domingo, 29 de abril de 2018

Reseña en verso de Magdalenas sin azúcar (Susana Alfaro/Professeur Agrégé d’ESPAGNOL/Besançon/France)




Posiblemente sea una de las reseñas más bellas que jamás hayan escrito o lleguen a escribir de una de mis novelas, todas me han llegado al corazón, esta me lo ha atravesado directamente. Susana Alfaro, profesora agregada de Lengua Española y literatura Hispanoamericana en Besançon- Francia, tiene una vida muy intensa a sus espaldas de lucha y superación en todos los sentidos. Una vida que bien merecería ser plasmada en muchas novelas. Novelas aún sin escribir. 
A continuación Reseña y poema de Susana Alfaro. 

 Muchas gracias Susana Alfaro.



DISPONIBILIDAD: En cualquier librería de España a través de Azeta distribución, y de Gandhi en México.   En portales de Internet: Amazon 
Puedes leer los primeros capítulos de la novela Magdalenas sin azúcar AQUÍ


« Magdalenas sin azúcar » de Paco ARENAS

« Porque de tanto padecer
Y sufrir tanta aflicción
Malicio que he de tener
   Un callo en el corazón »
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         MARTIN FIERRO



A su autor que ha contado no solo la Historia de España, sino la de todos los vencidos de la tierra .



Quién llevará flores a los muertos
Quién si no sabemos donde quedaron sus restos
Quién si  tercos y rebeldes no se hubiesen fundido con el agua y con la tierra
Quién si el sol no les hubiese abierto las puertas del cielo
Quién si la luz y el viento no los hubiesen reunido en un blanco abrazo dibujando sonrisas en lo alto
Quién si no hubiesen atravesado los mares para acompañarnos  en nuestros derrotados exilios
Quién si no bajasen ,gotitas de agua cual dulces besos envolviéndonos con ternura
Quién sino ellos son el río Júcar o cualquier río de la tierra
O cualquier mar o cualquier lago
Quiénes reciben las flores que les lanzamos como un dulce beso  que vemos alejarse dejando tras ellas ese hilo efímero
Con que se tejerán nuevos sueños ,un nuevo mundo sin guerras 
Sin vencedores ni vencidos
Un mundo de magdalenas dulcitas que no se parezcan sin ser.

Susana ALFARO

Professeur Agrégé d’ESPAGNOL/Besançon29/04/2018

Puedes leer los primeros capítulos de la novela Magdalenas sin azúcar AQUÍ

Enlaces de obras publicadas:

sábado, 28 de abril de 2018

Eduardo Santos Cay, Maestro Ejemplar de Puerto Rico 1986, lector de Magdalenas sin azúcar





Es todo un honor para mí que Magdalenas sin azúcar, la novela que transcurre en un imaginario Juncos de la Mancha, haya llegado a muchos lectores de Juncos, ciudad de la Isla del Encanto, Puerto Rico. Desde esa hermosa Ciudad del Valenciano, me han enviado una fotografía con un ejemplar de la novela. Varias personas ya me han comentado que Magdalenas sin azúcar está empezando a ser parte de algunas conversaciones en el Juncos real, el de Puerto Rico. Hoy mismo, me han contado una divertida anécdota al respecto.

Sinceramente, me siento muy, pero que muy halagado por estas muestras de cariño, que sin duda se deben en gran parte a mi admirado profesor don Jaime Flores Flores. La persona de la fotografía, también galardonada en Puerto Rico, es el profesor don Eduardo Santos Cay, quien recibió el título de maestro ejemplar en 1986. Este título se elige en un certamen anual entre los maestros que destacan en su labor docente en la Isla de Puerto Rico.

Espero que esta novela, que transcurre en un lejano Juncos manchego, esté a la altura de los ciudadanos del Juncos real de la Isla del Encanto.

Muchas gracias, Juncos. Muchas gracias, Puerto Rico. Mi agradecimiento por su confianza, don Eduardo.


Paco Arenas


Puedes leer los primeros capítulos de la novela Magdalenas sin azúcar AQUÍ
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miércoles, 25 de abril de 2018

Días de tahona en el callejón de la calle Nueva



Días de tahona

 

Hay charcos helados en la calle cuando comienza el ajetreo. Una lechuza atrevida aún se atreve a ulular, desde cualquier casa derruida, a pesar de estar el sol de fuera. El aire está impregnado de ecos de voces ajetreadas de mujeres, algún grito a los chiquillos:

 

—Corre a coger la vez, para mí y para Socorro. ¡Espabila!

