martes, 21 de noviembre de 2017

Caricias rotas (PDF gratis cuatro primeros capítulos)


Nada más placentero para quienes amamos la lectura que poder oler la tinta, el papel, acariciar el lomo y sobre todo disfrutar de la lectura…
Sin embargo, ¿Cuántos libros compramos que después no leemos? Un libro es como una comida exótica que al primer bocado te encanta o rechaza tu paladar. Los libros son caros, afortunadamente existen las bibliotecas públicas, pero no son suficiente, y no siempre está disponible el libro que deseamos leer. La solución comprar el libro, arriesgándote, como esa comida exótica, a que no te guste.

Esa es la razón, por la cual, quiero ofrecer al posible lector que pruebe Caricias rotas, que le pegue un buen bocado y después decida si realmente desea comprarlo.
Solo añadir que la segunda edición que saldrá en fechas próximas, incluye el prólogo del escritor y psicólogo de reconocido prestigio Antonio Andújar Castro, al cual agradezco su colaboración. 

A continuación puedes leer los cuatro primeros capítulos, el libro completo puedes comprarlo  a través de Amazon en versión digital o papel, también poniéndote en contacto conmigo a través del correo  electrónico  fmlarenas@hotmail.com
También puedes descargarte los cuatro primeros capítulos gratis

Paco Arenas




Caricias rotas


A ellas



Las cadenas y los muros del hogar son casi siempre invisibles.
Luis Rojas Marcos, psiquiatra

Nunca dejes de sonreír, ni siquiera cuando estés triste, porque nunca sabes quién se puede enamorar de tu sonrisa.
Gabriel García Márquez


“—No quiero que borres su huella, sino que marques la tuya, no quiero olvidar sus risas que tanto ame, sino escuchar las tuyas y llegar a amarlas tanto como ame las suyas…”
Caricias rotas (Paco Arenas

        

Índice
Prólogo de  Antonio Andújar Castro. 7
1 Cuentos de hadas escondidos en un portarretratos de plata. 10
2 Mi amor, no volverá a ocurrir,mi amor…... 22
3 Perder el miedo. 35
4 Maquillaje. 48
5 La primera señal 56
6 Rosas rojo pasión…... 70
7 Las cicatrices del alma no las cubre un pintalabios. 77
8 Luna de “hiel”. 92
9 Quiero matarte a besos. 114
10 Magaluf. 124
11 Noche memorable. 129
12 Al vaivén de las olas. 136
13 El santuario profanado. 152
14 Ríos de lava. 156
15 Las estrellas brillan tristes en la noche. 162
16 Ensaimadas ensangrentadas. 171
17 Los hombres, a veces, son muy especiales. 179
18 El marido perfecto. 185
19 Fútbol, toros y amigos. 200
20 La visita. 204
21 Cosas de familia. 226
22 Ilusiones rotas en una caja de zapatos. 236
23 La vida a patadas. 249
24 La vida es bella. 260
25 Sé que en algún lugar del mundo, existe una rosa única…... 285




 Antonio Andújar Castro

(Psicólogo y escritor)

Cuando finalicé la lectura de Caricias rotas tuve que seguir meditando. Tampoco lo quise evitar mientras leía sus páginas, no podía avanzar si no me paraba a pensar. Por eso me adentré con sigilo en la trama, con respeto, con la mente abierta y la atención dispuesta a lo que pudiera hallar. Necesitaba detenerme con cautela en las estaciones de mis sentimientos y reflexionar, con abstracción, sobre los pensamientos y las emociones del ser humano, hombre y mujer, pero también sobre nuestros instintos más naturales, desnudos y expuestos con inteligencia por el autor. Y es entonces cuando podía aparecer el vértigo. Pero era necesario leer y sentir, entender tanto la superficialidad como el fondo de la obra. Debía avanzar y experimentar la emoción del sufrimiento, porque la vida misma también lo es, pero no siempre si sabemos canalizarlo y derivarlo hacia el camino más adecuado.

La lectura de Caricias rotas me ha provocado un gran interés y preocupación. Interés por entender la naturaleza de los actos, los modelos educativos reflejados en los personajes o en las personas de la vida real. Y preocupación por la extensión que está alcanzando la temática reflejada en la obra, a nivel social, en los sectores más jóvenes de la población y, en general, en cualquier edad. Preocupante involución. La historia que ha querido plasmar el autor ocurrió hace algunas décadas, pero ni es lejana ni es irreal.
Es conveniente que esta lectura tenga un gran alcance y que caiga en manos de lectores y lectoras. Puede ocurrir que alguien que se deje llevar por la trama de este interesante libro esté sufriendo algún tipo de acoso o maltrato, o conozca de alguien que esté pasando por cualquiera de estas situaciones, las que pueden considerarse graves y las que son muy peligrosas. Si es así, hay que actuar, frenar el desprecio, la bofetada o la vejación. Vale la pena dar el paso y denunciar. Sí hay que denunciar. Tanto quien agrede como quien es agredido o agredida merecen cambiar su vida.

Prestemos atención a nuestras expresiones: “No es fácil decidir qué hacer” “Sin él o ella estoy perdido/a” “Las consecuencias pueden ser terribles” u otras frases que tendríamos que reflexionar y permitirnos cambiar antes de volver a decirlas. En una gran mayoría de casos, quien maltrata o es maltratado o maltratada muestra una gran debilidad y precaria autoestima. Necesita reordenar sus pensamientos acerca de los demás y de uno mismo, y vivir en paz, pues una vida bajo el yugo de la agresión u opresión es una vida vacía, perdida, expuesta a ser dañada o aniquilada.

Soy hombre, psicólogo, pero ante todo soy una persona, alguien que desea vivir dignamente y con respeto hacia mí mismo y hacia los demás. No aceptemos la invasión de nuestro espacio ni el de los demás. Defendamos el asertividad y la comunicación en todas sus razonables formas, así como el derecho a opinar y a expresar nuestros sentimientos. No admitamos la más mínima ofensa o ultraje, identifiquemos cuándo una conducta o una petición es o no sensata. Sintamos compasión por la vida de los demás, no los utilicemos, no descarguemos en ellos nuestras rabias e inseguridades, repensemos antes de actuar. Y, sobre todo, actuemos con dignidad sobre nuestro cuerpo y nuestra mente.

El agresor y el agredido tienen confundidos los sentimientos, alterados los pensamientos, las conductas, pero para todo ello hay soluciones. La vida es diferente a vivir en un infierno. Y antes de volver a unirnos a una pareja, pensemos bien por qué y para qué lo hacemos. Vivir con uno mismo puede ser más enriquecedor si la factura personal ha de tener tan elevado coste.
Caricias rotas me ha hecho reflexionar mucho. ¿Qué se ha hecho en nuestro país con la mentalidad de muchas mujeres, o de muchos hombres? Es dramático que esto lleve ocurriendo siglos y que además se siga dando en la supuesta era de la modernidad.
Gracias al escritor Paco Arenas por la escritura y enfoque de la novela, la cual recomiendo enormemente, pues desprende un gran aprendizaje.
Antonio Andújar Castro (Psicólogo y escritor)


 Capítulo 1º 

Cuentos de hadas escondidos en un portarretratos de plata





    Mientras agitaba el portarretratos de plata con la foto de la boda, la niña, miraba embelesada la figura de su madre proyectada contra la pared del dormitorio por la lamparilla de noche.
—¿Cuándo iremos a Mallorca?

Aurora con gesto trémulo se volvió hacía la niña con mirada condescendiente llena de ternura. Un escalofrío recorría todo su cuerpo cada vez que debía hablar de su marido, del padre de la chiquilla, de su verdugo. En no pocas ocasiones rehuía la mirada de la chiquilla, sus ojos le recordaban tanto a él.

—Algún día, cariño mío, algún día.

Y su voz intentaba esconder el dolor que le producía hablar de él, tras la inicialmente forzada sonrisa y las caricias que tiernamente prodigaba a la niña.

—¡Jo, mamá! Siempre me dices que algún día y nunca llega ese día —protesta la chiquilla contorsionando los labios en un gracioso mohín que claramente quería mostrar a su madre el disgusto por la promesa jamás cumplida.
—Ya lo verás, iremos algún día en un barco blanco, con piscina de agua salada y delfines saltando las olas sobre la espuma blanca…

—¿Y podré tocar los delfines? ¿podré ir montada a caballito sobre ellos? —preguntaba la chiquilla, bailándole los ojos en las orbitas y dando pequeños saltitos sobre la cama.

Aurora terminaba por reír de las ocurrencias de la chiquilla mientras se va preparando poco a poco para narrar esas historias inventadas que salían de sus labios de manera improvisada, casi dictadas por la desbordante fantasía de la niña.

—Y Joaquín lanzó una cuerda sobre el capitán de los delfines, montando sobre él, hasta que después de muchos chapuzones logró domarlo, y así conseguir que Lourdes pudiese cabalgar por los siete mares montada en el más bonito de los delfines.



