domingo, 24 de enero de 2021

Guerra racista en mi cuerpo

 

 


Ha estallado la guerra en mi cuerpo:

Mis cabellos, antes negros, emprendieron una batalla contra las canas, que poco a poco, tras fratricidas batallas, van conquistando mi cabeza, mis axilas y hasta las más ocultas zonas de mi blanca epidermis.

Mis brazos morenos, quemados por el sol, se niegan a responder a mi tronco claro, El corazón pide la independencia de manera chantajista, arguye, en su estupidez, que, si él se para, todo deja de funcionar.

En mis pies, mis morenos dedos, con necios argumentos despotrican contra mi blanco empeine, y este se niega a compartir espacio con mis oscuros dedos.

Mis piernas morenas hasta los muslos, niegan tener nada que ver con ellos, negándose a mantener a muslos pálidos. Los muslos, más estúpidos todavía, alegan que son blancos por ser de raza superior, porque así lo quiso Dios.

Las partes ocultas, esas que me daban placer infinito, se niegan a obedecer al cerebro, tal como antaño lo hicieran, pues ahora, sus vellos, todavía negros, reniegan de quien se viste con cabellos tan blancos...

Si las distintas partes de mi cuerpo no se ponen de acuerdo, ¿cómo hemos de ponernos nosotros?

A la vejez, viruelas...

© Paco Arenas

El Quijote boricua —Cuento absurdo ( A don Jaime Flores)

 

El Quijote boricua —Cuento absurdo

 

Don Jaime Flores 

Este relato es un homenaje al profesor Jaime Flores profesor de la Universidad de Puerto Rico, gran cervantista y defensor de la lengua castellana.

 

Tal vez estaban fuera de lugar, No era lógico ni no normal que aquellos dos estuvieran allí, intentando hacer girar las muelas del molino de viento. Nada era casual, sino fruto de unas ideas locas surgidas de cabezas a las cuales no les funciona bien lo que tienen delante del occipital, siendo lógico que las buenas gentes del lugar decidieran poner el asunto en manos de las autoridades competentes, en este caso yendo al cuartel de la Guardia Civil de San Clemente. Llegaron a la garita, siendo la hora de la siesta, y que por allí no pasaba nadie, el guardia encargado de la puerta se había quedado traspuesto. Tocaron, condescendientes con sumo cuidado el cristal; no obstante, el guardia se alteró más de la cuenta:

—¿Qué pasa, ¿quién ha sido? Ahora mismo limpio los cristales… ¿Ustedes que quieren a estas horas? —Terminó despertándose al darse cuenta la presencia de los paisanos que se atrevían a molestarlo a esas horas.

—Queríamos poner una denuncia —dijo uno de los cuatro hombres, quien parecía llevar la iniciativa.

—¿A estás horas? ¿Tan grave es? ¿Han matado a alguien? ¡Copón que son las cuatro de la tarde? Parecen…

Los paisanos se miraron extrañados ante tal batería de preguntas atropelladas. Era la primera vez que iban a poner una denuncia, en aquella comarca nunca pasaba nada, siendo lo más importante acaecido en los últimos años el suceso de un joven madrileño que se perdió en el monte jugando con el «Tamagotchi», buscando «pokemons» o cazando gamusinos, que para el caso es lo mismo.

—Es que ha pasado algo en Pinarejo, en el molino de Pinarejo concretamente —contestó dubitativo, quien llevaba la voz cantante.

—¿No me irán a decir que don Quijote ha vuelto a cargar contra el molino y se ha quedado enganchado en las aspas? —Se burló el guardia —. Si allí sólo quedan cuatro viejos y poco más…

—Pues casi…

—Mejor hablen con el sargento, esperen un poco —cortó el guardia, llamando por el interfono al sargento.

—¿Qué coño quiere a estas horas, Rodolfo? —Se escuchó la voz soñolienta del sargento.

—Cuatro hombres que dicen que ha pasado no sé qué de don Quijote en el molino de Pinarejo…

—¿Rodolfo, sabe que no se puede beber estando de servicio, y menos en la puerta?

—Mi sargento, no es el caso —respondió nervioso el guardia, metiendo el vaso de carajillo detrás del monitor, como si el sargento lo pudiera ver —. ¿Les digo que pasen o que se vayan por donde han venido?

—Dígale que soy Hilario Buendía, me conoce —cortó la conversación uno de los hombres, chaparrete de ojos saltones.

—Ya lo he oído. No sé quién coño es ese Hilario, pero dígales que pasen —se escuchó a través del interfono.

—Pasen ustedes, el sargento los espera.

 

El sargento los recibió sentado detrás de la mesa, tras la pantalla del ordenador, indicándoles con un gesto para que se sentaran en las tres sillas que había disponibles, quedándose el cuarto de pie.

—Siéntense y díganme qué es tan importante como para venir a estas horas, que, con esta calina —comenzó mirando un imaginario reloj de pulsera el sargento —, a las cinco de la tarde sólo salen a la calle los borricos y los turistas, así que ya me dirán.

