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sábado, 5 de julio de 2025

No te confundas

 


No te confundas, ni confundas al explotador con un campesino

Pinarejo, mi pueblo, tiene la décima parte de habitantes que hace cuarenta años.

Cuando en Pinarejo se pisaban los charcos y las botas de agua eran más una necesidad que un juguete, cuando esos charcos se helaban y jugábamos, en nuestra inconsciencia, a romper el hielo.

Cuando ver un coche en la plaza o en la Carrera podía llegar a ser un acontecimiento digno de verse.

Cuando las mujeres iban a la fuente a por agua y los hombres al pozo de la plaza a dar de beber agua salobre a las mulas y borricos.

 Cuando a los novios forasteros de las mozas del pueblo se llevaban al pilón, terminando en fiesta alrededor de un lebrillo de cuerva...

Cuando la dula era real y no una palabra en peligro de extinción que nadie igual que ahora la vida joven en los pueblos...

Cuando las gallinas comían en el corral y nosotros, cuando hacíamos de vientre en el mismo, no dejábamos ni rastro, porque las gallinas se habían comido nuestras heces, y luego, qué buenos estaban aquellos huevos de corral.

Cuando el cura de los capones nos pegaba cada uno que encendía lumbre y amenazaba a nuestros padres si no íbamos a misa...

Cuando Paquillo, que nos dejaba ver los tres mosqueteros en su bar, nos decía: «Chiquillos, que vienen los guardias, cada uno a vuestra casa» y era verdad, les teníamos miedo a los guardias y los chiquillos corríamos a escondernos a nuestras casas. Les teníamos aún más miedo que al cura de los capones….

Cuando los guardias robaban a la gente, los denunciaban y, si abrían la boca, les pegaban una paliza...

Cuando obligaban a cambiar el trigo por vales de harina y quien más ganaba, tampoco entonces era el campesino, que diempre perdía, pero si protestaba o se quejaba, estaban los guardias para repartir más hostias que el cura de los capones.

Cuando el pan se cocía en el horno del callejón de la calle Nueva, amasado por las mujeres, y se guardaba en escriños durante más de quince días... y era lol que más se comía "me gusta mucho el queso, me como un pan con una uña de queso"...y siendo verdad, el pan era lo que llevaba.

Cuando nos bañábamos en una artesa de madera puesta al sol para que se calentase, o con unas cuantas ollas de agua caliente y fría, de todos modos. Porque no entonces no salía el agua del grifo, porque no había ni grifo…

Cuando comíamos los potajes hechos a fuego lento en la lumbre, y muchas mañanas, por no decir la mayoría, sobre todo en el invierno, gachas de harina de guijas o almortas, no como un manjar exquisito ocasional, sino como algo necesario, por no haber otra cosa..., a pesar de producir latirismo...

Cuando solo se comía pollo en las grandes ocasiones...

Cuando nuestros padres escuchaban la radio en silencio y con miedo, al sintonizar emisoras como Radio España Independiente, pero era la única oportunidad de tener algo de esperanza...

Cuando los más ladrones y se llamaban a sí mismos, españoles de bien y patriotas… Igual que ahora se autodenominan constitucionalistas.

Cuando la palabra Libertad estaba tan solo en el escudo, y era la gran ausente entre quienes vivían del sudor de su frente y no del sudor del de enfrente…

Cuando la leche en polvo americana era la única leche que tomábamos, y el chocolate Josefillo era nuestro preferido, porque no teníamos para comprar Nieto y lo comprobamos por onzas sueltas…

Cuando íbamos con dos reales a comprar sardinas en escabeche para el mojete, porque no teníamos cuartos para comprar la lata entera...

Cuando Pablo el Correo necesitaba descifrar las cartas que llegaban desde Ibiza, porque ni sabía escribir bien el remitente ni leer el destinatario...

Cuando jugábamos en la calle y ya teníamos callos en las manos de trabajar en el campo...

Cuando quienes peinamos canas o tenemos la frente despejada éramos jóvenes...

Cuando el terrateniente con contactos en el Ministerio plantaba manzanos en un secarral y cobraba más subvenciones que si hubiesen echado manzanas…

 

Cuando el Ministerio obligaba a los campesinos a sembrar remolacha azucarera y no sabían el precio al que les pagarían la remolacha hasta un mes o dos después, les pagaban lo que les daba la gana a porque las subvenciones estaban para quienes plantaban manzanos que nunca daban manzanas…

Entonces como ahora, nada tenían que ver los campesinos con los terratenientes, los primeros trabajaban, los segundos parasitaban… Como ahora…

Cuando en Pinarejo había gente y los de siempre, los que se llevaban las ayudas y robaban la harina repartiendo leña, nos fueron tirando de nuestra tierra…


©Paco Arenas, sus libros y relatos...

