martes, 4 de mayo de 2021

Las blasfemias del cura Pedro Pérez (relato dedicado a quienes no podrán votar)

 

Relato  dedicado a todos los ancianos que murieron en las residencias porque alguien decidió que no tenían derecho a asistencia hospitalaria y que por tanto no podrán votar en estas elecciones.

1º Capítulo- La muerte de Miguel Quijano

 

El 23 de abril de 2021, al sur de Castilla, en un lugar de la Mancha, como todos los años desde hace 405, se celebra una misa de réquiem en honor a Miguel de Cervantes Saavedra. Es preciso decir, que a dicha misa, hasta el mismo finado acudía, puesto que tanto Alonso, don Quijote, Sancho, el cura, Pedro Pérez, el barbero Nicolás, el bachiller Carrasco y su autor, llevan desde entonces de generación en generación se reencarnaban adaptándose a los tiempos.

 

Al principio, el autor iba de un lado a otro, como hizo siempre, y el resto, se acomodaron en su lugar de la Mancha, cada uno con sus quehaceres, hasta la última generación, nacida alrededor de los años sesenta del pasado siglo, en que, por culpa del abandono y cruel dejadez de los sucesivos gobiernos españoles, el mundo rural se fue deshabitando, transformando prácticamente toda Castilla en desolado territorio sin futuro.  La despoblación de las zonas rurales resulta dramática, nadie se acuerda del campo, nada más que en vísperas de elecciones. Tanto es así, que ya ni siquiera don Quijote y Sancho viven en ese lugar de la Mancha; aunque, todos tienen casa en su pueblo, al cual regresan siempre que pueden.

 

A esa misa, al principio acudían todos los protagonistas. Por culpa de la pandemia, en el 2020 no se celebró. Sancho, lleva unos años que no pisa la iglesia, como tampoco lo hacía mucho cuando recorría junto a don Quijote, a lomos de sus cabalgaduras las tierras de la Mancha. El antiguo escudero nunca fue muy de iglesia, pero iba.  Ahora, harto de aquel nuevo cura que oficiaba las misas como si estuviera dando un mitin político, hasta en bodas y bautizos se quedaba en la taberna.

 

Tras su última reencarnación, a don Quijote, ahora Alonso Quijano, tampoco le gusta asistir, también por culpa del nuevo cura del lugar de la Mancha; pero, como en la misa de réquiem quien la oficia es su buen amigo Pedro Pérez, siempre acude. No obstante, este año Alonso ha faltado, está muy afectado por cierta noticia que escuchó en el debate electoral. Cierto dato que él no conocía: su padre, Miguel de Cervantes, reencarnado como Miguel Quijano en la persona que estaba en una residencia madrileña, fue encerrado con otros enfermos de Coronavirus en la misma. Dándose tal atrocidad, porque la presidencia de la Comunidad de Madrid ordenó a las residencias, mediante una carta, que no derivaran los pacientes enfermos a los hospitales, y, por tanto, se les dejara morir en los centros geriátricos sin asistencia hospitalaria.

 

 Él pensaba que por su padre se había hecho todo lo humanamente posible, lo engañaron y se siente muy dolido e indignado. Tras el debate recordó que tenía el teléfono de una sobrina del barbero Nicolás, la cual trabajaba en la residencia donde murió su padre.  La llamó y tras los saludos protocolarios, le preguntó:

 

—Lola, quiero que me digas la verdad, ¿es cierto lo que dijeron en el debate de que se mandó una carta para que no fuera trasladado al hospital mi padre?

 

—A ver, Alonso, así como lo dices, no. Nadie nombró a tu padre, nadie dijo que Miguel Quijano no fuese trasladado al hospital, además tu padre estaba bien cuando llego la carta…

 

—O sea, que cuando llegó la carta, ¿mi padre estaba bien?   

 

—Sí, estaba bien, a tu padre nadie lo nombró, ya te lo he dicho. La orden de la presidencia de Madrid fue que no se derivara ningún paciente a los hospitales, que los dejásemos en sus habitaciones encerrados…

 

—¿Y cuando llamé para traerlo a mi casa?

 

—Entonces tu padre ya estaba contagiado, por eso te dijo la directora que no…

 

—¿Pero, tampoco lo llevasteis al hospital?

 

—Cumplimos las órdenes de la Consejería de Salud. A mí no me eches la culpa, que yo solo cobro 800 euros al mes por romperme los riñones, y a pesar de ello, siempre trato a los ancianitos con cariño.  

 

—A ti no te echo la culpa, pobrecita. De la vejez los buitres han hecho un gran negocio, pero lo que más me duele es que encima se rían, se ría esa cuando le preguntaron por el número de los muertos, no lo puedo evitar…

 

La sangre comenzó a hervirle al caballero y las maldiciones que salieron por la boca del buen Alonso, nunca antes se escucharon en sus más de cuatrocientos años de existencia. Solo él sabía quién era aquel anciano que murió en una residencia de Madrid sin atención médica, la reencarnación de Miguel de Cervantes, su padre literario y a su vez, biológico. Posiblemente, ya se habría reencarnado en otro niño, a saber dónde, pues en aquella aldea hacía años que no nacía ninguno. Lo peor de todo, era los sentimientos que aquella noticia le había provocado, el deseo de que aquellos que se reían cuando se hablaba de los muertos, no les pillase más de cerca el dolor.  Y eso le causaba profundo dolor, nunca había deseado el mal a nadie, ni siquiera a ese tipo de personas mezquinas.

 

 

2º Capítulo- El nacimiento de Miguel Cortina

 

Sancho, ya había advertido que no iría a la misa de Réquiem, y en Alonso Quijano después de la conversación con la sobrina del barbero, no tenía el cuerpo para misas, eso a pesar de haber recuperado el humor, porque, el día anterior, la sobrina del barbero lo llamó:

 

—Hola, don Alonso, tengo algo que decirle, que no le dije el otro día…

 

—No me llames así, sabes que don sin din…

 

—Ya. Cojones en latín —lo interrumpió la muchacha riendo —, pero tengo que decirte una cosa. A tu padre lo visitaba dos o tres veces al día, que lo sepas Tu padre, me dijo algo, de esas cosas que decía, que no supe interpretar, sobre la vida y la muerte, y creo que tengo que decirte sus últimas palabras, porque además me dijo que te las dijera.

 

—Lola, ¿qué fue lo que te dijo?

 

— La muerte pelea en mí y me vencerá, pero te digo, Dolores de mi corazón, que yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser para salir de la muerte a buscar la primavera a mitad del mes de abril…

 

— ¡Albricias! —Exclamó Alonso, loco de contento —¿Cuánto hace de eso?

 

—Un año justamente. El mismo día de su muerte…

 

—¿Entonces…? —Dudó Alonso Quijano —A tenido que nacer ya…

—No entiendo, ¿te refieres a mi hijo?

