martes, 14 de mayo de 2024

Caminar, siempre caminar, aunque tropieces

 


La libertad guiando al pueblo
(La Liberté guidant le peuple)


 

Caminar es tropezar y muchas veces equivocarse. Aquel que no camina no tropieza, pero no avanza y nunca escapó de la prisión quien no lo intentó.

 

Imaginad una prisión como la de If, en una isla al borde de un acantilado de la que sólo se sale al morir. Sin otra esperanza que la resignación.

 

Dantés se resigna no intenta escapar. Renuncia a la huida porque así lo dice la sentencia, la historia y que los infranqueables muros de la cárcel corroboran. Intentarlo sería un suicidio, no hacerlo es morir lentamente en vida. Dantès jamás habría sido el conde de Montecristo si no llega a conocer al sabio Faria, que lo instruye y le hace creer que es posible la huida, él lleva intentándolo toda su vida sin conseguirlo, incluso al excavar el túnel se equivoca, porque lo fácil es equivocarse, seguir intentándolo tras cada fracaso es de sabios y Faria lo es.

 

Sólo los necios se resignan a la vida que les ha tocado vivir. Faria, además le dice que el arma más poderosa del ser humano es el pensamiento. No debe esperar nada de ningún dios, rezar jamás liberó de la esclavitud ni salvó la vida, de lo contrario no habrían existido los mártires y los esclavos hubieran sido libres. El prometido paraíso que ofrecen los sacerdotes, imanes o predicadores de las distintas religiones, la verdad es cuestión de fe, nadie ha vuelto del paraíso para contarlo. Los dioses siempre estuvieron al servicio de los poderosos para esclavizar a los pueblos.

 

No pensar, cerrar los ojos ante la situación puede hacerte ser más feliz, pero jamás avanzarás. Siempre es preciso pensar, a riesgo de equivocarse. Intentar saber los motivos de tu situación y buscar las posibles salidas, por complicadas o imposible que puedan llegar a ser.

 

Tras catorce largos años de excavar un túnel en el muro de la prisión el viejo abate Faria falleció, no sin antes trasmitir sus conocimientos a Edmundo Dantès, que rezó a Dios, perdió la fe y quiso morir, hizo caso a sabio y pensó. Como sabio que ya era, podría haber seguido buscando la salida a través del muro. Habría sido lo más fácil, pero ahora sabía pensar y pensó. No buscó el camino sencillo, sino el más arriesgado: ocupar el puesto del sabio abate Faria en la mortaja, para así intentar escapar, sin embargo, los guardias no se complicaron la vida y lo tiraron al mar por el acantilado. Escapó y tras varias y tormentosas vicisitudes consigue su recompensa.

 

Esto algo de lo mucho que nos enseñan los libros, a pensar, a decir lo que se piensa a riesgo de equivocarse. Siempre habrá quien te quite la idea de iniciar el camino diciéndote que a buen seguro te equivocarás en la primera bifurcación o te arrepentirías de tu decisión. Posiblemente así sea, y la utopía está en el horizonte, tal y como dijo Eduardo Galeano:

 

«La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.»

 

Cada paso individual o colectivo condiciona nuestro futuro o el futuro de la humanidad, el primer grito de rebeldía posiblemente fue silencioso, efímero y ligero como el plumón de un polluelo, pero condicionó otros y otros…

 

No se puede callar ante la injusticia, ni caminar hacia atrás, porque eso nos alejará del pensamiento, de la utopía de lograr un mundo más justo y hasta sacar las tetas al aire, puede llegar a ser un gran paso por la Libertad, la Justicia, la Igualdad y la Fraternidad.

 

Nunca un poema o un libro doblegó la tiranía, pero muchos poemas, muchos libros, muchos pasos, gestos, voluntades y pensamientos lograron y conseguirán seguir caminando, porque de eso se trata, de caminar, tropezando, equivocándose, pero levantándose para seguir caminando.

 

©Paco Arenas a 15 de agosto de 2023

 

 

P.D. Yo soy una persona con suerte, siendo un zoquete nunca me resigné y siempre encontré personas sabias dispuestas a enseñarme haciendo de mí un eterno aprendiz. Mi agradecimiento a todas ellas.

