jueves, 11 de agosto de 2022

Don Quijote y Sancho repasan las noticias de actual

Autor de la ilustración Riera Rojas



Entra Sancho en el patio emparrado de Alonso Quijano, plantándose ante él, dudando si hablarle o no, puesto que está en la mecedora balanceándose con los ojos cerrados. Permanece unos instantes en silencio, Moviendo la cabeza al ritmo de la mecedora. «¿Estará durmiendo? Como no ronca, no hay forma de saberlo. Si fuera yo, el huracán María que asoló Puerto Rico, parecería el murmullo de la brisa en playa Sucia.»  Pensó recordando a sus amigos boricuas.

 

—¿Qué te pasa, amigo Sancho, que estás ahí plantado como si fuese un «ninot» de Falla en las vísperas de San José?

 

—Alonso, después de estos tórridos días… ¿Volveremos a ser nosotros?

 

Alonso levanta la mirada pasando la mano derecha sobre su despejada frente, arruga el entrecejo pasándose la lengua por su labio superior, de donde todavía quedan aromáticos efluvios del café que tomó después de comer un salmorejo cordobés generoso de ajo morado de Las Pedroñeras, una pizca de huevo y trozos magros de pernil. Hace un intento como de incorporarse de la mecedora, pero finalmente le señala a Sancho la que tiene a su lado.

 

—Anda, siéntate, amigo Sancho, que si a estas horas de la siesta me visitas no es para que te invite a un resolí…

 

—Eso es mucho decir, que un café no me vendría mal…No, no tranquilo. No te levantes, que sé dónde está, y si he entrado como Sancho por su casa, es para no molestar, que tu mujer, ya me ha dicho que estabas debajo de la parra, que, por cierto, ya están pintadas y maduras las uvas y estamos solo a nueve de agosto…

 

—Amigo Sancho, ya que estás de pie, tráeme a mí otro.  Que no será el café lo que me quite el sueño…

 

—Alonso, amigo mío, estamos apañados, los dos desvelados, por la tarde por los pensamientos y por la noche por los calores…

 

Sancho se marcha, regresando al momento con dos vasos de café frío con cubitos de hielo hasta arriba.

 

—Como se nota que el hielo no es tuyo, que bien generoso le añades al café —suelta Alonso estallando en carcajadas.

 

—Alonso, no me tientes que me llevo el que tengas y los subo al pajar para bajar la temperatura del aire acondicionado…

 

—Si no tienes…

 

—Por eso me voy a las tiendas de congelados, que dice el de la coca que en las tiendas de congelados hay que ir con pelliza, bufanda y gorro, porque si no te congelas…

 

—Amigo Sancho, un poco borde eres con el hombre. No sé qué habrá dicho, pero no creo que haya dicho ese disparate…

 

—Y otros mayores. Lo que ha dicho es que el gobierno improvisa…

 

—Un poco verdad sí que es, aunque peor es la tal Isabel con sus paasyudas, y no me he equivocado. Esa mujer con tal de llevar la contraria es capaz de cualquier cosa, hasta de poner escaparates en los centros de salud que ha cerrado… ¿Qué ha dicho la próxima víctima de Isabel? Me tienes en ascuas…  

 

—Pues ha dicho, tontunas, al estilo de Emepunto Rajoy. Se ha inventado que las tiendas de congelados deben tener los congeladores a la misma temperatura que las estanterías de los libros…

 

—¡Madre del Amor Hermoso! Vaya nivel… En fin. Algo habrás exagerado, conociéndote…

 

—Poquito, poquito. Bueno está el café, y el hielo… ¿es casero?

 

—Hombre, Sancho, me ofendes. El hielo es casero, como siempre en mi casa, ¿para qué están las cubiteras?

 

—Se nota, se nota. Habiendo agua, no sé por qué esa alarma…

 

—Habiendo cantos redondos, ¿para qué papel higiénico? Sé de buena tinta que compraste una bala de rollos de papel…

 

—Amigo Alonso, vamos a dejarlo. El mundo está loco, ciego y sordo y esto del hielo o el papel pal culo son solo una pequeña muestra… ¿Sabes lo de los dieciséis niños asesinados por Israel?

 

—Amigo Sancho, claro que lo sé, pero esos niños no le importan a nadie. Ningún país, ni siquiera el nuestro, va a condenar el genocidio ni la ocupación de Palestina…, ni son rubios, ni europeos. No les importan a al imperio, ni mucho ni a los serviles gobiernos europeos. Los pobres no le importan a nadie, y los palestinos, lo mismo que los afganos son pobres, así que los países que se autodenominan democráticos, cuando masacran a los pobres, sean de la raza que sean o del país que sean, miran para otro lado…

 

—Esto me pone malo, más todavía que lo de los pinchazos… ¡Mecagüen…!

