jueves, 30 de noviembre de 2017

Tiene que llover hasta que entre el cielo y la tierra no quepa un papelillo de fumar. (Fermín Arenas)


Tiene que llover hasta que entre el cielo y la tierra no quepa un papelillo de fumar. (Fermín Arenas)


Mi padre cuando hablaba de lluvia o de agua, hablaba de libertad, de vida, también de la añorada república. Decía que lo peor que les podía pasar a las personas y a la tierra es que les faltase el agua. En ocasiones formaba un cuenco con sus manos y cogía el agua de algún recipiente, de un arroyo, pilón o charco e intentaba retenerla en las manos.

—Ni el viento ni el agua puede retenerse entre las manos. ¡Copón! ¿Por qué, entonces, no llueve hasta que entre el cielo y la tierra no quepa un papelillo de fumar?
Yo repetí muchas veces su pregunta o frase, como algo curioso o gracioso, todavía lo hago. Un día, muchos años después de su muerte, mi madre me dijo el significado. Para entonces yo ya ansiaba que lloviera y que entre el cielo y la tierra no cupiese un papelillo de fumar.
En contraposición situaba el tañido triste de las campanas, cada vez que la escuchaba y movía la cabeza, y curiosamente su pitillo, siempre entre sus labios, lo cogía con las puntas de índice y pulgar, miraba hacía de donde venía el tañer de las campanas y decía:
—En estos tiempos de sequía, hasta las alabanzas me suenan a muerto y guardan silencio cuando deben cantar y alaban cuando debieran callar. Están atrapadas en lo oscuro. Ojalá Dios nos libre un día de su canto.
Como crío Que era, me extrañaba que dijese eso, me gustaba escuchar las campanadas. Más, todavía, me extrañaba cuando curiosamente estaba lloviendo y él decía que tenía que llover. Mi madre muchos años después me contó, que alguna vez llegué a preguntarle:
— Padre, si está lloviendo, ¿por qué dice usted que son tiempos de sequía y que tiene que llover?
—Porque esta lluvia no empapa, sólo moja. Hace falta una lluvia que cale hasta el tuétano.
Supongo, que yo no lo comprendía, puede que, de no habérmelo dicho mi madre, no lo hubiese llegado a comprender nunca lo que mi padre quería decir.
Tanto en días de sol como de lluvia, siempre miraba al cielo con esperanza, después, mientras liaba un cigarrillo, al horizonte. Se le veía feliz cuando se encapotaba el cielo y amenazaba tormenta, también podía quedarse minutos fijo en el discurrir del agua de los arroyos. Labraba con yunta de mulas, macho y hembra, Sacristán y Cordobesa, entonces cantaba, unas veces con tono grave, otras como un murmullo. Labraba caminando sobre los surcos mientras maldecía, cantaba. Mientras cantaba maldecía.

—Tierra sembradas de piedras, majanos vivos y reproductivos, cuánto más piedras quitas, más piedras saca el arado. Parece como si Dios hubiese sembrado los surcos de piedras y estas fuesen más fértiles que la simiente que siembra el labrador.

Algunos días, que no había escuela, me montaba entre sus piernas en la mula Cordobesa, que era la mansa, a él le gustaba montar en el macho, de nombre Sacristán y que tenía el aspecto de caballo, y me llevaba al campo para que estuviese con él.  Cuando labraba, yo procuraba ir a su paso, porque no paraba de contarme historias, cuentos y poemas, aprendidos en la guerra. Cada dos o tres tramos de surcos,  al final de la besana, se acercaba al hato, miraba otra vez el cielo, se agachaba y cogía la bota, echando un largo trago de vino, después me miraba y decía:

—Tú bebe agua, que no te falte nunca el agua, hijo mío que siempre llueva en tu puerta.

—Los domingos, no, padre. Sólo los días de escuela —protestaba yo.

—No hay que ser tiquismiquis, todos los días—respondía él entre risas, mientras sacaba la petaca, liaba un cigarro, se lo ponía entre los labios y lo encendía. Después miraba el humo, al cielo y a mí.

—Que no te falte nunca la lluvia, Paco, que no te falte, aunque tropieces y te caigas en los charcos, ponte las botas de agua y salta sobre ellos...

—A mí me gusta saltar los charcos, pero madre me enseña la zapatilla en el culo.

—Pero sólo te la enseña, mientras que sólo te la ponga...—y se echaba a reír.

Cogía el botijo que llevaba envuelto en esparto, me lo arrimaba para que bebiese y de nuevo, agarraba el arado con las manos, y yo corriendo y saltando a su lado, mientras Fermín Arenas cantaba:

—Tiene que llover, tiene que llover a cántaros. .
.
Y yo añadía su frase:

—Hasta que entre cielo y tierra no quepa un papelillo de fumar.

Y los dos reíamos, él sabiendo porqué, y yo porque él reía y creía que yo hacía gracia, a pesar de que nada entendía. Murió esperando la lluvia. Aunque, aquel seis de septiembre en el cielo se desató una tormenta que empapo la tierra y que provoco que el sepelio transcurriese bajo un cielo gris que amenazaba con volver a descargar su furia sobre la tierra, el barro que pisábamos todos y el triste teñir de las campanas. Aquel día las campanas tocaban a muerto.

Y yo que entonces era un crío, y no entendía todavía, ahora espero la llegada de la lluvia; aunque, muchos años después sigo pisando aquel barro y soñando lluvias de palabras, de libertad, porque para mí, campesino trasplantado al asfalto la palabra, como la lluvia para él, es la libertad y el sueño. El sueño de los hombres, los hombres libres que quieren y desean que esa lluvia, esas palabras empapen todo y a todos, sin tener miedo a mojarnos, sin correr a refugiarnos del agua de la vida, de la libertad.

©Paco Arenas.

Si quieres imprimir, o descargar en PDF busca debajo de esta entrada los siguientes dibujos.





Obras publicadas:




miércoles, 29 de noviembre de 2017

Entrevistas y apariciones en los medios de comunicación

Tarancóndigital






http://www.tarancondigital.es/presentacion-del-libro-los-manuscritos-de-teresa-panza-en-pinarejo/

Rosquillas de naranja

Esta receta de rosquillas de naranja es muy antigua, y proviene del Aljarafe sevillano. Las cantidades son para una bandeja grande de rosquillas, reduce las cantidades proporcionalmente si quieres hacer menos cantidad.

  • 1 vaso de aceite de oliva suave
  • Cáscaras de 2 naranjas sinnada de blanco
  • 2 vasos de azúcar
  • 1 vaso de zumo de naranja natural
  • 6 huevos (6 yemas y 6 claras a punto de nieve)
  • La ralladura de 1 limón y 1 naranja
  • Canela en polvo
  • 1 copa de anís
  • 1 cucharada rasa de bicarbonato
  • Harina, la cantidad que admita, poniendo siempre la mitad de harina de repostería (harina leudante o bizcochona, yo he usado harina Yolanda) y la mitad de harina de trigo corriente de freír
  • Almíbar para bañar las rosquillas (hervimos 10 min un vaso de agua con 2/3 del vaso de azúcar)
ELABORACIÓN
  1. Ponemos el aceite al fuego con las cáscaras de naranja. Cuando empiece a freí apartamos y dejamos que el aceite enfríe con la cáscara de naranja dentro. Después la retiramos.
  2. Mezclamos todos los ingredientes en un bol grande y vamos añadiendo la harina suficiente como para que quede una masa compacta pero más bien flojita. No debe pegarse a los dedos pero no debe quedar reseca.
  3. Dejamos reposar la masa por lo menos 2 horas para que suba con el bicarbonato. Vamos estirando la masa y vamos formando las rosquillas. Las freímos en aceite caliente pero siempre a fuego lento.  Una vez fritas las bañamos con almíbar y antes de que se sequen las pasamos por azúcar mezclada con canela si nos gusta o por coco rallado. +
  4. Las dejamos enfriar antes de servirlas.
CONSEJOS Y COMENTARIOS
  • Puedes servir estas rosquillas de naranja con un bol de salsa de chocolate caliente para ir ‘mojando’ las rosquillas al comerlas. Es una mezcla perfecta. Prepara la salsa de chocolate derritiendo en el microondas 100 gr de chocolate a tu gusto (negro o con leche) con la misma cantidad de nata líquida.