Madres

 


(A todas las madres, especialmente a aquellas que ven morir a sus hijos, a todos los hijos, especialmente a aquellos que ven morir a sus madres)
Nayla
La católica Nayla, nieta de Farid, era una muchacha de grandes ojos que fue violada por parte de un grupo de soldados israelíes ocho meses atrás en Ashkelon, donde trabajaba en un kibutz. Nayla llegó a ver a su hija nacer. Fue una niña sin padre, una «deshonra» para su estirpe, la vergüenza que su padre no toleró, echándola de su casa. La acogió su tía Amiram, que ya «deshonró» a su familia quince años atrás al unirse sin la bendición de su padre a un hombre, también cristiano pero ortodoxo. Nayla rezó a su dios para que su hija naciera y se llamase Zulema, «mujer de paz», porque quería que creciera en una Palestina libre y en paz. Según le contó su abuelo Khusih, vivían en Nablus, cuando él era niño, antes de que los colonos judíos arrasaran sus campos de olivos y sus viñas, y matasen o encarcelasen a su familia.
Rania, la comadrona, cortó el cordón umbilical que unía a Zulema con Nayla y con cariño se la colocó sobre el pecho a su madre. Zulema se agarró a la vida al instante, comenzando a succionar con ansia del manantial de la vida durante lo que duró el padrenuestro que rezaba su madre Nayla dando gracias a su Dios. Sin decir amén, Rania, Zulema, Nayla, el médico inglés George, la médica portuguesa María, el enfermero español Jaime, ni el resto de parturientas, niños recién nacidos, comadronas, médicos, enfermeras y pacientes del hospital llegaron a saber siquiera que no podrían ver correr a Zulema por las calles, que nombre no lo pronunciaría jamás Nayla. Que tampoco quedaría en ningún registro. Solo cinco minutos después del nacimiento de Zulema, mujer de paz, solo quedaban cadáveres y escombros, solo cadáveres sin nombre ni apellidos masacrados en directo ante los ojos indolentes de millones de espectadores en nombre de solo uno de los 300.000 dioses inexistentes a quienes rezan los habitantes del mundo. Ninguno de ellos hizo nada, tampoco quienes de rodillas asisten al genocidio dándose golpes de pecho.
Abdel
A la familia del anciano Abdel llegó caminando desde Jabalya viendo caer las bombas a su paso. Las fuerzas de ocupación les obligaron a huir al sur, a Rafat, donde les dijeron que estarían seguros. No tenían casa, algo nada nuevo para él, que desde los cinco años, cuando vivía en Nablus en paz y armonía con los pocos cristianos existentes y los muy escasos judíos, recién llegados de la mano de los ingleses. Gentes necesitadas, que hablaban distintas lenguas, unos alemanes, otros húngaros, también sefarditas de Salónica, que huían de la barbarie nazi. El padre de Abdel los sentó a su mesa, les dio techo, sin preguntarles a qué dios rezaban, solo sabía que necesitaban de su ayuda y aunque el pan no sobraba, se repartía.
Cinco años tenía cuando en víspera de la vendimia, las vides fueron arrancadas. Rezaron a Alá, pero no los escuchó. No obstante, ellos creyeron que sí, las lluvias fueron propicias y pensaron que al menos la cosecha de aceituna les compensaría las tierras expropiadas por los ingleses para dárselas a los recién llegados, que ya no eran pocos y comenzaban a ser numerosos. Antes de pisar los olivares contemplaron con sus ojos como eran cortados con el fruto en sus ramas. A punta de bayoneta fueron expulsados de su casa y tierras y ya nunca más supo lo que era llamar «mi casa» a ningún lugar. Su casa estaba en Nablus, él era musulmán, pero como los viejos judíos de Sefarad, su padre se llevó la llave de la puerta de su casa, y Abdel la guardaba como oro en paño esperando el regreso que nunca llegaba.
A Rafat llegaron ligeros de equipaje. Allí permanecieron sin agua ni alimentos viendo como morían los más débiles. Les prometieron que allí estarían a salvo, sin alimentos, sin agua, sin médicos, ni testigos que diesen testimonio que los estaban matando de hambre.
Luego llegaron las bombas sobre las frágiles y ruinosas casas donde hacinados sobrevivían y morían sus habitantes. Bajo las ruinas de una casa de Rafat, el anciano Abdel, escuchó los lloros de su tataranieto Farid, de apenas unos meses. Intentó gritar, desprenderse de los escombros que lo tenían atrapado. Puede ver al niño llorar a apenas dos metros de él, todavía abrazado a su madre inepte, su nieta Aida, a dos metros ve a su nuera Amira, madre de Aida y abuela de Farid. Las llamas, pero no responden. Entonces los lloros y balbuceos de otra muchacha, o niña, que contesta, pero no puede verla.
Ya hace dos horas que las bombas dejaron de caer, solo se escuchan los lloros de Farid y las palabras de aquella muchacha que dice que va, pero que no llega nunca. El viejo Abdel logra quitar los adobes que lo atrapan. No puede levantarse.
Vuelven a caer bombas sobre las ruinas, por si acaso quisieran acabar con todo atisbo de vida, matar moscas a cañonazos.
Entre el humo y el polvo ve a Dana.
—Ya veo a mi sobrino — la escucha decir.
Es apenas una niña de doce años, hermana de Aida, la madre del chiquillo y bisnieta suya, hija de Simón, un judío sefardita que estaba a favor la convivencia entre judíos y palestinos, por amor a Aida y que murió cuando salieron de Jabayla. Sonríe el anciano, a pesar de dibujar un rictus de dolor en su rostro. La ve caminar vacilante, cojeando, cayendo sobre los escombros hacia Farid. Llega hasta el bebé, cae más que se agacha, lo abraza, sonríe al niño y al anciano. El primero deja de llorar, el segundo intenta devolverle la sonrisa instantes antes de que el techo se derrumbase sobre ambos, pero el niño vuelve a llorar, aunque ya no lo ve, como tampoco ve a su bisnieta. El silencio atruena más que el ruido de las bombas.
Solo le quedaba morir en el hueco de la escalera en el que quedó atrapado. Ve la vieja radio a pilas a su lado, que antes del derrumbe estaba en la planta superior. Torpemente la enciende, el receptor habla de que en las universidades de todo el mundo gritan contra el genocidio, mientras los dirigentes mundiales se lavan las manos como Pilatos apoyando a quien mata en nombre de uno de los miles de dioses inexistentes creados por los hombres.
El viejo Abdel cierra su puño artrítico sobre la llave de su casa de Nablus con la rabia del último suspiro, maldiciendo a todos los dioses creados por los hombres para justificar sus crímenes.

