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miércoles, 24 de septiembre de 2025

La rebelión de la hormiga

 



La grandiosidad de la piedra,

la pequeñez del individuo:

todo es relativo.

 

Como el éxito.

Como el fracaso.

 

Quien sueña con conquistar la luna

puede sentir que no alcanzarla es un fracaso.

 

Pero quien siembra con sus manos,

y cosecha el fruto,

ha ganado una batalla silenciosa.

 

Quien, siendo analfabeto, aprende a leer,

y al leer descubre cómo escribir su nombre,

logra una revolución íntima.

 

Juntar letras desordenadas

y darles sentido

es, en sí mismo,

un acto de emancipación.

 

Quien no aspira a nada concreto,

pero sube peldaños

sin haber imaginado siquiera el primer escalón,

también triunfa.

 

Sembrar palabras.

Recolectar libros.

Subir sin metas impuestas,

sin objetivos ajenos.

Disfrutar simplemente

del acto de escribir...

eso es éxito.

 

Éxito sin medallas,

sin aplausos,

pero con dignidad.

 

Sin renunciar a los principios

que me definen como persona.

 

La hormiga que carga un grano de trigo

no mueve montañas,

pero en su insignificancia

hay una fuerza silenciosa.

 

Sí, todo es relativo.

 

No aspiro a mover la piedra.

Me basta con mover el grano de trigo.

 

Sembrar palabras.

Recoger renglones.

 

Soy tan pequeño como la hormiga,

tan fuerte como ella.

Y como la hormiga,

si me pisan,

me revuelvo y muerdo.


De mi poemario: 


Disponible en Amazon:  Palabras calladas


miércoles, 18 de diciembre de 2024

La noche que hablé con don Juan Tenorio


Era una noche fría
en las puertas de un monasterio
de la castellana Guadalajara.
Sentí miedo, no lo niego,
mis palabras parecían flores muertas,
salidas de mi temblorosa boca
desde lo más profundo de mi sueño.
—¿Buscas a Inés entre los muertos?
Sentí la sed de los desiertos,
quise huir del azogue del espejo
atrapado sobre sábanas revueltas.
—No huyas, que ella te espera
sin prisas en la castellana Guadalajara
para besarte los labios
en la noche de los muertos.
—Tengo prisa,
muchas cosas que hacer,
labios que besar,
para, para, no tan deprisa.
No quiero pararme escuchar
palabras de Dios o del Diablo.
—Dios o diablo,
¿qué más da,
si ninguno de los dos te ha de escuchar.
Ella te espera,
y no podrás escapar.
—Me voy lejos,
Pongo tierra de por medio.
No he de besar labios
que no amé ni amo.
Que espere sentada
en los salones de los palacios
que nunca he de pisar.
—Corre, corre,
que ella te está esperando
con sus hábitos desgarrados
y sus labios de muerta,
su matriz huera
y su risa silenciosa,
paciente tu llegada
en la Castellana Guadalajara.
Paco Arenas en Guadalajara-Castilla 2 de noviembre de 2019

viernes, 10 de noviembre de 2023

¿Y si volvemos?



 

¿Y si volvemos?

 

 

—¿Y si volvemos, amigo Sancho, a esa aldea sin nombre?

Me agobia el sonido de los gritos,

las mentiras que ocultan la razón

como la piel de una granada agria.

No hay vencedores en estas batallas

ni refugio en estas calles asfaltadas

de negro alquitrán,

solo gritos y odios tras cada palabra pronunciada,

con una trinchera en cada esquina.

No quiero enarbolar ninguna bandera,

si he de disparar un fusil.

 

 

 

—¿Volver a dónde, amigo Alonso?

No hay escapatoria,

mira esa gente

que arrastra cadenas,

lanzan piedras

sin esperar razones.

¿No ves los duros olivos secos?

¿De dónde arrancará la paloma la rama,

si la lluvia no la hace crecer?

¿Acaso crece la vida en el alquitrán

o bajo los adoquines ensangrentados?

 

 

—No me digas eso, Sancho, amigo.

No te rindas, que eres mi sostén.

Si lo haces,

¿quién romperá las cadenas de esta prisión?

Miénteme,

dime que en España habrá paz,

que Caín y Abel,

no andan a garrotazos,

sin esperanza

de escapar de las garras

de esas dos Españas

que han de helarnos el corazón...