 

Veo a mi madre dando una última paliza a la masa, que solo las manos acostumbradas al duro trabajo campesino son capaces. Después de darle la del pulpo, coloca un paño a cuadros azules y blancos en el escriño, le da una nueva una nueva vuelta a la masa, hasta darle un aspecto redondeado y coloca, por fin, la masa en el escriño. 

 

—Paco —me dice —acércate al corral y tráete todos los huevos que tengan las gallinas, los de la alhacena ya los cojo yo.

 

Voy presuroso, pero al pasar por la cuadra veo a la vieja mula a la Cordobesa, y me entretengo para acariciarla, el animal relincha agradecido.

 

—¿Vienen los huevos o qué? Que no tenemos todo el día —me grita mi madre.

 

Presuroso terminó de recoger los que me faltan. Me presento ante mi madre con más de una docena de hermosos huevos blancos como la nieve, entonces no había marrones, al menos en nuestro corral.

 

—Anda, sal corriendo y coge la vez, Que presenta y Aurelia ya han mandado a sus chiquillos, que como nos descuidemos no cocemos en todo el día —me dice casi gritando, moviendo las manos para meterme prisa.

 

Salgo a corriendo en dirección a la puerta, pero antes de cruzar el umbral de esta, mi hermana me agarra, señalándome un tazón lleno de leche.

 

—La leche, la leche, tomate la leche, que cada vez estás más melindres.

 

De los ocho hijos que tuvieron mis padres, yo fui el primero que comenzó a beber leche todas las mañanas, y casi el único que la bebía a lo largo del día. El tazón estaba muy lleno y me agaché para sorber.

 

—Eso no se hace. Madre, dígale usted algo —protestó mi hermana.

 

—Ya se lo has dicho tú —dijo mi madre —. Hazle caso a tu hermana.

 

—No quiero leche, te la bebes tú —protesté yo, ante lo que veía como una injusticia, que me obligaran a beber leche, cuando ninguno de mis hermanos la bebía.

 

La cuestión es que me gustaba la leche, pero como nadie la tomaba en mi casa, pensaba que era un agravio comparativo en mi contra. Mi hermana, ante ese acto de rebeldía, me agarro del cogote y me bajó la cabeza en dirección al tazón. Al final me bebí el tazón de un trago.

 

—Anda, ahora arrea al horno y coge la vez, que en un momento vamos madre y yo.

 

Salí corriendo casi dando brincos sobre los charcos con la confianza de que el hielo no se rompería, hacía tanto frío.  Tenía que ocurrir, al saltar uno muy grande, quise saltarlo de punta a punta y resbalé, cierto que fue por mirar a una chiquilla que también corría en dirección a la tahona de la calle Nueva.  Sí, los charcos aguantaban bien el peso de mis escasos veinticinco kilos mal contados, pero no a mi culo en plancha. Se rompió el hielo y estallaron las risas de todos quienes me vieron. Sentí ganas de llorar, pero por orgullo no lo hice, no me hice daño, pero mis calzones se tiñeron de marrón caca. Las palabras y burlas que escuché a mis espaldas, mejor no reproducirlas. Avergonzado volví a mi casa notando la humedad sobre mis pantalones, que ya tenía la consistencia del hielo.

 

—¡Virgen santa, criatura! ¿Qué te ha pasao? Anda quítate los calzones y los calzoncillos y ponte al lao de la lumbre —me apremió mi madre, casi al mismo tiempo que me los quitaba ella, sin esperar a mi reacción, y mi hermana corría a por una manta y me la colocaba por delante con el culo al aire al calor de la lumbre. Al quitarme los pantalones, finas láminas de hielo comenzaron a caer al suelo, no solo de los mismos, sino también de los calzoncillos, y a decir de mi madre, lo tenía rojo como un tomate.

 

—¡Vamos! Que si te hubiese roto la alpargata en el culo no lo tendrías más colorao —dijo estallando ambas en risas espontáneas. 

 

—Madre, vamos a darnos aire, que si no cocemos —apremio mi hermana —, y tú, cuando estés seco, caminando pal callejón de la calle Nueva, a ayudarnos.

