sábado, 24 de febrero de 2018

Entrevista de trabajo(un caso real)

La verdad sale del pozo (1898), Édouard debat-Ponsan


Este relato real como la vida misma, tuvo lugar en un país de nombre Cleptolandia,[1] donde el latrocinio por parte de los gobernantes es generalizado y donde la verdad se oculta tras burdos eufemismos.  Afortunadamente en España estas cosas no suceden, tenemos una ley laboral justa y avanzada, nuestros gobernantes y todas las instituciones del Estado, y las empresas, son un ejemplo de eficacia, honradez y dedicación a los ciudadanos, y, sobre todo, España es una país socialmente avanzado y muy democrático, no hay peligro de que estos abusos se lleven a cabo.


A continuación, el relato:

Mientras corta una cebolla Marta llora, y no es por la cebolla. Una carrera, dos masters y un sinfín de cursos y cursillos para enfrentarse a la desolación.  Le queman las palabras, la vida cotidiana, el a sus veinticuatro años sentir que tanto sacrificio no ha servido de nada. Quisiera huir de este país al que un día quiso o creyó sentirse orgullosa de pertenecer. Le sonaba como algo lejano eso que decían que los gobernantes habían robado por encima de las posibilidades del pueblo, aunque ellos dijesen que había sido el pueblo quien había vivido por encima de sus posibilidades.

Marta, echa la cebolla al aceite, está cabreada consigo misma, unas gotas de aceite caliente la saltan sobre el envés de la mano, cierra los ojos de dolor, y de inmediato pone la mano sobre el frío manar del grifo. No le duelen las quemaduras, no siente el frescor del agua, todavía tiene en mente la última entrevista de trabajo.

Tanto estudiar, tantos trabajos de becaria, ¿para qué? ¿para coger formación? Ahora comprende a su padre cuando le decía que la reforma laboral era una reforma criminal contra la gente honrada.  Estando todavía en la Universidad estuvo de becaria seis meses, trabajando como una más. Contenta, estaba aprendiendo, trabajando ocho, nueve horas y días de diez horas, no por un mísero jornal, gratis, por la comida, que hasta el transporte se tenía que pagar.

Después realizó dos masters, y multitud de cursillos.

Pago por un master, seis meses de becaria, pagar por trabajar…

—Así cojo experiencia.

Así comenzó a caminar por la calle de la frustración, de trabajo en trabajo, tampoco muchos, porque al terminar de trabajar, gratis, otro becario o becaria ocupaba su lugar. En las entrevistas de trabajo pronto decían:

—Estás sobre cualificada, ¿querrás cobrar?  Lo siento, queremos personas con las que podamos firmar convenio con la universidad…

Así una y otra vez. Se había transformado en una viajera ausente de sí misma, camino de un exilio en otros países: Inglaterra, Alemania…, cualquier sitio menos en España, donde la esperanza estaba secuestrada.

Se secó las manos, untó pomada contra las quemaduras.

—Las quemaduras es lo que menos escuecen —murmuro con rabia recordando la última entrevista:

—¿Cuántos años tienes?

—Veinticuatro.

—Pareces más joven. No sé —le dijo el  entrevistador mirándola con descaro.

—Tengo veinticuatro —insistió molesta.

—No, sí ya lo veo, ya lo veo. Eres muy guapa, supongo que tendrás pareja, novio…

—Vengo por el trabajo —cortó al entrevistador.


—Ya, ya. Pero es importante para la empresa saber esas cosas, por si te piensas quedar embarazada y tener hijos…es que, sabes, ya tienes una edad. No sé si te interesa este trabajo…—respondió altanero el entrevistador, dándose cuenta de que aquella muchacha tenía las cosas claras y no iba a entrar en su juego.

—Dígame las condiciones y ya le diré si me interesa o no el trabajo.

—No te interesan, ya te digo que no te interesan. Carrera, dos masters, inglés fluido…experiencia en el sector…

—Es lo que piden ¿no? En la convocatoria decían eso, persona cualificada…

—Sí, sí claro, pero vamos a ver, tienes casi veinticinco años, ¿querrás cobrar más de trescientos euros?