Los manuscritos de Teresa Panza (Tres primeros capítulos para leer y descargar en PDF)


Descargar tres primeros capítulos PDF
Los libros pueden llegar a ser queridos y odiados, como el amor, no pocas veces, produce desengaños dolorosos. Por ello, tomar estos tres capítulos de Los manuscritos de Teresa Panza, como una experiencia prematrimonial , que espero que sea satisfactoria y os anime a continuar leyendo después los siguientes capítulos. Al final de la entrada tenéis la opciòn de descargar el PDF de estos tres capítulos.   

Los manuscritos de Teresa Panza es una novela escrita al estilo clásico, tal vez por ello, posiblemente, sea la única novela escrita en el siglo XXI que ha entrado en el TOP 100 de Ficción clásica de Amazon. 

No es una novela convencional, está escrita en primera persona por una supuesta hija de Sancho Panza, que juega con el lector a través de los saltos en el tiempo,los pies de página y la estructura (cuatro apartados: carta, 1º manuscrito (Teresa Panza joven, 1615/1617) 2º manuscrito (Teresa Panza anciana, 1565), y anexo de cómo se encontré los  manuscritos). 

La actual edición, son ejemplares numerados, cuenta, además de ilustraciones, con las opiniones de lectores de las anteriores ediciones, incluyendo catedráticos, profesores e escritores, puedes verlo aquí.



Un niño de doce años entra en una cueva de un pueblo de La Mancha poco antes de que sus propietarios decidan darle uso como fosa séptica. En dicha cueva encuentra un baúl, en cuyo interior se encuentra una virgen de mármol del tamaño de un cencerro, una bacía de barbero, similar a la utilizada por don Quijote de La Mancha y, lo más importante unos manuscritos. Dichos manuscritos, tras analizarlos las autoridades universitarias, se llega a la conclusión de que fueron redactados de puño y letra por una desconocida hija del fiel escudero de don Quijote, Teresa Panza. 


Teresa Panza aprendió a leer y a escribir de la mano de Miguel de Cervantes; pero también a pensar, no como mujer, sino como persona, un nivel superior a hombre o mujer.
Los manuscritos de Teresa Panza, según los críticos, es una novela plagada de sentido del humor, erotismo, amor, y cierta crítica social, que podría definirse como feminista.
En la actualidad está pendiente de aprobación para su reedición en una gran editorial, que a pesar de llevar casi tres años en el mercado, se ha interesado por ella; aunque debe pasar un tiempo por determinar para que esa reedición se produzca; por lo tanto, esta mini edición especial numerada, será la última hasta que eso ocurra. 




A la atención de Señor Vicerrector de la Facultad de Filología, grado de Lengua y Literatura Castellana de Cuenca.


Don Bartolomé López Quesada
Muy señor mío:

Como en su momento hablamos por teléfono, pongo a su disposición la transcripción de los originales de los dos manuscritos encontrados por este humilde aficionado a la historia hace cuarenta años, sin que en mi ignorancia fuese capaz de apreciar su justo valor. Así podrá decidir si desea recibir los originales, que permanecerán en mi poder a no ser que usted, al igual que el niño de pueblo que los encontró hace cuarenta años, no sepa apreciar su valor real.
Sabiendo que usted tendrá bastantes quehaceres más importantes que saber el modo en que encontré los citados manuscritos redactados por la mano de Teresa Panza, hija de Sancho Panza, escudero que fue del muy afamado don Quijote de La Mancha, y que lo que, realmente, le interesa es el contenido de los mismos, sí siendo para mí importantes, me he permitido la osadía de narrarle el modo y forma en que llegaron a mí tan extraordinarios documentos; pero en lugar de insertarlos al principio los he dejado para el final de la transcripción del segundo de los manuscritos.

