miércoles, 25 de septiembre de 2013

El día que me oriné en el confesionario y la noche que el cura de los capones estuvo en mi casa después del rosario.







Tendría unos seis años, eran tiempos de rosario diario y obligatorio para los críos de Pinarejo, arrodillarnos ante el cura y besarle la mano y también, ¿cómo no? de recibir capones de aquel cura corpulento, de nombre don Gregorio. Al desdichado crío que pillaba por medio no le hacía ver al Señor ni a la Virgen María, pero sí todas las estrellas del firmamento...

 Al repique de las campanas de la iglesia, sin perder un instante corríamos todos calles arriba, sin esperar la segunda señal, no era por devoción cristina, al menos en mi caso. La razón de tanta prisa por llegar era porque si llegábamos tarde al rosario no nos libraba del capón con los nudillos y repique de sardineta ni la Virgen María, ni la Santísima Trinidad.


En ocasiones el repique de campanas nos pillaba más alejados de la cuenta, y llegábamos con el tiempo más que justo.   Así aconteció aquella tarde en la tuvimos la ocurrencia de ir a comer moras cerca de la poza Diana, un maravilloso lugar de gratos recuerdos de juventud. Nos entretuvimos más de la cuenta, era todavía verano, y cuando escuchamos la primera señal estábamos en plena degustación de moras, cuando sonó la segunda íbamos a la carrera en dirección a Pinarejo, seguros de que llegábamos tarde.  Llegando a la entrada del pueblo me entro unas apremiantes ganas de orinar, sin tiempo que perder, corrí junto a mis compañeros pues de sobra sabía que si llegaba más tarde del capón no me libraba ni Dios.

Aun así, llegamos antes de que tocase la tercera señal, sentándonos conforme llegábamos presurosos y en silencio; por supuesto, pasando antes por la pila bautismal y mojándonos los dedos persignándonos sobre la marcha, más atentos al cura de los capones que a la acción en sí misma.  Esa fue mi salvación, no recuerdo el nombre, lo cierto es que uno de mis compañeros que entraban, en lugar de santiguarse con todos los pasos preceptivos omitió alguno con las prisas, percatándose de ello el cura.

—Tú, ven aquí ahora mismo. ¿Nadie te ha enseñado a persignarte como Dios manda?

Mi amigo, arrodillándose ante el sacerdote, le beso la mano y en recompensa recibió un contundente capón en toda la coronilla, con efecto sardineta. 

   Mientras tanto yo con más miedo que vergüenza me deslice hacía el lado izquierdo de la bancada de los hombres —en aquel tiempo, los hombres y chiquillos nos sentábamos en lado izquierdo y las mujeres en lado derecho.  Con toda la iglesia pendiente de la acción del cura, yo que no podía aguantar ni un segundo más la presión de mi vejiga, disimuladamente descargué la misma junto al confesionario. Si bien estaba seguro que nadie se había percatado de mi acción, durante todo el rosario notaba como me temblaban las piernas, y en todo momento creí sentir la mirada inquisitiva del cura de los capones y de alguno de los beatos que iban al Rosario, afortunadamente estaba equivocado y nadie se dio cuenta.


Si bien aquel día tuve miedo de ser descubierto, conforme pasaban los minutos y las horas ese temor iba en aumento, yo diría que, multiplicándose, hasta el punto de que, llegado el día siguiente, como pude me las apañé para no acudir a la llamada de las campanas, me escabullía de un modo u otro, pero yo no iba al rosario, convencido de que el cura de los capones habría descubierto mi acción:

 «Dios está en todas partes y siempre sabe lo malo de nuestras acciones». 

Yo sentía terror, convencido que ardería en los infiernos sin remisión, pero era tanto el miedo que nos inspiraba aquel cura que le teníamos más temor a él que a la caldera de Satanás.


