sábado, 30 de abril de 2022

Vicenta López, «La Ciriaca»

  


Nació un 30 de abril del año 1913, por esa razón «Magdalenas sin azúcar» comienza el 30 de abril de 2013.  Fue ella la persona que me narró muchas de las historias que aparecen en la novela. Hija y nieta de luchadores por la Libertad, Ciriaco López, su abuelo y Felipe López, su padre, tuvieron claro que los derechos y libertades de los campesinos, y por extensión de la clase trabajadora, es preciso luchar por ellos.

 

Vicenta López, «La Ciriaca», era digna de ambos. La tengo muy presente, recuerdo nuestras noches clandestinas escuchando Radio España Independiente, "La Pirenaica", o Radio Francia Internacional.

 

La recuerdo, emocionada, hablándome de su abuelo, de su lucha contra el caciquismo y las amenazas sufridas. 

 

Me hablaba de aquellos viajes interminables que realizaban las buenas gentes de Pinarejo, con toda la familia (andando los mayores y en el carro los pequeños) a la Mancha en verano, a segar o a vendimiar, o a Córdoba en invierno a coger aceituna, porque los caciques del pueblo no pagaban un salario digno y abusaban de los jornaleros.

 

—Todo ese sacrificio, valía la pena. Segábamos, vendimiábamos y cogíamos la aceituna, casi antes de tiempo. Tomábamos el portante y nos íbamos, hiciese sol o nevase, viejos, mujeres y críos, y hasta preñadas, mi hermana Victoria nació en Montoro. Abusaban también, pero pagaban casi el doble que en el pueblo.  Lo mejor, teníamos que sufrir la usura de los caciques, o como decía ella, de los «carcas».

¿Cuántas veces me contó aquella subida a los jornaleros a 14 reales? Infinitas:

—Cuando llegó la República, el Sindicato (UGT) logró que subieran de diez reales a 14. Rabiaban los carcas, decían que no sembrarían más. Pero pagaron y siguieron sembrando y, como se suele decir, el mayor cosechero siempre es el amo. Por unos años dejamos de ir a Andalucía y a la Mancha (la Mancha, para los castellanos y manchegos de Cuenca, era la provincia de Ciudad Real) Tras la guerra, cambiaron las tornas. Volvieron los abusos y cosas mucho peores. De nuevo, mis padres, que tenían algunas tierras, olivas, la Viña del Cura y el monte, volvieron a la Mancha y a Andalucía. Los más pobres se marcharon del pueblo, antes y con antes, escapando del hambre, de los abusos y de los saqueos, ni protestar podían.  A tu abuelo Felipe, que trabajaba desde mucho antes de la guerra en el Pantano de Alarcón, se lo llevaron al penal de Chinchilla de Montearagón, allí estuvo siete años. Salió loco, durante meses no regía siquiera. Lo que no comprendimos nunca es cómo salió vivo después de todo lo que le hicieron…

Imposible olvidar mi primera noche de clandestinidad. No volví a dormir a mi casa. Entonces no había móviles para tranquilizar a las madres.  Lo pasó muy mal pensando que nos habrían pillado los grises. Afortunadamente, corríamos mucho y logramos despistarlos. Otros no tuvieron tanta suerte y recibieron hostias hasta en el carné de identidad. Llegué en mi casa a las seis de la mañana y me estaba esperando con el almuerzo preparado para irme a la obra a las siete.

—Ahora a trabajar. Esta tarde hablamos.

Y por la tarde hablamos largo y tendido, pero no hubo reproches. Ella habría hecho lo mismo de ser joven.

Nuestras conversaciones podían durar horas, sobre todo cuando me narraba con todo lujo de detalles, aquellas luchas por la República y por la Libertad. 

En los días como hoy, 30 de abril, decía que el único regalo que quería era que la llevásemos a la manifestación del 1º de mayo, y estaba coja; pero allí estaba ella cogida del «bracete.»

No puedo olvidar, cuando hablábamos de la República, de la Democracia y lo que se indignaba cuando escuchaba, en los babeantes medios de manipulación masiva, que la democracia la había traído el «Tortas», que es como llamaba ella a ese ladrón tan conocido que es inviolable ante la sumisa y vasalla justicia española, con la complicidad, claro está, de partidos que se dicen demócratas.

 —Si tenemos algo de democracia, es porque se la hemos arrebatado y no les ha quedado más remedio que abrir un poco la mano, para así poder robando. 

«Magdalenas sin azúcar», nunca se habría escrito sin todo lo que me narró mi madre. Por esa razón comienza el 30 de abril.

Por siempre:

¡VIVA LA MADRE QUE ME PARIÓ!

©Paco Arenas, autor de «Magdalenas sin azúcar», «Águeda y el secreto de su mano zurda» entre otros libros, disponibles en Amazon y librerías.

jueves, 7 de abril de 2022

En Viernes Santo está prohibido comer carne, o eso dicen

 




La noche no invitaba a procesiones ni jaranas, menos en Cuenca con una temperatura, que apenas pasaba de los cero grados, pero a alguien se le ocurrió que debíamos ir a la «procesión de los borrachos», precisamente con esa intención empaparnos en resolí hasta la madrugada y se suponía que, si estábamos en condiciones, para disfrutar de la procesión «Camino del Calvario o las Turbas».

Éramos jóvenes e inconscientes y apretujados en un Simca 1000 y un Renault 12 llegamos a Cuenca después de las diez o las once de la noche doce amigos. Afortunadamente todos éramos delgados y la Guardia Civil no nos paró.  Lo primero que hicimos fue buscar dónde cenar. Misión imposible, ni zarajos ni mucho menos morteruelo pudimos degustar sentados en un bar. La noche de las Turbas la ciudad triplica su población y los bares estaban que abarrotados de jóvenes provenientes de todas las partes de España. Sin guardar la Cuaresma, bocadillos de chorizos para todos y cerveza a cascoporro. Compramos unas cuantas botellas de resolí, que ese día se vendían en botellas de plástico y nos propusimos pasar una noche inolvidable, a ser posible todos juntos y tras unas rondas comenzamos a ir perdiéndonos de vista entre la multitud de toda la geografía mundial, bailando, bebiendo y cantando en todos los idiomas.

Antes de las doce, tres amigos ya habían desaparecido. A mitad de noche a las dos de la mañana siete eran los ausentes. Una hora después me tocó a mí. Cuando íbamos cerca de la Torre Mangana, me entraron unas ganas impresionantes de hacer aguas menores y aunque veía a jóvenes de ambos sexos hacerlo sin problema en rincones o entre coches, a mí me daba reparo.