—¿Trescientos?

—Sí. Aquí lo hacemos de la siguiente manera. Seis meses de becaria o becario, a trescientos euros, si no tienes convenio con la Universidad, te podemos ofrecer un master por el que pagarías setecientos euros al mes, tendrías que pagar solo cuatrocientos. Eso sí, a los seis meses, te haríamos un contrato en prácticas de un año, cobrando setecientos euros al mes…

Marta dudo, quiso saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar aquel malnacido.
—Bien. ¿Cuántas horas tendría que trabajar?

—¿Te interesa?

—Dígame más.

—Serían seis horas de jornada laboral, más tres o cuatro horas del master, total trabajarías unas diez horas diarias, solo pagando cuatrocientos euros al mes…

—Y luego, cobraría setecientos euros al mes durante un año. ¿Y después del año?

—Después del año, ya veríamos, si nos interesases cobrarías como una persona normal…
—¿Sí les interesase?  En año y medio podrían comprobar bien si les intereso o no ¿no?

—Debes pensar que no somos una ONG, sino una empresa. Si por el mismo trabajo podemos pagar setecientos no vamos a pagar mil cuatrocientos…sería estúpido por nuestra parte… ¿Te interesa?

Marta dudó si mandarlo a la mierda o no. Se levantó y recordó una frase que alguien escribió:

«Cuando los ladrones gobiernan, ser honrado es un delito»

Salió y miró a dos docenas de chicos y chicas esperando para ser entrevistados.

Al llegar a su casa, mientras preparaba los espaguetis con cebolla y tomate, una política que nunca había dado un palo al agua y que cobraba siete mil euros al mes por jugar al Candy Crash, vaguear y dormir la siesta en el Congreso de los diputados aconsejaba a los jóvenes que ahorrasen dos eurillos al mes para su jubilación…

La cebolla no es lo que le hizo llorar, las quemaduras no fue lo que más le escoció, fue pensar que:
«Cuando los ladrones gobiernan, ser honrado es un delito»

©Paco Arenas
©Lágrimas secas

Pintura La verdad sale del pozo (1898), Édouard debat-Ponsan




[1] País de los ladrones.

martes, 20 de febrero de 2018

El accidente de sa Talaia de San Josep (Eivissa) 7 de enero de 1972





El día 7 de enero quedará para siempre en mi memoria, ese día tuvo lugar mi segundo nacimiento fruto de mi cabezonería y la trágica muerte de 104 personas, que podían haber sido 108, si yo hubiese sido menos cabezón y tres hinchas ibicencos del F.C.  Barcelona no se hubiesen emborrachado por la victoria de este equipo contra el Real Madrid, y ebrios perdiesen el avión quedándose en tierra,  en el aeropuerto de Valencia donde el avión  Caravelle EC-ATV de Iberia había realizado una escala procedente de Madrid.


Como todos los años, durante las vacaciones de Navidad, regresamos a mi pequeño pueblo castellano del norte de la Mancha, Pinarejo. Allí pasábamos las vacaciones escolares de Navidad, disfrutando de la fiesta, el frío y la nieve, también de la rica gastronomía manchega. Vacaciones que para mi madre no eran tal, puesto que aprovechaba para coger la aceituna y hacer la matanza del cerdo y así llevar brazuelos(paletillas), perniles (jamones), chorizos, morcillas, traca (güeña) y el magnífico aceite de oliva de dos grados de mi pueblo para la isla. Mi madre se quedaba hasta San Antón para terminar todos esos quehaceres.  Yo, normalmente, volvía antes de que comenzase la escuela, que era entre el siete y el nueve de enero, según cayese la semana, es decir, el primer día hábil después de reyes.



