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sábado, 3 de diciembre de 2016

Mojar el churro en la calle de Las pollas


Eran las ocho y media de la mañana cuando terminaba mi paseo bajo la tan necesaria lluvia me hizo buscar refugio. Hombre precavido vale por mil, yo debo valer poco, porque no cogí ni un triste paraguas roto. De repente me choque con la calle Las pollas.  No pude menos que esbozar una sonrisa, no había razón para ello sí me léxico continuase siendo el de mi infancia manchega, mi corral estaba lleno de pollas y conejos, que convivían en perfecta armonía con pollos, gallinas, gallos, gazapos y conejas, cabras, y, gorrinos en la gorrinera o pocilga y en la cuadra el Sacristán y la Cordobesa, que siendo que tenían atributos no podían procrear, por ser equinos de la raza mular.  Hubo también otra mula de nombre Clementina y un borrico de cuyo nombre no me quiero acordar, y que se nombraba en voz baja.  Esta vuelta y revuelta viene a cuento, por cómo nos hemos contaminado con otro léxico ajeno al manchego, que nos hace sonreír y hasta escandalizar al ver la palabra polla escrita en el rótulo de una calle, cuando mucho más nos debiera escandalizar que en muchos pueblos de España las calles tengan nombres, que como el del burro que tenía mi padre, mejor no acordarse. Polla, es el femenino de pollo, es decir, una gallina joven de las que comienzan a poner huevos y que terminará siendo gallina ponedora de huevos, que nada tienen que ver con esos supuestos atributos que ponían los romanos por testigos.

Justo, al otro lado de la pared de donde se encuentra el letrero, en el chaflán con la calle Rus, se encuentra la Churrería Juli, el bar, que según me dijeron antes abre por las mañanas en San Clemente, en dicha churrería hacen unos magníficos churros, o como les llaman en algunos sitios, porras, en honor a la verdad, decir que son tan buenos como los que hace Dolores y Eusebio en la Caseta Azul de Valencia, aunque un poco más pequeños, sin que por ello lo sean.  Aunque yo soy cafetero, y estoy como una cafetera, decir que también moje el churro en chocolate, y que me gustó mucho más el chocolate de la churrería de la calle Las pollas, que el tan afamado de la plaza Santa Catalina de Valencia, posiblemente es uno de los mejores chocolates que he probado en un establecimiento hostelero y los segundos mejores churros/porras que he probado en los últimos años.  

Lo dicho, si pasas por San Clemente y quieres mojar el churro, meterlo en caliente chocolate, a la calle Las pollas, si por el contrario pasas por Valencia y te apetece probar los mejores churros/porras de Valencia, y más grandes, pásate por la Caseta Azul, de la avenida Peset Aleixandre, eso sí, el chocolate lo tendrás que poner tú, o tomarlos con café con leche en El Paraíso, es decir, el bar que está al lado de la Caseta Azul. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Las mujeres campesinas de La Mancha, de Castilla (Fotografías antiguas)

Segadora (Gonzalo) Bilbao 1921


A ellas.
Las mujeres campesinas de Castilla, de La Mancha, son las mujeres de mi familia. Mi mundo infantil estuvo rodeado de aquellas mujeres campesinas que formaban mi familia. Las mujeres de mi familia, al igual que el resto de las mujeres campesinas, eran mujeres luchadoras y hacendosas, que incluso cuando se paraban a cascar (hablar) estaban haciendo algo, zurciendo algún pantalón, unos calcetines, tejiendo aquellos calcetines de lana o de algodón duro o lona, que servían de complemento a la abarcas campesinas, haciendo un jersey, una bufanda. En ellas la faena de no se paraba por muy interesante que fuese la casquera. No recuerdo ningún instante en que aquellas reuniones a la sombra del bombo de la Divina Pastora, estuviese alguna mano sobre mano.

