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sábado, 30 de abril de 2022

Vicenta López, «La Ciriaca»

  


Nació un 30 de abril del año 1913, por esa razón «Magdalenas sin azúcar» comienza el 30 de abril de 2013.  Fue ella la persona que me narró muchas de las historias que aparecen en la novela. Hija y nieta de luchadores por la Libertad, Ciriaco López, su abuelo y Felipe López, su padre, tuvieron claro que los derechos y libertades de los campesinos, y por extensión de la clase trabajadora, es preciso luchar por ellos.

 

Vicenta López, «La Ciriaca», era digna de ambos. La tengo muy presente, recuerdo nuestras noches clandestinas escuchando Radio España Independiente, "La Pirenaica", o Radio Francia Internacional.

 

La recuerdo, emocionada, hablándome de su abuelo, de su lucha contra el caciquismo y las amenazas sufridas. 

 

Me hablaba de aquellos viajes interminables que realizaban las buenas gentes de Pinarejo, con toda la familia (andando los mayores y en el carro los pequeños) a la Mancha en verano, a segar o a vendimiar, o a Córdoba en invierno a coger aceituna, porque los caciques del pueblo no pagaban un salario digno y abusaban de los jornaleros.

 

—Todo ese sacrificio, valía la pena. Segábamos, vendimiábamos y cogíamos la aceituna, casi antes de tiempo. Tomábamos el portante y nos íbamos, hiciese sol o nevase, viejos, mujeres y críos, y hasta preñadas, mi hermana Victoria nació en Montoro. Abusaban también, pero pagaban casi el doble que en el pueblo.  Lo mejor, teníamos que sufrir la usura de los caciques, o como decía ella, de los «carcas».

¿Cuántas veces me contó aquella subida a los jornaleros a 14 reales? Infinitas:

—Cuando llegó la República, el Sindicato (UGT) logró que subieran de diez reales a 14. Rabiaban los carcas, decían que no sembrarían más. Pero pagaron y siguieron sembrando y, como se suele decir, el mayor cosechero siempre es el amo. Por unos años dejamos de ir a Andalucía y a la Mancha (la Mancha, para los castellanos y manchegos de Cuenca, era la provincia de Ciudad Real) Tras la guerra, cambiaron las tornas. Volvieron los abusos y cosas mucho peores. De nuevo, mis padres, que tenían algunas tierras, olivas, la Viña del Cura y el monte, volvieron a la Mancha y a Andalucía. Los más pobres se marcharon del pueblo, antes y con antes, escapando del hambre, de los abusos y de los saqueos, ni protestar podían.  A tu abuelo Felipe, que trabajaba desde mucho antes de la guerra en el Pantano de Alarcón, se lo llevaron al penal de Chinchilla de Montearagón, allí estuvo siete años. Salió loco, durante meses no regía siquiera. Lo que no comprendimos nunca es cómo salió vivo después de todo lo que le hicieron…

Imposible olvidar mi primera noche de clandestinidad. No volví a dormir a mi casa. Entonces no había móviles para tranquilizar a las madres.  Lo pasó muy mal pensando que nos habrían pillado los grises. Afortunadamente, corríamos mucho y logramos despistarlos. Otros no tuvieron tanta suerte y recibieron hostias hasta en el carné de identidad. Llegué en mi casa a las seis de la mañana y me estaba esperando con el almuerzo preparado para irme a la obra a las siete.

—Ahora a trabajar. Esta tarde hablamos.

Y por la tarde hablamos largo y tendido, pero no hubo reproches. Ella habría hecho lo mismo de ser joven.

Nuestras conversaciones podían durar horas, sobre todo cuando me narraba con todo lujo de detalles, aquellas luchas por la República y por la Libertad. 

En los días como hoy, 30 de abril, decía que el único regalo que quería era que la llevásemos a la manifestación del 1º de mayo, y estaba coja; pero allí estaba ella cogida del «bracete.»