—¿Has tenido un hijo? ¿Pero tú no estabas soltera?

—Y soltera estoy —comenzó titubeando —, bueno, vivo con mi novio, con Miguel Cortina…

—¿Ese no es el hijo de Indalecio, el maestro, que creo que ya fue tu novio?  —Preguntó Alonso.

 

—El mismo que viste y calza, y sí es maestro, como su padre, aunque con los recortes en educación de la Comunidad de Madrid, lo han despedido. Y contra lo que diga la prescindible de Madrid, eso de que puedes cambiar de pareja y no volver a encontrártelo nunca más, yo me lo encontré...


Si esa mujer leyera más, no diría tantas tonterías, para mí que se le suben las cañas a la cabeza y detrás de una tontería, dice otra… —la cortó Alonso Quijano.

 

—Y tanto, eso debe ser. Pues mira que te cuente. Hace tres años que dejamos de ser novios, nos encontrábamos de vez en cuando en las presentaciones literarias del Ateneo.  Retomamos la relación y nos pilló el confinamiento viviendo juntos, y el día 14, nació Miguel en Alcalá de Henares…

 

—O sea, que… ¿ya ha nacido? ¡Extraordinario! —De nuevo se notó la alegría en la voz de Alonso Quijano.

 

—No sé qué tiene eso de extraordinario, es lo que suele suceder cuando no se toman las debidas precauciones…

 

—Piensa un poco, ¿qué te dijo mi padre?

 

—Bien que lo recuerdo: La muerte pelea en mí y me vencerá, pero te digo, Dolores de mi corazón, que yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser para salir de la muerte a buscar la primavera a mitad del mes de abril. Pero, entonces no teníamos pensado tener hijos…

 

—Ya, pero mi padre era un genio, y tu hijo será un genio, ya lo verás…

 

—Y mi novio —le cortó la muchacha —por cierto, le hemos puesto Miguel, como tu padre, y como mi novio.

 

Esta conversación alegro mucho al antiguo caballero don Quijote. Miguel de Cervantes ya se había reencarnado en el hijo de Miguel. 

****

Alonso Llegó antes de hora a casa de Sancho, dispuesto a esperar a Pedro Pérez, el sacerdote. Los tres viven desde hace años el barrio de Vallecas. Mientras que Nicolás, el barbero, ahora es médico cirujano en el Hospital de la Paz. Y Sansón Carrasco, el bachiller, era profesor de la universidad, ahora está preso en Soto del Real, por firmar el máster en la Universidad por presiones de un político corrupto, el cual se ha ido de rositas. Alguien tenía que pagar, y el juez le echó la culpa estaba a sueldo de los políticos en cuestión. no es preciso decir, que los políticos corruptos, después, en la fiesta de la Comunidad ha sido condecorado.

 

Sancho llenó la copa de quien fue el Caballero de la Triste Figura, don Quijote de la Mancha, ahora Alonso, Alonso a secas, ni siquiera el «don» permite el caballero y agradece que su antiguo escudero lo tutee.  El viejo hidalgo aparta la copa, se arrepiente y mira a través del rojo vino con gesto grave. Sancho sonríe y le pregunta:

 

—¿Qué te pasa Alonso, acaso te sentó mal la vacuna, que tan serio estás?

 

—Escucha, si yo te contara —musitó dudando Alonso Quijano, si contarle lo de su padre y lo del nacimiento reencarnado de Miguel Cortina.

 

 Dio un ligero sorbo de vino, percatándose que Sancho no se había servido otra copa, y decidió no contarle nada de momento.

 

 —¿No me acompañas?

 

—Con agua que hace la vista clara, tengo acidez de estómago, uno ya no puede con ciertas cosas; pero, cuenta, amigo mío —, animó Sancho a Alonso, acercándose hasta el alféizar de la ventana donde se encontraba el botijo de arcilla blanca.    

 

—¿No será por el entierro de don Miguel? —Preguntó Alonso, ignorando el apremio de Sancho, animándolo a que contara sus penas. 

—Alonso —echando Sancho un largo trago de agua —¿Qué tonterías dices, después de cuatrocientos cinco años? Lo raro es que no haya venido contigo el cura, le mandé un «guassap» diciéndole que ibas a venir y como es tu vecino. Pero bueno, ¿qué es lo que querías decirme?

 

—¿Y Nicolás? —Preguntó Alonso, extrañado de que no estuviera el barbero.

 

—Ahora vendrá, es quien va a traer el apaño para hacer la caldereta, como su consuegro es pastor. ¿Y el buen cura Pedro Pérez?

 

—¡Uy! Noto cierto retintín. Pedro es buena persona.

 

—Ya lo sé, es del estilo del padre Llanos y del padre Ángel, pero tuve un pequeño tropiezo con él, y ya sabes que me pongo en guardia, pero quiero que venga, tal vez así arreglemos el asunto o dejamos de hablarnos para la eternidad.       

 

 

—Pedro está todavía de misa, yo tampoco he querido ir. Escucha estas breves razones, o tal vez debiera decir sinrazones, y tal vez tenga que ver con tu acidez de estómago, si es que sabes lo que voy a contarte. Conociéndote, que tú bebas agua, habiendo tan buen vino…

 

—Mal me sabe no beber vino, pero visto lo visto, aparte de la acidez, tengo revuelto el estómago, siento náuseas, ya veremos si como. Y sí, me parece que lo que sé lo que me vas a decir, querido Alonso, y es una cosa más de las muchas. Estoy muy resentido, pero mucho…

 

—¿Con Pedro Pérez?

 

—¿Con él? No. Estoy, más que resentido, cabreado, a mi nadie me llama mantenido subvencionado alguien que lleva desde los 27 años viviendo de la sopa boba, y nunca mejor dicho…

 

—¡Acabáramos! —Le cortó Alonso, al ver entrar al cura Pedro Pérez.

 

 

3º Capítulo- El presupuesto del tejado de Sancho

 

En estas entro el cura Pedro Pérez, traía la cara descompuesta. Se quitó la mascarilla y sin llegar a saludar no espero a que Sancho le ofreciera un vaso de vino, directamente cogió la botella y le dio la vuelta a uno de los vasos que se encontraban boca abajo sobre la mesa.  Lo lleno hasta la mitad y, ante los ojos perplejos de Alonso y Sancho, se lo tomó de un trago, llenándolo una segunda vez y repitiendo el acto.

 

—La madre que los parió, luego se darán golpes de pecho esos malnacidos, hijos de Satanás, vergüenza les debería dar decir que son cristianos…, me muerdo la lengua por no blasfemar. Buenos días nos dé Dios —dijo visiblemente alterado, dando un golpe en la mesa con el vaso.

 

—¡Válgame Dios! —Exclamaron a dúo el antiguo escudero y el caballero.