Hecho la mirada atrás y las veo preparando la comida junto a la lumbre, atizando las ascuas para colocar el puchero, preparando la matanza, picando la carne del cerdo, limpiando las tripas, haciendo los chorizos, preparando la cebollas para las morcillas, preparando la comida para marchar al campo…


Veo a aquellas mujeres, subidas al carro, tapadas hasta los ojos para ir a coger la aceituna, a segar, a vendimiar, a la par de los hombres. No eran menos que los hombres ni permitían serlo, tal vez no tenían la fuerza que ellos, pero en destreza les ganaban. Recuerdo a mi hermana Felipa, ningún hombre que se puso al lado de ella le vi coger la aceituna con tanta destreza, a pesar de que su lengua no paraba un instante, heredera directa de mi padre en gracia, sus chistes y ocurrencias hacían que hasta un trabajo tan duro como era la recogida de la aceituna, la vendimia y la plantación de ajos, fuesen instantes agradables.
Veo a las mujeres de La Mancha preparar la masa para hacer magdalenas, mantecados, galletas e incluso el pan para llevarlo al horno del callejón de la calle Nueva. Las puedo ver amasar con maestría aquellos panes redondos que se depositaban en el escriño para guardarlos en la alacena y que debía de durar los quince días que permanecía el horno cerrado.
Cuando las lavadoras no existían y se debía lavar a mano en artesas de madera o iban al arroyo a lavar, con aquella agua fría que cortaba las manos encallecidas de aquellas fuertes mujeres, hechas  al duro trabajo del campo, al sufrimiento y la lucha cotidiana de sol a sol y de propina no paraban ni a la luz del candil.

Cosiendo al sol, escuchando la radio o en entretenida conversación, sin que los labios entorpeciesen la labor de las manos, que agiles  tejían un jersey o una bufanda, zurcían unos calcetines o echaban remiendo a unos pantalones.
Mujeres zurciendo al sol.

Las veo yendo a la fuente con los cántaros, recuerdo una vecina que era capaz de llevar un cántaro en cada costado y un tercero en la cabeza. Las veo lavando a mano, en la artesa, preparando el jabón con sosa cáustica y aceite, fregando aquellos suelos rojizos de baldosas de barro, de rodillas, tal vez esa mujer manchega, castellana de pura cepa, tan solo se ponía de rodillas para fregar, o las creyentes, que no era el caso de mi madre, para rezar.

martes, 24 de noviembre de 2015

Campesinos de La Mancha y receta de las patatas labradoras

Cuadro de Antonio López (Tomelloso)
A mis padres y a todos los campesinos de la Mancha, de Castilla, de España y del mundo.

Este texto lo escribí el día en que fui pregonero de las fiestas de mi pueblo y al día siguiente hice la presentación en su biblioteca. Fui tan liado que me olvidé de publicarlo. da la casualidad de que mañana hago una nueva presentación de Los manuscritos de Teresa Panza, ahora en Godella. y he recordado lo que había escrito, y me han apetecido comer patatas labradoras, así que aquí os dejo el texto y la receta. 

Hoy regreso a La Mancha, Tierra que en verano se convierte en un horno a 40º , mientras que en invierno se hiela hasta el pensamiento.  He recordado a mi padre, con su pañuelo, gris a cuadros, en la cabeza.  Sus abarcas y calcetas de lona, preparando para irse al monte, a cortar leña, a podar la viña o las olivas, o la parcela a labrar.

—Vicenta, échame el caldero y unas patatas, que hoy tengo día por delante.
Le decía a mi madre, mientras él uncía la yunta y preparaba las herramientas que necesitase. Mi madre siempre añadía unas tajadas de tocino y aceitunas, y si había un tomate, sal, aceite y unos ajos para picarle al tomate.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Los manchegos

Los manchegos, esas gentes capaces de sacar vida de las piedras.
Gentes de tierras secas, que ni los árabes llegados del desierto quisieron; pero que les dieron nombre.

La Mancha, tierra seca de Castilla, habitada por gente capaz de levantar un majano y poner en alto su bandera con orgullo, capaces de hacer el mejor queso del mundo, con la leche de  ovejas de una raza dura, como quienes las ordeñan.

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