viernes, 15 de marzo de 2019

Carlota y el pan



Esbozo del relato Carlota y el pan

Las campanas de la Iglesia de San Felipe Neri daban la una del mediodía cuando la madre derramaba el humeante cazo sobre los platos donde algo que parecían fideos nadaban a sus anchas.
—Yo sin pan no sé comer —protesto Mariana, metiendo la cuchara en el plato.
—Pues comes. No nos quedan cupones —dijo el padre maldiciendo por lo bajo para no ser oído.
Juan sabía que le daban menos cupones que los que le correspondía de acuerdo al número de personas que había en la casa, y que luego el alcalde se los daba a quien él quería o los vendía al mejor postor; pero, Juan no era afecto al Régimen, no podía protestar, tampoco tenía dinero para pagar al alcalde el valor que pedía por cada cupón demás, y al tahonero, pobre hombre, le debía ya cinco panes, y si fiera él el único:
—Don Juan, mira.
El panadero todavía le llamaba don Juan, como cuando era maestro en las escuelas Aguirre, entonces no pedía el pan prestado. Dando una rápida ojeada alrededor para asegurarse de que nadie lo veía, le enseño una libreta que en su tapa había escrito con letra casi ininteligible «Gollería», llamándole la atención esa extraña palabra, que él como maestro que era le resultó extraña. Estuvo a punto de preguntar, pero fue el panadero quien le sacó de dudas:
—Aquí, en la joyería apunto a los que me dejan pendientes el pago, la tengo llena, la joyería la tengo llena de pendientes, pero no de oro, sino de deudas.  Yo le daría un pan, como otras veces, pero ya los tengo reservados para doña Gertrudis y doña Eulalia. Además, si no pago, no me traen harina, ya sabe lo mal que está el asunto, don Juan. Pase mañana a ver si puedo hacer algo…
Juan agachó la cabeza, no sabía otra cosa que trabajar de maestro, aunque había intentado en otros trabajos, pero tampoco había muchos dispuestos a darle trabajo. En el verano medio trabajaba, pero en el invierno se las veía y deseaba. Aquel invierno había sido muy duro.  Le dio las gracias a Tomás el panadero y se cruzo con la mujer del alcalde y del médico, precisamente a quienes le había dicho el panadero que les tenía reservados los panes que le quedaban. Pensó en pedirles por Dios que le cediesen uno de aquellos panes. Su orgullo se lo impidió. Ya en una ocasión le rogó a doña Eulalia que le pidiese a su marido, el alcalde que le diese todos los cupones que le correspondían, o que al menos intentase que le volvieran a dar plaza en la escuela como maestro.
—Haberlo pensado antes de hacerte comunista…
—Doña Eulalia, yo no soy comunista…
—Eso lo decís todos, señal de que lo sois. Ahora te jodes, y reza para no ir al penal, que si mi marido no fuese un buen cristiano…
—Soy un buen cristiano…
La mujer del alcalde lo miro con desprecio, y le cerró la puerta. Él agachó la cabeza, sabiendo que, a pesar de todo, era cierto, el alcalde evitó que pasase por la cárcel, lo avaló a cambio de todos los pocos ahorros que tenía la familia del maestro.
 Juan se quedó fijo en aquellos panes que sobresalían por encima de las cestas tapados con un paño a cuadros, el aroma a pan recién cocido le llegó, sintiendo el ansia de arrebatar aquellos panes.  Las dos mujeres giraron la cabeza para no mirarlo. Juan continuó su camino, si saber si aquel día o los que quedaba conseguiría algún cupón para dar de comer a sus hijos, y estaban a mitad de mes. Aceleró el paso en dirección a su casa  con rabia y «resignación», no necesariamente cristiana.   
—Sabe a agua —protestó Pedro, alzando la voz por encima de su cabeza.
—No hay otra cosa —dijo el padre dándole una colleja al chiquillo —, collejas con fideos, es lo único que tenemos.
La madre lo miró, él se encogió de hombros, musitando para sus adentros:
—Si los conejos no se mueren con la hierba…
—Mira las vacas que hermosas que están —contestó su marido como si le leyese los labios.
La madre movió la cabeza de un lado a otro, repartió la sopa de fideos entre sus cinco hijos y su marido, y quedó el puchero vacío y dos platos sin nada que poner, el suyo y el de la pequeña Carlota, «La Comino», por lo pequeña y espabilada que era. Entonces miro para todos lados. Carlota no estaba, y juraría que antes de comenzar a repartir estaba alrededor de la mesa. Comenzando a llamarla con grito ascendente, seguida por el resto de la familia, que; aunque, con hambre, lo primero era la chiquilla. Comenzaron a buscarla hasta debajo de la cama, en el corral y en la cámara. No estaba. Asustada salió a la calle, vio a lo lejos a doña Gertrudis hablando en animada conversación con doña Eulalia en las escaleras que suben a la Iglesia de San Felipe Neri. Eran la mujer del alcalde y del médico, respectivamente, Ambas terminaron de subir la cuesta y se metieron en la iglesia. Entonces, pegado a la pared, vio un pan más grande que la chiquilla que lo portaba.  Asustada la madre, se echó las manos a la cabeza.
—¡Dios mío! ¡Santísima Virgen de los Dolores, la Pasionaria! —Llegó a gritar internamente sin sacar la voz al aire.
La chiquilla, como si hubiese escuchado el grito que su madre no pronunció, sacó su cabecita por encima del pan con cara de asustada, que al ver a la madre cambió por una sonrisa de oreja a oreja.  Estiró de un brazo de la chiquilla, provocando que se le cayese el pan, pero Teresa, no dejó que el pan tocase el suelo.  Al salir de la iglesia, doña Eulalia ni se percató de que en lugar de dos panes llevaba uno.
—Dios me da fuerzas, no hay nada como ser buena persona —, llegó a pensar.
No se preguntaron si habían visto a la chiquilla o no coger el pan de la cesta de doña Eulalia, destruyeron las pruebas antes de que las dos beatas salieran de la Iglesia, solo entonces se percató la mujer del alcalde de que su cesta pesaba bastante menos.   


