domingo, 5 de julio de 2020

Quien la busca, la encuentra y no escapa...




17 de septiembre de 2017



Llegó con el más hermoso nombre para destruir los sueños, para dar el golpe de gracia a la más hermosas y olvidadas islas del Caribe. La Isla olvidada, la isla del encanto. Ahora, como diría Julia de Burgos, «con la voz suspendida de mariposas muertas».

Olvidada a su suerte por quienes exprimen el jugo de sus entrañas, quien le roba el fruto de su vientre, llevándose sus mejores hijos a la metrópoli, no quiere saber nada de ellos. Para Estados Unidos, si desaparecieran los boricuas, toda la esencia de ese pueblo de raíces tan hispanas, sería una bendición. Trump, racista, solo quiere el territorio, que sería el más hermoso de los Estados Unidos de América si no hubiese boricuas celosos de su libertad e independencia.

Olvidada a su suerte por su antigua metrópoli, ahora que está «del viento más triste y devastada»[1]. Que «camina en ríos agotados y turbios, rota y despedazándose.»

Sin luz, ni agua, ahogándose, ante los ojos del mundo, los pueblos y ciudades de la joya del Caribe reducidos a escombros, pilla tan distante para los mandamases del mundo, para los grandes medios de comunicación en manos de mafias financieras, que ni siquiera necesitan desviar la vista para no ver, ni taparse los oídos para no escuchar los lamentos de los hijos de Boriquén, porque tampoco miraban, ni escuchaban antes, sino era con el permiso de sus dueños.


Dos días antes 15 de septiembre de 2017


Aquella noche el negro Marcial deambulaba por las finas arenas de Playa Sucia[2]  buscando un sentido a su vida que creía perdida para siempre. Sus pies bordeaban la playa mojándose hasta las rodillas, después de astillar dos costillas a Mónica, su amor.  Deseaba la muerte con ciega intensidad. No es que se sintiese culpable por haber zurrado el pandero a la bella mulata con la que había compartido los dos últimos años de su vida.

Él la amaba intensamente, pero ella era tan bella, tal el cimbreo de sus caderas al caminar, la fiesta en sus ojos y labios al reír a ningún hombre dejaba indiferente y fuesen muchos quienes la miraban con ojos golosos imaginándola desnuda balanceándose en un chinchorro[3]. Sí sentía celos, ¿para qué negarlo?, y hubiese querido saber de ella cada instante de su vida. Se imaginaba de manera enfermiza las groserías o lindezas que otros hombres le dedican en el trabajo y con mayor motivo, creía él, las réplicas a esas groserías. Ella trabajaba con hombres elegantes, mientras que él era un perdulario[4] que necesitaba alquilarse[5] para poder fumar el peor boliche[6].

¿Cómo no ser celoso ante tanto amujerado[7] bien vestido que trabaja con ella? Por tanto, a nadie debiera de extrañarle que él quisiera controlar su vida, no es que se dedicase a esculcar[8] el celular de ella buscando infidelidades; sin embargo, hacía tiempo que tenía el pálpito de que no era el único que compartía cobija[9] con ella. A él nadie lo tomaba por zonzo[10] ignorante, menos una mujer.

El faro de Cabo Rojo emitía fantasmagóricas luces sobre las aguas del Caribe, si bien la intensidad de sus impresionantes y bellos destellos no llegaban a ser tan intensos como las ráfagas de los celos enfermizos que le hacían ansiar la muerte en aquel paraíso al bravo[11] y bien formado Marcial.

—¡Ojalá el viento sea huracán! —Maldijo, ante lo molesto del viento.

Era noche de luna llena y las estrellas rutilantes producían una sensación de bóveda iluminada translúcida diseñada por el mejor de los arquitectos. La luminosidad de aquella noche de plenilunio, unido a al fresco, húmedo y muy agitado viento. El negro Marcial estaba sufriendo mucho en uno de los lugares más bellos del Caribe y del mundo, invitaba a cualquier cosa diferente a la que había llevado desde Ponce. Nada sabía de la proximidad de «María», porque el negro Marcial, hablaba, oía, pero nunca escuchaba otras voces que las que salían de sus propios labios.

—Hermosa noche para morir —dijo en voz alta mientras su mirada se perdía en la inmensidad del mar, deteniéndose en aquel puente en forma de manatí o elefante donde rompían las olas formando espuma blanca.

Caminaba lentamente reconcentrado en sí mismo, casi rezando para no encontrarse con nadie.

—Si alguien me mira mal…—y hacía un gesto como de cortarle la yugular.