Tal vez él se diese cuenta de mi ausencia, o alguien le dio el chivatazo, lo cierto es que cuando llevaba más de una semana evitando ir al rosario, cierto día, poco antes de cenar, ya sentados en la mesa ante una fuente de mojete manchego, alguien llamo a la puerta con fuerza, del mismo modo que lo hacía la Guardia Civil, a la cual le teníamos más miedo que al cura, menuda se la gastaban los de la benemérita con los rojos, porque nosotros éramos rojos, y además lo teníamos asumido.

 —Los guardias —dijo mi padre. 

Yo me escondí tras las sayas de mi madre, asustado mientras que mi padre preguntaba quién era.

—Don Gregorio —se escuchó la voz bronca y autoritaria del cura de los capones.

Mi padre abrió extrañado, no era normal la presencia de un sacerdote en mi casa, conocido el agnosticismo de mis padres; aunque, a mí me obligasen a ir al rosario todos los días y a misa todas las fiestas y domingos de guardar. Sin poderlo evitar, salí corriendo en dirección al cuarto de mis padres, metiéndome con más miedo que vergüenza debajo la cama. Mi madre no hizo nada por impedirlo, fingiendo no enterarse de la acción.  Parece ser que mis padres fueron a besarle la mano al cura, como nos obligaban a todos, pero él la retiro y dijo eso de:

— No seáis fariseos, vosotros sois caso perdido para el Señor, vengo por el chiquillo.

—¿Por el chiquillo? ¿Por Paco? – Pregunto mi padre, a sabiendas que mi timidez era tal, que casi me impedía hacer ningún tipo de gamberradas, aunque, a la chita callando también las hacía.

Tras los preceptivos:

 «¿quiere usted cenar?»«Vicenta saca unos chorizos y un poco de tocino magro (jamón)»,

Con el cura ya sentado, cortando pan, bebiendo vino y comiendo jamón y mi madre calentando unos chorizos en la sartén, el cura fue directo al grano:

—Mirar, que seáis rojos, que vayáis directos al infierno, me trae sin cuidado, vosotros al fin y al cabo estáis ya condenados por vuestras acciones.

Mis padres, que siempre fueron muy honrados y trabajadores, aunque fuesen rojos, si el cielo existe, no creo que estén en el infierno, eran muy buenas personas, muchísimo más que aquellas que iban todos los días al rosario y misa dominical.  Los pobres le miraban mientras él soltaba el sermón y daba cuenta del jamón y las emprendía con los chorizos que acababa de poner mi madre sobre la mesa, haciendo las preceptivas pausas para darle unos tientos al porrón de vino.

—Pero el chiquillo aún está a tiempo de salvarse, no voy a dar parte ni al alcalde ni a los guardias, pero quiero que me digáis por qué lleva días y días, sin ir al rosario y tampoco el pasado domingo a misa, cuando sé que no está malo.

Mis padres que era la primera noticia que tenían de mis ausencias, se miraban sorprendidos, ya que, como todos los padres que habían luchado defendiendo la legalidad republicana hacían hincapié en que sus hijos no faltasen a los preceptos religiosos ya que ello, en el medio rural, solía traer consecuencias nada deseables para las personas honradas.

—Nosotros es la primera noticia que tenemos —dijo extrañado mi padre —, le tenemos dicho que bajo ningún concepto falte ni a misa ni al rosario…  ¡Pacooo!

Muerto de miedo, salí de debajo de la cama y con la cabeza gacha fui en dirección a mi padre, esperando un buen coscorrón que no llego gracias a la oportuna mano en mi cabeza del sacerdote que con voz que fingía una falsa amabilidad y una benevolencia inexistente me pregunto cariñoso

—A ver, Paco, ¿verdad que te han dicho tus padres que no vayas a misa?

Negué con la cabeza, ya que las palabras se obstruían en mi garganta como si tuviese algo atragantado.

—Mira que si no dices la verdad puedes ir directo al infierno sin pasar por el purgatorio, que Dios todo lo ve y yo soy su representante…Te pregunto por segunda vez.  ¿Te han dicho tus padres que no vayas a misa?