Yo tenía once años recién cumplidos. Muy de madrugada me subieron al taxi de Antonio, el taxista de Pinarejo, comenzando un largo trayecto de más de cuatro horas que duraba entonces, ahora en poco más  de hora y media por la autovía se realiza ese trayecto que entonces se hacía por la , por la N-III, debiendo pasar por las cuestas de Contreras y  por el Portillo de Buñol en una muy mala carretera nacional.
 Como quiera que había niebla y había nevado un poco, las casi cinco horas se convirtieron es más de seis y llegamos tarde a coger el barco, que era donde tenía previsto viajar hasta la isla de Ibiza. Mis paisanos pinarejeros esperaron en las atarazanas del puerto para pasar allí dos noches, puesto llevaban mucho “avió” y equipaje y no podían irse en avión.  Yo no llevaba ningún equipaje, por lo tanto, Fermín, mi hermano mayor, que ya vivía en Valencia, me llevo a la calle la Paz, donde se encontraban las oficinas de Iberia para sacarme el pasaje de avión. Cuando yo me enteré de su intención me negué en redondo, me producía pánico la idea de subir en avión, negándome en redondo, haciendo gala de mi tozudez. No obstante, él no es menos que yo, y no paró hasta que llegamos a las oficinas de Iberia de la calle La Paz.   Allí se encontraba una familia: un joven matrimonio con una niña muy guapa de mi edad, 12 o 13 años, algo mayor que yo.
 Entre las azafatas, mi hermano y los padres de la niña intentaron convencerme primero; pero, mi tozudez era mayor que la de una docena de mulas romas. Entonces, viendo mi pataleo,  también lo intentó la niña, haciendo un poco de hermana mayor. Los ojos oscuros de aquella niña morena con un dulce acento andaluz se me quedaron en la memoria para siempre, todavía, algunas noches sueño con ella, posiblemente su rostro ya en nada se parece al suyo real.  Llegaron a decirme que eran casi vecinos míos de San Antoni de Portmany.  Apenas unas horas después sabía que jamás volvería a ver a aquella chiquilla de dulce mirada.

Mi hermano se enfadó muchísimo conmigo, me llamó todos los sinónimos de cabezón, pero al final accedió a que me saliera con la mía.  Llegados a Benicalap, el barrio donde vivía él, fuimos a casa de mi primo Mateo Romero, desde su teléfono quiso llamar  a  mi madre a través de mi tía  Puri para darle cuenta de mi gran  cabezonería.  Puri, en realidad era prima de mi madre, y era quien regentaba la centralita telefónica de Pinarejo; pero, la centralita no funcionaba por culpa de la nieve, que a lo largo del día se había acrecentado. 

  Viendo el enfado de mi hermano, mi primo Mateo me invito a comer un sabroso y delicioso arroz caldoso que estaba preparando Carmen, su mujer, mientras tanto intento razonar conmigo, por supuesto que dándole la razón a mi hermano.

Hablando, hablando miró el reloj de la pared, la radio estaba puesta, entonces no todas las casas disponían de televisor. Era la una y pico de la tarde y en el momento que terminó de decir mi primo:
—Si llegas a irte, a esta hora ya estarías en Ibiza. 

En ese mismo instante se escucha a través del aparato:


«Un avión ha desaparecido a la altura de la isla de la Conejera» 


Los dos palidecimos,  cuando llegó Carmen  con el arroz bien caliente. Fuimos incapaces de articular palabra, lo escuchado en la radio quemaba más que el arroz.

No había pasado ni cinco minutos y ya estaba allí mi hermano, que también lo había escuchado en la radio. Recuerdo que nos abrazamos y poco más y no volvimos a hablar de ese tema hasta muchos años después, si se me ocurría referirlo, él pronto intentaba cambiar de conversación. 
 A mi pueblo también había llegado la noticia, como la centralita de Pinarejo estaba averiada, mi madre hubo de buscar a alguien que la llevase al Castillo de Garcimuñoz para intentar llamar por teléfono, pues ya tenía noticia por medio del taxista que yo no había subido en el barco y que seguramente me había ido en el avión, que eso le había dicho mi hermano. El taxista había emprendido un segundo viaje, por aquellos tiempos casi nadie tenía coche, al final a mi madre  la llevo un paisano al Castillo de Garcimuñoz,  y lo primero que hizo fue llamar a mi hermana Mariana a Ibiza, que andaba también preocupada, porque mi cuñado Antonio,   en teoría,  había subido también a ese avión con destino a Valencia y durante las primeras horas no se sabía si el avión era Valencia/Ibiza o Ibiza/Valencia. Conclusión para todos, que uno de los dos estábamos muertos.  Afortunadamente ninguno, él paso varias horas en el aeropuerto de Ibiza esperando la llegada de un nuevo avión y voló sin saber que se había estrellado en S’ Atalaia de Sant Josep el avión con el que debía volar hasta Valencia.