©Paco Arenas

 

Foto de la plaza de Pinarejo, años sesenta, posiblemente el Domingo de Ramos

martes, 13 de septiembre de 2022

La plaza de Pinarejo, años 60 del siglo XX y años 20 del siglo XXI (en blanco y negro y color)

 

Plaza de Pinarejo años 60, el pozo y la casa de la derecha, están modificados, el pozo en concreto, reconstruido a partir de la mitad de este. La foto fue realizada por un maestro represaliado por el franquismo, de apellido Martínez. 

11 de septiembre, día de muchas efemérides, las más conocidas nos hablan de grandes tragedias, como la entrada de las tropas de un rey vil en Barcelona en 1714, inaugurando una dinastía digna del primero de los borbones, en su mayoría puteros y ladrones.  El criminal golpe de Estado, en 1973, de los generales traidores a la patria chilena, porque todos los golpes de Estado, son traiciones a la Patria. Los no menos criminales atentados del 2001, donde fueron asesinados miles de inocentes, víctimas del fanatismo religioso...

Hoy, 11 de septiembre, quiero presentaros uno de los lugares icónicos de mis novelas, la plaza de Pinarejo, mi pueblo. Aparece en «Magdalenas sin azúcar» como plaza de Juncos, en «Águeda y el secreto de su mano zurda» y en «Los manuscritos de Teresa Panza», como lo que es, la plaza de Pinarejo, que nunca tuvo nombre, al contrario que la segunda plaza en importancia del pueblo: «La Carrera», pero esa nunca fue mi plaza, ni se veía desde la ventana de mi casa. 

Pinarejo, el 11 de septiembre, desde antiguo, se celebran, cada vez con menos gentes y más tristes, las fiestas de verano. Las de invierno son el 5 de febrero. En Pinarejo tenemos dos fiestas, la de invierno en verano, siempre fuimos migrantes que regresaban después de la siega, la vendimia o la aceituna.  Febrero pillaba al final de la temporada de la aceituna en Andalucía, así que se pasaron al 11 de septiembre, justo antes de comenzar la vendimia.

Aquí, la misma plaza de Pinarejo, en este caso coloreada por José Carlos Herrera Saiz, al colorearla se aprecia más el detalle de que está embarrada, y que por la calle Colorín, todavía parece haber agua retenida, así como en la plaza se adivinan charcos.  


Es la plaza que aparece siempre en mis novelas, tanto en «Magdalenas sin azúcar», «Los manuscritos de Teresa Panza», también en «Águeda y el secreto de su mano zurda», a la fotografía, además de la mitad de la plaza, le falta la fuente, que era fea, pero daba agua dulce como las almendras, ahora es bonita, pero es decorativa.

La plaza de Pinarejo, la conocimos rebosante de gente, aunque en esta fotografía solo se ven dos personas y una tercera en la calle Tercia.  Es una plaza muy grande para el tamaño del pueblo, o villa, ahora 203, que bien podrían caber en un rincón de la misma, cuando yo nací 1600, y antes de la guerra, más todavía. Pero bueno, hoy en las fiestas de verano de Pinarejo, quiero presentaros la plaza que yo conocí:

Esta era la plaza de Pinarejo que conocimos. Plaza que nunca tuvo nombre, por suerte. Plaza embarrada los días de lluvia y de polvisca los días secos., con piedras secas y charcos. Sin ningún tipo de alcantarillado, con pocas y malas aceras, en las que nos sentábamos los chiquillos a comer pipas.

Resulta extraño que uno de los dos bares, el único que se ve en la fotografía, esté cerrado, tal vez no tanto, los bares, o las tabernas, como decía mi madre, se llenaban solo de hombres, ya se librarían las mujeres de pisar un bar, y llegó a haber seis a un tiempo. Y, cuando los hombres estaban en el campo, ¿para qué tener el bar abierto.

Llama la atención que el ayuntamiento esté abierto, lo cual deja claro de que era un día laborable. Diría que, de otoño o primavera, ¿cómo saberlo, ni una mala mata da testimonio, ni siquiera al lado del pozo. Ese pozo que tantas conversaciones, risas y hasta lloros escuchó, y tal vez por ello era salobre su agua.

Tan solo se ven tres personas, hombres en todos los casos, los tres llevan gorra campesina, como la que llevaba mi padre. Los tres tienen la espalda encorvada, señal de que han cavado muchas olivas, segado, vendimiado y plantado ajos. No son jóvenes. Y no cabe duda de que era un día de otoño o primavera, porque aparte de ellos, la plaza está vacía, la gente está en el campo y los chiquillos en la escuela. La hora, por tanto, se podría situar entre las 9 de la mañana y la 1 del mediodía.  Tal vez entre las tres y las cinco, ni antes, ni después. Desde luego no es verano, llevan la chaqueta, pero tampoco es invierno, el que sube por la calle Tercia, a la altura de la casa de Julián "el Rojo de Mandoblas", lleva la chaqueta abierta, por tanto, diría que bien podría ser o finales de mayo o finales de septiembre.

