miércoles, 28 de febrero de 2018

Magdalenas sin azúcar, mi tercera novela (Vídeo)


Magdalenas sin azúcar pronto comenzará su andadura, a esta novela le he dedicado mucho tiempo.  Magdalenas sin azúcar, una novela colectiva, puesto que, aunque, la he escrito yo, en los personajes de la novela están condensadas historias reales que me regalaron sus protagonistas a lo largo de mi vida. Ellos me dieron a conocer sus recuerdos, me contaron sus amores y temores, sus dudas y anhelos, me regalaron su memoria, yo he derramado sus vivencias para que hablen ellos a través de cada una de las palabras, de los renglones, de los capítulos de esta novela. A todos ellos va dedicada con todo mi cariño y compromiso, con ellos y su memoria.

Agradecido a mi admirado profesor don Jaime Flores Flores, los muchos regalos que me ha hecho a lo largo de estos años en forma de enseñanzas y consejos, siendo el mejor su amistad.
Agradecido a Galina, que no dudo en cederme su fotografía para la portada.
También a mi hija Rocío, que le ha dado los toques mágicos para hacerla especial.
Y por supuesto a cada uno de los lectores de mis anteriores novelas y de esta nueva, que espero que sea semilla de nuevos sueños.


martes, 27 de febrero de 2018

La antigua cárcel de Cuenca (fotografías antiguas)


Antigua cárcel de Cuenca, sus mejillas están mojadas por dos ríos que lloran al borde del precipicio entre la oquedad grisácea plagadas de verdes de infinitas tonalidades. Mientras la corriente fluye con calma, invitando, tal vez, a la paz, mientras algunos entre las piedras de la vieja cárcel buscan la verdad entre archivos ordenados por computadoras sin sentimientos.  Todo está oculto entre legajos que precisan de lentes y lupas para ser leídos, pueden parecer tan fríos los papeles, que el aleteo de una paloma es semejante a un incendio a finales de verano. 
No importa el color de los ojos que miren, no importa la lectura en silencio, silabeando las palabras, o gritándolas a viva voz, más importante que todos esos papeles, es lo que hay escrito en cada una de esas piedras, el sufrimiento del primer preso que pasó bajo el arco de Bezudo.
Tal vez, ahora, se escuchen risas, donde antaño se silenciaron, se ahogaron lágrimas y fenecieron tantos últimos suspiros; todavía hoy, hay quien dice que escucha los lamentos de los presos.  La cárcel de Cuenca, donde las raspas de peces sin pescado nadaban en agua sucia como único sustento de los presos, donde los más hermosos sentimientos de libertad fueron amordazados, como dijo fray Luis de León, que estuvo preso entre otras paredes carcelarias:

   «Aquí la envidia y mentira
       me tuvieron encerrado»

Es tan hermosa la libertad, tan bella la vida, cuando la luz entra por la ventana y puedes salir a recibirla a dejar que el sol acaricie tu cara y te abrace como abrazan los amantes más ardientes, o tal vez, salir desnudo para que la lluvia empape cada parte de tu epidermis, cual gotas de pasión de los amantes después de haber disfrutado de la libertad de haberse amado, ardiendo entre las sábanas, o sobre la hierba mojada. Es tan hermosa la libertad…


Fotografías cedidas por Ana Martínez












domingo, 25 de febrero de 2018

El país de las lentejas

Giudici, Reinaldo (1853-1921)  La sopa de los pobres, 1884  Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires


Ya estoy aquí, en el país de las lentejas rancias, quemadas y con gorgojo, y a pesar de todo, degustadas, engullidas, masticadas... sin protestar.

Estoy de nuevo aquí, en el país donde nunca pasa nada, en el país de los sordos de moda que oyen lo que les acomoda y los ciegos que tropiezan con las farolas apagadas a pesar de que llevan iluminada la cara con una pantalla idiotizante, por la cual solo ven lo que quienes les están robando la cartera desean o les dejan.

Estoy aquí, en el país de la furia balompédica ante el diferente o extraño y la inclinada cerviz ante el poderoso y el ladrón.

Estoy aquí, me temo que nunca me había marchado, en el país en el cual el tirano después de haber saqueado la hucha de las pensiones, desmantelado la educación pública y haber reducido el sueldo de los trabajadores a una boñiga de borrego capado, tiene el descaro de dirigirse a sus víctimas para aconsejarles que ahorren para tener una vejez digna y para que sus hijos puedan estudiar. Y a pesar de todo, no pasa nada, y se toma todo como una gracieta, no de un tirano, sino de un inepto, al que en las próximas elecciones se le volverá a votar.

