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miércoles, 25 de marzo de 2020

El hombre que vivió en el mar- Novela completa en PDF por capítulos- Capítulo I 💪💪#YoMeQuedoEnCasa, #VolvereAPisarLasCalles

El hombre que vivió en el mar
💪💪#YoMeQuedoEnCasa, #VolvereAPisarLasCalles


El hombre que vivió en el mar 
Novela completa por capítulos en PDF, descarga libre.  Adaptación del libro MÁS PROHIBIDO DE LA HISTORIA DE ESPAÑA (310 AÑOS). En estos días de clausura, además de publicar relatos, voy a regalar una de mis novelas adaptadas completa, por capítulos, en formato PDF, ya que durante estos días no mandaré ningún libro físico a ningún lado, en solidaridad con libreros y repartidores.

Capítulo Iº

PDF PARA DESCARGAR AQUÍ

lunes, 23 de marzo de 2020

Enseñar al que no sabe #YoMeQuedoEnCasa, #UnCuentoCadaDia, #PacoArenas



Como se suele decir en el sur de Castilla, caía un sol de justicia. ¿Podría ser de otro modo, estando en la Mancha y siendo agosto?

 Pedro Haro, un pastorcillo de no más de nueve años, se encontraba cuidando sus ovejas y cabras en medio de un añojas, pensando en acercarse hacia un ribazo próximo, donde una hermosa encina centenaria, daba una más que generosa sombra.  Estaba muy cansado, después de caminar toda la mañana detrás de las ovejas.   En ocasiones, como si estuviera en el desierto, el sol le provocaba espejismos. Eso pensó aquella tarde. Una gran nube de polvo se acercaba por el camino a la velocidad de un rayo. Al llegar a su altura se detuvo, y él con la garganta rociada de polvo, echó mano al botijo.

 Lo movió. Casi no quedaba, echó un trago, reservando otro hasta que llegase a un pozo próximo donde daría de beber al rebaño, y al mismo, tiempo llenaría el botijo. Pero antes quería descansar bajo aquella hermosa encina. Cuando el polvo cesó de entre la nube, pudo divisar una moto y un sacerdote que descendía de la misma y se acercaba en dirección a dónde se encontraba él. Volvió a guardar el botijo en las aguaderas del borrico y se quedó mirando al recién llegado.

—¡Buenas tardes, muchacho! —Saludo el sacerdote, quitándose las gafas y limpiándose el polvo de la cara.

—¡Buenas tardes, señor cura! ¿Se le ofrece algo?

—Pues, sí. He visto que guardas un botijo —dijo el sacerdote limpiándose nuevamente la frente de sudor.

—Es verdad, sí. Tengo un botijo con el agua más dulce que las almendras y más fresca que un charco en enero —, contestó el pastorcillo.

—Pues dame que eche un trago de esa agua tan dulce y fresca que estoy más seco que el cogote de san Pedro.

—No, señor cura – contestó el pastorcillo moviendo la cabeza de un lado a otro.

— ¡Descarado! ¿No sabes que hay un mandamiento de la Ley de Dios que dice darás de beber al sediento?

Por primera vez se alteró el sacerdote, acostumbrado, como estaba a que sus deseos fuesen de inmediato complacidos.

—Sí, señor cura, sí. Pero hay otro más importante ¿Enseñar al que no sabe?  Y usted cuando mi padre, que es su vecino, le dijo que sí me podría enseñar a leer, le dijo que eso había que pagarlo —replicó el pastor señalando un cruce de caminos —. ¿Lo conoce?

—¿A tu padre o al mandamiento? No sé.  El mandamiento ese no.  Soy sacerdote, soy como si fuese tu padre…—contestó el cura.

—Pare usted ahí, quieto, no vaya usted por esa senda, que yo soy hijo de un solo padre. En cuanto a lo otro, pues miré por dónde, yo se lo enseño y le doy la solución.  Allí está la fuente, no es dulce, y cerca el pozo de agua dulce como las almendras.

—Pero tú tienes un botijo con agua fresca, ¿no pretenderás que vaya hasta allí con el calor que hace? 


—Si no va usted, tendré que ir yo después, yo tengo que trabajar, y usted no suda nada más que cuando pasea o está con la criada.

—Tendrás poca vergüenza...