 

Como ya tenían las masas preparadas se marcharon a la tahona. Yo asentí con la cabeza, sabía que todas las manos eran necesarias para cocer el pan de quince días, además de magdalenas y galletas en el horno comunal. He de decir que, en realidad, no estaba dispuesto a ir, y ya comenzaba a fantasear la excusa que pondría a mi madre y a mi hermana para justificar mi ausencia.

 

Me quedé un rato de espaldas a la chimenea notando el calor de las llamas sobre mi piel desnuda. A mi corta edad era consciente de que sería motivo de burla por parte de todos, casi más por parte de quienes no me habían visto que de los testigos de mi forma de romper el hielo, por recibir el relato exagerado, siempre se dijo que lo que se exagera es lo que luce.  Entonces llegó ella, menos mal que llamó a la puerta y preguntó con voz cantarina, parecía que casi forzada, como si quisiera cantar y le pareciese mal:

 

«¿Quién hay por ahí?, ¿se puede?».

 

Como era costumbre en aquellos tiempos, las puertas no se cerraban con llave, y aunque estaba entornada, bastaba con empujar para pasar, y ella pasó antes de esperar respuesta.  Rápidamente, me quité la manta y me volví a colocar los pantalones, en aquellos tiempos teníamos solo dos pares de pantalones, o calzones como los llamábamos entonces, unos para los días de diario y otros para los domingos y fiestas de guardar. Por suerte ya estaban secos y calientes.  Vergüenza sentí yo, más todavía ella, que se dio la vuelta al ver mis vergüenzas al aire.  Temblé, y no fue de frío, noté arder mis mejillas. Ella tardó en darse la vuelta con una risa nerviosa en su cara, que de inmediato se aceleró a aparentar preocupación.

 

—Me han dicho que te has caído de culo en un charco, pobrecico… ¿te has hecho daño? ¿Cómo ha sio?

 

—He patinao, iba corriendo y he patinao y me he dao una costala, bueno de culo, pero no me ha pasao na —no iba a decirle que había patinado por mirarla a ella, faltaba más.

 

—¡Pobrecico! Me lo han dicho en la tahona. Le he preguntado a tu madre y me ha dicho que solo había sio el susto.

 

—Sí, ha sio solo el susto, no me duele na, ni na…

 

—Pobrecico… ¿te duele mucho? —volvió a preguntar ante mi turbada y torpe contestación.

 

—No, no me duele na —contesté, de nuevo, recuperándome de la turbación.

 

No iba a decirle que lo único que me dolía era las burlas y las risas de la gente, y que agradecía que ella no me hubiera visto aterrizar con el trasero sobre el hielo, a pesar de ser ella, indirectamente, la culpable. Tampoco, que, en otras circunstancias, me habría alegrado de su presencia, y de que ella no se riera de mí; aunque, tal vez de no ir con su madre muy delante, me habría visto y reído con ganas. 

 

—Pues si estás vestio, vamos pa la tahona, que le hago falta a mi madre, y tiene un genio…

 

—Yo no voy —contesté dubitativo.

 

—¡Anda no seas crío! Que ya tienes diez años —me animó riendo. No ves que si no estás tú me voy a aburrir mucho…, por favor, anda, que verás que bien lo vamos a pasar…

 

Entonces se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla, noté que, a pesar del frío que hacía en la calle, sus labios y mejillas estaban ardiendo y más rojas que un tomate, por el frío, claro. Me quedé parado, sin saber cómo reaccionar, sin ser dueño de mis actos, le devolví turbado el beso, casi rozándole los labios, y ella cerro los ojos. Sus palabras y su beso me llegaron hondo, no podía evitar florecer mis sentimientos platónicos hacía ella. Sentí un leve latido creciente, que cada segundo se multiplicaba como las fanegas de trigo de Fernán González [1]. El que hubiera ido a buscarme, y el que no me considerase un crío fue decisivo. Me cogió la mano y no pude evitar dejarme llevar, casi me olvidó de la trenca al salir.

 

—Ahora vamos con buen paso, pero sin pisar los charcos, que luego pasa lo que pasa —dijo, ejerciendo de hermana mayor, a pesar de tener unos meses menos que yo, pero tenía más cuerpo y altura, llevándome, al menos, cuatro dedos; si bien es cierto que yo era un enclenque chiquillo, tan delgado, quién lo diría ahora, que cuando querían decir que algo lo era, decían «más seco que Paco».