 

 

 

—Olvídate, Alonso,

Esta tierra se ha olvidado la dirección,

queriendo ir a la catedral,

llegó al camposanto.

Esta España se olvidó de que cada palabra

trabaja más que el cañón que dispara la bala.

Se arrodillan a rezar,

y no saben lo que es perdonar.

No, amigo Alonso,

No te voy a engañar.

Si quieres volvemos a nuestro lugar,

pero no allí encontrarás la paz,

ni aunque te marches a la cara oculta de la luna,

lo has de lograr.

 

 

—Dame tu bota de vino acedo,

Lo beberé con ansia,

que no me he de emborrachar,

y si lo hago,

me olvidaré de esta tierra

que tanto me ha desilusionado.

Necesito huir,

para no sentir este dolor

que me parte el corazón

desde que amanece,

hasta después de esconderse el sol,

desde que la luna sale,

hasta que el arrebol de la madrugada

tiñe de rojo la esperanza.

 

 

—¡Vámonos!

Aunque, Alonso, no esperes escapar,

esto se llama España,

y ni en la más recóndita aldea,

hay refugio ni escapatoria.

Resulta inútil huir,

somos unos cafres

de bocas desaforadas,

cerebros que se olvidaron de pensar

y corazones que se olvidaron de sentir.

Esto, querido amigo,

no lo remedia ni el bálsamo de Fierabrás.

 

 

 

—Tal vez, amigo Sancho,

la huida no nos traiga la paz,

ni en la cara oculta de la luna,

pero lo que tengo seguro

es que nunca serán las balas,

los gritos,

las mentiras

o las peleas,

las que nos den tranquilidad.

—Sin saber rezar,

no teniendo nada que añadir,

ni reconociendo otro dios

que el sentido del poco conocimiento que tengo,

no siendo objetivo,

como no lo son quienes se cargan de razón,

por quijotear algo,

siendo Sancho,

solo puedo decir, y digo, amigo Alonso:

¡Amén!

 

 

—Y yo,

para tener la última palabra,

no por ser tú escudero

y yo caballero,

sin tener vocación

de predicador de ningún dios,

te digo amigo Sancho:

Amen, amen...

Así, sin tilde ni peros…

O mejor,

como dicen que dijo un tal Jesús:

Amaos los unos a los otros…

Porque sólo el amor nos traerá la paz.

¡Amén!


 


©Paco Arenas a 9 de noviembre de 2023

sábado, 31 de diciembre de 2022

𝓢𝓸𝓵𝓸 𝓵𝓸𝓼 𝓹𝓪𝔂𝓪𝓼𝓸𝓼 𝔂 𝓵𝓸𝓼 𝓵𝓸𝓬𝓸𝓼 𝓱𝓪𝓫𝓵𝓪𝓷

Pocos cuadros como este del pintor francés Marcel Nino Pajot representan mejor lo que es España


𝓢𝓸𝓵𝓸 𝓵𝓸𝓼 𝓹𝓪𝔂𝓪𝓼𝓸𝓼 𝔂 𝓵𝓸𝓼 𝓵𝓸𝓬𝓸𝓼 𝓱𝓪𝓫𝓵𝓪𝓷



Saturno devora a sus hijos,

sin remordimientos,

con cerveza y mejor vino.

Ejerce su libertad

sin escuchar a la madre que los parió

a la sombra de un almendro en flor,

 como buen padre, los ama,

 es un buen patriota.

 

 

El diablo da vueltas a la noria

echando espuma de cerveza por la boca,

lleva el látigo en la mano

y como aquellos viejos tiranos

atiza al españolito desnudo

que se alimenta en pesebre vacío,

tragando hiel y sal a falta de grano

sin resolver su enigma suicida,

pero callado y agradeciendo tener amo.

 

 

España tierra pisoteada

por pezuñas de caballos

 sin herrar,

que algunos llaman «mercados».

Mecenas de misa y rosario diario,

que en nombre de la Patria

despojan y escarnecen sus entrañas

sin dejar que crezcan espigas y amapolas

donde antes hubo miradas libertarias.

 

 

España, donde la verdad impuesta por Saturno,

 jamás vomitará a sus hijos que tragó

sin llegar a digerirlos.

Don Quijote, ese loco payaso,

 se enfrenta a los gigantes

con jumento escuálido,

incapaz de deshacer el entuerto

de una España adormecida

que sufre y calla, cuando no aplaude

a quien le roba el alma.