No puedo olvidar, cuando hablábamos de la República, de la Democracia y lo que se indignaba cuando escuchaba, en los babeantes medios de manipulación masiva, que la democracia la había traído el «Tortas», que es como llamaba ella a ese ladrón tan conocido que es inviolable ante la sumisa y vasalla justicia española, con la complicidad, claro está, de partidos que se dicen demócratas.

 —Si tenemos algo de democracia, es porque se la hemos arrebatado y no les ha quedado más remedio que abrir un poco la mano, para así poder robando. 

«Magdalenas sin azúcar», nunca se habría escrito sin todo lo que me narró mi madre. Por esa razón comienza el 30 de abril.

Por siempre:

¡VIVA LA MADRE QUE ME PARIÓ!

©Paco Arenas, autor de «Magdalenas sin azúcar», «Águeda y el secreto de su mano zurda» entre otros libros, disponibles en Amazon y librerías.

domingo, 11 de abril de 2021

La libertad, esa de la que usted me habla…


 


Allá por junio del año 1977, doña Clotilde (nombre supuesto) nos reunió a todos los trabajadores del hotel, para hablarnos de la Libertad y de los peligros que entrañaban los nuevos tiempos que se avecinaban. Esperó a que estuviéramos todos los empleados del hotel.  Sobre la mesa varios sobres blancos y de color salmón, parecidos a esos otros que utilizaba a fin de mes para pagarnos el salario. En aquellos tiempos se pagaba con dinero en efectivo.

—¿Sabéis que el miércoles hay elecciones? —Preguntó.

Todos asentimos con la cabeza, tal vez, alguno llegó a musitar un sí, apenas audible.

—Esto de votar —comenzó —, en realidad es una tontería, y a la vez puede traer grandes males a España, a vosotros y a vuestras familias, nos jugamos la libertad de nuestra patria. En España hemos disfrutado de cuarenta años de paz y prosperidad gracias a nuestro Caudillo, sin necesidad de elecciones…

Posiblemente, ninguno de los presentes estábamos de acuerdo con sus palabras, pero nadie dijo nada. Ninguno teníamos esa prosperidad de la que nos hablaba doña Clotilde, a pesar de que, por entonces, nuestras jornadas laborales eran de once a catorce horas diarias, de lunes a domingo, a cambio de un sueldo de miseria. En mi caso, andaba ya con escarceos clandestinos contra la dictadura. No tenía edad para votar, pero la charla era para todos:

—Mirar esta foto —nos dijo, enseñándonos una foto de Mao Zedong con un grupo de sus generales—. ¿Veis estos? Son chinos. Todos visten igual. Imaginar por un momento que os obligan a vestir a todos igual, que no podéis ir al Corte Inglés o Galerías Preciados a compraros la ropa que os dé la gana, horroroso, ¿verdad?

Supongo, que todos asentimos, por no llevar la contraria, aunque, curiosamente todos, salvo ella, vestíamos uniforme, las camareras un horroroso uniforme azul marino, si lo tenían de su talla, era porque se lo habían ajustado ellas. Los camareros con pantalón negro y camisa blanca, con pajarita, los ayudantes de camareros y los cocineros, con una chaquetilla blanca, curiosamente a lo «mao», el botones con un traje gris, con corbata sujeta con goma y gorro, mientras que yo, que era el ayudante de recepción, (ella era la dueña y la recepcionista) vestía un pantalón gris a rayas y camisa blanca, acompañada de una horrorosa corbata a juego con el pantalón. Ninguno de los presentes, comprábamos en el Corte Inglés, ni en Galería Preciados, no porque no nos gustará la ropa de esos grandes almacenes, sino porque el dinero no nos llegaba para poder comprar en ellos. Digamos que teníamos libertad de comprar, pero nos faltaba el dinero para ello, y nuestras ropas de diario, tenían muchos años, algunas con remiendos y a veces a plazos, de segunda mano, (iban pasando del hijo mayor al mediano, y del mediano al pequeño).