 En esos cuentos, con su marido y su hija como protagonistas, intentaba olvidarse de la historia real. Por desgracia para ella, esos cuentos se transformaban después en pesadillas, cuando el recuerdo se imponía a la fantasía. No siempre resulta fácil ignorar lo sucedido, saltar el alto muro del miedo, dar el paso de cruzar la puerta, resulta más cómodo cerrar los ojos y esperar lo inevitable.

Tal vez, cuando se ha perdido toda esperanza, sea preciso refugiarse en las oraciones murmuradas en silencio suavemente, para así no notar la tirantez que te produce la última llaga producida por el penúltimo puñetazo. Cuando no hay escaleras que subir, y tu vida se ha convertido en un tobogán, terminas llegando al suelo, entonces, la única solución sea levantarse, mirar al frente y caminar, con miedo; pero hacía adelante.  Puede ser que te consideren débil por no haber dado el paso antes, cuando el primer grito atronó en tus tímpanos, cuando la primera humillación te hizo bajar la cabeza, cuando su mano se estrelló en tu rostro, cuando esperabas de esas manos una tierna caricia.

No se puede romper el hielo con un beso, pero si doblegar sentimientos, atrapándote en el helado elemento. Ser valiente, dar el paso, en ocasiones es firmar la sentencia de muerte. No, nadie puede juzgar el miedo, ni tan siquiera después de muerto el verdugo. Imposible desmenuzar el pasado sin sentir como se desgarran las carnes de dolor.  Cerrar los ojos no es la solución, Aurora lo sabe, lo sabía entonces y a pesar de todo cerró los ojos y, todavía está pagando las consecuencias de su ceguera, de su silencio y sus miedos.

 En ocasiones piensa que tuvo suerte, no fue necesario aguantar dos años, o tres, o toda la vida, bastaron unos meses, y, sobraron todos. Su maltratador jamás hubiese cambiado, por mucho que ella llegase a creerlo. ¿Qué habría ocurrido si hubiese sido valiente? Tal vez estaría muerta, como tantas otras, o quizás debería haber escuchado a Pedro Tur. No lo hizo, cuando por fin decidió abrir los ojos, ya no había remedio.  Imposible volver atrás para rectificar viejos errores.

—Ahora vamos a dormir, es muy tarde y mañana no hay quien te levante —se excusaba Aurora muchas noches para evitar rememorar viejos episodios dolorosos rebozados con mentiras de cuentos de hadas.

—Mamá, dime otra vez lo guapo que era papá, solo una vez más, y me voy a dormir a mi cama, o mejor me quedó aquí a tu lado, con Lola durmiendo a nuestros pies —anima Lourdes a su madre, acariciando la gata negra que comienza a acondicionar el lugar donde piensa dormir, con sus manecillas, como si estuviese amasando la masa de una pizza.

La niña, antes de que su madre conteste se mete bajo las sábanas y se acurruca junto a su madre, colocándole el oído al corazón y acercando aquella foto enmarcada en un portafotos de plata al rostro de Aurora.

Aurora suspira con jovial condescendencia, es una pregunta que le resulta fácil de contestar, a pesar del dolor que le provoca evocarlo, una pregunta que ha contestado en multitud de ocasiones a la chiquilla que la mira atolondrada, orgullosa, colocando sus manecitas debajo de su barbilla, una vez a cogido su madre la foto. Aurora, a pesar de los años transcurridos siente dolor, fuerza una sonrisa, sabe que la chiquilla la está mirando atenta. Se sobrepone ante las sombrías imágenes de los recuerdos que le atormentan.

—Papá era el hombre más guapo del universo…

—¿Más guapo que Leonardo DiCaprio? —pregunta sin dejarle continuar.

—Mucho más, ¿dónde va a parar? —Ríe Aurora, al ver el baile de los ojos de la chiquilla, y el tintineo de su voz cantarina.

—¿Más que Brad Pitt?

—Mucho más, fíjate —responde Aurora señalando con el dedo la cara del padre de la chiquilla —era el hombre más guapo que jamás conocí, tenía unos ojos muy hermosos y profundos, casi tanto como los tuyos…

Y Aurora comienza a describir a su marido, retratándolo como el mejor galán del mundo, el hombre más elegante y cariñoso que puede pisar la tierra, el hombre del que todas las mujeres se enamoran. Le habla de acciones heroicas, con príncipes, castillos encantados y dragones que echaban fuego por la boca, de las cuales el intrépido Joaquín, siempre salía victorioso gracias a su gran inteligencia. Solo un ligero estremecimiento en el tono de su voz denotaría que se está inventando todo aquello que cuenta a la niña.

Nunca le hablará de su luna de miel, y si algo dice será un cuento de príncipes azules encantados, sin lugar a cenicientas que terminen sufriendo la crueldad de la bestia, de una bella bestia. Le hablará del viejo tren de Sóller, de todo su encanto, de la belleza de Mallorca, de la playa de Sa Calobra, del Nudo de la Corbata, de aquel acantilado desde que se tiraba al mar para demostrar su hombría y celebrar la victoria del amor.  Le ocultará que meses después fantaseó con la posibilidad de que se hubiese dado un mal golpe al caer sobre las aguas de la playa de Sa Calobra. Le dirá con tierna voz, que ella, Lourdes, fue una bendición del cielo, un regalo de la Virgen de Lourdes, gracias a la devoción de sus padres, mintiéndole, al decirle que fue engendrada al lado de la Virgen de Lourdes, en los mismos muros de la ermita de Betlem en Artà...

—Papá me regaló este collar de perlas Majorica —mentirá a la chiquilla enseñándole un collar de imitación que le compró su madre — pero la más bella de las perlas que me regaló en Mallorca, tú. 

—Mamá, tú sí que eres una perla, la más guapa de las mamás. Cuéntame otra vez cosas de papá…y tuyas —y la niña se alzará sobre sus pies, abrazará y besará a su madre, para de nuevo quedarse embelesada escuchando por enésima vez historias inventadas, que ella tomaba por verdaderas.

 Relatará los largos paseos por Cuenca, por la orilla del Júcar, o por la hoz del Huécar cruzando el puente de San Pablo, que para Lourdes se convertía en mágico y encantado, con duendes y hadas por doquier, en un mundo mágico, un mundo inventado. 

No menos mágicas le resultaban las Casas Colgadas, o los rascacielos del barrio de San Martín, Aurora no escatimará elogios a la joya que representa la catedral mocha de Cuenca. Tendrá, incluso, el atrevimiento de compararla a la catedral parisina de Notre-Dame, y viendo la película de Disney, “El jorobado de Notre-Dame”, Joaquín será el Capitán Febo, y Aurora será la zíngara Esmeralda. Le contará cuentos inventados o adaptará leyendas tradicionales en el entorno de la Torre Mangana, o de la Cruz del diablo en la ermita de Las Angustias. En los cuentos y leyendas, Joaquín, el padre de la chiquilla, será el valiente protagonista, Aurora llenará la cabecita de la niña de fantasías épicas propias de los más hermosos cuentos de princesas encantadas y príncipes valientes.

 En cada viaje a Cuenca, tendrá que ir con la chiquilla por aquellos parajes encantados, rememorando los momentos románticos, que también los hubo. Disfrutarán ambas de aquellos paseos vestidas con una sonrisa de inocencia y orgullo en la niña y de mentira y dolor en la madre, pero sin rabia. En ocasiones, Aurora, llegaba a creerse aquellas historias de cuentos de hadas, casi tanto como entonces, cuando a Joaquín lo veía como un príncipe encantado. Disfrutarán madre e hija de aquellos churros con chocolate en el Mercado municipal, comerán una milhojas a medias de Casa de Lerma saboreando el dulce merengue, menos empalagoso que los momentos vividos cuando lo hacía con Joaquín, aunque mucho más tiernos.

Callará lo ocurrido en Valencia, y la bella ciudad del Turia, quedará durante años como una laguna en la mente de Aurora, hasta que Lourdes se marche a estudiar a Valencia. Para entonces ya no será preciso inventarse historias, Lourdes ahora quiere vivir las suyas propias.  

Nada dirá de que muchas noches se acostaba muy tarde esperando su llegada, temiéndola al mismo tiempo. Durmiéndose con sueño ligero, estremeciéndose al escuchar la llave en la cerradura, al escuchar sus pasos acercarse a la cama, mientras ella procuraba refugiarse bajo las sábanas, tapándose los hombros, hasta la cabeza para fingir un sueño imposible.

 No le dirá que deseaba que llegase tan borracho que no tuviese fuerzas ni para llegar a la cama y se quedase con el televisor encendido en el sofá. O, por el contrario, deseando que no llegase borracho ese día y que se conformase con tomar su cuerpo como una posesión, un islote conquistado en el que clavar su bandera, sin que pretendiese arrasar su disfrute a golpes, ya fuese por desfogue o por no haber sido capaz de cumplir su objetivo:

—Se me quitan las ganas hasta de follar, pareces un mueble, una muñeca de plástico pone más pasión —le dijo alguna vez echándole su apestoso aliento a güisqui escoces.