—Pues eso, decimos nosotros, que el molino es para los turistas, no para moler trigo, ¡ah!, soy Hilario Buendía, fuimos juntos al instituto de la Mota del Cuervo —contestó el llamado Hilario.

—Perdone, no me acuerdo de usted. Por favor, tengo prisa —le cortó el sargento, recordando a su interlocutor —. Si es que tenía que haber pedido otro destino. Todo por hacer caso a la mujer — pensó.

—Alguien debería haber puesto remedio en su momento —intervino quien parecía liderar el grupo —. La culpa es de la alcaldesa que les dio las llaves sin preguntar al consistorio.

—Una locura de personas sin seso, capaces de ponerse por sombrero un orinal cual yelmo de don Quijote —intervino, ahora quien se había quedado de pie.

—Que no era un orinal —lo interrumpió, dándole con el codo uno de sus paisanos en la pierna —era una bacía de barbero, vamos una palangana de toda la vida, para que nos entienda, una zafa…

—¿Qué más da palangana, que zafa o si estaba vacía o llena?, al fin y al cabo, se colocó un bacín de barbero, lo que viene a ser un orinal, ¡Vamos, para aclararnos! —protestó el interrumpido. 

—¡Por favor! ¡Céntrense! —Gritó el sargento exasperado — ¿Cómo va a ser lo mismo una bacía, una palangana y un orinal? Usted no ha leído El Quijote…

—¿Acaso tengo yo pinta de estar majareta? Todo el que lee, termina como don Quijote, o peor, como Paco Arenas…

—Yo leo —le interrumpió el sargento.

—Ya decía yo, ¿qué se puede esperar? Y que conste que yo soy muy de ¡Viva la Guardia Civil!, pero un guardia que lee, no es un guardia como Dios manda!

—¡Calla, calla ignorante! Disculpe sargento, este es un tontaina que no ve «Pasapalabra», ni nada —cortó el tal Hilario. Dejarme a mí, que para eso tengo título y estudié con el señor capitán, perdón, sargento, pero que llegará pronto a capitán seguro —terció por primera vez quien hasta ese momento había permanecido en silencio —. Mire usted, de Paco Arenas era de suponer, como ya ha dicho mi paisano, es el culpable de todo este embrollo. ¿Le hemos dicho que se calló de lo alto del molino viejo?

—Sí —contestó con sequedad el sargento armándose de paciencia, para no explotar.

 —¡Ah bueno! Lo que yo le diga, señor guardia...

—Sargento, soy sargento, ni capitán ni guardia —protestó el sargento de la Guardia Civil, señalando sus galones.

—Perdón, sargento —se disculpó y continuó —. El tal Paco Arenas, mucho seso no tiene desde que se cayó desde lo alto del molino viejo, ¡ah bueno! Que ya se lo había dicho. No es que tuviera mucho antes, que muy espabilado nunca fue. Pero eso, eso lo trastornó aún más de la cuenta. Más de dos horas estuvo sin conocimiento…

—Conocimiento nunca ha tenido, ni mucho juicio. Está él desquiciado desde entonces —entró ahora Zacarías Zenón —. Nunca debería haber sacado a la luz los manuscritos de Teresa Panza, que, si ella los guardó en la cueva del Hermosomío, su razón tendría. Además, debería haberlos entregado a la Universidad, no apropiárselos de esa manera, o al ayuntamiento, lo que es del pueblo, es del pueblo y todos paisanos tenemos derecho a las ganancias, a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar, que mucho predicar y de trigo na de na...

—Señor guardia, bueno señor sargento, por si sirve de algo —dijo paisano, que no quería quedarse callado, bajando la voz y acercando sus labios al oído del sargento de la Guardia Civil, señalando con el dedo al funcionario —, el tal Paco es un poco revoltosete, de cascara amarga, usted ya me entiende, como los del gobierno…

—No, no lo entiendo y ya les he dicho que no estoy para tonterías —se encogió de hombros el sargento un tanto molesto, metiendo prisa a los cuatro paisanos que le habían interrumpido la siesta, en aquel pueblo que nunca pasaba nada.

—¡Copón, cabo!¡No me joda usted! Que esto es algo muy serio, que Paco Arenas quiere hacer la república independiente de Pinarejo, «igualico» que los catalanes… —Protestó el paisano, ante lo para él era algo bastante evidente.

—Sargento, si a usted no le importa —protestó el sargento ante la degradación llevada a cabo a su persona por el pinarejero, con lo que le había costado conseguir los galones de sargento.

—Pues, que es un poco rojo, bueno un poco, es un decir, a veces se mete hasta con el tortas…, perdón, perdón, no me lo tenga en cuenta usted. Me he equivocado de persona, no era eso lo que quería decir…

—Entonces, ¿no es el tal Paco Arenas al que quieren denunciar?

