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viernes, 4 de abril de 2014

El milagro llega con sotana (Relato)



Como es sabido, después de terminada la guerra, el señor marqués  quedó   más bien más que inútil, para casi todo. No porque participase en la guerra, ya que todo el tiempo lo paso en  Roma, junto con su católica y huida majestad borbónica, donde dicen que se corrieron muchas juergas juntos, sin dejar lupanar del Lacio que no visitasen.  A raíz de ello, el marques quedo prácticamente inhabilitado para las artes amatorias, por suerte para Azucena.  Sin embargo Catalina, todavía era una mujer joven y apetecible, con carnes frescas y bien torneadas, aunque con curvas más prolongadas de la cuenta,

miércoles, 2 de abril de 2014

La calle está llena de coches ordinarios (relato)



La señora marquesa de Bastardía entra por la puerta agobiada, con un sofoco impresionante, cargada de bolsas del recién inaugurado Corte  Inglés de la calle Preciados, las cuales deja caer todas de golpe en la misma puerta, produciéndose un ruido a vidrio roto.
— ¡Azucenaaaaaa! – Grita de mal humor.

Azucena aparece con un trapo de limpiar el polvo en una mano y el limpiacristales en la otra, deja ambas cosas sobre el mueble del recibidor y corre presurosa en auxilio de la señora marquesa, agarrándolas y escuchándose el ruido de cristal roto.

—¡Inútil!  —Exclamó la señora marquesa —seguro que ya te has cargado la jarra de Murano que acabo de comprar
— Señora, el ruido que escuche antes…—comienza a hablar Azucena.
—¡ Calla. Calla!  Ya me estás discutiendo como siempre —dijo alzando las manos al cielo en señal de hartura —no digas nada, que estoy calentita y no es por el calor – le corta la señora marquesa.- Anda mira a ver que se ha roto.
Azucena, de nuevo deposita las bolsas en el suelo separando Azucena una de las mismas en la cual parecía que había una caja cuadrada, sacó la misma y con un leve movimiento pudo comprobar que el ruido de cristales rotos salía de ella.
— Abre la caja, con cuidado, no se vaya a romper —dijo la marquesa sacando un abanico y comenzando a darse aire con parsimonia — ¡Qué calor! ¿Tú no tienes calores? Es el último año que nos quedamos en agosto en Madrid, el próximo nos vamos a Estoril, con su majestad…
Diciendo esto la señora marquesa también se agacho, produciéndose una tormenta con acordes de metralleta y efluvios fétidos que perfumaron el ambiente de tal modo que aunque el señor marqués, veinte años mayor que la señora marquesa, sordo y achacoso — a pesar de encontrarse en el salón y no escuchar  el concierto —se olvidó de su dificultad para andar y presuroso abrió la ventana de par en par para que el hediondo perfume al que la señora marquesa había dado libertad de movimiento,  tuviese vía libre hacía el exterior, contribuyendo con ello a la contaminación medio ambiental de Madrid.   Azucena sin embargo, cuanto apenas arrugo la nariz, fingiendo una sordera superior al señor marqués y sobre todo haciendo alarde de deficiencia olfativa total que en realidad no tenía.
— Catalina –se escuchó la voz del señor marqués —mándale esa carta al rey, que no necesita sello y seguro que llega a Estoril sin hacer transbordo. ¡Vaya por Dios! —Decir que los señores marqueses, a pesar de que Franco ya había designado a Juan Carlos como príncipe, todavía eran fieles a don Juan, pero que al igual que muchos españoles, por distintas razones no le consideraban legitimado para ocupar el cargo designado por el dictador.
Azucena, hubo de darse la vuelta para evitar reírse en la cara de la señora marquesa por la ocurrencia del señor marqués a pesar de no poder taparse la nariz y pensando que la onda expansiva bien podría llegar a Estoril y a Mallorca al mismo tiempo, la pena es que pillaría en el camino el barrio de Vallecas, donde se encontraba su marido e hijos.   Cuando pudo controlar la risa, abrió la caja y efectivamente en ella había una magnifica jarra de cristal de la cual quedaba el asa como pieza de mayor tamaño.  Sin embargo, la licorera y las copas —salvo una —estaban intactas.
—Tira toda esa porquería a la basura. Mañana comprare otro juego.  Por cierto Azucena… ¿No tendrá tu marido pensado comprar un coche?
 —No señora marquesa, no nos llegan los cuartos para comprar coche. —Contestó Azucena, fijándose en las preciosas copas —¿Señora las copas también?
— Quédatelas si quieres… No tenéis coche, no compréis nunca.  Madrid da asco, desde que a la gente ordinaria le ha dado por comprar Seiscientos, no se puede circular ni por la avenida del Generalísimo. Y es que hay tanto coche ordinario por las calles que…Ay, la gente de bien al final acabaremos de los nervios con tanta manga ancha del Caudillo...