Estoy aquí, ignorante de mí, creyendo que este campesino trasplantando al asfalto es capaz de mover conciencias, cuando los padres ven como a sus hijos les quitan la comida de la boca y miran para otro lado.

Estoy aquí, camino del mercado en busca de dos libras de lentejas, a las que no necesito echarles chorizos, me basta con encender el televisor para que salgan por la pantalla los chorizos, que se pudren antes de llegar a la olla porque no se han colgado antes. 

Me temo que en este país no son los ciegos quienes menos ven, ni los sordos los que menos oyen...

Sí, ya estoy aquí, y no sé por qué he vuelto...


sábado, 24 de febrero de 2018

Entrevista de trabajo(un caso real)

La verdad sale del pozo (1898), Édouard debat-Ponsan


Este relato real como la vida misma, tuvo lugar en un país de nombre Cleptolandia,[1] donde el latrocinio por parte de los gobernantes es generalizado y donde la verdad se oculta tras burdos eufemismos.  Afortunadamente en España estas cosas no suceden, tenemos una ley laboral justa y avanzada, nuestros gobernantes y todas las instituciones del Estado, y las empresas, son un ejemplo de eficacia, honradez y dedicación a los ciudadanos, y, sobre todo, España es una país socialmente avanzado y muy democrático, no hay peligro de que estos abusos se lleven a cabo.


A continuación, el relato:

Mientras corta una cebolla Marta llora, y no es por la cebolla. Una carrera, dos masters y un sinfín de cursos y cursillos para enfrentarse a la desolación.  Le queman las palabras, la vida cotidiana, el a sus veinticuatro años sentir que tanto sacrificio no ha servido de nada. Quisiera huir de este país al que un día quiso o creyó sentirse orgullosa de pertenecer. Le sonaba como algo lejano eso que decían que los gobernantes habían robado por encima de las posibilidades del pueblo, aunque ellos dijesen que había sido el pueblo quien había vivido por encima de sus posibilidades.

Marta, echa la cebolla al aceite, está cabreada consigo misma, unas gotas de aceite caliente la saltan sobre el envés de la mano, cierra los ojos de dolor, y de inmediato pone la mano sobre el frío manar del grifo. No le duelen las quemaduras, no siente el frescor del agua, todavía tiene en mente la última entrevista de trabajo.

Tanto estudiar, tantos trabajos de becaria, ¿para qué? ¿para coger formación? Ahora comprende a su padre cuando le decía que la reforma laboral era una reforma criminal contra la gente honrada.  Estando todavía en la Universidad estuvo de becaria seis meses, trabajando como una más. Contenta, estaba aprendiendo, trabajando ocho, nueve horas y días de diez horas, no por un mísero jornal, gratis, por la comida, que hasta el transporte se tenía que pagar.

Después realizó dos masters, y multitud de cursillos.

Pago por un master, seis meses de becaria, pagar por trabajar…

—Así cojo experiencia.

Así comenzó a caminar por la calle de la frustración, de trabajo en trabajo, tampoco muchos, porque al terminar de trabajar, gratis, otro becario o becaria ocupaba su lugar. En las entrevistas de trabajo pronto decían:

—Estás sobre cualificada, ¿querrás cobrar?  Lo siento, queremos personas con las que podamos firmar convenio con la universidad…

Así una y otra vez. Se había transformado en una viajera ausente de sí misma, camino de un exilio en otros países: Inglaterra, Alemania…, cualquier sitio menos en España, donde la esperanza estaba secuestrada.

Se secó las manos, untó pomada contra las quemaduras.

—Las quemaduras es lo que menos escuecen —murmuro con rabia recordando la última entrevista:

—¿Cuántos años tienes?

—Veinticuatro.

—Pareces más joven. No sé —le dijo el  entrevistador mirándola con descaro.

—Tengo veinticuatro —insistió molesta.

—No, sí ya lo veo, ya lo veo. Eres muy guapa, supongo que tendrás pareja, novio…

—Vengo por el trabajo —cortó al entrevistador.


