sábado, 30 de julio de 2016

Quien la busca, la encuentra y no escapa...



Dedicado a todos mis amigos boricuas.
Este relato es un pequeño experimento, un juego o coqueteo con algunas expresiones de Puerto Rico. Ha sido escrito con el máximo respeto hacía la Isla del Encanto y sus gentes, espero que dignamente. Pido que me perdonen los fallos y sí alguna expresión no se ajusta de manera precisa a su definición.

También dedicado a todas las mujeres que sufren violencia machista por parte de esos que la consideran una propiedad sobre la que tienen potestad absoluta. Sin duda se trata de un relato triste, aunque espero que otros provoquen risas.(Este, tal vez, también por mis errores al querer utilizar palabras que me son ajenas.

Aquella noche el negro Marcial deambulaba por las finas arenas de Playa Sucia[1] buscando un sentido a su vida que creía perdida para siempre. Sus pies bordeaban la playa mojándose hasta las rodillas, después de astillar dos costillas a Mónica, su amor.  Deseaba la muerte con ciega intensidad. No es que se sintiese culpable por haber zurrado el pandero a la bella mulata con la que había compartido los dos últimos años de su vida.

 Él le amaba intensamente, pero ella era tan bella, tal el cimbreo de sus caderas al caminar, la fiesta en sus ojos y labios al reír que a ningún hombre dejaba indiferente y fuesen muchos quienes la miraban con ojos golosos imaginándola desnuda balanceándose en un chinchorro[2].  Sí sentía celos, y hubiese querido saber de ella cada instante de su vida. Las groserías o lindezas que otros hombres le dedican en el trabajo y con más motivo las réplicas a esas groserías. Ella trabajaba con hombres elegantes, él era un perdulario[3] que necesitaba alquilarse[4] para poder fumar el peor boliche[5]. ¿Cómo no ser celoso ante tanto amujerado[6] bien vestido que trabaja con ella? Quería controlar su vida, no es que se dedicase a esculcar[7] el celular de ella buscando infidelidades; sin embargo, hacía tiempo que tenía el pálpito de que no era el único que compartía cobija[8] con ella. A él nadie lo tomaba por zonzo[9] ignorante, menos una mujer.

El faro de Cabo Rojo emitía fantasmagóricas luces sobre las Caribe, si bien la intensidad de sus impresionantes y bellos destellos no llegaban a ser tan intensos como las ráfagas de los celos enfermizos que le hacían ansiar la muerte en aquel paraíso al bravo[10] y bien formado Marcial. Era noche de luna llena y estrellas rutilantes que producían una sensación de bóveda iluminada translúcida diseñada por el mejor de los arquitectos. La luminosidad de aquella noche de plenilunio, unido a la   fresca y húmeda brisa, en uno de los lugares más bellos del Caribe y del mundo, invitaba a cualquier cosa diferente a la que le había llevado desde Ponce.

—Hermosa noche para morir —dijo en voz alta mientras su mirada se perdía en la inmensidad del mar, deteniéndose en aquel puente en forma de manatí o elefante donde rompían las olas formando espuma blanca.

Caminaba lentamente reconcentrado en sí mismo, casi rezando por no encontrarse con nadie, como una diversión que abstraía los mosquitos que a esa hora de la noche buscaban sustento en su oscuro cuerpo. No quería tropezarse con nadie, no fuese que la cosa terminase en gresca, era tal su ofuscación.  Sin embargo, muy a su pesar necesitaba hablar, desvestir su alma, botar[11] toda la rabia que como candela ardiente le producía tal desazón en el alma. Así caminó hasta pasadas las seis de la mañana, hora hasta la que había postergado su decisión de tirarse desde el punto más escarpado del acantilado. Quería ver amanecer.

Tras caminar toda la noche por la playa, rondar los bellos manglares, donde a buen seguro alguna pareja de enamorados desatarían sus acalenturadas[12] pasiones, como él hizo muchas veces, no solo con Mónica, sino con otras muchas, porque él era muy macho y daba abasto a muchas hembras si era preciso. A Mónica la quería solo para él, era suya, su más preciada posesión, al igual que su reloj, su celular o su carro, suya y de nadie más.  Antes muerta que de otro, la quería tanto.