Les dije a mis amigos que me esperasen cerca de la Torre Mangana y bajé las escaleras que llevan hasta la calle San Juan y me metí por el túnel en dirección al Júcar. A esas alturas el resolí ya me estrechaba las calles.  Pronto noté que no era orinar lo único que iba a hacer, así que llegué hasta el río. Lo que no sé es por qué no realicé el trayecto rodando. Antes de llegar a la ribera por mi boca salió todo el resolí como si fuese una fuente. Tras despejarme un poco y mojarme la cara, comencé a escuchar jadeos que no eran de cansancio. Antes de que pudiera volver sobre mis pasos, escuche voces destempladas insultándome, casi piso a una pareja que entre la espesura habían decidido desfogarse en la fría noche conquense.  Por suerte no estaban en mucha disposición de salir corriendo detrás de mí, y entonces yo corría mucho y reía más.

Entre risas, pronto regresé al lugar en el que había quedado con mis amigos, pero no estaban.  Me encontré más perdido que una aguja en un pajar, solo entre la gente. Más sola estaba la persona que escuché llorar. Acurrucada en un portal vi a una muchacha llorando entre hipidos que pretendían que fuesen silenciosos. Me acerqué intrigado pensando que le habría ocurrido algo grave, en cierto modo así era. Al acercarme pude ver en su rostro el rímel corrido y tuve la sensación de que estaba borracha. Me brindé a ayudarla; pero ella se obstinó en seguir, sola, llorando sentada en el suelo y gritándome que me marchase. Como siempre fui muy cabezón, terminé sentándome a su lado.  Me sentía ridículo, ya que ella rechazaba toda ayuda y parecía que la estaba molestando. No era esa mi intención y le hablé de ir a la policía, convencido de que no solo le habían pegado, sino que incluso la habían violado.  Al final viendo que no conseguiría convencerla y que sus únicas palabras eran que la dejase en paz, decidí marcharme. Entonces comenzó a hablar.

—He perdido a mi novio —me dijo entre sollozos.

—No te preocupes, por eso, seguro que lo encuentras, yo he perdido a mis amigos, pero ya los encontraré. Entre tanta gente… —dije un tanto aturdido todavía por los efectos del resolí, pensando que se había perdido al igual que yo. En mi poca lucidez no la entendí.

—Es que lo quiero, lo quiero y mucho. —continuó con sus lastimeros pucheros, levantándose del suelo.

Entonces me fije bien en su rostro, tendría algunos años más que yo, sin llegar a los treinta, seguramente. Me di cuenta que no era solo el rímel lo que ensuciaba su cara, también sangre en la mejilla proveniente de un rasguño y en la comisura de sus labios parecía tener otro rasguño. Al darse cuenta de que me fijaba en sus heridas, se pasó la manga intentando limpiarse la sangre.

—Pero te ha pegado. Deberías ir a la policía. Si quieres te acompaño…

—¿Estás loco? Me ha pegado porque me quiere, porque no soporta que mire a otros chicos. Estaba muy borracho, hemos discutido, y el pronto…

—¡Copón con el pronto!

—Sí. Yo, sabes, tengo muy mal genio y él cuando bebe un poco pierde los estribos. Me quiere…

—¿Y te pega? Ten cuidado, que hay cariños que matan…

—¿Estás loco?

Sin darnos cuenta comenzamos a pasear por las calles desiertas de Cuenca, que, aunque parezca mentira, esa noche también las hay.  Ella hablaba y yo escuchaba e intentaba rebatirle el supuesto amor de su novio, al tiempo que poco a poco me iba percatando de su belleza y de su cuerpo bien proporcionado y armonioso. Llevaba una falda corta y en sus piernas unas medias negras plagadas de carreras.  Siempre me he preguntado, y no me he atrevido a preguntar, el motivo por el qué muchas chicas se empeñan en lucir piernas en invierno, con el frío que hace. Me dijo que sus padres tenían una empresa en Bilbao y que su novio era hijo de un importante industrial de Vizcaya. Entonces me fijé más en sus ropas y las medallas de vírgenes que llevaba colgadas del cuello, y que yo por supuesto no conocía. Me preguntó que cuál era mi trabajo. No quise decirle que era albañil, afortunadamente estaba, como quien dice, recién licenciado de la mili, y mis manos aún no había cogido la aspereza que provoca la dermatitis del cemento.  

Ella hablaba y yo escuchaba sorprendido y sin terminar de creerla, me resultaba bastante superficial y me costaba trabajo creer que una persona pudiera serlo tanto. Al contrario que nosotros que no teníamos pensado dormir en ningún sitio, sino aguantar toda la noche y por la mañana regresar a nuestra cama ella:

—Estamos alojados en la «suite» del Parador…

Continuó con aires de superioridad diciéndome que asistía a todos los grandes desfiles de moda, especialmente de Balenciaga. Presumía de que París, Londres o Nueva York los conocía al dedillo y que sus cabellos los habían peinado los mejores estilistas.

 «Y yo con estos pelos desgreñados», pensé. 

Aunque ella tampoco es que fuese muy peinada, posiblemente el novio se habría llevado alguna greña entre sus dedos. Mientras que las lágrimas habían provocado que se le corriese todo el maquillaje.  Pareció adivinar mis pensamientos y me propuso acercarnos a algún lugar para desmaquillarse.

—Debo estar horrorosa.

—No. Estás preciosa me atreví a opinar vamos de toma pan y moja, si quieres llevo un moquero de tela.

—¿Un moquero? ¿Qué es eso? ¿Para limpiarse los mocos?

—Un moquero, sí, un pañuelo de tela, pero está limpio…—titubeé aturdido y contrariado.

Se echó a reír por primera vez, mostrando unos dientes bien alineados y una sonrisa que quitaba el sentido, al menos a mí me lo pareció en esos instantes. Confieso que no me gustaba ese alarde que desplegaba en algunos momentos, presentándose como alguien superior, como una muchacha que había tenido y tenía todo y que lo único que parecía preocuparle era haber perdido a su maltratador novio, que además justificaba como la cosa más normal del mundo.

Por unos momentos, verla reír me hacía soñar y pensar cómo sería una vida en la que no tuvieses que preocuparte por llegar a fin de mes, aunque por entonces, a mis veintidós años era lo que me preocupaba por esa cuestión. No obstante estaba seguro de que de haberle dicho que yo era un simple albañil sin estudios, sin coche y con un sueldo de supervivencia. Que había llegado a Cuenca con varios amigos, para así compartir gastos, en un viejo Renault 7, no en un Mercedes descapotable como ella. Que no se nos había pasado por la cabeza pasar por la noche en un hotel, ni siquiera en una pensión de mala muerte, porque entontes no nos llegaba para seguir la fiesta, habría dejado de hablar conmigo al instante. Le preocupaba su aspecto, porque ella siempre estaba en «perfecto orden de revista». Así lo dijo, como si fuese un soldado. Cuando reía, se mesaba los cabellos o se lamentaba de su mal aspecto, me atraía. Sin embargo, cuando alardeaba de su posición social, de sus vestidos y de sus viajes, no sentía envidia, creo, pero me producía cierta adversidad.   En más de una ocasión pensé en cortarle el rollo y regresar a buscar a mis amigos. Por otra parte, pensaba que me necesitaba, y yo siempre fui muy «gilipuertas» para esas cosas, el perfecto paño de lágrimas que se usa y se tira después.