No obstante, es preciso y mi deber aclarar todo antes de que usted comience la lectura de la transcripción de los manuscritos y hacer algunas puntualizaciones con las que espero no aburrirle ni hacerle perder su valioso tiempo. Yo, por desgracia, dispongo de más tiempo del que quisiera.
Como ya le comenté. Llevo desempleado dos años y el próximo mes de enero dejaré de cobrar la prestación por desempleo, sin que por ello pretenda timarle ni hacerle sentir pena por mí, tal y como usted ha insinuado. A pesar de ello, debo aclararle que dichos manuscritos, de ser auténticos como yo creo, tendrán algún valor y que, si he elegido su universidad, es porque desearía que fuese una institución de nuestra tierra quien se llevase los honores. A buen seguro que, de ofrecerlos a una universidad extranjera, estarían dispuestos a pagar cualquier suma, no pidiendo yo otra cosa que un contrato de trabajo y participar en la investigación de manera desinteresada, como aficionado a la historia que soy.
En mi modesta opinión, nadie se molesta en escribir tanto para nada y menos con tan mala letra, que denota poca destreza en la escritura, para después envolverlos en una capa de paño fino que, según da entender Teresa Panza –permítanme que yo sí crea que Teresa Panza fue un personaje real–, perteneció a Miguel de Cervantes, capa que dejó olvidada en la aldea de El Pinarejo, actualmente municipio de Pinarejo, provincia de Cuenca. Al contrario que usted, yo sí creo que Teresa Panza sea la autora de los mencionados manuscritos. No obstante, siempre se podrán realizar las oportunas pruebas de carbono 14 para comprobar su autenticidad.
Como ya me encargué de aclararle, se trata de dos manuscritos, con diferentes características y hasta con diferentes tipos de letra, lo cual no invalida mi versión de que fueron escritos por la misma persona, es decir, Teresa Panza, con cuarenta años de diferencia y que, como explica ella, durante ese intervalo de tiempo no cogió la pluma para nada. También se debe comprender que no tiene el mismo pulso una muchacha joven de veintitantos años que una anciana de setenta, y más en aquellos tiempos.
En el primer manuscrito, fechado su inicio en 1615 y parece que, finalizado a principios de 1617, que es cuando Teresa Panza tiene conocimiento de la muerte de Miguel de Cervantes, casi un año antes, el 22 de abril de 1616, la letra resulta mucho más fácil de entender que en el segundo. Teresa Panza, al referirse a sus padres, siempre o casi siempre habla de “mi señor padre” o “mi señora madre”; a don Quijote, le suele llamar don Alonso Quijano y, en cuanto a Miguel de Cervantes, acostumbra a llamarle de “Cide Hamete Benengeli”.
Como ya le comenté por teléfono, este primer manuscrito comenzó a escribirlo en 1615, año que coincide con la publicación de la segunda parte del Quijote. Por la lectura de dicho manuscrito, de Teresa Panza, se deduce que ella no conocía todavía su publicación. Sin embargo, en el interior de este primer manuscrito hay papeles similares en textura y letra al del segundo. En mi modesta opinión, fueron escritos y añadidos cuarenta años después, lo cual creo entender que hace referencia al principio del segundo, cuando Teresa Panza hace la lectura del primero y comienza la redacción del segundo. La finalización de este primer manuscrito tiene lugar dos o tres años después de comenzado, una vez tiene conocimiento de la publicación de la segunda parte del Quijote, pero también de la muerte de su autor, Miguel de Cervantes Saavedra, razón por la cual decide dejar de escribir, ya que su intención inicial, parece ser, era que fuese leído por él, tal y como después deja claro en el segundo de los manuscritos.
El segundo manuscrito, fechado en 1655, se encuentra en bastante mejor estado, protegido por el primero, y con una letra más grande; pero, a la vez más difícil de leer, aunque con igual frescura en su lenguaje. Es mucho más corto y utiliza diferente tipo de papel y tinta; la letra, como ya le dije y me ratifico, resulta casi imposible de leer. En ellos, a sus padres ya no les llama ni señor ni señora, simplemente “padre” o “madre” y a Miguel de Cervantes lo llama como tal, “maese Miguel” e incluso de manera más cercana, simplemente “Miguel”, deja de llamar a don Quijote “don Alonso”, y comienza a llamarlo “don Quijote”. Como dato curioso, parece que está redactado en muy corto periodo de tiempo, sin saber precisar cuánto, pero no más de unas semanas, al conocer Teresa de buena tinta ya cercana su muerte.
Como bien me dejó claro usted, estos documentos debería haberlos puesto inmediatamente en manos de las autoridades nada más encontrarlos por tratarse en cierto modo de un tesoro. Lleva razón y no me gustaría llegar a tener problemas por ello, o al menos, debería haberlos puesto en manos de los investigadores de la Universidad antes de intentar trascribirlos. Reconozco mi culpa, pero, la tentación y curiosidad han sido muy grandes. Tampoco debe olvidar y sí tener en cuenta, que los encontré hace ya más de cuarenta años, cuando contaba tan solo con once o doce años, no sabiendo apreciar su verdadera importancia. Por favor, no deje que a usted le ocurra lo mismo. 
Al comenzar mi labor, tal y como le dije, las primeras hojas del primer manuscrito daban la sensación de que en cualquier momento se desintegrarían, de manera fulminante, sobre la misma tela en que estuvieron envueltas durante tantos años; afortunadamente no fue así. Los primeros fueron los que en peor estado se encontraban y los que más emoción despertaron en mí al comenzar a leer cosas como esta:
Año del Señor 1615.
Es menester mentar que con esta son tres las veces que he intentado escribir lo que a continuación acontece en este apartado lugar de la Mancha. La primera vez que intenté manchar el inmaculado blanco del papel fue hace ya más de ocho años, recién casada con mi santo esposo, que Dios tenga en su gloria, Andresico Quesada. La segunda hace justamente un año, cuando tempranamente enviude de mi amado esposo, en ambas ocasiones tinta y papel fueron provechosas para encender la lumbre.
En estas amargas horas, fallecido también mi amado padre, he tomado la decisión de comenzar de nuevo, sabiendo de antemano que lo más cierto es que terminen estos torcidos surcos, al igual que los pretéritos, siendo pasto del fuego purificador de mi chimenea; aunque, todavía no he perdido la esperanza de que mi admirado Cide Hamete Benengeli llegue a leerlos en un tiempo venidero.
Escribo desde esta aldea perdida de la mano de Dios que llaman El Pinarejo y, anteriormente, Pinar Vejo o Vello, que no hay mucha claridad sobre el asunto. Cumplo la promesa realizada al señor Cide Hamete Benengeli[1] por su humilde servidora Teresa Panza. Sí, digo bien y no miento, soy Teresa Panza, no la mentada en libros Sancha Panza[2], que fue mi hermana, que Dios tenga en su gloria, y que Satanás condené a quien la engañó llevándola a un viaje con destino a las Indias, prometiéndole matrimonio y entregándola como manceba a la tripulación del bajel.  Referencias de todo ello llegaron para pena de mis señores padres, mi hermano y mía, de que nunca llegó a pisar las Indias, y ultrajada se lanzó a las aguas del mar Océano.
 Sancho fue mi padre y Sanchico, mi hermano y Teresa Cascajo, mi madre. A buen seguro, gentes habrá que lo pongan en cuestión, mas yo estoy dispuesta a deshacer entuertos y sacar a quien lo dudase de la confusión…”
A la hora de transcribir el texto de ambos manuscritos he pretendido hacerlo guardando la mayor fidelidad a los mismos, y no de todas las palabras he logrado descifrar su significado, debiendo intuirlas dentro del contexto en que se encontraban. Asimismo, me he permitido sustituir algunas de las expresiones propias de la Mancha, que ni tan siquiera recoge la RAE, por otras más actuales, manteniendo notas a pie de página de otras expresiones manchegas.
Pido disculpas por mi osadía, pero me resultó imposible resistir la tentación de realizar el trabajo; sin embargo, en mi defensa debo aclarar que desde el preciso instante de terminar la trascripción le llamé a usted para poner este gran tesoro a disposición de la Universidad que dirige, siempre que usted me trate con el debido respeto y esté dispuesto a valorar en su justa medida su valor. De lo contrario me pondré en contacto con cualquier otra universidad que lo acepte y se comprometa a valorarlos tal y como se merecen. Con tal de trabajar no me importa trasladarme fuera de nuestra tierra.  
Sabiendo que, como aficionado a la historia, manchego y pinarejero, conozco particularidades propias del lenguaje en que están redactados dichos manuscritos y que, la labor realizada es merecedora de un reconocimiento, no solo honorífico, sino también económico o al menos laboral, el trabajo realizado no solo ha sido el de escribiente, también ha sido el de traductor del manchego antiguo a un castellano casi moderno, a pesar de que, en la medida de lo posible, he procurado mantener el lenguaje y modo original si se comprendía bien el texto. Del mismo modo, he intentado y conseguido, salvo media docena de páginas, conservar los documentos en perfecto estado, incluso de las páginas destruidas tengo copia escaneada o fotografiada, según su estado.
Le dejo dos preguntas:
¿Qué ocurriría si los manuscritos encontrados en una cueva por un niño de once años demostrasen que don Quijote y Sancho fueron personajes reales?
¿Conservaría usted su puesto de vicerrector si, habiendo rechazado los manuscritos, otra universidad demostrase su autenticidad?   
Espero que en esta segunda pregunta no vea usted mala fe por mi parte.
Ansiando  su pronta respuesta, sin pretender que se sienta presionado por la segunda de las preguntas, como ya le digo no intento chantajearle, que para probar su autenticidad cualquier universidad por modesta que sea dispone de laboratorios homologados para llevar a cabo la prueba del carbono 14, le ruego se dé prisa; me quedan dos meses de subsidio de desempleo, necesito trabajar y, prefiriendo su universidad a cualquier otra, siempre la podría ofrecer a otras más importantes y de mayor prestigio que no me acusasen de timador, como lo ha hecho usted. La cosa está muy mal, míreme a mí: casi cuarenta años cotizados y ahora soy muy viejo para trabajar y muy joven para jubilarme.
Su humilde servidor:

Paco Arenas





Primer manuscrito
                            Año  1615


Capítulo I - Teresa Panza se presenta y muestra sus intenciones.

Año del Señor 1615.

