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| "La aparecía" o "la reina mora" de Pinarejo |
En Pinarejo, antes de que existiese «Jalowien», ya existían tradiciones de máscaras y de contar historias alrededor de la lumbre o la estufa de leña. Un experto que a mí me dejaba con la boca abierta era Joaquín «El Tuerto». Otros, como Julián, «El Rojo de Soplaeras», o Fermín «Arenas», mi padre, también contaban ese tipo de historias, aunque había muchos más. En este caso, creo que esta leyenda la recuerdo, en parte, por haberla escuchado de labios de Joaquín «El Tuerto», tal noche como esta, hace ya muchos años, en casa de mi hermana Dolores, vecina de Joaquín y Lucía.
Ese día de Las Ánimas o de Todos los Santos era un día para que la gente joven se juntara y se hicieran unas buenas sartenes de miguillas dulces o puches, terminando las sobras taponando los orificios de las cerraduras. También era noche de enterrar castañas y bellotas en la lumbre y disfrutar de esas magníficas historias.
Una de esas historias que, a grandes rasgos, recuerdo era la de una mujer que se aparecía en la noche de Todos los Santos. Si ha sobrevivido ha sido gracias a las notas que tomé hace unos años cuando la recordé. El año pasado escribí esto, que más o menos se ajusta a lo que en su momento me contaron:
La leyenda de la «aparecida» o la «reina mora» de Pinarejo
Dicen de ella que era muy guapa, de rostro blanco como la luna llena, con cabellos largos y muy rizados que le caían por la espalda. A pesar de su gran belleza, provocaba un miedo terrorífico. Según contaban, lo que más llamaba la atención eran sus hermosos y grandes ojos, tan negros como el azabache, como de mora. Dicen que aquel que la miraba no podía apartar la vista de ellos, en los cuales veía su propia muerte. Le avisaban de que, la próxima vez que la viera, estaría muerto y que tal calamidad no tardaría más de lo que duraba el año.
También contaban que esa misma mujer se aparecía a las mujeres de día, a pleno sol, y que iba a la fuente o a los pozos cuando las mozas estaban llenando los cántaros de agua, y les decía que le dejasen pasar delante sin guardar la cola. Si se negaban, les arreaba con el cántaro en la cabeza, dejándolas muertas en el acto. Aunque otros decían que la leyenda no era así, sino que solo se refería a las mozas que fuesen a llenar agua al pozo de La Veguilla el día de Las Ánimas, y que no las mataba, sino que se quedaban para vestir santos de por vida o de sobrinas de cura.
Otros cuentan que se aparecía a pastores y campesinos jóvenes, junto a los abrevaderos donde iban a dar de beber a sus animales, y que, si eran buenos mozos, aparecía con un camisón de raso y yacía con ellos, quedando atrapados para formar parte de su harén para siempre. Es por lo que a esta bella mujer la llamaban la «aparecida» o la «reina mora», en contraposición a los «desaparecidos» o los «cristianos cautivos».
Según contaban aquellos narradores de Pinarejo, quienes la veían no eran capaces de olvidar lo vivido; no obstante, si intentaban contarlo, se quedaban mudos de por vida, advertidos por la bella «aparecida».
Ocurrió que una moza de Pinarejo presenció cómo su novio era seducido por la «reina mora», muriendo justo dos días antes de la boda. La desconsolada muchacha fue a pedir consejo a una anciana que vivía a espaldas del cementerio viejo. Esta le dijo que el único modo de vengarse de la «aparecida» era vestirse de mozo, para lo cual debía tener muy en cuenta cubrirse los ojos antes de mirarla. Debía pasear cerca del pozo de la Veguilla a medianoche y, en cuanto se le apareciera, evitando mirarla a los ojos, arrojarle agua bendita a los labios.
—Lo más importante es que el agua bendita llegue a sus labios y que tus ojos no vean los suyos; de no ser así, la muerta serías tú —le advirtió la vieja.
Sin decirle nada a nadie, ni saber muy bien cómo hacerlo, se vistió con las ropas de su difunto novio y se colocó dos pañuelos de campesino, de esos que utilizan en La Mancha para protegerse del polvo y el sol: uno al cuello y otro anudado en la cabeza, puesto que resultaba difícil caminar con los ojos vendados. Tenía miedo y desconfiaba de la vieja, pero decidió arriesgarse.
Fue a la iglesia y llenó una pequeña frasca de cristal con agua bendita de la pila bautismal, guardándola bien apretada entre sus pechos y el corpiño.
Con el miedo en el cuerpo, la joven, antes de la medianoche, estaba sentada en el brocal del pozo de la Veguilla, tal como le había indicado la anciana, con una venda en los ojos, una mano en el pecho sujetando la frasca y la otra en la frente, dispuesta a bajarse la venda en el momento oportuno.
A las doce en punto, mientras esperaba a la «reina mora», escuchó la voz de su novio, que con palabras dulces le hablaba de amor. Advertida de que eso podía ocurrir, y de que la mujer de bellos ojos podía aparecer como alguien querido, la muchacha inclinó la cabeza, como avergonzada. Respondió con la misma dulzura, diciéndole a su amado que se acercase, que el secreto mejor guardado de su amor aún lo reservaba para él y estaba dispuesta a entregárselo aquella noche junto a los juncos del pozo de la Veguilla:
—Antes quiero abrazarte y besarte, aunque en ello me vaya la vida —dijo, arrepintiéndose al instante, sabiendo que podía morir si la «aparecida» llegaba siquiera a tocarla.
—Amor mío, suelta tus cabellos al viento, que mucho afea ese burdo pañuelo la luz de la luna en tu rostro, y así podré besarte como el esposo que soñé ser… —le dijo la «reina mora», tomando la forma de su amado mientras se acercaba.
La joven negó con la cabeza, bajándose el pañuelo y cubriéndose los ojos con él.
—Abrázame primero y quítame tú, mi amado, este pañuelo que a ti te pertenece, así como todo lo que cubre —dijo, incapaz de resistir la atracción que sentía, muy a su pesar.
Cuando la «aparecida» fue a abrazarla, la muchacha dijo que tenía sed y bebió agua bendita de la pequeña frasca. Después, muerta de miedo, abrazó a su supuesto novio y juntaron sus labios, sabiéndose perdida. En el momento en que la «reina mora» intentaba quitarle la venda, depositó parte del agua bendita en su boca, provocando que aquella comenzase a arder como aliagas secas.
Al día siguiente, nadie se explicaba cómo era posible que los juncos hubiesen ardido dejando dibujado un espacio con forma de mujer. Solo la joven que había besado a la muerte conocía la razón: el agua bendita que tragó fue la que le salvó la vida.
Lo cierto es que ya nunca más hubo aparecidas ni desaparecidos en Pinarejo.
