—Podríamos ir a un bar y limpiarme un poco —propuso.

—¿Un bar imposible? Están abarrotados.  Como no se a una fuente o al río, está bajando las escaleras.  Aunque mejor si vas al parador...

—Lo que me faltaba. Ni por asomo, y que esté el allí. Ahora no quiero verlo siquiera. Necesito aclarar las ideas. Está claro que lo quiero, y mucho. Además, en septiembre nos casamos, pero ahora prefiero andar, respirar…

—Pues vamos al río, a mí también me vendrá bien volverme a lavar la cara y despejarme un poco; aunque te advierto que el agua está casi congelada...

—Vamos. El agua fría es buena para el cutis, y me dejas tu moquero, si está limpio, claro —y se echó a reír a carcajadas, contagiándome yo.

En unos instantes estábamos al lado del río lavándonos la cara. Ella limpiándose los lamparones del maquillaje y la sangre con mi pañuelo, que cuando no le sirvió, tiró al río y yo rápido lo atrapé y enjuagué, escurriéndolo bien.

—¡Qué guarrería! Es asqueroso. ¿No te lo irás a guardar?

—Pues sí, claro, si tiene hasta mis iniciales bordadas por mi madre —repliqué metiéndomelo en el bolsillo del anorak.

Llevaba despierto desde las siete de la mañana, eran más de las tres y me encontraba cansado y atontolinado. Me dejé caer sobre la hierba y ella hizo lo propio.  En silencio, sin darnos cuenta comenzamos a reír sin saber por qué.  Ella sacó un cigarrillo, papel de fumar y una china de hachís. La miré extrañado y riendo me preguntó si yo no fumaba.  Pensé en decirle que ni siquiera tabaco y menos porros, a pesar de haber realizado el servicio militar en la legión; pero me sentí ridículo y estúpidamente niñato. Le dije que sí. Afortunadamente no me dijo que lo liase yo. Ella lo hizo con gran maestría y lo encendió dándole una profunda bocanada. Contrariamente a lo que se pueda pensar, yo comencé a fumar muy joven, con unos doce años; pero a los diecisiete ya no fumaba.  Por tanto, no me resultaba extraña la acción de fumar.  Yo también le di una profunda calada.  Tras el primero, lio un segundo porro.  Me tendí en la hierba y ella a mí lado. Al rato acurrucó su cabeza en mi pecho, comenzando a reír y a llorar alternativamente y quejándose de lo ingrata que era la vida, que tan mal se había portado con ella. Me habló de los muchos desengaños sufridos.  La abracé intentando consolarla, atrayéndola hacía mí, quedando ella con la mitad de su cuerpo sobre el mío.  Sin darme cuenta comencé a acariciarle los cabellos, solo los cabellos.

—¡Qué frío! ¿Puedo meter mis manos debajo de tu ropa?

No esperó mi respuesta, desabrochó mi anorak y se puso literalmente sobre mí, su pecho aplastado contra el mío y sus mejillas apretadas contra las mías. Comenzó a acariciarme los costados como si buscase hacerme cosquillas. Intenté acariciarla yo también por debajo de la ropa, pero me retiró la mano, dejando de acariciarme.

—No te equivoques conmigo. Quiero a mi novio —me cortó, quedándose quieta, abrazada a mí. 

Sentir su cuerpo sobre el mío, notando sus pechos contra el mío me excitó contra mi voluntad más de lo deseado. Cada vez a pesar de que la marihuana aumentaba sus efectos en mi mente, a pesar de que yo apenas le di dos o tres caladas. Busqué sus labios y mis manos se deslizaron por debajo de su vestido. Me apartó las manos separándose de mí. 

—En Viernes Santo está prohibido comer carne. 

—Perdona.

—Debería irme a ver la procesión y a ver si encuentro a mi novio —musitó levantándose. 

Me levanté yo también encogiéndome de hombros notando la presión bajo mis pantalones, que no podía disimular, por lo que rápidamente me abroché el anorak para que no fuese tan evidente.

—Pues nada. Yo también me voy a buscar a mis amigos. Aunque no creo que estén en la procesión. 

Se acercó y me beso en la mejilla a modo de despedida. Desabrochó de nuevo mi anorak comenzó a acariciarme. A cada intento de hacer yo lo propio, ella me paraba.

—En Viernes Santo está prohibido comer carne. Además, tienes las manos un poco ásperas... 

Del frío —contesté. No iba a decirle que del cemento. 

Yo también tengo frío. 

Me terminé de desabrochar el anorak y la abracé con él. Sus manos volvieron a estar por dentro de mi camisa acariciándome. Mientras me acariciaba hablaba de su novio, de sus viajes por el extranjero, de que de Cuenca se irían a la Feria de Sevilla, de lo mucho que lo quería y de lo bien que lo pasaba con él. Me sentía mareado, quedé quieto oyéndola sin escucharla mientras me imaginaba cómo sería hacer el amor con aquella muchacha, me atreví a desabrochar dos botones de su vestido, y sin abrochárselos se apretó contra mí. Notaba sus pechos contra mi cuerpo. Fui a besarla de nuevo y retiró sus labios, separando su cuerpo del mío otra vez, comenzando a caminar cuesta arriba. Apenas había caminado unos pasos, me dejé caer sobre la hierba, girándose sonriente. 

—En Viernes Santo está prohibido comer carne, o eso dicen...

Se sentó sobre mis piernas.  Pensé todo, menos lo que ocurrió. Comenzó a desabrochar los botones de mi pantalón y yo me dejé hacer. Después no volvió a hablar de su novio. Comenzó a besarme, pasando lo que tenía que pasar.

 En un par de horas comenzaría «Bajada del Calvario", que ella, decía no querer perderse, por ser muy religiosa, se la perdió, porque se quedó durmiendo sobre mí, y yo también después de haber visto el paraíso al amanecer de aquel viernes de cuaresma.

Cuando desde no sé qué iglesia comenzaron a sonar las campanas y las trompetas y tambores de las Turbas, inundaban de ruido la ciudad, desperté con ella sentada con mi anorak por encima de su cuerpo, sin que yo recordase en qué momento me lo quité.  mirándome, riendo.

—Nos hemos quedado durmiendo y tú con el pájaro al aire...

  Era cierto. Aunque mantenía los pantalones puestos, permanecían desabrochados y con el pájaro helado y arrugado al aire y ella con su mano jugando con. Muerto de vergüenza y casi pasado los efectos del porro, apresuradamente fui a abrocharme, siendo incapaz de coordinar los movimientos de mis helados y nerviosos dedos, dejando los botones cojos. Ella desternillándose de risa, los desabrochó de nuevo, pensé que la noche tendría continuidad a ritmo de tambores y trompetas, pero no fue así, los abrochó, pero en perfecto orden.  Me dio un beso en los labios y me preguntó que cómo me llamaba. Se lo dije y cuando le pregunté su nombre, me contestó que no importaba. De nuevo me besó y su mano acarició lo abrochado mientras me besaba. Lo frío y arrugado quería salir de nuevo. Pero ella con ironía, sin dejar de acariciarme, movió la cabeza diciendo:

—Qué pena que me tenga que ir ya. Ha sido una noche que jamás olvidaré. ¡Muchas gracias!

