viernes, 15 de marzo de 2019

Carlota y el pan






Eran tiempos de hambre y represión para las familias leales a la legalidad de la República. Los vencedores ejercían no solo una represión brutal , sino que condenaban a las familias de los republicanos al hambre de los republicanos al hambre sin ningún tipo de escrúpulos ni problemas de conciencia. El alcalde franquista se quedaba los cupones que le correspondían a la familia del Juan, el maestro depurado y represaliado y los repartía o vendía entre los afines a la dictadura.

A pesar de los cuatro chiquillos que había alrededor de la mesa, la casa estaba en silencio, con ocho ojos fijos en Elvira, que tras probar lo que hervía en el puchero, le añadió un poco de sal.
—Está ardiendo —musitó incorporándose sobre sí misma y mirando los anhelantes ojos de los cuatro chiquillos, que ya estaban esperando con la cuchara en la mano.
—Madre, tengo gana —dijo Manolín, agitando el cubierto.
—Hambre que espera hartura no es hambre ninguna —regañó Elvira, arrepintiéndose al instante de lo dicho, mirando ahora en dirección a la puerta —. Y este hombre sin venir.
De nuevo probó lo que había en el puchero, y lo apartó del fuego cogiéndolo con un paño de cocina, sin decidirse a dar los pasos que le separaban de la mesa. Las campanas de la Iglesia de San Felipe Neri daban la una del mediodía cuando la madre, por fin, derramaba el humeante cazo sobre los platos donde algo que parecían fideos nadaban a sus anchas.
—Yo sin pan no sé comer —protesto Mariana, metiendo la cuchara en el humeante plato.
—Pues comes. No nos quedan cupones —replicó la madre, maldiciendo por lo bajo para no ser oída.
Su marido, Juan, el maestro, había salido en dirección a la tahona, para ver si conseguía un pan fiado del tahonero. Tanto Elvira, su mujer, como Juan, sabían que le daban menos cupones que los que le correspondía de acuerdo al número de personas que había en la casa, y que luego el alcalde se los daba a quien él quería o los vendía al mejor postor; pero, Juan no era afecto al Régimen, no podía protestar, tampoco tenía dinero para pagar al alcalde el valor que pedía por cada cupón demás, y al tahonero, pobre hombre, le debía ya cinco panes, y si fuera él el único:
—Don Juan, mire usted, vea, vea...
El joven panadero todavía le llamaba don Juan, como cuando era maestro en las escuelas Aguirre, entonces no pedía el pan prestado.
—¿Qué es lo que tengo que ver Pascual?
—Miré usted don Juan —contestó dando una rápida ojeada alrededor para asegurarse de que nadie lo veía.
Sacó de debajo del mostrador una libreta cogida por un bramante a una alcayata clavada bajo el mostrador de madera. Dudó por unos instantes, finalmente le enseñó la libreta que en su tapa había escrito con letra casi ininteligible «Gollería», llamándole la atención esa extraña palabra, que él como maestro que era le resultó extraña. Estuvo a punto de preguntar, pero fue el panadero quien le sacó de dudas:
—Aquí, en la joyería apunto a los panes que me dejan pendientes el pago, la tengo llena, la joyería la tengo llena de pendienteees—alargó la palabra —, pero no de oro, sino de deudas.  Yo le daría un pan, como otras veces, pero ya los tengo reservados para doña Gertrudis y doña Eulalia. Además, si no pago, no me traen harina, ya sabe lo mal que está el asunto, don Juan. Pase usted mañana, a ver si puedo hacer algo…
—Miré, aquí está usted, tres panes...—señalando con el dedo donde ponía en lugar de su nombre ponía «er maestro y la Ervira».
—Son cinco los que te debo —observó el maestro. Malo que cometiese faltas de ortografía, pero en los números iba la ganancia, y sabía que tampoco le sobraba mucho.
—No, usted me debe solo tres, los que le doy los viernes —bajo la voz —, sin que se entere ni mi Jacinta, tampoco doña Elvira, ni mucho menos mi padre, menudo es, por Dios se lo pido. Se lo digo a usted porque es una persona de fiar, solo a usted, que yo también me la juego. Se me parte el alma con algunas buenas personas, y repizco una miaja de masa de cada pan. Unas veces me salen dos y otras tres, y esos, cada día de la semana se lo doy a una familia, sin que ellos sepan que es de balde. Cuando vienen a pagarme yo les digo cinco panes, siete panes, y si ellos tienen otra cuenta, algunos se callan porque les interesa, y otros me lo dicen, como usted. Entonces, yo les digo que están equivocados, que mi lapicero apunta la verdad verdadera...