—Sí, sí claro, lo que quiero decirle que habla mal del rey, y esta pulsera con la bandera nacional, no se la pone ni borracho, es rojeras…

—Bueno, pero que no se ponga pulseras, no es delito, estamos en democracia, otra cosa es lo que pueda decir del rey, si injuria a la Corona, eso si es delito ¿qué piensa el tal Paco del rey? Que ya, con tal de que me dejen tranquilo, soy capaz de meterlo entre rejas a él y a ustedes... juntos, ¡Copón! Que ya hasta me hacen hablar mal.

—Pues lo mismo que pensamos todos, que no sirve para nada, y que es un gasto inútil para el Estado…—saltó el primero de los paisanos.

—Perdoné mi sargento —intervino bruscamente Hilario, dándole un codazo tan fuerte a Zacarías Zenón, que lo tiró contra el suelo —, mi paisano no quería decir eso, ninguno de quienes estamos aquí pensamos esas cosas, pensamos y decimos lo mismo que usted sobre el rey. Somos españoles como Dios manda…

—Si piensan lo mismo que yo, tendré que detenerlos por injurias a la Corona, así que vayan sacando sus «deneis», que les aplique la Ley de Seguridad Ciudadana…  

—Pero hombre, si nosotros venimos a denunciar, si somos españoles, muy españoles… —protestó, ahora Hilario, echando mano a la cartera.

—¿Me intentan sobornar? —Preguntó ofendido el sargento de la Guardia Civil.

—No, es para darle el «denei» —se disculpó el que tenía la cartera en la mano y un billete de cincuenta euros, que de inmediato metió en la cartera, sacando el «denei»

—Es igual, con cincuenta euros es suficiente, bueno, mejor cien, cada uno claro, la vida está muy cara…

Los cuatro echaron con disgusto manos a la cartera, Zacarías miro a sus compañeros, sólo tenía veinte euros, como siempre iba de gorra, comenzando a contar con los dedos.

—¿Me dejáis mil duros? Bueno treinta euros, me faltan cinco mil pesetas para la multa…

—Era broma —era broma, dijo echándose a reír el sargento —Lo que ocurre es que no sé qué coño han venido a denunciar. Porque ese Paco Arenas sea rojo o republicano, es legal, otra cosa es que quiera cometer un delito…

—Pues cabo Urbano no pensaba igual, pegaba unas hostias a los rojos más grandes que los panes de la tahona de Pinarejo, menudo era…

—Claro, claro, pero Urbano era un guardia franquista, yo soy demócrata, todos los guardias no somos unos fascistas. Eso era antes. Ahora si me hacen el favor, me dicen que quieren denunciar en el cuartelillo, sin tonterías, de lo contrario les tendré que aplicar con todo rigor la ley mordaza, perdón de Seguridad Ciudadana.

—Pero si esa ley está sólo para meter a los titiriteros y a los cantantes en la cárcel, nosotros somos personas normales y serias, ni siquiera contamos chistes y menos de su caótica majestad, ni del que se ha fugado a los Emiratos Árabes, ni del desaparecido.

—Pues, hasta el momento todo esto me parece un mal chiste, sin gracia ninguna, porque yo estaba tan ricamente echando la siesta y leyendo…

—¿Echando la siesta o leyendo? Aclárese usted a ahora, porque si estaba leyendo, no podía estar echando la siesta.  

—Me han jodido la siesta y la lectura, justo cuando tenía un sueño cojonudo, así que aligeren o llamo a los guardias para que los metan en el calabozo.

—¡Vale, vale! Si al final vamos a tener que ir a hablar con el cura, que es el único que nos entiende.

—Pues vaya a hablar con el cura.

—Se lo decimos con claridad, pensamos que Paco Arenas ha secuestrado a un catedrático de Puerto Rico, y que lo tiene metido en el molino nuevo ¿quién va a buscar ahí?, y lo va a moler para hacer harina de otro costal…

—Váyanse ustedes a tocar los mismos a otro, dicen unas tonterías, el molino ese no muele, no giran ni las aspas, ni las muelas muelen. Donde no hay harina no hay tremolina. ¡Guardias! —llamó el sargento.


Todo comenzó cuando aquel profesor, vestido con guayabera, llegado de la Isla de Borinquén, pisó Pinarejo, sonaron todas las alarmas, más cuando, el susodicho Paco Arenas, alquiló un caballo y un borrico, hablando algo de molinos, de don Quijote y Sancho, de molienda y costales de trigo y harina. Los cuatro paisanos, no fiándose del trastornado de Paco, fueron San Clemente, al cuartelillo de la Guardia Civil, pero el sargento no les hizo ni caso, en nada se parecía al cabo Urbano.

Echados del cuartelillo, fueron a hablar con alguien con influencia de la diputación, al que sí convencieron, el cual quiso llamar a la Embajada de Puerto Rico, por desgracia no existía tal embajada. Lo remitieron a la de EEUU. El chismoso influyente dudó, ya veía a los marines de la Sexta Flota invadiendo la Mancha con Trump a la cabeza. Bueno, al fin y al cabo, a él siempre gustaron las hazañas bélicas, y el presidente de los Estados Unidos, era el loco más peligroso desde que él tenía conocimiento. Llamó, pensando que a él si le harían caso, como persona conocida y de orden que era, a la Benemérita contándoles la misma historia que le habían contado al sargento.