—Más que usted. Yo le he enseñado el camino, con todo mi respeto.  Si quiere beber ya sabe. ¡Ah! Y tenga cuidado no se caiga al pozo, mejor si se arremanga las sayas...




Puedes comprar el libro completo en o leer parte en Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre 

miércoles, 18 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa, Cuarto día de clausura



Acaricio
sin tocarte siquiera,
con las manos lavadas y el alma desnuda
secándose,
 antes de besarte.
¿Cómo decirte que quisiera abrazarte,
 sin este océano de distancia?
 Poder navegar hasta tus brazos generosos
 y rodear tu cintura sin temor,
ni al virus,
ni a sus maléficas coronas.


Beso
lanzando mi corazón herido al viento,
sin que ni el aire se inmute,
ni mis besos te alcancen,
sin besos de buenas noches,
yo que te bese hasta lo más escondido,
sin miedo a quedarme atrapado en tus labios
o en el fondo de tu sexo.

Hablo
mirando la estela de sol que entra por mi ventana,
presintiendo que, tal vez, sea solo polvo
humedecido por la lluvia de la mañana,
sin pensar que está cerrada
al ruido de la calle y su alegría.

Pienso
navegando entre la bruma de lo incierto,
sin saber, si seré ausencia de tus días,
y también de tus noches,
o si, por el contrario,
me quedan muchas besanas por labrar,
infinitas palabras por escribir
y mucho vino por beber todavía.


Confío,
en el vuelo libre de los pájaros,
no en el canto de los canarios enjaulados,
por mucho que no se mojen con la lluvia
y tengan los comederos llenos de alpiste.
No confío, en los buitres sin plumas,
que basan su riqueza
Solo en los en los Mercados.

Bebo
el agua de la memoria,
para que no se me olvide,
lo mucho que te quiero.
También,
para, si muero,
no me olvide,
ni un instante quién soy
ni de dónde vengo.

Sueño,
Solo,
en un lecho solitario,
en el que me falta tu presencia,
aunque estés al otro lado de la puerta,
o mirándome a los ojos
con tu risa oculta,
tras la celulosa azul de nuestros miedos.

  
¡Aléjate!
Aléjate pronto,
virus con tus aureolas,
que se me revuelven las tripas,
solo con ver el brillo de tu corona,
que nunca fueron buenos los virus,
tampoco las coronas,
¡Aléjate! Y no vuelvas más.


Escucho
los lamentos de los poderosos,
quejándose
de las pérdidas en sus negocios.
No veo
que alguien alce la voz
por el menesteroso,
el cajero del supermercado,
el camionero,
o ese que te lleva tus recados,
con tanto miedo como tú,
hasta la puerta de tu casa.

No escucho,
que, al bribón,
nadie le diga que devuelva lo robado,
y alaben a quien dice falsedad
con la solemne dignidad,
de quien toma por estúpidos
a los que le dan de comer.
Que nada le deben,
y él todo a ellos.

Veo
pleitesía ante el mentiroso,
aduladores de pesebre agradecido,
mercenarios de la palabra pagada,
de la libertad secuestrada.
Maldiciendo a la «Pérfida Albión»,
por dejar con el culo al aire
a los gusanos que,
 ante virus y coronas,
arrastran sus babas por los palacios.

Escupo,
Palabras como flores
cortadas de la boca
 del poeta silenciado,
llorando la ausencia
de las palabras
lo que dejó por escribir,
en la bandera de la libertad,
ansiando ser escuchado
una mañana de abril.
Rompieron el tintero
de las palabras perdidas,
un triste mes de agosto.

Extiendo mi mano generosa
con la ternura de un niño,
que antes del primer orgasmo,
tenía callos en las manos,
y cicatrices en el alma.

Regalo
mis torpes versos,
transformados en abrazos
y besos,
sin buscar la rima,
solo el consuelo,
y gritar mañana,
en la plaza del pueblo,
¡te hemos vencido!
¡SALUD!


©Paco Arenas 18 de marzo de 2020, cuarto día de clausura.

domingo, 15 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa - Arresto domiciliario y héroes







Arresto domiciliario y héroes

(Dedicado a ellos: sanitarios, boticarios, repartidores y trabajadores de panaderías y supermercados, los grandes olvidados y los más expuestos) también a los libros que leeremos durante nuestro cautiverio.