Es menester mentar que con esta son tres las veces que he intentado escribir lo que a continuación acontece en este apartado lugar de la Mancha. La primera vez que intenté manchar el inmaculado blanco del papel fue hace ya más de ocho años, recién casada con mi santo esposo, que Dios tenga en su gloria, Andresico Quesada. La segunda hace justamente un año, cuando tempranamente enviude de mi amado esposo, en ambas ocasiones tinta y papel fueron provechosas para encender la lumbre.
En estas amargas horas, fallecido también mi amado padre, he tomado la decisión de comenzar de nuevo, sabiendo de antemano que lo más cierto es que terminen estos torcidos surcos, al igual que los pretéritos, siendo pasto del fuego purificador de mi chimenea; aunque, todavía no he perdido la esperanza de que mi admirado Cide Hamete Benengeli llegue a leerlos en un tiempo venidero.
Escribo desde esta aldea perdida de la mano de Dios que llaman El Pinarejo y, anteriormente, Pinar Vejo o Vello, que no hay mucha claridad sobre el asunto. Cumplo la promesa realizada al señor Cide Hamete Benengeli[3] por su humilde servidora Teresa Panza. Sí, digo bien y no miento, soy Teresa Panza, no la mentada en libros Sancha Panza[4], que fue mi hermana, que Dios tenga en su gloria, y que Satanás condené a quien la engañó llevándola a un viaje con destino a las Indias, prometiéndole matrimonio y entregándola como manceba a la tripulación del bajel.  Referencias de todo ello llegaron para pena de mis señores padres, mi hermano y mía, de que nunca llegó a pisar las Indias, y ultrajada se lanzó a las aguas del mar Océano.
 Sancho fue mi padre y Sanchico, mi hermano y Teresa Cascajo, mi madre. A buen seguro, gentes habrá que lo pongan en cuestión, mas yo estoy dispuesta a deshacer entuertos y sacar a quien lo dudase de la confusión.  Aclarado esto, que no es cuestión baladí, porque cada cual sus méritos se ha de llevar y no lo de ajenos, por muy ignorantes y lerdos que estos sean. Tal y conforme en esta vida de ladrones y facinerosos suele ocurrir a la mínima que se tercia. Aclarar que estoy muy lejos de poseer al servicio de mi ingenio musas fértiles y fecundas como mi admirado Cide Hamete Benengeli, que en su tiempo tuvo a bien escribir sobre la vida de mi padre y de don Alonso Quijano —Dios guarde en su gloria a ambos —bajo el título de “El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha”. Como su muy humilde servidora, que soy, solo me atengo a mi mala memoria y a la verdad cruda. Sin que nadie pueda discutirme lo que mis ojos han visto y mi cuerpo ha sufrido o gozado. Si están los árboles deshojados y secos eso diré, si por el contrario los estuvieren verdes y frondosos, así lo haré constar. No haré de la noche día, ni de la mentira o exageración mi escritura, que esa es mi condición, no fabular o inventar historias de las que no soy capaz. El oído que escucha y los ojos que ven son los mejores testigos de cuanto en este apartado lugar de la Mancha aconteció. No he de ser yo quien desvele el secreto de Cide Hamete Benengeli. Es mi deber y obligación respetar su decisión, mas no se me pida que guarde secreto sobre todo lo concerniente a don Alonso, a mi padre y mucho menos con respecto a mi persona.
He de aclarar, que, aunque he gozado con la lectura del mentado libro de Cide Hamete Benengeli, no soy yo mujer desocupada, por mucho que el entendimiento nos haga creer que quien goza de las vidas ajenas que hay en libros de caballerías suelen ser personas ociosas y sin ocupación, vividores que como reyes viven de sudores ajenos viéndolas venir sin oficio ni beneficio. Bien sabe el señor Cide Hamete Benengeli, su autor, que cada hogaza que me como si no la amaso con mis manos es de milagro y que cada trozo de queso que a mi boca llega lo he puesto en la pleita con mis propias manos. Si gusto del placer de la lectura, es a costa de robarle horas al sueño, bien que lo sabe él, que mientras la cera se consumía con esa misma luz que él escribía, yo leía, que era su cuerpo y su cabeza la que tenía que esquivar para encontrar el resquicio que me permitiese leer en las nocturnas horas que compartíamos.
En esta tercera ocasión en que comienzo a escribir mis recuerdos debo aclarar, que es bien cierto y que hace honor a la verdad cuando en su prólogo el señor Cide Hamete Benengeli dice:
Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote”.
Gran verdad escribió y no mintió, el padre de don Quijote fue don Alonso Quijano, mismamente, en su primera parte, y mi señor padre Sancho Panza, de la segunda, si alguna vez llega a salir esa prometida segunda parte, que ocho años de su marcha, no tengo noticias de ella. Siendo hombre honrado y pagando con creces posada y memoria de mi señor padre, he de decir que embaucó con su fácil plática y razonamientos a don Alonso Quijano.  Prometiéndole convertirle en el más afamado caballero que bajo los cielos de La Mancha y el mundo entero cabalgó un hidalgo, cumpliendo sobradamente su palabra. No sienta temor, ni escandalizado se eche las manos a la cabeza mi señor Cide Hamete Benengeli, de que yo pueda llegar a calumniarle. Nunca fue, ni será mi intención —aunque lo pudiese parecer—pero sí hacerle notar gentil caballero que quien se pica ajos come, sépalo vuestra merced. No lo tome como ofensa, que vuestra merced me enseñó el arte de la ironía; sepa que es chanza de mujer ignorante que sobradamente sabe que ningún caballero castellano ha habido sobre estas tierras más generoso y honrado que Cide Hamete Benengeli, que siendo pobre siempre supo agradecer.
Marcando los puntos sobre la i, para que no haya lugar a malentendidos, que siempre la gente interpreta a su conveniencia, dando más crédito a quien tiene la fama que a quien tiene la verdad y la honra.

Es preciso que vaya yo por mi camino de manera soberana, como reina y señora de mi casa, pues no reconozco dentro de ella autoridad más alta, y fuera no me incumbe. Ya nadie me podrá decir cuando me plazca escribir que estoy perdiendo el tiempo en algo sin provecho. Podrán pensar que estoy loca como el ingenioso caballero de la Mancha, más nadie tendrá potestad para quemar los pocos libros que me dejó. No busco más provecho que el cumplir la promesa de aprender, recordar y conocer lo que hay dentro de mi persona. No descuido la hacienda que mi amado esposo tuvo a bien dejarme para la crianza de mi hijo, que como de su linaje lo tuvo él y lo tiene y tendrá todo el mundo. Ya me encargaré yo que lo que nadie supo, y tan solo mi madre sospechó, quedé en la ignorancia. Ni mi hijo lo debiera saber, por mucho que como orgullo debiera ser.
Escribiré, por tanto, sin las muletillas que mi bien amado Cide Hamete Benengeli me enseñó a usar; porque, nadie debe andar con los pies de otros, sino con los propios. Si yo pretendiera calzar sus abarcas de caballero se me escaparían de mis pequeños pies. Tan grande como sus abarcas fue su ingenio en comparación con mis pies y mi ingenio. A buen seguro que serán muchas las veces, que como las pretéritas, me quiebre el tobillo, me sabré levantar, con o sin su ayuda, con recompensa o sin ella. La decisión está tomada: tinta, papel y memoria.







