domingo, 27 de diciembre de 2015

Mantecados manchegos, tipo polvorón (receta fácil)


Como siempre, busco la manera que resulte fácil su elaboración, porque hay gente que pone las recetas para que no las entienda nadie.

En primer lugar necesitamos dos kilos de harina, la cual meteremos, tal cual, en el horno, a una temperatura de 180º.  La tendremos aproximadamente dos horas, por arriba y por abajo, pero ojo, cada 15 minutos moveremos la harina para que no se queme y se tueste por todos lados. Cuando ya esté tostada, color canela claro, la sacamos y dejamos enfriar.

Cogemos un kilo de azúcar glas, lo ideal, molerla en el molinillo, ahorraremos cuatro quintas partes del precio de mercado.

Mezclamos la harina con el azúcar glas.

A continuación o durante, calentamos un kilo de manteca de cerdo, hasta que queda totalmente líquida.




Se le añade a la mezcla de harina y azúcar, añadiendo a continuación un poco de clavo molido. Mezclamos bien, hasta que entre nuestros dedos no notemos grumos de harina y azúcar. Cuando la masa es uniforme, la metemos en la nevera sobre una hora, para que se ponga dura.


Pasada la hora, vamos extendiendo la masa sobre la mesa o banco y les añadimos sésamo o jengibre, y con un vaso, o mejor moldes de plástico de metálicos, vamos haciendo los mantecados, que colocamos sobre las bandejas, a las que previamente habremos puesto papel de horno.










Ahora viene el quitz de la cuestión:

¿Cuánto tiempo los tenemos en el horno?


Eso va a gustos, hay que tener en cuenta que la harina está ya tostada, en principio con menos de quince minutos sería suficiente, pero a algunos nos gusta más tostados y depende de la temperatura del horno. 








LO MÁS IMPORTANTE:


Una vez sacados del horno, no quitar del papel del horno, o de la bandeja, hasta que estén completamente fríos, de lo contrario se nos desmenuzaran en nuestras manos.
Y a disfrutar( teniendo en cuenta que es híper calórico, pero son fiestas).






Ingredientes

2 kilos de harina
1 kilo de manteca de cerdo
1 kilo de azúcar glas
Una cucharadita de clavo
Sésamo o jengibre para espolvorear


domingo, 13 de diciembre de 2015

Pan, mortadela, memoria y dignidad (relato)


Aquella noche, a José, la sonrisa se le dibujo en el rostro. Al abrir el contenedor de basura del supermercado, una pieza de mortadela siciliana caducada y un paquete de pan de molde humedecido, le hicieron dar gracias a Dios.

 Esa a noche cenaría. Asomaría la cabeza a la esperanza, no de una vida mejor a medio largo plazo, que los candidatos electorales prometían para el futuro del país, hace tiempo que perdió esa esperanza, era una esperanza a muy corto plazo, esa noche cenaría.  Sus tripas cada día menos acostumbradas a recibir alimento, no se resignaban y por la noche entre el polvo y la humedad del suelo, protestaban más que el duro suelo del cajero automático donde solía dormir en las noches de invierno. Solo tres años antes era un hombre feliz, casado y con una familia. Un mal día de diciembre, lo llamaron al despacho de la empresa, allí le esperaba el gerente y el responsable de recursos humanos. Ambos tenían cara de circunstancias, no obstante lo recibieron de manera muy amable.

—José, ¿sabes por qué te hemos hecho llamar? —Pregunto el responsable de recursos humanos.

José podía imaginárselo, al menos debiera haberlo imaginado, desde que se aprobará aquella nefasta reforma laboral, más de un tercio de la plantilla había sido despedida en los meses previos. No porque hubiesen disminuido los beneficios empresariales, o no hiciesen falta esos recursos humanos, porque de inmediato comenzaron las horas extras impagadas o pagadas, según la categoría a precios ridículos. Recordaba que después de aquellos despidos masivos el gerente les dijo:

—En los tiempos que corren es necesario trabajar más y cobrar menos. Las cosas están muy mal. Cuesta mucho competir, pero al menos vosotros, gracias a los esfuerzos y sacrificios que estamos haciendo entre todos, empresa y trabajadores, podéis estar tranquilos. Ya no son necesarios más ajustes, la empresa es viable y si Dios quiere, muchos podréis estar en ella hasta vuestra jubilación.