 Decidió subir antes del amanecer a los acantilados, al lugar elegido, frente al faro. Refunfuñó por lo pesado del ascenso y porque su muerte no sería tan bella como había planeado.  Ya durante la noche, nubes grises fueron ocultando las estrellas, y a aquella hora de la alborada cubrían la que durante la noche fuera estrellada cúpula radiante. Ya no contemplaría el más bello amanecer de la Isla del Encanto[13].  

Pronto comenzaría a llover, él que tanto ansiaba la lluvia cuando era campesino, maldecía el chaparrón que de un momento a otro caería.  A bastantes yardas[14] del faro un torbellino fue el inicio de la tormenta. A continuación un viento huracanado comenzó a empujarlo en dirección a los escarpados acantilados. Viéndose perdido y arrastrado, fue consciente que tenía miedo a morir, mucho miedo. Se precipitó contra el suelo, buscando un lugar donde agarrarse, seguro de que jamás andando erguido lograría llegar a pedir socorro al faro.  Más próximas se encontraban las ruinas de una antigua torre vigía española, las cuales serían su salvación, pensó, y hasta allí se arrastró reptando como una culebra muerto de pánico. Sin embargo el recio viento amenazaba con arrastrarlo a pesar de todo hacía el mar. Logró parapetarse en el interior de las ruinas, respirando aliviado.


Las ruinas no eran murallas inexpugnables, el viento no siempre soplaba en dirección al mar. La tarde anterior, él fue allí decidido a morir al alba como los fusilados, marcando el instante preciso frente a la inmensidad del horizonte marino, cuando despuntase el sol en el horizonte. Por supuesto, después de haberle mandado el whatsapp despidiéndose de ella, con la más hermosa alborada del mar Caribe como fondo. Quería que ella se sintiese culpable de su muerte después de la gresca del día anterior que la llevó a ella al hospital, cuando Mónica le confesó que estaba enamorada de otro hombre.

Ahora, cuando veía que la muerte le amenazaba, No quería acoquinarse[15], tenía el pálpito de que ella le pediría perdón y regresaría a su lado, que el contrincante que le disputaba su amor era un amujerado, un capricho obsceno e indecente. Sin duda se trataba de un amago para ponerlo celoso. ¿Quién era ella para jugar con sus sentimientos? Él era muy hombre para dejarse arrebatar lo que le pertenecía en exclusiva, y Mónica era de su propiedad, su hembra, por eso casi la mató por su traición, por decir que se había enamorado de otro.


 No, no podía morir, antes de morir, ya averiguaría quién era el chivo[16] manganzón[17] que le disputaba a su hembra y ensartaría al perencejo[18] mal nacido, que bien muerto estaría.

Las ruinas de la torre que habían resistido las embestidas de huracanes y ciclones aquel gris amanecer cayeron, algunas sobre él, abatiendo su cuerpo de cintura para abajo, mas no lo mataron ni le produjeron heridas de muerte, siempre que recibiese pronta ayuda. Gritó de desesperación consciente de que nadie lo escucharía, a pesar de que todos los días del año eran muchos quienes se acercaban a ver aquellos fantásticos paisajes de la Isla del Encanto, nadie tan loco como para acercarse en una mañana como aquella, a no ser que como él, unas horas antes, buscase la muerte.