Capítulo II -Teresa Panza expone su    razón para escribir los manuscritos

Todo surco comienza en una besana.  Pues comencemos la labranza, que Isidro[5] labrador provea de agilidad mi arado. Vine yo a vislumbrar el mundo con sus días y sus noches a no muchas leguas de aquí, a mitad camino de estas tierras castellanas y las tierras de Andalucía, en un lugar de la Mancha, que si Cide Hamete Benengeli dejó en incógnita. no he de ser yo quien lo apunte ni nombre.
 No quiero meterme en berenjenales[6] ajenos ni ponerle cuernos al cervatillo[7] antes del momento deseado, aunque no esté de más decir que nací en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero olvidarme.  Como tampoco debería olvidarse Cide Hamete Benengeli, que buenos maravedíes, reales y escudos le ha dado el no mentado lugar, para que al mundo piense que no le pueda interesar saber nada del mismo.
 A buen seguro en los años venideros habrá riñas y disputas sobre si fue aquí, allí o allá. No es plato de gusto que donde te han dado pan, posada y vino con agrado, ainas[8] ha salido del lugar vuestra merced se haya olvidado del nombre que tan buenos rendimientos le dio. No creo yo que le tratasen tan mal ni allí donde nací, ni aquí en esta aldea del Pinarejo. Que tal y conforme me narró vuestra merced, en pocas ocasiones en su vida tuvo agradecimientos y la fortuna las más de las veces os fue adversa, como si todos los seres malignos de los infiernos se hubiesen confabulado contra vos.  Sin que en ningún momento aplicase aquello de donde vayas lo que vieres hagas, que bien agradecido con las personas humildes sois, pagando por adelantado convites, antes de saber si al final tendrá vuestra merced cosecha.
Iniciemos pues la narración: Recién mozuela, cuando comenzaba a manchar los primeros trapos[9], algunas enaguas y sayas por descuido de mi poca edad, aconteció la triste muerte de Don Alonso Quijano. A pesar de tan gran pérdida, los primeros años —siendo de luto —todo marchó mejor que antes de que mi señor padre se embarcase en aventuras y desventuras de caballerías, todavía quedaban algunos escudos de Sierra Morena y otros de los cuales no teníamos conocimiento. Incluso recibí algo de instrucción por parte de mi hermano Sancho, que a su vez la recibió del bachiller Carrasco, apenas para distinguir la a de la zeta y poco más. Aconteció que lo que ocurriese a don Alonso, podría ser que le llegase a ocurrir a mi hermano Sancho, que viciado por sus libros —los pocos que no ardieron en las llamas de Satanás, en forma de sobrina, ama, barbero y cura —quiso salir en busca de aventura y, no siendo caballero se enroló en los Tercios de Flandes, prometiendo pronto regreso una vez hubiese llenado la faldriquera de oro; más parece ser que nunca la llenó. Aunque hemos recibido de uvas a peras noticias del mismo por mediación de Cide Hamete Benengeli, no lo hemos vuelto a ver y mi padre emprendió la postrera marcha sin tener esa dicha, ni rico ni pordiosero, que parece que es su condición allá por tierras de Castilla la Vieja; la verdad tampoco la sabemos muy bien. Gracias a Cide Hamete Benengeli tuvimos conocimiento de una aventura graciosa cuando sin su brazo izquierdo regresó licenciado, si las fuerzas me llegan, que las ganas de narrarlo las tengo grandes, con el permiso de Cide Hamete Benengeli, si él no tiene a bien hacerlo por su cuenta.  La mentada aventura que con mucho gozo escuchó mi señor padre y ninguna gracia ni entusiasmo provocó en mi señora madre. He de apuntar que aún no he perdido la esperanza de volver a ver a mi añorado y querido hermano, a pesar de no tener noticias suyas desde hace más tiempo del deseado. 
Intenté que el bachiller, casado a la sazón con Antonia Quijano, sobrina de don Alonso, me continuase instruyendo en la república de las letras, sin éxito por ser del parecer el señor bachiller de que una mujer mejor que leer debe dedicarse a sus pucheros y quehaceres que por naturaleza nos corresponden. Alega que Dios así lo ha dispuesto, siendo pecado desobedecer sus sagrados designios. Más tozuda que una mula roma[10] me encargué de continuar por mi cuenta tan titánica tarea, para evitar chamuscarme y perder el entendimiento –entre leída y leída un rosario y dos avemarías– que a buen seguro Dios y la Virgen María me eximirían de mi pecado de buen grado.  Dada mi ignorancia pretérita, antes ignorada y que ahora conozco porque mi admirado Cide Hamete Benengeli me ha abierto los ojos de par en par; sé que son los hombres quienes arriman las brasas a su sardina para maniobrar las voluntades ajenas con especial dedicación a las doncellas;  enredando para legislar leyes y prebendas siempre a favor del varón y nunca de la hembra, que hasta el lenguaje de Castilla tergiversan a su antojo, haciendo del mismo animal que en ellos es astuto, en nosotras pasa a ser amancebada y disponible para quien lo desease;  y si son generosos y, si son condescendientes, nos llamaran mozas distraídas. Cuando es sabido, que harenes tienen tanto los emires moros como los reyes cristianos, y bien visto está que tengan hijos con distintas doncellas. Para muestra un botón, siendo por todos sabido, que el primero y más famoso de los capitanes que comandaban los ejércitos bajo los que luchó mi hermano fue un muy ilustre[11] bastardo, siendo él quien se llevó dineros y honores. Mientras la soldadesca ni los sueldos cobraron y quienes no regaron de sangre tierras flamencas, sembraron de lisiados y pordioseros las calles de Madrid, Toledo, Salamanca, Valladolid o Barcelona y hasta las mismísimas Indias. Así es la suerte de la mujer — ya fueren plebeyas o nobles cortesanas —licito es a los hombres que si van a la guerra desahoguen sus instintos en huertos ajenos, mientras nosotras a falta de varón no podamos mojar nuestras ganas sin que sea pecado o seamos acusadas de mil ofensas a la decencia y a la santa religión cristiana. Nos obligan a poner candado a lo que se ha hecho para disfrute de los cristianos, y a guardar luto y abstinencia si ellos así lo desean. Lo hacen sin encomendarse a Dios Nuestro Señor, la Santísima Virgen y todos los santos de la corte Celestial, como si de la misma matriz no hubiésemos salido, o si como si al compás de la buena melodía no nos gustase a todos danzar por igual.
Con la marcha de mi hermano, con más ansias de fortuna que posibles, los tiempos cambiaron y los dineros antiguos fenecieron. Mas Dios aprieta, pero no ahoga y suelta soga, unas veces más larga otras más corta. Si cuando esto aconteció estábamos ya resignados a vivir de la caridad de doña Antonia y de su muy ilustrado esposo a lo que a bien pudieran otorgar, presos de una promesa al finado caballero de la triste figura…
Soy yo, por tanto, quien esto relata —Teresa Panza —huérfana, viuda y desamparada de padre, hermana y esposo; que recorre esta aldea con pasos perdidos, pensando en ellos y en mi hermano ausente. Hija del ya afamado Sancho Panza que en libros recorre las claras hojas de los libros, pasando peripecia tras peripecia, más veloz que en tiempos pretéritos rompiese alpargatas por las tierras de La Mancha, andando más que cabalgando en Rucio, su borrico. Mas contra todo lo que se pueda pensar a mi señor padre le sirvió de poco tal fama, aunque algo de provecho sacó de la misma, más por circunstancias ajenas que por la fama en sí. Tuvieron conocimiento de tal gloria, tanto don Alonso como mi señor padre, esa es la verdad.  La primera parte la publicó Cide Hamete Benengeli viviendo ellos —persona que como más adelante narraré sí tuvo mucho que ver en mi vida —mientras que la segunda parte comenzó a escribirla y la terminó hace años, aquí en esta aldea del Pinarejo, sin que al día de hoy tenga conocimiento de que haya pisado la imprenta, puede que no mereciese tal don o por sus afrentas contra los mecenas hayan tomado venganza. Es menester mentar que el primer día que sus nombres se estamparon en un libro, don Alonso, en pocos meses criaba malvas y ababoles[12] y dos lustros después, mi señor padre, que seguía igual de pobre, aunque afamado y en cierta manera viviendo gracias al relato de sus aventuras al mentado autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha.

Es bien sabido que no fueron las letras mi desayuno, que ya mozuela, no sabía hacer la o con un canuto; pero mi terquedad pecadora me daba el privilegio, que siendo muda[13], ver lo que otros escribían, no bebiendo de la fuente del silencio en mí nacía la semilla de la locura de amar el placer de la lectura y ser tan necia como para atreverme a ensuciar de tinta estos papeles. Dispensen pues vuestras mercedes, no me cojan ojeriza ni tomen mis palabras como producto de la impostura, no hay tal, válgame Dios, la Virgen de Rus y la Divina Pastora a la que guardo gran devoción, que me quede sin ver las luces del alba si yerro o miento en mis palabras, no busquen mudas respuestas que ni mis labios callan cuando tienen que hablar, ni mis manos se quedan quietas cuando deben trabajar. No quiso la fortuna hacerme [14]hombre y labrador y me hube de conformar con segar cosechas ajenas. A pesar de que después tuve gran maestro, incomparablemente más sabio e ilustrado que el bachiller Carrasco. Tan ilustrado fue, que de mí cuerpo de doncella, casi virgen, como hortelano eficaz y de todo lo que en el mundo acontece lecciones me dio hasta el punto de que el fruto de la única simiente que en mi huerto sembró, a día de hoy, acompaña mis días con nuevas alegrías y alguna que otra descalabradura. Decir que no llevando el apellido de su linaje, la sangre de mi sangre también es sangre de su sangre. No lleva el apellido de su estirpe porque nunca se lo dio. No porque no quisiese ni él ni yo, sino porque los hombres una vez han plantado en el huerto su semilla, buscan otras tierras fértiles de su gusto donde hacer nuevas labranzas. He de confesar que mi huerto estaba comprometido con otro hortelano, faltando pocos días para la boda. Si Cide Hamete Benengeli llega a tener conocimiento de este fruto o si lo tiene no lo sé, si esto leyese, que sepa que Andrés Quesada, hijo único de Teresa Panza no es hijo de Andresico Quesada sino[15] suyo. Andresico, quien Dios tenga en su gloria por muchos años se hizo cargo de la criatura, entre otras cuestiones porque el chiquillo no nació ni sietemesino ni tampoco ochomesino, sino cuando le correspondía en el tiempo, y mi amado esposo nunca receló nada, siendo para él un gran alivio su nacimiento, por romper una maldición que le habían echado, y que no es este el momento de explicar.
No siendo muy diestra me pierdo entre divagaciones que no vienen a cuento ni lugar. Mi amado esposo trabajo mi huerto con gran dedicación, dándole nuevas utilidades y durante el tiempo que vivió fue el mejor hortelano que mi cuerpo conoció, que, si bien no le dio frutos, florecía tanto de día como de noche, cuidándolo como el mejor agricultor. De la afición que me tomó, sospecho que vino su defunción, por debilidad y cansancio más que por las fiebres de Malta[16] y[17] debo decir que el mismo Andrés[18] Quesada, es muy productivo, o al menos su mujer, pare más que una coneja, a uno por año y en dos años ocasiones melgos[19], que estando todavía a tiempo de fecundar, lleva ocho partos y ya veremos donde coloca el mojón para decir ya no más. Cosa que tienen los hombres de esta tierra y de otras forasteras es que se creen criaturas superiores a las mujeres en cuanto a seso. Si bien accedió a enseñarme a leer, la pluma y la tinta se la reservo para él, si reía mi ingenio comparándolo, no ya al de don Alonso, sino al de mi amado padre, no consintió que yo mojase la pluma en el tintero, más de dos renglones o tres a lo sumo en su presencia; aunque, después lo enmendase.
También hube de ser aprendiz de labrador y ladrona de papel y tinta, que pienso que tal vez me lo ponía tan fácil a propósito, nunca dejaba pliegos sino hojas sueltas, ni tinteros llenos sino ya bien menguados, y yo a escondidas y a oscuras un día sí y otro también le robaba y continuaba la labranza sobre el papel, así que vuestras mercedes disculpen si mis surcos sobre el [20]pergamino van a donde las mulas les apetece. La práctica hace al maestro y con poca tinta que me dejaba, el muy avaro, era imposible aprender a escribir bien.
Difícil tarea me confío, mil veces me la encomendé desde antiguo, solo dos, la faena emprendí, siendo partos errados y tiempo perdido[21]. Mas mi cualidad es, no la constancia sino la terquedad, y siempre pensé que era necesario narrar toda la verdad; aunque me lleve presa la Santa Hermandad. Lo siento como una necesidad, es preciso revelar cualquier incógnita, dejadas unas en el olvido por Cide Hamete Benengeli; otras, prescindidas con intención, y las más ignoradas por él mismo. No le voy a poner en cuestión, ni mi palabra tapará la suya.  Mas debo aclarar que no deseo meterme berenjenal ajeno, por mucho que Cide Hamete Benengeli disfrutara con grato placer, para él y para mí, de una sabrosa cena de la berenjena de mi huerto. No siendo preciso decir que a mí me produjo empacho sobrado, quedando un ciervo y ocho cervatillos [22].  Todos para mí, que no para él. Aquí también la diferencia de trato entre hombre y mujer, que, al mismo placer distinto destino. No es que yo, a mis pocos conocimientos, quiera entrar en disputa tan vana como inútil; pero, ahí Dios no miró la conveniencia de la persona, sino del varón en contra de la hembra, que echa la semilla y dice: ahí queda eso. Y por un casual, le acomoda a su interés pronto emprende el vuelo dejando el nido con la hembra y sus polluelos, no siendo este el caso, pobrecito mío, que cuando pasó, ya sabía yo que otro macho cuidaría del nido y no solo por las noches.