—Un loco ha secuestrado a un profesor americano para atacar los molinos de viento de Iberdrola —dijo lo de «americano» pensando que así haría más fuerza que si decía puertorriqueño, y en cierto modo no mentía. El secuestrador parece que no tiene carne en el esqueleto. Como si los huesos fuesen agujas sin enhebrar, y la sesera se le hubiera secado, a fuerza de darle el aire, y parece que ya comienza a desvariar. Aunque desvariar ya desvariaba antes, desde que se cayó de lo alto del molino viejo, cuando era pequeño y jugaba a hacer el indio, o era don Quijote de la Mancha…—quiso terminar dando un tono un tanto literario a sus elucubraciones.

—Esas tontunas, ya me las han dicho antes cuatro gilipollas, usted, señor diputado, pensaba que tenía algo más de seso. Pero bueno, explíquese.

—Piense quién soy, que puedo llegar a presidente. Así que escuche. Los vieron anteayer, por última vez, vestidos de don Quijote y Sancho en el molino de viento, y ya no se les volvió a ver más, según todos los indicios, Paco Arenas tiene secuestrado al profesor don Jaime Flores.

—Vale, avisaré a mis superiores para que se pongan en contacto con la embajada de los Estados Unidos —contestó el sargento con tono de hastió.

Entonces llegaron cuatro agentes bien trajeados hablando inglés, con el acento meloso de Puerto Rico, los cuales se presentaron como funcionarios de la embajada de EEUU, creando gran alarma social en aquel tranquilo pueblo castellano del norte de la Mancha.

  Ya todo el mundo tenía claro de que algo grave habría ocurrido. Sólo faltaba la Guardia Civil, el reticente sargento, y por supuesto anunciar en todos los noticiarios el secuestro de un profesor puertorriqueño, por parte de un desquiciado que pretendía revivir las aventuras de don Quijote y Sancho, convenciendo al profesor para que hiciese de don Quijote, o lo que era peor, que lo había secuestrado para pedirle su colección de libros del Quijote como rescate, pues eso dijeron en la taberna de la plaza.

Comenzó la búsqueda y por mucho que los buscaban, tanto al manchego como al profesor parecía como si se los hubiera tragado la tierra. Helicópteros y patrullas de rastreo comenzaron a peinar la zona. Hasta que por fin un pastor de la Montesina dijo haber visto un caballo y un borrico atados a una encina y a dos extraterrestres o astronautas intentando abrir un agujero en el muro de la cueva de La Montesina.

—Para entrar dentro —dijo, aclarando que no bebía vino nada más que en las comidas y sólo una gotilla.

—Dos chalados, señores guardias, dos chalados —repetía Hilario Buendía, que ya se veía como el Llanero Solitario —, esa cueva es muy peligrosa, la tapiaron en tiempos de Franco, por lo peligrosa que es.

Raudos, Guardia Civil y funcionarios de la embajada de EEUU se presentaron en la Montesina. Los dos hombres, boricua y manchego, ya habían salido ya de la cueva estaban vestidos todavía con los trajes de seguridad. Las escafandras las habían sustituido por tapones en las fosas nasales, manteniéndose a cierta distancia de la entrada de la cueva. Estaban tranquilos comiendo jamón serrano, queso manchego y bebiendo vino en tragos largos de bota de cuero. Tenían todavía las pruebas del delito al lado, mazas, picos, y tijeras de podar. Todas las zarzas existentes alrededor de la cueva las habían amontonado sobre unas rocas baldías. También derribaron el muro de hormigón, con el cual, más de setenta años antes taponaron la cueva para evitar desgracias. Se les notaba cansados, es por ello que estaban reponiendo fuerzas.

Los guardias tomaron posiciones sin mucho convencimiento, tenían orden de que obedeciesen a los funcionarios de la embajada.  Estos se dirigieron directamente al profesor Flores.

Now you are safe Míster Flores —dijo un funcionario en inglés con meloso acento de Puerto Rico, que enojó al profesor.

—Ya vienen a jeringar.  Para usted, soy señor.  Soy boricua…—replicó el profesor.

—Míster Flores, profesor, es ciudadano de Estados Unidos. Debemos protegerle…—bajando el tono—. Esta gente es peligrosa, cafres y atorrantes…

—Ustedes sí que son cafres…—replicó el profesor.

Paco fue a decir algo, pero de inmediato los guardias le apuntaron con sus pistolas y calló de inmediato.

—Iba a ofrecerles un trago de vino —se disculpó, mostrando la bota en una mano y el pan con el jamón y la navaja en otra.

—Suelta lo que tienes en la mano, tíralo al suelo —ordenó uno de los guardias.

Paco soltó la navaja, pero no la bota, ni el pan, ni mucho menos el jamón. Uno de los guardias se lo arrebató de un manotazo, tirándolo al suelo.