De improviso sonó el celular[19] que milagrosamente se había salvado a pesar del agua y las piedras que le aprisionaban sus extremidades.  Peleó bravamente con las escasas fuerzas que le quedaban hasta lograr liberar esa parte de su pantalón donde guardaba el celular. Pensó que era una llamada de ella, sin embargo era la alarma que ponía todas las mañanas para ir a trabajar. Decepcionado pensó hacer llamarla él, tenía poca batería. Le escribió un whatsapp:

— I love you baby.  Te perdono. Estoy a veinte yardas de los acantilados de Cabo Rojo…

La respuesta llegó de inmediato, no por whatsapp, sino como llamada, lo cual Marcial agradeció, pensando que ella estaba esperando esa llamada y que ella aceptaría ese perdón que él le ofrecía, pero el tono era ofuscado:

—¿Qué me perdonas tú a mí? ¡Mal nacido! ¿Tú a mí, que casi me matas?

—Vine a matarme mi amor, vine a matarme por tu traición. Pero te quiero tanto, y sé que tú a mí, pide una ambulancia y salvaremos nuestro amor, te lo juro —decía angustiado llorando desconsolado como niño de pecho sin teta en la que succionar.

—Camina veintiuna yardas que te separan del acantilado y haz un favor a la humanidad. Tírate.

—Tengo atrapadas las piernas, me muero…Sí no viene una ambulancia rápida me muero… —rogó él.

—Adelante, a mí como si te ahogas en las salinas para que te lleven los espíritus de los tainos muertos[20] haciendo lo que tú nunca has sabido hacer, trabajar…

—Me muero, no puedo pedir ayuda a nadie, me muero.  I love you baby —quiso enfatizar más sus palabras después en español —cariño te quiero, mi amor…

—No se quiere a quien se hiere, no se astillan a golpes las costillas de una mujer por cariño... ¿Tienes tabaco? –sorprendentemente preguntó con frialdad ella.

—Sí, pero no es eso lo que necesito. Necesito volver a besarte, salir de aquí, me muero.

—¿Besarme? Antes muero que volver a rozar tus labios, maldito seas por siempre, que el diablo te lleve.

—Condenada, pide ayuda, muero de verdad, no me condenes a muerte, te lo pido como último deseo.

 —Fúmate el último cigarrillo, que ya no me incumbe. Chao —se despidió Mónica apagando el celular, sin posibilidad de volverla a llamar, el suyo se quedó sin batería y él sin ni siquiera fuerza para apretar el teclado táctil del celular.


Cuando la tormenta cesó y el sol de nuevo brillo sobre las cristalinas aguas de Cabo Rojo, las parejas de enamorados comenzaron pasear por Playa Sucia. Algunos se acercaron a las ruinas al vislumbrar los nuevos derrumbes, y encontraron allí a Marcial, con el color cenizo de los cadáveres y los ojos muy abiertos con la mirada fija en un celular apagado que se le había quedado atrapado en sus manos engarrotadas.  Nadie sabía que quien por la noche fue a buscar la muerte y cuando quiso escapar ella lo atrapó.

©Paco Arenas











[1] A pesar del nombre, Playa Sucia, está considerada una de las cincuenta mejores playas del mundo.
[2] Hamaca tejida en forma de red.
[3] Persona sin oficio ni beneficio, perdido, vagabundo.
[4] Trabajar para otra persona.
[5] Tabaco de mala calidad. Palabra ya en desuso, pero que me ha gustado rescatarla por ser habitual en los relatos clásicos boricuas, por ejemplo en el cuento de Abelardo Díaz Alfaro “El boliche”, que termina así: Boliche, tabaco malo, tabaco bueno para “la fuma”. Boliche, tabaco que no llega a ser “pie”, ni “medio”, ni “corona”. Boliche: esa es la vida del tabacalero.
[6] Afeminado.
[7] Registrar, indagar.
[8] Ropa de cama.
[9] Tonto.
[10] Enojado.
[11] Arrojar, tirar algo.
[12] Febriles o ardientes.
[13] Nombre con el que conocen los puertorriqueños a su bella isla.
[14] Yarda, medida anglosajona adoptada en Puerto Rico, equivale algo menos de un metro.
[15] Amilanarse, sentir miedo.
[16] Macho cabrío, cabrón.
[17] Vago, holgazán,
[18] Fulano, mengano, zutano.
[19] Teléfono móvil.
[20] Cerca se encuentran unas salinas en las cuales trabajaban como esclavos los indios tainos para los españoles.