 De las casas que veo me quedó con la de mi tía la hermana Eleuteria Martínez Vieco, hermana de mi padre. La de los Picantes, gente muy trabajadora y la de los Loritos, recuerdo a mis primos Miguel Ángel, Emilio y Julia. éramos primos segundos, pero en aquellos tiempos las familias eran muy largas y mi madre con sus primas Julia, Carlota y Puri, la única que nos acompaña todavía, tenía relación de hermanas.

Foto original, salvo el añadido de más de la mitad del pozo hacía la derecha. 


La casa que desentona, haciendo daño a la vista, es la de Adelaido, sin embargo, su tienda me trae buenos recuerdos y muchas historias, algunas muy cómicas.

Para terminar, decir que el autor de la fotografía fue uno de esos miles de maestros represaliados, al que no le permitieron ejercer su magisterio, para desgracia de muchos campesinos pobres, no solo Pinarejo, sino de toda España.

Cualquier tiempo pasado fue anterior, no mejor. Después de la publicación podréis ver distintas fotos de la plaza actual, de m
omento dos.

Salud a todos os desea este pinarejero de sangre espesa, porque por mis venas corre esa tierra que besaba nuestros labios los días de aire.

Paco Arenas

P.D. Si os interesan mis libros, no dudéis en contactar conmigo a través de correo electrónico: 

 fmlarenas@hotmail.com  





miércoles, 20 de octubre de 2021

Hubo un tiempo


Hubo un tiempo en que los frutos de la tierra se ablentaban en las eras y las palabras se murmuraban en silencio con los labios endurecidos y

los ojos pendientes de quien asomaba por las esquinas, como si  las piedras fueran capaces de escuchar  los pensamientos no pronunciados. Entonces no discutíamos de política…

Hubo un tiempo en el cual lo más extraño de otras tierras era el forastero que vendía su mercancía en la plaza, o quizás el mozo del pueblo de al lado que pretendía a una muchacha y se le echaba al pilón del pozo si no pagaba la patente, y si la pagaba también. Los negros eran una cabeza de escayola con una raja en el cogote y los indios morían por miles en televisores en blanco y negro. Entonces no éramos racistas…

 Hubo un tiempo en el que hasta los ateos iban a misa y de rodillas se persignaban como si fueran fervientes creyentes, gritando con entusiasmo al paso de la imagen de madera o escayola y con sus ásperas manos de campesinos llevaban las andas sobre sus «pecadores» hombros. Entonces todos éramos católicos por… ¿La gracia de Dios?

Hubo un tiempo en el cual los besos de los enamorados se daban en las mejillas hasta después de casados. A los críos los traía la cigüeña, algunos primogénitos nacían a los seis, siete u ocho meses del «sí quiero».  Otros por obra del Espíritu Santo, sin conocer varón o tras haber pasado por la sacristía, que esos milagros también sucedían en aquellos tiempos. 

Y, aunque parezca mentira, también hubo un tiempo en el cual los besos se daban en la calle y de rodillas a la mano del cura, con el temor en los ojos y la vista puesta en su otra mano, por si de vuelta llegaba un capón o una hostia, no precisamente consagrada, que también era cosa de aquellos tiempos.

Hubo un tiempo en el que el hombre del saco era la bella durmiente al que ningún chiquillo temía. Pero si alguien decía:«Que vienen los guardias» los chiquillos, y muchos mayores, si podíamos y nos daba tiempo, corríamos a escondernos a nuestra casa. Los guardias también daban hostias como panes, y si te pillaban en los caminos con una cesta de higos de tu higuera, de guindas de tu guindo o de melones de tu melonar, también la leña de tu monte… Por alguna extraña ley que solo ellos conocían, te quitaban los higos, las guindas, los melones y la leña, y si protestabas recibías leña y denuncia. Entonces, la benemérita imponía respeto…, y terror.

Hubo un tiempo en el que las palabras, las penas, las ideas, y hasta el amor se escondían detrás de las puertas…

Hubo un tiempo de poco pan y muchas hostias, no obstante, éramos muy felices en una España, Grande y Libre, por decreto y obligación, y quienes no estaban conformes o no lo creyeran, tenían cuatro caminos: el sumiso silencio, el exilio, la cárcel o el paredón, pero éramos tan felices, gracias a nuestro caudillo y a la gracia de Dios.

Y si un guardia, o alguien de orden, nos preguntaba nuestro nombre, con mucho respeto y pensando cada una de nuestras palabras, contestábamos:

«Paco, perdón señor guardia, Francisco Martínez López para servir a Dios y a usted»

No sé por qué al revisar las fotos que me mandó un paisano, esta inocente foto me ha dictado todo lo anteriormente escrito. Será que estoy más loco de lo que parece o que tal vez, de tanto escuchar al hombre que aparece en la foto, Joaquín el del «Tuerto» me han venido a la mente historias de las que él, con más gracia que yo, contaba.