 

—Amigo, Sancho, no digas nada de lo que te vayas a arrepentir…

 

—Si es que es todo. Ahora resulta que las muchachas no pueden ir de fiesta tranquilas. Todo porque unos cuantos imbéciles, más carcas aún que sus abuelos, les ha dado por pinchar a las mozas con jeringas. Que a esos energúmenos los haya parido una mujer, tiene miga…

 

—Me parece que vamos a necesitar algo más que café para calmar esos nervios, y tila no va a ser. Ya sabes dónde está el licor de guindas, casero como el hielo, y dónde está el hielo. Pones dos copas con mucho hielo, seguimos la charla y nos vamos al centro comercial a pasear…

 

—Alonso, que no necesito nada. Tengo melones de mi melonar, pimientos y pepinos de mi bancal, chorizos y…

 

—Amigo Sancho, que no es para comprar nada, es para dar una vuelta al fresco con nuestras mujeres, si se tercia ir al cine…

 

¡Ea, pues vale!

 

©Paco Arenas a 10 de agosto de 2022

martes, 9 de agosto de 2022

Don Quijote y Sancho reflexionan sobre la «España vaciada»


 


—¡Ay, Señor!

 

—¿Qué te pasa, amigo Sancho? Suspiras como si fueses una vieja beata que de repente cree creer en Dios…

 

—Ojalá fuera eso. Alonso, no te burles de mí. Dios, si es que existió alguna vez, nos abandonó antes de hacerse carne…

 

—Filósofo estás, ¿no será el calor que abrasa y abraza? Ese que derrite las piedras de las casas derruidas de la Mancha y abraza de soledad cada una de aquellas plazas y rectas callejuelas con mujeres a la sombra tejiendo jerséis para el invierno y los chiquillos jugando al «Corre, corre que te pillo, chocolate Josefillo y por las noches alrededor de un lebrillo de cuerva o un botijo de agua, celebrando que todavía quedaba un rato para la casquera…»

 

—Podría ser. Será o tiene que ser Por ahí van los tiros. Recuerdo aquella tarde, a la hora de la siesta, cuando mi madre me mandó a casa del enterrador porque se había muerto el hermano Tirso Tenorio y estaba todo el mundo en la siega y yo no sabía dónde vivía el enterrador…

 

—Ya me lo has contado más de una vez, amigo Sancho. Las calles desiertas, porque quien no estaba de siesta estaba en la siega y tú sin saber a qué puerta llamar para que te diera las señas del enterrador, del que solo sabías el mote…

 

—Sí, y como inocente, llamé a la puerta de la única casa en la que se escuchaba ruido… No te rías Alonso, ¿cómo iba yo a saber a mis siete años que aquel ruido era del somier?

 

—Bueno, bueno. Encontraste al enterrador crujiendo el somier con su mujer…

 

—Sordo y casi muerto me dejó del grito que dio desde la cama. Y más muerto me quedé cuando me abrió la puerta su mujer, al ver lo que por la bata se le escapaba…

 

—Amigo Sancho… No te pongas voluptuoso y festivo que ya estamos viejos para siquiera pensar en esas cosas.

 

—Ni la guitarra tiene cuerdas, ni la música suena, ya lo sé. Pero no iba por esos derroteros el cuento, que entonces me daban más miedo que placer ver dos tetas y ahora, solo los ojos bailan, que otra cosa, desde la operación de próstata, ni una miaja siquiera…

 

—Bueno, sique y dime cuál es tu tormento. Aunque lo imagino y no me equivoco…

 

—Alonso, amigo mío, quinientos años juntos…

 

—Más, algunos más…

 

—Cierto, aunque antes teníamos duelos y quebrantos y ahora ni huevos podemos comprar y los torreznos nos los prohíbe el médico… Pero, amigo Alonso. No nos desviemos del asunto en cuestión…

 

—¿De las tetas de la Eladia?

 

—Ojalá, fuese esa la razón de mi desazón. Entonces, a la hora de la siesta, nadie se veía por las calles, pero se escuchaban el ruido del somier y por las noches, primeros las casqueras a la luz de la luna y después la sinfonía de los muelles en armonía…

 

—Sancho, parece que has cogido carrerilla…

 

—Pues eso, que las calles estaban vacías, pero las casas llenas de alegría y la gente en la siega, la vendimia o la oliva, lo que la estación requería.

 

—Claro, claro, amigo Sancho, ya sé por dónde caminas...

 

—El enterrador me juró que me enterraría si a la hora de la siesta lo interrumpía. Los chiquillos se apedreaban en las calles, o contra los del pueblo vecino. Había gente por las calles, en todos los pueblos, y hasta en las ruinas de los castillos se acomodaban más de un títere o cómico de la legua…Ahora, si te apetece, podemos decirle a mi hijo de recorrer la Mancha en su todoterreno, por la mañana, nadie por las calles, por la tarde, la siesta ni las ratas que duermen en los colchones apolillados por la humedad de los tejados que ya nadie reteja, ni repara, por la noche, solo las lechuzas se escuchan. Triste tierra nuestra, olvidada hasta por quienes la veneran…

 

 

—Amigo Sancho. A eso le llaman la «España vaciada».

