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domingo, 18 de junio de 2023

L̳a̳ v̳íb̳o̳r̳a̳ y̳ e̳l̳ a̳l̳a̳c̳r̳án̳ e̲n̲ s̲a̲g̲r̲a̲d̲a̲ u̲n̲i̲ón

 



L̳a̳ v̳íb̳o̳r̳a̳ y̳ e̳l̳ a̳l̳a̳c̳r̳án̳ e̲n̲ s̲a̲g̲r̲a̲d̲a̲ u̲n̲i̲ón̲

 

Decían tonterías y la gente reía...

¿Quién les va a hacer caso, si sólo dicen bobadas?

En la oscuridad se escuchaban sus estupideces

y todos reíamos

sin pararnos a pensar

que en el árido desierto la víbora ve,

el escorpión oye

y los tontos tiran piedras contra su propio tejado,

oyendo sin escuchar

ni pensar.

Los simples sólo oyen

y digieren los graznidos de los buitres

como si fueran afinadas melodías

o tal vez,

las palabras de un dios

que se olvidó de existir.

La savia se secó antes de llegar al tronco

y mucho menos a la copa del pensamiento,

desengáñate,

la clorofila no riega los cerebros secos.

Ahora ya no reímos,

nuestra casa está plagada de escorpiones

y las víboras guardan la puerta

negando la evidencia.

El crepúsculo se tiñe

de inquietante oscuridad

esperando la noche de los cristales rotos.

 

Paco Arenas a 18 de junio de 2023

miércoles, 17 de febrero de 2021

Esbozos de la infancia lejana de un chiquillo campesino que nunca aprendió a labrar

 

Esbozos de la infancia lejana de un chiquillo campesino que nunca aprendió a labrar.

Me veo caminando por las calles embarradas en los días de lluvia, intentando pisar las piedras resbaladizas, procurando no caer, buscando que las abarcas o las zapatillas, no me pesasen un quintal, inventando fantasías deshilachadas de vértigo imposible al asomarme desde la Divina Pastora. Digamos que buscando entre el cielo y la tierra el horizonte en la lejanía, que no llegaba más allá de donde alcanzaba mi vista infantil.

Los recuerdos laten al ritmo de un corazón viejo, enhebrando las agujas del tiempo a través de palabras inconexas, absurdas, como si intentara escribir una historia olvidada surgidas de los labios de mis padres, vistas por sus ojos, a los cuales los veo a mi lado, dictando sus recuerdos. Los escucho entre los acufenos que me atormentan, mezclados con la mirada de mi madre y la risa perenne de mi padre. Los escucho en mis recuerdos olvidados, y no estoy loco, o tal vez sí.

Veo a mi madre preparando la comida en la lumbre, tostando la malta, cosiendo o zurciendo pantalones, jerséis, calzoncillos o calcetines, remiendos de pana o tela áspera en rodillas o codos, en pantalones o calzones, que ya olvidaron su color o tela original. La veo enseñándome, siendo analfabeta, el nombre de las letras y el matrimonio que había entre ellas, no siempre acertado, la c con la e, podía ser que, porque la c con la a era ca. Cena, se podría llegar a leer zena, pero entre los dos leímos El Gato con botas, antes de ir a la escuela....

A él, a Fermín Arenas, labrando, conmigo caminando a su lado, escuchando sus historias, que cayeron en el olvido de mi mente infantil. Lo veo con la gorra campesina ladeada hacia el lado izquierdo, con su pañuelo a cuadros al cuello, y el cigarrillo en los labios, aprovechando el mellado entre sus dientes. Lo veo cada mañana encendiendo la lumbre, abriendo la puerta para mirar al cielo del que nunca caía la lluvia anhelada. Todavía lo recuerdo cortando leña con golpes secos de hacha, acarreando con la galera, o en el corral sacando la basura, cantando mal, pero cantando mucho, para compensar...

No hay fruta como el madroño,

especia como el ajo,

ni mujer que no se ría,

 estando delante el novio.