No eran tiempos de huelgas, la rabia se dosificaba con sordina en la barra de los bares, y cada vez más en los hogares. José veía a sus compañeros despedidos, avergonzándose, y a la vez, sintiéndose afortunado de seguir trabajando, más horas y con menos sueldo. Como cerdo asado en un horno que mira sonriente, por tener la cabeza dentro y no en las brasas.

Ahora era él, quien estaba frente al gerente y el responsable de recursos humanos, quien ya quemado, estaba a punto de salir del horno para caer en las brasas para ser churrascado. Salió del despacho con la mirada perdida, era incapaz de asimilarlo, de creerlo. Incapaz de ir a su casa de enfrentarse a su mujer e hijos, caminó por la ciudad como figura sombría a punto de asfixiarse, encerrado en una pesadilla, pisando un asfalto que no sentía bajo sus pies, chocándose con las farolas, con otros transeúntes, que ajenos caminaban colgados de sus móviles, tropezando a cada paso contra las sombras imaginarias que le esperaban a la vuelta de la esquina.  Notaba como punzantes zarzas se enredaban en sus piernas, y un estrepito sangriento brotaba de su piel hacía el exterior, explosionando al mismo tiempo en su interior, hasta reventar sus pensamientos, su cerebro, sus sentidos.

Al llegar a su casa, todos lloraron juntos, no había resquicio para la esperanza, en los últimos meses la noticia era esa, despidos, despidos y despidos. Al día siguiente regreso a para seguir trabajando los días que le quedaban. Se sorprendió que un vigilante de seguridad lo acompañase en todo momento, desde que traspasó la puerta de la empresa. En recepción le comunicaron le habían dado vacaciones para que no volviese los quince días que le quedaban de trabajo. Que podía recoger sus cosas. Algunos compañeros se acercaban, otros ante la presencia de vigilante, ni siquiera, miradas dolorosas de ahorcados que esperan su turno para subir al cadalso le seguían.  Quiso ir a hablar con el responsable de recursos humanos, el porqué de esa vigilancia, de esas vacaciones, si él quería trabajar el tiempo que le quedaba.

—José, es por ti. No queremos hacértelo más duro. Además en unos meses volverás a estar con nosotros. Tú vales mucho, y la empresa no puede permitirse el lujo de estar mucho tiempo sin tus servicios…Ya verás, en unos meses estarás con nosotros… —le dijo en un tono tan amable como falso.  

El subsidio no dura eternamente, y después de los seis primeros meses de búsqueda incansable de trabajo, la prestación no llegaba para pagar ni la hipoteca del piso. Entonces llegaron los impagos de los recibos de luz, del agua, los cortes de suministro de luz, los enganches ilegales, y por último los impagos de la hipoteca. Entonces legalmente le robó el piso la entidad bancaria con la complicidad del gobierno y las fuerzas policiales. Se fueron a vivir a casa de sus suegros, donde pronto vinieron las desavenencias familiares. Se vio en la calle…

Aquella noche cenaría. Se sentó en el banco del bulevar, frente al cajero del banco donde todas las noches dormía. Sonreía con su preciado botín, utilizando a modo de mesa sus propias piernas. Sobre las que colocó un periódico, también caducado, en el que se podía leer el eslogan de un partido político:

“España en el buen camino”.

—Paparruchas —masculló, sacando la navaja y comenzando a cortar la mortadela.

 Hacía frío; pero él, esa noche intentaría ser feliz.

 Esa noche cenaría.

Había más bullicio del habitual en aquel bulevar central, era vísperas de Navidad.  Las calles ya estaban adornadas con las luces Navideñas. Algunos transeúntes, alegres e indiferentes, pasaban por su lado cargados con bolsas y regalos. Otros, al pasar junto a él, se detenían unos instantes, y, desviaban ligeramente el camino, aligerando el paso, algún niño, incluso le dijo:

— ¡Que aproveché! Y él, con una sonrisa le daba las gracias, mientras su madre, sin mirar, estiraba de su mano. Acostumbrado, él sonreía.
Esa a noche cenaría.