 

—Vaciada, no. La España muerta y sin un enterrador que le eche tierra encima. Se me cae el alma a los pies de ver como esta tierra que en borrico y jamelgo viejo cabalgamos y holgamos, ahora, bajo el sol y la luna, solo hay pueblos muertos y sin futuro. Esa es mi desazón, coraje y pena.

 

—Como se suele decir: entre todos la mataron y ella sola se murió.

 

—Pues eso, amigo Alonso, pues eso. Al fin y al cabo, no somos nadie, nada más que personajes ficticios de un lugar de la Mancha de cuyo nombre ni siquiera el autor se quiere acordar…

 

—Ea, amigo Sancho, pues vale.

© Paco Arenas a 7 de agosto de 2022

sábado, 30 de abril de 2022

Vicenta López, «La Ciriaca»

  


Nació un 30 de abril del año 1913, por esa razón «Magdalenas sin azúcar» comienza el 30 de abril de 2013.  Fue ella la persona que me narró muchas de las historias que aparecen en la novela. Hija y nieta de luchadores por la Libertad, Ciriaco López, su abuelo y Felipe López, su padre, tuvieron claro que los derechos y libertades de los campesinos, y por extensión de la clase trabajadora, es preciso luchar por ellos.

 

Vicenta López, «La Ciriaca», era digna de ambos. La tengo muy presente, recuerdo nuestras noches clandestinas escuchando Radio España Independiente, "La Pirenaica", o Radio Francia Internacional.

 

La recuerdo, emocionada, hablándome de su abuelo, de su lucha contra el caciquismo y las amenazas sufridas. 

 

Me hablaba de aquellos viajes interminables que realizaban las buenas gentes de Pinarejo, con toda la familia (andando los mayores y en el carro los pequeños) a la Mancha en verano, a segar o a vendimiar, o a Córdoba en invierno a coger aceituna, porque los caciques del pueblo no pagaban un salario digno y abusaban de los jornaleros.

 

—Todo ese sacrificio, valía la pena. Segábamos, vendimiábamos y cogíamos la aceituna, casi antes de tiempo. Tomábamos el portante y nos íbamos, hiciese sol o nevase, viejos, mujeres y críos, y hasta preñadas, mi hermana Victoria nació en Montoro. Abusaban también, pero pagaban casi el doble que en el pueblo.  Lo mejor, teníamos que sufrir la usura de los caciques, o como decía ella, de los «carcas».

¿Cuántas veces me contó aquella subida a los jornaleros a 14 reales? Infinitas:

—Cuando llegó la República, el Sindicato (UGT) logró que subieran de diez reales a 14. Rabiaban los carcas, decían que no sembrarían más. Pero pagaron y siguieron sembrando y, como se suele decir, el mayor cosechero siempre es el amo. Por unos años dejamos de ir a Andalucía y a la Mancha (la Mancha, para los castellanos y manchegos de Cuenca, era la provincia de Ciudad Real) Tras la guerra, cambiaron las tornas. Volvieron los abusos y cosas mucho peores. De nuevo, mis padres, que tenían algunas tierras, olivas, la Viña del Cura y el monte, volvieron a la Mancha y a Andalucía. Los más pobres se marcharon del pueblo, antes y con antes, escapando del hambre, de los abusos y de los saqueos, ni protestar podían.  A tu abuelo Felipe, que trabajaba desde mucho antes de la guerra en el Pantano de Alarcón, se lo llevaron al penal de Chinchilla de Montearagón, allí estuvo siete años. Salió loco, durante meses no regía siquiera. Lo que no comprendimos nunca es cómo salió vivo después de todo lo que le hicieron…

Imposible olvidar mi primera noche de clandestinidad. No volví a dormir a mi casa. Entonces no había móviles para tranquilizar a las madres.  Lo pasó muy mal pensando que nos habrían pillado los grises. Afortunadamente, corríamos mucho y logramos despistarlos. Otros no tuvieron tanta suerte y recibieron hostias hasta en el carné de identidad. Llegué en mi casa a las seis de la mañana y me estaba esperando con el almuerzo preparado para irme a la obra a las siete.

—Ahora a trabajar. Esta tarde hablamos.

Y por la tarde hablamos largo y tendido, pero no hubo reproches. Ella habría hecho lo mismo de ser joven.

Nuestras conversaciones podían durar horas, sobre todo cuando me narraba con todo lujo de detalles, aquellas luchas por la República y por la Libertad. 

En los días como hoy, 30 de abril, decía que el único regalo que quería era que la llevásemos a la manifestación del 1º de mayo, y estaba coja; pero allí estaba ella cogida del «bracete.»

No puedo olvidar, cuando hablábamos de la República, de la Democracia y lo que se indignaba cuando escuchaba, en los babeantes medios de manipulación masiva, que la democracia la había traído el «Tortas», que es como llamaba ella a ese ladrón tan conocido que es inviolable ante la sumisa y vasalla justicia española, con la complicidad, claro está, de partidos que se dicen demócratas.

