jueves, 31 de octubre de 2013

La leyenda de la «aparecía» o la «reina mora» de Pinarejo


 "La aparecía" o "la reina mora" de Pinarejo

En Pinarejo, antes de que existiese «Jalowien», ya existían tradiciones de máscaras, de contar historias alrededor de la lumbre o la estufa de leña.   Un experto que a mí me dejaba con la boca abierta, era Joaquín «El Tuerto», otros como Julián, «El Rojo de Soplaeras» o Fermín «Arenas», mi padre, también contaban ese tipo de historias; aunque había otros muchos. En este caso, creo que esta leyenda la recuerdo, en parte, haberla escuchado de labios de Joaquín «El Tuerto», tal noche como está, de hace muchos años, en casa de mi hermana Dolores, vecina de Joaquín y Lucía.

Ese día de Las ánimas o de Los Santos, era un día para juntarse la gente joven y hacerse unas buenas sartenes de miguillas dulces o puches, terminando las sobras taponando los orificios de las cerraduras. También era noche de enterrar castañas y bellotas en la lumbre y disfrutar de esas magnificas historias.

Una de esas historias que, a grandes rasgos recuerdo, era la de una mujer que se aparecía en la noche de todos los Santos. Si ha sobrevivido ha sido gracias a las notas que tomé hace unos años cuando la recordé.  El año pasado escribí esto, que más o menos se ajusta un poco a lo que en su momento me contaron:


La leyenda de la «aparecía» o  la «reina mora» de Pinarejo


Dicen de ella, que era muy guapa, de rostro blanco como la luna llena, así como cabellos largos y muy rizados que traspasaban la espalda. A pesar de su gran belleza, provocaba un miedo terrorífico.   Según contaban, lo que más llamaba de ella la atención eran sus hermosos y grandes ojos, tan negros como el azabache, como de mora. Dicen que aquel que la miraba no podía apartar la vista de ellos, en los cuales veía su propia muerte, avisándoles que la próxima vez que la viesen, estarían muertos y que tal calamidad no tardaría más de lo que duraba el año.

También, contaban que esa misma mujer, a las mujeres aparecía de día, a pleno sol, y, que iba a la fuente o a los pozos,  cuando las mozas estaban llenando los cántaros de agua  y les decía que le dejasen pasar delante, sin guardar la cola, si se negaban les arreaba con el cántaro en la cabeza, dejándolas muertas en el acto.  Aunque otros decían que la leyenda no era así, sino que únicamente la leyenda se refería a las mozas que fuesen a llenar agua al pozo de La Veguilla el día de Las ánimas, y no las mataba, sino que se quedaba para vestir santos de por vida o de sobrinas de cura.

Otros, cuentan que se aparecía a los pastores y campesinos jóvenes, junto a los abrevaderos donde iban a dar de beber a sus animales, y que, si eran buenos mozos, aparecía con un camisón de raso y yacía con ellos, quedando atrapados para formar parte de su harén para siempre.  Es por lo que a esta bella mujer le llamaban la «aparecía» o la «reina mora» en contraposición a los «desaparecidos» o los «cristianos cautivos».

Según contaban, aquellos narradores de Pinarejo, a quienes se les aparecía, no eran capaces de olvidar todo lo vivido; no obstante, si intentaban contarlo se quedaban mudos de por vida, siendo avisados por la bella «aparecía».

 Ocurrió que una moza de Pinarejo presenció como su novio era seducido por la «reina mora», muriendo justo dos días antes de la boda.  La desconsolada muchacha, fue a pedir consejo a una anciana que vivía a espaldas del cementerio viejo.  Esta le dijo que, el único modo de vengarse de la «aparecía», era vestirse de mozo. Para lo cual debía tener muy en cuenta tener los ojos tapados, antes de mirarla a los ojos.   Debía pasear cerca del pozo de la Veguilla a media noche y nada más se le apareciese, evitando mirarla a los ojos, le arrojase agua bendita a los labios.

—Lo más importante es que el agua bendita llegue a sus labios, y que tus ojos no vean los suyos, de no ser así, la muerta serías tú —le advirtió la vieja.

Sin decirle nada a nadie, ni saber muy bien cómo hacerlo, se vistió con las ropas de su difunto novio y se colocó dos pañuelos de campesino,  de esos que utilizan en la Mancha para protegerse del polvo y el sol, uno al cuello, y otro anudado en la cabeza, puesto que resultaba difícil caminar con los ojos vendados.  Tenía miedo, y desconfiaba de la vieja, pero decidió arriesgarse.

Fue a la iglesia y llenó una pequeña frasca de cristal de la pila bautismal con agua bendita, y se la guardó bien apretada entre sus pechos y el corpiño.


Con el miedo en el cuerpo, la joven, antes de la media noche estaba sentada en el brocal del pozo la Veguilla, tal y conforme le indicase la anciana,  con una venda puesta en los ojos, con una mano en el pecho, sujetando la frasca y otra en la frente, dispuesta a bajarse la venda nada más verla aparecer. 

A las doce en punto, cuando ella esperaba a la «reina mora», escuchó la voz de su novio, que con palabras dulces le hablaba de amor. Advertida de que eso podía ocurrir y que la mujer de bellos ojos podía llegar a aparecer como si fuese alguien querido,  la muchacha, inclinó la cabeza, como avergonzada. La joven contestó con la misma dulzura, diciéndole a su amado que se acercase, que el secreto mejor escondido de su amor, todavía lo guardaba para él y estaba dispuesta a entregárselo aquella noche junto a los juncos del pozo de la Veguilla:

—Antes quiero abrazarte y besarte, aunque en ello me vaya la vida —dijo, arrepintiéndose de ello, por saber que ella misma podría llegar a morir si la «aparecía» llegaba a tocarla siquiera.

—Amor mío, suelta tus cabellos al viento, que mucho afea ese burdo pañuelo la luz de la luna en tu rostro, y así te podré besar como el esposo que soñé ser… —le dijo la «reina mora», en forma de su amado, acercándose a ella.

La joven negó con la cabeza, bajándose el pañuelo y cubriendo sus ojos con el mismo.  

—Abrázame primero, y quítame tú, mi amado, este pañuelo que a ti te pertenece, así como todo lo que cubre —dijo, sin ser capaz de resistir la atracción que sentía hacia su amado, muy a su pesar, pues sabía que moriría si lo llegaba a besar.

   Cuando la «aparecía» fue a abrazar a la joven, la muchacha dijo que tenía sed y bebió agua bendita de la pequeña frasca. Después, muerta de miedo abrazó a su supuesto novio y juntaron sus labios, sabiendo, como ya había dicho, que le iba en ello la vida.  En el momento que la «reina mora» intentaba quitarle la venda a la joven, depositó parte del agua bendita de su boca en la boca de la «aparecía», comenzando ésta a arder como si fuesen aliagas secas.

Al día siguiente nadie se explicaba cómo era posible que los juncos hubiesen ardido dejando dibujado un espacio que parecía el cuerpo de una mujer. Solo la joven que había besado a la muerte conocía la razón, siendo el agua bendita que tragó la que la vida le salvó. 

Lo cierto es que ya nunca más hubo ni aparecidas ni desaparecidos en Pinarejo.


© Paco Arenas

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