Por allí pasaba la caravana electoral del partido gobernante, el mismo que había propiciado la reforma laboral que lo tiro a la calle, el mismo que con su complicidad había propiciado que la entidad bancaría, en la que ahora dormía en un cajero, le robase su vivienda, el mismo presidente que con sus políticas le había robado su vida, su familia, su ilusión y esperanza de futuro. Iba andando, a paso ligero, él que siempre se dirigía al país a través de un televisor de plasma, estaba a pie de calle, repartiendo globos azules y blancos, caramelos, paraguas chinos, y bolígrafos, que no escribían. Por el asfalto marchaba la caravana y por el bulevar, acompañado de otros candidatos secundarios y múltiples guardaespaldas, marchaba sonriente el presidente, el candidato a la presidencia. Junto con otros repartía y daba en mano, junto con las baratijas,   sobres blancos para el Congreso y canelas para el senado, a los paseantes y las parejas de novios que estaban sentadas en los bancos. El candidato se acercaba a los transeúntes y se paraba a hablar con ellos, estrechando la mano de todos aquellos que no se la negaban, que algunos lo hacían, mientras que otros le pedían hacerse un selfie, que él, encantado lo aceptaba sonriente.


José permanecía ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor, meneaba la cabeza, pensando, que tal vez debería haberse colocado ese día en otro lugar con menos bullicio. El candidato lo vio, y dudo si acercarse a él, pero alguien le invito a hacerlo, para de inmediato sacar las cámaras para inmortalizar el momento, que el votante viese, que era un presidente del gobierno que se preocupaba por la gente, aprovecharía para decir una frase grandilocuente que todos los medios de comunicación pagados por el Régimen sacarían en sus portadas, saldría su foto al lado del mendigo, con el siguiente titular.


“El candidato promete, durante la próxima legislatura, erradicar la pobreza de España”


Mientras se posicionaban fotógrafos y cámaras, el candidato ensayó una sonrisa que pretendía ser cercana y considerada. Se acercó a José, con los guardaespaldas dispuestos a intervenir por si fuese preciso.  José continuó su cena, ajeno a la maniobra. El candidato, dudó, agitó los sobres casi en las mismas narices del mendigo. Este miró los sobres y vio la mano tendida del candidato, y los fotógrafos expectantes para captar el momento. Insistía el candidato con su sonrisa acartonada y su mano extendida en estrechar la de José, pero este la rechazo.

—¿Para qué quiero estos sobres?

—Para votar —respondió el candidato.

—¿Para votar?¿Yo? Si no tengo nada…

—Solo necesitas el carné de identidad —le cortó el candidato.

—Lo tengo —dijo sacándolo de un bolsillo de su chaqueta, tres tallas mayor de la que le correspondía.

—En ese caso, puedes votar —dijo el candidato ofreciéndole de nuevo los sobres.

—Sí, votaré, porque tengo el carné de identidad, pero sobre todo porque tengo memoria. Váyase usted a la puta mierda —dijo José, mirándolo desafiante.

Los guardaespaldas fueron a intervenir, pero hubiese dado mala imagen. De repente, José cogió los sobres, los abrió con sumo cuidado, sacó los papeles, ya vacíos miró en el interior, no había nada más. Pausadamente, los rompió delante del candidato y los tiró a la papelera, escupiendo sobre ellos.  Después se encamino a la fuente y se lavó las manos. Los guardaespaldas del candidato fueron a decir algo.

—Los últimos sobres que me dieron, tenían dinero dentro, dinero que ganaba con el sudor de mi frente, a otros, se los daban por otros motivos — comenzó, mirando fijamente al candidato —no necesito sus sobres, porque junto con el carné, en estos bolsillos rotos— dando la vuelta a los bolsillos del pantalón —tengo una dignidad más grande que la memoria.

Se sentó y continuó su pobre cena, miró el titular del periódico que le servía de mantel: “España en la buena dirección” y la foto del candidato. Hizo un gesto de asco, mientras que el candidato se daba media vuelta y daba órdenes a la policía que limpiasen las calles de mendigos, hasta después de las elecciones.

Y la caravana electoral continuó su machacona marcha alternando frases grandilocuentes y alegres villancicos.

Aquella noche, José durmió con calefacción...en la celda.

©Paco Arenas


sábado, 12 de diciembre de 2015

Entrevista RWDIGITAL- EL HIDALGO DE LAS PALABRAS -Miguel Navarro



Fue mi primera entrevista en un estudio de radio; en el
programa “El hidalgo de las palabras”, dirigido por Miguel Navarro, de la
emisora Radio RWDIGITAL. 