©Carlota y el pan
©La guerra ha terminado
©Paco Arenas


También  puedes leer los primeros capítulos de la novela Magdalenas sin azúcar AQUÍ

miércoles, 13 de marzo de 2019

«MAGDALENAS SIN AZÚCAR» Reseña de Santiago Sánchez Calle (Profesor de Historia Moderna y Contemporánea)


                                          


Son muchas las reseñas que en casi un año ha recibido «Magdalenas sin azúcar», todas en el mismo sentido, lo cual, aunque a mi me esté mal decirlo «me llena de orgullo y satisfacción». Todas y cada una me han alegrado el día. Esta en particular la esperaba con ansiedad, conozco a Santiago Sánchez, ya muchos años. Es un hombre sabio, con el cual disfruto de la conversación, sobre todo como oyente. Santiago Sánchez es un erudito, un enamorado de la historia, experto en el mundo árabe, pero también en la historia española y universal, un saco de de conocimientos que no tiene fin y que siempre sorprende, cual mago que con su varita mágica saca continuamente conejos de su chistera.Creo, que esta reseña es la más larga con diferencia que nunca se ha escrito sobre Magdalenas sin azúcar, la más exhaustiva de todas. Me ha emocionado, especialmente el final.
Muchas gracias Santiago 

Puedes leer los primeros capítulos de la novela Magdalenas sin azúcar AQUÍ

«MAGDALENAS SIN AZÚCAR»

                                        DE PACO ARENAS


De los tres trabajos literarios publicados por Paco Arenas que han llegado a mis manos y que he leído, - «Los manuscritos de Teresa Panza», «Caricias rotas» y «Magdalenas sin azúcar»- es esta última en la que se nota una mayor maduración literaria, más trabajada, una mejor estructuración de la trama y una consolidación de su estilo.

   «Magdalenas sin azúcar» se encuadra en el género literario de novela de posguerra, de la guerra (in)civil española.

   Es un tipo de novela «testimonio» de la dura realidad, de estilo directo. Nos atrapa desde el primer momento y mantiene su interés, pese a la dureza del relato, hasta el final. Es, por tanto, un trasunto de la vida española de la posguerra, y principalmente se detiene en la difícil -a veces imposible- vida del vencido en la dos primeras décadas posteriores a la guerra (in)civil española.
   Los manuales de literatura, al referirse a la narrativa de esta época, nos hablan de la novela existencial de 1.940 y social en la década de 1.950 y dentro del realismo social.