©Paco Arenas

lunes, 25 de julio de 2016

Sí alguien lo entiende que me lo explique, que ni yo me aclaro.



 Sí, estoy loco, loco de remate, apenas sé caminar y pretendo volar. Incapaz de calibrar las consecuencias de manera equilibrada, como se supone que debe hacerlo alguien que no tiene los sesos hueros, que mira y distingue la luz de la oscuridad.

 Estupidez traslucida que sabe que amarillea sin dar sabor. Cocinero olvidadizo que pretende inventar el cocido castellano, no gallina vieja, que hace buen caldo, sino con capón criado en jaula, con apariencia de auténtico pero sin acierto en el paladar.

 Pretender sustituir la gracia en un texto, disfrazar de ingenio lo que es tan solo imitación inconsciente y engañosa de un joven que no fue, que solo soñó ser.

Y seguimos con la cocina y sus sabores. Todo se debe hacer con los ingredientes precisos y auténticos, sin sucedáneos. Pretender comportarse en el potaje como si fuese azafrán de La Mancha, siendo colorante alimentario cancerígeno sacado artificialmente del petróleo es de locos.

No hay especia como el ajo, ni fruta como el madroño, ni mujer que no se ría estando delante del novio, decía mi padre. Y llevaba mucha razón, que el ajo morado de Las Pedroñeras no tiene nada que ver con el traído de China, el resto del refrán no viene a cuento.

 Tampoco se pueden hacer unas exquisitas magdalenas de Pinarejo con esa malsana imitación edulcorante petroquímica que nos quiere quitar el agradable sabor de la azúcar de caña o remolacha, incluso pretendiendo que olvidemos el antiguo rastro dejado en el paladar de la niñez de la miel. 

Creer, que alguien puede comportarse sin ser, solo con la apariencia de ser, siendo un burdo imitador, es absurdo. Nadie puede renunciar a su esencia, ni el cocido a la gallina, ni el ingenio a la imitación, ni cualquier ajo chino puede suplantar al de Las Pedroñeras y comarca, tampoco endulza igual el azúcar o la miel, que cualquier sucedáneo petroquímico. 

Pues eso, lo que vale para las letras, para la cocina, que es de lo que más entiendo, siendo escritor mediocre y cocinero de andar por casa y de poco talento, sirve también para la vida, por supuesto para la política, las magdalenas siempre con azúcar, y si son sin azúcar que sea mi próxima novela. La democracia lo mismo, no falsos sucedáneos que al final fracasan. No se puede exigir a quien no es demócrata que ejerza como tal. Hay que ser imbéciles para creer que eso puede ser así. Quien quiera entender que entienda, quien lo sepa interpretar que lo interprete, que aunque no parezca este es un texto político democrático y radicalmente irreverente, que de estar escrito con la claridad tal que hasta nuestros necios e ineptos dirigentes políticos fuesen capaces de entenderlo, antes de una hora me pondrían la esposas.    Por suerte, de donde no hay no se puede sacar, tal vez esa sea la única ventaja de tener unos incompetentes, torpes, incapaces de hacer algo que no sea en beneficio propio, incluso necios para robar, que es para lo único que saben hacer bien, aparte de engañar. Solo unos pocos sacaran lo que quiero decir, dándose la circunstancia que ni yo realmente sepa si lo que pretendo transmitir he sido capaz de escribirlo con la suficiente claridad, para que yo, que muy espabilado no soy, logre entenderlo.  


©Paco Arenas


domingo, 24 de julio de 2016

Todos los muertos duelen (Poesía)


Todos los muertos duelen.
Cualquier rosa sangra al ser cortada,
y sin remedio se marchita
sin que las lágrimas más encendidas
la devuelvan a la vida.
No me  pidas que lo ignore.
No hay muerte bella
si hay mortaja que sangra
cuando todavía sueña
buscando cobijo en otras caricias.