—Pues si ganan los comunistas o los socialistas, nos obligaran a vestir a todos igual, como si fuésemos chinos. Olvidaos de comer jamón o queso. Solo podréis comer arroz hervido.  No quiero ni pensarlo. Y estudiar, nuestros hijos, tampoco podrán estudiar lo que quieran, sino que les obligarán a estudiar lo que ellos quieran, los adoctrinaran...

Yo, por aquel entonces, era un rebelde con causa. La rabia me corría por las venas por no haber podido estudiar. Pedrito, el hijo de doña Clotilde, era un crío bastante torpón, un año más joven que yo, caprichoso y todo lo que le apeteciera antes de abrir la boca lo tenía, y sin trabajar. En la escuela, a pesar de tener maestros particulares en todas las asignaturas, apenas rozaba el aprobado, yo tampoco iba muy sobrado, de los 8 a los 9, no tuve plaza en la escuela, y desde los once a los trece, alterné escuela con trabajo; a pesar de lo cual me saqué el equivalente al Graduado Escolar. Sin embargo, él al terminar la EGB, fue al Instituto, y yo, sin terminar la EGB, estaba subiendo maletas por las escaleras del hotel de sus padres. Sí, es cierto, yo tenía la libertad de estudiar lo que me diera la gana, como Pepito, el cual terminó de director de hotel; sin embargo, no tenía dinero para poder pagar esos estudios, ni mi madre se podía permitir ese lujo, ella trabajaba desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche en un restaurante, también por un sueldo de miseria, que apenas nos daba para vivir de alquiler en una habitación con derecho a cocina y baño compartido. Por tanto, ni se me pasaba por la cabeza, la posibilidad de dejar de trabajar para estudiar; además, ¿Cuándo? Si mi jornada duraba de once a catorce horas diarias, y a la media hora de coger un libro, con lo que me gustaba, me quedaba dormido. 

—Y como esto de las elecciones es algo nuevo, para que nos os equivoquéis, os he traído los sobres para votar. No hace falta que los abráis ni nada. No tenéis que hacer nada, solo ir a las escuelas el miércoles y entregar el sobre a quienes están en la urna, eso sí, no os olvidéis el carné, porque de lo contrario no podréis votar. Y esto es muy importante, votar para que España continué siendo un país que viva en paz y libertad…

 

Y nos entregó a cada uno varios sobres blancos y de color sepia, para nosotros y nuestros familiares, y antes de retirarnos, nos enseñó un billete de cinco mil pesetas.

—¡Ah!, muy importante. Si sale don Abel de diputado, a cada uno, os daré mil duros para que os lo podáis gastar como os dé la gana en total libertad. Nuestro futuro, la libertad de España está en vuestras manos. ¡Viva España! Y ¡Viva el Rey! —Terminó gritando.

Poco entusiasmo pusimos en corear sus gritos, por mucho que quisiéramos lo mejor para España. A la mayoría no nos importaba un pimiento el rey y mucho menos esa libertad de la que ella hablaba. Debió adivinarlo, porque, aunque salió sí de diputado Abel Matutes Torres, el cacique de Ibiza, no nos dio las cinco mil pesetas prometidas. Sin embargo, a muchos payeses los subieron en autobuses y con los sobres cerrados, los llevaron a votar a cambio de cinco mil pesetas o por la promesa de favores que nunca recibieron.  Y es que los enemigos de la libertad, no son gentes de fiar, y como se ha demostrado a lo largo de la historia, tampoco honrados.

Puedo asegurar que ninguno de los presentes introdujo ese sobre en la urna, sabíamos que esa libertad de la que nos hablaba doña Clotilde eran las cadenas que sufríamos desde hacía cuarenta años, que esa prosperidad de aquella España, era la prosperidad de los ricos y la miseria de los pobres.

La libertad es otra cosa, es poder con tu trabajo, tener derecho a un techo, a unos estudios para tus hijos, a una asistencia sanitaria, a poder comer todos los días. A trabajar por un sueldo digno que te permita la libertad de cambiar de trabajo sin miedo, a decir lo que quieras o consideres injusto, por miedo al despido….