—¿Tu lapicero apunta la verdad verdadera? —Sonrió el maestro.
—La mía sí, yo, bueno, a mí se me parte el alma cuando alguien no me puede pagar, y más si es honrado, y me dice como usted me ha dicho, «mira Pascual que estás equivocado, que me que te debo seis y me cobras cinco», y yo le digo, «perdona, perdona, que son solo cuatro…» ¿Quiere usted creer que alguno hasta me discute? Otros me toman por tonto, ¿qué le vamos a hacer? Los pobres estamos para ayudarnos...—termina encogiéndose de hombros.
—Entonces...el mes pasado que te pagué dieciséis...
—Fueron dieciséis, no saque usted cuentas, por Dios, no saque usted cuentas, es mejor, no vayamos a liarla, que las paredes a veces escuchan lo que no deben.
Juan agachó la cabeza, no sabía otra cosa que trabajar de maestro, aunque había intentado en otros trabajos, pero tampoco había muchos amos dispuestos a darle trabajo. En el verano medio trabajaba, pero en el invierno se las veía y deseaba. Aquel invierno había sido muy duro.  Le dio las gracias al joven Pascual, el panadero, justo cuando entraba la mujer del alcalde y la del médico, precisamente a quienes le había dicho el panadero que les tenía reservados los panes que le quedaban. El panadero sacó, para cada una de las mujeres, de la  trastienda,  dos hermosos panes de tres libras. A Juan se le abrieron los ojos más que los panes. Por unos instantes pensó en pedirles, por Dios, que le cediesen uno de aquellos panes. Su orgullo se lo impidió. Ya, en una ocasión le rogó a doña Eulalia que le pidiese a su marido, el alcalde, que le diese todos los cupones que le correspondían, o que al menos intentase que le volvieran a dar plaza en la escuela como maestro.
—Haberlo pensado antes de hacerte comunista…—le contestó la mujer del alcalde con desdén. 
—Doña Eulalia, yo no soy comunista…
—Eso lo decís todos, señal de que lo sois. Ahora te jodes, y reza para no ir al penal, que si mi marido no fuese un buen cristiano…
—Yo también soy un buen cristiano…
La mujer del alcalde lo miro con desprecio, y le cerró la puerta en las narices. Él agachó la cabeza, (en los últimos meses en él, y en otros muchos, era algo más de lo habitual) sabiendo que, a pesar de todo, era cierto, el alcalde evitó que pasase por la cárcel, lo avaló a cambio de todos los pocos ahorros que tenía la familia del maestro, lo cual le hacía estar en deuda permanente con el regidor.
 Juan se quedó fijo en aquellos panes que sobresalían por encima de las cestas tapados con un paño a cuadros, el aroma a pan recién cocido le llegó, sintiendo el ansia de arrebatar aquellos panes a la fuerza; sin embargo, les dio los buenos días y salió de la tahona.  Las dos mujeres ni le contestaron, giraron la cabeza para no mirarlo.
—¿Qué quería que le dieses el pan de balde? —Pregunto doña Eulalia al joven panadero.
—No, don José siempre paga…—titubeó Pascual.
—¿Don José? ¿Le llamas don José?
—Es la costumbre, como es maestro…—Se disculpó el panadero.
—A esa gente ni fiado, ni fiado —sentenció doña Eulalia.
—¡Mujer! —Protestó doña Gertrudis —fiado sí, esas criaturas no tienen la culpa que su padre sea rojo…
—Que lo hubiera pensado antes, Pascualete, lo que yo te diga, no te fíes ni un pelo de esa gentuza.
—No, no, yo sigo a rajatabla lo que mi padre me manda, quien no trae los cuartos por delante no se lleva ni un chusco, faltaba más…—respondió el muchacho.
Juan, aunque escuchó la conversación, continuó su camino, sin saber si aquel día, o los que quedaban al mes, conseguiría algún cupón para dar de comer a sus hijos. Era martes y hasta el viernes no le correspondía un pan de los que el tahonero «repizcaba» para los pobres. Aceleró el paso en dirección a su casa con rabia contenida y «resignación», no necesariamente cristiana.   

