domingo, 8 de diciembre de 2019

Pérez Reverte, ser dios o creer ser Dios...




Pérez Reverte es un gran escritor, puede que de los mejores de la actualidad; aunque también ha llevado a cabo, auténticas chapuzas como "La guerra contada a los jóvenes", que se salvan las ilustraciones, que no son de él, o su adaptación del Quijote, que cercena la obra maestra de la literatura castellana hasta convertirla en una caricatura, nada que ver con la gran labor de Andrés Trapiello. No obstante, la calidad literaria de sus libros está fuera de toda duda, un librero me dijo en cierta ocasión que, cuando Pérez Reverte sacaba un libro, las ventas estaban aseguradas, ya nos gustaría a cualquiera de quienes escribirnos hacerle sombra a sus orejas.

Pero...

Sus valoraciones, en muchos casos misóginas, casi siempre soberbia, cual rey, y siempre cargadas de prepotencia, y sobre todo, su modo de expresarlas, están muy lejos de como se le supone a un maestro de las letras como es él, más siendo un académico de la lengua española. Insultar a escritoras llamándolas pedorras o a escritores con diversos calificativos, como ha hecho con Laura Freixas, Pablo Neruda, Sartre o Paulo Coelho. Y, además, en los términos que lo hace, creo que aunque tal vez sea el mejor escritor actual, (algo discutible, pues hay muchas y muchas excelentes y reconocidos en la galaxia Gutenberg. Con sus palabras y maneras, pasa a ser eso con lo que califica a todos aquellos que no piensan como él.
Yo no soy nadie, y ya me gustaría ser un escritor de su categoría, y estoy a años luz de la galaxia Gutenberg, y sé que nunca llegaré a estarlo, tampoco me lo propongo, pero, mucho menos me propongo llegar a ser el dios que se cree él, entre otros motivos, porque los dioses del Olimpo se extinguieron hace millones de años, si es que existieron alguna vez.

Él dice que: "escribo con la libertad que le dan sus lectores, y no será una pedorra analfabeta ni un sectario cantamañanas quienes controlen la tecla. Les aseguro que no".

Creo, que todos quienes escribimos, lo hacemos con esa misma libertad, incluso algunos, con mayor libertad todavía; pues,  lo hacemos con la libertad personal propia, por el simple placer de escribir, en mi caso. Me conformo con  provocar sensaciones a quien me lee. Intentando saber qué tecla acariciar y cuál romper; sin por ello, tener necesidad de insultar o llamar "pedorra", a aquellas personas que no les guste lo que escribimos o pensamos.

Conozco multitud de escritoras y escritores desconocidos para el gran público, que me han gustado más que él.  

NUNCA PENSÉ QUE ME METERÍA CON UN GOLIAT DE LA LITERATURA DESDE MI ONDA ROTA DE CAMPESINO.

Pero, me he quedado a gusto, y no será un gran escritor, como es él, quien controle mi tecla...

Paco Arenas

P.D. Todo esto viene en contestación a su artículo: Déjennos escribir idiotas 

domingo, 1 de diciembre de 2019

La ternura de los besos fusilados





QUE SUS NOMBRES NO SE BORREN DE LA HISTORIA

(A ellos, a esos besos y abrazos fusilados por el odio y la sinrazón, con todo mi desprecio hacia aquellos que pretenden arrancando lápidas borrar sus nombres de la historia).

Ves sus esqueletos en los fondos de las fosas y te producen escalofríos y dolor. Imaginas esos días de angustia, que ni el olor de las flores puede borrar la falta de besos y abrazos. Muecas de dolor, de tristeza, de desprecio hacía sus asesinos. En sus ropas, lapiceros y las últimas cartas de amor en los bolsillos, en sonajero de Martín, o un lazo en atado, tal vez a sus cabellos, para si un día los rescatan del olvido sepan sus seres queridos que no son huesos, que murieron por la libertad y por el amor y que el el postrero instante de ternura, fue para ellos, justo antes de que balas asesinas les arrebataran los últimos besos y abrazos.  

 Los he visto en las fosas de Paterna, pero también están en la Almudena, en Uclés, en Cuenca, Badajoz, Cuenca, Málaga, Sevilla o en una ignorada cuneta de las muchas repartidas por España, mientras sus asesinos reposan en iglesias y catedrales, con todos los honores y sin que les falten flores.   