De nuevo negué con la cabeza gacha, entonces me levantó la cara con la mano y me dijo que le mirase a los ojos y le dijese el motivo por el cual llevaba varios días sin ir al rosario ni a misa, advirtiéndome que él terminaría sabiéndolo, y de que, si decía una mentira Dios, todo misericordioso, me llevaría directo al infierno, mientras que si decía la verdad me juraba que no me pasaría nada.  Ante tal disyuntiva, y creyendo a pies juntillas sus palabras, totalmente aterrorizado, me atreví a preguntarle.

— ¿Y no me pegará un capón?

—Te lo juro por Dios y por la Virgen — contestó besándose el pulgar —, pero debes decir la verdad, y si han sido tus padres quienes te han dicho que no vayas misa también. Dios te está mirando en estos momentos pendiente de tus palabras...

— Me meé en el confesionario.

Tanto mis padres como el cura se miraron sin poder dar crédito a lo que escuchaban.

—¿Y eso por qué? – Volvió a preguntar.

— ¿Por qué? —La verdad, no sé muy bien como me salieron las palabras —No me dio tiempo antes de la tercera señal y no quería mearme los pantalones abajo y que se riesen de mí…, también porque tenía miedo a que usted me diese un capón…

—Un capón te voy a dar yo a ti, el culo te lo voy a dejar más colorado que un tomate —levanto la voz mi padre, en el fondo aliviado con mi respuesta.

—No Fermín —dijo deteniendo la acción de pegarme mi padre en buen azote —Dios ya lo ha perdonado, nosotros debemos hacer lo mismo, eso sí, Dios no olvida y no debes tener miedo a mis capones, que no te voy a dar nunca, te lo juro, y te lo juro por haber dicho la verdad.  A quien debes temer es a la ira del Señor, que te llevará directo al infierno como vuelvas a faltar un solo día a misa o al rosario… a no ser que estés malo.

El cura acabo con el «tocino magro», los chorizos y el vino del porrón.  Nos dejó el mojete para cenar; en mí el convencimiento de que tarde o temprano yo ardería en los infiernos.

Lo cierto es que cumplió su palabra y nunca me dio un capón, posiblemente sea de los pocos críos de mi generación que no los recibió, eso sí, el primero para besarle la mano o para ir al rosario siempre era yo.  Su salida del pueblo, como bien la define mi amigo José Vicente Navarro Rubio, no la supera ninguna película de Berlanga, pero eso es ya otra historia.

Naturalmente el relato no debe tomarse al pie de la letra, algo de recuerdos, bastante contado y escuchado de boca de mi madre y un poco de imaginación, pero más o menos así paso y así lo cuento yo.
©Paco Arenas

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sábado, 21 de septiembre de 2013

La vendimia ( Fotografías antiguas de La Mancha)


La sangre de La Mancha, de estas tierras del sur de Castilla ha tenido los colores del vino, en Pinarejo, durante mucho tiempo solo existió un tipo de vino, el blanco, un blanco algo pajizo y casi transparente con cierto toque dulce. Vino que bebíamos todos desde la más tierna infancia, en porrón aparte se le añadía azúcar para que bebiésemos durante la comida, ya que por entonces existía la creencia de que el agua quitaba “las ganas”.

El inicio de la vendimia lo fijaba la maduración de la uva, aunque un trabajo duro, la vendimia siempre tuvo cierto aire festivo, en Pinarejo no había ni hay grandes extensiones de viñedos, por lo cual se procuraba hacer la vendimia rápido para ir a vendimiar a La Mancha, Socuellamos, Villarobledo  y el Tomelloso, principalmente, aunque también se iba a Argamasilla e incluso a Valdepeñas.

La vendimia coincidía en cierto modo con el inicio del curso escolar por lo tanto así como de la siega y trilla guardo muchos recuerdos, de la vendimia no tantos.    Recuerdo los carros cargados de uva, no sé si en capachos de esparto o directamente sobre las tablas del mismo, recuerdo que mi padre tenía un majuelo en el cual había una caseta medio derrumbada, que también tenía una viña, que decían que era muy buena y se llamaba “la viña del cura” y sobre todo recuerdo cuando íbamos con los picatostes a que mi padre y mi tío Ladislao nos los empapasen del mosto espeso de las uvas recién pisadas. Dulces recuerdos que ya están casi olvidados en un rincón de la memoria.