— Pero…—Protesté yo, que me las prometía felices.

—Se hace de día.  ¿Quién me iba a decir que después de tener reservado el mejor hotel de Cuenca, terminaría bueno, haciendo el amor sobre la hierba mojada y helada? Lo peor de todo es que me tendré que confesar, he pecado...

Encendió un nuevo porro, ofreciéndomelo. Le di ahora dos buenas caladas. Me dio un nuevo beso y me pidió que no la siguiese y no lo hice. Tampoco estaba en condiciones. Me sentía más mareado que con el resolí. Cuando medio me despejé caminé hasta el convento de los Descalzos. Recordé la leyenda de un joven conquense se encontró con una bella dama.  Ella lo sedujo y llevó a pasear en la noche hasta el convento.  Llegado el momento, al levantarle las faldas se encontró que en lugar de unas bellas piernas de mujer, se encontraban unas peludas patas de cabra terminadas en pezuñas. Asustado corrió agarrándose a la cruz, desapareciendo el diablo, pues tal era aquella mujer. No tenía nada claro, ni lo que ensoñación o realidad, únicamente puedo asegurar que ella no tenía patas de macho cabrío.

  Ya despejado fui recordando todo lo ocurrido y dónde había quedado por la noche, en caso de perdernos con mis amigos. Los encontré borrachos hasta las trancas. Yo por el contrario estaba bien despejado. Poco a poco nos fuimos reuniendo, todos menos cuatro.  Como no los encontrábamos, fuimos a la plaza del Mercado a comer churros con chocolate, a ver si mientras tanto aparecían, por ser el lugar señalado si eran más de las diez de la mañana. Allí nos dijeron que la Cruz Roja llevaba a la plaza de toros a todos los borrachos que encontraba tirados por la calle.  


No esperaba verla, pero allí la volví a ver, elegantemente vestida, agarrada a la cintura de un chicarrón del norte y ropa cara, que todavía borracho se apoyaba en ella para no caerse. Iba resplandeciente, muy maquillada y salvo un rasguño en la mejilla, ni rastro aparente en su rostro. La saludé a distancia y ni me miró siquiera, a pesar de pasar por mi lado. Tal vez no me conoció, o al verme a la luz del día se percató que mi ropa era de mercadillo de barrio y no de pasarela de Versace o Balenciaga.

Nosotros fuimos con intención de comer a un salón de bodas de un pariente de uno de los que íbamos. Estaba cerrado y el dueño nos dijo que no nos podía hacer nada. Solo tenía cordero, chorizos y morcillas. 

— Es Viernes Santo y estaba prohibido comer carne, o eso dicen. Si no tenéis miedo de ir al infierno tengo leña...

©Paco Arenas

jueves, 31 de marzo de 2022

Vicenta, la Ciriaca

 


Hace 24 años que se marchó la persona que más me animó a escribir:

Vicenta López, la Ciriaca, mi madre.

Junto a su recuerdo siempre perenne en mi corazón, tengo algunas de nuestras muchas conversaciones que tuvimos, difuminadas y tergiversadas por la memoria, cada vez más antojadiza y olvidadiza.

Posiblemente, sin su apoyo jamás habría escrito. Porque publicar es otra cosa muy diferente. Después de muchos intentos por publicar el cielo se me abrió a la esperanza. No es preciso decir que ni yo me lo creía. Ser seleccionado en un importante certamen literario era algo que no entraba ni en mis mejores sueños y lo fui. Ya me veía como un escritor de verdad.

Todos los sueños de aquel joven albañil se disolvieron, como siempre se dice, cual azucarillo en café caliente.

No me publicaron, ni tan siquiera contestaron a mi carta, simplemente me devolvieron los dos manuscritos con los que participé. Lo que me quitó las ganas de volver a participar y a escribir.

Tiré la toalla comprendiendo que me faltaba mucho para ser capaz de vivir de la escritura: cultura, academia y dinero.

Mi escuela terminó a los 13 años, y desde los 11 ya trabajaba, mi bachillerato fue de 12 a 14 horas trabajando en la obra durante el invierno y en el hotel en el verano. Mis estudios fueron la calle, mi carrera, las que hacía con la policía detrás, y mis lecturas, todo lo que caía en mis manos. Pero carecía de toda formación académica y de dinero para seguir intentándolo. Me rendí a la evidencia y cambiaron mis metas. Trabajaría de albañil y ahorraría para montar un bar, tirando mis sueños a la letrina del olvido. Un día guardé mi máquina de escribir en su funda y todos mis escritos en una maleta de cartón, con intención de deshacerme de ellos.

Mi madre, aunque analfabeta, era capaz de leer los pensamientos, al menos los míos, como la madre que me parió que era:

—¿Piensas trabajar siempre de albañil, quemado por el sol, los riñones rotos y las manos más ásperas que el papel de lija? ¿Eso es lo que quieres? —me preguntó, susurrando sus preguntas como un lamento.

—No, madre, no quiero estar siempre en la obra, no. Ahorraré cuartos y montaré un bar, pero no pienso perder ni un minuto más de mi vida escribiendo. Me falta cultura, no sé escribir…

—¿Un bar?, serás esclavo de ti mismo. No podrás escribir, que es lo que más te gusta. ¿No te das cuenta que si dejas de leer y escribir, todo lo que te he contado no servirá para nada? ¿Dónde quedan tus ilusiones de estos años? Eres como padre, con la diferencia de que él no sabía escribir lo que se le emperejilaba. A escribir se aprende del mismo modo que se aprende a labrar o a hacer un tabique en la obra…

 

Yo tenía la decisión tomada. No volvería a escribir jamás, y del mismo modo que un día dije que no volvería a fumar, con el paquete de Fortuna recién comprado. Con la escritura fue lo mismo, una vez cerrada la maleta de cartón de los sueños, la olvidé por muchos años. Más tozudo que yo, nadie.

 

—De escribir no se come. Es una pérdida de tiempo. Leer me relaja, y es a lo más que puedo aspirar. Ahora me toca intentar hacer lo que le he dicho, montar un bar y leer lo que escriban otros. Con eso me conformo.

 

—Eso es lo que dices, pero yo sé de sobra que volverás a escribir.

 

—No madre, no volveré a escribir nunca más —le contesté besando mi pulgar.

 

—No jures, que tú no eres de jurar, no vaya a ser que te acuerdes de este día y ya no haya marcha atrás.

 

Años después, poco antes de morir, ya en el hospital, me recordó mi vieja maleta de cartón donde guardé todos mis escritos:

 

—Tienes una maleta llena de papeles en casa. No dejes que se pierdan. En ellos están todo aquello que soñaste ser. Algún día podrás.