Ella misma, se interrumpió con un nuevo repique perfumado, que expulso al señor marqués directamente del salón, buscando aires menos aromatizados.  Después dirigiéndose a Azucena, le ordenó:
 —Anda prepárame un buen café, de ese tan exquisito que tú haces, que es lo único que me calma los nervios…
—Como mande la señora —respondió, desapareciendo con las bolsas por el pasillo, con una sonrisa de oreja a oreja aprovechando que nadie la veía, pensando en esa licorera y esas cinco copas que iban a adornar su aparador.  En venganza por las ventosidades de la marquesa puso especial esmero en preparar su exquisito café.   Aquel mismo día, iba a ir con su marido a comprar uno de esos coches ordinarios que tanto disgustaban a la señora marquesa y que seguro que contaminarían menos que el recto de la señora marquesa.

©El Exquisito café de la señora marquesa /Paco Arenas

viernes, 28 de marzo de 2014

El exquisito café de la señora marquesa (Relato)


Tomando café


Hace tiempo me contaron una divertida historia basada en hechos reales, y que yo voy añadiendo historias a través de dos o tres generaciones, según se tercie, como decimos en Cuenca, está es mi adaptación:


Abril de 1931, Azucena entra como criada en la casa de los señores marqueses


Las tertulias de la señora Marquesa de Bastardía eran de lo más concurridas en la capital del Reino, no solo por sus partidas de parchís, o por sus pastas de té y pastelitos, llegados todas las tardes de la mejor pastelería madrileña, sino por su exquisito café, un café sin igual, con un sabor exquisito inigualable, al cual nadie era capaz a resistirse ni por prescripción facultativa.  Era el secreto mejor guardado de María, la cocinera de la señora Marquesa de Bastardía.  Su café era elogiado por toda la Corte como un trago de delicatesen inigualable, dicen que hasta la misma reina le pidió referencias sobre el tipo de café y realizo una buena oferta a la cocinera para llevársela a Palacio, sin que esta aceptase sin que nadie sea capaz de saber el motivo.
Un día María, que había estado al servicio de la señora marquesa desde que era una niña, por primera vez en 30 años cayó enferma, lo suficientemente enferma como para no quedarle otro remedio que quedarse en cama, naturalmente descontándole el sueldo la marquesa, por considerar intolerable e impropio de una sirvienta fiel el permitirse incumplir con sus obligaciones por una enfermedad t más con los compromisos que tenía pendientes.  Muy enfadada quedaba la señora marquesa por la tozudez de María a revelar el secreto de su magnífico café a nadie, ni siquiera a sus compañeras. Resultaba intolerable, siendo estaba prevista una visita de sus majestades al palacio de los señores marqueses, a los cuales había invitado precisamente para que probasen ese café.  María encontró la solución, tenía una hija apenas una niña a la cual le había transmitido todo su saber gastronómico, con una excepción, la preparación del café y que por estar enferma se le paso por alto, a pesar no ser cuestión baladí. 
Ese viernes, Azucena, que así era el nombre de la muchacha, se puso al frente de la cocina de la señora marquesa, con tan solo 14 años, heredera exclusiva del buen hacer de su madre, preparó manjares que fueron la admiración de todos los comensales, incluso el señor marqués se permitió por primera vez en su vida pasar a felicitar a María, por lo exquisita que había sido la comida, encontrándose con aquella bella chiquilla que ignoraba su existencia y sobre la que elaboró en un instante secretas y pecaminosas fantasías que jamás se cumplieron por los acontecimientos que ocurrirían días después.  Sin embargo a la hora de servir el café algo fallo. Ese café nada o poco tenía que ver con el servido durante treinta años por María y otros tantos por la abuela de Azucena, se podía apreciar la calidad del café, el mejor traído de ultramar, pero le faltaba ese toque especial que transformaba un excelente café en exquisito.   La señora marquesa se enojó mucho y si no entró en la cocina como una energúmena fue porque el señor marqués se lo impidió, haciéndoselo saber a la muchacha, como parte de un secreto y lujurioso plan.  No obstante la cosa no podía tolerarse, el domingo iría como invitado hasta el mismo rey, convencido por la reina de que solo él sería capaz de convencer a la señora marquesa que le cediese los servicios de la cocinera, al tiempo que la marquesa deseaba un nuevo título para su hijo menor, que se quedaba un poco desnudo con respecto a títulos nobiliarios y tal vez podría forzar un cambio de cromos.