La vendimia se realizaba con espuertas de esparto que llevaba cada vendimiador, que vaciaba en capachos de gran tamaño, apartando los racimos más grandes y hermosos para ser colgados en las cámaras y tener postre o pasas durante un tiempo, El vino se guardaba en grandes tinajas de barro que eran limpiadas antes de echar el sagrado jugo, donde va fermentando, tras la fermentación llegaba el trasiego, se dejaba reposar y poco se más, lo cierto es que lo que se crío no me gustaba ahora lo disfruto, aunque ahora prefiero el vino tinto al blanco.


En el capacho para echar al carro



Descanso



A vendimiar en vespa

En pie manchegos,  en pie

Esperando la vendimia

Lista para acarrear



Vendimia en La Mota del Cuervo
Bello racimo de muchachas presumiendo de racimo 
Preparando el avío 
Se vendimia con sudor el vino del labrador
Ni vino aguarchao ni agua avinata






Saliendo de la tinaja

Un poco de casquera


Pisando la uva




Y de postre uva

A probar los resultados

miércoles, 11 de septiembre de 2013

11 de septiembre de hace muchos años, cuestión de cuernos en Pinarejo.



Lo que a continuación narro, aunque basado en un hecho real tiene partes que no se ajustan del todo a lo que pasó aquella noche del 11 de septiembre de hace muchos años. ese día comencé a dejar de ser "taurino" para convertirme en taurino. 

Las principales calles de Pinarejo se encontraban adornadas con banderitas de todos los países incluida la Unión Soviética, un acto de valentía por parte de la nueva corporación municipal, después de los incidentes ocurridos en el pueblo vecino de Santa María del Campo Rus el año anterior durante las fiestas patronales, en las cuales a pesar de ser oficialmente España, ya, una democracia, el sargento de la Guardia Civil ordeno retirar de la macedonia multicolor de todas las banderas del orbe, una por una la de la URSS, retirándose tan solo algunas, por oposición de muchos vecinos. Por entonces nadie se planteaba si las corridas de toros eran cultura o salvajada, se trataba de una tradición secular que se había repetido durante siglos, sin que nadie se plantease el sufrimiento de los animales. Los astados llegaban siempre la víspera, el día 10 de septiembre por la noche. Era por tanto la víspera de las fiestas patronales de Pinarejo. Por primera vez desde los lejanos tiempos de la República el ayuntamiento estaba gobernado por una corporación de izquierdas. En aquellas elecciones El partido más votado fue el PCE, seguido del PSOE, en tercer lugar la UCD y en cuarto Falange Española, todos con representación municipal.  El ayuntamiento después de cuarenta años de dictadura había cambiado de manos, siendo el alcalde comunista y el teniente de alcalde socialista.

Estaba todo el pueblo pendiente de la carretera, en las caras era visible las distintas sensaciones de cada cual. Unos expresaban abiertamente sus dudas, otros ironizaban sobre la tardanza, otro, y los más pedían paciencia. Lo cierto es que había más expectación que otros años esperando la llegada de las vaquillas, que parecían retrasarse más de lo deseado por los ansiosos pinarejeros.  A lo lejos se ven unas luces que parecen las de un camión acercándose por la carretera. Se le ilumina la cara del alcalde, sus ojos parecen bailarle de felicidad