 

—Pues las caras de vosotros están más para un responso que para una boda —contestó el cura observando el rostro de ambos —. Cambiando de tema, este año tampoco habéis acudido misa de réquiem por don Miguel, ni siquiera tú Alonso, que de Sancho no lo espero.

 

—Amigo Pedro, prefiero tu conversación a tus sermones, te repites más que el ajoaceite con salmonelosis —se burló Alonso, echándole la mano sobre el hombro al cura para que se sentará.

 

—Y yo, señor cura —dijo, con maledicencia Sancho, acercándose a la mesa con el botijo, y sentándose en una silla, ya sabe que soy hombre de un solo padre, además no quiero cargas, que usted tiene ya muchos hijos…

 

—Cual ebanista hacedor de ataúdes fabricas el tuyo propio, con esas maldades, sabiendo que mientes —replicó con sarcasmo el cura dando la vuelta al vaso de Sancho, bendiciéndolo —. Sancho amigo, bebe vino que yo te lo bendigo, que el agua te hace decir tonterías.

 

—Ya me está bueno sin bendecir, tengo ardores y prefiero agua. Además, le he echado una pizca de aguardiente; pero sí, mejor vino. En cuanto a lo otro, con caja de madera de pino seco que arda bien, me conformo. Quiero arder y que mis cenizas se esparzan por las viñas, sin recomendaciones ni bendiciones. Pero, aquí no estamos para eso. Nos ha convocado nuestro amigo don Alonso y dudo que sea para que volvamos a deshacer entuertos de los muchos que hay por estos andurriales.

 

—En realidad ha sido nuestro amigo Pedro, el cura aquí presente quien nos ha convocado —señaló don Quijote al sacerdote —. Era de lo que te había comenzado a contar sobre las sinrazones, que a buen seguro te han provocado esa acidez de estómago…

 

—¿De verdad? Agradezco que me des la razón, no sabía que lo supieras, la verdad, y menos don Pedro —se extrañó Sancho, que al sacerdote continuaba tratándolo de usted.

 

—Sancho, amigo, ¿a qué se debe tu acidez de estómago? —Preguntó el cura a Sancho —. Pues me parece que yo no estoy al tanto de lo que te sucede. Pero hablando de todo un poco, el vino está muy bueno, pero con un poco jamón y queso, entraría mejor…

 

—Ahora traigo unas aceitunas, que quien da lo que tiene, no está obligado a más —contestó Sancho levantándose de la mesa y encaminándose a la alhacena con gestos exagerados, riéndose Alonso —.  Con la pandemia la vida en se ha puesto muy complicada para los pobres y encima...

 

Don Quijote le hizo un gesto al sacerdote, moviendo la cabeza de un lado a otro, como diciéndole, «ahora te cuento». Al instante regresó Sancho con un plato de aceitunas. Lo dejó en la mesa y se acercó al aparador, cogiendo un plato vacío y un cucharon.

 

—Ahora bajo unos chorizos, que todavía nos quedan —masculló Sancho de mala gana —. De todos modos, Nicolás está a punto de llegar con el avío.

 

—Pues entonces, no hace falta, no pensaba que estabas tan mal, no te he visto en las colas de la «onege» —musitó el cura, cogiéndolo de la mano.

 

—Pues sí voy a las colas del hambre, aunque más a participar y «Somos Tribu», porque solo el pueblo salva al pueblo —contestó Sancho con aspereza, recalcando lo de las colas del hambre.

 

—No te ofendas, sabes que las puertas de la iglesia las tienes abiertas —le replicó el cura conciliador.

 

—Lo sé, pero usted sabe que no soy de muchas salves, ni tampoco muy de pedir. Vergüenza me da ponerme en la cola del hambre, pero no queda otro remedio ir, y además arrimar el hombro, porque yo voy a arrimar el hombro. Nadie de quienes vamos, ya sea a su «onege» o a «Somos Tribu», nos gusta ni quisiéramos ir. Y me cago en la …

 

—¡Sancho! —Lo amonestó Alonso, señalando al sacerdote.

 

—Sí, mejor me callo. Pero hay que ser muy ser mezquino y miserable para decir que los pobres somos unos mantenidos subvencionados —subió el tono claramente molesto Sancho.  

 

—Llevas razón, querido Sancho, pero no te alteres, nuestro amigo el cura, está tan molesto como tú con ese tema —intervino don Quijote, sin que se aplacará Sancho:

 

—Si somos tan pobres, es porque nos llevan muchos años robando por encima de nuestras posibilidades, ¿o cree usted señor cura que el hospital Zendal ha costado 135 millones?

 

—Ni por asomo, amigo Sancho, es más, dudo de que haya costado ni siquiera 35 o 40 millones, el resto ha ido a los bolsillos de los de siempre —contestó con rotundidad el sacerdote, ante el asombro de Sancho.

 

—¿No me diga eso señor cura? Usted es de derechas… —se burló Sancho —¿en qué se basa?

 

—Muy sencillo. ¿Si tú pides el presupuesto para que te arreglen el tejado de esta casa, que según me dijo Alonso, le has puesto uralita porque no tienes para arreglarlo, creo que antes de la pandemia pediste presupuesto…

 

—Antes de la pandemia tenía para hacer la obra, ahora no es lo prioritario, prefiero pagar la universidad de mis hijos, que bien cara que la pagamos en Madrid, y eso que es la pública, entre Sancho y Teresa, se llevan más de tres mil, y eso que con la pandemia solo van dos horas a la semana…

 

—Es lo que tiene pagar pocos impuestos los que más tienen, que se recorta en sanidad y educación —lo cortó Alonso Quijano.

 

—Pues eso —prosiguió Sancho, ahora en tono burlón —. Pero tenemos la gran libertad de irnos a tomar cañas y emborracharnos hasta las doce de la noche… ¡ah, no! Los pobres no, que somos ciudadanos de segunda y no nos llega ni para pagar las carísimas matriculas universitarias madrileñas ¡manda huevos! Así que agua, que hace la vista clara —terminó suspirando fuerte, con rabia.

 

—No te alteres, que bastante estoy yo —dijo poniéndole la mano en el hombro el sacerdote a Sancho —. Volviendo al tema. Pediste presupuesto, ¿cuánto te pidieron?

 

—Pedí varios, el más barato cinco mil novecientos euros, vamos casi un millón de pesetas, el más caro ocho mil euros —respondió Sancho.

 

—¿Y si no hubiera venido la pandemia habrías pagado más de lo presupuestado? —Le preguntó el sacerdote.

 

—Por supuesto que no. Los presupuestos son cerrados, para eso están los presupuestos, ¿no?

 

—Pues eso, ahí están mis dudas —continuó el sacerdote —. Si el presupuesto eran 45 millones por hacer una nave de polígono, cara nave, ¿dónde fueron los casi cien millones que dicen que pagaron más de lo presupuestado?

 

—Visto los antecedentes, es fácil imaginarlo, ¿no?