La libertad, de doña Clotilde, y la libertad de quienes profanan, todavía ahora, su sagrado nombre, no es nuestra libertad, sino, muy al contrario, nuestras cadenas.

Escribió el gran Federico García Lorca:

«En la bandera de la Libertad bordé el amor más grande de mi vida.»

Ojalá, llegue el día en el cual la bandera la Libertad ondee en todos los balcones, como aquel 14 de abril de 1931, y la LIBERTAD sea algo más que una palabra, en los labios de sus enemigos.

©Paco Arenas, 11 de abril de 2021, a un día del 90 aniversario de la proclamación de la II ª República Española.

martes, 11 de septiembre de 2018

¿Y si un día dejo de escribir?




Si un día dejo de escribir… ¿Alguien notaría los renglones deshabitados?  ¿cuántos lo celebrarían?

En realidad, no es eso lo que me debiera preocupar, lo que realmente me debería hacer temblar es tener las maletas en la puerta, el marcharme sin avisar, sin despedirme, ¿de la vida? No, de esos renglones huérfanos, de que mis pajas mentales no hayan sido capaces de sembrar palabras en los surcos desiertos y que mi semilla se marché por el desagüe del olvido sin engendrar tierra yerma. No por nadie, puesto que, como espíritus invisibles los lectores se desplazarían en dirección a otros trigales en los que alimentar su espíritu, otros sorbos frescos o ardientes en los que calmar la sed de párrafos que sin encadenar atrapen sus ansias lectoras.  Más pronto que tarde se olvidarían de este junta letras, de este «intelectual de veinte céntimos» como me llamó alguien que nunca leyó mis libros, y que, si los hubiera leído ni aunque le hubieran pagado por ello, porque hay gente que nunca leería nada mío ni si se lo recetase el médico, ellos se lo pierden, escribo para todos; pero desde el suelo, desde debajo de las abarcas del campesino, desde las suelas rotas de las botas de los obreros, y eso molesta, sin que a mí me importe.    

No tengo motivos para la desazón ni para enterrar palabras sin escribirlas antes. Tal vez fue un error explorar en los confines del pasado que no fue, enfrentarme de nuevo a lo que pudo ser, a aquella novela que pudo hacerme atravesar el pórtico de las letras en mi lejana juventud. Sus personajes me hablan desde la lejanía del tiempo, los ladridos de los perros aturden mis sentidos como si fuesen truenos seguidos de relámpagos sin lluvia que ayude a germinar las semillas.

Réquiem por una noche de amor fue la razón o el motivo para dejar de escribir hace más de 30 años, ¿será otra vez el motivo para volver a dejar de escribir?  Caminar por sus renglones es como si lo hiciera sobre alambres de espino, como viajar en un tren que dejo atrás, muy atrás, las estaciones de mi destino. No quiero que esa novela se convierta en una obsesión, una barrera imposible de saltar, una tumba de cristal que me impida respirar, no es mi meta, es mi pasado y no debiera condicionar mi futuro, pero me da miedo enfrentarme a ese texto, ahora que llevo ya la mitad de la novela trascrita.

 Réquiem por una noche de amor fue un éxito y un gran fracaso a la vez, el clasificarme para un premio importante, el que finalmente no se publicará siquiera, ahora amenaza con diferentes armas. No me termina de gustar, intento reescribirla, creo que merece la pena, pero su trama y sus personajes son más fuertes que mi voluntad, posiblemente debería dejarla de lado.

Quiero escribir otras cosas, dejar Réquiem por una noche de amor, pero sus personajes me tienen preso con cadenas invisibles que trastornan y bloquean mi mente y mis sentidos, si fuera capaz de romper esos eslabones..., provocando muy seriamente que me planteé dejar de escribir. 
Si un día dejo de escribir, ¿cuántos lo celebrarían? ¿cuántos lo echarían en falta?  ¿moriría yo de pena?

© Paco Arenas


lunes, 23 de octubre de 2017

La verdad sobre Rosa Lía (lo que nunca he contado de esa sinvergüenza deslenguada y provocadora)




No es que pretenda esconderme bajo sus enaguas, pero la culpa la tuvo ella, yo fui su juguete, su creación...