—Sí, ahí están, ahí están —dice el alcalde comunista sacando su viejo reloj Omega prendido de una cadena, del bolsillo de su chaleco.
Pero no, el camión, que también lleva vaquillas, continúa su camino en dirección a Santa María del Campo Rus, posiblemente hasta la Alberca del Záncara que comienzan sus fiestas tres días más tarde.  
—Son ya las once y media —se lamenta, mientras ve como se pierde el camión dejando el resplandor rojizo de sus luces traseras en la lejanía.
— ¿Qué Manolo toreamos las vaquillas este año o las dejamos para febrero? —Grita alguien en tono jocoso entre la multitud.
El alcalde, Manolo, menea la cabeza de un lado a otro, mira al teniente de alcalde, que quita importancia y con un gesto le dice que no haga caso; sin embargo él también está nervioso. Son los máximos representantes de aquella primera corporación democrática, personas honradas y trabajadoras elegidas por primera vez en muchos años por voto ciudadano. No les podían fallar
Un nuevo camión se acerca, pero tampoco. En esta ocasión es de gaseosas La Pitusa, y ahí no van a llegar las vaquillas metidas en botellas.  Este se introduce entre las calles del pueblo para aprovisionar de gaseosas, refrescos y cervezas a las tabernas del pueblo.
Alcalde y teniente de alcalde refunfuñan algo mientras siguen con la mirada las luces que se difuminan confundidas con las banderitas y los puestos de los feriantes, hasta que el camión se pierde tras la esquina de la Carrera hasta parar en el primero de los bares. A todos se les queda la vista en la sonriente Pitusa y en sus coletas. Tan pendientes están todos del camión de gaseosas que no se percatan de dos nuevos camiones se acercan los cuales no traían ningún tipo de rotulación, ni tan siquiera: “animales vivos”. Eran dos camiones de transporte normal con cajas de madera y barrotes de acero. Todavía no era obligatorio el famoso letrero “Animales vivos.  Los partidarios de la nueva corporación comienzan a aplaudir, el alcalde se quita la gorra y saluda al modo que lo hacen los toreos, brindando al público la llegada, incluso se atreve a lanzar la gorra al aire, que pronto se la devuelven al grito de :

—Manolo tápate la calva.

Por fin paran los dos camiones delante de la multitud. uno lleva dos grandes cajones y otro solo uno. Tras las indicaciones pertinentes los camiones se introducen en el corral que todos los años se utiliza como improvisada plaza de toros. Las gentes se sube a los remolques de tractor, que a modo de círculo se han formado en aquel inmenso corral de ganado, dejando una pequeña abertura para recular los camiones y bajar los animales. Una vez cerrado el círculo, bajan el primer cajón abriendo la puerta de inmediato, y sin mucho entusiasmo sale una vaquilla. El pobre animal mareado comienza a tambalearse dando traspiés y cayendo al suelo, levantándose con dificultad. En el ruedo hay varios muchachos con muletas intentan conducirla a la cuadra para encerrarla y que deben cogerla por los cuernos porque el animal se encontraba mareado. De inmediato algunos gritos y pitidos por la poca presencia del animal salen de los más críticos con la nueva corporación municipal.
      
   — ¿Estas son las vaquillas tan buenas que ibais a traer? Si parece una cabra…

El alcalde mira con extrañeza al teniente de alcalde, que además es ganadero y quien ha elegido a los animales que se han de torear en el ruedo.  El teniente de alcalde le responde con un gesto con la mano y le susurra:

 —Tranquilo Manolo, que a estos los callamos. 

Una nueva vaquilla sale segundo cajón, esta con mayor presencia, más grande de color rojizo. De inmediato barre la plaza de mozos, que con celeridad suben a los remolques. Alcalde y teniente de alcalde sonríen satisfechos.

 —Esta es hija de la ratona, seguro que es hija de la ratona, menuda fiesta hizo…—dice un anciano desdentando casi voz en grito.
Al final los mismos jóvenes de antes se habían subido a los remolques se bajan al ruedo y comienzan a torearla, se nota que están disfrutando, la mantienen más de media hora, para disfrute de todos.
—Esta impone —susurra el alcalde a su compañero de corporación.
—Pues espera a la otra —contesta el socialista.