—Eso es resistencia a la autoridad —le increpó el guardia con severidad, mientras Paco, asustado, se encogía de hombros —tendremos que aplicarle la ley mordaza.

—¿Está usted bien? Preguntó otro funcionario al profesor, casi lanzándose sobre él, supuestamente para protegerlo.

— ¡Por Dios! ¿Cómo no estar bien?, si estoy comiendo el mejor jamón, el mejor queso y bebiendo el más delicioso vino, sentado en la misma piedra que lo hiciera Don Quijote.

El funcionario lo miró con estupefacción, no podía creerlo, la información era precisa, el profesor, también estaba trastornado como don Quijote. «¡Qué malo es leer! La gente que lee se vuelve estúpida». Naturalmente no dijo eso:

—No es lo que nosotros tenemos entendido, así que, sintiéndolo mucho, debe venir con nosotros…

—De ninguna de las maneras. Ustedes me dejan abochornado, tratándome como si estuviese ajumado—. replicó con autoridad el profesor.

—Míster Flores. Estamos para ayudarle, piense en su esposa e hijos…

—Juanita está al tanto, mis hijos, me quieren tanto, que no comprenden que estoy hecho un jovenzuelo…

Mientras tanto la Guardia Civil comenzaba a abrir diligencias sobre la apertura de la cueva, como ya he dicho antes tapiada con bloques de hormigón más de setenta años antes, tras desaparecer varias personas en ella.

— ¿Por qué has abierto la entrada de la cueva? ¿Acaso no sabes que está prohibido desde 1956?

—¡Uy, ni había nacido? Tengo los permisos de la diputación y hemos pedido permiso a la alcaldesa —respondió Paco, primero en broma, después en serio al ver la cara de enojo del guardia —, además, está llena de monedas de oro y plata, señalando una bolsa de lona y vaciándola en una caja de cartón que tenían al lado.

— ¿Las habéis robado? —Preguntó el guardia con ojos que reflejaban a un tiempo curiosidad y codicia al ver que la bolsa estaba llena de monedas de oro y plata.

— No. No somos ladrones. La hemos abierto a la espera de que lleguen los especialistas —respondió Paco.

— ¿Hay más? ¿Se ven? —Preguntó otro de los guardias. 

—Algunas, bueno, bastantes. Se ven, ducados de oro, escudos reales, también maravedíes; pero no debemos bajar porque...—comenzó Paco.

—¿Eso quién lo dice, tú? —Preguntó el guardia que había tirado el pan y el jamón al suelo.

Paco se encogió de hombros, prefería no discutir con el guardia estando la Ley mordaza vigente.

—Son manchegos... ¿Ustedes habrán leído el Quijote? —Preguntó el profesor —. Saben lo que le pasó a don Quijote cuando bajó a la cueva de Los Montesinos...

Los guardias y los funcionarios miraron al profesor como si este estuviera loco de remate.

—¿Quién va a ser tan tonto de leer esas cosas, mejor el Marca o el As habiendo fútbol y toros? ¿Estamos locos acaso? —replicó el cabo de la Guardia civil, al mando, el sargento no quiso saber nada del asunto —¿Pero hay tesoro o no hay tesoro?

—Sí, monedas, muchas monedas, pero como les dice el profesor, recuerden lo que le ocurrió a don Quijote en la cueva de Los Montesinos..., además, hay que esperar a que lleguen los especialistas de la diputación y del Ministerio de Cultura...

—Hombre, eso lo tendremos que decidir nosotros, que para eso somos la autoridad —replicó el cabo.

—Mi cabo, se ven las monedas desde aquí —dijo uno de los guardias, señalando con una linterna al interior de la cueva, dos o tres sacos llenos de monedas de oro, brillan en la oscuridad.

 Antes de que terminase, varios guardias estaban en la abertura de la cueva, y comenzaban el descenso.

—Lean, lean, que no les ciegue la codicia —les advirtió el profesor.

—Ya leemos el Marca y el As, El Mundo, La Razón y Libertad Digital, bueno los titulares —dijo un guardia echándose a reír.

— Que lea —dijo otro—.  Menudo par de imbéciles.  Como si no tuviéramos otras cosas importantes que hacer...

 Guardias y funcionarios americanos comenzaron el descenso, a unos y otros le increpaba el profesor Flores muy educadamente:

—No bajen, es muy peligroso, no sean avariciosos...

—Esto está lleno de monedas, parecen de oro de verdad, mirar —se escuchó la voz de uno al tiempo que varias monedas salían volando a la superficie.

Paco, aprovechando que el guardia que lo vigilaba ya no estaba pendiente de él, sacó el móvil y comenzó a marcar. De inmediato un guardia le arrebató el celular.

—¿Necesitas dos hostias o qué?  —Preguntó.