—Ya, ya. Pero es importante para la empresa saber esas cosas, por si te piensas quedar embarazada y tener hijos…es que, sabes, ya tienes una edad. No sé si te interesa este trabajo…—respondió altanero el entrevistador, dándose cuenta de que aquella muchacha tenía las cosas claras y no iba a entrar en su juego.

—Dígame las condiciones y ya le diré si me interesa o no el trabajo.

—No te interesan, ya te digo que no te interesan. Carrera, dos masters, inglés fluido…experiencia en el sector…

—Es lo que piden ¿no? En la convocatoria decían eso, persona cualificada…

—Sí, sí claro, pero vamos a ver, tienes casi veinticinco años, ¿querrás cobrar más de trescientos euros?

—¿Trescientos?

—Sí. Aquí lo hacemos de la siguiente manera. Seis meses de becaria o becario, a trescientos euros, si no tienes convenio con la Universidad, te podemos ofrecer un master por el que pagarías setecientos euros al mes, tendrías que pagar solo cuatrocientos. Eso sí, a los seis meses, te haríamos un contrato en prácticas de un año, cobrando setecientos euros al mes…

Marta dudo, quiso saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar aquel malnacido.
—Bien. ¿Cuántas horas tendría que trabajar?

—¿Te interesa?

—Dígame más.

—Serían seis horas de jornada laboral, más tres o cuatro horas del master, total trabajarías unas diez horas diarias, solo pagando cuatrocientos euros al mes…

—Y luego, cobraría setecientos euros al mes durante un año. ¿Y después del año?

—Después del año, ya veríamos, si nos interesases cobrarías como una persona normal…
—¿Sí les interesase?  En año y medio podrían comprobar bien si les intereso o no ¿no?

—Debes pensar que no somos una ONG, sino una empresa. Si por el mismo trabajo podemos pagar setecientos no vamos a pagar mil cuatrocientos…sería estúpido por nuestra parte… ¿Te interesa?

Marta dudó si mandarlo a la mierda o no. Se levantó y recordó una frase que alguien escribió:

«Cuando los ladrones gobiernan, ser honrado es un delito»

Salió y miró a dos docenas de chicos y chicas esperando para ser entrevistados.

Al llegar a su casa, mientras preparaba los espaguetis con cebolla y tomate, una política que nunca había dado un palo al agua y que cobraba siete mil euros al mes por jugar al Candy Crash, vaguear y dormir la siesta en el Congreso de los diputados aconsejaba a los jóvenes que ahorrasen dos eurillos al mes para su jubilación…

La cebolla no es lo que le hizo llorar, las quemaduras no fue lo que más le escoció, fue pensar que:
«Cuando los ladrones gobiernan, ser honrado es un delito»

©Paco Arenas
©Lágrimas secas

Pintura La verdad sale del pozo (1898), Édouard debat-Ponsan

martes, 20 de febrero de 2018

El accidente de sa Talaia de San Josep (Eivissa) 7 de enero de 1972




A ellos y su recuerdo. 

El viernes 7 de enero quedará para siempre en mi memoria, ese día tuvo lugar mi segundo nacimiento fruto de mi cabezonería y la trágica muerte de 104 personas, que podrían haber sido 108, si yo hubiese sido menos cabezón y tres hinchas ibicencos forofos del F.C. Barcelona no se hubieran emborrachado por la victoria de su equipo contra el Real Madrid, y ebrios perdiesen el avión, tras hacer escala en Valencia, quedándose en tierra,  en el aeropuerto de Valencia donde el avión  Caravelle EC-ATV de Iberia había realizado una escala procedente de Madrid.

Como todos los años, durante las vacaciones de Navidad, regresábamos a mi pequeño pueblo castellano del norte de la Mancha, Pinarejo. Allí pasábamos las vacaciones escolares disfrutando de la fiesta, el frío, la nieve y la rica gastronomía manchega. Sin embargo, para mi madre, estas vacaciones eran más una temporada de trabajo, ya que aprovechaba para recoger aceitunas y realizar la matanza del cerdo, asegurando así una buena provisión de jamones, chorizos, morcillas y aceite de oliva para llevar a la isla.

 

Mi madre se quedaba hasta San Antón para terminar todos estos quehaceres. Yo, por lo general, regresaba antes de que comenzara la escuela, entre el siete y el diez de enero, según el calendario. Aquel año, el primer día hábil después de Reyes caía el diez de enero, un lunes.