Como una diversión miraba abstraído el volar de los mosquitos que a esa hora de la noche buscaban sustento en su oscuro cuerpo. No quería tropezarse con nadie, no fuese que la cosa terminase en gresca, era tal su ofuscación que hubiera sido capaz de pelearse, y hasta matar al más dócil de los humanos, aun hombre no le podían hacer eso, y él era un hombre muy hombre. Sin embargo, muy a su pesar necesitaba hablar, desvestir su alma, botar[12] toda la rabia que como candela ardiente le producía tal desazón en el alma. Así caminó contra viento hasta pasadas las seis de la mañana, hora hasta la que había postergado su decisión de tirarse desde el punto más escarpado del acantilado, con ese aire tan intenso, no habría vuelta atrás. Antes de morir quería ver amanecer y cumplir su venganza.

Tras caminar toda la noche por la playa, empapado por las grandes olas que comenzaban a formarse, hasta tuvo miedo de que alguna de ellas lo arrastrase, era fuerte, y sería capaz a los elementos.

—Soy invencible, como la armada invencible —gritó con fuerza, olvidando que la armada invencible, fue derrotada por los elementos.[13] Quería rondar los bellos manglares, donde a buen seguro algunas parejas de enamorados desatarían sus acalenturadas[14] pasiones, como él hizo muchas noches, no solo con Mónica, sino con otras muchas, porque él era muy macho y daba abasto a muchas hembras si era preciso, no era cuestión de conformarse con una sola pudiendo contentar a varias, él era mucho mejor conquistador que don Juan Tenorio y Luis Mejía juntos, sin necesidad de salir de Puerto Rico. A Mónica la quería solo para él, era suya, su más preciada posesión, al igual que su reloj, su celular o su carro, suya era y de nadie más. Antes muerta que, de otro, la quería tanto, a pesar de sus muchas infidelidades, suyas, no de ella, que cual Inés, más fiel no podría llegar a ser.

Decidió subir antes del amanecer a los acantilados, al lugar elegido, frente al faro. Refunfuñó por lo pesado del ascenso y porque su muerte no sería tan bella como había planeado. Ya durante la noche, nubes grises fueron ocultando las estrellas, y a aquella hora de la alborada cubrían la que durante la noche fuera estrellada cúpula radiante. Ya no contemplaría el más bello amanecer de la Isla del Encanto[15].

16 de septiembre de 2017

Pronto comenzaría a llover, él que tanto ansiaba la lluvia cuando era campesino, maldecía la impresionante tormenta, que de un momento a otro caería. A bastantes yardas[16] del faro un torbellino fue el inició de la tormenta. A continuación, un viento huracanado comenzó a empujarlo en dirección a los escarpados acantilados. Viéndose perdido y arrastrado, fue consciente que tenía miedo a morir, mucho miedo. Se precipitó contra el suelo, buscando un lugar donde agarrarse, seguro de que jamás andando erguido lograría llegar a pedir socorro al faro. Más próximas se encontraban las ruinas de una antigua torre vigía española, las cuales serían su salvación, pensó. Hasta allí se arrastró reptando como una culebra muerto de pánico. Sin embargo, el recio viento amenazaba con arrastrarlo, a pesar de todo, hacia el mar. Logró parapetarse en el interior de las ruinas, respirando aliviado.

Las ruinas no eran murallas inexpugnables, el viento no siempre soplaba en dirección al mar. La tarde anterior, él fue allí decidido a morir al alba como los fusilados, marcando el instante preciso frente a la inmensidad del horizonte marino, cuando despuntase el sol en el horizonte. Por supuesto, después de haberle mandado el último «WhatsApp» despidiéndose de ella, con la más hermosa alborada del mar Caribe como fondo. Quería que ella se sintiera culpable de su muerte después de la gresca del día anterior, la cual terminó con ella en el hospital de San Juan. Fue Mónica la culpable, él la quería, pero ella le confesó que estaba enamorada de otro hombre que ya no lo quería, y eso no se le puede decir a un hombre que es hombre.

Ahora, cuando veía que la muerte le amenazaba, no quería acoquinarse[17], tenía el pálpito de que ella le pediría perdón y regresaría a su lado, que el contrincante que le disputaba su amor era un amujerado, un capricho obsceno e indecente. Sin duda se trataba de un amago para ponerlo celoso. ¿Quién era ella para jugar con sus sentimientos? Él era muy hombre para dejarse arrebatar lo que le pertenecía en exclusiva, y Mónica era de su propiedad, su hembra, por eso casi la mató por su traición, por decir que se había enamorado de otro.