***


—Por fin llegas —dijo Elvira a ver entrar a su marido, moviendo la cabeza al verle las manos vacías.  
—Sí, y sin pan, ¡mecagüen…! —maldijo el maestro mientras casi como una ametralladora soltaba al oído de su mujer todo lo ocurrido, mientras ella, escuchándole abstraída continuaba el reparto de la sopa.  
—Sabe a agua —protestó Pedro, alzando la voz por encima de su cabeza.
—No hay otra cosa —replicó el padre dándole una colleja al chiquillo —, collejas con fideos, es lo único que tenemos.
La madre lo miró, él se encogió de hombros, musitando para sus adentros:
—Si los conejos no se mueren con la hierba…
—Mira las vacas que hermosas que están —contestó su marido como si le leyese los labios.
La madre movió la cabeza de un lado a otro, y terminó repartiendo la sopa de fideos entre sus cuatro hijos y su marido, hasta quedar el puchero vacío y dos platos sin nada que poner, el suyo y el de la pequeña Carlota, «La Comino», por lo pequeña y espabilada que era, curiosamente no estaba en la mesa.
—Si acabo de verla ojiplática, cuando has dicho lo de los panes, te lo juro —dijo, como disculpándose ante su marido besándose el pulgar.
—No hace falta que lo jures, yo también la he visto ahora mismo —dijo él con extrañeza mirando para todos lados.
Entonces miraron para todos lados. Carlota no estaba en la casa. Comenzaron a llamarla con grito ascendente los padres, seguida por la chiquillería, que; aunque, con hambre, lo primero era la su hermana. La buscaron hasta debajo de la cama, en el corral y en la cámara. No estaba. Elvira, asustada, fue la primera que salió a la calle, vio a lo lejos a doña Gertrudis hablando en animada conversación con doña Eulalia en las escaleras que suben a la Iglesia de San Felipe Neri. Ambas terminaron de subir la cuesta y se metieron en la iglesia. Entonces, pegado a la pared, Elvira vio un pan más grande que la chiquilla que lo portaba.  Asustada la madre, se echó las manos a la cabeza.
—¡Dios mío! ¡Santísima Virgen de los Dolores, la Pasionaria! —Llegó a gritar internamente sin sacar la voz al aire.
La chiquilla, como si hubiese escuchado el grito que su madre no pronunció, sacó su cabecita por encima del pan con cara de asustada, que al ver a la madre cambió por una sonrisa de oreja a oreja.  Estiró de un brazo de la chiquilla, provocando que se le cayese el pan, pero Carlota, no dejó que el pan tocase el suelo; no obstante, le dio un beso al tiempo que aceleraba el paso hasta su casa. 
 Al salir de la iglesia, doña Eulalia ni se percató de que en lugar de dos panes llevaba uno.
—Dios me da fuerzas, no hay nada como ser buena persona, Dios nos libera de la pesada carga —, llegó a pensar.
No se preguntaron si habían visto a la chiquilla o no coger el pan de la cesta de doña Eulalia, porque la chiquilla lo hizo con tal disimulo que ni la vieron. Al llegar a casa doña Eulalia entregó la cesta a Casilda, la sirvienta y ya no se preocupó de si llevaba un pan o dos. Quien sí que se extrañó fue Casilda, que también ella repizcaba pan del que podría llegar a sobrar, pero no dijo nada.
De todos modos, en la casa de Carlota «La Comino» ya habían destruido las pruebas antes de que las dos beatas salieran de la Iglesia, y como nadie había visto por la calle a un pan andando con dos flacas piernas...     
*Esbozo de © Carlota y el pan, uno de los doce relatos del futuro libro ©¿La guerra ha terminado? 
Si te ha gustado, se agradece si comentas o compartes, ¡GRACIAS!
©Carlota y el pan
©¿La guerra ha terminado?
©Paco Arenas