Dicen que se deben perseguir los sueños, esos pajarillos que te llenan la cabeza de graznidos, que terminan convirtiéndose en pajarracos,  los cuales, de manera inmisericorde terminan devorando, primero los sueños de adolescencia y después los de juventud.

En ocasiones, ocurre algo extraño, son los sueños quienes te persiguen a ti, quienes escapan del nido destrozado de la memoria, y cuando parecía que todos los huevecillos estaban cascados y aplastados, un renqueante pajarillo, si apenas fuerza, tras un largo vuelo, se posa en tu cabeza y allí hace el nido.

Así le ocurrió a este campesino, desertor del arado y exiliado en el asfalto, con más de 100 razones para olvidarme de los sueños de ser escritor, a los 55... ¡Copón! (Los sueños me han aplicado el 155) Bromas aparte, pues es algo muy serio. Cuando en la edad tardía,después de 26 años sin escribir,  retomé el vicio de la escritura, nunca tuve intención de volver a escribir novelas, ni relatos. Mi única intención era luchar todos los tumores malignos que afectan a nuestro país, y contra esa institución parasitaria que se rige por útero donde se engendra. Así lo hice, escribía contra la mafia económica  y política, opinando en distintos medios como lector dando mi opinión y alardeando de mi republicanismo...  

 A pesar de ello, no escribí nada de ficción. Más de seis meses estuve sin escribir ni tan siquiera un solo relato, yo que había escrito tantos.  La culpa la tuvo el ATC de Villar de Cañas (el tumor maligno que Cospedal quiso implantar en el corazón del sur de Castilla, en el norte de la Mancha, entonces decidí participar de manera más activa, a Pacoarenas (todo junto) se unió Amadeo 59 (pastor de ovejas y un poco calavera) decidieron ponerse manos a la obra; sin embargo, no era suficiente para animar el cotarro en los foros y crear conciencia en la lucha para evitar el cementerio nuclear y la muerte de mi tierra. 

 Así nació Rosa Lía, mi tercer seudónimo, bajo el cual escribí los primeros relatos, en los que no solo buscaba la concienciación sino la provocación y al mismo tiempo la diversión, algo que renuncié a llevar a cabo con veintiséis años después de quedar entre quienes optaron al Premio Nadal.  

Con casi con tantas canas en la cabeza como ahora. Emulé a Elena Francis, travestido  de joven universitaria, feminista, deslenguada, rebelde, con gran conciencia social, crítica con la corrupción, provocadora, erotizada y mordaz que era capaz de resumir las noticias del día en diez  renglones y provocar reacciones de todo tipo (nunca recibí tantas proposiciones deshonestas como cuando me escondía detrás de Rosa Lía) Espero que  aquellos que me mandaban provocadoras propuestas que harían sonrojar a la más atrevida de las chicas,  pensado que yo era una guapa muchacha, me sepan perdonar, jamás revelaré sus identidades, por mucho que algunos llegasen a traspasar lo erótico para caer en lo obsceno. Doy mi  palabra de republicano, que sus identidades será un secreto mejor guardado que el de la Caca-cola. 

Rosa Lía, no tuvo un papel destacado, como tampoco lo tuvo Pacoarenas, ni Amadeo 59, pero estuvieron allí, al pie del teclado, de la lucha, creando conciencia, junto a otros muchos más determinantes; sin embargo, Rosa Lía fue el paso, el empujón necesario para que Paco Arenas decidiese existir.  Han pasado siete años desde el nacimiento de Rosa Lía, ahora casi nadie se acuerda de ella, ni siquiera su criatura: Paco Arenas, pero su esencia ha quedado prendida de mis dedos y cerebro, del poco que tengo. 

Gracias Rosa Lía, tú, sin existir, hiciste que los sueños me persiguieran a mí cuando yo había dejado de soñar, ahora me acompañan de la mano, y todo es gracias a ti.

Paco Arenas


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