Antes de las tres de la tarde ya estaba resuelto el entuerto, y dos días más tarde, el domingo 9 de enero, cogía el avión en dirección a Ibiza acompañado por mi cuñado Antonio, con un miedo atroz y casi paranoico.  Cuando al día siguiente mis compañeros de clase acudieron a saludarme como si fuese un héroe, en Sant Antoni, las noticias en invierno corren como la pólvora, negué todo temor y de boquilla fui el más valiente del mundo, pero la realidad fue todo lo contrario.

Cuando dos o tres años después trabajé cerca de donde se estrelló el avión, todavía quedaban restos de ropas colgados de los pinos.  Murieron 104 personas, de las cuales 9 fueron niños, yo hubiese sido el décimo junto con aquella niña morena de ojos oscuros y dulce acento andaluz.
No volví a subir a un avión hasta pasados más de quince años y casi con el mismo temor, todavía hoy, cada vez que subo al avión siento autentico pavor.

©Paco Arenas


viernes, 16 de febrero de 2018

Tal vez, algún día, recuerde la primera vez que vi el mar…



Después de la muerte de mi padre la negra noche se cernió sobre mi memoria infantil, mi mundo se desmoronó sin apenas darme cuenta, imposible recordar lo que para cualquier niño de campo supondría llegar a una gran ciudad como Valencia, ver por primera vez el mar, subir en un barco que me llevaría hasta Ibiza, donde escucharía otras lenguas y otros acentos de mi propia lengua, ver gentes extremadamente rubias que reían por nada y se peleaban por todo...

Hasta la muerte de mi padre mi territorio existencial se había limitado a ese pequeño pueblo de Castilla, del norte de la Mancha. Mi único héroe fue un campesino analfabeto montado en una mula roma, y mi madre como su dulcinea palpable y real, que miraban juntos al horizonte mucho más de lo que les alcanzaban los ojos.

Su muerte trastocó todo, él que durante muchos años soñó con exiliarse a la República Argentina, ahora se conformaba con ir a Ibiza; pero, era hijo de la Tierra, llevaba Castilla grabada en lo más profundo de sus entrañas.  Por desgracia en Castilla no llovía desde que el enano del Pardo arrasó a sangre y fuego las tierras de toda España, por eso quería exiliarse a la República Argentina, a México o a Cuba, solo anhelaba no sentir miedo y poder cantar sus canciones sin amenazas y en su propia lengua, porque Fermín Arenas cantaba mal, pero cantaba mucho para compensar, con miedo a que las piedras lo pudiesen escuchar.

Con su muerte un mundo nuevo surgía ante mis ojos, mundo que nunca habían pasado más allá de San Clemente, entonces ni siquiera había pisado Cuenca. Recuerdo aquella época de pesadillas constantes, de dormir y despertar viendo a mi padre muerto, de cuerpo presente y a mi madre llorando rota de dolor cada vez que alguien lo nombraba. Fue todo muy brusco, como una revolución que termina en fracaso para transformarse en una constante pesadilla infantil. Aquellos meses desaparecieron de mi memoria, como he dicho antes,  no recuerdo las sensaciones al llegar a Valencia, tampoco las de subir a aquel barco, ni al llegar a Ibiza. No recuerdo nada de lo que sentí en aquellos meses, yo que soy capaz de recordar minios detalles de mi infancia campesina desde casi antes de echar los dientes, borré de mi memoria los meses que siguieron a la muerte de mi padre. Todo queda en mi mente como un vago rumor de lo que después me contaron. A veces, chispas mágicas iluminan el olvido transformándolo en recuerdos que se empeñan en salir a la luz.