—No, sólo dos o tres ambulancias para sus compañeros —contestó tranquilamente Paco, mientras al otro lado de la línea, se escuchaba la voz de la operadora «doscientos doce de emergencias, dígame», el guardia miró hacía la entrada de la cueva, se acercó y vio como uno detrás de otro, guardias y funcionarios americanos iban cayendo en un profundo sueño.[1]

—Por favor, señor guardia, dígales que vengan con escafandras de máxima seguridad.

El guardia nervioso era incapaz de articular palabra, así que Paco arrebató el celular al guardia y explicó la situación.

Por suerte llegaron a tiempo los servicios de emergencias instalados en Honrubia, menos mal que finalmente no los quitaron, como pretendía Dolores de Cospedal.

  Una vez todo aclarado, Paco en el papel de Sancho y don Jaime, en el de Quijote boricua, sobre caballo y borrico, sin adarga ni lanza, pero con vino, queso y jamón, emprendieron su camino, para continuar el recorrido gastronómico cultural por tierras de la Mancha, a conocer todos los molinos y rincones por los que anduvieron don Quijote y Sancho, comenzando por la Posada Real de Santa María, donde Julián García, y otra vez García, ganador de dos primeros premios a la mejor paella del mundo, les tenía preparada una.

 

 

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar…[2]



[1] En la cueva de Los Montesinos, Don Quijote se quedó profundamente dormido posiblemente por los gases que emanan del interior de la tierra.

[2] León Felipe

MIS OTROS LIBROS:
MAGDALENAS SIN AZÚCAR
LOS MANUSCRITOS DE TERESA PANZA
CARICIAS ROTAS

sábado, 23 de enero de 2021

EL SHERIFF-La historia de un lugar al oeste en ninguna parte (Reseña)

EL SHERIFF-La historia de un lugar al oeste en ninguna parte 

Autor: Jordi Hortelano.

Sinopsis 

Está a punto de entrar a un lugar que guarda una historia diferente, con personajes extraños y acontecimientos absurdos. En cuanto acceda se va a sentir perdido, igual que el personaje, no va a entender casi nada. Pero a medida que vaya avanzando se le van a ir abriendo puertas inesperadas que irán aportando luz al argumento. Va a ir desenvolviendo una caja llena de sorpresas con todos los elementos que espera encontrar en una novela. Humor, intriga, amor, miedo, desconcierto, odio, amistad etc. Se adentrará en una vorágine de acontecimientos que explotarán en el momento en el que el personaje empiece a descubrir quiénes son los habitantes del lugar al que llega y cuáles son sus intenciones.

Encontrará en ella un tipo de narración inusual, pero mi intención es que no lea algo que haya visto en anteriores ocasiones.

Este libro empezó queriendo ser una novela corta de humor, pero a medida que fui escribiéndola me vi arrastrado por hechos y personajes que me llevaron a lo que está a punto de descubrir.

No se fíe de lo que va a ver al principio de la historia. Puede ser tan solo un escaparate, el envoltorio de un paquete extraño, una fachada cuyo interior esconde algo inimaginable. Todo puede ser. Nada puede ser.

Camine despacio y esté alerta. En cualquier momento y desde cualquier lugar puede aparecer algo que cambie por completo el devenir de esta historia.

Mi pretensión es que se tope con situaciones desconocidas y fuera de lo común y que vaya desentrañando el misterio que hay detrás de todo. De lo que estoy seguro es de que no ha leído nada igual. Ya me dirá.


Página del autor: Jordi Hortelano



👉Reseña👈 

 

Pues te digo...

¡Copón con Jordi!

Hace unos días decidí hacer un alto en el camino, dejar de enredarme en las redes, por diversas razones, que no vienen a cuento. Una de ellas, no haber leído todo lo deseado durante el 2020, empeñado en escribir como si no hubiera un mañana. Siendo que la lectura es el principal ingrediente de la escritura, mal esta, relegar más de la cuenta mi principal vicio, la lectura, acumulando unos cuantos «pendientes» en el joyero, pues de eso se trata de joyas pendientes de leer:

Aclarar que nunca me gustaron las películas del Oeste. Por tanto, no es de extrañar que, cuando vi el título, lo primero que pensé fue:

 ¿A qué loco se le ocurre escribir novelas del Oeste a estas alturas?

Escuché hablar por primera vez de Jordi en una entrevista a Soledad Palao, ¿quién es ese mago de las letras? Pensé, y de inmediato quise saber de él. Leí cosas muy interesantes que me gustaron mucho, pero, «EL SHERIFF-Un lugar al oeste en ninguna parte» … ¡Uff!

Al llegar a mis manos, le eché un vistazo por encima, tenía y tengo otros libros, que sé que me van a encantar con total seguridad. No obstante, después de las primeras páginas, conforme iba leyendo, me di cuenta de que realmente hay que estar muy loco o ser un genio, para escribir una novela así. A la semana cogí la novela, necesitando pararme para tomar aliento y «queriendo recuperar el tiempo perdido, sin ni siquiera detenerse a saborear la magdalena de Proust», reiniciar la lectura con un ritmo frenético, con el absurdo afán de terminar un libro que nunca quisiera que terminase.