Cide Hamete Benengeli, de manera muy tardía[23] para su gran ingenio, consiguió fama y reales y ducados gracias a las aventuras e infortunios de mi señor padre como escudero de don Alonso Quijano. Como buen mercader, él hizo el negocio y al rústico le cayó el granizo. Mas no sean vuestras mercedes impacientes, que es fuente de toda maldad y senda de perdición querer saber y opinar antes de conocer la verdad. Es preciso saber esperar, seguir una pauta y un orden; aunque, las ideas y cavilaciones se amontonen en mi cabeza queriendo salir todas al mismo tiempo y en la de vuestras mercedes queriendo saber todas mis deliberaciones en el mismo instante que las pienso. Es sabido que tras el ocaso llega la oscura noche y nace la más hermosa de las alboradas, que tras la semilla del otoño germina el trigo en invierno, se ve esplendoroso en la primavera y se siega en verano, así fue desde el principio de los tiempos por decisión del Creador, al cual yo no pongo en cuestión, no vaya a ser que me queme la Santa Inquisición; aunque, no tengo hidalguía ni recio abolengo, sobradamente sé que vengo de cristianos castellanos
viejos.

Comencemos pues, por tercera vez, sin saber si estas letras de nuevo en la hoguera han de perecer. Siempre[24] se ha dicho en esta tierra seca, que llaman la Mancha, muerto el perro se acabó la rabia. Así habría de ser, y así suele acontecer; no obstante, juro por todos los santos del firmamento, que no ocurrió tal designio con mi padre con respecto a su amo, el señor don Alonso Quijano. Es menester aclarar la cuestión, encomiándome a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas. Cuanto cuento en surcos torcidos y pedregosos que tengo a bien o mal de escribir. Vuestras mercedes, opinaran que, toda madre siempre ve a su hijo como el más hermoso y cabal, aunque sea insolente y más espantoso que las gárgolas de la catedral, que jamás vi alguna; pero, así me lo dijo él, y no seré yo quien lo ponga en duda.
Aconteció, después de que Cide Hamete Benengeli celebrase con vino y ambrosías varias su acierto al embaucar a don Alonso Quijano y a mi señor padre, una vez difunto el primero, siendo este uno de los entuertos que aposta o con intención el mentado caballero desfiguró enredando y trenzando escondidas de tiempos y lugares.
Él sabrá sus razones, que yo en esa cuestión no he de entrar más. Siempre es bueno, y es de necesidad, practicar la mesura a la hora de platicar o escribir, no vaya a ser que por dimes o diretes, se convierta en majadería mal intencionada lo que no pretende otra labor que deshacer entuertos, y en lugar de coser metiendo la aguja en el zurcido correcto, metes la tijera y donde había un descosido haces un desgarrón imposible de zurcir, que así ocurrió a una sultana de tierras del sur, que queriendo coronarse califa sin calcular sus fuerzas, se vio defenestrada en inhóspitos despeñaderos de lejanos lugares.
A mi pobre entendimiento llega que, por razones de ingenio, se cambien lugares y se omitan testigos; sin embargo, a cada cual lo suyo, lo cual no siempre es así. En esta segunda parte[25] debiera haber mentado más a mi señor padre como narrador que fue de la historia, tal y conforme mis ojos pudieron ver y mis oídos escuchar[26]. Si bien uno fue ingenioso hidalgo que saboreó las mieles y amarguras de la fama, bien podría haber sido el otro justo gobernador, no ya de la Ínsula Barataria, que más juicio y buen sentimiento de la justicia tuvo, que el poco o ninguno que tienen muchos señores de alto copete, y hasta los mismos reyes, que se comen las magras y les echan el tocino a los perros mientras los pobres se mueren de hambre, o mojan los duros mendrugos en agua caliente para no tener estreñimiento con lo nada rumiado.



Capítulo III -
La escapada y regreso de Sancho


Murió el buen señor don Alonso Quijano, amo de mi padre, con quien corrió más desventuras que venturas. Es preciso decir que, si desnudo no le dejó, casi tan menesteroso como marchó llegó. Los dineros tampoco dieron para vestir muchos santos, a pesar de los escudos de Sierra Morena, que se fueron en pagar deudas, cuatro picos de tierras y las provisiones para mi hermano. Con lo que sobró no llegó ni para comprar una mala yunta de mulas viejas. La armadura se la quedó, por si algo de valor poseía, el bachiller Carrasco, el yelmo de Mambrino para mi señor padre, que no parecía de gran valor, más cercano al latón que al bronce diría yo; sin embargo, la armadura (aún recuerdo su brillo a la luz del sol, sus labrados toledanos que maravillaban a la vista, que bien le hubiese servido a mi hermano) fue para el bachiller Carrasco. El testamento era preciso, más que ajustar cuentas era forzoso ser capaz de entenderlo, y eso ni mi padre ni mi madre sabían, mientras que mi hermano soñaba con ganar la gloria en Flandes. Por tanto, una cosa se dijo y otra se hizo, y a tenor de lo escrito hubo quien supo hacer el apaño y se quedó con el mejor paño. No es malmeter ni peor pensar, pero a mi entender algo se hizo mal, no conforme a lo testado; pues, de lo prometido por don Alonso en su lecho gimiente a punto de la última agonía, a lo recibido por mi señor padre hubo un trecho mayor que el recorrido durante las tan famosas aventuras. Tras aquellas engañosas cuentas llegaron días de triste dolor, más que por el finado por quienes por hambre podrían seguirle en la senda del calvario sin nada que testar por nada tener. En pocas palabras, que las cuentas que leyese el señor bachiller en lo otorgado por don Alonso, tenían más de galgo cojo que de presa cierta, ya que no fueron muy propicias a los intereses de mi señor padre. No creo que el moribundo caballero mintiese a la hora de recibir a la parca que le llevaría a los mares ocultos de la triste muerte, o tal vez, a los alegres cielos de la gloria. De los escudos que de sus aventuras trajo, algo de paz y alegría dieron a la casa mía, más después de dos años nada quedaba de dicha satisfacción, mucho menos de los dineros. 