©Paco Arenas a 20 de octubre de 2021- Autor de Magdalenas sin azúcar

miércoles, 25 de abril de 2018

Días de tahona en el callejón de la calle Nueva



Días de tahona

 

Hay charcos helados en la calle cuando comienza el ajetreo. Una lechuza atrevida aún se atreve a ulular, desde cualquier casa derruida, a pesar de estar el sol de fuera. El aire está impregnado de ecos de voces ajetreadas de mujeres, algún grito a los chiquillos:

 

—Corre a coger la vez, para mí y para Socorro. ¡Espabila!

 

Veo a mi madre dando una última paliza a la masa, que solo las manos acostumbradas al duro trabajo campesino son capaces. Después de darle la del pulpo, coloca un paño a cuadros azules y blancos en el escriño, le da una nueva una nueva vuelta a la masa, hasta darle un aspecto redondeado y coloca, por fin, la masa en el escriño. 

 

—Paco —me dice —acércate al corral y tráete todos los huevos que tengan las gallinas, los de la alhacena ya los cojo yo.

 

Voy presuroso, pero al pasar por la cuadra veo a la vieja mula a la Cordobesa, y me entretengo para acariciarla, el animal relincha agradecido.

 

—¿Vienen los huevos o qué? Que no tenemos todo el día —me grita mi madre.

 

Presuroso terminó de recoger los que me faltan. Me presento ante mi madre con más de una docena de hermosos huevos blancos como la nieve, entonces no había marrones, al menos en nuestro corral.

 

—Anda, sal corriendo y coge la vez, Que presenta y Aurelia ya han mandado a sus chiquillos, que como nos descuidemos no cocemos en todo el día —me dice casi gritando, moviendo las manos para meterme prisa.

 

Salgo a corriendo en dirección a la puerta, pero antes de cruzar el umbral de esta, mi hermana me agarra, señalándome un tazón lleno de leche.

 

—La leche, la leche, tomate la leche, que cada vez estás más melindres.

 

De los ocho hijos que tuvieron mis padres, yo fui el primero que comenzó a beber leche todas las mañanas, y casi el único que la bebía a lo largo del día. El tazón estaba muy lleno y me agaché para sorber.

 

—Eso no se hace. Madre, dígale usted algo —protestó mi hermana.

 

—Ya se lo has dicho tú —dijo mi madre —. Hazle caso a tu hermana.

 

—No quiero leche, te la bebes tú —protesté yo, ante lo que veía como una injusticia, que me obligaran a beber leche, cuando ninguno de mis hermanos la bebía.

 

La cuestión es que me gustaba la leche, pero como nadie la tomaba en mi casa, pensaba que era un agravio comparativo en mi contra. Mi hermana, ante ese acto de rebeldía, me agarro del cogote y me bajó la cabeza en dirección al tazón. Al final me bebí el tazón de un trago.

 

—Anda, ahora arrea al horno y coge la vez, que en un momento vamos madre y yo.

 

Salí corriendo casi dando brincos sobre los charcos con la confianza de que el hielo no se rompería, hacía tanto frío.  Tenía que ocurrir, al saltar uno muy grande, quise saltarlo de punta a punta y resbalé, cierto que fue por mirar a una chiquilla que también corría en dirección a la tahona de la calle Nueva.  Sí, los charcos aguantaban bien el peso de mis escasos veinticinco kilos mal contados, pero no a mi culo en plancha. Se rompió el hielo y estallaron las risas de todos quienes me vieron. Sentí ganas de llorar, pero por orgullo no lo hice, no me hice daño, pero mis calzones se tiñeron de marrón caca. Las palabras y burlas que escuché a mis espaldas, mejor no reproducirlas. Avergonzado volví a mi casa notando la humedad sobre mis pantalones, que ya tenía la consistencia del hielo.

 

—¡Virgen santa, criatura! ¿Qué te ha pasao? Anda quítate los calzones y los calzoncillos y ponte al lao de la lumbre —me apremió mi madre, casi al mismo tiempo que me los quitaba ella, sin esperar a mi reacción, y mi hermana corría a por una manta y me la colocaba por delante con el culo al aire al calor de la lumbre. Al quitarme los pantalones, finas láminas de hielo comenzaron a caer al suelo, no solo de los mismos, sino también de los calzoncillos, y a decir de mi madre, lo tenía rojo como un tomate.

 

—¡Vamos! Que si te hubiese roto la alpargata en el culo no lo tendrías más colorao —dijo estallando ambas en risas espontáneas. 

 

—Madre, vamos a darnos aire, que si no cocemos —apremio mi hermana —, y tú, cuando estés seco, caminando pal callejón de la calle Nueva, a ayudarnos.

 

Como ya tenían las masas preparadas se marcharon a la tahona. Yo asentí con la cabeza, sabía que todas las manos eran necesarias para cocer el pan de quince días, además de magdalenas y galletas en el horno comunal. He de decir que, en realidad, no estaba dispuesto a ir, y ya comenzaba a fantasear la excusa que pondría a mi madre y a mi hermana para justificar mi ausencia.