 

Tenía doce años recién cumplidos. Recuerdo que subimos al taxi de Antonio, el taxista de Pinarejo, muy de madrugada. Como siempre, íbamos con exceso de pasajeros y equipaje. Era un Mercedes amplio, en el que nos amontonábamos ocho personas junto con un sinfín de maletas y bultos, generalmente con jamones y embutidos, repartidos entre el maletero, la baca y el interior del coche.

 

—Los chiquillos en el medio por si nos paran los guardias —advertía Antonio—. Y cuando lo diga, os agacháis para que no os vean.

 

En aquellos tiempos no existían cinturones de seguridad y nadie parecía preocuparse por ello. Nunca, que yo recuerde, nos paró la Guardia Civil. Si lo hubieran hecho, ya estaban los bultos preparados para ocultarnos. En ese viaje, yo era el único niño. A mi lado iban Olegario Cifuentes, "Serrucho", y Constante Jiménez, hermano de mi sobrino Jesús y primo hermano de mi sobrina Luisa, pero eso es otra historia.

 

Pronto comenzamos un largo trayecto de más de cuatro horas desde Pinarejo a Valencia, que ahora se realiza en poco más de hora y media por la autovía. En aquel entonces, viajábamos por la N-III, pasando por las cuestas de Contreras y el Portillo de Buñol, donde eran frecuentes los accidentes de camiones. Aquel día de enero, los astros conspiraron para que llegáramos más tarde de lo habitual. La niebla y la nieve habían complicado el viaje. Al llegar a las cuestas de Contreras, la Guardia Civil estaba retirando inodoros esparcidos por un camión que había derrapado. Por suerte, los guardias estaban demasiado ocupados para fijarse en nuestro taxi sobrecargado. Más adelante, en el Portillo de Buñol, otro camión, esta vez lleno de cerdos, había derrapado, y los animales desorientados andaban por el asfalto.

 

Las casi cinco horas de viaje se convirtieron en más de seis, y llegamos tarde para tomar el barco a Ibiza. Mis paisanos pinarejeros tuvieron que esperar en las atarazanas del puerto durante dos noches, ya que llevaban demasiado equipaje para volar. Yo, sin embargo, no llevaba equipaje, así que mi hermano mayor, Fermín, que ya vivía en Valencia, me llevó a la calle La Paz, donde estaban las oficinas de Iberia, para sacarme un pasaje de avión. Cuando me enteré de su intención, me negué rotundamente. Me daba pánico la idea de volar. Fermín, igual de testarudo que yo, no desistió hasta que llegamos a las oficinas de Iberia.

 

A regañadientes, me bajé de su Renault 8.

 

—En una hora estarás en Ibiza —dijo mi hermano.

 

—Yo no me voy en avión, me da miedo —repliqué firmemente, aferrándome al marco de la puerta para no entrar en las oficinas de Iberia.

 

—¿Cómo te va a dar miedo? Los hombres no tienen miedo —insistió mi hermano, intentando convencerme con chantaje emocional.

 

—Pues a mí me da miedo. Yo me voy en barco.

 

—¡Cabezón! ¿No te das cuenta de que hasta la semana que viene no hay barco?

 

Era cierto. En invierno, el barco salía una vez por semana. El próximo saldría el viernes.

 

Finalmente, entré en las oficinas de Iberia. Allí estaba una familia, un joven matrimonio con una niña muy guapa de mi edad, doce o trece años. La niña, más madura que yo, intentó convencerme, pero mi timidez y tozudez eran mayores que cualquier argumento.

 

—Mira, seguro que te dejan sentarte junto a la ventanilla, podemos ir jugando...

 

Si hubiera sido mayor, tal vez aquella niña de ojos negros y dulce acento andaluz me habría convencido. Sus palabras y gestos amables me hicieron encerrarme aún más en mí mismo. Aquel rostro se quedó grabado en mi memoria para siempre, aunque con los años seguramente haya cambiado.

 

La azafata estaba a punto de escribir mi nombre en el billete cuando, más tozudo aún, dije que no subiría al avión. Sabía que jamás volvería a ver a aquella niña de dulce mirada.

 

Mi hermano se enfadó muchísimo, llamándome todos los sinónimos de cabezón. Finalmente, accedió a que me saliera con la mía. Me llevó a casa de mi primo Mateo Romero, donde intentó llamar a mi madre a través de mi tía Puri, que regentaba la centralita telefónica de Pinarejo. Sin embargo, la centralita no funcionaba por culpa de la nieve.

