.

—¡Buenas tardes, muchacho! —Saludo el sacerdote, quitándose las gafas y limpiándose el polvo de la cara.

—¡Buenas tardes, señor cura! ¿Se le ofrece algo?

—Pues, sí. He visto que guardas un botijo —dijo el sacerdote limpiándose nuevamente la frente.

—Pues, sí. Tengo un botijo con el agua más dulce que las almendras y más fresca que un charco en enero —, contestó el pastorcillo.

—Pues dame que eche un trago de esa agua tan dulce y fresca.

—No, señor cura – contestó el pastorcillo moviendo la cabeza de un lado a otro.

— ¡Descarado! ¿No sabes que hay un mandamiento de la Ley de Dios que dice darás de beber al sediento? —Por primera vez se alteró el sacerdote, acostumbrado, como estaba a que sus deseos fuesen de inmediato complacidos.

—Sí, señor cura, sí. Pero hay otro más importante ¿Enseñar al que no sabe?  Y usted cuando mi padre, que es su vecino, le dijo que sí me podía enseñar a leer, le dijo que eso había que pagarlo —replicó el pastor señalando a un cruce de caminos —. ¿Lo conoce?

—¿A tu padre o al mandamiento? No sé.  El mandamiento ese no.  Soy sacerdote, soy como si fuese tu padre…—contestó el cura.

—Pare usted ahí, quieto, no vaya usted por esa senda, que yo soy hijo de un solo padre. En cuanto a lo otro, pues miré por dónde, yo se lo enseño y le doy la solución.  Allí está la fuente, no es dulce, y cerca el pozo de agua dulce como las almendras. Ya le he enseñado el camino si quiere beber. Y tenga cuidado no se caiga al pozo, mejor si se arremanga las sayas...

—Pues dame que eche un trago de esa agua tan dulce y fresca.

—No, señor cura – contestó el pastorcillo moviendo la cabeza de un lado a otro.

— ¡Descarado! ¿No sabes que hay un mandamiento de la Ley de Dios que dice: Darás de beber al sediento? —Por primera vez se alteró el sacerdote, acostumbrado, como estaba a que sus deseos fuesen de inmediato complacidos.

—Sí, señor cura, sí. Pero hay otro más importante ¿Enseñar al que no sabe?  Y usted cuando mi padre, que es su vecino, le dijo que sí me podía enseñar a leer, le dijo que eso había que pagarlo—Replicó el pastor señalando a un cruce de caminos. — ¿Lo conoce?

—¿A tu padre? No sé.  El mandamiento ese no, soy sacerdote—contestó el sacerdote.


—Pues, pues miré por dónde, yo se lo enseño y le doy la solución.  Allí está la fuente, si quiere beber. Y tenga cuidado no se caiga al pozo.


©El botijo roto (Paco Arenas)

Cuento incluido en el libro: 




sábado, 26 de marzo de 2016

El botijo roto (Adaptación y original)



Bebiendo en Botijo en la plaza de Enguidanos(Fuente Biblioteca
Digital de Castilla-La Mancha
Era frecuente, no obstante los botijeros que con su burro repartían los botijos conquenses por toda España, y también quienes como vendedores ambulantes iban de mercado en mercado por los pueblos ofreciendo uno de los dos mejores inventos españoles, junto con la fregona. No es de extrañar que teniendo tanta fama los botijos de la capital conquense, muchos prefiriesen comprarlo o encargarlo a quien viajaba a Cuenca, en vez a los vendedores ambulantes de “vedreado” o botijos, cuentan que hasta el mismo Picasso fue a Cuenca a comprar su botijo.
Botijos de Cuenca

EL BOTIJO ROTO(Adaptación y original[1]

Cuento incluido en el libro Esperando la lluvia-cuentos al calor de la lumbre
 


Julián tenía que ir a Cuenca a gestionar los papeles sobre una viña que le habían quitado con la concentración parcelaria. Se quejaba amargamente de que, teniendo un buen «majuelo», le habían entregado un pedregal que no servía ni para sembrar guijas, porque los guijarros sobraban. Como, a pesar de la dictadura y de que su majuelo fue a parar a manos de un cacique,  no se callaba ni tenía miedo ante lo que él consideraba una gran injusticia, se lo hizo saber a todo el mundo.

 

—Lo del majuelo ha sido un robo. No dicen que aleguemos, pues eso, aleguemos, pero no litiguemos, que abogado y doctor, cuanto más lejos, mejor —se quejaba Julián.