No, no podía morir, antes de morir, ya averiguaría quién era el chivo[18] manganzón[19]que le disputaba a su hembra y ensartaría al perencejo[20]mal nacido, que bien muerto estaría.
Las ruinas de la torre que habían resistido las embestidas de huracanes y ciclones aquel gris amanecer, la fuerza de «María» provocaron que cayeran, sobre él, abatiendo su cuerpo de cintura para abajo, mas no lo mataron ni le produjeron heridas de muerte, siempre que recibiese pronta ayuda.

Gritó de desesperación consciente de que nadie lo escucharía, a pesar de que todos los días del año eran muchos quienes se acercaban a ver aquellos fantásticos paisajes de la Isla del Encanto, nadie tan loco como para acercarse en una mañana como aquella, a no ser que como él, unas horas antes, buscase la muerte. Solo una muñeca de trapo, arrebatada a una niña por el viento, llegó a su lado.

De improviso sonó el celular[21] que milagrosamente se había salvado a pesar del agua y las piedras que le aprisionaban sus extremidades. Peleó bravamente con las escasas fuerzas que le quedaban hasta lograr liberar esa parte de su pantalón donde guardaba el celular. Pensó que era una llamada de ella; sin embargo, era la alarma que ponía todas las mañanas para ir a trabajar.  Decepcionado pensó llamarla él, tenía poca batería. Le escribió un WhatsApp:
— I love you baby. Te perdono. Estoy a veinte yardas de los acantilados de Cabo Rojo…
La respuesta llegó de inmediato, no por WhatsApp, sino como llamada, lo cual Marcial agradeció, pensando que ella estaba esperando esa llamada y que ella aceptaría ese perdón que él le ofrecía, pero el tono era ofuscado:

—¿Qué me perdonas tú a mí? ¡Mal nacido! ¿Tú a mí, que casi me matas? Que María te lleve con ella…

—¿María? Fue solo un desliz. Vine a matarme yo, mi amor, vine a matarme por tu traición. Pero te quiero tanto, y sé que tú me quieres a mí. Pide una ambulancia y salvaremos nuestro amor, te lo juro —decía angustiado llorando desconsolado como niño de pecho sin teta en la que succionar.

—Camina veintiuna yardas que te separan del acantilado y haz un favor a la humanidad. Tírate o déjate llevar por María, ella te abrazará con todo su amor.

—¡Dale con María! Eso es tiempo del pasado —dijo, nada sabía del huracán que comenzaba a hacer estragos, él nunca escuchaba los noticiarios —. Tengo atrapadas las piernas, me muero…Sí no viene una ambulancia rápida me muero… —rogó él.

—Adelante, a mí como si te ahogas en las salinas para que te lleven los espíritus de los taínos muertos[22], haciendo lo que tú nunca has sabido hacer, trabajar. Las ambulancias están para la gente decente, no para los malnacidos maltratadores, como tú.

—Me muero, no puedo pedir ayuda a nadie, me muero. I love you baby —quiso enfatizar más sus palabras después en español —cariño te quiero, mi amor…

—No se quiere a quien se hiere, no se astillan a golpes las costillas de una mujer por cariño... ¿Tienes tabaco? –sorprendentemente preguntó con frialdad ella.

—Sí, pero no es eso lo que necesito. Además, es imposible encender un pitillo con este viento. Necesito volver a besarte, salir de aquí, me muero.

—¿Besarme? Antes muero que volver a rozar tus labios. ¡Maldito seas por siempre! Anda tírate por los acantilados y que el diablo te lleve.

—Condenada, pide ayuda, muero de verdad, no me condenes a muerte, te lo pido como último deseo.

—Fúmate el último cigarrillo, que ya no me incumbe. ¡Chao! —se despidió Mónica apagando el celular, sin posibilidad de volverla a llamar, el suyo se quedó sin batería y él sin ni siquiera fuerza para apretar el teclado táctil del celular.

Abrazo a la pequeña muñeca de trapo, y aturdido recordó unos versos, de Julia de Burgos, de cuando se enamoró por primera vez, de cuando era capaz de amar a una mujer con amor verdadero, y todavía no era un enfermo psicópata:

«Tengo el desesperante silencio de la angustia
y el trino verde herido...
¿Por qué persiste el aire en no darme el sepulcro?
¿Por qué todas las músicas no se rompen a
un tiempo a recibir mi nombre?
—¡Ah, sí, mi nombre, que me vistió de niña
y que sabe el sollozo que me enamora el
alma!»

El viento, al negro Marcial, le dio sepulcro.