 —Si tenemos algo de democracia, es porque se la hemos arrebatado y no les ha quedado más remedio que abrir un poco la mano, para así poder robando. 

«Magdalenas sin azúcar», nunca se habría escrito sin todo lo que me narró mi madre. Por esa razón comienza el 30 de abril.

Por siempre:

¡VIVA LA MADRE QUE ME PARIÓ!

©Paco Arenas, autor de «Magdalenas sin azúcar», «Águeda y el secreto de su mano zurda» entre otros libros, disponibles en Amazon y librerías.

jueves, 7 de abril de 2022

En Viernes Santo está prohibido comer carne, o eso dicen

 




La noche no invitaba a procesiones ni jaranas, menos en Cuenca con una temperatura, que apenas pasaba de los cero grados, pero a alguien se le ocurrió que debíamos ir a la «procesión de los borrachos», precisamente con esa intención empaparnos en resolí hasta la madrugada y se suponía que, si estábamos en condiciones, para disfrutar de la procesión «Camino del Calvario o las Turbas».

Éramos jóvenes e inconscientes y apretujados en un Simca 1000 y un Renault 12 llegamos a Cuenca después de las diez o las once de la noche doce amigos. Afortunadamente todos éramos delgados y la Guardia Civil no nos paró.  Lo primero que hicimos fue buscar dónde cenar. Misión imposible, ni zarajos ni mucho menos morteruelo pudimos degustar sentados en un bar. La noche de las Turbas la ciudad triplica su población y los bares estaban que abarrotados de jóvenes provenientes de todas las partes de España. Sin guardar la Cuaresma, bocadillos de chorizos para todos y cerveza a cascoporro. Compramos unas cuantas botellas de resolí, que ese día se vendían en botellas de plástico y nos propusimos pasar una noche inolvidable, a ser posible todos juntos y tras unas rondas comenzamos a ir perdiéndonos de vista entre la multitud de toda la geografía mundial, bailando, bebiendo y cantando en todos los idiomas.

Antes de las doce, tres amigos ya habían desaparecido. A mitad de noche a las dos de la mañana siete eran los ausentes. Una hora después me tocó a mí. Cuando íbamos cerca de la Torre Mangana, me entraron unas ganas impresionantes de hacer aguas menores y aunque veía a jóvenes de ambos sexos hacerlo sin problema en rincones o entre coches, a mí me daba reparo.

Les dije a mis amigos que me esperasen cerca de la Torre Mangana y bajé las escaleras que llevan hasta la calle San Juan y me metí por el túnel en dirección al Júcar. A esas alturas el resolí ya me estrechaba las calles.  Pronto noté que no era orinar lo único que iba a hacer, así que llegué hasta el río. Lo que no sé es por qué no realicé el trayecto rodando. Antes de llegar a la ribera por mi boca salió todo el resolí como si fuese una fuente. Tras despejarme un poco y mojarme la cara, comencé a escuchar jadeos que no eran de cansancio. Antes de que pudiera volver sobre mis pasos, escuche voces destempladas insultándome, casi piso a una pareja que entre la espesura habían decidido desfogarse en la fría noche conquense.  Por suerte no estaban en mucha disposición de salir corriendo detrás de mí, y entonces yo corría mucho y reía más.

Entre risas, pronto regresé al lugar en el que había quedado con mis amigos, pero no estaban.  Me encontré más perdido que una aguja en un pajar, solo entre la gente. Más sola estaba la persona que escuché llorar. Acurrucada en un portal vi a una muchacha llorando entre hipidos que pretendían que fuesen silenciosos. Me acerqué intrigado pensando que le habría ocurrido algo grave, en cierto modo así era. Al acercarme pude ver en su rostro el rímel corrido y tuve la sensación de que estaba borracha. Me brindé a ayudarla; pero ella se obstinó en seguir, sola, llorando sentada en el suelo y gritándome que me marchase. Como siempre fui muy cabezón, terminé sentándome a su lado.  Me sentía ridículo, ya que ella rechazaba toda ayuda y parecía que la estaba molestando. No era esa mi intención y le hablé de ir a la policía, convencido de que no solo le habían pegado, sino que incluso la habían violado.  Al final viendo que no conseguiría convencerla y que sus únicas palabras eran que la dejase en paz, decidí marcharme. Entonces comenzó a hablar.

—He perdido a mi novio —me dijo entre sollozos.

—No te preocupes, por eso, seguro que lo encuentras, yo he perdido a mis amigos, pero ya los encontraré. Entre tanta gente… —dije un tanto aturdido todavía por los efectos del resolí, pensando que se había perdido al igual que yo. En mi poca lucidez no la entendí.

—Es que lo quiero, lo quiero y mucho. —continuó con sus lastimeros pucheros, levantándose del suelo.