No le contará que, por la mañana, no podía ni abrir los párpados de sueño, o de golpes. Que quedaba aletargada
acurrucada sobre su propio vientre, sin desear levantarse y enfrentarse al espejo.

Sí, Aurora, durante años, muchos años, callará casi todo lo que enturbie la imagen que ha fabricado para Lourdes de su marido, callará la verdad. Intentará mantener el dolor escondido en un viejo armario bajo llave, junto con todas las fotos que guardó en una caja de zapatos, el uniforme de gala de Joaquín, con la medalla al mérito, y todos los recuerdos de él, todos menos aquella foto de la boda enmarcada en un portafotos de plata, que le servirá para inventarse miles de historias ficticias y maravillosas, que jamás existieron; pero que le hacían soñar a su hija. 

Veintidós años contando la misma mentira, que poco a poco, conforme crecía Lourdes fue diluyéndose en el tiempo, así como las exigencias de la chiquilla que conforme crecía sentía menos necesidad de cuentos de hadas y príncipes azules. Llegó el día que Joaquín parecía un recuerdo del pasado, un sueño olvidado de Lourdes, una pesadilla amortiguada de Aurora. Sí, de vez en cuando surgía alguna vaga referencia a Joaquín; sin embargo, no se alargaban a más de dos o tres palabras:

—Si papá estuviese… ¿Qué pensaría papá?

O cuando Aurora le regañaba, o le prohibía salidas nocturnas al inicio de la adolescencia, o discutían por cualquier motivo, siempre surgía el eterno reproche:

—Pues papá me dejaría. Papa lo comprendería, él lo entendería… 

Para entonces, en la niña que fue había desaparecido y Aurora estaba pagando las consecuencias del padre fabricado, como si él se vengase de antiguas cuentas pendientes.

—De aquellos polvos llegan estos lodos. Para entonces, la foto enmarcada en marco de plata tan solo se tocaba, o se movía de la mesita o de la cómoda, para limpiarle el polvo, de vez en cuando.  Como mucho, si alguna amiga iba a su casa, para que Lourdes presumiese de la varonil belleza del padre, también de la de su madre, pero el héroe épico era él; aunque su heroicidad saliese de aquella foto de cartón y de la fantasía desbordante de su madre. 

No, ya no era preciso contar historias inventadas, improvisadas o no, que prologaban la agonía de Aurora. En los últimos años nadie se acordaba de llevar dos veces al año flores al cementerio para depositarlas sobre la tumba de Joaquín, en el aniversario de su nacimiento y en el aniversario de su muerte. Lourdes tenía otro hombre al que mirar, José, su novio, con el que lleva viviendo dos años en Valencia. Su padre, a quien por fortuna nunca conoció, había quedado como un recuerdo de cuentos infantiles, olvidados en la adolescencia.  Mientras que, para Aurora, liberarse de narrar esas mentiras a su hija le produzco la tranquilidad que jamás había tenido. Ya no era preciso tiernas caricias que terminaron rotas contra el azogue de un espejo.





Capitulo 2º Mi amor, no volverá a ocurrir, mi amor


        Aurora que necesitó tomar pastillas para dormir durante muchos años, desde poco después de que saliera del hospital con Lourdes agarrada al pecho. Imposible dormir, descansar, vivir, la presencia de Joaquín, aún después de muerto, le resultaba amenazante. No quedándole más remedio que recurrir a los ansiolíticos y dejar de amamantar a Lourdes. Cuando ya parecía que la pesadilla comenzaba a menguar, la chiquilla comenzó a preguntar por su padre, a provocarle recuerdos, a traerle viejas pesadillas olvidadas.  



De nuevo regresaron con cada historia, cuento o leyenda que contaba a la chiquilla, en sus noches se transformaban en pesadillas nocturnas y alucinaciones, cuando estaba despierta. Con las mentiras, que hasta a ella lograron engañar, fue liberándose paulatinamente del tormento de recordad a su maltratador, poco a poco logró reducir la dosis a la mitad.  Con la adolescencia de Lourdes, cesaron los cuentos, las historias y leyendas, hasta el punto de que en los últimos años pocas cosas alteraban su sueño.  Sobre todo, desde que su hija, Lourdes, se fue a estudiar a Valencia.

 Tras terminar la carrera universitaria, por fin, después de mucho peregrinar buscando trabajo, lo ha encontrado, y ha decidido dar un paso más en su relación de pareja. Lourdes vive con su novio en Valencia y parece que es feliz, y ella, Aurora, se ha acostumbrado a la rutina del día a día, a echarla de menos, a esperar la llamada diaria de su hija, tras la cual, escuchando su felicidad a través del teléfono, piensa que ya no necesita ningún tipo de medicamento para poder conciliar el sueño; no obstante, su médico no opina lo mismo. Ella, en un acto de rebeldía sublime, tal vez, por llevarle la contraria al médico, muchas noches “se olvida tomarlas”, hasta el inicio de la primavera...

 No debería haberle pillado por sorpresa, debería haberlo advertido. Conocía bien a su hija y sabía que tenía algo importante que decirle, y que quería hacerlo en persona.

—El sábado iremos José y yo a pasar el fin de semana contigo, no quiero que te pille por sorpresa. No compres ni prepares nada para comer, iremos de bufé. La ocasión lo merece…
—¿La ocasión?

—Hasta aquí puedo leer.

Y ya no le quiso contar nada, ni adelantar cuál era su intención. Llegaron el sábado y continuó el misterio hasta los postres. Lourdes y José se cogieron de la mano, se dieron un beso en los labios y la miraron fijamente.

—Mamá, en septiembre me caso.

—En septiembre nos casamos, añadió él.

Se levantaron de la mesa para abrazarla, ella fue incapaz, le temblaban las piernas, y apenas pudo titubear:

—¡Enhorabuena, felicidades!

     Nada debería haber alterado la vida de Aurora, al fin y al cabo, Lourdes llevaba dos años viviendo con su novio en Valencia, y era feliz, bastaba mirarla a los ojos para comprobarlo. Él, José, parecía un chiquillo con juguete nuevo, de radiante y risueño que estaba. Sí parecían felices.  Sin embargo, a Aurora se le aparecieron todos los fantasmas del pasado, y no como cuentos de príncipes azules y hadas encantadas, sino con las escenas que durante tanto tiempo había intentado olvidar y que ahora se mostraban ante ella como negros cuervos revoloteando cual nefastos presagios de futuro. No tenía motivo para pensar que la historia se pudiese repetir, en nada se parecía José a Joaquín, salvo en la profesión; aunque era ingeniero de caminos, a falta de trabajo se había incorporado a la Benemérita. Aurora intentó contener las lágrimas, a pesar del esfuerzo para que no brotasen del lagrimal, se echó a llorar. Su hija pensó que, por la emoción, ella no le dijo que por desesperación y miedo.

     —No llores mamá. Si es solo un mero trámite, por si te damos nietos… ¿sabes?

     —Desde que te fuiste ando perdida, no hay camino que no ande que no te recuerde de mi mano. Ya eres una mujer que piensa en tener hijos...

     Finge alegría, emoción, intenta disimular su contrariedad. Oculta todo su dolor detrás de sus ojos, y la desolación tras su sonrisa. El temor se apodera de ella. Deja de partir por la mitad las duras pastillas de color rosa. De nuevo, el Valium le resultaba imprescindible. Le cuesta conciliar el sueño a pesar del efecto sedante del Diazepam. Tanto como en las peores noches después de la muerte de su marido.

Nunca había llegado tarde al trabajo, y terminan despidiéndola, porque en la mañana no hay quien la despierte.

Esa noche descarta tomarse el Valium, no quiere dormirse de madrugada, quiere levantarse temprano. Abre la ventana, como un rito cotidiano y necesario, para que entre el inexistente frescor de las noches de verano. El diazepam le provoca el sueño, pero esa noche no lo toma. Termina cerrando la ventana, la humedad del ambiente es incluso más molesta que el tímido aire mediterráneo del norte de la provincia de Castellón.

 Enciende el ventilador, que, a pesar de silencioso, no deja de provocar un molesto zumbido en su cerebro. Lo termina por colocar a los pies de la cama, lo más lejos que puede, produciéndole una agradable sensación que recorre todo su cuerpo, subiéndole desde las plantas de los pies hasta la cabeza. Está despierta cuando comienza a sonar el despertador a las cinco de la mañana. No obstante, actúa como si le pillase de improviso, como si realmente le hubiese despertado el radio reloj, con su frecuencia mal modulada. Sin incorporarse alarga la mano para apagar la radio. Se acurruca sobre sí misma prometiéndose que en el momento que tuviese tiempo lo reemplazaría por otro que sintonizase bien todas las emisoras, al menos las de música.

     —No sé para que lo puse, si sabía que no iba a pegar ojo en toda la noche —piensa en voz alta —son las cinco.