También  puedes leer los primeros capítulos de la novela Magdalenas sin azúcar AQUÍ


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miércoles, 13 de marzo de 2019

«MAGDALENAS SIN AZÚCAR» Reseña de Santiago Sánchez Calle (Profesor de Historia Moderna y Contemporánea)


                                          


Son muchas las reseñas que en casi un año ha recibido «Magdalenas sin azúcar», todas en el mismo sentido, lo cual, aunque a mi me esté mal decirlo «me llena de orgullo y satisfacción». Todas y cada una me han alegrado el día. Esta en particular la esperaba con ansiedad, conozco a Santiago Sánchez, ya muchos años. Es un hombre sabio, con el cual disfruto de la conversación, sobre todo como oyente. Santiago Sánchez es un erudito, un enamorado de la historia, experto en el mundo árabe, pero también en la historia española y universal, un saco de de conocimientos que no tiene fin y que siempre sorprende, cual mago que con su varita mágica saca continuamente conejos de su chistera.Creo, que esta reseña es la más larga con diferencia que nunca se ha escrito sobre Magdalenas sin azúcar, la más exhaustiva de todas. Me ha emocionado, especialmente el final.
Muchas gracias Santiago 

Puedes leer los primeros capítulos de la novela Magdalenas sin azúcar AQUÍ

«MAGDALENAS SIN AZÚCAR»

                                        DE PACO ARENAS


De los tres trabajos literarios publicados por Paco Arenas que han llegado a mis manos y que he leído, - «Los manuscritos de Teresa Panza», «Caricias rotas» y «Magdalenas sin azúcar»- es esta última en la que se nota una mayor maduración literaria, más trabajada, una mejor estructuración de la trama y una consolidación de su estilo.

   «Magdalenas sin azúcar» se encuadra en el género literario de novela de posguerra, de la guerra (in)civil española.

   Es un tipo de novela «testimonio» de la dura realidad, de estilo directo. Nos atrapa desde el primer momento y mantiene su interés, pese a la dureza del relato, hasta el final. Es, por tanto, un trasunto de la vida española de la posguerra, y principalmente se detiene en la difícil -a veces imposible- vida del vencido en la dos primeras décadas posteriores a la guerra (in)civil española.
   Los manuales de literatura, al referirse a la narrativa de esta época, nos hablan de la novela existencial de 1.940 y social en la década de 1.950 y dentro del realismo social.

   Nos explicaba el profesor José García López, en su «Historia de la literatura española» (págs 732-733), que la novela existencial de 1.940 es el impulso inicial de los escritores de esta generación que acaban de sufrir la terrible experiencia de la guerra, es el abordar la cruda realidad sin subterfugios esteticistas ni convencionalismos sedantes.

   Y la novela del realismo social pondrá todo su empeño en quedar reducida a un simple «testimonio» de la realidad, limpio de notas afectivas...[...] de lo psicológico y existencial se pasa ahora a la escueta descripción de las características sociales, con finalidad claramente ética, como obedeciendo a un programa de frío y, por lo mismo, eficaz realismo. El lenguaje se orienta...[...] hacia las formas de lo familiar y coloquial […] con abundancia de diálogo...
   Pues bien, parece como si Paco Arenas hubiese tenido en cuenta lo que afirma el profesor García López a la hora de escribir su novela.

   Pero Paco Arenas no conoció la guerra, y de la posguerra, nació, creo hacia el final de  la segunda década de la posguerra -años cincuenta-, tal vez por eso no me ha extrañado que no haga alusión a las “Cartillas de Racionamiento” (de los «años del hambre») que yo, que nací cuando aún no habían pasado tres años y medio del fin de la guerra, sí conocí; así como la fila de hombres y mujeres ante el «Auxilio Social» para recibir comida

   El autor nos describe ambientes  y personas, de vidas de persecución, de miedo, de acoso, de cárcel, de violencia, de humillación, de zozobra, de inquietud, de sospecha, de desconfianza, de vigilancia, de incertidumbre, de exclusión, de iniquidad, de hambre, de desgarro, de miseria, de migración, de exilio y, sí, también de magdalenas sin azúcar. La exaltación fanática y autoritaria de la victoria es constante y machacona y se adoctrina en ello desde la escuela, para que no se le olvide al derrotado quién es.