Cuando la tormenta, varios días después, cesó y el sol de nuevo brilló sobre las cristalinas aguas de Cabo Rojo, cuando nadie recordaba que alguien con el pelo de estropajo naranja tiró caramelos a los puertorriqueños, como si fueran…, parejas de enamorados comenzaron pasear por Playa Sucia, viendo los desastres producidos por «María». Algunos se acercaron a las ruinas al vislumbrar los nuevos derrumbes, y encontraron allí a Marcial. Su único consuelo, una muñeca de trapo, a la que estaba abrazado. Tenía el color cenizo de los cadáveres y las cuencas de los ojos desiertas; pero, fijas en un celular apagado. Nadie supo que fue a buscar la muerte y cuando quiso escapar, la muere lo atrapó.

© Paco Arenas

Este relato forma parte del libro  Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la Lumbre





[1] Las frases entrecomilladas, son de poemas de Julia de Burgos, poeta puertorriqueña.
[2] A pesar del nombre, Playa Sucia, está considerada una de las cincuenta mejores playas del mundo.
[3] Hamaca tejida en forma de red.
[4] Persona sin oficio ni beneficio, perdido, vagabundo.
[5] Trabajar para otra persona.
[6] Tabaco de mala calidad. Palabra ya en desuso, pero que me ha gustado rescatarla por ser habitual en los relatos clásicos boricuas, por ejemplo, en el cuento de Abelardo Díaz Alfaro «El boliche», que termina así: Boliche, tabaco malo, tabaco bueno para «la fuma». Boliche, tabaco que no llega a ser «pie», ni «medio», ni «corona». Boliche: esa es la vida del tabacalero.
[7] Afeminado.
[8] Registrar, indagar.
[9] Ropa de cama.
[10] Tonto.
[11] Enojado.
[12] Arrojar, tirar algo.
[13] La conocida como «La armada invencible», mandada por Felipe III a Inglaterra, para destronar a Isabel I e invadir Inglaterra, para fue derrotada en dos ocasiones, la primera contra Inglaterra, de 122 barcos, fueron arrasados por las olas 35, los 87 restantes regresaron a España, siendo reparados y mandados a sofocar a los independentistas portugueses, que se habían levantado en armas contra el imperio español, también fracasó en sus objetivos y Portugal paso a ser independiente de la corona española. 
[14] Febriles o acaloradas.
[15] Nombre con el que conocen los puertorriqueños a su bella isla.
[16] Yarda, medida anglosajona adoptada en Puerto Rico, equivale algo menos de un metro.
[17]Amilanarse, sentir miedo
[18] Macho cabrío, cabrón.
[19]  Vago, holgazán.
[20]  Amilanarse, sentir miedo.
[21] Teléfono móvil.
[22] Cerca se encuentran unas salinas en las cuales trabajaban como esclavos los indios taínos para los españoles.

viernes, 3 de julio de 2020

El arma de Amparo




 (Cuatro años de cárcel por llevar una pulsera con los colores de la República)
#TodasSomosAmparo #LeyMotdaza #5AñosDeMordazas



El Arma de Amparo


Las calles de aquel otoño gris que amenazaba con regresar, se llenaron de la palabra «Libertad», con los «Iaioflautas» a la cabeza, con sus banderas de libertad, gritando   consignas en contra la represión a golpe de porra policiales en Barcelona.
La manifestación marchaba alegre sin incidentes, a pesar de que los antidisturbios estaban preparados para actuar y reprimir cualquier amago de salida de tono. Otra cosa no se podía esperar, Valencia no era Barcelona.
Al pasar por la calle de La Paz,  un matrimonio de edad avanzada, mal encarados y vestido con ropas caras, parecían esperar la llegada de los manifestantes, cada uno con una varilla de cortina en la mano, sin bandera alguna, podrían tratarse de eso, varillas que habían comprado para colgar sus lujosas cortinas; pero no, allí esperaban como pasmarotes, en lugar de cruzar la calle, la llegada de la cabecera de la manifestación: Lola Pérez, al verlos, dijo a Matilde y Amparo, las más cercanas:

—No tienen pinta de querer unirse a la «mani», tienen una cara de mustios…

—Seguro —contestaron, entre risas, Matilde y Amparo, casi al unisonó, continuando sus canticos reivindicativos.   

Casi llegando, la mujer sacó del bolso dos banderas monárquicas, y las colocaron en los palos de cortinas, en un claro gesto de provocación, al cual, los manifestantes, no iban a caer, ante algo tan habitual, y ambos comenzaron a agitar sus banderas por encima de la cabeza de los manifestantes, dándole con las mismas a Amparo y gritando consignas ofensivas contra los manifestantes:

—¡Rojos!, ¡Separatistas!