   Nos explicaba el profesor José García López, en su «Historia de la literatura española» (págs 732-733), que la novela existencial de 1.940 es el impulso inicial de los escritores de esta generación que acaban de sufrir la terrible experiencia de la guerra, es el abordar la cruda realidad sin subterfugios esteticistas ni convencionalismos sedantes.

   Y la novela del realismo social pondrá todo su empeño en quedar reducida a un simple «testimonio» de la realidad, limpio de notas afectivas...[...] de lo psicológico y existencial se pasa ahora a la escueta descripción de las características sociales, con finalidad claramente ética, como obedeciendo a un programa de frío y, por lo mismo, eficaz realismo. El lenguaje se orienta...[...] hacia las formas de lo familiar y coloquial […] con abundancia de diálogo...
   Pues bien, parece como si Paco Arenas hubiese tenido en cuenta lo que afirma el profesor García López a la hora de escribir su novela.

   Pero Paco Arenas no conoció la guerra, y de la posguerra, nació, creo hacia el final de  la segunda década de la posguerra -años cincuenta-, tal vez por eso no me ha extrañado que no haga alusión a las “Cartillas de Racionamiento” (de los «años del hambre») que yo, que nací cuando aún no habían pasado tres años y medio del fin de la guerra, sí conocí; así como la fila de hombres y mujeres ante el «Auxilio Social» para recibir comida

   El autor nos describe ambientes  y personas, de vidas de persecución, de miedo, de acoso, de cárcel, de violencia, de humillación, de zozobra, de inquietud, de sospecha, de desconfianza, de vigilancia, de incertidumbre, de exclusión, de iniquidad, de hambre, de desgarro, de miseria, de migración, de exilio y, sí, también de magdalenas sin azúcar. La exaltación fanática y autoritaria de la victoria es constante y machacona y se adoctrina en ello desde la escuela, para que no se le olvide al derrotado quién es.

   También describe a unos tipos humanos brumosos, injustos, crueles, hipócritas, rencorosos, carentes de la generosidad que debe tener el vencedor y donde el odio se impone por doquier.

   Hubo personas del ámbito de los vencedores que intentaban tímidos acercamientos hacia algún vencido, pero era arriesgado y peligroso, pues podía ser señalado, podía tener problemas si tenía contacto con algún vencido, (con quien había que hablar en voz queda) había que andar con tiento, era un apestado que, por antonomasia era tildado de «rojo». Era como en el S. XVI, cuando un cristiano tenía trato o contacto o se relacionaba con alguien sospechoso de judaísmo, herejía o islamismo. El cristiano viejo o nuevo, podía terminar ante un temido Tribunal de la Santa Inquisición o Santo Oficio.
   La cosa más simple o nimia podía costar muy caro. Yo recuerdo que, cuando ya era funcionario y empecé a trabajar en la docencia (con envidiables 23 años; años sesenta), tuve un compañero ya mayor, -Roberto se llamaba- quien me explicó que él había estado depurado y expulsado del Magisterio y que hacía pocos años que lo habían reingresado. ¿Motivo de su expulsión? Me explicó que lo acusaron de leer, antes de la guerra, un periódico liberal (lerrouxista). «Leía el único periódico que llegaba al pueblo donde vivía» -me dijo. A mi compañero Roberto le costó caro la lectura.

   Paco Arenas ha tenido que usar más la memoria que la imaginación. La memoria, porque su relato es una plasmación a su vez de los diversos relatos que, sin duda, como todos los niños de la posguerra, escuchamos. Y Paco Arenas también escucharía de niño y de adolescente relatos de guerra y posguerra a sus familiares mayores, allegados, conocidos de confianza, amigos... El mismo autor así lo da a entender en su «Advertencia necesaria».
  Y la imaginación la ha utilizado para cuadrar el puzle y adjudicar a los personajes lo que verdaderamente acaeció a otros seres reales, para urdir la trama de su narración; no hay mucha ficción, son hechos reales ocurridos a distintas personas, en distintos lugares y en distintos momentos.

   Pero donde Paco Arenas pisa fuerte, con seguridad y firmeza, donde se encuentra cómodo, es en su relato y descripción del mundo rural; lo domina, lo conoce y lo especifica bien, con acierto y destreza. Conoce su vocabulario, su jerga, sus conversaciones cotidianas, sus usos y costumbres e, incluso, la psicología de sus habitantes, de forma que los lectores urbanitas o los jóvenes rurales tendrán que echar mano, más de una vez, del diccionario, ya sea digital o en papel.