 

El pobre Julián tenía mucha razón y pocas posibilidades de que le escucharan, pues en la concentración parcelaria, sin excepción, los caciques locales habían maniobrado para que las mejores tierras fueran para ellos o sus afines. No obstante, Julián estaba convencido y seguro de que, con la verdad y la justicia, podía ir a todos lados y que estaba dentro de plazo para reclamar.

 

Jacinto, jornalero del cacique al que le había correspondido la viña de Julián en el reparto, vecino suyo, que se reía de su pretensión, le dijo:

 

—Todo quedará en agua de borrajas. Lo único que vas a sacar en claro de tu viaje a Cuenca va a ser la cabeza caliente y la panza vacía. Nadie puede nadar aguas arriba, salvo los salmones, y ahí están los osos que se los comen antes de llegar —intentaba quitarle la idea por orden de su amo.

 

—Me han robado el majuelo y me lo han de devolver. Que los ricos siempre llevan el agua a su molino y se quedan con la harina y nosotros sin el pan. Y eso no está bien —replicaba subiendo el tono Julián.

 

—Tú pretendes sacar agua de las piedras —replicaba a su vez Jacinto.

 

—Yo no soy como tú, no bailo el agua al amo —muy digno acusaba Julián.

 

—No digas de esta agua no beberé —respondía Jacinto.

 

—El que tiene sed busca agua. Y yo busqué el vino que no podré beber —argumentaba Julián, recordando el vino que bebía de la uva que pisaba y no volvería a pisar.

 

—Se me hace la boca agua de pensar en tu vino, que yo tampoco habré de beber, pero sí pisar. El desgraciado va a por agua al río y encuentra el cauce vacío —casi se venía a razones Jacinto, que muchos almuerzos había compartido bebiendo el buen vino de Julián y que, a pesar de sus diferencias, se consideraban amigos.

 

Entre dichos y diretes, de tanto hablar de agua, Jacinto recordó que necesitaba un botijo.

 

—Lo dicho, aprovechando que vas a Cuenca, tráeme un botijo —encargó Jacinto a Julián.

 

—Tranquilo, te lo traigo —aceptó Julián el encargo.

 

Julián cogió el coche viajero[1] y marchó a la capital de la provincia. Tras desayunar churros con chocolate en el mercado de Cuenca, se encaminó a la diputación a hacer su reclamación. Como era de esperar en aquellos tiempos, más que en estos, las autoridades no aceptaron su justa demanda. Regresó a su pequeño pueblo manchego, cabizbajo y olvidándose completamente del botijo que le había encargado su amigo, sabiendo que quienes habían realizado el reparto de la concentración parcelaria eran agua contaminada. Nada más verle, su vecino, amigo y jornalero del cacique fue a su casa, a informarse y a recoger el botijo encargado y de paso mofarse de él.

 

—¿Amigo mío, me has traído el botijo? —preguntó Jacinto.

 

No queriendo decirle a su amigo que se le había olvidado completamente, prefirió mentirle:

 

—¡Ay, Jacinto, amigo mío! Con las prisas por coger el coche viajero, tropecé y se rompió tu botijo...

 

—Pues menos mal que no te lo pagué, me habría quedado sin botijo y sin dinero —dijo con total normalidad Jacinto.

 

—Menos mal que no lo compré. Porque si lo hubiese comprado y se me hubiera roto, habría perdido mi tiempo, el botijo, mi dinero y al amigo.

 


 

 



[1] autobús



Versión original


—Julián, me han dicho que vas pa Cuenca
—Pa Cuenca voy, a hacer un recao.
—Pos traime un botijo, pa que haga el agua fresca.
Julián se olvida del botijo, pero cuando le pregunta Jacinto, no quiere decirle que se ha olvidado y le miente, diciéndole que se le ha roto en el camino, a lo cual responde Jacinto:
—Mia si te lo llego a pagar…
A lo que responde Julián:
—Mia sí lo llego a comprar…









[1]   Este cuento en realidad es mucho más corto, pero he querido utilizar los refranes manchegos sobre el agua y a la vez hacer un homenaje a los botijeros conquenses, que tanta fama dieron en su tiempo a Cuenca.  
[2] Autobús.