Ante un gesto del alcalde, llevan la segunda vaquilla hasta la cuadra.  Sale el primer camión del recinto y comienza a recular el segundo.  Se acerca al camión el teniente de alcalde, grita algo, pero nadie le escucha. Al final coge la trompeta del pregonero para ser escuchado.
—Todos fuera de la plaza.
Nadie piensa que la nueva vaquilla pueda superar a la que acaban de encerrar.  Sin embargo, todos los espectadores enmudecen cuando el animal que hay dentro del cajón asoma un poco la cabeza, para automáticamente meterse de nuevo en su interior. Se escuchan golpes desde el interior golpeando el animal contra la madera. Han sido unos instantes; pero el silencio provocado por la vaquilla es absoluto. Aprovechando que de nuevo cierran la puerta del cajón, más de la mitad de los presentes en el ruedo se han subido de nuevo a los remolques o se han metido debajo de los mismos.  Aquella vaquilla no solo causaba respeto, sino miedo verdadero a los más valientes. Tenía unas inmensas astas y una mirada que incluso en la oscuridad denotaba bravura. Al abrir de nuevo la puerta, recula contra el fondo del cajón, los mayorales se suben encima del mismo y comienzan a pincharle con picas de rejoneo.  Al final tras un fuerte resoplido, la vaquilla sale como impulsada por un resorte.  En segundos todo el recinto quedo sin un solo torero, hasta el más valiente subió al remolque.

—Esta vaca no es para el pueblo —dice más de uno.

—Eso no son cuernos son horcas de acero afilado —decía otro.

—Como pillará a alguno no se comería estas navidades los turrones —sentenciaba un tercero.

Comentarios similares comienzan a escucharse.  Realmente impresionaba.  Algunos jóvenes hacían amago de salir al ruedo, pero bastaba con que la vaca hiciese el intento para que antes de que el animal arrancase, saltasen sobre el remolque.  Un joven robusto, de nombre Juan José, por fin se decidió y se lanzó con un capote, dándole unos cuantos pases, estando a punto de ser embestido un par de veces. Tras varios intentos la vaca fue encerrada aparte de sus compañeras, era peligrosa hasta para las otras vaquillas.

El pueblo entero marchó a la Plaza Mayor, no a tomar un excitante café con leche, tampoco una relajante taza de tila. A prender la Iluminaria (una gran hoguera de leña de encina) y dan con ello, por fin, el comienzo a las fiestas del 11 de septiembre, las fiestas del verano en Pinarejo. Porque en Pinarejo tenemos unas segundas fiestas patronales.  Hubo un tiempo en que las fiestas eran solo en invierno, el 5 de febrero, día de Santa Águeda; sin embargo en aquellas lejanas fechas una parte importante de los pinarejeros se encontraban recolectando aceituna en tierras de Andalucía, por lo cual se decidió repetir las fiestas el 11 de septiembre. Fecha ideal en aquellos tiempos, ya se habían finalizado las labores de siega y trilla y todavía no había comenzado la vendimia.  Tras prender la luminaria y lanzar el castillo de fuegos artificiales, comenzaría el baile en los antiguos almacenes de trigo.  Terminado el baile, en torno a las cinco de la mañana, un grupo de ocho jóvenes, casi adolescentes todavía andábamos dándole vueltas a aquella vaca de gigantescas astas. A Alguien se le ocurrió:

—Y si vamos a torearla,

—Pues sí podríamos ir a torearla —añadió un segundo. 

—Mejor no, que la vamos a malear —tercio un tercero, más precavido o temeroso.

 —Fulanito tiene miedo — argullo otro.

— ¿Yo? Los cojones treinta y tres —protestó el acusado de tener miedo.

 De repente todo el grupo estábamos decididos a demostrar lo valientes que éramos, y eso que algunos como yo teníamos miedo, pero con menos de veinte años está mal visto admitirlo.  Nos encaminamos al corral saltando las tapias sin ser vistos.  Ni cortos ni perezosos abrimos las puertas de la cuadra donde se encontraba aquel prodigioso animal.  Los más valientes comenzaron a correr delante del animal, delante, sin terminar de atreverse a torear a la vaca.