© Paco Arenas a 5 de mayo de 2024

Paco Arenas, sus libros y relatos...

Paco Arenas-Escritor

La foto:
‘Una mujer palestina abraza el cuerpo de su sobrina’, foto del año en el World Press Photo 2024
Fuente: Mohamed Salem / World Press Photo
La organización World Press Photo ha concedido al fotoperiodista palestino de Reuters, Mohammed Salem, el premio a la foto del año en el Concurso Mundial de Fotografía de Prensa 2024. La imagen galardonada muestra a una mujer abrazando a una niña que acaba de perder la vida en la Franja de Gaza.
Debemos recordar a aquellas madres que ven morir a sus hijos y a aquellos niños que ven morir sin el abrazo de sus madres. ¡No a las guerras! ¡No al genocidio!

©Paco Arenas a 5 de mayo de 2024

 


¿Cuál era su verdadero nombre, Mari Gutiérrez, Juana Panza, Teresa Panza o Teresa Cascajo?


 


La primera como Mari Gutiérrez y una sola vez:

 

—Yo lo dudo -replicó Sancho Panza-; porque tengo para mí que, aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina; condesa le caerá mejor, y aun Dios y ayuda.

En tres ocasiones como Juana Panza

 

—¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos? —respondió Juana Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos.

—No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero andante buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan no salen tan a gusto como el hombre querría, porque de ciento que se encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sé yo de experiencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero, con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas a toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maravedí.

 

En 31 ocasiones aparece como Teresa Panza

 

—Mirad, Teresa -respondió Sancho-: yo estoy alegre porque tengo determinado de volver a servir a mi amo don Quijote, el cual quiere la vez tercera salir a buscar las aventuras; y yo vuelvo a salir con él, porque lo quiere así mi necesidad, junto con la esperanza, que me alegra, de pensar si podré hallar otros cien escudos como los ya gastados, puesto que me entristece el haberme de apartar de ti y de mis hijos; y si Dios quisiera darme de comer a pie enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas, pues lo podía hacer a poca costa y no más de quererlo, claro está que mi alegría fuera más firme y valedera, pues que la que tengo va mezclada con la tristeza del dejarte; así que, dije bien que holgara, si Dios quisiera, de no estar contento.

—Mirad, Sancho —replicó Teresa—: después que os hiciste miembro de caballero andante habláis de tan rodeada manera, que no hay quien os entienda.

 

Y, por último, en cuatro ocasiones aparece como Teresa Cascajo y así lo resuelve Cervantes en palabras de Teresa:

 