 Hoy, no sé por qué extraña razón, me ha ocurrido eso, he recuperado parte de esa amnésica nebulosa de los meses que siguieron a su muerte, tal vez, cincuenta años después, me esté recuperando del drama que para mi supuso la muerte de Fermín Arenas, el mundo sin él. Hoy he vuelto a ver su sonrisa de medio lado, con el cigarrillo cogido entre la comisura de sus labios, he escuchado con claridad su voz, tal vez, recitando un poema de Miguel Hernández aprendido en las trincheras:

Para la libertad, sangro, lucho, pervivo 
Para la libertad, mis ojos y mis manos... 


Súbitamente me he visto en esa primera página no escrita de cuando vi por primera vez el mar, tampoco en la siguiente cuando llegué a la isla, sino una tercera, o sabe Dios, cuál. Me he visto de la mano de mi madre frente a la casa del director de las escuelas nacionales, he sentido el temblor ante lo incierto y anhelado, lejos de mi tierra, sin gente conocida, sin apenas amigos, abrumado por la soledad de un niño sin escuela y con su madre trabajando, mirando a un mundo desconocido lleno de asfalto, que mis pies campesinos pisaron por primera vez en aquella isla.  Junto con nosotros venía otra paisana y su hijo, los dos habíamos llegado casi al mismo tiempo a la isla, creo que nosotros unas semanas antes.  Sé que era la hora de después de comer. Debía de ser sábado, porque recuerdo que era de día y que mi madre trabajaba los siete días de la semana en un restaurante, pero los sábados comenzaba después de las seis de la tarde. Ya había ido mi madre a la escuela en otras ocasiones sin lograr hablar con el director, siempre le habían dicho que no había plazas, que las clases estaban saturadas; pero que mejor, fuese a hablar directamente con el director, el señor T, un viejo y reaccionario falangista soltero y amargado,  que presumía de haber tirado del carro de Franco sin subirse a él, a pesar de todo, logró que la historia, que impartía él, fuese mi asignatura preferida de aquellos años.  Cuando no estaba borracho era un magnifico profesor.  

Nuestras madres llamaron a la puerta de la casa del señor T. salió su madre con inesperado ímpetu para una persona de su edad.  Les preguntó a nuestras madres primero en catalán qué queríamos, viendo que no la entendíamos volvió a preguntar en castellano.

—Mi hijo está descansando. Me dicen lo que quieren y ya se lo digo.

Entonces salió él, maldiciendo que le hubiésemos molestado, abominando de su profesión de maestro, al tiempo que mordía una manzana roja y escupía las semillas a nuestros pies con unas palabras impropias de alguien que está al mando de una escuela.  Sentí miedo de aquel hombre grosero y desagradable, al tiempo que noté un hedor desagradable, desconocido para mí,  que no me gusto, en esos momentos sentí ganas de salir corriendo.

—Miren señoras, váyanse por donde han venido, aquí no podemos hacer nada más, los peninsulares se han vuelto locos, no sabemos dónde sentar a tantos ignorantes. Enséñenles ustedes a leer a sus hijos, total para trabajar en la obra tampoco necesitan tanto…

Y se dio la media vuelta metiéndose en la casa sin mediar más palabras, recuerdo, ahora, que todos bajamos la cabeza, nuestras madres no sabían leer ni escribir, y él lo sabía, porque ya habían estado antes. Su madre se persignó disculpándole, las nuestras no, porque eran ateas.

—Está muy cansado.

Mi madre me dijo mucho después que lo que estaba era muy borracho. Lo cierto es que nos marchamos y entonces nos llamó la madre del director.

—Hay un maestro muy bueno, el señor M, que tal vez les de clases, eso sí, tendrán que pagar.