Todos los muertos duelen.
Rompe el alma
la madre desconsolada
ante párpado que se cierra al alba
sin ver el ocaso,
mientras en la cuna mece la esperanza
y las balas transforman las alegrías en cenizas.
Penas y olvidos para los hambrientos,
Loas y alabanzas para los hartos de ricas viandas.


Tus muertos son relevantes,
para ti, que te crees importante,
más debo decirte
que los pobres no nacimos de una piedra.
Más me duele la muerte del obrero mal pagado
que cae del andamio,
que la muerte del ministro
o el rey harto de pan.
Todos los muertos duelen;
no todos igual,
a los mismos...
tampoco.


©Paco Arenas


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A la cárcel me voy por culpa de un ventilador




Es lo que tiene comprar las cosas desmontadas, además con instrucciones deficientes. Con un poco de humor algo parecido me ocurrió cuando fui a la tienda donde había comprado un ventilador que tenía que montar yo, saber cómo, entre otras cosas porque ese ventilador ya había sido montado y encajado una pieza dónde no debía ser encajada. Además perdí el comprobante de compra, en realidad lo guarde también para que no se perdiese, que no hay manera de encontrarlo. En las películas de policías cuando preguntan al sospechoso dónde estuvo tal día y a tal hora de quince días atrás, o quince meses, o quince años, los sospechosos siempre saben dónde estuvieron, con quien y hasta lo que comieron o vestían con todo lujo de detalles, de no ser que seas infanta de España o político corrupto, que en ese caso sufren amnesia como yo y dicen el consabido:

— No lo sé, no lo recuerdo, no me consta, no lo recuerdo.

Si yo tuviese que decir lo que he comí ayer, o qué hice con el comprobante de compra del ventilador comprado hace una semana y de ello dependiera mi libertad, iría a la cárcel con toda seguridad. 

Exagerando un poco, con algo de humor, se me ha ocurrido este absurdo teatrillo, que puede llega a ser muy real:



A la cárcel me voy por culpa de un ventilador (Teatrillo)



Esposa: — ¿Qué hiciste a el domingo entre las siete y las nueve de la tarde?

Marido: —No lo sé…

Esposa: —En casa no estabas.

Marido: —No lo sé, no recuerdo…

Esposa: — ¿Tienes alguna prueba?

Marido: —No, no tengo ni prueba ni idea, ni siquiera comprobante de compra.

Esposa: — ¿Pero estás seguro que fue el domingo?

Marido: —No, fue el sábado, yo los domingos no salgo a comprar.

Esposa: — ¿Entonces dónde estabas el domingo?

Marido: —Ni idea.

Esposa: — ¿Acaso no dijiste: ya que es domingo podríamos cenar en los Cien montaditos?

Marido: —Sí, recuerdo que esas fueron mis palabras el domingo.

Esposa: — ¿Te das cuenta de que fue el domingo cuando compraste el ventilador?

Marido: —No lo sé, no lo recuerdo, no me consta. Solo sé que no compro los domingos…

Esposa: —Ya te pareces a la infanta…

Marido: —No, yo soy honrado y siempre he vivido y vivo de mi trabajo.

Esposa: —Pero sí recuerdas que dijiste: ya que es domingos podríamos cenar en los Cien Montaditos.

Marido: —Sí, además estoy seguro que dije esas mismas palabras.

Esposa: —Por tanto las dijiste el domingo.

Marido: —Así es.

Esposa: — ¿Te das cuenta cabezón? Fue el domingo cuando compraste el ventilador.

Marido: —No, no puede ser, no me lo creo. Eso lo dije el domingo, pero el ventilador lo compramos el sábado a las ocho y media de la tarde.

Esposa: — Ya vamos recordando algo ¿Cómo lo puedes demostrar?

Marido: —De ninguna manera, me preguntaste la hora y te dije que eran las ocho y media.