—¿Veis cuanto decís, marido? —respondió Teresa—. Pues, con todo eso, temo que este condado de mi hija ha de ser su perdición. Vos haced lo que quisieres, ora la hagáis duquesa o princesa, pero os he decir que no será ello con voluntad ni consentimiento mío. Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad, y no puedo ver entonos sin fundamentos. Teresa me pusieron en el bautismo, nombre mondo y escueto, sin añadiduras ni cortapisas, ni arrequives de dones ni donas; Cascajo se llamó mi padre, y a mí, por ser vuestra mujer, me llaman Teresa Panza, que a buena razón me habían de llamar Teresa Cascajo. Pero allá van reyes do quieren leyes, y con este nombre me contento, sin que me le pongan un don encima, que pese tanto que no le pueda llevar, y no quiero dar que decir a los que me vieren andar vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: ''¡Mirad qué entonada va la pazpuerca!; ayer no se hartaba de estirar de un copo de estopa, e iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya, en lugar de manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no la conociésemos''. Si Dios me guarda mis siete, o mis cinco sentidos, o los que tengo, no pienso dar ocasión de verme en tal aprieto. Vos, hermano, idos a ser gobierno o ínsulo, y entonaos a vuestro gusto; que mi hija ni yo, por el siglo de mi madre, que no nos hemos de mudar un paso de nuestra aldea: la mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la doncella honesta, el hacer algo es su fiesta. Idos con vuestro don Quijote a vuestras aventuras, y dejadnos a nosotras con nuestras malas venturas, que Dios nos las mejorará como seamos buenas; y yo no sé, por cierto, quién le puso a él don, que no tuvieron sus padres ni sus agüelos...

 

¿Con cuál me quedo yo?

 

Sin duda con Teresa Cascajo. Quienes hayan leído mis novelas, lo habrá comprobado. En España y en los países de habla hispana las mujeres no pierden el apellido. Incluso ahora se puede elegir qué apellido va primero. Es cierto que aparece primero como Mari Gutiérrez, y que después como Juana Panza, justificándolo Cervantes, posiblemente por haberse olvidado de ese primer nombre, es preciso tener en cuenta el tamaño de la novela, más de 1000 páginas impresas, multipliquemos por cuatro las manuscritas. Lo mismo ocurre con Teresa Panza, creo yo, se olvida de que ya la bautizó como Juana Panza. Cuando se percata lleva muchas páginas escritas, entonces llega ese giro genial que le hace decir a la mujer de Sancho que su apellido es Cascajo, como Cascajo fue su padre.

 


Cuando yo escribí Los manuscritos de Teresa Panza, dos de esos reseñadores que cobran por hacer reseñas de las editoriales, o las hacen a cambio de recibir libros gratis, cometieron el error de pensar que me refería a los manuscritos de Teresa Panza, mujer de Sancho Panza, y aunque alabaron la novela, les tuve que rectificar. En mi novela la mujer de Sancho se llama Teresa Cascajo y la segunda hija de Sancho Panza, después de Sancha y Sanchico, se llama como su madre Teresa, siguiendo la tradición española sus apellidos son Panza Cascajo.

Paco Arenas, sus libros y relatos...

©Paco Arenas

sábado, 27 de abril de 2024

Amigo Sancho, viendo quienes están enfrente, sé dónde debemos estar...

 


 Amigo Sancho, viendo quienes están enfrente, sé dónde debemos estar... 

Alonso Quijano y Sancho Panza están escuchando las noticias que están dando en la Cadena Ser sobre la carta de Pedro Sánchez a la ciudadanía por el acoso y derribo que lleva a cabo la derecha y la extrema derecha. Esperan al bachiller y llenan su copa también.

—Alonso Quijano, tú que has devorado tantos pergaminos y conoces las letras como pocos, ¿qué parecer te merecen estos tiempos tumultuosos? —Preguntó Sancho panza a su amigo Alonso Quijano.

—Amigo Sancho, ¿por qué me interpelas sobre lo que ya sabes de sobra? —Contestó con una pregunta Alonso.

—Oh, inseparable amigo —musitó Sancho —, no me instes a replicar con otra pregunta, como haces tú, pues no soy gallego y, aunque me deleita la fruta, no trago la harina que no ha pasado por el horno y el que defrauda roba, aunque se acueste con toda la macedonia o viaje en Maserati. Y, además, me parece que entre los que ensucian sus manos en las intrigas, aunque se autodefinan Manos limpias, los embusteros y los que visten togas, están logrando que sus maquinaciones hagan que el olmo de peras…

—Así parece, pero siempre existe un manual secreto para la resistencia...—afirmó circunspecto Alonso.

—Salvo cuando la injuria toca a la familia. ¡Oh, paradoja! Si tú, que has sido mi camarada durante cuatro siglos, osaras mancillar el honor de mi amada Teresa, romperíamos lazos para siempre y te convertirías en mi más fiero adversario...

—Ni en pensamiento se te ocurra imaginar eso, amigo Sancho.  Soy tu leal amigo y jamás alzaría calumnia para despojarte de tu cargo de gobernador, pues has sido elegido por la voluntad del vulgo, y yo soy demócrata, no lo olvides.