Entonces me fije bien en su rostro, tendría algunos años más que yo, sin llegar a los treinta, seguramente. Me di cuenta que no era solo el rímel lo que ensuciaba su cara, también sangre en la mejilla proveniente de un rasguño y en la comisura de sus labios parecía tener otro rasguño. Al darse cuenta de que me fijaba en sus heridas, se pasó la manga intentando limpiarse la sangre.

—Pero te ha pegado. Deberías ir a la policía. Si quieres te acompaño…

—¿Estás loco? Me ha pegado porque me quiere, porque no soporta que mire a otros chicos. Estaba muy borracho, hemos discutido, y el pronto…

—¡Copón con el pronto!

—Sí. Yo, sabes, tengo muy mal genio y él cuando bebe un poco pierde los estribos. Me quiere…

—¿Y te pega? Ten cuidado, que hay cariños que matan…

—¿Estás loco?

Sin darnos cuenta comenzamos a pasear por las calles desiertas de Cuenca, que, aunque parezca mentira, esa noche también las hay.  Ella hablaba y yo escuchaba e intentaba rebatirle el supuesto amor de su novio, al tiempo que poco a poco me iba percatando de su belleza y de su cuerpo bien proporcionado y armonioso. Llevaba una falda corta y en sus piernas unas medias negras plagadas de carreras.  Siempre me he preguntado, y no me he atrevido a preguntar, el motivo por el qué muchas chicas se empeñan en lucir piernas en invierno, con el frío que hace. Me dijo que sus padres tenían una empresa en Bilbao y que su novio era hijo de un importante industrial de Vizcaya. Entonces me fijé más en sus ropas y las medallas de vírgenes que llevaba colgadas del cuello, y que yo por supuesto no conocía. Me preguntó que cuál era mi trabajo. No quise decirle que era albañil, afortunadamente estaba, como quien dice, recién licenciado de la mili, y mis manos aún no había cogido la aspereza que provoca la dermatitis del cemento.  

Ella hablaba y yo escuchaba sorprendido y sin terminar de creerla, me resultaba bastante superficial y me costaba trabajo creer que una persona pudiera serlo tanto. Al contrario que nosotros que no teníamos pensado dormir en ningún sitio, sino aguantar toda la noche y por la mañana regresar a nuestra cama ella:

—Estamos alojados en la «suite» del Parador…

Continuó con aires de superioridad diciéndome que asistía a todos los grandes desfiles de moda, especialmente de Balenciaga. Presumía de que París, Londres o Nueva York los conocía al dedillo y que sus cabellos los habían peinado los mejores estilistas.

 «Y yo con estos pelos desgreñados», pensé. 

Aunque ella tampoco es que fuese muy peinada, posiblemente el novio se habría llevado alguna greña entre sus dedos. Mientras que las lágrimas habían provocado que se le corriese todo el maquillaje.  Pareció adivinar mis pensamientos y me propuso acercarnos a algún lugar para desmaquillarse.

—Debo estar horrorosa.

—No. Estás preciosa me atreví a opinar vamos de toma pan y moja, si quieres llevo un moquero de tela.

—¿Un moquero? ¿Qué es eso? ¿Para limpiarse los mocos?

—Un moquero, sí, un pañuelo de tela, pero está limpio…—titubeé aturdido y contrariado.

Se echó a reír por primera vez, mostrando unos dientes bien alineados y una sonrisa que quitaba el sentido, al menos a mí me lo pareció en esos instantes. Confieso que no me gustaba ese alarde que desplegaba en algunos momentos, presentándose como alguien superior, como una muchacha que había tenido y tenía todo y que lo único que parecía preocuparle era haber perdido a su maltratador novio, que además justificaba como la cosa más normal del mundo.

Por unos momentos, verla reír me hacía soñar y pensar cómo sería una vida en la que no tuvieses que preocuparte por llegar a fin de mes, aunque por entonces, a mis veintidós años era lo que me preocupaba por esa cuestión. No obstante estaba seguro de que de haberle dicho que yo era un simple albañil sin estudios, sin coche y con un sueldo de supervivencia. Que había llegado a Cuenca con varios amigos, para así compartir gastos, en un viejo Renault 7, no en un Mercedes descapotable como ella. Que no se nos había pasado por la cabeza pasar por la noche en un hotel, ni siquiera en una pensión de mala muerte, porque entontes no nos llegaba para seguir la fiesta, habría dejado de hablar conmigo al instante. Le preocupaba su aspecto, porque ella siempre estaba en «perfecto orden de revista». Así lo dijo, como si fuese un soldado. Cuando reía, se mesaba los cabellos o se lamentaba de su mal aspecto, me atraía. Sin embargo, cuando alardeaba de su posición social, de sus vestidos y de sus viajes, no sentía envidia, creo, pero me producía cierta adversidad.   En más de una ocasión pensé en cortarle el rollo y regresar a buscar a mis amigos. Por otra parte, pensaba que me necesitaba, y yo siempre fui muy «gilipuertas» para esas cosas, el perfecto paño de lágrimas que se usa y se tira después.

—Podríamos ir a un bar y limpiarme un poco —propuso.