Me encontré con varias novedades y una gran profesionalidad,
que en cierto modo me dejo descolocado. Miguel Navarro se prepara las
entrevistas al milímetro, parece como si estuviese dentro de tu mente y supiese
todo de tu vida, sin perder la sonrisa, te llega a poner en un aprieto, se toma
el oficio de entrevistador como debe tomarse, te ayuda, te sugiere, consciente
de que estás nervioso y para ti, supone enfrentarte a gigantes molinos ponerte
ante un micrófono.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Versos disueltos en azafrán y espliego


 A Castilla
Apenas una sonrisa silenciosa.
La de don Alonso Quijano.
Una maldición murmurada
con los labios entreabiertos
Y los dientes apretados,
de su escudero Sancho.

No hay Dulcinea del Toboso,
Murmura el caballero.
Pobre Teresa mía,
 me creía gobernador,
y traigo las abarcas rotas
y el zurrón vacío.

Los molinos se tornaron gigantes,
Tan crueles como grandes,
devorando hechizos,
 cual lobos hambrientos.
Bajo el sol de La Mancha,
derritiendo los sesos.
Pobre caballero.

—Escoge, Sancho, Amigo:
Entre la pobreza y la miseria.
Que la vergüenza y el deshonor
es patrimonio de caballeros.
—No, mi amo, que no hay mayor riqueza,©
ni mayor honor…
que cabalgar junto a vos.

Triste está Castilla,
Secas estas tierras de La Mancha,
con un puñal clavado
en lo más profundo de la garganta.
Sin dulcineas, ni quijotes.
Con los sueños perdidos,
y las realidades rotas
en cinco pedazos.


©Paco Arenas

lunes, 7 de diciembre de 2015

Un ignorante total

De algún modo soy de esas personas, a las que en no pocas ocasiones critico. Tal vez mi mundo se ha cerrado a otras inquietudes cotidianas diferentes a las de la mayoría de la gente. Tal vez sea falso, y esté equivocado, al pensar que cierta gente, la de arriba, vive de espaldas a las personas que viven del sudor de su frente, cuando les dejan, a sus problemas y anhelos, y que realmente los gobernantes le están dando al pueblo, lo que realmente quiere: fútbol, circo, telebasura, un smaphone, Facebook y un poquito de pan, y un trapo por el que odiar y si es preciso morir.

Sí, no cabe duda, soy un ignorante, sería incapaz de decir quién es el portero de la selección española de fútbol, ni cuándo se celebrará el mundial, ni el nombre de tres toreros famosos, tampoco qué coche es el mejor, o si la reina es elegante o no, solo sé que se gasta mucho dinero del pueblo, hasta ahí, y, mucho más lejos llega mi ignorancia.
Sé que hay un programa de televisión que llaman “Sálvame”, y una tal Belén Esteban, que un día se acostó con un torero, de la cual todo el mundo sabe vida y milagros, menos yo, que, a mí no me importan un comino, no puedo argumentar sobre esos temas, soy un ignorante total.

Me gusta la gente que habla, yo soy un charlatán; pero, sin embargo, en muchas reuniones permanezco en silencio, como si fuese mudo, oyendo, sin escuchar lo que cada cual dice. Soy tan ignorante sobre esos apasionantes temas que llenan múltiples conversaciones entusiastas, que provocan discusiones, peleas y hasta muertes...Temas de conversaciones de las que yo ignoro todo, y que siendo tan importante para millones de gentes, a mí me parecen tan banales y estúpidas, que posiblemente, sin lugar a dudas, el estúpido sea yo.
Me emociona la soledad a la hora de leer, escribir, mirar un acantilado, una bella puesta de sol, el amanecer a la orilla del mar, o en la llanura manchega, pasear por las grandes ciudades, callejear solo a las seis de la mañana o a las doce de la noche, también al mediodía, haciendo fotos a los gatos, o a una papelera, ropa tendida o un hombre subido a una antena, me gustaría retratar los rostros de la gente que me cruzo, pero alguno se enfadaría. Disfruto, también, de esas mismas cosas en compañía, compartiéndolo, tanto como los abrazos las risas o ver una obra de teatro o una película de amor, o incluso una comedia tonta, me encanta, en mi ignorancia, hablar de literatura y aprender, también de política, sin comprender que la gente viva, según yo, en la inopia, y vote a ladrones y consientan que les roben el futuro a sus hijos...