 

—No madre. No quiero saber nada de esos papeles. Los sueños son para los críos. Yo ya tengo hijos que mantener y poco tiempo para perder haciendo garabatos.

 

—Volverás a escribir y te acordarás de todas nuestras conversaciones. Ya lo verás.

 

Muchos años después, un mal día, gracias a aquella maldita reforma laboral que condenaba a los jóvenes a la esclavitud y a los mayores de 55 los desahuciaba laboralmente, me vi en la calle después de 38 años trabajando, me vi en la calle. Entonces recurrí, para no caer en la depresión, a la escritura, abrí aquella maleta de cartón y del teclado hice una doble herramienta, la fábrica de sueños y de la palabra como forma de lucha contra la injusticia.

 

Y claro, me acordé, como todos los días, de mi madre, Vicenta López, la «Ciriaca», que sigue estando aquí, muy dentro, en mi corazón, diciéndome:

 

—Escribe, que no se pierda todo lo que te conté.

Madre, siempre en el recuerdo.

 

Paco Arenas

lunes, 7 de febrero de 2022

Reseña de Ana G. Hernández, de Acompáñame con un libro, sobre "Águeda y el secreto de su mano zurda"

 Comienza febrero con una alegría, la reseña de Ana G. Hernández, de Acompáñame con un libro, sobre "Águeda y el secreto de su mano zurda"


Reseña de Ana G. Hernández

Comparto mi reseña u opinión personal del libro Águeda y el secreto de su mano zurda, del autor Paco Arenas.

SINOPSIS:

En aquella época, cuando Águeda abrió el baúl delante de Miguel, pocos hombres, incluso entre la nobleza, sabían leer. Mucho menos las mujeres, algunas entre las nobles eran capaces de leer y firmar su nombre. Por su condición de mujer no lo precisaban, con ser buenas esposas y dar herederos les bastaba. Águeda, una campesina de cabellos bermejos, aprendió a leer siguiendo el dedo de Miguel, su marido, mientras este leía el Quijote. Llegó a coger la pluma delante de él, no siendo capaz de trazar una letra entendible, era mujer. No obstante, a su dictado, él comenzó a escribir una novela, sin saber qué mano trazó aquellas frases que salían de los labios de su ocurrente esposa. Su secreto era su arma de mujer contra los prejuicios de su entorno, que ni Miguel debía llegar a conocer.

MI OPINIÓN:


Águeda y el secreto de su mano zurda es una excelente obra de narrativa histórica, en la que el autor, sin apartarse un ápice de la realidad histórica y sin concederse excesos literarios, nos transporta con agudeza a la época en la que se desarrolla la obra.

Paco Arenas recrea gozosamente el lenguaje. Al leer parece que estamos ante un texto del siglo en el que acontece la historia. Ya que el escritor consigue crear con las palabras un clima histórico, un sonido, un ámbito que nos transporta a la época que evoca.  Y a lo largo de la novela, sólo la mera lectura de esos bellos párrafos sería suficiente motivo para dedicarle nuestra atención; ese modo de describir personajes, escenarios...es extraordinario.

La lectura es amena pues su narrativa es magnífica con un lenguaje, como ya he comentado, que trata de ser lo más fiel posible al periodo que se expone. Y esta forma de escribir del autor no hace que la lectura sea menos amena y ayuda mucho a introducir al lector en el ambiente.

Y es que la ambientación es sin duda el gran punto fuerte de esta novela y se ve que Paco Arenas maneja las fuentes con gran precisión y que hay una gran labor de investigación detrás.

En definitiva, con Águeda y el secreto de su mano zurda, nos encontramos ante la dicha de una espléndida lectura, que no puedo dejar de recomendar.

Ana G. Hernández.

El libro está disponible en Amazon en este enlace: Águeda y el secreto de su mano zurda

jueves, 3 de febrero de 2022

Santa Águeda y los manantiales de leche


Hace ya bastantes años, más de treinta y cinco, después de una locura de juventud, escribí esto dentro del epígrafe "tontunas mías", publicándolo en mi blog muchos años después en 2013. Hoy lo he rescatado, actualizándolo algo. Espero que nadie tome a mal estas tontunas.

La noche en que soñé con Ágata o Águeda de Catania, en tres actos.

1ª Parte del sueño: Melocotones en almíbar

Me veo pequeño, como con seis o siete años.  Es todavía de noche y estoy entre las sábanas de algodón blancas y secadas al sol. Estoy bien arropado, enseñando tan solo el flequillo o poco más. La puerta del cuarto está abierta para que en el momento de que la lumbre comience a arder se caliente todas las estancias de la casa.

Veo a mi padre que se levanta de la cama y casi corriendo marcha en dirección al corral. Al regresar trae un par de ceporros de oliva y encina.  Prende con fósforo el candil, para acto seguido liar un cigarro y con el candil encenderlo.  Puedo ver su alargada figura recortarse, cual sombra chinesca en la pared.   Se acerca a la chimenea.  Lo escucho trajinar con el fuego, soplando y colocando la leña, cantando en voz baja, hasta que de pronto veo iluminado el comedor con la luz rojiza de la lumbre.  Escucho cómo se frota las manos y suspira con fuerza.

Va al aparador y coge la botella de aguardiente, echando un trago a galillo, «pa limpiar las tripas». Deja la botella y se dirige a la puerta de la calle asomándose:

— Está raso, ¡copón! no llueve ni pa´Dios.

Cierra la puerta intentando no hacer ruido, veo cómo se lía otro cigarro y lo enciende con el primero. Adivino el resplandor del cigarrillo al prenderse. A continuación, desaparece en dirección a la cuadra, escucho el relinchar de las mulas, el cacareo nervioso de las gallinas, oigo un portazo y a mi padre decir:

— ¡Vaya aires! Entre que no llueve, hiela y hace tanto aire, se van a secar hasta las ideas...

Escucho de nuevo sus pasos, está en la chimenea, coloca un chaparro y cepas secas, el fuego crece en dimensiones. El crepitar de la lumbre se hace más intenso.  Sale del comedor y sube las escaleras que van a la cámara, donde se encuentra el pajar, en unos minutos vuelve a entrar con el cigarrillo atrapado entre los labios y una espuerta llena de paja.   Salto de la cama y me acerco a darle un beso.

—Padre, pincha usted.

 Me devuelve el beso, me coge en brazos y me devuelve a la cama.

 —Anda quédate acostao, que no son ni las seis y hoy es fiesta, Santa Águeda.

—¿Padre que lleva Santa Águeda en el plato?

A mi espalda escucho la risa de mi madre, mi padre ríe también

—Melocotones en almíbar — contesta mi madre, por si acaso mi padre dice la palabra prohibida.  Mi padre ríe con el cigarrillo entre los labios, se lo retira, lo apaga, y se mete la colilla en la petaca.

—Melocotones, pero muy sabrosos.

—Yo creía que eran huevos fritos...

—Sí, eso deberían ser, los huevos fritos del Quintianus de los cojo..., melocotones.