 

—Amigo Pedro, eres hombre de poca fe, muy poca fe, para ser un cura ¿cómo dudas? —le recriminó mordaz don Quijote —¿Acaso dudas de tu presidenta?

 

—¿Dudar es poco? Es preciso tener mucha fe para poder a llegar a creer en una persona así o en su capacidad…

 

—Mirar, aquí está Nicolás con el avío para hacer la caldereta —los interrumpió Sancho, señalando para la puerta, por donde entraba Nicolás, el barbero…

 

 

 

4º Capítulo las blasfemias de Pedro Pérez

 

—¡Viva la libertad! ¡Saludos amigos! —Entró casi gritando alegremente Nicolás, el barbero, cargado de bolsas de la compra. Las dejó en el suelo y de inmediato las cogió Sancho para comenzar a preparar la caldereta.

 

—Mira, aquí viene alguien que está contento. Bienvenido amigo Nicolás. ¿Qué buenas nuevas traes? —Saludo preguntando Alonso Quijano, seguido del resto.

 

 —¿Acaso no hay motivos para la alegría? Estamos vivos, aquí en este lugar de la Mancha, sin problemas, con tres quilos de cordero listos para preparar una exquisita caldereta de cordero. Ayuso casi seguro que gana las elecciones. Demos gracias a Dios por ello, ¿no padre?

 

—¿Motivos para la alegría?¡Copón! —Exclamó el cura —Han muerto miles de personas. A Alonso se le ha muerto el padre abandonado en la residencia, Sancho lleva desde 2015 desempleado, trampeando para comer y poder pagar la carrera de sus hijos, y a pesar de ello, ayudando a los demás, Sansón Carrasco haciendo de cabeza de turco para que un delincuente no vaya a la cárcel, esa que me nombra ha recortado en educación y lo que es peor, en Sanidad, en plena pandemia, se han dejado morir a miles de ancianos en residencias por orden de esa persona, y me dice que hay motivos para la alegría, ¿y eso lo dice usted que es médico?

 

—Pero don Pedro, que usted y yo…—dudó el barbero —. Al menos hasta ahora, habíamos pensando lo mismo…

 

—¿Pensado lo mismo? —Preguntó, cada vez más alterado el cura Pedro Pérez.

 

—Claro, los dos somos cristianos y de derechas…, tome usted, padre —dijo Nicolás sacando un sobre electoral de un partido del bolsillo y entregándoselo al sacerdote.

 

El sacerdote cogió el sobre, lo abrió cuidadosamente, como si temiera romperlo, desplegó el papel con gesto grave, meditabundo lo colocó junto al sobre, enseñó el folio a los presentes, por un lado, una palabra y la foto de la candidata, nada más, por la parte trasera totalmente en blanco. Rasgó el papel hasta dejarlo como si fuese confetis, se acercó al fuego, que ya tenía Sancho encendido para preparar la caldereta de cordero.

 

—Yo sí, soy cristiano, tú si vas a votar a lo que te propone este papel en blanco, no lo eres…—dijo absorto el cura Pedro Pérez, mirando a Nicolás.

 

—Padre, ¿cómo puede decir eso? Soy desde hace cuatrocientos años su más fiel feligrés. No hay misa o rosario, que si puedo no acuda a escucharlo, el único que no le ha perdido el respeto…

 

—¿Cuatrocientos años escuchando mis sermones y no has entendido nada? Hasta Sancho que no pisa la Iglesia entiende mejor lo que es ser cristiano que tú, si me das esto. Esto es un cheque en blanco, los políticos hacen propuestas, aquí…  —enojado sacó del bolsillo de su sotana un sobre idéntico al que había quemado —. Aquí no hay nada, nada de nada, ni siquiera calamares de bolsa de supermercado para dar harina en lugar de pescado…

 

—A mí no me meta usted en sus líos —protestó Sancho, interrumpiendo al sacerdote —. Mejor, vamos a ir preparando la caldereta antes de que se quemen los ajos.

 

—¿Eso es lo que te importa tragaldabas? —le increpó Nicolás.

 

—Él por lo menos se pone del lado de las personas decentes, aunque sea una oveja descarriada —defendió y atacó a la vez a Sancho el sacerdote.

 

—¿Querrá decir borrego? —Se burló el barbero, metido a cirujano.

 

Sancho y el sacerdote fueron a protestar, pero, de repente, Alonso comenzó a reír a carcajadas, sin que nadie supiera el motivo, salvo Nicolás, que terminó riendo a carcajadas junto con él, ante la incredulidad del sacerdote y Sancho.

 

—Amigos míos. Haya paz. Nicolás ha querido provocar a Pedro. ¡Cuidado que se queman ajos!  sin saber que él es menos complaciente que ninguno de nosotros con lo que está sucediendo en Madrid. Todos tenemos motivos para desear que cambien las cosas. Pedro es un cura comprometido. Es él quien nos ha convocado —intentó aclarar Alonso Quijano.

 

—O sea, que no va votar a Ayuso, con lo de derechas que es usted —dijo con tono irónico Nicolás.

 

—Mira Nicolasete —comenzó mordaz el cura  —. Te voy a perdonar por el cordero que has traído, pero te diré que yo que nunca blasfemo, hay ocasiones, en este último año, en que siento ganas de blasfemar, de gritar, de maldecir, de echar fuera el veneno que llevo dentro. Cuando escucho, a los mantenidos y no son quienes están en las colas del hambre, sino quienes nunca han dado un palo al agua, que son tan malvados como ineptos, mediocres y corruptos, políticos útiles para nada, hablar de «mantenidos», refiriéndose a los pobres que hacen cola para poder comer, que pasan hambre por culpa de ellos, porque, les han robado por encima de sus posibilidades. Malditos sean esos que roban al pueblo y se llevan el dinero a paraísos fiscales. Cuando veo a los golfos burlándose de los pobres, entonces, yo que nunca blasfemo, siento ganas de blasfemar, de gritar, de maldecir, de desear que el cielo y el infierno existan, para que cambien las tornas, y los mantenidos, quienes viven a costa del pueblo, vivan el infierno que hacen sufrir a los pobres que por culpa de sus saqueos, hacen colas a cambio de una bolsa de comida.  Yo que nunca blasfemo, siendo coherente con mi pensamiento cristiano, siento unas irresistibles ganas de blasfemar, cuando veo pancartas que criminalizan a los niños, por el hecho de ser extranjeros, de otra raza o religión.  Y siento unas irresistibles ganas de blasfemar, y hasta de rezar, no sé a quién, para que el cielo y el infierno exista, y todos los malvados vayan a donde se merecen. Cuando veo la sumisión de los periodistas ante los poderosos, ante reyes eméritos y presuntos preparados, siento ganas de blasfemar. Porque, amigos míos. si Dios existe, y yo presumo de que existe y es realmente bueno, dudo que pueda tener misericordia, por mucho que recen, quienes roban a los pobres, quienes señalan a los niños…

 

—Tranquilice usted y respire —aconsejó Sancho, que ya estaba echando el cordero a la sartén.