 

 

Sancho, ese loco pensante,

trabajador y borracho, «quijotea»

sin huir ante la avalancha que se le viene encima,

y con una desnuda piedra, lucha.

Siempre supo que los tiranos ganarían la batalla.

Resiste, lucha y no calla,

no es cuestión de valentía

sino de llenar la cesta vacía.

 

 

El diablo, vestido de patriota,

tapa sus vergüenzas con hermosas palabras:

España, Libertad, Justicia, Constitución…

Sin embargo,

tiene el mismo látigo de los tiranos de antaño.

Don Quijote lo sabe y lucha,

 Sancho lo sufre y escupe a la tierra que maltrata a sus hijos,

mientras todos callan.

España ¡Qué pena!

Siempre la misma historia,

Siempre la boca callada, como siempre.

 

 

Solo los payasos hablan

y sin perder la sonrisa

gritan las verdades del barquero

en el desierto de los locos.

Los locos cabalgan sobre escuálidos jumentos

enfrentándose a gigantes,

saben que tienen la batalla perdida,

el alma y la bandera hecha jirones,

y necesitan darla, sin rendirse.

La libertad no puede ahogarse

en una caña de amarga cerveza.

 

 

Sancho y don Quijote,  

como tantos otros

payasos ilusos,

nunca callan

y ante la perdida batalla,

no se resignan a darse por vencidos.

Si han de morir de todos modos,

prefieren reír a llorar,

ser semilla de amapola,

que estiércol en el penal.

 

 

Solo los payasos hablan

tras la sonrisa pintada

 que esconde la tragedia hispana.

Los ilusos y soñadores,

con la piel hecha jirones por bandera,

no pierden la esperanza.

Los locos y los borrachos dicen la verdad...

¿Y los poetas?

Solo si están locos o borrachos,

de lo contrario,

callan como si fuera viernes de cuaresma.


© Paco Arenas-Escritor

sábado, 17 de septiembre de 2022

Mis dedos

 


Cada vez que mis dedos,

 de campesino viejo,

se arrastran por el teclado,

salen palabras;

que se confunden con antiguas primaveras,

olvidadas.

Caen las letras,

una a una,

como granos de trigo,

tal vez de cebada,

que el arado entierra en los surcos perdidos de mi memoria,

esperando con renovadas ansias

la lluvia

y el fulgor de la luna.

Las nubes, esas ansiadas nubes,

 llegan generosas,

al menos eso piensa este sembrador de letras,

al que le faltan tantas palabras por escribir

que no sabe si lo aguantaran sus canas

o, por el contrario,

esas letras,

las que quedaron en sus recuerdos,

perecerán entre las llamas

perdidas de los caminos del olvido,

donde vuelen mis cenizas

entre viñas y olivares

de las tierras de Castilla.

No, no irán esas palabras olvidadas al cielo,

donde dicen que van los poetas,

a los campesinos nos gusta la tierra que pisamos.

Tampoco irán al infierno,

donde van los ricos mercaderes,

reyes,

 vividores,

ladrones

y filibusteros de múltiples calañas,

 todos con mucho dinero,

o que viven de los sudores ajenos.

Los pobres,

los pobres no tenemos

para tan largos viajes.

Por no tener,

no tenemos siquiera vergüenza,

y si bien damos los buenos días,

es porque son de balde.

No respetamos ni al rey,

tampoco a la madre que lo parió,

y nos importa un bledo quién fue el padre que lo engendró,

y es que la vergüenza

se nos fue,

o se lo llevaron,

como todo,

 los ladrones,

que con la patria por bandera,

 y la desvergüenza

de los hipócritas como dioses,

se llevan los pobres los sudores,

que caen

por los agujeros de nuestros bolsillos rotos.

Bien sé

que estoy loco,

no tanto como para reconocerlo,

o quizás estoy cuerdo,

lo suficiente como para saber que estoy loco.

No obstante,

las palabras levantan polvo

y lloran lágrimas,

 tantas que pueden provocar inundaciones

 y en medio de las más escandalosas tormentas

hacer germinan las semillas en los corazones,

 calmando la sed

de los sedientos ruiseñores...

Y cuando se acaba el folio,

me quedan tantas palabras por escribir,

que sueño,

que son abejas que gritan

el sagrado nombre de la LIBERTAD.