 

Mi primo Mateo me invitó a comer un sabroso arroz caldoso que preparaba su mujer, Carmen, mientras intentaba razonar conmigo, dándole la razón a mi hermano. Miró el reloj de la pared. Era la una y pico de la tarde cuando dijo:

 

—Si hubieras tomado el avión, a esta hora ya estarías en Ibiza.

 

En ese instante, la radio anunció:

 

«Un avión ha desaparecido a la altura de la isla de la Conejera».

 

Palidecimos. Mi hermano llegó poco después, también habiendo escuchado la noticia en la radio. Nos abrazamos en silencio.

 

En mi pueblo, la noticia llegó a través de la radio. Mi madre, al saber que no había tomado el barco y creyendo que me había ido en el avión, buscó a alguien que la llevara al Castillo de Garcimuñoz para intentar llamar por teléfono. Un paisano la llevó, y lo primero que hizo fue llamar a mi hermana Mariana en Ibiza. Ella también estaba preocupada, ya que mi cuñado Antonio, en teoría, había tomado ese mismo avión.

 

Conclusión para todos: uno de los dos estábamos muertos. Afortunadamente, ninguno lo estaba. Mi cuñado pasó horas en el aeropuerto de Ibiza esperando un nuevo avión, sin saber que el anterior se había estrellado en  S`Atalaia de Sant Josep.

 

Dos días después, el domingo 9 de enero, tomé el avión a Ibiza acompañado por mi cuñado Antonio. Durante todo el viaje sentí un pánico atroz. Al día siguiente, mis compañeros de clase me recibieron como a un héroe. En Sant Antoni, las noticias corren rápido en invierno. Negué todo temor y presumí de valentía, aunque la realidad era otra.

 

Trabajé cerca del lugar del accidente algunos años después, aún viendo restos del siniestro. Murieron 104 personas, entre ellas nueve niños. Yo habría sido el décimo, junto con aquella niña de ojos oscuros y dulce acento andaluz.

 

No volví a subir a un avión hasta pasados más de quince años, y aún hoy, cada vez que lo hago, siento un auténtico pánico.

©Paco Arenas


jueves, 15 de febrero de 2018

Los sueños...¿Quién es el dueño de su destino?




Durante los sueños soñamos cosas absurdas, y despiertos seguimos soñando y creemos o pensamos, que podemos cambiar nuestra suerte.
Sí, nuestra suerte, porque lo jugamos todo a esa carta, a la del azar. No pensamos que nuestra vida no puede ser una constante esperanza sin cimientos. Que son muchas las cosas que podemos lograr, no jugando a la lotería, ni lanzando una moneda al aire con la esperanza de que caiga de canto. No hay nada que apostar, nada, nuestra vida es mucho más importante que todo eso.
Casi todo es posible, no porque lo soñemos, no porque seamos más listos que nadie, ni por guapos o feos, sino porque seamos capaces de marcarnos objetivos, no individuales y egoístas, esos quedan para unos pocos privilegiados. La inmensa mayoría tenemos las puertas cerradas a esos sueños, a la suerte. No existe el sueño americano de las películas, tampoco el sueño español. Esos sueños, esas posibilidades las tienen reservadas para ellos los ricos, los poderosos, antes de manera descarada, ahora tan miserable como entonces, pero más disimulada. Siempre se dijo, y no es mentira, que quien no tiene padrinos no se casa, es verdad. Los pobres, o pensamos como colectivo o jamás lograremos nada, o casi nada.
Si logramos saltar la valla que nos separa de nuestros anhelados sueños, nos estará esperando el perro con sus colmillos y nos morderá en donde más nos duela. Lo vemos todos los días como devoran a dentelladas a raperos, tuiteros, gente de a pie, como les roban el trabajo, la casa, con total impunidad, y si protestan van a la cárcel sin que nadie sepa nada de ellos.  Cuando un rico atropella a una muchacha, siendo reincidente, habiendo perdido los puntos dos veces por ir drogado y borracho, le han dado de nuevo el carné y el juez lo ha dejado en la calle sin cargos, por eso, por ser hijo de papá.  Ellos, los terroristas que saquean al pueblo impunemente quitan y ponen a los jueces a su capricho, cambian las versiones, se ríen de nosotros, nos roban la hucha de las pensiones y nos dicen que ahorremos, que nos morimos muy tarde, que vivir desear tener una vejez digna es un acto insolidario y egoísta.
Somos estrellas del oscuro firmamento, motas de arena de la playa desierta, una mirada desde el otro lado del Huécar en la noche estrellada, capaz de ver en la oscuridad quiméricos sueños utópicos. No somos grano de arena disuelto por el agua en la playa, somos trozo de roca que ha resistido la erosión, somos vida y realidad que avanza lentamente, pero con seguridad a echar de su guarida al tirano, capaz de reducir a polvo su palacio, de nadar contra corriente hasta la victoria final, unidos, solo unidos...
Somos sueños, anhelos e ilusiones, unámonos y transformemos en dulces realidades esos sueños, anhelos e ilusiones, caminando sin olvidar en ningún momento quienes somos, que queremos, y, sobre todo, quienes son los miserables que viven a nuestra costa sin pegar un palo al agua.
Tal vez, estas palabras sean frases inconexas sin motivo ni razón, divagaciones libres de mis dedos sobre el teclado, sin otra pretensión que escribir a su ritmo sin ni siquiera pensar lo que a través de la pantalla se plasmaba.

