sábado, 17 de septiembre de 2022

Mis dedos

 


Cada vez que mis dedos,

 de campesino viejo,

se arrastran por el teclado,

salen palabras;

que se confunden con antiguas primaveras,

olvidadas.

Caen las letras,

una a una,

como granos de trigo,

tal vez de cebada,

que el arado entierra en los surcos perdidos de mi memoria,

esperando con renovadas ansias

la lluvia

y el fulgor de la luna.

Las nubes, esas ansiadas nubes,

 llegan generosas,

al menos eso piensa este sembrador de letras,

al que le faltan tantas palabras por escribir

que no sabe si lo aguantaran sus canas

o, por el contrario,

esas letras,

las que quedaron en sus recuerdos,

perecerán entre las llamas

perdidas de los caminos del olvido,

donde vuelen mis cenizas

entre viñas y olivares

de las tierras de Castilla.

No, no irán esas palabras olvidadas al cielo,

donde dicen que van los poetas,

a los campesinos nos gusta la tierra que pisamos.

Tampoco irán al infierno,

donde van los ricos mercaderes,

reyes,

 vividores,

ladrones

y filibusteros de múltiples calañas,

 todos con mucho dinero,

o que viven de los sudores ajenos.

Los pobres,

los pobres no tenemos

para tan largos viajes.

Por no tener,

no tenemos siquiera vergüenza,

y si bien damos los buenos días,

es porque son de balde.

No respetamos ni al rey,

tampoco a la madre que lo parió,

y nos importa un bledo quién fue el padre que lo engendró,

y es que la vergüenza

se nos fue,

o se lo llevaron,

como todo,

 los ladrones,

que con la patria por bandera,

 y la desvergüenza

de los hipócritas como dioses,

se llevan los pobres los sudores,

que caen

por los agujeros de nuestros bolsillos rotos.

Bien sé

que estoy loco,

no tanto como para reconocerlo,

o quizás estoy cuerdo,

lo suficiente como para saber que estoy loco.

No obstante,

las palabras levantan polvo

y lloran lágrimas,

 tantas que pueden provocar inundaciones

 y en medio de las más escandalosas tormentas

hacer germinan las semillas en los corazones,

 calmando la sed

de los sedientos ruiseñores...

Y cuando se acaba el folio,

me quedan tantas palabras por escribir,

que sueño,

que son abejas que gritan

el sagrado nombre de la LIBERTAD.


Paco Arenas

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