—Ni caso a esos gilipollas, van a provocar, buscan que intervengan los maderos —aconsejó Lola.

—Lola, me han dado estos fachas con la bandera en la cabeza —protestó Amparo, ante el consejo de Lola, la cual, siempre tan prudente como combativa, movió la cabeza para que no les hiciera ni caso:
—Solo quieren provocar, ni caso.

A pesar de lo cual, Amparo se giró hacia ellos, enseñándoles la bandera republicana que llevaba sobre sus hombros, y su pulsera tricolor de su muñeca.

—Esta es mi bandera —dijo, y continuó la marcha sin más.

—Me he quedado con tu cara— amenazó la vieja de la bandera monárquica.

Ya, Amparo, ni hizo caso siquiera, no valía la pena. Dejados atrás aquellos viejos fascistas, porque lo eran, como por desgracia supo después, Amparo regreso a su pueblo a Villamarxant, y ya no supo nada ni del matrimonio, ni de nadie.

Diez días más tarde, regresó a Valencia, donde había quedado con unos amigos para una nueva manifestación. Como era pronto, quedó con algunos de sus compañeros de lucha en un bar. Aunque ella no se percató, se cruzó con el matrimonio de viejos fascistas, que la siguieron hasta el bar. Y de ahí, llamaron a la policía, la cual se presentó en el bar, cuando todavía estaban los «Iaioflautas» disfrutando de sus cervezas. No sabían ni su nombre, solo que llevaba una pulsera con los colores de la bandera republicana, con tres bolitas de cada uno de los colores. Nadie se percató de que el matrimonio, perteneciente a un grupo de ideología fascista, señalaban con el dedo a Amparo. Los dos policías interrumpieron la alegría, colocándole uno la mano sobre el hombro a Amparo.

—Por favor, señora, identifíquese.

—¿Y eso? ¿Por qué?

—Por agresión física e injurias a un matrimonio respetable —replicó con severidad el policía.

—¿Yo? —Preguntó asombrada Amparo.

—¿Amparo? —Preguntaron aún más asombrados el resto de «Iaioflautas», no dando crédito ni a sus oídos ni a sus ojos.

—Por favor, ¿se puede identificar? —Insistió el policía.

Se terminaron las risas, se terminó la tertulia, Amparo sacó su carné de identidad y se lo entregó al policía, que tomó nota de sus datos y se lo devolvió, entonces llegó la pregunta y la acción más surrealista y esperpéntica de todas, imposible de escuchar en cualquier país democrático:

—¿Lleva el arma?

—¿El arma? ¿Yo? Si soy una persona pacifica que entra contra todo tipo de violencia, ¿cómo voy a llevar un arma?

—Sí, esa pulsera, es el arma de la agresión —replicó con circunspecto el policía.

Todos los presentes se habrían echado a reír, cada uno de ellos llevaba una similar, nunca pensaron que una pulsera con los colores que en España representan la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, pudieran llegar a considerarse un arma. No era cuestión de echarse a reír, por muy grotesco que pareciera el espectáculo. Parecía una broma de un programa de televisión de cámara oculta, pero no se trataba de una broma televisiva, sino de una realidad cotidiana, por culpa de una ley retrograda, como lo es la eufemísticamente llamada Ley de seguridad Ciudadana, que lo mismo sirve para encarcelar a titiriteros por representar una obra de Federico García Lorca, un tuitero por hacer un chiste, a un rapero por cantar la verdad de un corrupto, a sindicalistas por ejercer su derecho, a quien defiende su casa contra los bancos ladrones, o para arruinar la vida a unos jóvenes, acusados de terrorismo, por una pelea de bar…

—¿La pulsera?

—Entréguenos el arma y vamos a comisaria, o mejor en comisaria...

—Agente, ¿pero esto va en serio? —se atrevió a preguntar Amparo.

—Por supuesto —contestó con sequedad el policía.

—Pero si es una pulsera...—titubeo perpleja Amparo.

—Es el arma de la agresión —replicó el policía que llevaba la voz cantante.

—Es una pulsera, exactamente igual como la que lleva usted, pero con distintos colores...—dijo Lola, que no podía creerse lo que estaba viendo, al observar que el policía llevaba una pulsera muy parecida a la de Amparo, pero con los colores de la rojigualda, en lugar de la tricolor.

—Usted se calla, si no quiere que le tomemos también los datos, por desacato a la autoridad amenazó el policía. 

—Es la verdad, hagan lo que quieran, pero no es desacato, sino constatar una realidad, Amparo lleva una pulsera con los colores de la libertad, y usted lleva la otra, ninguna es un arma —no se amilanó Lola, que siempre fue mucha Lola.