En fin...

Paco Arenas

miércoles, 14 de febrero de 2018

‹‹Todo paraíso lleva implícito su propio infierno›› Orlando Cuéllar Castaño -Reseña


A finales de la primavera me llegó  de manos de su autor, mi amigo, Orlando Cuéllar Castaño, una novela inquietante ‹‹Todo paraíso lleva implícito su propio infierno››, escrita hace muchos años y que pensaba reeditar de nuevo.   Junto con la novela venía un difícil encargo de que escribiese el prólogo de la misma. De Orlando son muchas las cosas que he leído, sabía que no me iba a dejar indiferente la lectura de ‹‹Todo paraíso lleva implícito su propio infierno››, como realmente así fue:

‹‹Todo paraíso lleva implícito su propio infierno››, es una novela muy diferente a todas cuantas he leído, que desde luego no me ha dejado en absoluto indiferente. Su primer capítulo ‹‹Todo final tiene su principio››, nos traslada desde el infierno personal del protagonista en el inicio de la novela al mismo paraíso infantil de selvas vírgenes que son penetradas por el hacha y las máquinas buscando arrebatar a la jungla tierras vírgenes para las labores agrícolas o las industrias madereras. En ese idílico paraíso tropical, sus moradores se adaptan a sus duras condiciones con alegría, y a pesar de la pobreza casi extrema, logran gozar de grandes dosis de felicidad. Es precisamente la felicidad la emoción que busca el protagonista a lo largo de toda la novela. Son muchas las ocasiones en las cuales cree encontrarla; sin embargo, cada vez que sube un nuevo escalón, no es hacia la dicha sino al infierno, que termina por atraparlo, no siendo consciente en ningún instante de ello.

Tiene momentos de ternura, en los cuales, la felicidad más intensa puede lograrse en algo tan simple como una mirada furtiva, un paseo con la mano de la niña amada cogida, un casto beso, con la niñera/carabina fingiendo no ver esos besos a escondidas. Trazos donde la apoteosis final orgásmica se consigue leyendo una carta plagada de deseos imposibles y castos, mientras alguien viola la inocencia con realidades nada castas.

Lo que en principio produce espanto, termina convirtiéndose en un medio de vida. No resulta fácil escribir, y menos en primera persona, sobre cuestiones de índole sexual, ¿dónde termina el erotismo? ¿Cuál es su límite? Cuéllar bordea sutilmente, con gran maestría, los límites del erotismo hasta el extremo, evitando caer en lo pornográfico. Con su peculiar estilo y cuidado lenguaje, no hiere a la vista ni a los sentidos, lo que sin su maestría molestaría, sabe jugar con gran maestría con las palabras y los tiempos, provocando tensión en los sentidos sin herir sensibilidades.