     Cuando por fin se levanta tiene la extraña sensación de comenzar una nueva historia, la necesidad de romper con un pasado que le atormenta y del que todavía guarda su perfume. No siente pena ni nostalgia por el pasado que le persigue como un fantasma con nombre y rostro, ya no forma parte de sus pesadillas, salvo de manera esporádica, tampoco de sus deseos; no obstante, quiere romper con ese mundo para siempre, sin estridencias ni riesgos innecesarios, tampoco con prisas ni obsesiones. Siente una cálida sensación de bienestar al mirar al suelo donde reposa el mando del televisor que muchas noches permanece encendido hasta después de quedarse dormida.









 Se levanta con ademanes pausados, con una parsimonia inusual en ella, sin prisa, despojándose del viejo camisón de seda rojo de encaje, que le regaló su marido a las pocas semanas de la boda, y que pensó en quemar mil veces. Lo mantiene unos segundos entre las manos, indecisa, toca su suave textura, casi acariciándolo con la punta de los dedos.

     —Lo bueno siempre es bueno. Él siempre me regaló lo mejor. Tenía tanto por lo que pedir perdón —dice esbozando una sonrisa llena de amargura.
      Tira el camisón contra las sábanas, parece que con rabia; pero no es esa la sensación que siente, más bien de liberación, al tiempo que un ligero temblor recorre su cuerpo, cuando Lola, su gata negra que duerme siempre a sus pies y que Aurora no se había percatado de su presencia salta de improviso, asustada por aquello que le caía encima. Camina dando la vuelta completa a la cama situándose frente al ventilador notando, ahora, el aire fresco sobre su cuerpo desnudo. Suspira y se sienta de nuevo en la cama, al lado de la mesita de noche, sacando unas braguitas y un sujetador sin estrenar, dejando ambas prendas sobre la mesita de noche, mientras sus dedos pasan por encima del resplandeciente cristal de la misma, como buscando el polvo inexistente. Sus dedos se detienen en los botones del radio reloj, que de nuevo se pone en funcionamiento. Comienza a buscar en el dial una emisora musical.

     —Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así, aprovecharlo o que pase de largo, depende en parte de ti. Dale el día libre a la experiencia para comenzar, y recíbelo como si fuera fiesta de guardar. —canta Serrat su canción, que ella tararea a la par, hasta que el vecino de al otro lado de la pared, da dos golpes contra la misma.

     —¡Qué son las cinco! Y además sábado —escucha la voz de su vecino acompañando a los golpes.

     —Perdona Pepe, el radio despertador. No me había dado cuenta y he comenzado a cantar…—sintiéndose estúpida al decirlo, porque el tono de su voz es bastante más fuerte que el de la radio.
     Apaga la radio de inmediato, y deja de cantar. Piensa que su vecino le soltará alguna fresca, pero no es así, está más interesado en dormir que en armarla. 

     —Sí. Hoy puede ser un gran día, nada tiene por qué ser igual —musita en voz baja, mientras agudiza el oído hasta llegar a percibir el rumor de un lejano oleaje, tal vez, imaginario.

     Resulta infrecuente que el pasado forme parte de un futuro incierto, cuando el peligro de antaño yace en el nicho de un lejano cementerio, como el mar que ella pretende percibir a nueve kilómetros de la costa.

Aurora no puede evitar que ciertas sensaciones olvidadas se presientan de manera palpable como posibles. En ocasiones como una amenaza, una espada de Damocles dispuesta a dar el último golpe de gracia desde el olvido, desde la tumba. Sin embargo, esa mañana calurosa de finales de verano quiere pensar que, del mismo modo, cabe la remota posibilidad de escuchar el rumor de las olas, los malos presentimientos se transformen en esperanza ilusionante para su hija. Tal vez, solo tal vez, también para ella hoy puede ser un gran día, dejaría por fin ese siniestro pasado. Sí, sería fría y daría los pasos necesarios para dar por finalizada una etapa de su vida, pensaba.

     Mas, no resultaba fácil. Imposible mantener la frialdad precisa ante instantes tan decisivos como es la boda de tu hija. Resulta quimérico evitar que te asalten recuerdos de rosas ensangrentadas, de mejillas maquilladas en extremo, cual flores marchitas, a las cuales en un último intento rocías con agua sus pétalos. Más cuando sabes que más que marchitas, están tumefactas de tantos golpes recibidos.

     Incluso, después de tantos años podía sentir el dolor, el calor y el escozor de los golpes. No quiere imaginarlo, sin embargo, a su mente le llega el recuerdo de la sangre corriendo por su piel, de sus labios o nariz. No en vano en alguna ocasión se quedó frente al espejo observando el lento manar de la sangre; sin hacer nada, deseando que la hemorragia fuese tan intensa que la dejase seca. Recuerda, y han pasado veintidós años, aquella ocasión que no se percató de los sigilosos pasos por el pasillo hasta el cuarto de baño, pensaba que se había marchado, como hacía siempre después de cada paliza. Tan confusa estaba que no escuchó la puerta al abrirse.

De repente, como un recuerdo en blanco y negro de un viejo televisor roto, vio reflejada en el espejo, detrás de ella, la imagen de él, de su muy amado, adorado y después temido marido.  Se asustó, pensando que le regañaría o que tal vez le volvería a pegar; pero no, aquel día se equivocó.

Él se apiado de ella. Una suave caricia con delicadeza infinita recorrió su espalda, después los labios de él se posaron en su cuello como si fuesen mariposas que intentasen no levantar la más mínima partícula de polvo con el aletear de sus alas. Sus labios fueron deslizándose hasta los suyos, ensangrentados. Su mano izquierda la abrazaba con exquisita suavidad, mientras que la derecha resbalaba hasta sus senos cual pluma de colibrí. Ella cerró los ojos, notó su cuerpo mojado contra el suyo. La puerta que había escuchado, momentos antes, no era la de la calle, sino la del otro cuarto de baño. Se terminaba de duchar y no se había secado, las gotas de agua permanecían en su cuerpo como si se tratase de cristal líquido. Era tal la ternura que desprendía, el susurro tan suave de sus palabras, que no sintió dolor en las llagas sangrantes de sus labios.

     —No volverá a ocurrir, mi amor. No volverá a ocurrir —repetía lloroso, mientras mordisqueaba sus labios, más que besándolos, acariciándolos.

     —Vete, por favor vete —pidió ella sin fuerza. Aquella fue una de las primeras palizas recibidas, después de las sufridas durante la luna de miel.
     —Perdóname, por Dios y por la Virgen. Te juro por la Virgen de Pilar que no volverá a ocurrir…

     —He dicho que te vayas. Por lo que más quieras.

     —Tú eres lo que más quiero. Si no te quisiese tanto. Nada como tú me hace sentir, vivir, ansiar la vida…

     Y su voz regada con lágrimas que parecían sinceras sonaba a promesas firmes de caricias futuras y amor sincero. Después de aquella paliza la trató con un cariño grandioso.  Fue tal la ternura que costaba imaginar que minutos antes hubiese sido él quien le pegase una brutal paliza.

     Sin dejar de besarla, de acariciarla, cogió gasas y algodones. Comenzó a curarle las heridas cuidadosamente, el labio, la ceja, la nariz; regalándole los oídos…

     El temor iba desapareciendo ante cada nueva caricia. Notaba como su cuerpo ardía en llamas, olvidando el dolor, provocando el deseo, transformando la indignación y rabia en locura demencial de ser poseída por su verdugo.

      A pesar de todo ese despliegue de seducción, la táctica, por repetitiva, con el tiempo deja de ser eficaz. Llega el día que deja de ser la mujer que sufre el síndrome de Estocolmo. No por ello se transforma en la mujer luchadora que se revela. Más bien, se convierte en la sumisa esposa que prefiere respirar la paz dúctil y frágil de quien aprendió a aceptar como irremediable y normal la agresión del guerrero cruel, sin presentar batalla. Se acostumbra a esa cruel normalidad que después del beso apasionado —cual pérfida memoria —olvida el golpe inmediato, la bofetada o el puñetazo.

     Un día decide que no quiere más rosas rojas, ni pasión fingida. Ya nada importa o tal vez sí, importa ella, puede que ni ella. Fue a finales del invierno cuando decide que no puede más. Él tenía turno de tarde y no regresaría hasta la hora de cenar. Está muriendo ahogada en una angustia que la consume por dentro y le duele por fuera. Necesita aire, aire fresco, abre todas las ventanas de par en par. En la calle sopla un aire frío que hiela hasta las entrañas. A pesar de todo, deja que entre el aire y va abriendo ventana tras ventana mientras baila al ritmo de una canción de Boney M. Observa con melancolía la calle mientras decide por qué ventana saldrá ella. Duda, tiene miedo, le invade una tristeza infinita. No sabe lo que desea, se siente confusa, quisiera huir de la pesadilla; pero sería una cobardía. La ventana de una de las habitaciones da a la plaza donde varios niños juegan a la pelota o la comba. Se imagina su cuerpo aplastado contra la acera, su barriga de embarazada reventada, con su hija expulsada de la placenta y convertida en una masa amorfa y sanguinolenta. Observa a los niños, escucha sus risas, ve a una pareja de adolescentes riendo con sus mochilas colgadas a la espalda, indiferentes a su tragedia e intenciones. 