—Ya, pero yo soy de naturaleza ácrata y tiendo a desconfiar de cualquiera que se adorne con traje y corbata, y aún menos de toga. Sé que tú guardas respeto por las leyes, mas observo que los intolerantes están logrando sus fines y eso no se halla en ningún manual de resistencia... Tú dices que confías en la Justicia Española, yo, sin embargo, de casi ningún juez de estas tierras me fío...

—Amigo Sancho, nunca ha causado asombro que la justicia se convierta en la servil fregona de los poderosos, así es en la tierra como en el cielo. Si un malhechor con influencia desea proclamar que el más virtuoso caballero es un ladrón o un hereje, no habrá magistrado ni obispo que lo exculpe, pues el poderoso se encargará de corromper a jueces, letrados y eclesiásticos para que sea sentenciado a muerte, y si contara con seguidores, los juglares y pregoneros del reino se ocuparían de difamarlo como el mayor traidor nacido de mujer. Así se nos narró a través de la historia, y así es la lúgubre realidad, tanto en la tierra como en la mar.

—Por tanto, nos hallamos en un brete y temo que lo que se cocina no presagia nada bueno para el vientre, y al final, los de siempre acabaremos pagando los platos rotos y no servirán ni para el «trencadís» de Gaudí.

—Tenlo por cierto, cuando los intolerantes, los mangantes y los magnates son derrotados en las urnas, siempre hallan ardides para regresar y denigrar a quien sea menester. Recuerda lo ocurrido en Estados Unidos y en Brasil..., si no ganan, son capaces de todo, tienen millones de maravedíes para comprar las voluntades…

—Pues estamos apañados, ¿sabes que te digo?

—Tú dirás, amigo Sancho.

—Pues que por darle en los morros a todos los miserables, lleven traje, toga, uniforme, hábito o corona, agregaría un nuevo capítulo al manual de resistencia, no vaya a ser que los sesos se nos tornen requesones. Aunque solo sea por la Salud...

—Salud que no nos falte, amigo Sancho.

—Salud y República, amigo Alonso.

—¿No eras ácrata?

—Y lo que haga falta, amigo Alonso, lo que haga falta con tal de que la mafia no se salga con la suya y como el señor bachiller no ha venido —cogió una tercera copa que permanecía en la mesa llena —, alzo su copa también y brindo a dos manos por la salud para la resistencia contra la mafia genovesa.

En esas estaban cuando entró el bachiller Carrasco con cara de pasmo.

En esas estaban cuando entró el bachiller Carrasco con cara de pasmo.

—¿Estáis tan tranquilos con la que se avecina? —dijo el bachiller a modo de saludo, quitándole su copa a Sancho.

—Si tú estarás contento, como persona de derechas que eres —le espetó Sancho, mirando de reojo a Alonso.

—Se habrá cambiado la chaqueta — dijo sarcástico Alonso.

—Claro que sigo siendo de derechas, pero viendo quienes están enfrente, sé dónde debo estar. No me gusta la fruta podrida ni tampoco los miserables... ¡Salud!

—¡Salud y República! —Contestaron a dúo Sancho y Alonso, provocando las risas del bachiller.

—¡Salud! —Chocaron sus copas los tres.


© Paco Arenas


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martes, 23 de abril de 2024

Barcelona el día de Sant Jordi (Un libro una rosa)

 



Barcelona, hoy, exhala el aroma de tinta fresca recién derramada sobre el papel. En cada calle, en cada rincón comercial, nos asalta la figura imaginaria del dragón de Sant Jordi, que nos lanza su fuego desde los escaparates abrazándonos con sus verdes alas para que quedemos para siempre unidos a esa ciudad que pisamos sin mirar al suelo, por la fascinación que nos produce. Ya sea en cartón, papel, chocolate, tartas o la tradicional coca de Sant Jordi, e incluso desde vehículos particulares, autobuses o taxis, y por supuesto, desde las librerías y floristerías, que en el día acompañan a muchos catalanes y visitantes.

Barcelona es maravillosa, seduce los sentidos, atrapa y envuelve con abrazos imaginarios al visitante, en mayor número del que muchos barceloneses desearían. Y a pesar de ello, desbordan amabilidad. Cuando te ven perdido, mirando el plano de la ciudad, antes de que preguntes, ellos te preguntan a ti a dónde vas, y algunos incluso te acompañan unas calles o hasta la esquina más próxima, rompen así esa leyenda negativa inventada en otros lugares de España que atribuyen sequedad al pueblo catalán... Con tantas pastelerías, ¿cómo no han de ser dulces?