   También describe a unos tipos humanos brumosos, injustos, crueles, hipócritas, rencorosos, carentes de la generosidad que debe tener el vencedor y donde el odio se impone por doquier.

   Hubo personas del ámbito de los vencedores que intentaban tímidos acercamientos hacia algún vencido, pero era arriesgado y peligroso, pues podía ser señalado, podía tener problemas si tenía contacto con algún vencido, (con quien había que hablar en voz queda) había que andar con tiento, era un apestado que, por antonomasia era tildado de «rojo». Era como en el S. XVI, cuando un cristiano tenía trato o contacto o se relacionaba con alguien sospechoso de judaísmo, herejía o islamismo. El cristiano viejo o nuevo, podía terminar ante un temido Tribunal de la Santa Inquisición o Santo Oficio.
   La cosa más simple o nimia podía costar muy caro. Yo recuerdo que, cuando ya era funcionario y empecé a trabajar en la docencia (con envidiables 23 años; años sesenta), tuve un compañero ya mayor, -Roberto se llamaba- quien me explicó que él había estado depurado y expulsado del Magisterio y que hacía pocos años que lo habían reingresado. ¿Motivo de su expulsión? Me explicó que lo acusaron de leer, antes de la guerra, un periódico liberal (lerrouxista). «Leía el único periódico que llegaba al pueblo donde vivía» -me dijo. A mi compañero Roberto le costó caro la lectura.

   Paco Arenas ha tenido que usar más la memoria que la imaginación. La memoria, porque su relato es una plasmación a su vez de los diversos relatos que, sin duda, como todos los niños de la posguerra, escuchamos. Y Paco Arenas también escucharía de niño y de adolescente relatos de guerra y posguerra a sus familiares mayores, allegados, conocidos de confianza, amigos... El mismo autor así lo da a entender en su «Advertencia necesaria».
  Y la imaginación la ha utilizado para cuadrar el puzle y adjudicar a los personajes lo que verdaderamente acaeció a otros seres reales, para urdir la trama de su narración; no hay mucha ficción, son hechos reales ocurridos a distintas personas, en distintos lugares y en distintos momentos.

   Pero donde Paco Arenas pisa fuerte, con seguridad y firmeza, donde se encuentra cómodo, es en su relato y descripción del mundo rural; lo domina, lo conoce y lo especifica bien, con acierto y destreza. Conoce su vocabulario, su jerga, sus conversaciones cotidianas, sus usos y costumbres e, incluso, la psicología de sus habitantes, de forma que los lectores urbanitas o los jóvenes rurales tendrán que echar mano, más de una vez, del diccionario, ya sea digital o en papel.

   «Magdalenas sin azúcar» es un libro que deberían leer y tener presente, todos los jóvenes que alcanzan la mayoría de edad -estudiantes, trabajadores-, para que conozcan el pasado reciente de sus padres, abuelos o bisabuelos; que nada cae del cielo, excepto la lluvia, la nieve, el granizo o los rayos; que lo que tenemos, sí, con muchos defectos e imperfecciones, pero ha costado mucha lucha y mucho sacrificio, y a ellos les toca ahora no sólo mantenerlo, sino mejorarlo.
                                                                                                          
   Santiago Sánchez Calle (Profesor de Historia Moderna y Contemporánea)

lunes, 11 de marzo de 2019

Reseña de Magdalenas sin azúcar, escrita por Ana G. Hernández‎ (Acompáñame con un libro)

Buenos días, comparto mi reseña u opinión personal del libro Magdalenas sin azúcar, del escritor Paco Arenas.

SINOPSIS:
Prólogo de JAIME FLORES, (catedrático de Lengua y Literatura Española - Universidad de Puerto Rico-Río Piedras): 

Cuando llegó la novela a mis manos lo primero que me llamó la atención fue el título: Magdalenas sin azúcar. Pronto me percaté de la inmensa metáfora que esconde y q
ue afecta a casi todos los personajes de la trama a lo largo de casi un siglo.