—¿Un bar imposible? Están abarrotados.  Como no se a una fuente o al río, está bajando las escaleras.  Aunque mejor si vas al parador...

—Lo que me faltaba. Ni por asomo, y que esté el allí. Ahora no quiero verlo siquiera. Necesito aclarar las ideas. Está claro que lo quiero, y mucho. Además, en septiembre nos casamos, pero ahora prefiero andar, respirar…

—Pues vamos al río, a mí también me vendrá bien volverme a lavar la cara y despejarme un poco; aunque te advierto que el agua está casi congelada...

—Vamos. El agua fría es buena para el cutis, y me dejas tu moquero, si está limpio, claro —y se echó a reír a carcajadas, contagiándome yo.

En unos instantes estábamos al lado del río lavándonos la cara. Ella limpiándose los lamparones del maquillaje y la sangre con mi pañuelo, que cuando no le sirvió, tiró al río y yo rápido lo atrapé y enjuagué, escurriéndolo bien.

—¡Qué guarrería! Es asqueroso. ¿No te lo irás a guardar?

—Pues sí, claro, si tiene hasta mis iniciales bordadas por mi madre —repliqué metiéndomelo en el bolsillo del anorak.

Llevaba despierto desde las siete de la mañana, eran más de las tres y me encontraba cansado y atontolinado. Me dejé caer sobre la hierba y ella hizo lo propio.  En silencio, sin darnos cuenta comenzamos a reír sin saber por qué.  Ella sacó un cigarrillo, papel de fumar y una china de hachís. La miré extrañado y riendo me preguntó si yo no fumaba.  Pensé en decirle que ni siquiera tabaco y menos porros, a pesar de haber realizado el servicio militar en la legión; pero me sentí ridículo y estúpidamente niñato. Le dije que sí. Afortunadamente no me dijo que lo liase yo. Ella lo hizo con gran maestría y lo encendió dándole una profunda bocanada. Contrariamente a lo que se pueda pensar, yo comencé a fumar muy joven, con unos doce años; pero a los diecisiete ya no fumaba.  Por tanto, no me resultaba extraña la acción de fumar.  Yo también le di una profunda calada.  Tras el primero, lio un segundo porro.  Me tendí en la hierba y ella a mí lado. Al rato acurrucó su cabeza en mi pecho, comenzando a reír y a llorar alternativamente y quejándose de lo ingrata que era la vida, que tan mal se había portado con ella. Me habló de los muchos desengaños sufridos.  La abracé intentando consolarla, atrayéndola hacía mí, quedando ella con la mitad de su cuerpo sobre el mío.  Sin darme cuenta comencé a acariciarle los cabellos, solo los cabellos.

—¡Qué frío! ¿Puedo meter mis manos debajo de tu ropa?

No esperó mi respuesta, desabrochó mi anorak y se puso literalmente sobre mí, su pecho aplastado contra el mío y sus mejillas apretadas contra las mías. Comenzó a acariciarme los costados como si buscase hacerme cosquillas. Intenté acariciarla yo también por debajo de la ropa, pero me retiró la mano, dejando de acariciarme.

—No te equivoques conmigo. Quiero a mi novio —me cortó, quedándose quieta, abrazada a mí. 

Sentir su cuerpo sobre el mío, notando sus pechos contra el mío me excitó contra mi voluntad más de lo deseado. Cada vez a pesar de que la marihuana aumentaba sus efectos en mi mente, a pesar de que yo apenas le di dos o tres caladas. Busqué sus labios y mis manos se deslizaron por debajo de su vestido. Me apartó las manos separándose de mí. 

—En Viernes Santo está prohibido comer carne. 

—Perdona.

—Debería irme a ver la procesión y a ver si encuentro a mi novio —musitó levantándose. 

Me levanté yo también encogiéndome de hombros notando la presión bajo mis pantalones, que no podía disimular, por lo que rápidamente me abroché el anorak para que no fuese tan evidente.

—Pues nada. Yo también me voy a buscar a mis amigos. Aunque no creo que estén en la procesión. 

Se acercó y me beso en la mejilla a modo de despedida. Desabrochó de nuevo mi anorak comenzó a acariciarme. A cada intento de hacer yo lo propio, ella me paraba.

—En Viernes Santo está prohibido comer carne. Además, tienes las manos un poco ásperas... 

Del frío —contesté. No iba a decirle que del cemento. 

Yo también tengo frío. 

Me terminé de desabrochar el anorak y la abracé con él. Sus manos volvieron a estar por dentro de mi camisa acariciándome. Mientras me acariciaba hablaba de su novio, de sus viajes por el extranjero, de que de Cuenca se irían a la Feria de Sevilla, de lo mucho que lo quería y de lo bien que lo pasaba con él. Me sentía mareado, quedé quieto oyéndola sin escucharla mientras me imaginaba cómo sería hacer el amor con aquella muchacha, me atreví a desabrochar dos botones de su vestido, y sin abrochárselos se apretó contra mí. Notaba sus pechos contra mi cuerpo. Fui a besarla de nuevo y retiró sus labios, separando su cuerpo del mío otra vez, comenzando a caminar cuesta arriba. Apenas había caminado unos pasos, me dejé caer sobre la hierba, girándose sonriente. 