¿Serán mis recuerdos, o son los recuerdos de otros, de ellos, los que salen de mis dedos sin ser capaces de razonar?

Es una pena no ser voz, memoria, no ser capaz de recordar todo aquello que jamás quisimos olvidar, ahora que, por mucho que alarguemos la mirada al horizonte, el punto más lejano, está mucho más cercano que cuando de chiquillos mirábamos al horizonte, siendo lo más lejano que nos alcanzaba nuestra vista eran las tapias del camposanto, al que, inevitablemente,  nos vamos acercando...

©Paco Arenas, autor de Magdalenas sin azúcar, disponible también en Amazon

domingo, 16 de agosto de 2020

Ondeando la bandera de la Libertad, te esperamos Federico.



El calor abrasaba aquel 16 de agosto, no fue preciso encender la chimenea, no esperaba invitados el poeta mientras escribía nuevos versos frente a un vaso de agua fresca tarareando, un poema aún sin escribir, con la premoción de los que podría ocurrir.

 No llegaron invitados a tomar café, sino unos matones dispuestos a profanar la poesía, a matar al poeta.

«¡Café!». Gritó un asesino, y el aroma no era a café, sino a sangre, a tierra regada con la sangre de los mártires de la libertad, a miedo a la luz del alba y al influjo de la luna sobre las mentes obtusas de los criminales.

Dos días después, sin esperar las primeras luces del alba, los pájaros, los gorriones y los ruiseñores, dejaron de cantar, el agua del río Genil, cesó su discurrir, sobre el lecho dormido teñido de rojo.


Ligero se marchó, sin un beso ni despedida de esos padres a los que fue a ver a su Granada querida.  Lo llamó su madre, como cada mañana:

 ——¡Vamos despierta Federico!, que los trinos de los jilgueros no sonarán igual esta mañana si le faltan tus versos. Sin ti, Federico, nada será igual, ni la poesía, ni el amor, ni tampoco la Libertad. Sin ti, Federico ni el sol saldrá.

 

Y las lágrimas todavía hacen crecer al río que transcurre, siempre, con sabor a sangre y a esperanza, entre el Albayzín y la Alhambra.

 

Ondeando la bandera de la Libertad, te esperamos Federico.

©Paco Arenas, autor de Caricias rotas y de Magdalenas sin azúcar

 

 

 

 

lunes, 15 de junio de 2020

Las peores primaveras


A ellos, van estas lágrimas, por ellos va este grito que no pudieron dar ellos.







Ellos,
Sufrieron una guerra interminable,
terror institucional, hambre dictadura y su apéndice…
desayunaron miedo y cenaron hambre,
nunca les faltó trabajo,
y cada peseta, que no tenían, les costó el sudor y la vida.
Vivieron sin temor a la muerte,
Sabiendo que era más dulce que la vida.
Ellos, nunca tuvieron buenas primaveras
Aunque los cerezos estuvieran en flor,
nunca se cayeron del guindo de todo regalado,
hasta el último sorbo de agua fue peleado
cada lunes al sol.


Nosotros, 
que nacimos con la mesa puesta y mil pesetas en el bolsillo.
creímos ser el centro del universo.
Nunca nos despertaron
 a mitad de la noche las bombas,
ni las patadas en la puerta en la madrugada,
jamás lloramos la muerte de un ser querido
muerto ante los cañones de los fusiles al alba.
Nunca fuimos nadie,
ni lloramos por nada,
a lo sumo,
 nuestras lágrimas desbordadas
fueron ante una pantalla panorámica,
sufriendo el drama de Escarlata O'Hara.
Nosotros,
nunca supimos lo que es una mala primavera.

A nosotros,
nunca nos ladró un perro hambriento,
disputando un mendrugo de pan caído en el suelo.
Nosotros
que nunca supimos del dolor,
que causa hambre en nuestra panza,
siempre la tuvimos harta.
Nunca vimos llorar a nuestra madre,
por no tener una rebanada de pan
para darnos de merendar...
¿Qué sabemos del hambre que no admitía espera,
porque lo que no desayunabas por la mañana,
tampoco lo cenabas a la luz de la luna?
Nosotros,
nunca supimos lo que es una mala primavera.