 

A pesar de lo dicho emprendimos el camino corriendo y riendo, al tiempo que saltábamos los charcos helados, en todo momento cogidos de la mano, sin pensar que podría llegar a provocar risas y burlas ajenas.

 

Antes de llegar al callejón de la calle Nueva ya olía a masa recién amasada, a aroma de pan recién horneado, a leña de encina, azúcar tostada, anís en grano de estrella y a aguardiente… Aromas que salían al amor de las manos de esas manos de mujer, que cada quince días iban al horno del callejón de la calle Nueva a amasar y hornear, con los pesados escriños dispuestos para regresar al final del día con ellos repletos de grandes panes, galletas, magdalenas y puede que algún que otro dulce capricho. 

 

Para los chiquillos era toda una fiesta, una alegría cuando nos mandaban a la alhacena y nos asomábamos al borde del precipicio del escriño y ver que, bajo la rodilla o paño, quedaba un único pan. En nuestra ignorancia, pensábamos solo en la fiesta de la cocción, no que, para llegar a ese día, con ese último pan en el escriño, nuestros padres, más de un día, con la angustia del hambre de los pobres, habían renunciado a comerlo para que a sus hijos no les faltase.   Nunca falto un trozo de pan en mis labios, ya fuese con vino y azúcar, con aceite y azúcar o en forma de picatostes con vino.  Nunca tuvimos la duda sobre lo que queríamos merendar al abrir la nevera, tampoco la pobre alhacena, donde pan, queso, tocino gordo y magro (jamón), vino y aceite no faltaba; pero, el queso y el tocino magro se guardaba para las ocasiones, y con pan y vino nos debíamos de conformar, así de alegres y contentos estábamos siempre, porque entonces el vino formaba parte de nuestras meriendas, comidas y cenas, porque el agua quitaba la gana.

 

No había muchos recursos para la diversión, y aunque parezca extraño, ninguno para el aburrimiento. Ajenos a las preocupaciones de nuestros padres, siempre estábamos con la risa en los labios, no había piedra ni cordaje, palo o aro, clavo o estaca, «santos» (parte superior de las cajas de cerillas) o «cajotas» (tapas de botellas, que estuviese libre de convertirse en un divertido juego.

 

Esos días de horno en la calle Nueva eran de fiesta, en los que hasta nuestras tiernas manos servían para dar forma a las cajetillas de las magdalenas hechas con papel de estraza, donde después nuestras madres echaban la masa. Esperábamos ansiosos a que saliesen del horno, y sin esperar a que se enfriasen comenzábamos a comerlas, para fingido disgusto de nuestras madres, que nos decían:

 

«Calientes os pueden sentar mal

 

Con los restos de masa se hacían «ojosos», una especie de panes con mucha azúcar que se abrían en su parte superior como si fuese una cresta, a mí aquel pan me volvía loco. 

 

Esos panes debían durar quince días. Nunca se ponían duros, no se les daba tiempo, se acaban antes de que pasase los quince días, y si se ponían duros, no lo notábamos, porque como siempre se dijo:

 

«A buen hambre no hay pan duro.»

 

 Entonces se decía que había jueves que relucían más que el sol:

 

 Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión; pero, lo que realmente relucían más que el sol eran esos inmensos panes, aunque estuvieran en la oscuridad de una alhacena dentro del escriño tapado con una rodilla (que es como llamamos o llamábamos en Castilla a los paños de cocina, porque ahora hasta el nombre de nuestra ancestral lengua hemos perdido.

 

—Aquí lo traigo hermana[2] Vicenta —dijo la chiquilla al llegar, sin soltarme de la mano.

 

—Mira, si parecen novios de verdad —dijo su madre, dándole en el codo a la mía. Las risas fueron generalizadas por su espontaneidad, y la chiquillería comenzó a decir que éramos novios, para sonrojo de ambos. Después vino lo que yo me temía, todos comenzaron a reír por mi patinaje, y algunos chiquillos fueron a comprobar que no tenía el culo mojado.

 

—No les hagas caso, son unos tontainas.

 

Y sin dar más importancia a la cuestión, agarró un montón de papelillos de estraza y comenzó a hacer moldes de magdalenas. 

 

Aquella noche soñé con ella, imaginándome que algún día seriamos novios. Lo cierto es que ya no la volví a ver. Cogí media pulmonía, y cuando estuve bien, ella había emigrado con sus padres a una gran ciudad, y por mucho que intento recordar su nombre, no lo he logrado.