Los primeros años todo parecía como miel sobre hojuelas, mis padres buscaban tiempo y espacio para estar solos. Presurosos dictaminaban que todos, a horas fijas, debiéramos estar en la calle o el jergón. Con cualquier recado o encargo nos apartaban de su vera. A mí me encomendaban mil menesteres sin sentido ni razón. Con el tiempo dieron estos descuidos como réditos dos muchachas que nos dieron como hermanas, sin que se cumpliese la preceptiva cuarentena, pues diez meses no se llevaban. Llegaron años secos, pronto vimos que mi señor padre lo mismo hablaba de cabritas de colorines, que de cabras barbudas o caballos voladores; mas, poco le daba por trabajar y sí mucho por cavilar. Tal era la desidia, que era como si la locura pretérita de su señor se la hubiese endosado a él, y fuese la herencia realmente recibida, que en este caso no se podía achacar a los libros de caballerías ni de otras materias. Mi señor padre mal sabía leer su nombre y el alfabeto entero; mas, guárdense vuestras mercedes de decirle que arrejunte dos letras y después las maride con otras dos, que solo aceptará con su nombre y poco más.
Andaba pues mi señor padre con tal desasosiego unas veces, pereza otras, que hasta rechazaba el buen yantar que generosamente nos prodigaba doña Antonia Quijano (sobrina del Caballero de la Triste Figura), en agradecimiento por los desvelos y los servicios prestados a su queridísimo tío, y una secreta promesa antes de su postrer suspiro. Pudiera ser que, también, por la mala conciencia de saber que éramos pobres y más pobres quedamos después de las desventuras, que su tío a mi padre embarcó con locas promesas de gobiernos de ínsulas, mientras que ella y su esposo, (el ya mentado bachiller Carrasco) se habían quedado con casa y hacienda, y del testamento las prebendas. Paréceme, a mi mal entender y al de mi señora madre, que no poco desquiciado andaba mi señor padre. Holgazaneaba hasta en sus obligaciones conyugales con mi amada madre, cosa harto difícil en él en tiempos pasados; más después de la fogosidad fecunda del regreso de tan cantadas aventuras, por aquellos mentados días. Es justo decir que mi madre añoraba aquellos fogosos envites, comenzando a echar de menos lo que antaño le agobiaba, y a buen seguro, de no ser mujer honrada ya veríamos a ver qué podría haber acontecido a mi señor padre y si le hubiese sido suficiente el umbral de la puerta para pasar.
Un buen día llego el desasosiego también a nosotras. Primero la marcha de mi hermano a la milicia, bajo las órdenes de un muy ilustre capitán, marqués de renombrado abolengo (al que mi hermano llegó a coronar[27] rey de cierta villa de Castilla la Vieja) que comandaba los Tercios en Flandes. Si mal apenadas estábamos, cuando no hacía ni treinta días de su marcha, al despertar mi madre, vio que mi señor padre tenía el rodal[28] vacío. Algo chocante, siendo que rara era la mañana que no permanecía yaciendo hasta bastante después de que las luces del alba entrasen por el quicio de la ventana. Eran más las veces que mi madre prendía la lumbre que mi señor padre; a pesar de que dichas labores dicen que es obligación de hombres. Mas, mi señora madre ya debiera a esas alturas estar acostumbrada por los precedentes de antaño.
     Era, pues, preciso y lógico, pensar que no esperase nuevas salidas estando su amo muerto. No habiendo tenido mi madre conocimiento de que ningún otro caballero, ni loco ni cuerdo, estuviese dispuesto a llamarle como escudero o acemilero, para romper abarcas. Para eso buscan mozos jóvenes, que anden deprisa, y puedan defender y atacar si es preciso, y, ante todo, no tengan tropa detrás: ni mujer ni criaturas que alimentar, ni nadie con quien ajustar cuentas si lo atraviesa una espada o un arcabuz. Si don Alonso llevó a mi señor padre como escudero, no es necesario suponer el motivo. Tan leído estaba el pobre como perturbado, y sin ánimo de faltar a los difuntos, con menos luces que mi señor padre, lo cual es decir bastante. Fue gran equivocación pensar que ya no existía peligro para temer nuevas escapadas, a pesar de la temprana edad de mis hermanas; una todavía andaba agarrada a las tetas de mi madre, que, la pobre todavía andaba de pucheros[29] por la marcha de Sanchico. Ahora nos dejaba desamparadas con la fuga de mi señor padre, Sancho Panza, se marchó sin decir esta boca es mía. Su desaparición nos extrañó, no queríamos molestar al señor bachiller Carrasco. Quedamente indagamos sin levantar la liebre de la cama[30], mas no aclaramos nada, fue más la intuición de mujer de mi madre, quien terminó por dar con el paradero.
     —Este granuja se ha marchado a la aldea en que vio la primera luz del alba, el muy mentecato. ¡Maldito él, malditos sus ancestros, si es verdad lo que me temo! Seguro que se halla en la aldea del Pinarejo, que sabrá Dios dónde está, porque yo no.
Me contó mi madre que en sueños deliraba mi señor padre, hablaba de un misterioso tesoro, de un pozo que tragaba todo aquello que se le arrimaba, de una cueva de montes o montesina, cabritas de colores y machos cabríos abusadores. Palabras en dichas en sueños propias de necios y desquiciados. Cenicientos presagios vaticinaban las palabras de mi señora madre que se veía enlutada y viuda más que abandonada, como en realidad me parecía a mí. Mas como mi señor padre de un tiempo a esa parte bebía sobradamente, días que tres cuartillos[31] de vino se le quedaban cortos. En esa cuestión, sí que era generoso el tan mentado bachiller, el cual le surtía de manera desprendida a mi padre antes de que se le tornase vinagre. Es menester decir, que también vino y mosto, que mi señor padre ni al dulce ni al vinagre le hacía ascos. El agua no la cataba tan siquiera, porque según esgrimía en su defensa, le daba angustia: No falto a la verdad si digo que tal cosa fuese cierta, con mis ojos pude ver que era tal las arcadas que le daban, que mi señora madre y yo, si le veíamos coger el botijo, al punto estábamos con la bota a su lado. Ni mujer preñada sufría más espasmos durante la preñez. Baco del mismo modo que le alumbraba y le hacía gracioso, le trababa la lengua más que una mula en un trigal; pero, también le daba por hablar mucho, mas sin claridad meridiana y guardando para sí sus conveniencias, siendo difícil que dijese algo ebrio que no hubiese dicho sobrio. No ocurría lo mismo cuando en sueños hablaba más de lo que él hubiese querido y deseado, que, si bien nada aclaraba, sí que la lengua soltaba y mi señora madre bien que tomaba nota en su memoria.
De la mentaba aldea del Pinarejo, su abuelo le trajo a este lugar, donde llegamos al mundo mis hermanos y yo, ese mismo lugar de La Mancha que Cide Hamete Benengeli no quiere ni recordar. Pasada la primera semana y llegando casi a la segunda, estábamos sin saber qué decisión tomar, ni qué explicación dar a las gentes, pues la cuestión comenzaba a dar que hablar. Sentir mi madre la soledad del lecho, nosotras la ausencia del padre, y a las gentes hablando y suponiendo con sus dimes y diretes malintencionados, incitaba en mi señora madre la necesidad imperiosa de querer atar las lenguas de los maldicientes, lo cual es tarea infructuosa, es lo mismo que querer poner puertas al melonar. Nada podíamos hacer por evitar los chismorreos. Si no queríamos escucharlas debíamos someternos a un doloroso encierro en nuestra propia casa, y hasta ella llegaban las más atrevidas. Pasó mi señor padre todos los males conocidos e inventados con tal de no decir la verdad: desde cólicos hasta fiebres de Malta, pasando por melancolía y todas esas cosas que a la imaginación de mi madre se le ocurrían. Incluso, habló de absurdos encantamientos y hechicerías, además de incalculables desquiciadas razones. Cuando las gentes iban a visitarle por la malura que fuese, la puerta del cuarto no se abría.  La gente puede ser bienintencionada y hacer como que se lo cree; pero no es tonta y al final hubo de decir la verdad. Todos se extrañaban cargados de razón, pensaban que mi señor padre tenía el mismo mal que su fenecido amo:
—Pero si él no leía.