 

Me quedé un rato de espaldas a la chimenea notando el calor de las llamas sobre mi piel desnuda. A mi corta edad era consciente de que sería motivo de burla por parte de todos, casi más por parte de quienes no me habían visto que de los testigos de mi forma de romper el hielo, por recibir el relato exagerado, siempre se dijo que lo que se exagera es lo que luce.  Entonces llegó ella, menos mal que llamó a la puerta y preguntó con voz cantarina, parecía que casi forzada, como si quisiera cantar y le pareciese mal:

 

«¿Quién hay por ahí?, ¿se puede?».

 

Como era costumbre en aquellos tiempos, las puertas no se cerraban con llave, y aunque estaba entornada, bastaba con empujar para pasar, y ella pasó antes de esperar respuesta.  Rápidamente, me quité la manta y me volví a colocar los pantalones, en aquellos tiempos teníamos solo dos pares de pantalones, o calzones como los llamábamos entonces, unos para los días de diario y otros para los domingos y fiestas de guardar. Por suerte ya estaban secos y calientes.  Vergüenza sentí yo, más todavía ella, que se dio la vuelta al ver mis vergüenzas al aire.  Temblé, y no fue de frío, noté arder mis mejillas. Ella tardó en darse la vuelta con una risa nerviosa en su cara, que de inmediato se aceleró a aparentar preocupación.

 

—Me han dicho que te has caído de culo en un charco, pobrecico… ¿te has hecho daño? ¿Cómo ha sio?

 

—He patinao, iba corriendo y he patinao y me he dao una costala, bueno de culo, pero no me ha pasao na —no iba a decirle que había patinado por mirarla a ella, faltaba más.

 

—¡Pobrecico! Me lo han dicho en la tahona. Le he preguntado a tu madre y me ha dicho que solo había sio el susto.

 

—Sí, ha sio solo el susto, no me duele na, ni na…

 

—Pobrecico… ¿te duele mucho? —volvió a preguntar ante mi turbada y torpe contestación.

 

—No, no me duele na —contesté, de nuevo, recuperándome de la turbación.

 

No iba a decirle que lo único que me dolía era las burlas y las risas de la gente, y que agradecía que ella no me hubiera visto aterrizar con el trasero sobre el hielo, a pesar de ser ella, indirectamente, la culpable. Tampoco, que, en otras circunstancias, me habría alegrado de su presencia, y de que ella no se riera de mí; aunque, tal vez de no ir con su madre muy delante, me habría visto y reído con ganas. 

 

—Pues si estás vestio, vamos pa la tahona, que le hago falta a mi madre, y tiene un genio…

 

—Yo no voy —contesté dubitativo.

 

—¡Anda no seas crío! Que ya tienes diez años —me animó riendo. No ves que si no estás tú me voy a aburrir mucho…, por favor, anda, que verás que bien lo vamos a pasar…

 

Entonces se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla, noté que, a pesar del frío que hacía en la calle, sus labios y mejillas estaban ardiendo y más rojas que un tomate, por el frío, claro. Me quedé parado, sin saber cómo reaccionar, sin ser dueño de mis actos, le devolví turbado el beso, casi rozándole los labios, y ella cerro los ojos. Sus palabras y su beso me llegaron hondo, no podía evitar florecer mis sentimientos platónicos hacía ella. Sentí un leve latido creciente, que cada segundo se multiplicaba como las fanegas de trigo de Fernán González [1]. El que hubiera ido a buscarme, y el que no me considerase un crío fue decisivo. Me cogió la mano y no pude evitar dejarme llevar, casi me olvidó de la trenca al salir.

 

—Ahora vamos con buen paso, pero sin pisar los charcos, que luego pasa lo que pasa —dijo, ejerciendo de hermana mayor, a pesar de tener unos meses menos que yo, pero tenía más cuerpo y altura, llevándome, al menos, cuatro dedos; si bien es cierto que yo era un enclenque chiquillo, tan delgado, quién lo diría ahora, que cuando querían decir que algo lo era, decían «más seco que Paco».

 

A pesar de lo dicho emprendimos el camino corriendo y riendo, al tiempo que saltábamos los charcos helados, en todo momento cogidos de la mano, sin pensar que podría llegar a provocar risas y burlas ajenas.

 

Antes de llegar al callejón de la calle Nueva ya olía a masa recién amasada, a aroma de pan recién horneado, a leña de encina, azúcar tostada, anís en grano de estrella y a aguardiente… Aromas que salían al amor de las manos de esas manos de mujer, que cada quince días iban al horno del callejón de la calle Nueva a amasar y hornear, con los pesados escriños dispuestos para regresar al final del día con ellos repletos de grandes panes, galletas, magdalenas y puede que algún que otro dulce capricho. 