Lo confieso, de los temas que realmente gustan a una inmensa mayoría de las personas, soy un ignorante total.

Critico a los patrioteros de trapo, pero yo soy uno de ellos, también me emociono al ver ondear mi bandera (claro, que la mía tiene más colores y es más bonita). Sí, también me emociono al ver una estampa del Quijote, un molino de viento, un arado, una hoz, una foto antigua, o mis gatos jugando entre mis libros, como si buscasen ratas de bibliotecas…
Tal vez sea tarde para cambiar, tengo la cabeza gorda, pero el procesador tan viejo…

viernes, 4 de diciembre de 2015

La construcción de un sueño (Dulce Chacón)



Pocas escritoras me han influido tanto en tan poco tiempo como fue Dulce Chacón. Procedente de una familia conservadora, siente una gran inquietud por conocer la otra verdad de lo sucedido y situar la verdad en el lugar que le corresponde.  Como muchos, pensaba que la guerra civil acabará cuando los derrotados puedan contar su verdad y enterrar a sus muertos y cuando la legalidad usurpada sea reinstaurada o la anormalidad sea sometida a plebiscito democrático.

“no es ira ni revancha, sino un deseo legítimo de recuperar una memoria olvidada y secuestrada”.






La construcción de un sueño 

Siempre hay tiempo para un sueño.

Siempre es tiempo de dejarse llevar por una
pasión que nos arrastre hacia el deseo.

Siempre es posible encontrar la fuerza
necesaria para alzar el vuelo y dirigirse hacia
lo alto.

Y es allí, y solo allí, en la altura, donde
podemos desplegar nuestras alas en toda su
extensión.

Solo allí, en lo más alto de nosotros mismos,
en lo más profundo de nuestras inquietudes,
podremos separar los brazos, y volar.


Poesía de Dulce chacón,  recordada gracias a María Torres


jueves, 3 de diciembre de 2015

La lectura como una obsesión, la escritura como una necesidad.



No recuerdo el día o la noche que la necesidad de leer fue una necesidad vital. En mi casa nadie había cogido un libro antes que yo, mis padres eran analfabetos y mis hermanos habían cambiado los dientes trabajando en el campo, apenas aprendieron a escribir y las cuatro reglas. Yo fui el primero que buscó el significado de las palabras escritas en un libro, quien todos sus ahorros los guardaba para ir a la Librería de la calle Soledad, en San Antonio o tebeos a la Librería El progreso.

Los tebeos, eran baratos, pero los intercambiaba con mis amigos, los libros eran más caros, valían ocho duros, algunos fines de semana renunciaba a ir al cine, para juntar las cuarenta pesetas, 24 céntimos de euro, el cine costaba tres duros, o quince pesetas o 9 céntimos de euro.

martes, 1 de diciembre de 2015

Las mujeres que leen

Las mujeres que leen

Son las mujeres que leen:
Peligrosas fieras,
capaces de revolverse contra la injusticia;
 encantadoras, seductoras;
 criaturas capaces de volar con la imaginación.
 Mujeres conscientes de su conocimiento.
Seguras y constantes,
a pesar de los obstáculos
 caminan hacía su objetivo.

Son las mujeres que leen:
Armas de destrucción masiva,
contra la intolerancia,
contra la violencia y la guerra,
 a ellas temen los yihadistas,
los especuladores, los traficantes de armas, los reyes
 y toda esa calaña de miserables.  

Son las mujeres que leen (poesía):
 Las más peligrosas,
porque sienten el amor,
la injusticia en cada poro de su piel,
de su corazón y de su cerebro.

Son las mujeres que leen:
Las que hacen temblar a esos cobardes,
 que hacen de la fuerza de sus músculos argumentos.
  Quienes plantan cara al macho,
 y enamoran al hombre,
las que miran a los ojos desafiantes
 y acarician con la mirada.

Son las mujeres que leen:
Las madres que riñen y castigan,
con las más tiernos besos
que acarician el alma,
 las que dan la vida por sus hijos.
Las que me enamoran
 y me enseñan el camino a seguir,
 no delante, no detrás, sino a su lado.
 Sin ellas nada es posible,
con ellas todo se puede lograr.

©Paco Arenas

© Pisando barro, soñando palabras 
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