Esposa: — Sí, es verdad, te pregunté la hora y me dijiste que eran las ocho y media, y yo te dije que nos daba tiempo a ir a la tienda de animales, mientras tú hacía la cola para pagar…

Marido: — ¿Te das cuenta como llevo razón? Eso pasó el sábado…

Esposa: —Mira que eres cabezón. ¿Entonces, por qué dijiste: ya que es domingos podríamos cenar en los Cien Montaditos?

Marido: —Porque eso  lo diría el domingo, digo yo…

Esposa: —¿Salimos el domingo?

Marido: —No lo sé, no me consta, ni idea.

Esposa: —Yo tengo la prueba de tus palabras. ¿Tú tienes el comprobante de que lo que dices es cierto?

Marido: —Si lo tuviese ya nos habrían cambiado el ventilador…


Dos horas después:


Esposa: —Ya sé exactamente cuándo dijiste: ya que es domingos podríamos cenar en los Cien Montaditos. El domingo.

Marido: —Eso ya lo sabía yo. Pero yo el domingo no compré el ventilador.

Esposa: —No, el domingo no compraste el ventilador. Tú nunca compras los domingos, lo compraste el sábado…

Marido: — ¿Entonces por qué dije: ya que es domingos podríamos cenar en los Cien Montaditos.

Esposa: —Porque el domingo fuimos con Carlos y Mariángeles a la playa y dijiste: ya que es domingos podríamos cenar en los Cien Montaditos. Pero ellos no podían quedarse y nos fuimos cada uno a nuestra casa.

Marido: — ¿Entonces caso resuelto? ¿No voy a la cárcel?

Esposa: —Es que tengo que acordarme yo de todo…Si me hubiese dado el comprobante de compra…

Marido: —Llevas razón, cariño. La próxima vez te lo doy… (susurrando para que no lo escuche ella) lo habrías perdido tú.

Estas absurdas conversaciones no se tendrían si los domingos no abriesen los centros comerciales, o sí no guardásemos las cosas para que no se perdiesen...



©Paco Arenas






martes, 19 de julio de 2016

Tortura en la plaza (poesía)


El tendido grita,
la plaza entera espera tu salida,
cuervos sedientos de sangre
cual alimañas carroñeras
engalanados desde sus palcos levadizos
babean de placer,
anticipándose a tu muerte segura.
Arañas la arena que pisas,
buscando la huida de la tortura.
Sabes, que has sido condenado a morir,
No hay igualdad en la batalla:
¡Miserables!
Juegan con ventaja,
con engaños traicioneros,
saborean cada gota de tu sangre
como vampiros miserables,
vitorean tu padecer,
hacen de tu sufrir, su fiesta.
Tus ojos, quemados con cera hirviendo,
no distinguen el bulto del enemigo.
¿Qué más da?
Si pierdes ante el engaño,
¡Mueres!
Si ganas…
¡Mueres!




                                                                         ©Paco Arenas


domingo, 17 de julio de 2016

Los dolores de parto del rey (Cuento tradicional manchego)


 
Cuadro de  Blair Leighon Tristán e Isolda  Tris
Recuerdo que es uno de esos cuentos que creo recordar que me contó un anciano de Pinarejo, sin que sepa precisar cuál en concreto entre una horquilla de tres.  Hace tantos años que apenas recuerdo el relato. Lo he buscado inútilmente por internet, por si alguien hubiese escrito este cuento tradicional castellano o fuese invención de quien me lo contó. Por mucho que he preguntado, nadie lo conoce, así que en mi empeño de recuperar la tradición oral manchega, me pongo manos a la obra.

Había una vez un rey que tenía muchas amantes, que terminaban como novicias en los conventos, curiosamente no tuvo hijos bastardos con ninguna de ella, por lo que pasaron de novicias a hermanas, pero nunca llegaron a madres. Bien hubiese reconocido a cualquier bastardo como heredero, pues, se casó tres veces, y de las tres reinas enviudo después de que ninguna lograse llevar a buen fin su embarazo dándole su ansiado heredero. Las malas lenguas de palacio dicen que ninguna de ellas murió de muerte natural, sino que fueron envenenadas, por extraño que parezca solía ser algo bastante más habitual de lo que parezca, pues la principal misión de las reinas era parir un heredero, y jamás se ponía en duda la virilidad o la esterilidad del rey, porque lo eran "por la gracia de Dios".  Para el fornicio los reyes tenían las cortesanas, de ahí que a las prostitutas se les llame cortesanas. Por regla general los reyes dormían en una alcoba que se encontraba en el ala opuesta del palacio al de la reina.