 

©Paco Arenas

©Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre

 



[1] Primer conde independiente de Castilla, en torno al cual se tejen muchas leyendas, siendo la más conocida es la del caballo y el azor que dieron la independencia a Castilla con respecto al reino de León: Cuentan que yendo el conde Fernán González de caza con el rey de León, el rey se encaprichó del caballo y del azor del conde. Quiso comprarle ambos, pero Fernán afirmó que siendo su súbdito se les regalaría. Tanto insistió el rey leonés en poner precio que el conde accedió poniendo un simbólico precio con la condición de que este se fuera doblando cada día que pasase sin hacerse efectiva la compra. El rey de León se olvidó de la deuda por ridícula que le pareció. El conde dejó pasar el tiempo, y el rey poco hizo por pagar la deuda. En una nueva cacería, Fernán González, recordó al monarca la deuda contraída, que ascendía a tal cantidad que el rey no podía pagar, preguntándole este que quería a cambio, el conde, entonces, pidió la independencia para Castilla.

[2] Entonces a las personas mayores les llamaban hermanas o hermanos, del mismo modo que a los hermanos o hermanas mayores les llamábamos, «chache o chacha». 



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miércoles, 18 de abril de 2018

Banco en el abismo de la añoranza



Banco perdido en un paseo de aún más perdidos pasos, en un olvidado camino al borde del descampado, a tiro de piedra de la nostalgia, a años luz de la juventud olvidada en una noche estrellada, cuando la fogosidad juvenil extendía sus manos cómplices y pecadoras debajo de la ropa aflorando los sentimientos, el “te quiero” susurrado al oído, mientras mordisqueaba la oreja como si fuese la ambrosía celestial antes de entrar en el paraíso. Banco, viejo banco del sentimiento de culpa, o tal vez miedo “me habré quedado preñada”. “No Cariño, he estado atento”.

Banco viejo, perdido en la ausente senda, plagado de añoranzas más viejas que el viejo último que se sentó en él, justo antes de romperse la quebrada madera, donde antes habían gozado con ímpetu adolescente una pareja enamorada. Tras las cataratas del cristalino el viejo ve alejarse a la pareja, ella bajándose la minifalda, que apenas una hora antes le tapaba las bragas olvidas en el banco, con la que el anciano se limpia el lagrimal.  No lo hace, el aroma a juventud, sí a una olvidada juventud, a una mujer, que el siempre vio joven y hermosa, le hace percatarse de que no es su pañuelo de algodón que ella, su amor, le bordase con sus tiernas manos de adolescente.   Aquella adolescente que reía por todo y por, aquella mujer que le reñía por su anárquico desorden “¡Oh dios mío, llévame con ella! Musita olvidándose que era ateo, y es que de un tiempo a esta parte se olvida de casi todo.



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martes, 17 de abril de 2018

Opiniones de los lectores que aparecerán en la nueva edición de Los manuscritos de Teresa Panza


Los manuscritos de Teresa Panza están a punto de cumplir tres años , todo un logro en estos tiempos de prisas en que todo pasa tan rápido, y la mayoría de libros suelen tener una vida de dos años. . Está claro que nunca será un "best seller", ni tendrá escaparates en las grandes superficies. No es un libro de rápido consumo, es un libro que invita a releer más de una vez algunos párrafos, hasta en eso he intentado imitar el estilo quijotesco.  Esta edición que saldrá en unos días, como la anterior edición especial, estará ilustrada, sin páginas en blanco, en la versión anterior los dibujos eran digitales, en esta he decidido atreverme a hacerlos a mano yo mismo, por tanto que nadie crea que va a encontrar obras de arte, sino de un aficionado para que no hayan hojas en blanco.  Sin más preámbulo, lo importante:  

 