Las personas que aparecen tan solo buscan vivir en paz, sin mentiras ni secretos que ocultar. Sin embargo, la realidad cotidiana y sobre todo las circunstancias que la envuelven, más que su propia voluntad, determinan sus vidas, provocando que tengan secretos y mientan, incluso a las personas que más aman. Los personajes evolucionan psicológicamente a lo largo de la novela de manera sorprendente, están vivos.
La narrativa es ágil y sobre todo visual, el autor busca la complicidad del lector, transformándolo en un espectador capaz de ver ante sus ojos lo que sucede, no solo en el entorno, sino también en el interior de cada uno de los personajes, haciéndole capaz de sentir los miedos e inseguridades de los mismos, sufriendo o emocionándose con ellos, como ellos.

La estructura de la novela nos mantiene en tensión, ideada para no desvelar antes de tiempo los misterios que ocultan episodios clave de la misma. Resulta extraño hoy en día una novela con preámbulo y epílogo. En esta novela ambos juegan un papel muy importante, sobre todo el epílogo, que da fuerza a toda la estructura de la trama.
Magdalenas sin azúcar es una metáfora sobre la libertad y el amor en todas sus formas, condensándose dicha metáfora tanto en el título como en la pregunta con la que se inicia y culmina la historia 


MI OPINIÓN PERSONAL:

Tengo que comenzar a comentar que Magdalenas sin azúcar es una excepcional novela.
Con la riqueza de un sobresaliente prosista, Paco Arenas nos relata la historia de una época y de un pueblo que marcarán los destinos de sus protagonistas.
Estamos ante una novela que por sí misma es casi una obra maestra, que nada y en nada tiene que envidiar a otros autores de renombre.
El autor hace gala de un perfecto estilo descriptivo a lo largo de toda la obra, no sólo de los personajes, sino de todo el entorno que los rodea, todos ellos están retratados de manera exhaustiva, pero sin cansar al lector ni interrumpir la narración. Algo muy de agradecer.
La historia está bien planteada desde el principio, escrita con exquisita corrección y manteniendo a lo largo de toda ella el interés del lector.

He encontrado un contexto muy bien trabajado y detallado, y el éxito de este excelente libro también reside en los diálogos bien elaborados.

Está narrado con una prosa hermosa y llena de sensorialidad, con un estilo muy propio y actual pues brilla con una luz muy especial.

Por todo ello, el lector que decida leer Magdalenas sin azúcar, puede llegar a sentir la necesidad de colgar el cartel de cerrado, relajarse y disfrutar, recuperando como en las mejores ocasiones, el placer que da leer una magnífica novela. ¡¡Muy recomendable!!

Ana G. Hernández.

domingo, 10 de marzo de 2019

GASCAS Vs JUNCOS (Pinarejo, Santa María del Campo Rus, Valverde del Júcar y Sant Antoni de Pormany)


No fue por casualidad, Gascas desde el principio tuvo una gran atracción para mí, siempre escuché hablar de Gascas a mis padres, conocí también a una mujer que iba con su madre a visitar a su padre al Castillo de Cuenca, aunque ellas viajaban en burro, y María en autobús. Me imaginé ese peregrinar, que mi abuela llevó a cabo durante siete largos años para ver a mi abuelo Felipe López al penal de Chinchilla de Montearagón, también las penurias que pasó para mantener a sus hijos, que todos, salvo mi madre, eran niños o adolescentes. Fue fácil recordar historias tan verdaderas como dolorosas. Así surgió Magdalenas sin azúcar, una parte de nuestra historia, de la historia de muchas familias conquenses, españolas, y como me han dicho algunas personas de las muchas personas extranjeras que han leído la novela, también es, en cierta medida, la historia de los oprimidos de la tierra, de los muertos y de sus familiares. Una historia no para abrir heridas, sino para crear esperanzas en otro mundo más humano.