—¡Fermín! Le cortó mi madre.

—¿Padre por qué muy sabrosos?  -  Pregunté inocente.

—Tontunas de padre, porque son en almíbar... —saltó mi madre.

—Porque además de ser en almíbar, dan leche —soltó mi padre que no quedaba muy conforme con ocultarme que lo que llevaba la patrona de Pinarejo eran sus pechos.

—¿Cómo las vacas y las ovejas? —Pregunté yo.

Quedaban tan lejos mi edad de mamón, y siempre, cuando veía a un crío mamando decían esa palabra rara: «calostro», que sonaba casi como a un insulto.

—  Sí, como las vacas y las ovejas —contestó mi madre, tapándome con las sábanas casi hasta la frente  y regañándole a mi padre con la mirada.

—Sigo diciendo lo mismo, lo que debería llevar en el plato debería ser un chorizo y dos huevos, los del Quintianus ese. Todo el que le hace eso a una mujer, colgado de los mismos...— susurró ahora mi padre, casi al oído de mi madre, pero entonces tenía el oído muy fino, no como ahora que soy un sordo de moda, que oye lo que le acomoda.

2ª parte del sueño: El lupanar de rica miel

Don Gregorio, el cura de Pinarejo está celebrando la misa en honor a Santa Águeda, los chiquillos estamos en la parte de atrás, debajo del coro, detrás de los hombres. Todos con la ropa de los domingos, la misma para todos los domingos y fiestas de guardar. Permanecemos en silencio, mirando muy atentamente al cura, medio bailando para intentar que los pies no se nos queden helados, pero intentando ocultar nuestra presencia, no fuese a ser que recibiésemos algún capón de propina por habernos portado mal en la misa. Porque es preciso decir que don Gregorio era famoso entre los chiquillos de Pinarejo por sus famosos capones de sardineta, que dolían cuando te los daba y una semanilla entera te acordabas del capón.

—El senador Quintianus intentó conseguir los placeres de la joven Águeda, nuestra patrona, rechazándolo con la fuerza que le dio Cristo.  El procónsul, que era pagano y no pudo conseguir sus enfermizos propósitos, en venganza la envió a un lupanar, donde milagrosamente conservó su virginidad… —narraba el cura la vida de la patrona de Pinarejo.

Ahora surgirían  otras preguntas sobre esas cuestiones bastante más críticas contra el tal Quintianus, tan semejante los poderosos a través de la historia.  Pero entonces, en mi mente infantil eran  preguntas muy diferentes. Si se supone que el Quintianus era un ser malvado, ¿por qué quiere conseguir los placeres para la joven Águeda? ¿Qué quería decir pagano, que pagaba por dar placer o por recibirlo? En ese caso era bueno.  Los malos según mi padre y mi madre eran los «malos pagadores» y quienes robaban a los pobres.

     Lo de conservar milagrosamente la virginidad, como que no lo comprendía, ni sabía lo que era eso de la virginidad, ni tampoco un lupanar,  no lo podía cuestionar. Entonces no me llamaba la atención ni la virginidad ni los lupanares,  ahora, la verdad, tampoco. La virginidad es algo que no sirve para nada, ni implica tener más virtud ni honestidad ni menos, porque lo que no influye en la honestidad del hombre, tampoco tiene ni debe influir en lo de la mujer, digo yo.   Pero lo de lupanar eso era otro cantar que ahora me asquea y entonces  me intrigaba:

—¿Qué es un lupanar? Le pregunté a mi vecino cinco años mayor que yo, que era muy listo, y además era quien más cerca estaba.

— Es una especie de taberna donde en lugar de vino sirven un panal de miel, donde van a comer picatostes con vino y miel los hombres por la noche.  Me lo ha dicho mi abuelo, un lupanar de rica miel fueron los hombres a ...—me contestó convencido mi amigo.

—¿Picatostes con vino y miel? Pues yo quiero ir a un lupanar—dije de manera inocente.

—Solo pueden ir los hombres, los chiquillos no, y no se pueden enterar las mujeres, porque si se enteran, su vida se convierte en un infierno. Así que no se lo digas a nadie.

—No hay derecho, yo quiero ir a lupanar a comer picatostes con miel...- repliqué alzando la voz.

Los nudillos de una de las catequistas aterrizan sobre mi cabeza.  Es la catequista, que se había copiado de don Gregorio y también reparte capones. Afortunadamente, para mí, ella no pega tan fuerte como el cura, y yo tengo una mullida pelambrera que amortigua los golpes.

—En misa no se habla —nos riñe por lo bajini la muchacha.

Me giro y la miro a los ojos, está con gesto severo, muy enfadada, pero la veo tan guapa, que la palabrota que iba a soltarle, me la trago para mis adentros.

3ª Parte del sueño - Los manantiales de leche

Ya no soy un crío, soy un adolescente con incipiente barba y la cara que parece un plato de lentejas rojas de tantas espinillas.  Tengo frío por todo el cuerpo, miro hacia Pinarejo, pero no desde mi cama, sino desde lo alto de una oliva del Pulido. Estoy cogiendo aceituna  con el cestillo en la cintura. Curiosamente, es de noche, algo más estúpido imposible, coger aceituna de noche y encima subido en lo alto de una oliva de cinco metros, como las del Pulido. 

  Desde el Pulido Pinarejo tiene la silueta de dos pechos de mujer, con los pezones bien empinados, uno es la torre de la iglesia y el otro el molino de viento. No sé por qué me parece ver en la lejanía los bellos ojos de una muchacha tras el pueblo.  Siempre veo ojos bellos, no lo puedo evitar, siempre miro a los ojos antes que a los pechos.  Creo que es porque fue tan grande mi timidez en mi lejana adolescencia que necesito a modo de reafirmación mirar a la gente a los ojos y a las mujeres en particular. No soporto hablar con nadie que tenga las gafas de sol puestas.  Manías adolescentes que se me van acentuando conforme cumplo años, así que si me viese a Risto Mejide de frente, si él quería hablar conmigo, tendría que quitarse las gafas, aunque supongo que él tiene el mismo interés en hablar conmigo que yo con él.

Sigo mirando y  veo la silueta de  don Quijote, va solo sin Sancho, se dirige al molino de viento, pero en la era de don Pepe tropieza con una muchacha tendida a la luz de la luna.  Una muchacha extraordinariamente bella del tamaño de los gigantes que imaginase el caballero de la triste figura. Ante tal aparición, descabalgó, y se acercó a ella con miedo. 

 Puedo distinguir la bella figura de una muchacha ocupando toda la era.  Está dormida, bocarriba y desnuda. La veo con claridad a pesar de ser noche cerrada.

 Quiero pensar que estoy soñando o que un malvado hechicero nos estaba haciendo ver, a don Quijote y a mí, la más bella de las criaturas.  Sus bellos senos que manaban leche a borbotones que desprendía un aroma a ambrosía, que cual manantial de vida, derramaban leche o calostro a borbotones.  Leche que deseé beber posando mis labios en el mismo manantial. Don Quijote me miró socarrón.