Opiniones de los lectores


Sin más preámbulos paso poner algunas de las valoraciones:
«Leer Los manuscritos de Teresa Panza es adentrarse al mundo cervantino. Hay tantas reminiscencias de Don Quijote, que nos invitan a releerla» (Jaime Flores -catedrático de la Universidad de Puerto Rico-Río Piedras)
«Teresa Panza no se ata a otros ideales que a los que rijan su libertad. Podría decirse que es un espíritu libre y crítico con la sociedad y con ella misma.» (Nieves Michavila -escritora ganadora del Premio Hispania de Novela Histórica 2017- Valencia) 
«La novela bien se le podría haber ocurrido al mismísimo Cervantes» (Antonio Andújar - psicólogo y escritor-Valencia)
«Una delicia de libro para quienes amamos el Quijote. Bucear en el universo quijotesco, a través además de una singular mujer, es un placer que nos brinda de manera deliciosa este libro…» (José Manuel Parreño – profesor de filología-Alicante) 
«Magistral, digna de un artesano de las letras» (Manuel Olmeda-Profesor jubilado y articulista-Cuenca)
«Al leer los manuscritos de Teresa Panza me siento más Quijote y me transporto a aquel tiempo y lugar, viéndome reflejado en varios pasajes» (Juan Calero- guitarrista flamenco-Villarrobledo-Albacete)
«El cautivante relato de Teresa, campesina y escritora de su paso por un lugar de la Mancha, de sus aventuras y de sus sueños» (Susana Alfaro -profesora de Español y Literatura Hispanoamericana. Rennes-Francia.)
«En esta época, digo, en la que quien lee, lo que lee no pasa de ser el “best seller” de moda, de fácil lectura comprensiva, a Paco Arenas, se le ocurre, nada más y nada menos, retroceder en el tiempo cuatro siglos, recreando la ambientación de la España en el momento de decadencia del Imperio a través de la protagonista de la obra, Teresa, la hija de Sancho Panza. Lo hace imitando el castellano del Siglo de Oro, emulando el lenguaje cervantino de densos párrafos, utilizando ingeniosos refranes, rico léxico. El lector poco acostumbrado al relato no lineal, puede que se impaciente por no llegar al desenlace de la historia, y, al contrario, quien guste de la literatura clásica, o sea un lector consumado, se deleite discurrir del relato.» (Josefina Diana -profesora y bloguera- Valencia)
«Excelente libro de obligada lectura si quieres disfrutar de intrigas, misterios y amoríos. Estupendo compañero de viaje que se lee solo. Suspicacia impagable de una muchacha medio adolescente, con tribulaciones y tormentos de una persona adulta.» (Nuria Martínez López -escritora y activista- Valencia).
«Terminada su lectura, solo puedo decir que me ha encantado. Me metí enseguida dentro de la escena viviéndola en primer plano.» (Nicolás Haro López-San Clemente- Cuenca)