Barcelona resplandece en cada esquina, desde el Barrio Gótico hasta el Parque Güell, desde el mar hasta el Tibidabo o el castillo de Montjuïc, donde tantas piedras lloran sangre, mira al mar y no da la espalada al monte, la Sagrada Familia desafía la imaginación, Colón señala con su dedo al otro lado de Atlántico y toda Barcelona se abre como un libro que es necesario leerse. El mercado de La Boqueria deslumbra como ningún otro que conozco. Y si algo brilla aún más en toda Barcelona, es Gaudí, omnipresente en cada esquina de la ciudad, como si un solo hombre se hubiera convertido en el espíritu de una gran metrópoli. Eso sí, hoy, con el permiso de los libros, las rosas y la tinta derramada sobre las páginas en blanco.


miércoles, 10 de abril de 2024

«Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro»

 



En un rincón de la venta, don Quijote, el cura Pedro Pérez se encontraban tomando vinos junto con el bachiller Sansón Carrasco que discutía con Sancho Panza sobre su incapacidad para leer los libros en los que ya cabalgaba:

—Es una vergüenza, Sancho, que siendo el escudero de tan ilustre caballero como Don Quijote, no sepas ni escribir tu nombre, —decía con desdén.

Sancho, sin perder la calma, respondió:

—Señor bachiller, es verdad que no sé hacer letras, ni siquiera la o con un canuto, pero sé algo muy importante que muchos letrados olvidan…

Intrigado, el bachiller preguntó:

—¿Y qué es eso tan importante?

—Sé cuándo debo labrar, cuando sembrar, cuando escardar, que racimo de uva coger, si un melón está dulce o es pepino, si va a llover o no y cómo ayudarle a mis cabras a parir, cuándo debo destetar a los cabritos... cambió por un tono sarcástico cambio —, dar consejos a los cabritos, cuando me pregunta todos los años la época en la que debe su caballo montar a la burra para que para mulas...

—En cuanto a lo primero, son cosas de simples, cualquier labriego lo hace…En lo segundo, te pediría moderación en el lenguaje, ¿tú crees que yo puedo estar pendientes de esas nimiedades?

—Pues buenos réditos saca de la venta de acémilas...

—¡Buf! Imagina que don Alonso, aquí presente, te hace gobernador de una ínsula...

—Me defendería, con gente y sin gente, y además ¿Usted lo haría? Imagine que está en la ínsula y solo y tiene un saco de cebada y medio celemín de trigo, una mula y el arado, ¿qué haría?

—Le diría a mis criados que lo hicieran…

—No tendría criados. Estaría usted solo…

—Le daría la cebada a la mula y molería el trigo...

—Se quedaría sin trigo ni cebada- Debería aparte una parte de la cebada y del trigo para sembrarla, pero en esa ínsula no llueve, ¿qué haría), ¿regaría con agua de mar?

—Vaya sandez, en las islas siempre llueve, ojalá lloviera igual aquí en Pinarejo... —continuó con tono altanero el bachiller.

—Se equivoca, señor bachiller, se moriría de hambre si alguien no le diera de comer, con todo su saber. Si el campesino no siembra y cosecha ni el rey come. Muchos de muchas letras sin inútiles para lograr el sustento, como no sea con el sudor ajeno. Me afea que no sepa escribir y no conoce la lealtad y el buen juicio —dijo Sancho. —. No necesito saber escribir para ser fiel a mi señor o para discernir lo justo de lo injusto.

—El vino siempre ayudó a decir lo que se piensa con mayor libertad —intervino el cura Pedro por primera vez, en tono malicioso —siempre que la copa no se convierta en botella....

—San Pedro Pérez fue a hablar y tiene las llaves de la bodega —replicó Sancho, aún con mayor sarcasmo —. La Iglesia siempre quiere tener la última palabra. Sepa maese Pedro, que no necesito vino para decir lo que pienso. No sabré de letras, y bien me vendría, pero hay quienes escriben cartas y no tienen palabra, y otros, de esos que los letrados llaman ignorantes, como yo, sin saber de tinta, mantienen su palabra sin mancha y hacen crecer la espiga para que el bachiller coma buen pan y usted bendiga la hostia... y los dos, beban mejor vino que yo...

—¡Descarado el labriego! —Exclamó el bachiller, buscando sentencia de don Quijote.

Don Quijote, colocándole la mano sobre el hombro a Sancho, orgulloso por sus contestaciones y sencillez, que había dado una lección de sabiduría que ningún libro podría enseñar, habló también, pero no para dar la razón al bachiller:

—Sancho, — dijo don Quijote con una sonrisa —tu ingenio supera a la erudición de muchos que se precian de sabios. La verdadera sabiduría no siempre está en los libros, sino en la honestidad y la experiencia de la vida. Has demostrado ser un escudero digno y prudente, y tu lección es un tesoro más valioso que el conocimiento de las letras. Y usted, señor bachiller, no olvide que de la cultura, la más importante es la agricultura y que ningún hombre es más que otro si no hace más que otro... No olvidéis, nobles presentes, que así como el vástago del letrado tiene el derecho a la lectura, de igual manera, el retoño del labrador ha de tener ese mismo derecho. Que no haya diferencia en el saber, pues en la igualdad de la enseñanza se halla el cimiento de la más alta justicia...