—Eso, lo tendremos que decidir nosotros o el juez, ahora, entréguenos el arma...—dirigiéndose, ya, a Amparo el policía.

La entrada de media docena de policías, acalló las protestas de los cinco iaiosflautas presentes.

—Tranquilos, somos  septuagenarios indefensos, no necesitamos porras —todavía se atrevió a replicar Lola.

—Me voy con ellos, no quiero problemas, no he hecho nada y sería estúpido pensar que me pueda pasar nada...porque, señor policía, ¿ustedes saben que según dice M.Rajoy, estamos en un Estado democrático y de derecho? ¿Verdad? —Se atrevió a ironizar Amparo, agarrando su bolso, dispuesta a marcharse con los policías, con tal de no complicar la vida a sus compañeros. 

Amparo, a sus 61 años, enferma, pero luchadora, no opuso resistencia alguna, al salir vio al matrimonio fascista, y comprendió todo. Había sido denunciada por agresión física e injurias, a ese par de retrógrados, que, de haberse cambiado la pulsera, tal vez ni la habrían reconocido.  Ella no agredió con la pulsera, ella fue la agredida con las banderas y los palos de cortina, fue ella, también, en cierto modo, la injuriada, no porque el matrimonio fascista les hubiese llamado «rojos», que era algo que ella llevaba con honor y orgullo, sino porque quienes provocaron y buscaron la disputa fueron ellos, pero ella era la detenida, porque según la policía la había denunciado un matrimonio respetable, como si ella no mereciese mucho más respeto que aquellos carcas.

Al llegar a comisaría le requisaron tan peligrosa arma, la pulserita con los colores de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, que el único peligro que representaba era para las conciencias. Allí le informaron de que un matrimonio, aquel mismo día, la habían reconocido como agresora del mismo, y que el arma era aquella bonita pulserita de menos de un euro. No había pruebas, y Amparo ni siquiera se acordaba de aquel matrimonio. Que la vieron, por casualidad, entrar en aquel bar y acudieron a la primera pareja de policías, dispuestos a amargar la vida al primer rojo que se cruzara en su camino, y le toco a la pobre Amparo.

—¿Usted agredió al matrimonio tal…? —Le preguntaron de malos modos, ya en comisaría.

—¿Cómo voy a agredirlos si no los conozco de nada?

—Pues la han acusado de delito de odio y agresión…

— ¡Qué tontería más grande! ¿Cómo les voy a odiar si yo no los conozco de nada? Yo soy chillona y protestona, eso es verdad, pero violenta en ningún caso. Fíjese si estoy en contra de la violencia, que cuando veo un cartel de festejos de tortura en la plaza de toros, me entran ganas de llorar, pobres animales…—se atrevió a reír, a pesar de lo patético que parecía todo, con la policía intentando hacerle creer y confesar un delito que no había cometido.

—No mezcle la cultura con los actos violentos llevados a cabo por usted, no estamos para perder el tiempo —la amenazaron.

Quisieron tomar declaración sin cumplir el derecho a tener un abogado presente, conociendo sus derechos democráticos, pisoteados por la ley mordaza, Amparo se negó:

—Ya hablaré cuando me llame el juez, por mucho que en España, ya que según dice el emérito: la justicia no es igual para todos, aunque sea mentira, prefiero, que se cumpla la ley, y declarar delante de mi abogado, por si acaso digo Diego y escriben, Juan —contestó con sarcasmo Amparo, en un último intento de demostrar que, por encima de la injusticia y el atropello está la dignidad de las personas.  

Aquel mismo día, mientras permanecía detenida Amparo en comisaria, grupos  de extrema derecha protagonizaron actos realmente violentos contra manifestantes pacíficos de izquierdas, produciendo varios heridos de diversa consideración, ante la atenta y pasiva presencia policial.  

Si después de lo ocurrido el miércoles, la peligrosa soy yo, tenemos un grave problema de libertades en este país —dijo Amparo unos días después a sus amigos.


©Paco Arenas, autor de Magdalenas sin azúcar


NOTA IMPORTANTE

Siendo relato de ficción, está basado en hechos reales con licencias literarias, y como tal se debe tomar.
Amparo, en la vida real, se enfrenta a cuatro años de cárcel y una sanción económica considerable, solo por la palabra, sin pruebas de dos militantes de la extrema derecha y la complicidad de la retrograda y represiva Ley Mordaza.



©Paco Arenas, autor de Magdalenas sin azúcar






jueves, 25 de junio de 2020

Mascarilla, máscara y bozal...