—No podrás subir, es piel muy resbaladiza, y si la despiertas te comerá como si fuesen huevos de codorniz. Es un monstruo fíjate en sus pechos, parecen cerros empinados y sus pezones son semejantes a los campanarios de las torres de las iglesias.

—Pero tan bello, quiero ver el manantial de cerca...

—Tendrás que hacerlo escalando por el monte de Venus, agarrándote a los pelillos, tomando pie en cada uno de los pliegues de su, ya sabes. Lo cual conlleva un gran peligro, imagina que eres casi del tamaño de una hormiga a su lado y como le entre gustirrinín, entre sus pliegues te puede aplastar, y aún siendo un dulce final, no deja de ser una muerte singular. No es ese buen lugar para escalar, sin duda la despertarías, y no quisiera estar en tu lugar, como tal cosa suceda.

Entonces, me fijé en Rocinante presuroso alrededor de ella, y muy sediento debía estar,  que cada vez que pasaba por sus pechos, se paraba a beber el lácteo elemento, él también bebe, goteándole la leche por las barbas, él si llega hasta tan hermosos pezones. 

El caballo es más inteligente que yo y me da la idea. Pido permiso con la mirada a don Quijote, accede, montó sobre el jamelgo y antes de desde su lomo subir, prefiero verle la cara. Cosa más hermosa nunca vi, sus facciones perfectas, sus labios frutales con aroma a fresas silvestres. Cambié la idea y decidí subir agarrándome a sus largos cabellos, que me permitían escalar con mayor facilidad a través de su cuello.  Logré subir, no sin cierta dificultad, su cabello tenía el grosor de mis delgadas, entonces, gobanillas.

Era un bello sueño, no lo voy a negar. Sí es un sueño, qué gran sueño y no solo por el tamaño. Tan cerca estuve de sus labios, que los quise besar, pero no me atreví, solo su respirar era un huracán para mí y eso que era suave en proporción con su cuerpo.

De  dos zancadas me acerqué a beber de tan hermoso manantial. 

Entonces vi  los inmensos y bellos ojos de la mujer que estaba  contemplando todo con gesto divertido y que me invitaba al festín.

Ya sin miedo, me decidí a  escalar la cumbre de aquellos hermosos senos, nada más arribar hasta ellos  noté la aspereza de la piel del melocotón, antes de llegar era suave como el terciopelo. Los pechos se habían transformado en dos inmensos melocotones. 

Busqué la explicación en los bellos ojos de la muchacha, pero no había ya nadie mirándome nadie. Donde antes había un cuerpo hermoso,  solo quedaban  dos grandes melocotones de áspera piel.  De improviso desapareció la piel para convertirse en almíbar resbaladizo que me impedía llegar hasta los pezones, que ya no eran tales,  tenían forma de guindas en almíbar sobre oscuro chocolate que como arenas movedizas amenazaban con tragarme.  Retrocedí al ver que mis pies y hasta mi cuerpo entero se hundía en el dulce cacao. Don Quijote  y hasta Rocinante se ríen  de mí a carcajadas en lugar de tirarme una soga a la que agarrarme.

—Siquiera una tomiza a la que agarrarme.

—Disfruta del chocolate, que a la nata no has de llegar y la guinda no te has de comer. No se ha hecho la miel para la boca del asno.

Harto de chocolate, resbalé hasta el suelo.  Entonces llegaron  hormigas, siendo pleno invierno, y además, de mi mismo tamaño.  Comenzaron a chupar el almíbar de mi cuerpo, que ahora también estaba desnudo, en pelota pica.  A mi alrededor, chocolate sobre escarcha helada. Me asusté tanto que quise salir corriendo, pero antes de hacerlo, las hormigas  se marcharon hacia un inmenso plato con dos huevos fritos y un chorizo. 

—¿Son los míos? —Pregunté a don Quijote.

—No, tranquilo, son los de Quintianus.

Desperté sudoroso y asustado, eran las seis de la mañana, me había acostado a las cinco de la madrugada y a las siete me tenía  que levantar para ir a trabajar a la obra.

Continué durmiendo, maldiciendo mi suerte y mi resaca. Me dolía tanto la cabeza, que no me daba para pensar  en lo absurdo de mis sueños.  Menos en lo todavía más absurdo de haber ido a Pinarejo después de harto de trabajar a pasar la víspera de Santa Águeda para al día siguiente tener que levantarme a las siete de la mañana para ir a trabajar, no borracho, pero con una resaca monumental.

 Quise volver a dormir y  soñar con aquellos melocotones sabrosos que daban leche. No pudo ser.  Llegaron las siete de la mañana y sonó el despertador. Creí escuchar a mi padre:

— Anda quédate acostao, que no son ni las seis y hoy es fiesta en Pinarejo, es Santa Águeda.

Pero estaba en Valencia, no era fiesta y me tenía que ir a trabajar a la obra a destajo.


Paco Arenas en Pinarejo a 5 de febrero de 1987

domingo, 30 de enero de 2022

La guerra de Margarita


Margarita a sus casi cien años era una mujer muy ocurrente, muchos decían que no le regía bien la cabeza. Algunos hasta se referían a ella como «la vieja loca de la puesta del arrebol». Su casa daba al oeste y todas las tardes antes del ocaso se sentaba en un poyo al sol hasta que el arrebol de la tarde teñía de rojo el cielo castellano. Siempre alguna vecina o vecino se acercaban a darle conversación y si era posible, reírse a su costa un poco. Por desgracia cada vez menos personas. En aquel pueblo del sur de Castilla que llegó a tener casi dos mil habitantes, apenas quedaban poco más de doscientos, la mayoría de más de sesenta años. Un de ellos era Pedro, que podría decirse que a sus sesenta años era de los más jóvenes del pueblo.

—Margarita, tú que pasaste una guerra, ¿qué piensas de esos mamelucos que nos quieren meter en otra guerra?

—Pos, ¿qué he de pensar? Pedro. ¿No tenemos bastante con los tres reyes que tenemos como para meternos en una guerra, que ni nos va ni nos viene ni nos importa?

—Margarita, suponía que teníamos solo dos...

—Pedro, estás un poco tontaco — replicó Margarita cogiéndose los dedos de la mano izquierda los de la derecha, como contándolos—. Está el viejo, ese que se ha llevado nuestros cuartos al extranjero para pagar sus putiferios a sus amigas entrañables. Otras cosas les diría yo, pero sin dientes estoy y no quisiera quedarme sin lengua, está el otro, el que no sirve na más que para vivir a cuerpo de rey, y luego el que más nos está jodiendo y nos hace llevar tapabocas, el Virus de la Corona...

—Ahora, a eso se le dice COVID...