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© Paco Arenas, 7 de abril a las 00:00 horas

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Las cebollas de Marcos (basada en hechos reales)

 



Dedicado a los agricultores y a las víctimas de los especuladores

Era un viernes de finales de julio, cuando el sol se pone más perezoso que un borrico a la sombra de una higuera comiendo brevas. Marcos, que había estado toda la semana cosechando cebollas como si fueran setas después de la lluvia, no había llevado ni un carro al almacén. Las mulas, tan cansadas como él, estaban aún uncidas con los pertrechos, mirando el carro como si fuera un monstruo de siete cabezas, al que el campesino no se decidía a enganchar..

 

Con la parsimonia de quien no tiene prisa ni para rascarse, Marcos se enrolló un cigarrillo con dos papelillos, que parecía más un puro de ministro que un canuto de hebra. Encendió el cigarro y, tras dos bocanadas que parecían nubes de tormenta, regresó el humo con el aire de solano nublando sus ojos. Se quitó el sombrero para espantarlo como quien se libra de un nido de avispas y se sentó en el poyo, contemplando cómo el humo bailaba con el aire caliente con mejor ritmo que el alcalde de Madrid bailando el chotis.

 

De repente, apareció Julián, corriendo como si llevara el diablo detrás, faltándole hasta el resuello como si llevará la corbata en la boda de su amada, que se casaba con otro y a él le tocaba hacer de padrino.

 

—¡Julián, hombre! ¡Respira! Que pareces locomotora sin frenos y a ti no te han invitado a la boda. No puedes ir así, te va a dar un apechusque y no te va a valer ni lo más sagrao…

 

—¡Ay, Marcos! Muy tranquilo estás tú. Vengo to sofocado, que no me llega la camisa al cuello. Elías, el del almacén, me ha dicho que te diga que solo recoge cebollas hasta el viernes. Y tú, que llevaste una carga el lunes, no has vuelto a aparecer, ni para cobrar, y tu hermano Jonás tampoco.

—Ahí andamos disgustados, él ahí en porche y yo aquí en la puerta echando humo y pestes…

—¿Tú y Jonás enfurruñados? No me fastidies. Pues estamos apañados, porque los de los supermercados están también que trinan. Dices que si no lleváis las cebollas os van a poner la cara colorada y vais a tener una miaja disgusto, por incumplimiento…

Marcos se quitó la gorra y se rascó el cabeza apesadumbrado. Precisamente había discutido con su hermano Jonás por el mismo motivo.

—Pues que esperen sentados, que mis cebollas no están para carreras y me las lloro yo sin nadie que me las arrime al lagrimal…, que para eso estoy tuerto de un ojo…

—Pasa, Julián —se escuchó la voz grave de Jonás desde el interior del porche —, que se te van a secar los sesos al sol, que aquí tengo una botella de vino y unos pocos cacahuetes y garbanzos tostados para hacer boca y discernir mejor. Si mi hermano quiere pasar, que pase, sino que se seque como las cebollas en la era.

Pasaron los dos, Jonás, tal y conforme dijo, estaba con una botella en la mano, que se la ofreció al recién llegado.

—Anda, siéntate. Tú bebe a galillo, que tenemos solo dos copas, que esto va para rato…

—¡Hostica consagra! Te veo a ti aún con más melsa que un gato en el sillón del Congreso de los diputados —dijo a modo de saludo Julián.

—Y tan ancho como pavo real en el corral. ¿Para qué me voy a poner nervioso si mi hermano está muy convencido y no hay forma de que entre en razón…

 —Antes de malvender mis cebollas o mis ajos al almacén por seis reales —cortó Marcos a su hermano Jonás —, me quedo al lado de la lumbre hasta que me salgan cabrillas en las piernas y estamos a principios de verano…

—Y pierdes todo, ¡alma cántaro! —Le interrumpió a su vez Jonás a su hermano Marcos, mientras Julián echaba un trago de la botella de vino —. Sacar algo sacas. Las cebollas ya las tenemos cogidas, aquí se pudren…Sino podrás pagar ni la luz…

—Atiende a razones, Marcos. Tú hermano es mayor y habla con la voz de la razón —dijo Julián, echando otro trago de vino e intentando hablar pausadamente, como si fuese un cura leyendo las escrituras —. La vida es así, el campesino se lleva poco, pero es su misión y si no quiere eso, más vale que se haga ermitaño.