Piensa en el drama de esos niños al verla en tal estado.  A algunos los conoce, sabe sus nombres, el timbre de sus voces, el tintineo de sus risas ha sentido las manos en su barriga de embarazada; incluso ella los acariciado pensando que su hija podría ser como ellos.  No puede, decide esperar a la noche, cuando él esté a punto de llegar y no jueguen los niños en la calle. Cierra las ventanas, apaga el tocadiscos, se deja caer en la cama y se duerme. Recibirá una llamada desde el cuartel.

     —Cariño, no prepares la cena. Ponte guapa que esta noche cenamos en el restaurante de la playa. Te recojo a las nueve y media.

Y él la llevará a un bufé recién inaugurado, siendo él quien se levante a llenar los platos, de manera exagerada, que después irían a la basura. Desplegaba sus encantos como un pavo real, ocultando tras su sonrisa, tras sus bellos ojos de comediante la pasada realidad, o la siguiente que estaba por llegar.



Fueron casi ocho meses de muerte cotidiana, pensando que iba a morir, ya fuese por una paliza, por un mal golpe, o por su propia decisión. Estar viva y sentirse o imaginarse muerta, temiendo su llegada como un martirizador infierno o anhelándola como una necesidad para que fuesen sus manos quien a través de la muerte la liberase del sufrimiento. Ser consciente de no tener nadie a quien contar sus secretos, su angustia, un martirio que debía llevar ella sola sobre sus espaldas.  Sentir el deseo de vivir y a las pocas horas o minutos, incluso, de morir. Desear la muerte de él como una necesidad vital o llorar arrepentida, llorando de rodillas ante una imagen de la Virgen, por su asumida perversa maldad. Estar sometida al caprichoso péndulo de un reloj cruel, que te empuja a tomar una decisión u otra, vacilando en cada paso.

Tomarse la vida como un estado neutro, en el cual no importa la vida, tampoco la muerte, ni tan siquiera, en ocasiones, el ser que va creciendo en tu interior. Pidiéndole a Dios que estén equivocados los médicos y no sea mujer para que no sufra lo que estás sufriendo tú. También que no sea hombre para que no sea como él. Casi ocho meses deseando amarlo, inventándose sueños que terminaban siempre en la melancolía del desengaño, frente al espejo. Tanto tiempo curándose las heridas en la bañera, intentando borrar el rastro de sus palabras con el ruido del agua, de su violencia y abuso.  Infinidad de días y noches con el agua ardiente disparada contra su cuerpo dolorido, contra el interior de su sexo, provocando la asfixia en su boca. Todo lo que fuese preciso para borrar el rastro de lo sucedido, el rastro de él. 

















Perder el miedo



Sí, veintidós años después, el miedo todavía duele y la encadena.  Aún le quema la piel lo suficiente para temer a una nueva relación, que no quiere ni imaginársela.

     —Mamá, tienes que salir, enamorarte, rehacer tu vida. Papá fue tu gran amor. Él seguro que desde el cielo estaría contento si encontrases un hombre que te quisiera tanto como te quiso él. No te puedes quedar sola. Yo me caso y tendré que hacer mi vida…

     
Le había dicho su hija días antes, y de una u otra manera durante los últimos años. Cuando en realidad, desde que se fuese a estudiar a Valencia, en los últimos cuatro años podría decirse que vivía en su casa porque estaba empadronada en ella y la visitaba algunos fines de semana, al principio todos, ahora con novio, no tenía tiempo. Aurora piensa que su hija tiene razón, que casi veintidós años de luto habían sido más que suficientes, que ella también tenía derecho a hacer su vida.

     Aurora cierra los ojos mientras se pone la bata, sin abrochársela. Hace calor y está sola en la casa, perfectamente podría seguir con el camisón, más fresco que la bata de algodón y poliéster, o desnuda como estaba. Camina por la casa como sonámbula, dibujando sus labios una extraña sonrisa de complicidad; aunque no vaya dirigida a nadie, ni siquiera a su gata negra que le acompaña de un lado a otro sin comprender el deambular de su ama.

 Al llegar a la habitación de matrimonio —donde jamás ha vuelto a dormir desde entonces —en la que tiene un gran armario empotrado con la ropa, se desprende de la bata que dos minutos antes se puso, quedándose tan solo con esas bragas color carne de “vieja” que tan poco le gustan a su hija. Abre la ventana para que se ventile la habitación, que por inhabitada desprende olor a naftalina.

El aire fresco de la madrugada le hace estremecer. Mira a la calle sin percatarse de que está desnuda. Recorre con su mirada la misma, fijando sus ojos en una pareja de jóvenes que están comiéndose a besos —ajenos a su mirada —en un coche que hay aparcado en la acera de enfrente. Piensa en aquellos tiempos en que cualquier esquina, cualquier zaguán, era el lugar ideal para besos con sabor a miel, del mismo modo que después fueron amargos como la hiel. Nota un fresco penetrante, y se abraza sobre sí misma.

El chico de la pareja se fija en ella, deja de besar a su chica, y empuja la cabeza de la chica hacía abajo, mientras no cesa de mirarla a ella con cara de complacencia. Cuando se percata de que el chico la observa, de manera rápida se aparta de la ventana, la cierra de golpe y siente la necesidad de volver a ponerse algo encima. Abre de manera precipitada la puerta del armario y se coloca una bata ligera.  Nota que por primera vez en muchos años se siente excitada, solo con imaginarse a la pareja haciendo el amor. Sin embargo, no piensa en la pareja, sino en la que realmente ahora le importa.

     — ¿Dónde me han dicho que van de viaje de novios? ¿Seychelles? A saber, dónde está eso?

Mira el reloj que está en la pared, piensa que siempre va mal, se descuelgan las manecillas y ella por mucho que intenta colocarlas en su sitio se vuelven a descolgar, atrasándose algunos minutos. 

Es sábado y falta todavía más de una hora para que amanezca. Ha madrugado, como siempre; sin embargo, hoy romperá la rutina cotidiana: cambiará de ropas, cambiará de vida, se queda realmente sola en casa y no quiere estar sola. En un par de horas su hija estará tocando al timbre, en lugar de utilizar sus llaves, que nunca encuentra.  Camina hasta el cuarto de baño con la gata acariciándole las piernas, casi haciéndole tropezar, pega un respingo que provoca que el animal de un salto hacia atrás.

 Vista al tras luz con sus piernas flacas, su cuerpo delgado y esbelto, su cintura de avispa, parece una joven que aún no ha cumplido los veinte; sin embargo, está a punto de cumplir los cuarenta y dos. No tiene ese cuerpo que parece joven y bien cuidado por haber seguido un régimen estricto, sino por el sufrimiento de muchos años, que en cierto modo la ha marcado y trastornado durante más de veintidós, cerrándole el estómago y las ganas de vivir.

Tiempo de convivir con la muerte de cerca a la idea del suicidio, primero con él, después con su recuerdo y el amargo sentimiento de culpabilidad que la familia de él supo inculcarle. Sí no se tiró al tren que pasa a escasos quinientos metros de su casa fue por ella, por Lourdes, su hija, la sangre de su sangre, de él, de su amor, su marido, su torturador. Gracias a ella, a pesar de su recuerdo, camina.

      Deja salir el agua fría de la ducha, tocándola de vez en cuando para comprobar la temperatura. Ya no se ducha con agua muy caliente, prefiere tibia. Mientras el agua resbala por su cuerpo piensa que hoy se casará su hija, que se quedará sola sin ganas ni valor de seguir viviendo, pero consciente que tiene derecho a vivir de verdad.  Su hija ya no le necesita. No está dispuesta a llegar a ser una carga, un estorbo para su felicidad futura. Tampoco está dispuesta a ser la abuela que se encarga de llevar los nietos al colegio. No quiere ser la mujer que agoniza ante el temor de que a Lourdes le pueda ocurrir lo mismo.



Todas las discusiones de los últimos años han sido por sus recomendaciones, por sus consejos de madre asustada, de desconfiada de los hombres. Veintidós años son muchos años para guardar luto, para notar como arde el corazón en llamas ahogadas por el temor y la duda. Han sido tantas las lágrimas derramadas que se quedó seca y enjuta muriendo en vida y mostrando al mismo tiempo una sonrisa radiante ante su hija. Creyéndose las mentiras que salían de sus labios. Hablándole de una felicidad perenne que todavía le mantenía viva; hasta el punto de tener henchido el corazón e incluso el sexo de felicidad y gozo. Mentiras, que por repetidas mil veces a su hija quedarían en la mente de la niña, de la adolescente y de la mujer como verdades incuestionables. Pero ahora esa niña quedó muy atrás, la adolescente aprendió a maquillarse, y la mujer en unas horas se casaría para formar su propia familia.