Nos dio la dirección y hasta su casa nos encaminamos. Era un maestro represaliado por la dictadura que daba clases de repaso de lengua castellana y matemáticas. Íbamos dos horas al día, pero teníamos mucho tiempo libre. Jugábamos en la calle y hacíamos gamberradas más de las recomendables.

Un día de lluvia de finales de la primavera me refugié debajo del balcón donde se encontraba una librería en la calle del nombre más bonito, calle del Progreso. Siempre me gustó la lluvia, me quedé embelesado viendo el arco iris que se dibujaba sobre la bahía.  Una de las dependientas salió y me dijo que pasase a la librería para resguardarme de la lluvia, entonces vi por primera vez libros que no eran de la escuela y «tebeos», Pumby, Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Carpanta, El botones Sacarino, Rompetechos…

Comencé a leer las portadas, una tras otra, eran divertidas. Hice intención de de coger uno, pedí permiso con la mirada a la dependienta que me había dicho que pasase. Negó con la cabeza.

—Valen cuatro pesetas, y si los lees no los compras —me dijo.

Curiosamente ese día llevaba un duro, o cinco pesetas, porque detrás de la calle el Progreso estaba la vaquería y mi madre me había mandado a comprar leche.  Ese día no bebí leche, siendo yo el único que bebía leche en mi casa, pensé que nadie lo notaría. No contaba con que la leche, entonces, era preciso hervirla y siempre lo hacía mi madre. A pesar de todo, regañina incluida, ese día tuve mi primer «tebeo», con el tiempo fui comprando más, pero la mayor parte de los «tebeos» que leía lo hacía de balde o gratis; aunque eso sí, leía solo la primera página, la que ponían en el escaparate. Como de vez en cuando compraba alguno, en no pocas ocasiones las empleadas se hacían las despistadas y me dejaban leer alguna página interior.

Cierto día, llegó a mi casa la madre de mi paisano.

—Vicenta, han cogido a mi hijo en la escuela.

—¿Y eso? —le preguntó mi madre.

—María, la andaluza que trabaja en El Pitango, le llevó un lomo al director y cogieron a su hijo, yo le he llevado dos kilos de chorizos y me ha cogido los chorizos y al chiquillo.

Ni corta ni perezosa, mi madre me puso de punta en blanco, cogió un queso manchego que le acababan de traer del pueblo y nos encaminamos de nuevo en dirección a la casa del maestro, siguiendo las instrucciones de nuestra paisana fue directa al grano.  También salió su madre, y directamente le entregó mi madre el queso.

—¡Qué bien huele! A mi hijo le encanta el queso manchego, es el mejor queso del mundo.

Lo llamó y salió de inmediato, al ver el queso, nos hizo pasar a su casa, mostrándose muy cariñoso, me dijo que en septiembre podría entrar, pero que me debería poner al día en el curso que me correspondía, y por supuesto, que estaba abierto a nuevos regalos. Aquel queso lo recordó mi madre muchos años, en mi casa que nunca faltaba el queso de la tierra, en esos meses no hubo queso.  Ignoro si hubo más regalos, creo que no. Yo no era un chiquillo que diese problemas, me gustaba mucho leer, la historia, la naturaleza, y hasta la religión, y además dibujaba raro o bien. Mi punto flaco lo tenía en las matemáticas, y sigo todavía sin aclararme mucho con las cuentas...

Tal vez, una vez que he encontrado el hilo de esos primeros meses, lluevan sobre mi cabeza nuevos recuerdos, y aquello meses borrados de mi mente, estén solo dormidos, esperando una ráfaga de viento para volar a través de mis dedos. Tal vez, algún día, recuerde la primera vez que vi el mar…

©Paco Arenas

jueves, 15 de febrero de 2018

Los sueños...¿Quién es el dueño de su destino?