1)     ARRESTO DOMICILIARIO

Arresto domiciliario en cárcel de barrotes invisibles, donde se libran batallas de miedos, silencios olvidados, besos y abrazos repetidos y no por ello menos ansiados, sin miedo al contagio, porque sabes que si está uno, estaréis todos. Celda donde reconocer a los hijos y a tu pareja.  Prueba de fuego de un «gran hermano» y «supervivientes» en la isla de las cuatro paredes de tu casa, sin cámaras ni televisión basura.

Conversaciones mudas de las palabras que se quedaron sin decir, con peregrinas excusas ni concierto, solo porque «no tengo tiempo, tengo mucho que estudiar, llego tarde al trabajo o he quedado...»

Hijos extraños tras la puerta del cuarto, sin que apenas viésemos crecer. Ahora los miras y están sentados a tu lado, viendo una película. Los vuelves a reconocer como propios en cada cena, cada almuerzo, en el desayuno de las mañanas y hasta en el olvidado beso de buenas noches. No importa el orden porque no altera el producto, estás con tus hijos y echas de menos, mucho a quienes están presos en otra celda, aunque sea solo a tres kilómetros de distancia, y que te mueres de ganas de escapar entre los barrotes por correr a su encuentro para, sin miedo al contagio, poder abrazarlos. Lo aceptas como inevitable, por mucho que te duela, por mucho que les duela. Si no lo haces es porque están al otro lado del teléfono, a pesar de todo, te hecho de menos Rocío.


Reclusión con mucho tiempo para pensar, y bombardeo de noticias, ninguna buena, salvo esa que te dice que no puedes salir de tu casa, quedándote con la incertidumbre del tiempo que durará, y lo que es peor, ¿que vendrá después? Y piensas en las personas vulnerables que quieres, y entonces te das cuenta, a las doce de la noche que te olvidaste de felicitar, y te vas a la cama con ese reconcome tan manchego.

Libros que se abren después de mucho tiempo, al igual que las puertas, que antes, en el interior de la casa, estaban cerradas. Y ves palabras nuevas, escuchas voces en tonos distintos, con otras miradas tan próximas como queridas y en ocasiones tan lejanas. LEER, LEER,  en vuestras estanterías de vuestras casas encontrareis libros que ni sabíais que existían, los cuales os producirán orgasmos olvidados en lo más hondo de vuestras neuronas...  

Lucha silenciosa de teles apagadas y bizcochos caseros, magdalenas y palomitas de maíz abriéndose paso por encima de las tapas de las sartenes.

2)     HÉROES

Sabes, que fuera, hay héroes sin corona y villanos con #Coronavirus. Nunca conocí a lo largo de mis pocos conocimientos de historia, a ningún héroe que corona llevará y sí a muchos villanos y ladrones coronados, como este maldito virus que a todos nos tiene encarcelados.

Los héroes, los de verdad, no tienen espadas ni cañones, ni libran batallas con fusiles con olor a muerte. Aunque algunos lleven uniformes, no digo que no, los héroes de esta guerra llevan batas blancas de médicos, enfermeros, farmacéuticos, conductores de reparto, o los más olvidados y más expuestos, los boticarios, junto con quienes trabajan en los supermercados, que te atienden siempre con una sonrisa, a pesar de que muchos cobran sueldos de miseria, mientras sus jefes especulan con cada grano de arroz.

A ellos, los farmacéuticos, los cajeros de los supermercados, reponedores, carniceros, fruteros, tan necesarios como los médicos, en cuyas manos nos ponemos, siempre ignorados, esos héroes de supermercados, sin protección ante el peligro... Hogar, dulce hogar, y estás preso, posiblemente a salvo del ataque del virus de la corona, mientras ellos se juegan su salud y la des sus familiares, para que tú; sin agradecérselo siquiera, tengas la alhacena llena, de fruta, carne y verdura que no te cabe en la nevera.

Sabes que estás preso, y no quieres escapar de esa cárcel de abrazos y besos, palabras recuperadas, voces que no hieren los oídos, que dicen te quiero sin miedo; pero no puedes olvidar que fuera están ellos, y que nadie les dará la medalla que otros se colgaran.

Hoy más que nunca: ¡Salud!

Texto y composición: ©Paco Arenas



Autor de Magdalenas sin azúcar, hoy en destacados puestos de lectura:
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N.° 10 en Ficción histórica (Tienda Kindle)
N.° 102 en Ficción histórica (Libros)

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