Esa mujer que está a punto de casarse no sabe que su madre pasa largas horas despierta en aquella habitación a oscuras, en silencio.  Durante muchos años tuvo claro que llegado ese momento no quería condicionar la vida de su hija, y la solución estaba a quinientos metros, en la vía del tren. Había llegado a imaginar con la tranquilidad pasmosa de quien contempla un paisaje de amapolas sobre los trigos, mil veces con esa posibilidad, sin llegar ni a emocionarse. No llegó a hacerlo porque pensó que como siempre le echarían la culpa al maquinista, y que tal vez ese hombre era un buen hombre con una familia que mantener. Se puso en su piel, contemplando como espectadora en una pantalla imaginaria como era detenido después de haber frenado en la curva y haber provocado muertos heridos por su culpa. No lo hizo, a pesar de haber escrito una emotiva carta explicando su penúltima decisión.

De nada servía una fría o emotiva carta que su hija releería una y mil veces, culpándose de la muerte de su madre. Porque así sería, no le cabía la menor duda, y eso era peor que todas las mentiras tejidas durante años. Era preciso desahogarse de una vez, contar la verdad asfixiada bajo tantas mentiras. Era preciso divorciarse de su pasado, antes que tomar cualquier decisión. 

     Lo ha pensado durante estos últimos días antes de la boda, por fin haría caso a su hija. Abriría las ventanas para que entrase aire fresco en su vida, dejando atrás todo. Veintidós años son muchos años en la vida de una viuda que ha guardado fidelidad al supuesto héroe de una inexistente historia romántica, al esposo hermoso bello, agradable y atento.

No, ahora, no era el momento de sacar a la luz la verdad: al malnacido que le pegaba, la ultrajaba y hasta después de su muerte la acusaba a través de los bellos ojos que heredó su hija. Porque Aurora de joven había sido muy guapa, y todavía lo era, aunque ella pensase lo contrario. Su figura fue la de mujer hermosa de generosas carnes en su justa medida. Mujer que los hombres se giraban al verla pasar y le regalaban algún piropo gracioso, o de mal gusto que le hacían sonrojar, e incluso avergonzar. Ahora está muy delgada, que todavía lo parece más aún por las ropas que viste de cuando no lo estaba, cuando todos los hombres se giraban a su paso. Su figura es proporcionada, similar a una adolescente empeñada en que los michelines no desborden su silueta por encima de su apretado short y no se note mucho que su pecho se ha desarrollado mucho más que su delgado y todavía cuerpo juvenil. Cuerpo lozano que contrasta con sus ojos tristes, sin el más mínimo rastro de maquillaje y con unas ojeras pronunciadas por su insomnio permanente. Por eso ha vaciado todos los armarios. Ha vaciado de los mismos las ropas oscuras y tristes que guardan un luto que jamás debería haber durado más de las veinticuatro horas, las precisas para enterrar al difunto esposo; y que, sin embargo, se habían prolongado en el tiempo transformando las horas en días, estos en semanas, meses y años...  Siempre con la decisión de vestirse con los colores alegres de la primavera, de emprender una nueva vida, siempre con la sensación de que ella era la única culpable de lo sucedido y que por tanto debía guardar obediencia y respeto a lo que él hubiese deseado en caso de no haber muerto en aquel ¿desgraciado? Accidente.

     —Gracias Dios mío por habértelo llevado tan pronto —dice, mientras sigue sacando ropa del armario y tirándola al centro de la habitación.

     Mira para todos lados, con miedo a que alguien la escuche. Se queda mirando la luna del armario, observa con detenimiento su cuerpo desnudo, posa como una modelo. Ríe, enseñando su dentadura bien alineada. Dibuja un rictus amargo al fijarse en la cicatriz de su labio.

     —Como dice Lourdes. Tengo que vivir, perder el miedo… —hace el gesto como de abrazarse a un hombre, colocando sus manos cruzadas detrás de su nuca, para después bajarlas como acariciándose. Como hacía él. De repente se le nubla la mirada, parece asustada — ¡Dios mío! Estoy loca. ¿Cómo voy a meter a un hombre en mi vida? Aurora, no seas ingenua. Los hombres van a lo que van, a echar un polvo y si te he visto no me acuerdo. A joderte, y da gracias si además no te joden la vida…

     En estos veintidós años nunca fue capaz de traicionar su recuerdo. Se cruzaba con hombres que parecían buenos, que eran guapos, interesantes, que le mandaban flores y siempre la misma cerrazón, siempre con el candado echado a su corazón.

     —También hay hombres buenos —le dijo su hija tres años antes, cuando le explicó sus miedos —. Está claro que ninguno va a ser tan buen marido como papá, ni tan guapo, ni romántico y cariñoso. La ilusión que me habría hecho conocerlo, habría sido tan buen padre, como marido… ¿Verdad mamá?

     —Sí, hija sí. Seguro que habría sido un buen padre. Por eso no quiero otro hombre en mi vida, ni en la tuya…

     —¡Mamá! ¿Ni siquiera a mi novio? —Protestó Lourdes.

     —En tu vida sí, en la mía no. Con tu padre tuve más que suficiente, me lleno tanto, que a nadie considero digno de ocupar su lugar, ni en mi vida ni en mi cuerpo…

     — ¡Guau! ¡Qué bonito! Me has dejado impresionada.
     Sin embargo, es una excusa, un intento de engañarse a sí misma. En realidad, siente un temor impresionante ante la posibilidad de quedarse sola en la casa, aunque ya lo esté. Está convencida que jamás será capaz de emprender una nueva vida, volver a enamorarse y encontrar un hombre con el que compartir su vida.

Lo que más desasosiego le produce es encontrar otro hombre como él, muy hombre, según decían todos quienes le conocieron. Ella sabía sobradamente que sí, que era muy hombre de acuerdo con los cánones establecidos por la sociedad en que creció y se desarrolló. A pesar de todo, una auténtica pesadilla para ella, pesadilla que había perdurado en el tiempo —a pesar de su muerte —en el subconsciente. Durante esos años tuvo sobradas razones para temer que en caso de abrir su corazón pudiese reproducirse de nuevo, tomando como víctima inocente también a su hija.

No, Aurora no quiso permitir que eso ocurriese. Cerró su corazón con puertas de acero, e intentó ser dura como un pedernal, dejando grietas de ternura reservadas tan solo a su hija, solo para ella; y de amor filial para sus padres, que hasta su muerte siempre estuvieron a su lado ayudándole en todo momento. Estaba segura de que entonces su decisión fue la aceptada. Del mismo modo que ahora estaba convencida de que debía tomar nuevas decisiones. Todo antes de que nadie, ni su hija, pudiese sentir lástima por ella, a pesar del riesgo que suponía el encontrar otro hombre muy hombre.

      Camina por la vivienda descalza y desnuda, sin secarse siquiera, sintiendo un frío placentero. De vez en cuando tose colocándose las manos sobre los senos, que todavía guardan texturas juveniles en su cuerpo maduro. Se estremece de pensar que él los acarició, beso; pero que también apago cigarrillos en ellos, y aplastó con cruel brutalidad. No quiere pensar en él.

Llega al cuarto de su hija, donde en la cama espera el bonito vestido de madrina, tan blanco como el de la novia, con esas casi invisibles florecillas azules y rosas y se imagina a unas manos delicadas que se lo quitan. Mira la hora, tiene tiempo de sobra. Contempla el vestido con deleitación imaginándose la escena, ríe.  Tiene todavía que desayunar, después se vestirá.

Se acerca de nuevo a la ventana del dormitorio, la pareja continúa en el coche. Se atreve a mirar, a agudizar la vista, la muchacha está con la cabeza hacia atrás y él tiene la mano debajo de la falda, puede ver los movimientos circulares de la mano del adolescente bajo la tela. Se estremece, no quiere pensar. Ella ya no es una adolescente, eso quedó muy lejos. Ha renunciado al placer durante tantos años, y piensa que tal vez ese debe ser el inicio de un tiempo nuevo, de una vida nueva, a la que ella también tiene derecho. No comprende lo que le ocurre, jamás había sentido la tentación de hacerlo en su adolescencia, su primera vez fue en una playa mallorquina, precisamente cuando ya estaba casada y supuestamente no lo precisaba. Durante el resto de su matrimonio llegó a renunciar al placer, llegando a ver todo lo relativo al sexo como algo sucio, por culpa de él. Tardó años en buscar el placer provocado por las caricias, ya fuesen propias o ajenas. Una cruel sensación le acompañaba como una maldición, su vida se había convertido en una existencia de ausencias, de remordimientos, de mentiras que ella misma se repetía para renunciar a vivir, como siempre soñó. Su vida se había ido apagando como la paja en ceniza, siendo ella la pirómana que echaba gasolina para que así fuese. 