 Como es bien sabido, entre los reyes y alta nobleza eran muy comunes las uniones endogámicas[1], incluso consanguíneas.   Cierto día —apenas pasado los siete de luto oficial por su tercera esposa —vio a una chiquilla jugando en el jardín de palacio. Sin duda debía ser hija de algún noble, pues sus vestimentas así lo atestiguaban.  Preguntó a su copero,[2] pues el rey no solo era putero, sino también borracho, y siempre tenía el copero a su lado. Pero no conocía a la chiquilla, como es lógico y natural, ya que siempre estaba con el monarca. Preguntó entonces a su catador[3], pero este tampoco sabía nada, pues siempre estaba con el rey.

—Quien debe saberlo es el aposentador[4] de palacio —le dijo el bufón de la Corte, que se hacía el tonto, pero no se chupaba el dedo.

—Hacer llamar al aposentador real —ordenó el rey.

Rápido llegó el aposentador real ajustándose la calzas, ya que de tanto aposentar se había aposentado con una de las doncellas que recientemente habían dejado de serlo gracias a su majestad, y que del mismo modo que el copero probaba el vino y el catador la comida, el aposentador probaba las doncellas que servía al rey, por si tenían purgaciones.

—Majestad, es vuestra ahijada y sobrina, doña Jimena es hija de vuestro hermano, el príncipe pretendiente al trono en caso de que se produjese vuestra muerte, Dios no lo quiera. Sería incesto en segundo grado, necesitaríais una dispensa de su eminencia —le dijo el aposentador tras escuchar las pretensiones del monarca.

El rey se quedó pensativo, conocía las intrigas de su hermano para intentar destronarle y ocupar su lugar. Por esa razón siempre lo tenía alejado batallando en tierra de moros, lo cual no dejaba de tener su riesgo, pues el príncipe tenía fama de muy valeroso batallador; aunque muy poco leal, siendo muchos quienes le apoyasen en caso de intentar ocupar el trono. 

—Sí yo me casó con mi sobrina, ella se convertirá en reina y mi hermano aceptará mi decisión, pues así su heredera llegará a ocupar el lugar que él desea.  Avisad al capellán[5] mayor para que prepare los documentos para llevar a cabo el matrimonio en tres días.

—Majestad eso es imposible —dijo el capellán mayor —debe haber una dispensa papal. Lo que sí puedo hacer es dictar una provisional para que luego sea ratificada por Su Santidad como Acts regum[6].

Sin esperar dispensa papal, ni la llegada de su hermano de la batalla, se preparó la boda por todo lo alto, con la que sería su cuarta esposa. A la sazón, la madre de la futura esposa era hermana de la primera de las esposas del rey, y sospechaba que al igual que las otras dos siguientes su hermana había sido envenenada por no dar un heredero al rey, algo que por otra parte era muy común, siempre la reina tenía la culpa y era deber del rey dar un heredero a la Corona, aunque ello conllevase el sacrificio de la reina. Viendo el peligro que corría su pobre hija, todavía una chiquilla, fue al bosque en busca de una bruja perseguida por la Inquisición y que gracias a sus hechizos había logrado escapar de la pira.

—Darme buenas ropas, que yo haré el hechizo para que vuestra hija se quedé embarazada.

—Yo os daré las mejores —contestó la protectora madre.

La bruja disfrazada de princesa asistió a la boda y con todo cuidado echó un brebaje en la copa del rey y otro en la de la futura reina.  Nadie le vio hacerlo, pero el capellán mayor la reconoció y así se lo hizo saber al rey.