Al leer ‹‹Todo paraíso lleva implícito su propio infierno››, con ese lenguaje, tan directo y natural, Cuéllar nos hace creer, sin permitirnos dudarlo, que en realidad está narrando sus propias vivencias, trasmitiéndonos sus sensaciones, las buenas y las malas, nos mete en la mente del protagonista. Conociendo a Orlando Cuellar y su exquisita sensibilidad adorable desde el punto de vista literario y personal, a pesar de sin quererlo identificar o más bien confundir al narrador con el protagonista, este último, nos provoca un rechazo natural hacia su mezquindad frívola, y a la vez una pena infinita, porque en el fondo, no deja de ser un desgraciado que jamás alcanzará la felicidad, y que cuando realmente le encuentra sentido a su vida, ya es demasiado tarde. Podría decirse que Orlando Cuellar Castaño escribe como los ángeles traviesos y picarones que juegan al escondite con los diablillos cojuelos que animan la fiesta y que tanta falta hacen en el cielo de las letras.

Para terminar, decir que me ha impresionado gratamente, a la vez que me ha descubierto nuevos campos narrativos desconocidos para mí.



Orlando se presenta:



Mis ojos se abrieron al mundo, un cálido día a mediados del mes de agosto de 1966, en un pequeño pueblito llamado “El Dovio”, perdido entre las montañas del norte del Valle del Cauca. Mis primeros recuerdos están poblados de imágenes de selvas y ríos casi vírgenes, de animales fabulosos, de duendes, hadas, brujas y seres míticos, gracias a mi abuelo, quien como todo buen paisa era, además de colono, un gran contador de historias (por no decir un mentiroso de miedo; o sea, que inventaba cuentos de terror). Aprendí mis primeras letras en el Colegio Nacional “La Frontera”, de Saravena (Arauca), donde un día descubrí y me adentré en el mundo de la literatura y me perdí embelesado en sus múltiples caminos llenos de magia y fantasía, en los que aún hoy continuo, más perdido que nunca. Estudié diez semestres de Filosofía y Letras en la universidad Santo Tomás de Aquino. Resido hace muchos años en la hermosa Villa de San José de Cúcuta, la ciudad de los árboles, como ha sido llamada por los poetas, ciudad que me ha cobijado como su hijo adoptivo.

Paco Arenas

viernes, 2 de febrero de 2018

Manual del buen truhán, de María Nieves Michavila (Reseña)



En este mundo en que los truhanes andan disfrazados de personas decentes, con traje y corbata, con finos modales, que suelen ocupar altos cargos en las administraciones del Estado, en este país de pícaros y sinvergüenzas, faltaba un buen "Manual del buen truhán".     
El "Manual del buen truhán", como bien dice el crítico literario, Ginés J. Vera, es un excelente libro de humor que salvando las distancias nos lleva hasta al  Buscón de Quevedo, e incluso El Lazarillo de Tormes.  Me pregunto después de haberlo leído, de en caso de haber sido escrito en el siglo XXI, hubiese sido en el Siglo de Oro. Posiblemente habría caído en el olvido como tantos otros muy buenos libros; no obstante, no me cabe la menor duda, de que hoy seguirán vigentes tanto El Romancero Villano como El refranero Truhanero, y formarían parte de la cultura popular española, repito no me cabe la menor duda.
Es un buen libro de humor, que como todo manual se debe de consultar de vez en cuando para así lograr los objetivos de ser un buen truhán (con tilde, puesto que se escribió antes de que a la RAE se le ocurriese quitarla.   
         
De la calidad y el ingenio e la autora de este libro, basta con decir dos o tres cosillas “sin importancia”, ha escrito el mejor libro de investigación histórica Voces desde el más allá de la historia, y acaba de ganar el PREMIO HISPANIA DE NOVELA, con su novela Alfonso XII y la corona maldita, la tercera que este libro también ha sido premiado, fue FINALISTA DEL PREMIO CAFÉ MON.

Es tal el ingenio derramado por la autora en este libro que, hasta a mí, que soy un enamorado de los clásicos logró engañarme, y pronto me puse a buscar por bibliotecas e internet, ese "El romancero villano" y ese otro "El refranero truhanero", no lo encontré, por una sencilla razón, todos esos romances y refranes, habían surgido del genio de María Nieves Michavila Gómez.

Gracias por este libro, que he terminado de leer en la Agrupación Musical Los Silos,

El próximo día 2 de febrero a las 7 de la tarde, tendrá lugar la presentación y representación del "Manual del buen truhán". Habrá risas para merendar y un vino de honor de colofón.

Acompañaremos a María Nieves Michavila Gómez, el escritor Antonio Andújar Castro y yo, Paco Arenas 

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