   «Magdalenas sin azúcar» es un libro que deberían leer y tener presente, todos los jóvenes que alcanzan la mayoría de edad -estudiantes, trabajadores-, para que conozcan el pasado reciente de sus padres, abuelos o bisabuelos; que nada cae del cielo, excepto la lluvia, la nieve, el granizo o los rayos; que lo que tenemos, sí, con muchos defectos e imperfecciones, pero ha costado mucha lucha y mucho sacrificio, y a ellos les toca ahora no sólo mantenerlo, sino mejorarlo.
                                                                                                          
   Santiago Sánchez Calle (Profesor de Historia Moderna y Contemporánea)

Puedes leer los primeros capítulos de la novela Magdalenas sin azúcar AQUÍ

lunes, 11 de marzo de 2019

Reseña de Magdalenas sin azúcar, escrita por Ana G. Hernández‎ (Acompáñame con un libro)


Buenos días, comparto mi reseña u opinión personal del libro Magdalenas sin azúcar, del escritor Paco Arenas.

SINOPSIS:
Prólogo de JAIME FLORES, (catedrático de Lengua y Literatura Española - Universidad de Puerto Rico-Río Piedras): 

Cuando llegó la novela a mis manos lo primero que me llamó la atención fue el título: Magdalenas sin azúcar. Pronto me percaté de la inmensa metáfora que esconde y q
ue afecta a casi todos los personajes de la trama a lo largo de casi un siglo.

Las personas que aparecen tan solo buscan vivir en paz, sin mentiras ni secretos que ocultar. Sin embargo, la realidad cotidiana y sobre todo las circunstancias que la envuelven, más que su propia voluntad, determinan sus vidas, provocando que tengan secretos y mientan, incluso a las personas que más aman. Los personajes evolucionan psicológicamente a lo largo de la novela de manera sorprendente, están vivos.
La narrativa es ágil y sobre todo visual, el autor busca la complicidad del lector, transformándolo en un espectador capaz de ver ante sus ojos lo que sucede, no solo en el entorno, sino también en el interior de cada uno de los personajes, haciéndole capaz de sentir los miedos e inseguridades de los mismos, sufriendo o emocionándose con ellos, como ellos.

La estructura de la novela nos mantiene en tensión, ideada para no desvelar antes de tiempo los misterios que ocultan episodios clave de la misma. Resulta extraño hoy en día una novela con preámbulo y epílogo. En esta novela ambos juegan un papel muy importante, sobre todo el epílogo, que da fuerza a toda la estructura de la trama.
Magdalenas sin azúcar es una metáfora sobre la libertad y el amor en todas sus formas, condensándose dicha metáfora tanto en el título como en la pregunta con la que se inicia y culmina la historia 


MI OPINIÓN PERSONAL:

Tengo que comenzar a comentar que Magdalenas sin azúcar es una excepcional novela.
Con la riqueza de un sobresaliente prosista, Paco Arenas nos relata la historia de una época y de un pueblo que marcarán los destinos de sus protagonistas.
Estamos ante una novela que por sí misma es casi una obra maestra, que nada y en nada tiene que envidiar a otros autores de renombre.
El autor hace gala de un perfecto estilo descriptivo a lo largo de toda la obra, no sólo de los personajes, sino de todo el entorno que los rodea, todos ellos están retratados de manera exhaustiva, pero sin cansar al lector ni interrumpir la narración. Algo muy de agradecer.
La historia está bien planteada desde el principio, escrita con exquisita corrección y manteniendo a lo largo de toda ella el interés del lector.

He encontrado un contexto muy bien trabajado y detallado, y el éxito de este excelente libro también reside en los diálogos bien elaborados.

Está narrado con una prosa hermosa y llena de sensorialidad, con un estilo muy propio y actual pues brilla con una luz muy especial.

Por todo ello, el lector que decida leer Magdalenas sin azúcar, puede llegar a sentir la necesidad de colgar el cartel de cerrado, relajarse y disfrutar, recuperando como en las mejores ocasiones, el placer que da leer una magnífica novela. ¡¡Muy recomendable!!