—Prenderla inmediatamente y quemarla en la hoguera.

De inmediato los soldados del rey prendieron a la bruja, que segura de que su hechizo funcionaria lanzó una maldición:

—Vuestra esposa quedará preñada y parirá con grandes dolores de muerte, yo os maldigo para que los mismos dolores que tenga la madre, los tenga el padre. No obstante la criatura y la madre vivirán, vos moriréis antes de que el hijo que ella para sea mayor de edad.

Y sí, la nueva reina se quedó embarazada, y llegó el día del parto. Todo se dispuso para el acontecimiento, la reina en su alcoba y el rey en la suya. Sacerdotes, capellanes y comadronas acompañando a la parturienta y al rey; sin embargo, el rey no sentía ningún síntoma y se reía de la maldición de la bruja, cuando de repente palideció. Todos pendientes de él, pensaron que comenzaban con retraso los dolores de parto; pero no, el rey palideció porque el joven y apuesto copero real, aquel que probaba el vino para que el rey no fuese envenenado, comenzó a convulsionarse y a gritar como si estuviese pariendo…
Y es que claro, la bruja tuvo un falló a la hora de lanzar su maldición al decir:

— Vuestra esposa quedará preñada y parirá con grandes dolores de muerte, yo os maldigo para que los mismos dolores que tenga la madre, los tenga el padre. No obstante la criatura y la madre vivirán, vos moriréis antes de que el hijo que ella para sea mayor de edad. 

Cuando debería haber dicho:

—Vuestra esposa quedará preñada y parirá con grandes dolores de muerte, yo os maldigo para que los mismos dolores que tenga la madre, los tenga el rey. 

Tranquilo, no obstante el rey con su vida pensando que sería el copero quien moriría, pero no fue así, el día antes de cumplir los dieciocho años, el rey murió y la reina se caso con el afortunado copero, con el cual durante el matrimonio, viviendo el rey tuvo siete hijos, pues el rey era estéril.

Y es que en la historia se han dado tantos casos, de reyes que han sido hijos de reinas, pero no de reyes. Hasta el punto que una reina muy casquivana María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV y amante de Godoy, entre otros, dijo a su confesor:

—Con la muerte de mi marido se acaba la dinastía Borbón, pues ninguno de mis hijos fue engendrado por él.

©Paco Arenas




[1] Entre familiares consanguíneos.
[2] Copero era un oficial alto rango, cuya tarea era servir las bebidas en la mesa. A causa del temor constante a las conspiraciones e intrigas, era el encargado de proteger la copa del rey ante el riesgo de envenenamientos, por lo que se requería, a veces, probar un poco de vino antes de servirlo.
[3] Criado encargado de probar la comida que se servía a la mesa del rey, antes que éste, al igual que el copero para si había veneno morir él en lugar del rey.
[4] Persona de confianza que se encargaba de repartir las habitaciones entre los habitantes de palacio, normalmente era quien se encargaba de llevarles las amantes al lecho del rey.
[5] El Capellán mayor del rey es sacerdote u obispo que tiene la jurisdicción espiritual y eclesiástica en palacio, en ocasiones también es el confesor del rey.
[6] Actos de reyes.

viernes, 15 de julio de 2016

Locos de manicomio (Poema)


Sí amigos, estamos locos
por creer que es posible cambiar el mundo
con un gesto o un beso.
Locos ilusos, que pretendemos hacerlo
a base de caricias y palabras.
Don Quijote, aquel caballero loco,
al menos tenía un caballo flaco
para enfrentarse a los molinos,
que al fin y al cabo eran sólo eso, molinos.
¿Y nosotros que tenemos?
Ni un siquiera caballo flaco,
y a pesar de todo
queremos enfrentarnos,
no molinos,
sino a gigantes auténticos,
sólo con las palabras como armas,
sin ni tan siquiera la miserable
y humilde honda de David.
No cabe duda,
no somos soñadores,
somos locos,
locos de manicomio.

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