 

Para los chiquillos era toda una fiesta, una alegría cuando nos mandaban a la alhacena y nos asomábamos al borde del precipicio del escriño y ver que, bajo la rodilla o paño, quedaba un único pan. En nuestra ignorancia, pensábamos solo en la fiesta de la cocción, no que, para llegar a ese día, con ese último pan en el escriño, nuestros padres, más de un día, con la angustia del hambre de los pobres, habían renunciado a comerlo para que a sus hijos no les faltase.   Nunca falto un trozo de pan en mis labios, ya fuese con vino y azúcar, con aceite y azúcar o en forma de picatostes con vino.  Nunca tuvimos la duda sobre lo que queríamos merendar al abrir la nevera, tampoco la pobre alhacena, donde pan, queso, tocino gordo y magro (jamón), vino y aceite no faltaba; pero, el queso y el tocino magro se guardaba para las ocasiones, y con pan y vino nos debíamos de conformar, así de alegres y contentos estábamos siempre, porque entonces el vino formaba parte de nuestras meriendas, comidas y cenas, porque el agua quitaba la gana.

 

No había muchos recursos para la diversión, y aunque parezca extraño, ninguno para el aburrimiento. Ajenos a las preocupaciones de nuestros padres, siempre estábamos con la risa en los labios, no había piedra ni cordaje, palo o aro, clavo o estaca, «santos» (parte superior de las cajas de cerillas) o «cajotas» (tapas de botellas, que estuviese libre de convertirse en un divertido juego.

 

Esos días de horno en la calle Nueva eran de fiesta, en los que hasta nuestras tiernas manos servían para dar forma a las cajetillas de las magdalenas hechas con papel de estraza, donde después nuestras madres echaban la masa. Esperábamos ansiosos a que saliesen del horno, y sin esperar a que se enfriasen comenzábamos a comerlas, para fingido disgusto de nuestras madres, que nos decían:

 

«Calientes os pueden sentar mal

 

Con los restos de masa se hacían «ojosos», una especie de panes con mucha azúcar que se abrían en su parte superior como si fuese una cresta, a mí aquel pan me volvía loco. 

 

Esos panes debían durar quince días. Nunca se ponían duros, no se les daba tiempo, se acaban antes de que pasase los quince días, y si se ponían duros, no lo notábamos, porque como siempre se dijo:

 

«A buen hambre no hay pan duro.»

 

 Entonces se decía que había jueves que relucían más que el sol:

 

 Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión; pero, lo que realmente relucían más que el sol eran esos inmensos panes, aunque estuvieran en la oscuridad de una alhacena dentro del escriño tapado con una rodilla (que es como llamamos o llamábamos en Castilla a los paños de cocina, porque ahora hasta el nombre de nuestra ancestral lengua hemos perdido.

 

—Aquí lo traigo hermana[2] Vicenta —dijo la chiquilla al llegar, sin soltarme de la mano.

 

—Mira, si parecen novios de verdad —dijo su madre, dándole en el codo a la mía. Las risas fueron generalizadas por su espontaneidad, y la chiquillería comenzó a decir que éramos novios, para sonrojo de ambos. Después vino lo que yo me temía, todos comenzaron a reír por mi patinaje, y algunos chiquillos fueron a comprobar que no tenía el culo mojado.

 

—No les hagas caso, son unos tontainas.

 

Y sin dar más importancia a la cuestión, agarró un montón de papelillos de estraza y comenzó a hacer moldes de magdalenas. 

 

Aquella noche soñé con ella, imaginándome que algún día seriamos novios. Lo cierto es que ya no la volví a ver. Cogí media pulmonía, y cuando estuve bien, ella había emigrado con sus padres a una gran ciudad, y por mucho que intento recordar su nombre, no lo he logrado.

 

©Paco Arenas

©Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre

 



[1] Primer conde independiente de Castilla, en torno al cual se tejen muchas leyendas, siendo la más conocida es la del caballo y el azor que dieron la independencia a Castilla con respecto al reino de León: Cuentan que yendo el conde Fernán González de caza con el rey de León, el rey se encaprichó del caballo y del azor del conde. Quiso comprarle ambos, pero Fernán afirmó que siendo su súbdito se les regalaría. Tanto insistió el rey leonés en poner precio que el conde accedió poniendo un simbólico precio con la condición de que este se fuera doblando cada día que pasase sin hacerse efectiva la compra. El rey de León se olvidó de la deuda por ridícula que le pareció. El conde dejó pasar el tiempo, y el rey poco hizo por pagar la deuda. En una nueva cacería, Fernán González, recordó al monarca la deuda contraída, que ascendía a tal cantidad que el rey no podía pagar, preguntándole este que quería a cambio, el conde, entonces, pidió la independencia para Castilla.

[2] Entonces a las personas mayores les llamaban hermanas o hermanos, del mismo modo que a los hermanos o hermanas mayores les llamábamos, «chache o chacha». 