©El botijo roto (Paco Arenas)

Cuento incluido en el libro: 





[1] Este cuento en realidad es mucho más corto, pero he querido utilizar los refranes manchegos sobre el agua y a la vez hacer un homenaje a los botijeros conquenses, que tanta fama dieron en su tiempo a Cuenca.  
[2] El autobús.

miércoles, 24 de febrero de 2016

¿Te acuerdas, amor mío, cuando corríamos por los tejados?


A ellos, nuestros mayores, que un día, también corrieron y se corrieron. Se enamoraron y enamoraron, amaron y fueron amados...

Este relato forma parte del libro © Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre 


¿Te acuerdas, amor mío,  cuando corríamos por los tejados?

—Si Dios quisiera, ¡ay!, si Dios quisiera... —se lamenta Julián subiendo por la cuesta de la calle Canónigos, bajo el puente de San Pablo. A pesar de la edad, todavía baja a por arcilla para moldear sus botijos. Hace tiempo que se jubiló. Ya no vende; pero necesita ponerse en el torno alfarero para no pensar.

Mira hacia arriba, los turistas pasan ajenos a su drama, con sus cámaras de fotos y sus móviles haciendo fotos que tal vez nunca lleguen a ver, después de la primera vez; pero, que de manera mecánica realizan, como si les fuese a escapar el momento, la vida, como un suspiro. Julián recuerda como él, con su Adelaida, fueron a Madrid, con su vieja Kodak. Gastaron dos carretes uno de veinticuatro y otro de treinta seis. Las primeras fotos fueron en la Cibeles, después en La Puerta del Sol, la puerta de Alcalá, el Botánico…

 Él no salió en ninguna, porque era quien disparaba las fotos. Casi todas salieron movidas, en las que no, salía su Adelaida, guapa como ella sola. En las de La Puerta del Sol, se veía a ella al lado del oso y el madroño. En realidad, lo único que podría haberse visto habría sido el pedestal, de no estar tapado por el cuerpo de su mujer, porque el árbol y el animal se habían quedado fuera del enfoque de la cámara, porque el objetivo de su cámara era una prolongación de su pupila, él tenía solo ojos para ella. Sin embargo, cuando enseñaba las fotos a sus hijos, a sus nietos, con orgullo les decía:

—Mira vuestra madre, lo guapísima que está en la Puerta del Sol.

—Guapa, sí que está. ¿Pero cómo sabemos que está en la Puerta del Sol?

—¡Copón! Por el oso y el madroño. —Replicaba con total convencimiento, ante la mirada perpleja de sus hijos o nietos. Todas las fotos igual, la misma historia, todas con el lugar y la fecha dónde se habían realizado en su parte posterior, de lo contario, solo él lo hubiese sabido. Adelaida le gustaba viajar, aunque tan solo dos viajes hicieron en su vida, uno a Madrid y otro a Segovia y de viaje de novios a Santiago de Compostela, todos los días lloviendo y sin salir del hotel, nada más que para ir a besar el santo a la catedral.

 Ya hubiese querido llevarla a todos los rincones de España y del mundo y hacerle fotos, solo a ella, a su gran amor, lo demás sobraba, porque para él ninguna belleza se podía comparar a su Adelaida.  Pero era en el verano cuando más botijos y piezas cerámicas se vendían, cada vez más turistas visitaban Cuenca, por sus Casas colgadas, su catedral y su gran belleza urbana y desde la creación de Museo de Arte Abstracto, también gente con muchos posibles. Ahora se arrepiente de esos viajes no realizados.

Llega cansado, más cansado que de costumbre
 al subir la cuesta ha notado como un pinchazo cerca del corazón.
Llega cansado, más cansado que de costumbre, al subir la cuesta ha notado como un pinchazo cerca del corazón.

—Si Dios quisiera. ¡Ay, si Dios quisiera! Maldita enfermedad, esa que postra los recuerdos en una cama —dice mientras le echa alfalfa al burro, después de quitarle la albarda y dejar la arcilla apartada a un lado.

—Que enfermedad tan mala, que malura…—Se lamenta el anciano, cuando le daba de comer las lentejas trituradas a quien se había olvidado de masticar. Adelaida está en la cama, con mirada ausente. Él le cuesta permanecer de pie, espera pacientemente a que ella trague la comida. Sus hijos le dicen que llevarla a una residencia; pero él:

—Mientras que yo esté en condiciones, ni hablar.

Aunque él no está en condiciones, aunque procura evitar reconocerlo, engañando a los hijos que le llaman por teléfono, o a la hija que va todos los días y les lleva la comida. Adelaida casi nunca habla, cada vez menos, aunque algunos días, sí habla y además como si estuviese bien, con claridad y hasta parece que con lucidez.