— Teníamos que haber traído un capote — dijo uno.

Mientras otro, más decidido, se quitaba un polo rojo y comenzaba a llamar a la vaca. Parte del grupo fuimos a por un carro de varas para que sirviese de lugar de refugio en caso de embestida.  Pronto comenzaron los escarceos con el animal, mientras el del capote improvisado llamaba a la vaca, otro agarraba al animal del rabo, dándose la vuelta y corriendo tras de él, ayudándole la vaca a subir a un remolque con el morro.  En el carro permanecían tres jóvenes que lo utilizaban a modo de columpio giratorio, según intentase cornear el animal por un lado u otro.  Alguien se acercó al carro con una piedra del tamaño de un melón y en una de las embestidas contra el carro, desde lo alto del mismo, la soltó sobre la cabeza del animal. A la vaca al instante se le pusieron los ojos en blanco, y tras unos tambaleos cayó al suelo con las patas para arriba.  En el preciso instante llegó alguien, dudo que fuese  la guardia civil y desde el exterior gritaba:

—Alto a la guardia Civil.

Automáticamente los ocho jóvenes, saltamos de los remolques a los tejados abandonamos el corral, reuniéndonos fuera del pueblo.

—Hemos matado a la vaca —se lamentaba uno.

—Había costado ocho mil duros. —Entonces hablábamos por duros —Era la mejor vaca que se había traído nunca al pueblo —agregaba otro.

— Somos unos gilipollas —continuaba un tercero.

—No nos pongamos nerviosos. Nadie nos ha visto —un cuarto.

—Hay que hablar con el alcalde y pagar la vaca entre los ocho.  No podemos joder así las fiestas, es dinero de todo el pueblo —añadía un quinto con más conciencia.  Porque eso sí, entonces éramos taurinos, pero teníamos conciencia social, no en vano vivíamos en uno de los escasos pueblos con mayoría absoluta de las izquierdas, siendo el partido más votado el comunista, el segundo el socialista, tercero la UCD, y con un solo concejal Falange, allí desde luego estábamos de todas las tendencias, en el grupo estábamos de todas las tendencias.

— Llevas razón… ¿Pero quién lo hace? ¿Cómo lo hacemos? —Preguntó un sexto.

—A mí mis padres me dan mil duros para las fiestas, si doy los mil duros que me tocan me quedo sin fiestas, ni baile ni chorras en vinagre —se lamentaba un séptimo.
—Pues no queda otra que pagar la vaca entre los ocho, somos muchos para guardar un secreto tan grande y tarde o temprano se sabrá —sentenció el octavo.

Al final todos estuvimos de acuerdo en la propuesta de pagar la vaca de manera solidaria, ayudando a quien menos posibilidades tenía de pagar lo que le correspondía.  Aunque debamos por sentado que nuestros padres no serían muy condescendientes con nosotros y nos quedaríamos sí o sí, sin fiestas. Sin embargo todos éramos conscientes de que nuestro deber era asumir nuestras acciones, con independencia de quien hubiese tirado la piedra, ninguno deberíamos de esconder la mano. Nos separamos en grupos de  dos y ya amaneciendo entramos por distintos puntos del pueblo, mientras en la plaza todavía mucha la gente permanecía aprovechando las ascuas de la iluminaria para hacerse unas chuletas de cordero antes de irse a dormir.

      Al medio día, después de comer, fuimos acudiendo al bar donde habíamos quedado para terminar de decidir el cómo y el cuándo, cumpliríamos con nuestro deber ciudadano. Pronto llego uno con la noticia:

—Los guardias dicen que saben quiénes fuimos —llegó diciendo uno.
 Todos pusimos cara de espanto. Eso era peor, porque si sabían de nuestra gamberrada quedaríamos muy mal a pesar de nuestras buenas intenciones. Sin embargo se trataba de una broma. De las calles llegaron gritos y risas.  Salimos, como todo el mundo del bar para ver qué pasaba y pudimos ver como un grupo de gente entraba en la plaza corriendo, jóvenes, mujeres, hombres de todas las edades y principalmente chiquillos, entonces en Pinarejo todavía había gente.
— ¿Qué pasa?
— Nada que han encordado a la vaca con una soga y está dando la mayor fiesta que ha habido nunca en Pinarejo —contestó un hombre de mediana edad.
—¿La vaca…la de los cuernos largos?
—Sí, se ve que se escapó de la cuadra y ha intentado escaparse del corral corneando los remolques, así que al final el animal ha quedado medio atontado. Le han atado una soga a los cuernos y la están paseando por el pueblo.