Como marchó regresó, y mi madre a mitad de la noche comprobó que compartía de nuevo lecho con su fugado marido, se lo halló a su lado con la cara llena de arañazos, que las malas lenguas atribuyeron a mi señora madre. Como si jamás se hubiese marchado aquella noche buscó, como antaño los consuelos y favores de mi madre, sin encontrar ni los primeros ni mucho menos los segundos. Mi madre exigía explicaciones y razones y él ni unas ni otras estaba dispuesto a dar.  Más parecía el hijo de Hércules que el charlatán que siempre había sido. Rebuscó mi madre nuevas estrategias, mas, ni con dulces y tiernos ronroneos, ni gritos, ni amenazas, placeres de la carne o del fogón, logró mi señora madre sacarle ni una palabra, bajaba la cabeza o alegaba tareas innecesarias que para él debían llevarse a cabo en el mismo y preciso instante que las cavilaba sin demora. Ni negaba ni afirmaba, simplemente, cual Telefo[32], callaba, siendo mi madre la cierva que lo amamantaba. Andábamos perdidas, mi madre y yo, pendientes de sus delirios y desganas, sabiendo que no teníamos libros que quemar, pues, todas sus desventuras al lado de tan leído señor no le sirvieron para aprender a leer ni tan siquiera a escribir su nombre.  


Capítulo IV - Los pecados de Teresa y Sancho el cazador.


Para comprar ponte en contacto conmigo, correo electrónico: fmlarenas@hotmail.com

                    Lo recibirás dedicado y numerado








[1] Redundancia parece que intencionada, “cide” equivale a señor.
[2] Llama la atención las pocas referencias que hace a su hermana, prácticamente en ninguno de los dos manuscritos la nombra para nada o hace una vaga referencia a la misma, podría ser que si la nombrase en aquellos escritos que quemó antes de comenzar este tercero y ello le causase mucho dolor. Sin embargo, resulta significativo que la nombre en el comienzo del primero de los manuscritos y en el final del segundo como queriendo demostrar que en ningún momento se olvida de la misma.
[3] Redundancia parece que intencionada, “cide” equivale a señor.
[4] Llama la atención las pocas referencias que hace a su hermana, prácticamente en ninguno de los dos manuscritos la nombra para nada o hace una vaga referencia a la misma, podría ser que si la nombrase en aquellos escritos que quemó antes de comenzar este tercero y ello le causase mucho dolor. Sin embargo, resulta significativo que la nombre en el comienzo del primero de los manuscritos y en el final del segundo como queriendo demostrar que en ningún momento se olvida de la misma.
[5]  San Isidro fue beatificado por Paulo V el 14 de junio de 1619 y canonizado el 12 de marzo de 1622 por Gregorio XV. Unos años antes de que Teresa Panza comenzase este manuscrito, pero ya entonces era venerado ampliamente entre la población campesina de Castilla.
[6] Aquí Teresa Panza, al igual que su padre, traduce la arabización del apellido de Cervantes como berenjena, un poco a modo de burla.
[7] Teresa Panza, al igual que hiciese Cervantes, juega con la arabización del apellido de Cervantes, Benengeli, puede traducirse como Cervatillo. Siendo Cervantes conocedor del árabe por su cautividad en Argel.  
[8] Apenas.
[9] Las compresas son un invento muy moderno, la sangre menstrual era absorbida por las ropas de la mujer, sin que, por ello, ante menstruaciones copiosas, para dormir, utilizasen trapos de algodón, no siendo frecuente, ya que no se consideraba higiénico ni conveniente en la mujer la ropa interior. No obstante, es preciso decir que solían casarse muy jóvenes y gran parte de su vida fértil estaban embarazadas o amamantando, con lo cual durante esos periodos no solían tener la regla.

[10] Siempre se ha hablado de la tozudez de las mulas, pero no todos los mulos son iguales; existen dos variedades, la mula roma o romana y la castellana, que nada tiene que ver con su procedencia geográfica, sino de si el padre o la madre fue burro y yegua o caballo y burra. Los mulos y mulas romos o romas, son los hijos de burra y caballo, suelen ser excesivamente nerviosas y tozudas, dan coces y pueden llegar a morder. Mientras que los mulos y mulas castellanos/as, son los hijos de burro y yegua, suelen ser, tanto los machos como las hembras, de parecidas características, tanto en condiciones de mansedumbre como de fuerza y eficacia en el trabajo.
[11] Supongo que se refiere a don Juan de Austria, el cual falleció en plena juventud treinta años antes de que Teresa Panza comenzase a escribir este manuscrito, hijo natural de Carlos I de España y V de Alemania.  Otro ilustre bastardo no se me ocurre.

[12] Amapolas.
[13] Se refiere a callada o discreta.
[14] No parece que Teresa a se refiera a ser labrador sino a ser hombre y escritor, se conforma por tanto con leer lo que otros escriben.
[15] Aquí se produce el primer borrón, sin embargo, termina escribiendo nuevamente lo tachado.
[16] La brucelosis, también llamada fiebre de Malta, es una enfermedad infecciosa, que ataca a varias especies de mamíferos, dentro de los cuales se encuentra el hombre. Afecta a personas que trabajan con ganado bovino, equino, porcino, ovino y caprino, era muy común entre los pastores, por beber leche directamente de la ubre del animal.
[17] Nota de quien transcribe: Esta parte del texto está escrita en papel de diferente calidad similar al de la segunda parte, también la tinta y letra es diferente, asemejándose a los de la segunda parte.  Por otra parte, si tal y conforme reza el texto el hijo de Teresa Panza y Miguel de Cervantes no podría tener más allá de ocho años en el momento de haber sido escrita esta primera parte, por lo que supongo que fue añadido a posteriori la misma.
[18] A su hijo, nunca le llama Andresico como llama a su marido, según explica, porque el hijo de un gran hombre, Miguel de Cervantes, no debe llevar un nombre pequeño.
[19] Mellizos.
[20] Está claro que no podía ser pergamino, supongo que lo considera sinónimo de papel.
[21] Las ocasiones que terminó quemado lo escrito.
[22] Un hijo y ocho nietos.
[23] Al comenzar a leer el manuscrito, en todo momento queda clara la gran diferencia de edad. Teresa Panza habla de un Miguel de Cervantes que pasa la cincuentena. En realidad, cuando se conocen él ya ronda los sesenta, mientras que ella parece que apenas tenía dieciséis. Como se podrá comprobar, de acuerdo con el relato de Teresa, habían pasado unos dos años desde la publicación de la Primera Parte del Quijote, que fue publicado en 1605, cuando Cervantes tenía 58 años; por tanto, cuando conoce a Teresa ya tiene sesenta años cumplidos.
[24] Si como es mi opinión estos papeles añadidos al segundo capítulo son posteriores a los comenzados inicialmente, puede referirse perfectamente a la muerte del mismo Miguel de Cervantes, pues murió tan solo un año después de salir la segunda parte del Quijote y un año antes de terminar este segundo manuscrito, pero ya con mismo bien avanzado, razón por la cual repite en más de una ocasión que no ha pisado la imprenta.

[25] Da a entender que ya ha leído la segunda parte, lo cual demuestra que no lleva orden cronológico a la hora de escribir, entrando en contradicción con ella misma en múltiples ocasiones.
[26] Nota de quien transcribe: A partir de este punto de nuevo sigue el papel, tinta y letra primera, lo que confirma que fue añadida después.
[27] Segundo manuscrito, capítulo XII º Noticias de Sanchico.
[28] Sitio.
[29] Lloros
[30] Las liebres, aunque parecidas a los conejos, no hacen madrigueras, sino que se “encaman” aprovechando cualquier oquedad del terreno para hacer la cama..
[31] Cada cuartillo equivalía a poco más de medio litro, 0,512 litros. Tres cuartillos litro y medio.

[32] Télefo, hijo de Hércules, fue amamantado por una cierva hasta que unos pastores le encontraron, le impusieron el nombre de Télefo (de thèlè, ubre, y elaphòs, ciervo) y lo entregaron a su amo, el rey Córito, que se encariñó de él y lo cuidó como un hijo más. Con el tiempo Télefo preguntó al Oráculo de Delfos, que le mandó en dirección a Teutrania, a donde fue en completo silencio, de dónde viene el famoso “silencio de Télefo”. Llama la atención que también Teresa utiliza esta metáfora doblemente, como un guiño a Cervantes, quien se suponía que terminaría leyendo el manuscrito.


La otra portada de Los manuscritos de Teresa Panza

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...