Enlaces de obras publicadas:



martes, 16 de mayo de 2017

Raíces que se enredan en las ramas (Pinarejo en el corazón)


No siempre tuve barba, no siempre tuve el pelo blanco; sin embargo, siempre tuve Pinarejo en el corazón.

Apenas he vivido la quinta parte de mi vida en mi entrañable tierra castellana, en mi querida tierra manchega, pero fue el primer barro que pisé, el primer pan que comí, el primer vino que bebí, las primeras y más hermosas palabras que escuché acompañadas de tiernos besos de madre, o aquellos abrazos acompañados de pinchantes besos de padre, los primeros relatos que escuché fueron de los labios de aquel hombre soñador que anhelaba con escapar de una tierra que maltrataba a sus hijos. Soñaba con marcharse a la República Argentina para ser libre, decir todo lo que pensaba y gritar libertad en lugar de murmurarla. para Campesino, acostumbrado al duro trabajo, no tenía miedo a los callos en las manos, sino a lo que pudiese venir después, que, en muchas ocasiones el pedrisco lo arrasará era una de ellas, pero no la única, soñaba la lluvia como soñaba con la libertad. Alguien le dijo que allá tenían cinco cosechas al año, que llovía y tenía inmensas llanuras para gritar el sagrado nombre de la libertad, y si, además, podría tener cinco cosechas al año, ¿qué más podía pedir?

Allí, en Pinarejo aprendí la magia de las letras, como la misma palabra podía sonar como un insulto o como la más tierna de las caricias. Todavía recuerdo aquellos cuentos de doña Maruja, mi primera maestra, y la curiosidad que despertaron en mi.

Allí aprendí el nombre de las estrellas, reales o inventadas, que me señalaba mi padre mirando la estrellada cúpula celeste. Después de él, nunca nadie me señalo con el dedo la Osa mayor.

Allí, sentí el dolor más inmenso que puede sufrir un chiquillo, y mis lágrimas se mezclaron con la lluvia de la tormenta que caía mientras llevaban a enterrar a Fermín Arenas.

Sí, nunca tuve barba, de mis casi mis cincuenta y ocho años, solo los ocho los pase allí, pero son mis raíces, mi sangre, la esencia de mi vida, digo tierra, madre, padre, hermano, pan, vino, sentimiento, risa, lágrima, alegría o esperanza y pienso en mi querida tierra castellana del norte de la Mancha, digo Pinarejo.

©Paco Arenas

domingo, 5 de febrero de 2017

Señoras y señores, me presento: soy Barro



En estos días he pensado mucho en los ausentes, en mis hermanas, en mis sobrinos y cuñados; pero, sobre todo en mis padres. Me ha dolido en el alma esas ausencias. Esto que me ocurre, aunque sea circunstancial y dure tan solo unas horas, unos días..., es maravilloso; y que tal vez sea preludio de lo que esta por llegar, va dedicado a ellos, a los ausentes. Ausencias físicas que nunca han existido en mi corazón....


Ahora que salgo en los papeles como los delincuentes, siendo honrado, es preciso que me presente:

Señoras y señores, me presento: soy barro

Soy Paco Arenas, hijo de Vicenta López, la Ciriaca, y de Fermín Martínez, el de Arenas, campesinos analfabetos que me enseñaron todo lo bueno que soy. Soy el octavo de ocho hermanos, nací cuando mis padres pensaban que el río de la fertilidad bajaba seco, y el hermano que me precedía tenía más de diez años, mientras que la mayor veintiséis. Mis padres fueron campesinos, de esos que miraban todas las mañanas al cielo sedientos de libertad y justicia —esperando ver caer la lluvia; y también, al horizonte oteando en el crepúsculo de las tierras con la esperanza de que llegasen las ansiadas nubes que mojaran las secas tierras de la Mancha, de Castilla, de España, y al llegar el día, con la alborada, esas nubes trajesen justicia y libertad…

Soy barro, barro amamantado en la besana de la injusticia y la opresión, con leche de rabia, silencio y desesperación. Sí soy barro, ablentado en la era en días de viento, para que cada una de mis palabras gritasen lo que ellos tuvieron que callar en la noche oscura de España.  

Sí, soy barro, barro amasado, no por esa lluvia que nunca mojó los surcos de la esperanza, sino por las lágrimas que derramaron esperándola y el sudor que les secó las venas.

Soy barro, moldeado por manos encallecidas, ajadas por el trabajo, la azada, la hoz y el arado.

Soy barro, del que pisaron sus abarcas, humildes como ellos, fuertes e incorruptibles como sus ideales.

Sí, soy barro, esencia del barro, que no del cieno, hijo de la tierra, las lágrimas y el sudor, de la emoción y la lucha.

Sí, soy barro, orgulloso de mi noble sangre campesina, que no igualan en nobleza la corrupta sangre de los bastardos hijos de reyes, condes duques y ricos mercaderes de sangre e ilusiones.