 Rechazó a cuantos hombres le rondaron, el miedo era superior al deseo, la idea de meter a un hombre en su vida y en la de su hija siempre le horrorizó. Durante los primeros años de viudez no conoció otras caricias que las de consuelo recibidas por sus padres, abuela u hermanos. No obstante, ella no era piedra insensible a las gotas de lluvia, y como la piedra toma forma gracias al agua, ella en sus noches de insomnio, en sus sueños, también fue moldeando su cuerpo con sus manos, conociéndolo, amándolo, sin que otras caricias ajenas a las suyas le diesen placer. Muy a su pesar, el protagonista de sus fantasías casi siempre era él. Pero, salvo en aquella playa mallorquina de Cala Millor, jamás se había acariciado pensando o soñando con otro que no fuese Joaquín. Ahora lo está haciendo, de pie, espiando a una pareja de jóvenes con menos años que su hija. Observa las risas de la muchacha cuando él saca el preservativo, y ella lo coge para vestir de protección el acto y tras nuevas risas comienzan a hacer el amor. Aurora se quita la última prenda que le queda, y la tira sobre el montón de ropas oscuras. Quiere pensar en la pareja, que ahora están haciendo el amor, abrazados, unidos, dentro del estrecho habitáculo del automóvil. Cierra los ojos y ahí está él, llega al orgasmo pensando en él. Se maldice así misma y regresa a la ducha.

Ahora no debe esperar que caiga caliente, hierve literalmente, ha sido una constante en su vida, la ducha de agua ardiendo, hasta notar quemarse la piel de escozor, como si ese fuego líquido le liberase de otros. Restriega con fuerza la manopla de baño para borrar toda reminiscencia de sus caricias, de sus besos, de sus golpes. Cual Venus en la Cloaca Máxima sale desnuda, sin secarse, dejando las huellas húmedas en el parqué, ella que en tantas ocasiones había regañado a su hija por hacer algo parecido. Se tumba en la cama frente al ventilador. Disfruta del aire sobre su piel mojada. Cuando se levanta de nuevo nota tirantez en la piel.

 Da una vuelta en torno al vestido de madrina y coge tan solo los zapatos blancos de tacones, similares a los de la novia. Abre la mesita de noche de su hija, respira hondo, duda. Al final saca un tanga, sonríe y camina con él en la mano hasta es la única ventana que todavía permanece cerrada, la única que enfrente tiene otro bloque de viviendas. Mira hacia abajo, el coche ya no está. Ya ha amanecido, corre las cortinas para que entre el sol, sin abrir los cristales, al tiempo que piensa que lo primero que debe hacer la semana siguiente es tirar aquellas viejas cortinas decimonónicas a la basura.

     —No sirven ni para trapos —musita mientras ve su imagen reflejada en el cristal de la ventana, con esa sonrisa cómplice que va únicamente dirigida a la imagen que le devuelve el cristal.

Repasa con la mirada cada uno de esos muebles que le han acompañado durante los últimos veintidós años, desaparecerán todos de su vida; así como la persona que los eligió. Ha tomado una decisión, una más después de otra multitud de decisiones y deseos acumulados en el tiempo, y que están dispuestos a salir como el agua de los globos en una batalla infantil: explotando al chocar con su piel y refrescando su marchita vida.  Se sienta en la cama con las piernas abiertas, al ponerse el tanga ríe, se mira en el espejo, se gusta.



De repente se le ensombrece el rostro al tiempo que entorna los ojos suspirando con pesar.  Cuando los abre siente miedo. Entonces puede ver en la ventana de enfrente un adolescente ensimismado, mirándola. No ve lo que está haciendo; pero, lo supone. Se alegra, a pesar de la turbación inicial de ser capaz de provocar esa reacción juvenil. De nuevo se levanta y camina con parsimonia hasta la ventana, sin taparse, riéndose de su atrevimiento y osadía.

Advierte como el adolescente levanta el cuello para observarla mejor. Disfruta al bajar la persiana de golpe. Se sienta de nuevo en la cama. Coge el vestido de madrina y lo pone sobre su cuerpo desnudo. Sus ojos se detienen frente al espejo del tocador, ya no ríe, parece asustada en la semi penumbra de la habitación. Han pasado ya más de veintidós años y todavía le tiemblan los labios, las manos, los ojos. Todavía, después de tanto tiempo, se estremece. Está frente al espejo, ese espejo que sustituye al que un día rompió en mil pedazos con su rostro aplastado contra el reflejo de sus ojos asustados. Siente —como entonces —ganas de llorar; pero no llora, se queda en silencio, se podría decir que, observando el silencio, o tal vez su fisonomía de antes de aquel día.  Mira su reflejo abstraída en un pasado que permanece muy presente, que ha estado ahí todos los días con todas sus noches. Sin querer, unas lágrimas se escapan de sus ojos. Puede ver con claridad cómo se le corre el rímel dibujando surcos en sus mejillas. No puede ser, ella. No está maquillada; sin embargo, ve con los ojos de veintidós años atrás, muy bella; pero llorando.  Cierra los ojos, se estremece y los abre con rabia, se ve vieja y fea, arrugada como un higo, piensa. Frase que ha repetido mil veces para enfado de su hija, que dice lo contrario:
     —Mamá no te maquilles, que, si lo haces con lo guapa que eres, y con tu cuerpo gentil, vas a parecer mi hermana, y José me va a dejar para tirarte los tejos—le dijo el día en que le presentó su novio.



Capítulo 4º Maquillaje



A través de sus párpados ve el semblante de aquella mujer que fue en la penumbra de su cuarto de ventanas cerradas y luz parpadeante. Está recién maquillada para una fiesta a la que nunca asistió. En aquel momento debería haber estado feliz, sin embargo, se ve llorando. Al abrirlos ve el reflejo traidor que el paso de los años ha dibujado en su rostro. Una indescriptible sensación de melancolía trasmite su mirada, se ve vieja y cansada; no obstante, es todavía bella, destacando sus ojos hermosos y muy grandes, que lo parecen más debido a su extrema delgadez. Intenta sonreír al espejo y dibuja una mueca de amargura.




Cierra con pesar los ojos intentando ver a aquella joven Aurora que soñaba con un hogar feliz en un ambiente romántico y hermoso, al lado del amor correspondido del hombre de su vida.  No quiere, sin embargo, recordar a aquel hombre que le había prometido llevarla al paraíso y transformo su vida en un auténtico infierno.  No existe remedio para esa melancolía, tal vez, si lograse olvidar; pero, aunque pretenda rechazar la imagen del pasado está muy presente, enturbiando el día a día. Llora riendo al mismo tiempo:

 —Menos mal que no me maquillo, se me habría corrido el rímel —y ríe de nuevo frente al espejo.  Ríe como si estuviese loca de remate. En ocasiones, entonces, llegó a pensar desquiciada, cuando el perturbado era él. Cuando ya no estaba nada más que en sus pesadillas nocturnas, y en sus peores recuerdos, cuando ya no era una amenaza física, él, para todo el mundo, menos para ella, era el marido que todas hubiesen querido tener. Ninguna lo conocía realmente. En cierta ocasión escuchó murmurar a una vecina en la escalera:

     —Desde que se le mató el marido no levanta cabeza. Era tan buen muchacho, y tan galán como un príncipe de cuento de hadas. Y claro, la pobre quedó un poco trastornada; pero es buena muchacha a pesar de todo…

     Maldijo por lo bajo a la vecina chismosa, de la misma manera a sí misma, porque razón no le faltaba a la vecina. Ella había dado pie a ello. No se pone las sandalias playeras para no manchárselas de arena, para que los finos cristales de la misma no penetren en su corazón y lo desgarrasen como sandia madura. No se pinta los labios ni se maquilla los ojos desde hace ni se sabe para no recordar lo que jamás olvidará.

Nadie recuerda haberla visto maquillada, ni tan siquiera su hija. Ella sí lo sabe, recuerda con precisión no solo el día, sino incluso la hora y el minuto exacto. Se sonroja al observar los mil accesorios y potingues de maquillaje y las pinturas que ha dejado su hija sobre la mesa del tocador, como siempre desordenadas y desparramadas fuera del neceser.

     —Mamá, te dejo el maquillaje para que puedas elegir lo que mejor te parezca. Quiero que vayas muy guapa, ya no tengo miedo a que me quites el novio. Solo me faltan tres días para la boda.

     Y salió por la puerta a vivir sus tres últimos días de soltera con su novio en un hotel de cinco estrellas, sin miedo, sin supersticiones ni perjuicios. Se fueron a adelantar la luna de miel, a hacer el amor como desesperados, porque estaba a punto de bajarle la regla y tenía miedo de que en la noche de bodas no pudiesen hacerlo. Aurora lo sabía porque se lo había escuchado decir a su hija por teléfono:

     —Cariño, tenemos que aprovechar. Me toca el domingo, y nos casamos el sábado…así que… tú verás...

     A los quince minutos llamaba por teléfono, José, su novio. En otros quince minutos salía por la puerta, dejando a su madre con la palabra en la boca:

      —Mamá, que José me ha invitado al balneario de la playa a despedir juntos nuestra soltería. El sábado a las once te recojo. Te dejo las pinturas en el tocador, no las recojas, ya las recogeré yo. Por favor úsalas, vas a ser la madrina más guapa del mundo…

     —Pero… ¿no te vas a vestir aquí?