—¿Te acuerdas, amor mío, cuando corríamos por los tejados? —Le pregunta a su mujer. Porque los médicos le han aconsejado que le hable, le pregunte cosas agradables, y él muchas veces no sabe que preguntarle, porque para él todo fue agradable, todo menos su silencio de ahora. Prefiere esos días que habla, aunque sean tonterías y cosas sin sentido. A veces pone el viejo tocadiscos, y comienza a cantar ella siguiendo la voz de Jorge Sepúlveda:

Mirando al mar soñé
que estabas junto a mí
mirando al mar sólo sé que sentí
que acordándome de ti lloré y lloré...

Y él también se pone a cantar, imita delante de ella un imaginario baile que hace muchos años que no danzan. Ella sigue cantando la canción, él bailando, cuando termina la canción, Adelaida, como si estuviera bien, ríe y se burla de él.

—Qué mal bailas y que tonto estás.

Él también se ríe, y pone de nuevo la misma canción, pero, en algunas ocasiones, ella no canta, no se acuerda ni de la canción.

—¿No te acuerdas, amor mío, cuando corríamos por los tejados?

—No me he de acordar, ¿cómo puedes estar tan tonto?

Pero cada vez, son más las ocasiones en que Adelaida no se acuerda, alguna vez, parecía recordad momentos felices o tristes. Y a él entonces le entraba la risa floja:

—No tengo hombre para nada, ni siquiera para bailar. Julián, con lo que tú has sido, y ya no me respondes...

—¿Dime Adelaida, mía, ¿a qué quieres que te responda? —contesta mientras improvisa un baile con ella.

—Tonto, que estás. ¿A qué va a ser? Como marido. Que ya no lo hacemos, y mira que te ponías pesado, y ahora nada de nada…

—Mujer si ya no podemos.

—Serás tú, que yo sí que puedo —protesta ella convencida.

Y Julián la mira con ternura infinita, le acaricia las mejillas, como entonces, y besa la desdentada boca de su mujer. Con los ojos cerrados la ve bella, hermosa, guapísima, como cuando fueron a Madrid o Segovia, incluso cuando fueron a Santiago de viaje de novios.

 —Qué pena no haber llevado una cámara de fotos. Qué pena.

 Así podría ver su belleza, esa belleza que no dejaba ver en las fotografías, ni el grandioso acueducto romano de Segovia.  Ella, cuando él la besa, no ve al anciano que realiza esfuerzos sobrehumanos para mantenerse en pie junto a ella, ve al joven alfarero que hacía botijos para los turistas, intenta abrazarle, pero sus brazos no le responden, como llevan años sin responderles.

—¿Qué me pasa? —Casi grita ella, angustiada, ante su invalidez no aceptada.
—Nada, mi amor, nada —. Y él entonces con gran esfuerzo coloca los brazos de ella alrededor de su cuello.

—¿Lo vamos a hacer? —Pregunta ella, en esos momentos de «lucidez».

—Esta noche, no vaya a ser que nos escuchen los críos —le contesta él, besándola en la frente, suspirando —esta noche.

No hay críos que puedan escucharlos, se marcharon ya a Madrid, Valencia o Barcelona, de los siete que tuvieron solo dos quedan en Cuenca. Cuando estaban bien, se encargaban de ir a recoger a los nietos a la escuela, darles de comer y llevarlos a las extraescolares, ahora alguna vez reciben la visita de algún nieto. Él quiere pensar que no es por la golosina de los veinte euros que les da, siempre que van a verlos. Más les daría, si fuesen más a menudo. Su hija, Soledad, sí va todos los días, por la mañana y por la tarde, y alguna vez por la noche. Les lleva la comida y les limpia un poco, ayuda a su padre a cambiar a su madre. Sin embargo, su hijo Manuel, ¡ay!, su hijo Manuel, algún domingo va a ver a su madre, que es a su madre a la que va a ver, que es el que se entera. A él, ni lo mira, desde que le dijo que no pensaba repartir la herencia en vida.  No quiere pensar en eso, porque termina llorando, y no quiere que ella le vea llorando.

—Voy a traerte el postre. —Le dice, separándose de ella, cuando ha terminado de darle las lentejas.