Nosotros,
que no supimos del miedo al látigo,
o a los golpes de los fusiles en nuestra puerta,
ni de colas interminables
ante las puertas de los penales,
de los «vivas a la libertad»
de los fusilados en los paredones,
sin un dios en el cielo
que secase las lágrimas de los perdedores
de todas las batallas,
porque no tenían dios,
 o esos dioses
se había puesto del lado de los traidores.
Nosotros,
nunca supimos lo que es una mala primavera.


Nosotros,
Que nos enseñaron de la a «a» la «zeta»,
mientras cambiábamos nuestros dientes de leche,
sin que nunca nos faltase un tazón en la mesa,
ni un capricho en nuestra colegial cartera.
Nosotros,
que antes de abrir la boca,
teníamos la camisa nueva puesta.
¿Qué sabemos de pan apolillado
con rancia manteca como sabroso relleno?
Nos creímos el centro del universo,
siendo que nunca luchamos por nada,
ni siquiera
 cuando les quitaron el pan de la boca a nuestros hijos.
Ni siquiera entonces,
Por nuestros hijos,
luchamos contra los ladrones que les robaban la primavera.
Fueron ellos quienes salieron a la calle por nuestras pensiones.

Ellos,
que cuando tenían la risa en los labios,
soñando Libertad, Igualdad y Fraternidad,
sentados en los primeros pupitres
de unas escuelas que comenzaban a andar,
los despertaron los tiros
de una guerra criminal,
que unos militares traidores,
y a fuerza de golpes,
 bombas y cañones,
les robaron la infancia y la leche,
antes de cambiar los dientes.


Ellos,
que cambiaron el lapicero
por el azadón,
que sufrieron la patada en la puerta,
el desconsuelo en el alma,
la rabia ahogada,
por las lágrimas contenidas
al escuchar los tiros
 que se llevaban las vidas de sus padres,
mientras agarrados a las faldas de sus madres,
secaban sus lágrimas
sin un dios al que poder rezar.

Ellos,
que siendo chiquillos,
sufrieron las peores primaveras,
con hambre, penas y mil temores,
remontaron el vuelo
alzando el puño contra dictadores ladrones,
pidiendo Libertad, Igualdad y Fraternidad
frente a los torturadores.


Ellos,
 que salieron a la calle
defendiendo nuestras pensiones,
que no las suyas,
se han ido,
solos y en silencio,
con el criterio miserable:
«de tanto tienes tanto vales»,
cribados entre ricos y pobres,
seguros privados a los hospitales.
Si tienes seguro vives,
de lo contrario…
mueres solo,
sin una lágrima que te consuele…

A ellos van estas lágrimas,
por ellos va este grito
que no pudieron dar ellos.
Nosotros,
En esta mala primavera,
tal vez lo único que hagamos,
sea llorar sentados en nuestro sofá,
 en lugar de caminar y luchar
por todo lo que ellos no pudieron lograr,
la lluvia de la libertad,
sin cadenas ni coronas...
¡¡¡Anda!!!



© Paco Arenas 14 de junio de 2020 -Autor de Magdalenas sin azúcar, novela recomendada por catedráticos de literatura e historia.
©Tiempos de clausura (mi nuevo libro de poemas)

miércoles, 8 de abril de 2020

Luna rosa


Luna rosa

A ellos, que lucharon por nosotros
Llegó la luna rosa,
y no la vimos,
las nubes ocultaron su resplandor.

Llegó la primavera,
y la aplaudimos
desde nuestras ventanas y balcones,
sin darnos cuenta,
de que se marchaba el otoño
sin una despedida,
sin un abrazo,
ni siquiera un beso al viento.