 

—Aquí he traído también queso y jamón para ir haciendo boca, comamos y bebamos y el martes todos a votar, por la libertad, por la libertad de verdad, no por la libertad de robar o emborracharse hasta reventar con acento francés —dijo Nicolás sacando unos platos de jamón en tacos y queso manchego.

 

—Llenemos nuestros vasos, tú también Sancho, deja el agua de lado y brindemos por la Libertad, la de verdad —Añadió Alonso, llenando cuatro vasos con vino y llevando uno a Sancho que se encontraba preparando la caldereta.

 

—Pues brindemos por la libertad y la justicia social —aceptó Sancho el vaso de vino que le tendía Alonso.

 

—Sí, mejor, comamos y regresemos a Madrid, para votar por la dignidad de las personas, por todos aquellos que no podrán votar, porque alguien decidió que no tenían derecho a asistencia hospitalaria —se serenó, por fin, el sacerdote.

 

—Votemos por mi padre y nuestro creador, don Miguel. Y no nos olvidemos de nuestro amigo Sansón Carrasco, preso por culpa de los corruptos. Porque es importante levantar las alfombras —dijo Alonso.

 

Alrededor de don Quijote, alzaron todos las los vasos y brindaron por la libertad con la esperanza de recobrar la dignidad de las personas que viven en Madrid y luchan por un mundo mejor.

©Paco Arenas- autor de Magdalenas sin azúcar

 

domingo, 11 de abril de 2021

La libertad, esa de la que usted me habla…


 


Allá por junio del año 1977, doña Clotilde (nombre supuesto) nos reunió a todos los trabajadores del hotel, para hablarnos de la Libertad y de los peligros que entrañaban los nuevos tiempos que se avecinaban. Esperó a que estuviéramos todos los empleados del hotel.  Sobre la mesa varios sobres blancos y de color salmón, parecidos a esos otros que utilizaba a fin de mes para pagarnos el salario. En aquellos tiempos se pagaba con dinero en efectivo.

—¿Sabéis que el miércoles hay elecciones? —Preguntó.

Todos asentimos con la cabeza, tal vez, alguno llegó a musitar un sí, apenas audible.

—Esto de votar —comenzó —, en realidad es una tontería, y a la vez puede traer grandes males a España, a vosotros y a vuestras familias, nos jugamos la libertad de nuestra patria. En España hemos disfrutado de cuarenta años de paz y prosperidad gracias a nuestro Caudillo, sin necesidad de elecciones…

Posiblemente, ninguno de los presentes estábamos de acuerdo con sus palabras, pero nadie dijo nada. Ninguno teníamos esa prosperidad de la que nos hablaba doña Clotilde, a pesar de que, por entonces, nuestras jornadas laborales eran de once a catorce horas diarias, de lunes a domingo, a cambio de un sueldo de miseria. En mi caso, andaba ya con escarceos clandestinos contra la dictadura. No tenía edad para votar, pero la charla era para todos:

—Mirar esta foto —nos dijo, enseñándonos una foto de Mao Zedong con un grupo de sus generales—. ¿Veis estos? Son chinos. Todos visten igual. Imaginar por un momento que os obligan a vestir a todos igual, que no podéis ir al Corte Inglés o Galerías Preciados a compraros la ropa que os dé la gana, horroroso, ¿verdad?

Supongo, que todos asentimos, por no llevar la contraria, aunque, curiosamente todos, salvo ella, vestíamos uniforme, las camareras un horroroso uniforme azul marino, si lo tenían de su talla, era porque se lo habían ajustado ellas. Los camareros con pantalón negro y camisa blanca, con pajarita, los ayudantes de camareros y los cocineros, con una chaquetilla blanca, curiosamente a lo «mao», el botones con un traje gris, con corbata sujeta con goma y gorro, mientras que yo, que era el ayudante de recepción, (ella era la dueña y la recepcionista) vestía un pantalón gris a rayas y camisa blanca, acompañada de una horrorosa corbata a juego con el pantalón. Ninguno de los presentes, comprábamos en el Corte Inglés, ni en Galería Preciados, no porque no nos gustará la ropa de esos grandes almacenes, sino porque el dinero no nos llegaba para poder comprar en ellos. Digamos que teníamos libertad de comprar, pero nos faltaba el dinero para ello, y nuestras ropas de diario, tenían muchos años, algunas con remiendos y a veces a plazos, de segunda mano, (iban pasando del hijo mayor al mediano, y del mediano al pequeño).

—Pues si ganan los comunistas o los socialistas, nos obligaran a vestir a todos igual, como si fuésemos chinos. Olvidaos de comer jamón o queso. Solo podréis comer arroz hervido.  No quiero ni pensarlo. Y estudiar, nuestros hijos, tampoco podrán estudiar lo que quieran, sino que les obligarán a estudiar lo que ellos quieran, los adoctrinaran...

Yo, por aquel entonces, era un rebelde con causa. La rabia me corría por las venas por no haber podido estudiar. Pedrito, el hijo de doña Clotilde, era un crío bastante torpón, un año más joven que yo, caprichoso y todo lo que le apeteciera antes de abrir la boca lo tenía, y sin trabajar. En la escuela, a pesar de tener maestros particulares en todas las asignaturas, apenas rozaba el aprobado, yo tampoco iba muy sobrado, de los 8 a los 9, no tuve plaza en la escuela, y desde los once a los trece, alterné escuela con trabajo; a pesar de lo cual me saqué el equivalente al Graduado Escolar. Sin embargo, él al terminar la EGB, fue al Instituto, y yo, sin terminar la EGB, estaba subiendo maletas por las escaleras del hotel de sus padres. Sí, es cierto, yo tenía la libertad de estudiar lo que me diera la gana, como Pepito, el cual terminó de director de hotel; sin embargo, no tenía dinero para poder pagar esos estudios, ni mi madre se podía permitir ese lujo, ella trabajaba desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche en un restaurante, también por un sueldo de miseria, que apenas nos daba para vivir de alquiler en una habitación con derecho a cocina y baño compartido. Por tanto, ni se me pasaba por la cabeza, la posibilidad de dejar de trabajar para estudiar; además, ¿Cuándo? Si mi jornada duraba de once a catorce horas diarias, y a la media hora de coger un libro, con lo que me gustaba, me quedaba dormido. 

—Y como esto de las elecciones es algo nuevo, para que nos os equivoquéis, os he traído los sobres para votar. No hace falta que los abráis ni nada. No tenéis que hacer nada, solo ir a las escuelas el miércoles y entregar el sobre a quienes están en la urna, eso sí, no os olvidéis el carné, porque de lo contrario no podréis votar. Y esto es muy importante, votar para que España continué siendo un país que viva en paz y libertad…

 

Y nos entregó a cada uno varios sobres blancos y de color sepia, para nosotros y nuestros familiares, y antes de retirarnos, nos enseñó un billete de cinco mil pesetas.