     —Mamá, que no tengo tiempo, lo llevarán al hotel y la peluquera también irá al hotel…, todo está planeado y previsto. Te quiero. Maquíllate…

     Y no espero más razones, se metió en el ascensor con aquella maleta que no parecía pesar nada, no necesitaba mucha ropa:

     —Dos mudas y el bikini. Si total, vamos a salir de la habitación solo para el balneario, comer y cenar…

      En esos años ella solo toca el maquillaje para guardarlo u ordenarlo, “para limpiar el polvo” dice siempre. Lo recoge y va metiéndolo en el neceser, dejando fuera aquello que piensa que tal vez le pueda gustar.

     —Tendré que practicar —piensa —después de tantos años.

      Ahora sí se librará de él, para siempre. Ya no tendrá que mentir a nadie, ha tomado la penúltima decisión sobre quien fue su marido.  Siente unas impresionantes ganas de llorar y lo hace mientras recoge todos los accesorios del maquillaje. Al introducirlos en el estuche ve un impresionante porro liado con el mechero al lado. Ella jamás ha fumado ni tabaco, ha escuchado alguna vez que hachís produce ganas de reír.

     —Mejor reír que llorar.

     Y sin pensárselo dos veces prendé el porro, y entre toses comienza fumarlo. Le produce más angustias que placer, no obstante, se lo termina de fumar. Cuando acaba se limpia las lágrimas y mira fijamente su rostro, limpio; pero sin rastro de rímel, ni colorete, ni tan siquiera el más discreto pintalabios. Sus ojos se quedan fijos en la imagen que le devuelve el espejo. Suspira y cierra los ojos:

     —Pues no estoy tan vieja, todavía estoy muy buena… ¡madre mía!¡Qué ordinaria! Parezco una cría…—piensa que debe reír por la ocurrencia y ríe con ganas.

     No quiere cerrar los ojos, no obstante, los cierra y puede ver el espejo roto, ensangrentado.  Nota a pesar del tiempo el sabor metálico de la sangre en sus labios, puede escuchar el portazo que da él al marcharse. Puede verse con el trozo de cristal en la mano frente al espejo, con su abultado vientre recibiendo la sangre que maná de su frente, sus labios y mejillas. Es tan fresca la imagen, tan real, que parece estar viéndose allí, en ese instante, a punto de clavar el trozo de espejo en su vientre. Mueve la cabeza, se niega a llorar, eso paso hace mucho tiempo. Ahora ya sabe que es posible vivir, que no temblará al escuchar el sonido de las llaves en la cerradura.

     Mira la foto sonriente de Lourdes, su vida, su pesadilla durante casi ocho meses.  No quería que su hija viese la luz, no quería ella ver la luz del nuevo día. No puede evitar cerrar los ojos y ver como su mano aprieta el cristal hasta notar el corte y el escozor, hasta que la sangre comienza a brotar de sus dedos. Ve como suelta el cristal y lo mira fijamente mientras cae al suelo rompiéndose y reflejando su imagen ensangrentada. Mira la foto de su hija, tan gozosa con la torre Eiffel detrás.


Ahora se alegra de no haber tenido las fuerzas suficientes. Al lado de la foto de su hija está la de la boda, en el mismo lugar que ella la colocó nada más ir a vivir a aquel piso. Ahí está él, mirándola con esos ojos que encandilan, sonriente, seguro de sí mismo, como su hija.  Fue por él, a pesar de todo, que tantas veces no cumplió su amenaza contra sí misma.

Ella sí lo quería a él, y ella creía que él también, a pesar de todo la quería. Estaba segura de que era ella la culpable de lo que le sucedía. Hasta ese fatídico momento en que tomó la decisión de desaparecer del mundo de los vivos se habían producido otros intentos de suicidio, de desaparecer para siempre. Siempre a la hora de caminar hacia ese viaje sin retorno había pensado en él, en sus padres, y alguna vez en ella misma, que era la única culpable. 

     —Vamos a ver, Aurora empecemos por el principio, nos queremos, podemos equivocarnos… ¿Quién no se equivoca? Lo importante es que nosotros nos queremos…

     Por entonces ya sentía miedo, sin embargo; a pesar de todo, si ella lo miraba a los ojos estaba perdida y terminaba por creerle una vez más. Lo veía encantador con ese traje a medida que tan bien le sentaba, con su voz suave y sensual. Por eso no quería mirarlo a los ojos, no quería creerlo. Puede verlo con la cabeza gacha y las mejillas enrojecidas como si hubiese bebido vino en demasía, o sufriese una turbación adolescente. Ella observaba su rostro, sintiéndose culpable, intentando adivinar sus pensamientos. Puede sentir sus dedos enredándose dulcemente en sus cabellos, cariñoso, sin gritar, y sobre todo calmado, acariciándole con cada una de sus palabras sacadas de algún poema.

     —Eres preciosa —comenzaba con una dulzura inimaginable —eres mi vida, por mucho tiempo que viva, no será lo suficiente para darle a Dios las gracias por ponerte en mi camino…

     Ella agachaba la cabeza, pidiendo a Dios que le diese la luz, el conocimiento necesario para saber cómo tratar a su marido. Rezaba todas las noches, todos los días. Y cuando su marido la veía llorar, sorbía con una dulzura inimaginable sus lágrimas.

     —Te quiero, y aunque digan que las niñas al llorar se ponen feas, tú eres aún más hermosa. ¡Oh Dios mío! ¿Qué diosa del Olimpo se te podría igualar? Eros se habría enamorado de ti. El mismo Narciso que despreció a la más hermosa de las ninfas, hubiese caído a tus pies rendido, repitiendo tu nombre a cada paso…

     Y sus labios se convertían en su paño de lágrimas, deslizándose por su cara, por su cuello. Su tono, su mirada y caricias tenían el poder de doblegar su voluntad. Y ella se convertía en el rehén de sus dulces palabras, como el preso que sabe que puede escapar y por extrañas razones, que ni él comprende no llega hacerlo jamás. Joaquín, su dulce y cruel Joaquín, era capaz de manipular sus sentimientos con tal maestría que siempre Aurora llegaba a la conclusión de ser ella la única culpable de todo lo que pasaba. Le pasaba siempre, por mucho que, en los momentos de soledad, cuando él estaba trabajando, de borrachera o de amores de pago, tuviese claro quién era el culpable de todo lo que le estaba pasando. Hubiese querido poder compartir esas reflexiones con alguien, pudo y no quiso o le falto el valor.

     — ¿Pero en quién confiar? ¿Cómo decirle a su padre que llevaba razón cuando le exhortaba para que no se casase con aquel guapo muchacho? ¿Cómo explicar a nadie que era una marioneta de sus caprichos?

       Sí, pronto despertó de aquella ensoñación, que no duró los quince días del viaje de novios.  En aquel viaje pereció la ilusa; pero sobrevivió la sumisa esposa enamorada, que buscaba siempre una disculpa o una razón para justificar la conducta de él.  A pesar de todo, sobrevivió sin arrojarse por el precipicio.  Veintidós años evocando el pasado, fabricando una mentira en el presente que pretendía trasmitir al futuro.

Algunas veces, cuando alguien intenta persuadirle de que debe rehacer su vida ella desvía la conversación, evadiéndose, girando la cabeza o marchándose dejando a su interlocutor con la palabra en la boca.

—Todo llegará en su momento, no hay que tener prisa. Ya tomaré la decisión en su momento, sin prisas…—solía decir, si quien le aconsejaba era su padre, madre o después su hija.

Había tardes que se arreglaba, se vestía con su mejor vestido, pensando en ir a alguna sala de fiestas, o incluso a tomar algo en un bar de copas. Entonces, cuando ya estaba decidida, se ponía ante el espejo para maquillarse, y antes de que el lápiz perfilase el contorno de sus ojos, comenzaba a pensar en todo lo que había pasado, todo el sufrimiento. Dudaba si surgiese de nuevo el amor y se repitiese la historia, sería capaz de tomar las decisiones correctas, Era consciente de que en su momento no las tomó. Eran otros tiempos, pero eso no era excusa para haber aguantado el suplicio, que desde el principio sufrió.

Él, como suele decirse, le sorbió el seso, y hubiese puesto la mano en el fuego sin dudar de que era el ser más maravilloso de la tierra, el, hombre perfecto. Estaba perdidamente enamora, sin voluntad para ser capaz de pensar, de discernir entre lo que debía hacer y lo que le convenía.

Con él a su lado, incluso después de las primera humillaciones y despropósitos, todo parecía formar parte de un mundo idílico que se iría formando conforme ella aprendiese a ser la mujer que él necesitaba.



En este momento en el cual rememora ese tiempo, y quiere olvidar todo lo que ocurrió después, no se percata de que, intenta meter todos los malos recuerdos en el viejo baúl que le dejó su abuela, y sacar a la luz, esos instantes placenteros. No obstante, basta ponerse ante el espejo, y los malos recuerdos escapen de esa caja de pandora cerrada con mil, candados.


Fin del cuarto capítulo.

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