—Yo de tenis no entiendo ni pizca y el Đoković ese creo que es tenista ¿no?, no creo que sea rey ni na, aparte de más tontaco que tú, que por no ponerse un pinchacico a perdió unos milloncejos. Pero a ese no le damos de comer ni se lleva nuestros cuartos, solo toca las pelotas…

—Tu siempre tirando contra la Corona, ni que hubieran hecho algo…

—Eso lo dirás tú, que eres un tontaco. Entérate bien de lo que te voy a decir. Los reyes, desde que el mundo es mundo, ya lo decía el abuelo de mi abuelo, se llamen como se llamen solo están para joder y llevarse lo que no les pertenece y meternos en guerra para poder ganar más cuartos...

—No es el rey quien nos mete en la guerra, es el Bidem, ese...

—Pues yo quité el bidé del cuarto de baño por inútil. Cuando me tengo que lavar el chumino y las tetas, me meto de cuerpo entero en la bañera con agua calentita, y si me entran malos pensamientos calenturientos, pues me arrimo agua fresquita y se me van por el sumidero…

—¿Todavía te entran pensamientos pecaminosos a tus años?

—Anda este, y tanto. Mi Anastasio me los calmaba mu requetebién. Así que ahora, agua calentica y después fría pa quitar los malos pensamientos. Eso deberían hacer con quienes quieren llevar a la gente a la guerra, primero escaldarlos con agua hirviendo hasta desplumarlos, después con agua bien fría ponerles los huevos o los ovarios «on the rocks» para que se les quiten las ganas de joder y ...

—Margarita, te estás pasando, te pueden llevar a la cárcel por decir eso, que en España todavía existe la ley mordaza de M. Punto Rajoy...

—No, si ya verás, que va a venir la tercera guerra mundial y me voy a morir sin saber quién coño es el ladrón ese de M Punto Rajoy...

—Margarita, saberlo, lo sabes...

—Y los jueces también. Por eso siguen calentando el sillón, porque el día que haya jueces honrados en el Tribunal ese, medio Congreso deja de ser de los diputados para ser de los imputaos....

—¡Margarita! Te estás pasando dos pueblos...

—Pos a ver si llego a Puerto Rico, que mi Anastasio siempre me dijo que me quería llevar al Caribe y del pueblo no he salio...

—Los jueces deben impartir Justicia....

—Pos eso, deberían impartir Justicia. Y cobrar solo un sueldo el que les paga el Estao y pienso que muchos, podría ser que cobren dos sueldos: los del Estao y los del soborno. Es un decir, a lo mejor me equivoco.  Pienso yo que por eso no dimiten, aunque estén más caducaos que los yogures de Cañete, ni con el culo escaldao, porque si fuesen honraos, habrían dicho, lo que no me pertenece, hay lo dejo, no hago lo que me dicen quienes me han comprao. Están caducaoooos....

—No lo sabrán, no es por quitarte la razón. Además, están las teles y los periódicos…

—¡Amos! Las teles y los periódicos están a sueldo de los ladrones y de los bancos, entodavía más ladrones, que les dimos setenta millones y entodavía no han devuelto na. Encima vas y nos toman a los viejos por idiotas, y a vosotros, panda de inútiles que no protestais por na. Si no fuese por los viejos, aquí no se mueve nadie del sofá. Además, aquí lo sabe to Dios. En España, menos unos cuantos, la mayoría tiene amnesia severa, y eso que a mí ya me ha dicho el matasanos que tengo demencia senil y Alzheimer…

—Pos eso, por eso dices las barbaridades que dices, mujer de Dios…

—Ya me gustaría a mí, que quienes votan lo que votáis algunos, tuvieseis la mitad de memoria que yo, que es lo único que hace falta pa votar, memoria y el denei. No que vais como los cabestros, detrás de la manada, cuanto más os roban, más los votáis…

— Tú no sabes a quién voto. Margarita, como te oigan los guardias...

—No caerá esa breva. Acuerdate que tengo demencia senil y alzhéimer. Que me lleven a la cárcel, comida sin tener que guisar, luz sin preocuparme del recibo, agua calentica y tos los días un rato al sol....

—¿Y la guerra? Yo te he preguntado por la guerra, no por las elecciones…

—Pues te contesto. La guerra es porque tienen las armas y cañones amontonas los americanos en las fábricas sin vender. Necesitan armar guerras pa ganar cuartos.... Si en mi mano estuviera, terminaba con la guerra en dos días. Los iba a apañar bien…

— ¿Qué apaño propones?

—Que se lleven a la cabeza a todos los hijos de los directores de las fábricas de armas, de ladrones traficantes, y a los hijos de los mandamases de los países. Y todos esos cabestros que ganan cuartos con la sangre de los pobres que vayan los primeros, sin pistolas ni nada, a puñetazos, y después ya veríamos...

—Mujer, que se iban a manchar el traje. Te quería preguntar y somos aliados de nuestros amigos americanos, tenemos unos compromisos…

—Ahora déjame, ni me mires que tengo las berzas en la lumbre se me van a quemar. ¿Sabes? —Se levantó enojada Margarita.

—¿No me estarás llamando berzotas?

—¿A ti? Bueno, por si acaso te digo. Todos quienes nos quieren meter en la guerra no son berzotas, sino espabilados, los berzotas, quienes les apoyáis...

—Yo no quiero la guerra. Tenemos unos compromisos internacionales…

—¿Tú? ¿Compromisos internacionales? Tienes cien gallinas en el corralón y treinta gorrinos en la Montesina comiendo bellotas....

—¿Y eso a que viene ahora?

—Pos eso viene a que man dicho que van a poner una macrogranja de esas que tienen un millón y medio de gallinas y treinta mil gorrinos, y tú haciendo el paripé en Madrid el sábado...

—Es que el Garzón ese...

—Pos ya verás tú cuando pongan la macrogranja de gorrinos, los que vas a vender tú. Y tus huevos, que saben a huevos de verdad, ni uno vas a vender....

—Tú me lías, por algo te llaman la loca del arrebol...

—Hasta más ver, Pedro.

—El caso es que a lo mejor con eso de los gorrinos y las gallinas, hasta llevas razón…

—Mis ojos no lo verán, pero los tuyos…

—Oye, que no me has dicho lo que te he preguntado...

—Me llamo Margarita, ¿no viste a Margarita Robles el otro día con Ana Pastor. Le pregunta la Pastor una cosa, y eso que le estaba haciendo la cama, y ella respondía otra. Hasta confesó que está incapacitada para ser ministra de la guerra...

—¿Cómo va a decir eso? Yo también la escuché y no dijo eso…

—Sí, lo dijo. O lo que es lo mismo, dijo que no recordaba lo que votó en el referéndum de la OTAN, eso es que está peor que yo del alzhéimer, porque yo sí me recuerdo que vote que no. Así que está incapacitada para toda labor de responsabilidad...

—Tienes unas cosas...

—Y las berzas en la lumbre, que como esto de la guerra, me huele a chamusquina... ¡Agur! Como dicen los vascos...

Paco Arenas, autor de «Magdalenas sin azúcar»  y «Águeda y el secreto de su mano zurda», entre otros libros. 

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