—¡Ah!, muy importante. Si sale don Abel de diputado, a cada uno, os daré mil duros para que os lo podáis gastar como os dé la gana en total libertad. Nuestro futuro, la libertad de España está en vuestras manos. ¡Viva España! Y ¡Viva el Rey! —Terminó gritando.

Poco entusiasmo pusimos en corear sus gritos, por mucho que quisiéramos lo mejor para España. A la mayoría no nos importaba un pimiento el rey y mucho menos esa libertad de la que ella hablaba. Debió adivinarlo, porque, aunque salió sí de diputado Abel Matutes Torres, el cacique de Ibiza, no nos dio las cinco mil pesetas prometidas. Sin embargo, a muchos payeses los subieron en autobuses y con los sobres cerrados, los llevaron a votar a cambio de cinco mil pesetas o por la promesa de favores que nunca recibieron.  Y es que los enemigos de la libertad, no son gentes de fiar, y como se ha demostrado a lo largo de la historia, tampoco honrados.

Puedo asegurar que ninguno de los presentes introdujo ese sobre en la urna, sabíamos que esa libertad de la que nos hablaba doña Clotilde eran las cadenas que sufríamos desde hacía cuarenta años, que esa prosperidad de aquella España, era la prosperidad de los ricos y la miseria de los pobres.

La libertad es otra cosa, es poder con tu trabajo, tener derecho a un techo, a unos estudios para tus hijos, a una asistencia sanitaria, a poder comer todos los días. A trabajar por un sueldo digno que te permita la libertad de cambiar de trabajo sin miedo, a decir lo que quieras o consideres injusto, por miedo al despido….

La libertad, de doña Clotilde, y la libertad de quienes profanan, todavía ahora, su sagrado nombre, no es nuestra libertad, sino, muy al contrario, nuestras cadenas.

Escribió el gran Federico García Lorca:

«En la bandera de la Libertad bordé el amor más grande de mi vida.»

Ojalá, llegue el día en el cual la bandera la Libertad ondee en todos los balcones, como aquel 14 de abril de 1931, y la LIBERTAD sea algo más que una palabra, en los labios de sus enemigos.

©Paco Arenas, 11 de abril de 2021, a un día del 90 aniversario de la proclamación de la II ª República Española.

miércoles, 7 de abril de 2021

Los tropiezos de las mujeres 2ª parte


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Los tropiezos de las mujeres 2ª parte