Llegamos al dulce hogar,
y las cuatro paredes de nuestra casa
se convirtieron en cadenas,
que nos aprisionaban
detrás de las puertas,
sin ser capaces de los gozos
en las sombras
de las cortinas echadas.

Se marcharon,
sin poder decir
¡hasta luego!
Sin un reproche,
ni una lágrima siquiera,
tampoco noche de vigilia
ante sus cuerpos,
sin el aroma de las flores
de los cementerios.

Se marcharon,
y las aves carroñeras
quisieron traficar con su memoria,
y nosotros,
desde nuestras ventanas y balcones,
callamos.
Solo tuvimos miedo…

©Paco Arenas 8 de abril de 2020
 1:55 de la madrugada

jueves, 19 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa Volveré (5º día de Clausura)




Volveré
 a pisar las calles,
gritando cada silencio,
abrazando cada suspiro, 
con el corazón hecho polvo
y el alma al viento.

Volveré
desbrozando de las lindes la grama,
sin miedo al filo de la hoz,
mis manos ya sangran.

Diré,
puede que, sin palabras,
aquello que un día callé
por miedo.
Llevo la muerte a mi espalda,
y también la fresca la memoria.

No habrá
puntos ni comas
que me obliguen a silenciar
la voz de los muertos,
de su deshilachada mordaza, impuesta,
se tejen nuevas banderas de libertad.

Seré
el barro del alfarero,
no el moldeable a capricho de sus manos,
sino el de la huella del camino,
la que ellos anduvieron.
Sus pies trazan la senda,
y mi pluma escribe lo que ellos me cuentan.

Soy
polvo, aire, agua y sangre,
rabia y fuego.
Soy barro
de la España subterránea
que grita desde el olvido,
que no solo fue el crimen en Granada.

Soy nadie,
 barro y sangre,
hijo del barbecho, del sudor y la espiga.
Soy nadie,
por no ser, no soy,
ni siquiera el poeta que se lamenta,
sabiendo que no será escuchado.

martes, 17 de diciembre de 2019

Escribir hasta que se seque la sangre




Escribir hasta que se seque la sangre,
pero no escribir por escribir,
ni, aunque sean las más hermosas palabras,
lo bello por lo bello, no es nada,
sino cae el fruto del árbol
y no sacia el hambre o la sed de unos labios.
Subir a la montaña,
es hacer el esfuerzo en vano,
huera sangre que no da fruto.
Baja al barro,
cava el surco con el azadón
hasta romper el astil,
llega el origen de la vida,
riega los huesos de los muertos con tu sudor.
Pregúntales a ellos que lucharon
el porqué de la ambición,
de la miseria,
la tristeza en los ojos de un niño
que no solo de pan tiene hambre.
Busca ese surco,
hinca el arado,
destruye la espada,
moja la pluma,
y escribe con sangre,
escribe como un poeta maldito,
insultando al rey y a su corte,
señalando a los culpables,
a los ladrones de risas,
a los usurpadores de la felicidad
de los pobres.
Señala con la reja
el inicio del surco,
y con la orca de avellano
el final de la besana,
de tus versos.
Escribe contra la gran furcia,
que no santa,
que dice que Cleopatra,
la reina de todas las reinas,
la madre de todos los miserables
que ciñen corona,
en una palabra,
de todos los ladrones,
debe bañarse en leche de burra,
mientras los hijos de quienes ordeñan la teta
mueren de hambre
sin sorber una gota.
Escribe eso, poeta maldito,
escribe del hambre y sus penas,
de quienes se dan golpes de pecho,
y roban y humillan al hambriento.
Escríbelo con tu sangre,
sin miedo,
y entonces,
solo entonces,
habrá merecido la pena
vivir para escribir,
escribir para vivir
porque este viaje,
maldito poeta,
poeta maldito,
es una gran farsa
si no apartas el trigo de la paja.
Se poeta maldito,
y no te arrodilles ni para rezar.
Escribe, poeta...
maldito poeta...
¡ESCRIBE!

©Paco Arenas

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