Ana G. Hernández.

domingo, 10 de marzo de 2019

GASCAS Vs JUNCOS (Pinarejo, Santa María del Campo Rus, Valverde del Júcar y Sant Antoni de Pormany)




No fue por casualidad, Gascas desde el principio tuvo una gran atracción para mí, siempre escuché hablar de Gascas a mis padres, conocí también a una mujer que iba con su madre a visitar a su padre al Castillo de Cuenca, aunque ellas viajaban en burro, y María en autobús. Me imaginé ese peregrinar, que mi abuela llevó a cabo durante siete largos años para ver a mi abuelo Felipe López al penal de Chinchilla de Montearagón, también las penurias que pasó para mantener a sus hijos, que todos, salvo mi madre, eran niños o adolescentes. Fue fácil recordar historias tan verdaderas como dolorosas. Así surgió Magdalenas sin azúcar, una parte de nuestra historia, de la historia de muchas familias conquenses, españolas, y como me han dicho algunas personas de las muchas personas extranjeras que han leído la novela, también es, en cierta medida, la historia de los oprimidos de la tierra, de los muertos y de sus familiares. Una historia no para abrir heridas, sino para crear esperanzas en otro mundo más humano.

Gascas fue el pueblo en el que inicialmente transcurría la novela,  fue sustituido por Juncos, un pueblo imaginario, (que realmente existe en Puerto Rico, es la ciudad de donde es natural el profesor don Jaime Flores Flores, en su honor le cambié el nombre) siendo Valverde del Júcar el pueblo que sustituí, por un imaginario San Antonio de los Llanos, digamos que también en honor al lugar donde pasé años muy trascendentales de mi vida, (San Antonio Abad, hoy Sant Antoni de Portmany, en la isla de Ibiza) pueblo o ciudad al que guardo mucho cariño.

No obstante, recalcar, que los escenarios, en buena parte, están inspirados en Pinarejo y en Santa María del Campo Rus, también algunos de los personajes de la novela. 

Acomodarme a la idea inicial del pantano de Alarcón y de los lugares como Gascas y Valverde, me hubiese supuesto tener que narrar sucesos muy graves y escabrosos. En el pantano de Alarcón y en el de Contreras trabajó mi abuelo Felipe López, en ambos pantanos paso lo que en otros muchos pantanos. Son muchas las fosas comunes de víctimas de la barbarie que se encuentran en las tierras anegadas por las aguas de Alarcón, Contreras, Benageber, Iznájar, San Simón...

Esos famosos pantanos iniciados por la República e inaugurados por Franco, todos o la mayoría, fueron utilizados como fosas comunes. Todavía se me ponen los pelos de punta, cuando recuerdo a un viejo amigo que trabajó en el de Benageber. Este amigo, me contaba como llegaban camiones de personas fusiladas (hombres, pero también mujeres) y los echaban entre el hormigón...Nada de esto aparece en la novela, tampoco va de esto. No he querido hacer una novela que pareciese un intento de reescribir la historia; aunque fuese contando la verdad.

El pantano de Alarcón se inició en 1934, y se terminó en 1955 (inauguración) y 1957 finalización. En la novela, por el contrario, la construcción del pantano se inicia en 1956. Sin embargo, varios capítulos de la novela se desarrollan en 1955, cuando la construcción del pantano era ya una amenaza cierta. Es por tanto en 1956 cuando, en la novela, supuestamente se inicia la construcción del pantano, terminándose la construcción en 1988. En ambos casos, en la realidad de Gascas(1955-dictadura) como en la ficción de Juncos (1988-democracia) se desalojan a las personas salvajemente de sus casas.

¿Por qué este cambio de fechas y lugares? Porque esto me da pie a hacer de la novela una inmensa metáfora sobre el amor, la libertad, lo auténtico y lo falso. De haber circunscrito la novela a la dictadura no se podría poner en cuestión el apéndice que hereda de la dictadura su "legalidad", que no legitimidad, en una palabra, diferenciar lo legal de lo legitimo, la democracia de una imitación fraudulenta.

Al igual que el desnudo en una persona, resulta más sugerente la insinuación, dejar latente lo que se oculta detrás de la metáfora. Haciendo posible que cualquiera que tenga la mente abierta, con indiferencia de su ideología, pueda leer la novela, y al mismo tiempo interesarse por la verdad de lo que hay detrás.