Días después, un nuevo y joven sacerdote llegó al pueblo a mitad de mañana, el alcalde, como buen anfitrión que era, y lo ansioso que estaba por contarle el recado de don Antonio, decidió ir a recibirlo a la parada del autobús.
—Para que no se pierda el hombre —dijo doña Justa, su esposa en segundas nupcias, a la cual había encargado que preparase una comida de bienvenida:
—Encarga al Sebastián que mate un cabritillo, y prepare chuletillas, a Emilia le dices que saque unos chorizos y prepare atascaburras con mucho bacalao y ajo, no se te olvide unos buenos zarajos, queso curado en romero y también el de manteca, por supuesto, que empiece un pernil de los que tenemos en la cámara, los del lado de la ventana, que están criados con bellotas de la Montesina, que se note lo bien que comemos aquí. ¡Ah! Y el vino del bueno, de la viña del cura y resolí, que no falte resolí y de postre alajú y unas milhojas…
—Celedonio, cariño, que es un cura lo que viene, no la corte cardenalicia del Vaticano, que parece que vas a invitar a la Guardia Suiza…
—¡Quía! Nosotros no tenemos cuartos para llevarlos a Suiza. Pero, sabes una cosa, comemos bien, y la primera impresión es la que cuenta, así que… ¡Viva Cuenca!, ¡copón!
Su esposa jamás lo había visto tan emocionado, no comprendía el motivo. En teoría, era muy religioso, iba todos los domingos y fiestas de guardar a misa; pero, a nadie engañaba. Muy clerical no era, y mucho menos amigo de la moral, que él y todos sus amigos de la cofradía y del consistorio, se pasaban por el arco del triunfo. No pocos eran los domingos que después de misa, a cargo del ayuntamiento, dejaban a sus esposas en casa y él con sus respetables amigos, se marchaban a la capital a comer, para después ir a los toros o el fútbol por la tarde y terminar la noche en casas de chicas de vida alegre.
Todos ellos, eran gentes de orden, por poner algún ejemplo, iban los terratenientes don Manuel, don Jacinto, don Pascual; pero, también con Hipólito, el comerciante don Bautista, su yerno el cabo de la Guardia Civil y Francisco, el veterinario, y hasta incluso, el sacerdote del pueblo de al lado.
Por acortar la historia, iba a misa por costumbre, pero no sabía, en realidad, en qué consistía la moralidad católica, ni mucho menos la doctrina cristiana, la cual no escuchaba, pues se pasaba la misa mirando para la bancada que se encontraba a la izquierda del altar, que era donde se sentaban las mujeres, porque en aquellos tiempos, las mujeres se sentaban a la izquierda del altar y los hombres a la derecha. Y de haber escuchado a un melenudo con barba, con pinta de jipi, eso de «es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos», sin duda lo habría denunciado a la Guardia Civil, que para eso el cabo era su yerno.
Doña Justa, decidió acompañar a su marido, también lo acompañaron su joven cuñada y su hija. Si sólo lo hubiera acompañado su esposa, habría transmitido el recado y se habrían echado unas risas; pero, así, y teniendo en cuenta que irían su hija y su cuñada, no era cuestión.
Durante la comida, el alcalde intentó hablar con el sacerdote a solas, pero fue imposible. Era muy joven, barbilampiño y muy guapo, y las mujeres de la familia acapararon su atención, sin tener oportunidad de quedarse a solas con él, menos, porque al preparar tanta comida, dio aviso a algunos miembros de la Cofradía del Cristo de Los Maciscos.
En los días sucesivos, por mucho que lo intentó, siempre había alguien cerca para impedirlo. Finalmente, se le terminó olvidando, sin que ello supusiera ningún trastorno para la normal convivencia ciudadana, salvo para el joven sacerdote, el cual cada día se inquietaba más por el cariz de ciertas confesiones, las cuales trataban sobre los tropiezos de un reducido grupo de mujeres, precisamente, las esposas de aquellos que de vez en cuando se iban a la capital a calmar sus apetitos sexuales, como hombres que eran y buenos católicos, con toda naturalidad confesaban sus infidelidades, todos menos el alcalde, que como ya he dicho, él era muy católico oficialmente, pero no creía en los curas, ni sabía nada en qué consistía eso de ser católico, incluso, consideraba que ser católico y español eran sinónimos, que era algo como ser castellano o francés. Se burlaba en ocasiones de sus amigos, y hasta bromeaba sobre los sermones cuando llevaba alguna copa de más y don Miguel, el cura del pueblo vecino, los acompañaba, algo más habitual de lo que podría ser recomendable y normal en un sacerdote. A Celedonio le gustaba hacerle rabiar al pobre cura, con un dicho de su abuelo materno, un rojo, al que tuvo que sacar su padre de la cárcel, y con el que pasaba muchas tardes de verano cuando era crío:
—Don Miguel, ¿qué es la misa? Un grupo de ignorantes escuchando a un tunante —solía preguntar y contestar sin esperar respuesta, echándose a reír, exhalando el alcohol sobrante con su aliento.
—Don Celedonio, se condenará a las llamas del infierno por sus palabras y sus actos —le recriminaba el sacerdote —. No debiera tomar a chanza la palabra de Dios, y más siendo un buen cristiano como es usted.
—Don Miguel, ¡copón! que somos amigos. Luego me confieso y usted me perdona, ¿no? —Le preguntaba el alcalde sin dejar de reír ni de beber.
—Sí, Dios perdona todos los pecados, y yo rezaría por su alma; pero, imagine que no le da tiempo a confesarse, imagine, imagine si llega ante san Pedro y lo manda de cabeza al infierno…
—Tendré que ir pensando en confesarme, desde que me casé con mi santa esposa, en segundas nupcias, no me he confesado, y fue con usted, que ya sabía mis pecados, porque a don Antonio, ante ese no me confieso ni borracho…
—Es buen hombre, un poco raro, eso sí. Yo, ya sabe, que no me llevaba mucho con él. Un día, casi llegamos a las manos. Imagine que nos liamos a hostias, dos curas partiéndose los morros. Pero, bueno, dejemos a don Antonio, no hace falta que se confiese, somos amigos, y yo los absuelvo cualquier día sin problemas, Dios me da potestad para eso y para más —contestó el sacerdote, que también llevaba su ración de alcohol.
—Pues ya está tardando, y de paso a mi yerno, que yo lo quiero mucho, ¡viva la Guardia Civil y viva mi yerno, aquí presente! —terminaba gritando y abrazando a su yerno.
—Tampoco es tan fácil la cosa, que no llevo ni la sotana, voy de incognito…
—Ande, no sea borde, y absuelva nuestros pecados a los aquí presentes. ¿No dice que usted tiene potestad? Pues no perdamos el tiempo, y como penitencia nos pone ir al Ciervo Verde, que me han dicho que han traído unas jacas que quitan el sentido —seguía en broma, medio borracho.
—En ese caso… —y don Miguel, con ganas de disfrute, algo más sereno que él, porque era más grande y tenía más aguante, no porque no bebiera como ellos, les hacía ponerse de rodillas a todos y los absolvía y bendecía latín.
— Ego te absolvo in nomine patris et filii et spiritus sancti. Amén.
—¡Viva don Miguel! La salvación de nuestras almas —gritaba alzando la copa don Celedonio, seguido del resto.
—Y ahora a rematar la faena al Ciervo Verde.
No obstante, al viejo cura, nunca lo llevaron de fiesta ni a Cuenca, ni a Madrid o Albacete, era un cura, como decían, raro, que además leía. Mientras que el nuevo, era muy joven; pero no tenían confianza todavía. Parecía, según la conversación tenida aquel primer día de su llegada, un joven viejo, tan serio y tan parco en palabras que daba no sé qué decirle nada.
—Don Miguel, cuando decida confesarme, me voy a su pueblo, con ese cura tampoco me confieso yo —le dijo al cura del pueblo vecino.
Pero las mujeres del pueblo, sí se confesaban con aquel cura tan guapo, educado y elegante, que, hasta la sotana, por su porte, le sentaba bien. Y cada vez, eran más las mujeres que iban, no sólo del pueblo, sino de algunos vecinos, no sólo a escuchar la misa, sino también a confesarse.
Pero, volvamos a meollo de la historia. Al pobre párroco le pilló de improviso el contenido de esas extrañas confesiones. La primera en confesarse fue Consuelo, la hija mayor del alcalde, fruto de su primer matrimonio, mujer de armas tomar, hermosa en todos los sentidos, muy risueña y agradable en el trato y casada con el cabo de la Guardia Civil, Edelmiro González:
—¡Ave María purísima!
—Sin pecado concebida. El Señor esté en tu corazón para que puedas arrepentirte humildemente de tus pecados, ¿Cuánto llevas sin confesarte?
—Dos semanas, desde que se marchó don Antonio, aunque yo me confieso todas las semanas; pero, con usted —dudó la muchacha —, no tengo confianza.