Dos relatos reales desde la «desescalada» (fea palabra)

Mi ventana, en este muro, es un lugar de riesgo, a pesar de lo cual, desde mi ignorancia, opino como si fuese un experto perito en lunas y comportamientos humanos. Este ventanuco es un lugar de privilegio para el cotilleo y para poner al aire los sucios calzoncillos o bragas de cada cual, por supuesto olvidándome qué tal vez, los míos estén sin lavar.

Desde mi ventana de mis ojos puedo observar,lo que en tantas ocasiones se ha dicho:
El sentido común es el menos común de los sentidos.
Y...
Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, que descalabrados y descerebrados estaremos todos.

1)       Rezando no hay peligro

Una de mis primeras salidas fue a mi antiguo barrio, me encontré con una mujer de mediana edad, es decir la mía, que desde hacía lo menos dos años no veía. Ambos nos alegramos de vernos, pero me tocó ser borde y hasta grosero con ella, muy a mi pesar.

Antes de que lo pudiera evitar me soltó un par de besos en cada mejilla, ella sin mascarilla y yo, que sí la llevaba, sin poderlo evitar. Me zafé, como pude de sus abrazos, que en otras circunstancias no me hubiese puesto pegas, no siendo yo de natural efusivo.

—¿No te has enterado que debemos guardar las distancias y llevar mascarilla, que el virus anda por todos lados? —articulé casi tartamudeando e intentando disimular mi malestar por tener que llamar la atención sobre algo que no creía que fuera necesario decirlo a nadie, y menos a una persona agradable como es la mencionada mujer.

—No pasa nada. Eso son tonterías de gente ignorante. Yo ya he estado en mi pueblo y en todos sitios, he besado y abrazado a todo el mundo y a nadie le ha pasado nada.  Y te puedo asegurar que nunca uso mascarilla. No la necesito...

¿Acaso ya lo has pasado? —le interpelé, cuestionando que tal circunstancia tuviera lugar, algo me decía que esa no era la razón por la cual no se ponía mascarilla.

No, ¡qué va! No lo he pasado, pero a mí no me afecta. Soy buena cristiana y rezo mucho… —me contestó entre risas, como si mi expresión de asombro no fuese suficiente para frenar esas despreocupadas risas.

—¿Y eso? —le pregunté, sin ser capaz de cuestionar su argumento, nunca cuestiono a nadie sus creencias o convicciones, por muchas dudas que me suscite.

—Rezo, rezo mucho, y desde que empezó todo esto rezo mucho más, y así me libro de todo mal...tú deberías hacer lo mismo, pedirle a Dios... —y comenzó a parlotear sobre su fe, y las ventajas que tenía rezar.

— Yo es que no soy de rezar. Así que prefiero llevar la mascarilla y respetar las distancias —le repliqué un tanto grosero, aunque sin perder la sonrisa, echándome un paso hacia atrás, ya que ella se había ido acercándose a mí.

—¿Acaso tienes miedo a morirte? No soy una apestada. Estoy bien de salud —me dijo incomoda señalándome con el dedo directamente a la cara —. Deberías rezar, y así no tendrías miedo ni al Covid ni a Satanás.

—Lo siento, ya te lo he dicho, yo no soy de rezar. Me parece estupendo que tu encuentres consuelo en tu fe. No tengo miedo ni al cielo ni al infierno, al Corona Virus, solo precaución, porque tengo muchas cosas pendientes y si me muero antes de hacerlas, se quedarán sin hacer. Así que, lo siento.

—Yo no tengo miedo a morirme. Rezo y sé que cuando muera Dios me acogerá en su seno.

—Yo tampoco tengo miedo a la muerte, pero, sé que cuando muera, no iré ni al cielo ni al infierno, como mucho me quedaré en el recuerdo de la gente que un día me quiso. Y no aspiro a nada más, como mucho a eso. Te repito, no soy de rezar.

— Mal haces, y eso que te tenía por ser una buena persona…

—Yo creo que muy malo no soy —no pude evitar reírme —. Vamos, digo yo.

—Y yo te tengo por buena persona, por eso quiero que salves tu alma. El cuerpo se va, y el alma se queda, se va al cielo o al infierno.

—Así te darán a ti una parcela más grande —bromeé, ante lo absurdo de sus argumentos, desde mi punto de vista.

—¿Te ríes? Sepas que voy a la catedral a escuchar a Cañizares y bien claro que lo dice ese bendito hombre...