—¡Si Dios quisiera, ay, si Dios quisiera! Cuando podíamos no me dejabas y ahora que ni puedo yo, ni puedes tú, ahora quieres. Si Dios quisiera. Piensa casi en voz alta.

—Si quieres morirte, muérete tú, que yo ya me buscaré uno que no me ponga excusas.

Y es que Adelaida, se ve lozana y joven, como cuando corría por los tejados detrás de Julián, después de haber escapado por la ventana a escondidas de su padre, que no quería que se ennoviase con Julián. Ese día, habla, y parece como si el alzhéimer hubiese desaparecido, y entendiese todo. No quiere morirse, quiere viajar, ir a la Isla de Pascua, a Cuba, Puerto Rico, Petra.  Como le prometió Julián.

—Cuándo me jubile, nos vamos a la Isla de Pascua, a Cuba, a Puerto Rico, a Petra…

Pero, Julián, nunca cumplió su palabra, primero un ataque al corazón, después la angina de pecho, y a continuación las obligaciones que les imponían los hijos: encargarse de los nietos. Para rematar el alzhéimer de Adelaida.  Maldice todos los días no haber hecho esos viajes y que ella, en esos momentos de «lucidez» le recuerda.

— ¿Has sacado ya los billetes para irnos de crucero?

—Sí, mi amor, ya los he sacado para septiembre, que son más baratos y no hace tanto calor.

  Daba lo mismo que le dijese para septiembre que para enero, al momento, salvo raros intervalos de tiempo, a las dos o tres horas, o a los dos o tres minutos, ya no recordaría nada. Otro día le preguntaría por otro viaje, o le diría de ir al baile.  Ese día se encuentra mal, se asfixia; pero, él no quiere morirse, antes que ella.  Solo le pide a Dios, que se apiade de ellos y se los lleve pronto, primero a ella. No quiere que la lleven a una residencia, la cuidará él mientras le queden fuerzas.

—Corazón mío, abre bien la boca. —Pide a su mujer, Julián, dándole la cuchara llena de papilla de manzana…

—No, no y no. No quiero tanta papilla.  Quiero manzana como Dios manda. —Replicó ella, cerrando la boca con fuerza, a cal y canto.

—Cariño, si tú no puedes comer nada que no sea papilla.

—Eso lo dirás tú. Hasta avellanas he partido con estos dientes —dice Adelaida, enseñando sus encías desiertas.

Arrastrando los pies, Julián, agarra la media manzana que ha dejado en un plato para él y la hace trocitos pequeños.  Coloca con dificultad la dentadura postiza a su mujer y comienza a darle aquellos diminutos trocitos de manzana, uno a uno, con un intervalo de media hora, entre trocito y trocito. Ella disfruta de la manzana como si fuese el mejor de los manjares.

—¿Ves, como sí podía? —Le echa en cara a su marido, al tiempo que sonríe —. Y ya sabes que esta noche quiero que nos acostemos juntos...y hagamos el amor, ¡eh!

— Sí, mi amor.

Cuando Julián, antes de acostarse, va a cambiar los pañales a su mujer, se da cuenta que lo que tanto ha pedido a Dios, ha llegado.  La desnuda y asea, por ahorrarle el trago a la hija. Conforme va pasando la esponja jabonosa va recordando en ese cuerpo flácido y arrugado a aquel cuerpo joven y esbelto, que corría por los tejados para poder encontrarse con él. Al limpiarla sus manos de alfarero experto, parecen querer moldear de nuevo lo que tan perfecto hizo la naturaleza.  La viste con ese vestido de madrina de boda de su hija y la peina lo mejor posible, ahora que no se queja del peine.  Cuando ha terminado con ella, va a la cuadra y le hecha alfalfa y cebada al burro, en abundancia, para varios días.

—Con tanto trajín nadie se acordará de ti, ni, aunque rebuznes.

Se ducha y se viste con aquel traje con el que se casó, hacía tiempo que no le venía; pero desde que comenzaron las enfermedades de la vejez, y sobre todo desde que comenzó aquella maldita enfermedad del olvido, se le quitaron las ganas de comer y hasta de beber vino. Ahora, ese traje que le quedaba estrecho, le viene ancho, se lo pone sin la corbata, nunca aprendió a hacerse el nudo, siempre se lo hacía ella.

Se acuesta a su lado, le da un beso en los labios y mira al cielo.

—Ahora, Señor, termina tu trabajo. Llévame con ella…

Este relato forma parte del libro © Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre 

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