«He aprendido mucho de Teresa Panza, la cual en sus ansias de conocimientos le llevaron a ser una mujer sabia.» (Isabel Ribau – escritora  y doctora en medicina-Barcelona)
«Una joya de manuscrito. Yo veo sueños escritos, sueños eróticos, surrealistas, diarios y comunes» (Diego. Escriva-Valencia).
«No podía imaginar que en esa cabeza (por muy cabezón que seas), pudiese caber tanta capacidad imaginativa, tanta capacidad y tanto talento» (Susi Aragón López-Madrid)
«Hoy he llegado a casa cansada, acalorada…y he visto tu libro encima de la mesa. Lo he abierto, y he leído las primeras palabras… He seguido con otra página, y así, hasta sentir que ojalá el día de hoy tuviera más horas.» (Marta Cámara-Valencia)
«Novela con un curioso empezar que te deja con la duda de si lo que viene a continuación es ficción o realidad. Aunque el lenguaje utilizado sea del S. XVIII el relato resulta muy entretenido. La combinación de ambas cosas son el gran reto de todo escritor».(María Dolores Arenas-profesora de francés-Morón de la Frontera-Sevila)
«Es un libro que engancha desde la primera página, al igual que Caricias rotas que me puso un nudo en la garganta y no podía dejar de leer»Carmen Cañaveras-Barcelona)
«Lo leí, me encantó». (Francisca García Alcañiz-Ciudad Real)
«Me encanta, es toda una obra de arte, basada en una realidad latente y seguro que increíble para otro. Es interesante, misteriosa, con toques de humor y un poco de tristeza y melancolía.» (Marimar Ponce-Poeta-Cuenca)
«Una de las mejores novelas que he leído nunca. Entretenida de principio a fin. Da una nueva vida a Cervantes y sus personajes del Quijote. Vista desde los ojos de una mujer, la historia se reinventa convirtiéndola a ella en protagonista de su propia vida de su realidad magistralmente narrada» (Alejandro Llerena- Almería)
«Hace excepcional a esta novela su uso del lenguaje. Dosis de humor, sabias reflexiones populares y un erotismo desbordante en algunas ocasiones. El final del segundo manuscrito sublime y el epílogo logra su objetivo, hacernos creer que Don Quijote y Sancho Panza fueron personas de carne y hueso». (Sancho Vieco-Castellón)
«He leído Los manuscritos dos veces, y las dos he encontrado algo diferente que me ha encantado de verdad. Ha sido un placer desde la primera a la última página.»(Luisa Loren-Barcelona)
«Os recomiendo este libro, que os acercará bastante a los tiempos en que Miguel de Cervantes paso por nuestra tierra manchega.» (Pedro Robles-Mallorca)
«Los Manuscritos de Teresa Panza, de obligada lectura, ameno y divertido.» (Agustín Hinojosa-Málaga)
«Miguel de Cervantes, ja ancià, ensenya a la filla de Sancho Panza a llegir, escriure i pensar, en un món en què la dona no hi té accés.» («Miguel de Cervantes, ya viejo, enseña a la hija de Sancho panza a leer, escribir y pensar, en un mundo en el que la mujer no tiene acceso.» (Joan Cardo) profesor de arte-Valencia)
«Me lo vuelvo a leer. Es una pasada» (Francisco Lapuente-Cuenca)
«Disfrutar leyendo de esas ansias de superación de Teresa es toda una gozada. Pensar, reír, recordar, todo eso lo consigues leyendo este libro».   (Pilar Ortiz-Estados Unidos)
«Gracias a Los manuscritos de Teresa Panza he recuperado el placer de leer» (Jesús Fresneda-Cuenca)
«Cada vez que lo leo, encuentro algo nuevo» (Jesús Hernáiz del Barrio-Madrid-  Fundador del grupo: “Amigos del escritor Paco Arenas”
«Me ha traído tantos recuerdos, que he disfrutado por partida doble al conocer los lugares donde transcurre la historia»” (Luisa Melero Martínez-Ibiza)
«Para mí es tu novela revivir paisajes y vivencias de una tierra con sabor y sabiduría infinita unas llanuras con alma en la pluma de este escritor» (Ambrosio Bautista Lacasa-Valencia)
«Los Manuscritos de Teresa Panza, una obra al más puro estilo quijotesco, recreación de la vida familiar de Sancho Panza desde la visión de la hija y donde me llama la atención y me encanta el uso de las palabras manchegas que forman parte de nuestro lenguaje y que no se deberían perder.» (María del Carmen Romera López –Asociación de mujeres de Villarrobledo y Club de Lectura "Beguinas".
«Los Manuscritos de Teresa Panza" fue como un regreso a CERVANTES me quede enganchada de principio a fin» (Luisa María Loren-Barcelona).
«Los Manuscritos de Teresa Panza es un tesoro literario que hay que aquilatar, por ser una obra excepcional.  Y gracias al escritor Paco Arenas ha dado a conocer con bastante cuidado y esmero que lo hace único en la literatura española.  Es una excelente novela bien trabajada con mucho cuidado.
Conocer a Teresa Panza es conocer la obra del ilustre escritor Don Miguel de Cervantes Saavedra.  Es como entrar por una puerta para ir descubriendo toda esa joya literaria que encierra Los Manuscritos de Teresa Panza.  Sobresale por esa conjugación de sentimientos y estilo que denotan el gran dominio del escritor en su idioma.
Me gustó mucho la novela y la considero» (Lizette Medina Flores-Juncos- Puerto Rico).

  «Para mí Los manuscritos de Teresa Panza ha supuesto una lectura súper entretenida y a la vez histórica, la de una mujer con muchas ganas de aprender de superar esa distancia entre hombre y mujer a nivel cultural y social un libro obligatorio de leer me encanta» (Remedios Rodríguez-Chipiona-Cádiz)

Despacio, recreándome en las formas, releyendo algunos párrafos, analizando las citas…así es como he disfrutado esta inteligente, divertida y picara novela en la que trasciende un elegante homenaje del autor hacia su tierra, sus gentes y sus costumbres.» (Miguel Matas- Valencia)

«Los manuscritos de  Teresa Panza...gran trabajo, Paco. Me sumo a las muchas felicitaciones que has recibido de tus lectores. Me congratulo de tu capacidad y tesón que le has dedicado a esta  gran obra. Gratamente sorprendida ; un placer leerte. ¡Enhorabuena! (Dori Valcárcer Cabañero- Valencia)


Las ilustraciones: 

Las ilustraciones 












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