Sí soy barro campesino, y con ese barro fue moldeado cada uno de los pliegues de mi piel, de las formas de mis manos, de los sentimientos de mi corazón y de los sueños que engredaron ellos dos pero, también tantos otros que vivieron antes que ellos.

Soy barro, que todavía hoy, con cada gota de sudor, sangre y con cada lágrima, siento las abarcas que se hunden en la besana, que pisan el barro y sienten necesidad de ser palabras derramadas sobre los torcidos surcos de las ansias de libertad y justicia, siendo voz de cada boca amordazada, que suda, llora y sufre. 

Sí soy barro, hijo de campesinos analfabetos, soy Paco Arenas, hijo de Fermín y Vicenta, y a ellos me debo, y a ellos es a quienes no puedo traicionar, porque soy barro amasado con sudor, lágrimas y sangre.  Soy barro transformado en tinta sobre el papel, que si brilla mucho el sol sobre él, se seca y se desgarra y pierde su forma y esencia.

Sí, soy barro, pero no te equivoques, no soy el barro que se deja pisar por el tirano. Sí, soy barro, hermano de otros barros, barros que humedecen la semilla haciéndola  germinar, preñándola de sueños,  y haciendo  crecer la rosa de la libertad y la espiga de la justicia.

Sí soy barro, y como barro amasado con abarcas, soy el hijo de la lluvia y la tierra, de Fermín que murió esperando la lluvia, de Vicenta, que como tierra fértil sembró en mí las ideas de justicia y libertad de ambos. Sí, soy barro, que nadie lo ponga en duda, ni me lo discuta. Soy barro...



domingo, 20 de noviembre de 2016

Las mujeres campesinas de La Mancha, de Castilla (Fotografías antiguas)

Segadora (Gonzalo) Bilbao 1921


A ellas.
Las mujeres campesinas de Castilla, de La Mancha, son las mujeres de mi familia. Mi mundo infantil estuvo rodeado de aquellas mujeres campesinas que formaban mi familia. Las mujeres de mi familia, al igual que el resto de las mujeres campesinas, eran mujeres luchadoras y hacendosas, que incluso cuando se paraban a cascar (hablar) estaban haciendo algo, zurciendo algún pantalón, unos calcetines, tejiendo aquellos calcetines de lana o de algodón duro o lona, que servían de complemento a la abarcas campesinas, haciendo un jersey, una bufanda. En ellas la faena de no se paraba por muy interesante que fuese la casquera. No recuerdo ningún instante en que aquellas reuniones a la sombra del bombo de la Divina Pastora, estuviese alguna mano sobre mano.

Hecho la mirada atrás y las veo preparando la comida junto a la lumbre, atizando las ascuas para colocar el puchero, preparando la matanza, picando la carne del cerdo, limpiando las tripas, haciendo los chorizos, preparando la cebollas para las morcillas, preparando la comida para marchar al campo…


Veo a aquellas mujeres, subidas al carro, tapadas hasta los ojos para ir a coger la aceituna, a segar, a vendimiar, a la par de los hombres. No eran menos que los hombres ni permitían serlo, tal vez no tenían la fuerza que ellos, pero en destreza les ganaban. Recuerdo a mi hermana Felipa, ningún hombre que se puso al lado de ella le vi coger la aceituna con tanta destreza, a pesar de que su lengua no paraba un instante, heredera directa de mi padre en gracia, sus chistes y ocurrencias hacían que hasta un trabajo tan duro como era la recogida de la aceituna, la vendimia y la plantación de ajos, fuesen instantes agradables.
Veo a las mujeres de La Mancha preparar la masa para hacer magdalenas, mantecados, galletas e incluso el pan para llevarlo al horno del callejón de la calle Nueva. Las puedo ver amasar con maestría aquellos panes redondos que se depositaban en el escriño para guardarlos en la alacena y que debía de durar los quince días que permanecía el horno cerrado.
Cuando las lavadoras no existían y se debía lavar a mano en artesas de madera o iban al arroyo a lavar, con aquella agua fría que cortaba las manos encallecidas de aquellas fuertes mujeres, hechas  al duro trabajo del campo, al sufrimiento y la lucha cotidiana de sol a sol y de propina no paraban ni a la luz del candil.

Cosiendo al sol, escuchando la radio o en entretenida conversación, sin que los labios entorpeciesen la labor de las manos, que agiles  tejían un jersey o una bufanda, zurcían unos calcetines o echaban remiendo a unos pantalones.
Mujeres zurciendo al sol.

Las veo yendo a la fuente con los cántaros, recuerdo una vecina que era capaz de llevar un cántaro en cada costado y un tercero en la cabeza. Las veo lavando a mano, en la artesa, preparando el jabón con sosa cáustica y aceite, fregando aquellos suelos rojizos de baldosas de barro, de rodillas, tal vez esa mujer manchega, castellana de pura cepa, tan solo se ponía de rodillas para fregar, o las creyentes, que no era el caso de mi madre, para rezar.
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