—Tranquila, ya la tendrás, es cuestión de tiempo. ¿De qué te acusas? Dios te escucha.
—He faltado al respeto a mi suegra, y también a la mujer de mi padre, mi madrastra; pero, es que no sabe usted lo mala persona que es…
—Nunca se ha de faltar el respeto a las personas mayores, tu suegra como madre de tu esposo, debes respetarla. En cuanto a la mujer de tu padre es como si fuera tu propia madre…
—Eso ni hablar. Además, es más joven que yo…
—A todos los efectos, es tu madre ante la Iglesia.
—No diga usted eso, no insulte de esa manera a mi madre, que era santa. Mi suegra es insufrible, y la víbora de la mujer de mi padre es todavía mucho peor. Tanto una como la otra son peor que los alacranes…, las odio.
—Hay que saber perdonar, Dios está dispuesto a perdonarte y si no tienes propósito de enmienda, no es preciso que vengas a confesarte. Así que antes de continuar, ¿estás dispuesta a perdonar tanto a tu suegra como a la mujer de tu padre, que debes quererla como a una madre?
Refunfuñando la hija del alcalde, no obstante, asintió con la cabeza, mientras que por lo bajo musitó:
—A buenas horas voy yo a perdonar a esas arpías...
—¿Qué has dicho? —Preguntó el sacerdote, que no creía haber escuchado lo que escuchó.
—Que sí, que las perdono, sí a las dos.
—¿Algo más que confesar?
—Poca cosa, en estas dos semanas he tropezado cuatro veces…, ayer dos veces seguidas.
—Hija mía, eso no es pecado, por Dios y la Virgen Santísima…, pecado es lo otro, odiar, robar, vilipendiar. Pero, tropezar, eso no es pe-ca-do —recalcó el sacerdote la última de las palabras.
Consuelo, ante la inesperada salida del sacerdote, se quedó en blanco, y el pobre cura no le quedó más remedio que recitar los mandamientos de la Ley de Dios, al llegar al sexto, la muchacha asintió, y don Antonio la animó a confesarlos.
—Lo que le he dicho, he tropezado cuatro veces…
El joven sacerdote elevó la vista al cielo, pensando: «Vuelta la borrica al trigo», pero no dijo nada de lo que pensó, simplemente murmuró:
—Mujer de Dios, ya te he dicho que eso no es pecado, si no tienes más pecados que confesar, Ego te absolvo in nomine patris et filii et spiritus sancti. Amen.
La absolvió y le mando tres padrenuestros y tres avemarías de penitencia. Consuelo, muy contenta se marchó a cumplirla, pensando:
—Esto es un cura como Dios manda, y además muy guapo y huele bien...
Lo que dijo después, mejor no mencionarlo; aunque es de suponer.
Parecida circunstancia se dio con otras muy devotas feligresas, pero ninguna tanto como con la joven esposa del alcalde, y con la jovencísima y bella hermana de la misma.
Una docena de mujeres tropezaban más de lo habitual y como el sacerdote les decía que no era pecado, la que tropezaba una vez a la semana, pasaba a tropezar dos o tres, la que tropezaba cuatro, hasta doce veces lo hacía. Viendo el estado de las calles y siendo primavera lluviosa, al sacerdote no le extrañó que tal cosa ocurriera. Así, que en el momento que el joven cura tuvo ocasión, durante la procesión del Corpus, justo cuarenta días después que el viejo sacerdote le dijera al alcalde: «Don Celedonio, quería hablar con usted», el joven párroco le dijo con gesto severo, acercando sus labios al oído del edil:
— Don Celedonio, necesito hablar con usted.
El alcalde al instante recordó el encargo realizado por el viejo cura, y no pudo menos que estallar en una carcajada impresionante, lo cual rompió el silencio de tan ceremonial procesión. El sacerdote contrariado se puso rojo como un tomate.
—Ya sé lo que me va a decir, que las mujeres de este pueblo tropiezan…—dijo sin poder parar de reír a carcajadas el alcalde, casi al oído al sacerdote.
—¿Cómo lo sabe? Aunque, realmente, a nadie debería de extrañar, cualquier día vamos a tener un disgusto, las calles están muy mal, yo mismo tropecé anteayer…
—¿Usted también tropieza?¡No me fastidie! ¡Copón! Perdone padre, perdone, ¿de verdad que usted también tropieza?
—Desde que llegué, por lo menos cinco veces y eso que no llevo zapatos de tacones como las que más tropiezan.
—¿De verdad? ¡Madre del amor hermoso! ¡Copón en Dios! Sí que son modernos los curas del Concilio ese…—y las risas no le dejaron continuar.
—No sé de qué se extraña, entre lo mal que están las calles, sin asfaltar y las lluvias del mes de abril…
—El cura también tropieza como las mujeres, será por las sayas… —casi gritó el alcalde riendo a mandíbula batiente, seguido de otros miembros de la corporación municipal, a los cuales les había confiado el secreto.
—Pues no se ría usted tanto, que su mujer, su hija Consuelo y su cuñada, son las que más tropiezan, y sus mujeres —señalando a los amigos del alcalde —,don Pascual, y no digamos su esposa don Jacinto…—saltó el sorprendido sacerdote, sin poder contener su enojo, por las risas de los miembros del consistorio, por supuesto en aquella época, todo hombres. Aludidos y señaladas, palidecieron, y comenzaron a mostrar su enojo debajo del sagrado palio.
—Si he tropezado es porque tú te has ido de fulanas con mi padre y me tienes desabastecida —recriminó Consuelo, la hija del alcalde a su marido, el cabo de la Guardia Civil.
—Yo he tropezado, sí, cada vez que te has ido a eso del Ciervo Verde, que bien que me enteré —dijo Josefa, la mujer del terrateniente don Jacinto.
Y así, una tras otra, bajo el palio y con las velas encendidas, fueron confesando sus culpas a la vez que acusaban a sus respectivos maridos, y todos señalando al alcalde por bocazas, sin que el sacerdote comprendiera nada.
Don Celedonio, nervioso, sin saber a dónde mirar, ni que, decir, ahora callaba abrumado, pensando en el lío que había montado y que su mujer, su amante y su hija eran quienes más tropezaban. La cosa se complicaba por momentos, hasta el palio bendito corría el riesgo de caer por los suelos. En estas estaban, que el alcalde no se percató del saliente de una piedra, lo cual le hizo tropezar, dando dos traspiés, arrastrando en la caída a su joven cuñada y a la vez amante, que se vio en el suelo espatarrada con las faldas levantadas y con la cabeza del alcalde entre sus piernas.
—¡Por Dios santo y adorado! ¡Silencio y decencia! —Gritó el sacerdote.
Todos lo miraron, guardando silencio, el alcalde y su cuñada desde el suelo, en una posición familiar para ambos, el resto de los asistentes a la procesión miraban escandalizados al sacerdote y a quienes iban bajo palio.
—Se ríe, de la pobre muchacha porque tropieza y usted hocica contra sus partes nobles impúdicamente. Anden, hagan el favor de levantarse, están cometiendo actos obscenos bajo el santo palio… ¡Por Dios y la Virgen! — Gritó a viva voz el sacerdote, ante el asombro de todos, que nunca le habían escuchado alzar la voz.
— Ya sé —continuó —a qué se referían las mujeres. Ellas no son las culpables, puesto que han ido al desquite de las ofensas sufridas por sus lujuriosos maridos, que se gastaban el pan de sus hijos en chicas de vida alegre....
—Eso, diga que sí padre, diga que sí ¡Viva el cura! —Gritó doña Sofía, la esposa de don Jacinto, el presidente de la Cofradía.
—¡Calma, calma! —Intentó apaciguar los ánimos el sacerdote —. No es de mi incumbencia, pero, ya que nadie estamos libre de tropezar, y quién esté libre que tire la primera piedra, vamos a hacer borrón y cuenta nueva ante la sagrada forma. Y con tanta oveja descarriada, es tiempo de perdonar, y ojalá Dios, empareje a cada oveja con su pareja…
No pudo terminar, la irritación se palpaba en el ambiente y alguien le echó la zancadilla, al tiempo que empujaba lo empujaba, por considerarlo culpable. Este, para evitar caer al suelo se agarró donde pudo, que fue a los senos de la bella alcaldesa, palpando partes nunca antes tocadas por sus castas manos. La mujer del alcalde, al ser empujada cayó a su vez al suelo, con el sacerdote tras ella, en posición parecida a la de su hermana, con respecto a su marido. Pero a su vez, como si se tratará de obedecer al sacerdote, estando desatendida tropezó con el marido de su hijastra, el cabo de la Civil, la hijastra con un joven pastor de ovejas que acudía presuroso a echar una mano, y la cuñada del alcalde y hermana de su mujer, con el alcalde y también con el cabo de la guardia civil.
Aquel día del Corpus no terminó en divorcio colectivo porque estaba prohibido, y si nadie durmió en el sofá era porque entonces, en la Mancha, no existían, y las bancas eran de madera dura, pero en cama aparte más de uno.
Cuento incluido en el libro
©Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la Lumbre
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