Durante los sueños soñamos cosas absurdas, y despiertos seguimos soñando y creemos o pensamos, que podemos cambiar nuestra suerte.
Sí, nuestra suerte, porque lo jugamos todo a esa carta, a la del azar. No pensamos que nuestra vida no puede ser una constante esperanza sin cimientos. Que son muchas las cosas que podemos lograr, no jugando a la lotería, ni lanzando una moneda al aire con la esperanza de que caiga de canto. No hay nada que apostar, nada, nuestra vida es mucho más importante que todo eso.
Casi todo es posible, no porque lo soñemos, no porque seamos más listos que nadie, ni por guapos o feos, sino porque seamos capaces de marcarnos objetivos, no individuales y egoístas, esos quedan para unos pocos privilegiados. La inmensa mayoría tenemos las puertas cerradas a esos sueños, a la suerte. No existe el sueño americano de las películas, tampoco el sueño español. Esos sueños, esas posibilidades las tienen reservadas para ellos los ricos, los poderosos, antes de manera descarada, ahora tan miserable como entonces, pero más disimulada. Siempre se dijo, y no es mentira, que quien no tiene padrinos no se casa, es verdad. Los pobres, o pensamos como colectivo o jamás lograremos nada, o casi nada.
Si logramos saltar la valla que nos separa de nuestros anhelados sueños, nos estará esperando el perro con sus colmillos y nos morderá en donde más nos duela. Lo vemos todos los días como devoran a dentelladas a raperos, tuiteros, gente de a pie, como les roban el trabajo, la casa, con total impunidad, y si protestan van a la cárcel sin que nadie sepa nada de ellos.  Cuando un rico atropella a una muchacha, siendo reincidente, habiendo perdido los puntos dos veces por ir drogado y borracho, le han dado de nuevo el carné y el juez lo ha dejado en la calle sin cargos, por eso, por ser hijo de papá.  Ellos, los terroristas que saquean al pueblo impunemente quitan y ponen a los jueces a su capricho, cambian las versiones, se ríen de nosotros, nos roban la hucha de las pensiones y nos dicen que ahorremos, que nos morimos muy tarde, que vivir desear tener una vejez digna es un acto insolidario y egoísta.
Somos estrellas del oscuro firmamento, motas de arena de la playa desierta, una mirada desde el otro lado del Huécar en la noche estrellada, capaz de ver en la oscuridad quiméricos sueños utópicos. No somos grano de arena disuelto por el agua en la playa, somos trozo de roca que ha resistido la erosión, somos vida y realidad que avanza lentamente, pero con seguridad a echar de su guarida al tirano, capaz de reducir a polvo su palacio, de nadar contra corriente hasta la victoria final, unidos, solo unidos...
Somos sueños, anhelos e ilusiones, unámonos y transformemos en dulces realidades esos sueños, anhelos e ilusiones, caminando sin olvidar en ningún momento quienes somos, que queremos, y, sobre todo, quienes son los miserables que viven a nuestra costa sin pegar un palo al agua.
Tal vez, estas palabras sean frases inconexas sin motivo ni razón, divagaciones libres de mis dedos sobre el teclado, sin otra pretensión que escribir a su ritmo sin ni siquiera pensar lo que a través de la pantalla se plasmaba.

En fin...

Paco Arenas

miércoles, 14 de febrero de 2018

‹‹Todo paraíso lleva implícito su propio infierno›› Orlando Cuéllar Castaño -Reseña


A finales de la primavera me llegó  de manos de su autor, mi amigo, Orlando Cuéllar Castaño, una novela inquietante ‹‹Todo paraíso lleva implícito su propio infierno››, escrita hace muchos años y que pensaba reeditar de nuevo.   Junto con la novela venía un difícil encargo de que escribiese el prólogo de la misma. De Orlando son muchas las cosas que he leído, sabía que no me iba a dejar indiferente la lectura de ‹‹Todo paraíso lleva implícito su propio infierno››, como realmente así fue:

‹‹Todo paraíso lleva implícito su propio infierno››, es una novela muy diferente a todas cuantas he leído, que desde luego no me ha dejado en absoluto indiferente. Su primer capítulo ‹‹Todo final tiene su principio››, nos traslada desde el infierno personal del protagonista en el inicio de la novela al mismo paraíso infantil de selvas vírgenes que son penetradas por el hacha y las máquinas buscando arrebatar a la jungla tierras vírgenes para las labores agrícolas o las industrias madereras. En ese idílico paraíso tropical, sus moradores se adaptan a sus duras condiciones con alegría, y a pesar de la pobreza casi extrema, logran gozar de grandes dosis de felicidad. Es precisamente la felicidad la emoción que busca el protagonista a lo largo de toda la novela. Son muchas las ocasiones en las cuales cree encontrarla; sin embargo, cada vez que sube un nuevo escalón, no es hacia la dicha sino al infierno, que termina por atraparlo, no siendo consciente en ningún instante de ello.

Tiene momentos de ternura, en los cuales, la felicidad más intensa puede lograrse en algo tan simple como una mirada furtiva, un paseo con la mano de la niña amada cogida, un casto beso, con la niñera/carabina fingiendo no ver esos besos a escondidas. Trazos donde la apoteosis final orgásmica se consigue leyendo una carta plagada de deseos imposibles y castos, mientras alguien viola la inocencia con realidades nada castas.

Lo que en principio produce espanto, termina convirtiéndose en un medio de vida. No resulta fácil escribir, y menos en primera persona, sobre cuestiones de índole sexual, ¿dónde termina el erotismo? ¿Cuál es su límite? Cuéllar bordea sutilmente, con gran maestría, los límites del erotismo hasta el extremo, evitando caer en lo pornográfico. Con su peculiar estilo y cuidado lenguaje, no hiere a la vista ni a los sentidos, lo que sin su maestría molestaría, sabe jugar con gran maestría con las palabras y los tiempos, provocando tensión en los sentidos sin herir sensibilidades.

Al leer ‹‹Todo paraíso lleva implícito su propio infierno››, con ese lenguaje, tan directo y natural, Cuéllar nos hace creer, sin permitirnos dudarlo, que en realidad está narrando sus propias vivencias, trasmitiéndonos sus sensaciones, las buenas y las malas, nos mete en la mente del protagonista. Conociendo a Orlando Cuellar y su exquisita sensibilidad adorable desde el punto de vista literario y personal, a pesar de sin quererlo identificar o más bien confundir al narrador con el protagonista, este último, nos provoca un rechazo natural hacia su mezquindad frívola, y a la vez una pena infinita, porque en el fondo, no deja de ser un desgraciado que jamás alcanzará la felicidad, y que cuando realmente le encuentra sentido a su vida, ya es demasiado tarde. Podría decirse que Orlando Cuellar Castaño escribe como los ángeles traviesos y picarones que juegan al escondite con los diablillos cojuelos que animan la fiesta y que tanta falta hacen en el cielo de las letras.

Para terminar, decir que me ha impresionado gratamente, a la vez que me ha descubierto nuevos campos narrativos desconocidos para mí.



Orlando se presenta:



Mis ojos se abrieron al mundo, un cálido día a mediados del mes de agosto de 1966, en un pequeño pueblito llamado “El Dovio”, perdido entre las montañas del norte del Valle del Cauca. Mis primeros recuerdos están poblados de imágenes de selvas y ríos casi vírgenes, de animales fabulosos, de duendes, hadas, brujas y seres míticos, gracias a mi abuelo, quien como todo buen paisa era, además de colono, un gran contador de historias (por no decir un mentiroso de miedo; o sea, que inventaba cuentos de terror). Aprendí mis primeras letras en el Colegio Nacional “La Frontera”, de Saravena (Arauca), donde un día descubrí y me adentré en el mundo de la literatura y me perdí embelesado en sus múltiples caminos llenos de magia y fantasía, en los que aún hoy continuo, más perdido que nunca. Estudié diez semestres de Filosofía y Letras en la universidad Santo Tomás de Aquino. Resido hace muchos años en la hermosa Villa de San José de Cúcuta, la ciudad de los árboles, como ha sido llamada por los poetas, ciudad que me ha cobijado como su hijo adoptivo.

Paco Arenas

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...