Nos acercamos pudiendo comprobar que el animal estaba vivo, pero falto de reflejos.  Llevaba una soga atada a los cuernos, sujetada en cada extremo por dos jóvenes robustos, que cuando intentaba embestir tiraban del lado contrario para que no llegase a la gente.  Algo muy divertido para todos los participantes…menos para la vaca.  Sus ojos de sufrimiento se me quedaron clavados en la mente.

Sí, aquella vaca dio mucha fiesta, nadie tuvimos de pagar las cinco mil pesetas, pero…

Ese día me di cuenta que nadie tiene derecho a hacer sufrir a un animal por diversión. La tradición no por repetida deja de ser una aberración.  Aquel día decidí que nunca más asistiría a ver como se tortura un animal.  Si de algo estoy convencido, tal vez gracias a esa gamberrada, fue que  las bestias estamos en el lado exterior de las jaulas.

Aviso, parte del relato no se ajusta totalmente a la realidad, no nombro a nadie de quienes participamos en aquella "gamberrada", solo digo que yo sí participe.

      

sábado, 7 de septiembre de 2013

Tardes de toros en Pinarejo ( Fotografías antiguas)




Siempre hay momentos en los cuales una persona comienza a ver de manera diferente cosas que hasta ese momento fueron vistas desde otra perspectiva, con otra mirada, puede ocurrir con la amiga de toda la vida, compañera de juegos, con la que te has peleado, que una mirada, un gesto o una sonrisa hace que la veas como una chica una mujer con la que compartir tu vida.  Puede ocurrir que verdades inquebrantables se conviertan en un solo instante en atroces mentiras. Aficiones adquiridas desde la infancia las veas como auténticas salvajadas…

Esas cosas, no siempre llevan un proceso, en ocasiones, como decimos en Pinarejo, pasan de la noche a la mañana, no es mi caso, pero hubo un momento en que deje de ver los toros como un espectáculo, en el cual comencé a plantearme que tal vez no teníamos derecho sobre esos nobles animales para hacerles lo que les hacíamos, que esos seres astados no eran los malos de la película, que éramos nosotros.
No voy a juzgar, recuerdo a mi padre su gran afición por la tauromaquia,  dejar antes las labores agrícolas  para ir a ver una corrida al bar del Vivo o el Torcido, de llevarme a mí con él, de disfrutar viendo torear al Cordobés, a Paco Camino  o Palomo Linares a través de aquellas pantallas en blanco y negro.  De divertirme viendo cómo se capeaba a las vaquillas, como se les hacían mil diabluras a los animales, yo no les hacía nada, pero no porque fuese mejor o peor que el resto sino porque tenía más miedo que ellos, nunca fui valiente ni para las peleas ni para los toros o las vaquillas y de unas y de otras siempre que he podido las he evitado, las primeras porque sabía que incluso en caso de ganar yo iba a recibir mi parte y las segundas porque posiblemente si hubiese sentido su aliento a menos de tres metros de mí habría manchado los pantalones.  Un suceso provocó en mí, que dejase de ser “taurino”(aficionado a los espectáculos taurinos) a ser taurino (Defensor de los toros y por tanto contrario a ese tipo de festejos).
Dejando claro todo esto os dejo unas cuantas fotografías de Isidoro Pérez y una de Jesús Navarro para que disfrutéis los “taurinos”. 

























Enlaces de las Fotografías de Pinarejo (Todos los enlaces)

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