En esta novela del lejano «Oeste», escrita por un catalán manchego, hay referencias muy cercanas al corazón de las tierras del sur de Castilla por el que cabalgó el caballero de la triste figura, disculpas pido al autor por plagiar en esta reseña, un pequeño extracto muy manchego de un   dialogo de su maravillosamente absurda novela:

«Bota de vino viene, bota de vino va, que si una miaja de zurra, que si un resolí…»

¿Cuántos recuerdos llegan a la cabeza de este exiliado del arado con ese pequeño extracto? Mas, disculpen vuestras mercedes, no es de mis añoranzas manchegas de lo que hemos venido a hablar, ni del buen vino, en zurra o sólo, tampoco del resolí tan apreciado en Cuenca, sino de la novela de Jordi Hortelano, así que Paco, a la faena que oveja que bala pierde bocado.  

Antes he dicho que era una novela absurda, ¡Copón! ¡Por favor! ¿Se puede llamar una novela absurda a algo que consigue todos los objetivos de una novela, la cual, entre sonrisa y risa, y a veces carcajada, te hace pensar, reflexionar, y además lo logra con una originalidad que no deja de sorprender?  Uno termina al contrario que le ocurre a Gloria, en la novela,  en lugar de encendida en llama candente, con la sensación de estar en la gloria, en esas glorias radiantes que te calientan los pies y te reconfortan el cuerpo en las frías noches de invierno conquenses.

He disfrutado, y mucho con mi primera novela del Oeste, llegando a la conclusión, de que una de dos, o este Jordi está mal de la azotea, o es un genio, la verdad, con la mano en el corazón, me inclino por lo segundo. Además, ¿quién soy yo para cuestionar la azotea de nadie, si desde que me caí del molino, no carburo muy allá.

Jordi, joder tío, te lo digo en serio, si te pillan las grandes editoriales, te va a caer un marrón que flipas, vas a tener que escribir también para ellos, como se enteren vas a flipar en colores. 

Mi más sincera enhorabuena. Gracias por estos ratos.

Paco Arenas 23 de enero de 2021

Puedes comprar la novela directamente a su autor, pinchando en el siguiente enlace:

Jordi Hortelano-Escritor

Novela disponible en Amazon 

jueves, 14 de enero de 2021

Días de invierno antes de la escuela en la Mancha

 



Chimeneas de blancos humos llenan el horizonte de mis recuerdos.

Silencio roto por las campanadas del reloj en la noche callada, y los gallos de madrugada que cantan sin pedirle permiso a la alborada.

Campesinos como leones de azabache, poseídos por el ansia de la vida no esperan que el sol les pille en la cama y que cuando el gallo canta, ya están en la besana.

Chiquillos que se desperezan esperando que suene la última campanada para abandonar las sábanas. Y al levantarse, miran por la ventana, por si Dios quisiera que la nieve impidiera tener que ir a la escuela, mala suerte la de ellos, que sólo llueve en domingo.

La escuela espera:

—Tómate el tazón de leche de cabra, sin derramar una gota, que no hay más.

—Si va a llover.

—Si no cantas, no.

—Pues canto y si llueve no voy.

—Date prisa y no te olvides el tronco para el maestro, que, si no lo llevas, no pasas a la escuela y tienes que volver.

—¡Bueno, pues pierdo escuela!

—Si pierdes la escuela no vas a necesitar ceporro para calentarte, que la zapatilla tengo bien dispuesta.

—Si hoy es fiesta de guardar.

—¿Fiesta? ¿Cuál, que no me he enterao?

—Santo Tomás de Aquino.

—Pues eso, de aquí no.  

Pescozón, tronco y  “pa” la escuela cabezón, que además me he enterao que es el cumpleaños de la maestra y os va invitar a almorzar.

El chiquillo con el pescuezo caliente y la cabeza gacha, corre con el tronco en la mano fría, sin entretenerse ni una mieja.

Alrededor de la sartén, de gachas, se sientan chiquillos y mayores, un poco de pimiento en vinagre, si pica mejor, que quita el frío.

Veloz con la mano, rápido con la boca.

—¡Me quemao la lengua!

—Eso por espabilao y ansias, ¡so zoquete!

—Un zoquete de pan, no vendría mal, que aunque esté duro, tengo buenos dientes...

—Anda toma un trago de vino y calla, que no se te quite la gana y  se enfríen los quemaos.

Paco Arenas, sus libros y relatos...


viernes, 1 de enero de 2021

Uno de enero

 


Fue el uno de enero de hace muchos años el día que supe que debía mirar siempre donde pisaba.

Aquel día, Pinarejo presentaba un resplandeciente manto blanco de nieve esponjosa, bajo la cual se escondía traicionera una capa de hielo de un grosor respetable, oculto por los incesantes copos que caían livianos, cual plumón de pichón bailando en el aire con gracia.     