—En Viernes Santo está prohibido comer carne, o eso dicen...

Se sentó sobre mis piernas.  Pensé todo, menos lo que ocurrió. Comenzó a desabrochar los botones de mi pantalón y yo me dejé hacer. Después no volvió a hablar de su novio. Comenzó a besarme, pasando lo que tenía que pasar.

 En un par de horas comenzaría «Bajada del Calvario", que ella, decía no querer perderse, por ser muy religiosa, se la perdió, porque se quedó durmiendo sobre mí, y yo también después de haber visto el paraíso al amanecer de aquel viernes de cuaresma.

Cuando desde no sé qué iglesia comenzaron a sonar las campanas y las trompetas y tambores de las Turbas, inundaban de ruido la ciudad, desperté con ella sentada con mi anorak por encima de su cuerpo, sin que yo recordase en qué momento me lo quité.  mirándome, riendo.

—Nos hemos quedado durmiendo y tú con el pájaro al aire...

  Era cierto. Aunque mantenía los pantalones puestos, permanecían desabrochados y con el pájaro helado y arrugado al aire y ella con su mano jugando con. Muerto de vergüenza y casi pasado los efectos del porro, apresuradamente fui a abrocharme, siendo incapaz de coordinar los movimientos de mis helados y nerviosos dedos, dejando los botones cojos. Ella desternillándose de risa, los desabrochó de nuevo, pensé que la noche tendría continuidad a ritmo de tambores y trompetas, pero no fue así, los abrochó, pero en perfecto orden.  Me dio un beso en los labios y me preguntó que cómo me llamaba. Se lo dije y cuando le pregunté su nombre, me contestó que no importaba. De nuevo me besó y su mano acarició lo abrochado mientras me besaba. Lo frío y arrugado quería salir de nuevo. Pero ella con ironía, sin dejar de acariciarme, movió la cabeza diciendo:

—Qué pena que me tenga que ir ya. Ha sido una noche que jamás olvidaré. ¡Muchas gracias!

— Pero…—Protesté yo, que me las prometía felices.

—Se hace de día.  ¿Quién me iba a decir que después de tener reservado el mejor hotel de Cuenca, terminaría bueno, haciendo el amor sobre la hierba mojada y helada? Lo peor de todo es que me tendré que confesar, he pecado...

Encendió un nuevo porro, ofreciéndomelo. Le di ahora dos buenas caladas. Me dio un nuevo beso y me pidió que no la siguiese y no lo hice. Tampoco estaba en condiciones. Me sentía más mareado que con el resolí. Cuando medio me despejé caminé hasta el convento de los Descalzos. Recordé la leyenda de un joven conquense se encontró con una bella dama.  Ella lo sedujo y llevó a pasear en la noche hasta el convento.  Llegado el momento, al levantarle las faldas se encontró que en lugar de unas bellas piernas de mujer, se encontraban unas peludas patas de cabra terminadas en pezuñas. Asustado corrió agarrándose a la cruz, desapareciendo el diablo, pues tal era aquella mujer. No tenía nada claro, ni lo que ensoñación o realidad, únicamente puedo asegurar que ella no tenía patas de macho cabrío.

  Ya despejado fui recordando todo lo ocurrido y dónde había quedado por la noche, en caso de perdernos con mis amigos. Los encontré borrachos hasta las trancas. Yo por el contrario estaba bien despejado. Poco a poco nos fuimos reuniendo, todos menos cuatro.  Como no los encontrábamos, fuimos a la plaza del Mercado a comer churros con chocolate, a ver si mientras tanto aparecían, por ser el lugar señalado si eran más de las diez de la mañana. Allí nos dijeron que la Cruz Roja llevaba a la plaza de toros a todos los borrachos que encontraba tirados por la calle.  


No esperaba verla, pero allí la volví a ver, elegantemente vestida, agarrada a la cintura de un chicarrón del norte y ropa cara, que todavía borracho se apoyaba en ella para no caerse. Iba resplandeciente, muy maquillada y salvo un rasguño en la mejilla, ni rastro aparente en su rostro. La saludé a distancia y ni me miró siquiera, a pesar de pasar por mi lado. Tal vez no me conoció, o al verme a la luz del día se percató que mi ropa era de mercadillo de barrio y no de pasarela de Versace o Balenciaga.

Nosotros fuimos con intención de comer a un salón de bodas de un pariente de uno de los que íbamos. Estaba cerrado y el dueño nos dijo que no nos podía hacer nada. Solo tenía cordero, chorizos y morcillas. 

— Es Viernes Santo y estaba prohibido comer carne, o eso dicen. Si no tenéis miedo de ir al infierno tengo leña...