Fue nombrar al arzobispo Cañizares y entrarme unas prisas increíbles:

—¡Hasta luego María! Me alegro de haberte visto, cuídate mucho, voy con el tiempo muy justo —repliqué despidiéndome con la mano.

—Acuérdate de rezar, Dios te librará de todo mal y si quieres te llamo cuando vaya a la catedral y verás como llevo razón…

—No mejor no - y antes de que me volviera a dar otro par de besos, viendo que se acercaba a mí, yo ya estaba a cinco metros y emprendía la huida.

2) Todo son mentiras del gobierno social-comunista y del Coletas.

Ese mismo día, media hora después, decidí acércame a una panadería de la avenida El Ecuador, que elaboran un excelente pan.

Era preciso hacer cola en la calle, entrar por una puerta y salir por otra. Media docena de personas esperaban guardando las distancias de seguridad y con la mascarilla puesta en condiciones. Saludé a dos personas que conocía y me coloqué en la cola.

Justo detrás de mí llegó un viejo amigo de adolescencia, desempleado por culpa de reforma laboral, que tantos estragos causó y causa, puesto que ocho años después todavía está vigente. En su juventud siempre fue muy pasota, nunca se preocupó de nada, la última vez que lo vi echaba pestes de Rajoy y de todos los corruptos, también de la reforma laboral.

 Me alegré de verlo, a pesar de no llevar mascarilla, puesta, cosa que en él no me extraño, de joven era el típico adolescente pasota y despreocupado que solo pensaba en el fútbol y en las chicas, con las cuales, he de confesar, tenía más éxito que yo. Directamente fue a estrecharme la mano, y negué, echándome dos pasos para atrás.

—¿Qué pasa, no te alegras de verme? —Me preguntó un tanto perplejo.

—Claro hombre, claro que me alegro de verte, ¿cómo no iba a alegrarme? Pero ya sabes, hay que guardar las distancias y llevar mascarilla —le dije sonriendo, a pesar de que la mascarilla ocultaría mis labios y un poco mi decepción de que él no la llevará.

-Yo solo me la pongo para entrar en las tiendas —me contestó metiéndose la mano al bolsillo y enseñando un trozo de tela de color verde caqui.

—Pues deberías llevarla puesta, siempre que no puedas guardar las distancias. Simón lo explica muy bien...

—¿Yo? ¿Simón? Menudo tarambana. ¿Qué te crees que voy a hacer caso a ese mal peinao, o al Coletas? Eso del virus es mentira. Un invento para imponer la dictadura de los podemitas..., lo que yo te diga…

—Hombre, el virus está suelto… —fui a argumentar, pero no me dejo.

—¿Tú lo has visto? Paco no me seas ingenuo. Todo es mentira, un invento, yo no conozco a nadie que se haya muerto, todo una gran mentira para controlar a la gente, si hasta el director de una universidad ha dicho que en España el gobierno social comunista quiere implantarnos un chip…

Comenzó a echar pestes contra el gobierno, a pesar de que gracias al Ingreso Mínimo Vital,  cobraría más del doble de lo que cobraba antes. Le repliqué al principio, pero después de escuchar tales barbaridades, cosas y otras sobre los emigrantes, además de escupir al aullar a todo volumen, y hacerlo sin mascarilla, ni bozal, preferí cortar la conversación, para evitar que terminase en discusión. 

—Madre mía, que gilipolleces dice la gente… hasta luego —musité moviendo la cabeza de un lado a otro, no valía la pena.

—¿No te habrás enfadado?

—No. Me toca, hasta luego.

—Tu sabes que a mí me gusta decir siempre la verdad…

—Hasta luego.

—Pero, espera…

Y como me tocaba pasar, lo dejé con la palabra en la boca y pasé dentro, al salir entraba él con un bozal verde sucio y banderita al lado. Ni me despedí, ¿Para qué?

En realidad, me dio mucha pena, está parado desde hace seis años. Nunca fue, ni antes ni después a una manifestación para reivindicar sus derechos. Sigue con su cabeza rota de adolescente que solo piensa en el fútbol, sin intentar siquiera pensar en otra cosa que no sea en la alineación de su equipo. Hasta este mes cobraba 426 euros, y ahora gracias a el ingreso mínimo vital, cobrará más de 800. A pesar de lo cual, en las elecciones votará al partido que sigue hablando de la «paguita» con desprecio.  

Recuerdo lo que me dijo cuando le dije que escribía: «menuda tontería, nadie lee, habiendo fútbol menuda tontería, habiendo fútbol, leer es una tontería».

 En fin, la ignorancia tiene consecuencias para todos, no solo para los ignorantes.

©Paco Arenas, autor de Magdalenas sin azúcar



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