 —Pues me hago ermitaño. Si no puedo pagar la luz, enciendo un candil, si me da hambre, como cebollas y ajos…Y si no a vivir del aire.

 

—No entra en razón. Ya le digo yo que es lo que han pagado siempre… —intervino Jonás.

 

— ¿Cómo voy a entran en razón? A nosotros nos pagan a dieciséis reales la arroba y en el ultramarinos de Tobías, las vende a dos reales la libra... Echa cuantas, anda echa cuentas…

—Si en eso llevas razón, pero con ella te quedas, por lo que tú cobras dieciséis reales Tobías saca cincuenta. Le quedan… —musitó Jonás rascándose la cabeza, mientras parecía hacer cuentas con los dedos tocándose la frente.

—Yo te lo digo. Treinta y cuatro reales, limpios de polvo y paja, por lo menos, que a lo mejor me he equivocado y me he quedado corto —le interrumpió Marcos.

—Eso tampoco es así —intentó razonar Julián —. De esos treinta y cuatro, tiene que pagar el jornal de los dependientes, la luz, los impuestos y algo tendrán que ganar los tenderos, y caras no las pone, que aquí to el mundo tiene bancal...

—Pues mira, yo a Tobías sí le vendería las cebollas, a Elías no —contestó Marcos.

—Tobías no va a comprarte todas las cebollas. Es solo un ultramarinos. Tienes que vendérselas a Elías, al almacén. Te lo está diciendo Julián y te lo digo yo —dijo echando un trago Jonás.

—Pues vende tu parte, yo no. Julián, ¿sabes a cuanto venden las cebollas en los supermercados de la capital? —Preguntó Marcos a su hermano y a su amigo —. A diez reales, a medio duro…—se contestó así mismo antes de que los otros respondieran.

—¡Espera, espera! Epifanio me dijo que entre diez y quince reales, pero el kilogramo —aclaró Julián.

 

—Pos eso, por lo que a nosotros nos pagan cuatro reales y medio por un kilo, lo venden en los ultramarinos de la capital por ciento cincuenta reales o más. El año pasado lo vendían por cien reales, han subió un cincuenta por ciento a la gente…y encima sale el de Mercaroba diciendo que han ganado una burrada, ¿cómo no han de ganar si por lo que nos pagan dos reales, lo venden por doscientos? Pues no me da la real gana —continuó alterado Marcos.

—Así es la vida, Marcos —sentenció Julián —. Ya lo sabes, tú a arriñonarte con la azada y ellos con las manos limpias a llenar la caja. Pero tú has firmado un contrato. Si no le vendes las cebollas a Elías, te va a costar los cuartos. Soy tu amigo y él es tu hermano, haznos caso…

—¡Ea, pues que no! Que no me sale del forro llevarle mis cebollas al cantamañanas de Tobías, que es crápula a costa nuestra y menos al almacén para que las venda el de Mercaroba..

—¿Por qué esa terquedad? No seas calamocano, que te has pasao con el vinillo y vas a tener que echar muchas cebollas al caldero.

—Porque de mí no se ríe ni mi madre, que Dios la tenga en su gloria. Que te diga mi hermano. Llevamos las cebollas, y justo llegó el camión que las lleva a Madrid. Elías nos dijo que las cargáramos directamente en el camión. Y delante de mis narices, les firmó el camionero un albarán por valor de mil setecientos reales. ¿Y a mí? Doscientos, y eso que hicimos todos el trabajo, que hasta las cargamos en el camión. Él se llevó mil quinientos limpios por decirnos que las cargásemos… ¡Manda cataplines!

—O lo tomas o lo dejas. Es lo que hay, y no hay nada que rascar.

—Y Elías sin mover un dedo, sin despeinarse. Que no, que no vendo mis cebollas, antes me hago ermitaño…—continuó con su terquedad Marcos…

—O sea, que somos tontos.

—Y tanto, que ahora las grandes cadenas de ultramarinos, en muchos sitios, lo compran a precios de saldo en el campo y lo venden a precio de caviar…, y si hubiera vergüenza…

—Pues eso, que somos tontos y ellos son unos mangantes…

—Tú lo has dicho. Con lo buena que es la cebolla y lo que nos va a hacer llorar.

—¿Y si cogemos un carro y nos vamos a vender cebollas a la capital, puerta por puerta?

Dos días después en la Gran Vía de Madrid detuvieron a tres campesinos por obstrucción al tráfico y disturbios públicos por ir vendiendo cebollas, ajos y patatas al diez por ciento de lo que costaban en los supermercados de la capital…

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© Paco Arenas, 10 de abril  2024

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