Gascas fue el pueblo en el que inicialmente transcurría la novela,  fue sustituido por Juncos, un pueblo imaginario, (que realmente existe en Puerto Rico, es la ciudad de donde es natural el profesor don Jaime Flores Flores, en su honor le cambié el nombre) siendo Valverde del Júcar el pueblo que sustituí, por un imaginario San Antonio de los Llanos, digamos que también en honor al lugar donde pasé años muy trascendentales de mi vida, (San Antonio Abad, hoy Sant Antoni de Portmany, en la isla de Ibiza) pueblo o ciudad al que guardo mucho cariño.

No obstante, recalcar, que los escenarios, en buena parte, están inspirados en Pinarejo y en Santa María del Campo Rus, también algunos de los personajes de la novela. 

Acomodarme a la idea inicial del pantano de Alarcón y de los lugares como Gascas y Valverde, me hubiese supuesto tener que narrar sucesos muy graves y escabrosos. En el pantano de Alarcón y en el de Contreras trabajó mi abuelo Felipe López, en ambos pantanos paso lo que en otros muchos pantanos. Son muchas las fosas comunes de víctimas de la barbarie que se encuentran en las tierras anegadas por las aguas de Alarcón, Contreras, Benageber, Iznájar, San Simón...

Esos famosos pantanos iniciados por la República e inaugurados por Franco, todos o la mayoría, fueron utilizados como fosas comunes. Todavía se me ponen los pelos de punta, cuando recuerdo a un viejo amigo que trabajó en el de Benageber. Este amigo, me contaba como llegaban camiones de personas fusiladas (hombres, pero también mujeres) y los echaban entre el hormigón...Nada de esto aparece en la novela, tampoco va de esto. No he querido hacer una novela que pareciese un intento de reescribir la historia; aunque fuese contando la verdad.

El pantano de Alarcón se inició en 1934, y se terminó en 1955 (inauguración) y 1957 finalización. En la novela, por el contrario, la construcción del pantano se inicia en 1956. Sin embargo, varios capítulos de la novela se desarrollan en 1955, cuando la construcción del pantano era ya una amenaza cierta. Es por tanto en 1956 cuando, en la novela, supuestamente se inicia la construcción del pantano, terminándose la construcción en 1988. En ambos casos, en la realidad de Gascas(1955-dictadura) como en la ficción de Juncos (1988-democracia) se desalojan a las personas salvajemente de sus casas.

¿Por qué este cambio de fechas y lugares? Porque esto me da pie a hacer de la novela una inmensa metáfora sobre el amor, la libertad, lo auténtico y lo falso. De haber circunscrito la novela a la dictadura no se podría poner en cuestión el apéndice que hereda de la dictadura su "legalidad", que no legitimidad, en una palabra, diferenciar lo legal de lo legitimo, la democracia de una imitación fraudulenta.

Al igual que el desnudo en una persona, resulta más sugerente la insinuación, dejar latente lo que se oculta detrás de la metáfora. Haciendo posible que cualquiera que tenga la mente abierta, con indiferencia de su ideología, pueda leer la novela, y al mismo tiempo interesarse por la verdad de lo que hay detrás.

He preferido hacer una novela de personas, no de sucesos, de sentimientos, no de odios, no recreándome en lo dramático y escabroso, sino en lo cotidiano, en el amor, en las inquietudes, los miedos y anhelos; y a pesar de todo, no evadiéndome de la realidad, pero en muchas ocasiones disimulándolas bajo la metáfora poética en prosa, nunca bajo viles eufemismos, tan recurrentes en la actualidad española.

Es preciso cerrar heridas, y las heridas se cierran con la verdad, la justicia y la reparación.

Al mismo tiempo, considero, que esto ayudará a darle difusión a la novela de manera más amplia y plural; pero también, no tengo ninguna duda, a honrar y provocar en los lectores el ansia por querer saber la verdad sobre esas miles de personas que yacen bajo las aguas del pantano. Personas que nunca se encontrarán, pero que; sin embargo, jamás debemos olvidar que están allí, que cada sorbo de agua que bebemos, aunque sea una minúscula gota de sangre, de esencia de libertad, debería germinar en cada uno de nosotros. Que no sea necesario hacernos la pregunta con la que se inicia y se finaliza la novela:

—¿Quién llevará flores a los muertos de Juncos, si están bajo las aguas del pantano?

Paco Arenas


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