He preferido hacer una novela de personas, no de sucesos, de sentimientos, no de odios, no recreándome en lo dramático y escabroso, sino en lo cotidiano, en el amor, en las inquietudes, los miedos y anhelos; y a pesar de todo, no evadiéndome de la realidad, pero en muchas ocasiones disimulándolas bajo la metáfora poética en prosa, nunca bajo viles eufemismos, tan recurrentes en la actualidad española.

Es preciso cerrar heridas, y las heridas se cierran con la verdad, la justicia y la reparación.

Al mismo tiempo, considero, que esto ayudará a darle difusión a la novela de manera más amplia y plural; pero también, no tengo ninguna duda, a honrar y provocar en los lectores el ansia por querer saber la verdad sobre esas miles de personas que yacen bajo las aguas del pantano. Personas que nunca se encontrarán, pero que; sin embargo, jamás debemos olvidar que están allí, que cada sorbo de agua que bebemos, aunque sea una minúscula gota de sangre, de esencia de libertad, debería germinar en cada uno de nosotros. Que no sea necesario hacernos la pregunta con la que se inicia y se finaliza la novela:

—¿Quién llevará flores a los muertos de Juncos, si están bajo las aguas del pantano?

Puedes leer los primeros capítulos de la novela Magdalenas sin azúcar AQUÍ

Paco Arenas

sábado, 2 de marzo de 2019

Soledad a ras de suelo


Necesito...
no te asustes,
ni te escondas detrás de la puerta,
tampoco te cambies de acera,
ni te eches mano a la cartera,
ni riegues el pavimento con candente alquitrán
para establecer la frontera
entre lo que yo necesito
y tú no me quieres dar;
aunque me veas llorar,
y por traje lleve harapos,
no necesito tu dinero,
tampoco lo que guardas como tesoro
y no te sirve para nada...
No huyas
ni me salgas por peteneras,
si te digo
que necesito una mirada,
no lastimera,
no quiero darte pena,
ni que te pongas en mi lugar,
sería mucho rogar,
solo quiero que tu mirada
se detenga
en quien te mira desde la acera,
que más que tu moneda
necesita un abrazo.
©Paco Arenas marzo 1987

martes, 26 de febrero de 2019

Pasear por Cuenca




A ellos, a todos los «felipes» y a todas las «marías» *


Cuenca en la madrugada, sintetizada en una palabra: silencio, indiscutible herida de agua cómplice del murmullo sigiloso del Huécar que ni los gallos se atreven a romper. Vellos erizados por la emoción de recorrer las calles que tantos otros recorrieron con pasos cansados en dirección al penal donde la libertad estaba encarcelada. Pasos lentos, pero precisos, ansiosos de besar unos labios que no se podrán, porque el deseo, el amor y la libertad están encarceladas.

Pasos heridos de muerte, atravesando el puente de San Pablo, o tal vez, subiendo la cuesta de las Angustias, o cualquier calle que, desde la estación de autobuses, desde el mercado, suben al Castillo.  Pasos calculadoramente provocativos, engendrados de miedo y orgullo, miedo al llegar tarde, orgullo de quien sabe que el preso que ha de visitar es una estrella que brilla con luz propia en el castillo de Cuenca, que ansia ese beso fecundo en la distancia, que; aunque parezca locura, algún día ha de fecundar.

*Felipe y María, son los protagonistas de mi novela «Magdalenas sin azúcar». Felipe, como tantos otros conquenses, estuvo preso en el penal Castillo de Cuenca y María, como tantas conquenses, iba a visitarlo.

Puedes leer los primeros capítulos de la novela Magdalenas sin azúcar AQUÍ

©Paco Arenas


miércoles, 13 de febrero de 2019

24 de enero de 1977


La vieja maleta de cartón da para mucho, este poema de juventud lo escribí en el 6º aniversario de la matanza de Atocha.


No pasaría nada
si yo confiara,
pero no confío,
siendo que la herida está abierta
y todavía
mana sangre a borbotones, sin delicadeza.
Es la oscuridad entrelazada
la que lanza sus proclamas
en el silencio de la noche,
con tiros de pistolas bendecidas.

No pasaría nada
si yo confiara,
pero no confió,
siendo que la herida está abierta
y la locura la que riega de sangre las aceras
en días de risas apagadas,
sin otras luces
que no sean las de cuatro velas
alumbrando el féretro
 de eso que llaman patria.
Cuarenta años no  son nada...