La señora marquesa de Bastardía se presentó en el humilde hogar de María,  chantajeándola de que sí o sí el domingo  debía estar en su palacio sirviendo el café, por la visita de sus majestades, las amenazas pese a ser muy graves no lograron que la pobre mujer tuviese fuerzas para levantarse, lo único que logró la infame marquesa fue la promesa de que el café iba a ser el mejor que jamás se hubiese probado en el palacio de los marqueses de Bastardía.   Una vez se marchó la señora marquesa María llamó a su hija para contarle su secreto mejor guardado.


Nadie sospechó de Azucena cuando se metió en la alacena y salió con una botella blanca con gesto de repugnancia y comenzó a preparar el café, aprovechando, según indicaciones de su madre, que no hubiese nadie presente.   Lleno la cafetera con el líquido, que tenía un fuerte olor a orín y añadió dos escupitajos verdes a la mezcla.  Ella no probó el café, ni ganas, pero aquel día, hasta el mismo rey, pasó a la cocina a dar la enhorabuena por la comida, que nada tenía que envidiar a la de palacio, pero sobre todo por el exquisito café que se había servido a los postres.  Naturalmente la señora marquesa no pudo negarse a ceder la joven cocinera a su majestad, más cuando la madre quedaba reservada para ella, esperando una compensación, el señor marqués vio como sus lujuriosas fantasías se desvanecían y los ojos del rey, aficionado al porno y a las prostitutas de todo tipo, comenzaban a acariciar el deseo sobre la joven cocinera.

Esto ocurrió el domingo fue 5 de abril, nueve días más tarde el rey se marchaba de España a través de Cartagena, seguido por el Marqués y su familia, el primero no regresaría, el segundo diez años después.
María se recuperó, pero jamás volvió a hacer un café como aquel, ni transmitió a nadie su secreto aparte de a su hija que durante muchos años tampoco volvió a hacer ese café.  Azucena termino estudiando y fue una de esas miles de maestras de la República que depurada por la dictadura regreso a casa de la señora marquesa  a servir un exquisito café con esos ingredientes secretos que solo ella y su madre conocían. Que poco a poco fue añadiendo a comidas y repostería para placer de los marqueses y las autoridades civiles, militares y eclesiásticas que frecuentaban el palacio. También dicen que cuando los marqueses querían obsequiar al enano del Pardo, le llevaban un buen surtido de pasteles y pastas elaborados por Azucena  con mucho esmero, aumentando la proporción de ingredientes secretos.   Al marqués, no fue necesario ponerle a raya, la vejez se le llevo toda su virilidad.


Azucena muchos años después entre risas contaba la historia sobre el exquisito café que servía en el palacio  de la señora marquesa de Bastardía.

©El Exquisito café de la señora marquesa /Paco Arenas

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