Paco Arenas

viernes, 16 de septiembre de 2022

¡A desalambrar! - «Plagio» homenaje a Víctor Jara


Decía que cantaba por cantar, no por tener buena voz, cantaba porque la guitarra trabajadora con olor a primavera tenía sentido y razón. Nunca fue su guitarra de ricos, ni cosa que se le parezca, su canto fue para los de los andamios. Su canto cantaba las verdades de la sangre que palpita en las venas, no las lisonjas fugaces, sino el canto de los pescadores en las lonjas y de los mineros en el fondo de la tierra.

La tierra era de quien la trabaja, de Pedro y María, de Juan y José, por eso preguntó a los presentes con su voz de juglar:

Si no se han puesto a pensar que esta tierra es de nosotros y no del que tenga más. Volvió a preguntar si en la tierra nadie habrá pensado que, si las manos son nuestras, es nuestro lo que nos den.

A desalambrar. A desalambrar, Que la tierra es nuestra, tuya y de aquel, de Pedro y María de Juan y José, ¿por qué otros se llevan el fruto?

Molestaba con su canto, y muchos no lo querían oír. Les aseguro que no todos eran gringos, que quienes mataron al ruiseñor, siendo traidores a la patria, decían defender su bandera, mercenarios al servicio de los dueños de aquel país, que como todos quienes se consideran dueños, roban y matan a todo aquel que canta la verdad.

Le cortaron los dedos para que no tocara  la guitarra con sentido y razón.  Callaron la voz del poeta un 16 de septiembre de 1973, y en  España, comenzamos a cantar A desalambrar, que la tierra es nuestra, tuya y de aquel, Vientos del pueblo «Quieren ocultar la infamia que legaron desde siglos, pero el color de asesinos no borrarán de su cara. Vientos del pueblo me llaman, vientos del pueblo me llevan, me esparcen el corazón y me aventan la garganta.»   Así cantará el poeta mientras el alma me suene por los caminos del pueblo desde ahora y para siempre....

 Y mientras corría la sangre por las calles de Santiago, en España a ritmo de Manuela, intentábamos librarnos del sangriento yugo de un dictador criminal.

A desalambrar, a desalambrar, en Chile, Argentina, Paraguay, América entera, y también en España ¿por qué no en este podrido reino que un dictador impuso a un ladrón como heredero…?

A desalambrar, a desalambrar…


Te recordamos Víctor.

Texto realizado partiendo de dos de sus canciones: Manifiesto y a Desalambrar.

 

Paco Arenas 16 de septiembre de 2021

 

jueves, 6 de enero de 2022

Padre nuestro, que dicen que estás en los cielos...

 



Padre nuestro,
que dicen que estás en los cielos…
Padre nuestro, que dicen que estás en los cielos…
si no estás, deja al menos
la llave del horno.
Que no falte el pan hoy,
ni mañana,
ni nunca.
No nos dejes caer en la tentación
de cerrar puertos,
de mirar a otro lado,
de ahogar en sal la risa
de los hambrientos.
Que el pan no sea papeleta de urna
ni promesa de campaña.
Que quien huye de la guerra
no pague en vallas y concertinas,
con su sangre derramada,
tu silencio televisado.
Camina con quien ve tu rostro
en la miga que le arrancan de la boca.
Con el que se queda mirando el escaparate
de una pastelería,
o la olla vacía en el desierto de Gaza,
como si fuese un banquete
en el que sirve, sin sentarse a la mesa.
Dijiste: «No solo de pan vive el hombre»,
pero sin pan no vive nadie.
Se mueren los verbos,
se apagan las risas,
se vuelven sermón las tripas,
y los hipócritas miramos al cielo
esperando milagros.
Baja —si estás—
y echa a patadas
a los mercaderes de armas del templo,
y de los palacios a los traficantes.
Haz tu milagro favorito:
multiplica hogazas, no escaños.
Menos hostias consagradas,
más mesas largas.
Que no les falte el pan,
ni la risa,
ni la alegría,
sean del país que sean,
recen a cualquiera
de los dioses ausentes.
Hay pan para todas las gargantas,
e hipocresía para todos los corazones,
incluido el mío.
El pan nuestro de cada día,
fruto de manos y tierra,
que no les falte hoy,
ni mañana,
ni nunca.
Padre nuestro,
que dicen que estás en los cielos…

 

Padre nuestro, que dicen que estás en los cielos...


© Paco Arenas (un hipócrita más)


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