24 de enero de 1983

sábado, 2 de febrero de 2019

La pluma como arma transformadora de la sociedad... ¿existen los escritores comprometidos?




Durante dos días estaré ausente, o casi, asistiré al Salón del autor 360º. El año pasado me gustó mucho. Sinceramente considero que es una gran iniciativa, que además han llevado a cabo amigos míos, a los cuales aprecio mucho, y pienso que todo escritor debería asistir, vale la pena.

En el Salón del autor 360º tratan temas muy interesantes para los autores, con ponentes de gran talla literaria, baste decir como Santiago Posteguillo o Rosario Raro, a ambos los escuché el año pasado y realmente fue un placer escucharlos.

En el Salón del autor 360º se tratan casi todos los temas relacionados con la literatura, incluida la promoción, edición, agentes literarios, asuntos jurídicos...

Se habla de poesía, de novela ensayo..., de casi todo, repito, de casi todo; pero, hay algo que eché en falta el año pasado, que echaré en falta este año, y que siempre se habría tratado hace unos años: el compromiso social del escritor. No está de moda expresar opiniones incomodas, resta en ventas, lo que importan son las ventas. Hay escritores que se "mojan" en las cuestiones peliagudas, pero muy pocos, la mayoría de autores y editoriales. Unos y otros renuncian al poder transformador de la pluma, algo que antes no ocurría. Pienso que están equivocados, no creo que le vaya tan mal a Almudena Grandes, para mí la mejor escritora de habla hispana de la actualidad…

Almudena Grandes es una persona comprometida que dice lo que piensa. Yo no es que pretenda compararme con ella, ya me gustaría. NO se trata de hacer literatura "ideológica", sería estúpido por parte de cualquier escritor, los escritores deben hacer literatura creativa, lo cual no quiere decir que deban renunciar al compromiso transformador por no molestar y así atraer a un mayor número de lectores. Todos los escritores deberían o deberíamos tener ese compromiso de lucha, utilizar la pluma o el teclado como arma, como espada contra la injusticia. NO podemos callarnos por miedo a dejar de vender un libro, callar ante la injusticia nos convierte en cómplices de la misma.

Claro que me gustaría que mis libros los leyese gente de todas las ideologías, no hay ningún impedimento para ello. Mis libros están escritos para todo tipo de personas, si los escribiese de otro modo, serían panfletos, y de eso es de lo que debe huir todo escritor. Podría poner como ejemplo Los manuscritos de Teresa Panza, alabados por personas de distintas ideologías, el tema suscita interés, lleva mucha más crítica social que Magdalenas sin azúcar, sin embargo, mientras que el primero resulta fácil que llegue a todo tipo de público, sin que perciban siquiera esa crítica social, el segundo, con el que he tenido exquisito cuidado en huir de cualquier atisbo ideológico, por el tema que trata, son muchos quienes jamás la leerán.

Dicho lo cual, sin caer en el panfleto y llevando a cabo una creación literaria de calidad e inteligente (no digo con esto que la mía sea de calidad y mucho menos que yo sea inteligente, si lo fuese, haría lo que hacen la mayoría, callar) se puede utilizar dicha creación literaria como arma al servicio de la gente que realmente necesita ser escuchada.
Sería ideal, para la edición del año próximo tuvieran en cuenta esta propuesta que, desde aquí, ahora, y mañana en el acto les comunicaré. A mucho más fantástico que los escritores alzaran su palabra no solo a la hora de escribir novelas o poesías contra la injusticia, también que esa fuerza transformadora sea incómoda por encima de cuestiones mercantilistas.

Paco Arenas

Mis libros:

Magdalenas sin azúcar

Los manuscritos de Teresa Panza

Caricias rotas

Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre

miércoles, 30 de enero de 2019

Días de indecisión (poema de juventud)




Días de indecisión,
de romper cada una de las palabras,
de ser patético entre los patéticos,
de dar consejos a todas horas
«prudentes»,
sin ser capaz de aplacar esas ansias de volar
que me ordenan romper los cristales
que aprisionan mi libertad.
¡Oh, prudencia!
No molestes,
tu opinión no importa,
la verdad no has de encontrar…
¡No pienses! ¡Estúpido!
Sigue al líder sin rechistar
como un imbécil sin criterio.
No molestes, obedece,
a ti te toca callar.
No pienses, obedece,
pensar...
te hace libre,
pero te puede matar.


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