Yo, ahora charlatán de feria, por entonces, era un retraído adolescente que soñaba con amores imposibles al otro lado de las infranqueables fronteras de mi timidez. Amores de esos que leía en los libros, los cuales me llenaban el cerebro de fantasías. Fantasías que nada tenían con la realidad palpable a simple vista por cualquier observador, y lo que era peor, observadora.  En esas imaginaciones, yo era dicharachero y locuaz como ningún otro chaval de mi edad.  Sin embargo, eran sólo eso vanas quimeras de un apocado adolescente vestido de estreno que no tenía la menor posibilidad de resbalar entre los deslizantes labios de una muchacha en flor. Tampoco tenía la posibilidad de ser rechazado por ninguna, porque no tenía el valor para hacerles la propuesta necesaria o casual. No es que fuese un tema que me preocupase en demasía, yo era feliz, en mis castos inviernos, con mis fantasías invernales y mis amores literarios, de muchachas que se abrían dóciles y consentidoras, desnudando sus cuerpos en cada una de sus páginas a mis deseos platónicos y no siempre inocentes. mientras que en el verano, en Ibiza, disfrutaba de abrazos y besos dados por labios escandinavos o arios, para los cuales no eran necesarias las palabras y siendo que eran ellas las cazadoras de adolescentes latinos, no era preciso que yo despegase los labios para recibir sus besos y caricias.

 

Sí, era el día de Año Nuevo, y mi madre me había puesto de punta en blanco, con ropa «de vestir», porque en aquellos tiempos teníamos ropa de vestir, de diario y de trabajo.  Salí a cuerpo gentil con un jersey de lana, blanco como la nieve, debajo del cual llevaba una camisa una gruesa camiseta de felpa de manga larga y unos pantalones de tergal azul marino y zapatos a estrenar, como todo. Hacía frío, pero no quise ponerme mi chaqueta negra de cuero, con la pegatina del Che Guevara, para que se viese que iba de punta en blanco, a ver si así, como ocurría en verano, eran las chicas quienes se acercaban a mí.

Yo vivía en la casa donde nací, en el mirador de la Divina Pastora, desde donde se divisa, a pesar en el centro del pueblo, los campos de Castilla, y en el cerro de las eras, el viejo molino harinero.  El Mirador se encuentra en una pequeña plaza, a la cual dan sólo dos casas, una de ellas la mía, la plaza, entonces, tenía dos posibles salidas, la normal a una calle, y unas escaleras cavadas en la tierra por mi padre, y que, desde su muerte, diez años antes, nadie había retocado. Mi madre me lo advirtió:

—Paco, da la vuelta por la calle, no bajes por las escaleras, que con la nieve resbalan.

Sin embargo, entre mis virtudes, de entonces y de ahora, estaba la tozudez, y era más cabezón que tímido, y eso que era difícil. Recto y con mirada al frente, comencé a bajar los primeros escalones. En una ventana, tras los cristales con vaho descubrí una muchacha vistiéndose con parsimonia, mirando para la calle, la pude ver, o creí verla, acercarse a la ventana, desnuda sonriente. Fija en su silueta, seguí bajando escalones

Nunca sospeché que podría llegar a caerme, pero contra todos mis pronósticos, con mi cara de bobo, embelesado por lo que se adivinaba más que se veía, lo hice, y patiné veinte escalones como si en lugar de peldaños se tratase de un tobogán.  Fue tal el resbalón que me pegué, que cuando mi trasero llegó veloz a la calle Cantarranas, mi pantalón y mi jersey habían cambiado de color y los cachetes del culo me ardían tanto como me dolían.

 Rápido y veloz me levante, mirando a todos lados, escrutando todas las ventanas por si ella, o alguien me había visto.  Todas las ventanas estaban cerradas o al menos eso me pareció a mí, aunque en la ventana que ella estaba, habían quedado marcadas sus manos, sus labios y dos redondeces a la altura de sus pechos, y si bien no la vi, si la escuché reír a carcajada limpia.

Lo más rápido que pude, subí por donde debía haber bajado, por la calle Divina Pastora.  Me cambié, herido en mi orgullo, por otra ropa de domingo, que no era nueva, me puse mi chaqueta con la pegatina del Che Guevara, y me fui a la plaza de Pinarejo; pero, ahora por el camino seguro, bajando por la calle buscando bien no resbalar.

 

Aparte de mi madre, y esa muchacha, que debía de ser forastera, nadie supo de lo sucedido; pero aquella noche soñé que mi caída era contemplada desde todas las ventanas por las chicas del pueblo, riéndose de mis torpezas y miedos, para vergüenza mía. Mientras las veía danzar en mi imaginación, pensando en esos pechos contra el cristal, sonaban en mi cerebro estos versos de Pablo Neruda:

 

Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte

la leche de los senos como de un manantial,

por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte

en la risa de oro y la voz de cristal.

Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos

y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,

porque tu ser pasara sin pena al lado mío

y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-.

 

 

 

Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría

amarte, amarte como nadie supo jamás!

Morir y todavía

amarte más.

Y todavía

amarte más

y más.

 

Paco Arenas 1 de enero de 2012


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