©Paco Arenas

jueves, 31 de marzo de 2022

Vicenta, la Ciriaca

 


Hace 24 años que se marchó la persona que más me animó a escribir:

Vicenta López, la Ciriaca, mi madre.

Junto a su recuerdo siempre perenne en mi corazón, tengo algunas de nuestras muchas conversaciones que tuvimos, difuminadas y tergiversadas por la memoria, cada vez más antojadiza y olvidadiza.

Posiblemente, sin su apoyo jamás habría escrito. Porque publicar es otra cosa muy diferente. Después de muchos intentos por publicar el cielo se me abrió a la esperanza. No es preciso decir que ni yo me lo creía. Ser seleccionado en un importante certamen literario era algo que no entraba ni en mis mejores sueños y lo fui. Ya me veía como un escritor de verdad.

Todos los sueños de aquel joven albañil se disolvieron, como siempre se dice, cual azucarillo en café caliente.

No me publicaron, ni tan siquiera contestaron a mi carta, simplemente me devolvieron los dos manuscritos con los que participé. Lo que me quitó las ganas de volver a participar y a escribir.

Tiré la toalla comprendiendo que me faltaba mucho para ser capaz de vivir de la escritura: cultura, academia y dinero.

Mi escuela terminó a los 13 años, y desde los 11 ya trabajaba, mi bachillerato fue de 12 a 14 horas trabajando en la obra durante el invierno y en el hotel en el verano. Mis estudios fueron la calle, mi carrera, las que hacía con la policía detrás, y mis lecturas, todo lo que caía en mis manos. Pero carecía de toda formación académica y de dinero para seguir intentándolo. Me rendí a la evidencia y cambiaron mis metas. Trabajaría de albañil y ahorraría para montar un bar, tirando mis sueños a la letrina del olvido. Un día guardé mi máquina de escribir en su funda y todos mis escritos en una maleta de cartón, con intención de deshacerme de ellos.

Mi madre, aunque analfabeta, era capaz de leer los pensamientos, al menos los míos, como la madre que me parió que era:

—¿Piensas trabajar siempre de albañil, quemado por el sol, los riñones rotos y las manos más ásperas que el papel de lija? ¿Eso es lo que quieres? —me preguntó, susurrando sus preguntas como un lamento.

—No, madre, no quiero estar siempre en la obra, no. Ahorraré cuartos y montaré un bar, pero no pienso perder ni un minuto más de mi vida escribiendo. Me falta cultura, no sé escribir…

—¿Un bar?, serás esclavo de ti mismo. No podrás escribir, que es lo que más te gusta. ¿No te das cuenta que si dejas de leer y escribir, todo lo que te he contado no servirá para nada? ¿Dónde quedan tus ilusiones de estos años? Eres como padre, con la diferencia de que él no sabía escribir lo que se le emperejilaba. A escribir se aprende del mismo modo que se aprende a labrar o a hacer un tabique en la obra…

 

Yo tenía la decisión tomada. No volvería a escribir jamás, y del mismo modo que un día dije que no volvería a fumar, con el paquete de Fortuna recién comprado. Con la escritura fue lo mismo, una vez cerrada la maleta de cartón de los sueños, la olvidé por muchos años. Más tozudo que yo, nadie.

 

—De escribir no se come. Es una pérdida de tiempo. Leer me relaja, y es a lo más que puedo aspirar. Ahora me toca intentar hacer lo que le he dicho, montar un bar y leer lo que escriban otros. Con eso me conformo.

 

—Eso es lo que dices, pero yo sé de sobra que volverás a escribir.

 

—No madre, no volveré a escribir nunca más —le contesté besando mi pulgar.

 

—No jures, que tú no eres de jurar, no vaya a ser que te acuerdes de este día y ya no haya marcha atrás.

 

Años después, poco antes de morir, ya en el hospital, me recordó mi vieja maleta de cartón donde guardé todos mis escritos:

 

—Tienes una maleta llena de papeles en casa. No dejes que se pierdan. En ellos están todo aquello que soñaste ser. Algún día podrás.

 

—No madre. No quiero saber nada de esos papeles. Los sueños son para los críos. Yo ya tengo hijos que mantener y poco tiempo para perder haciendo garabatos.

 

—Volverás a escribir y te acordarás de todas nuestras conversaciones. Ya lo verás.

 

Muchos años después, un mal día, gracias a aquella maldita reforma laboral que condenaba a los jóvenes a la esclavitud y a los mayores de 55 los desahuciaba laboralmente, me vi en la calle después de 38 años trabajando, me vi en la calle. Entonces recurrí, para no caer en la depresión, a la escritura, abrí aquella maleta de cartón y del teclado hice una doble herramienta, la fábrica de sueños y de la palabra como forma de lucha contra la injusticia.

 

Y claro, me acordé, como todos los días, de mi madre, Vicenta López, la «Ciriaca», que sigue estando aquí, muy dentro, en mi corazón, diciéndome:

 

—Escribe, que no se pierda todo lo que te conté.

Madre, siempre en el recuerdo.

 

Paco Arenas

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