Y no son huesos, no son esqueletos los que se besan y abrazan con ternura, son aquellos corazones enamorados que una mañana, como otras muchas mañanas, después de una noche en vela, sin dormir, sabiendo que llegarían antes del alba, en sus caras la risa se desvaneció, el brillo de unos ojos se tornó acuosa y dolorosa oscuridad de quienes quedaron y en muerte de quienes que no querían cerrarlos para siempre.

Cuando llamaron a la puerta, de sus labios escapó el último suspiro antes del postrero beso y el penúltimo abrazo. Aquel abrazo desgarrado que auguraba la soledad eterna de la espera, el silencio de los enterradores que saben que sepultan con sus palas jóvenes vidas que dejaron tras de sí muchos besos que dar, muchos abrazos que recibir.

Amanece, y es la oscuridad lo que cubre con su negro manto los corazones, justo después de los disparos de los traidores. La tierra de España se regó con las lágrimas de madres y esposas enlutadas, de hijos que nunca recibirán el abrazo cariñoso de su padre, o de su madre, de hijos que no nacerán, porque esos peinaran los no nacidos con las estrías de sus balas al mismo tiempo que asesinan a sus madres.

Quienes se quedan, encontrarán el lecho desierto cada noche, esperando el reencuentro que no llegará hasta que la muerte les junte.

La tierra de España fue regada con lágrimas desconsoladas, con sangre valiente de hombres y mujeres, que desde sus tumbas gritan contra los miserables que ordenan el olvido, y pretenden que se borre sus crímenes de la memoria colectiva de una a quitar sus lápidas del Memorial.

Sobre esa tierra crecerán rosas, rojas como la sangre derramada, y de cada espina de sus tallos, no lo dudes, saldrán tres mil corazones, seis mil ojos, puños dispuestos a enarbolar la bandera de la libertad y desde sus cuencas vacías a los miserables, reirán ochenta y tres años después.
Cae la lluvia triste sobre Madrid, parece como si todas las ausencias se concentraran de nuevo junto a las tapias de la Almudena y de nuevo, sonaran los disparos, con cada una de las lápidas que arrancan, o pretenden arrancar de la memoria.

Las estrellas volverán a brillar, y las banderas de la Libertad a ondear, que no lo duden los patriotas de trapo. Por mucho que ladren los perros, que de un tiempo a esta parte no cesan de ladrar, no por los huesos enterrados, no por la pena causada, sino porque son perros rabiosos, y como tales se comportan. Helados tienen el corazón quienes, a las víctimas del asesino, pretende humillar de esa forma…
Llueve, sobre los corazones helados de quienes no se conmueven de ochenta años de espera para esos besos y abrazos que se dejaron de dar, porque con el atronador sonido de fusiles asesinos, asesinaron los besos.

Ilustración ©Víctor Blake



Texto ©Paco Arenas, autor de Magdalenas sin azúcar



sábado, 23 de noviembre de 2019

Áñez y el silencio de los miserables




 Dedicado a   la dictadora Áñez y al silencio de los  miserables

no le gustan los indios,
vaya por Dios y la Santísima Virgen,
y los mata a balazos
sin compasión,
que después,
como sanguinario dictador,
de rodillas ante el confesionario,
pedirá perdón.

Con la Biblia en la mano,
presume de aria
cual nazi austriaco,
ella,
a la que las cejas delatan
como tiene el mondongo,
que   las manos,
de sangre están manchadas
y ni con leía se aclaran.



Con la Biblia en la mano,
apela a Dios,
o al ídolo de la plata
que le pagan.
La dictadora Áñez
con los labios operados
ordena y manda sin compasión,  
disparar sin contemplación,
"si son indios, qué más da"
y ni enterrar deja
a los indios que a hierro mata.

Mirando para otro lado está Europa
«valedora de la democracia» ,
con los ojos hueros,
para no ver,
los oídos vacíos,
y para no molestar a quien le paga,
guarda el silencio de los miserables.

Dedicado a la dictadora Áñez y a quienes miran para otro lado. A ella le digo que busque en la Biblia:
"Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere.” Evangelio de San Mateo (Capitulo 25, versículos 51-52).

©Paco Arenas

sábado, 9 de noviembre de 2019

Lo que se escapa de mis dedos... ¿Es poesía?




Lo que se escapa de mis dedos...
¿Es poesía?
Esa es la eterna pregunta,
Que me hago cada día.
Sin saber,
¡Madre mía!
lo que es la poesía,
escribo versos negros
sobre papeles blancos.
No soy yo el poeta,
que en la taberna emborrona
una indefensa servilleta.
No es preciso certificar,
que nada entiendo de rimas
ni de versos enjaulados,
tampoco tengo las llaves
de barrotes carcelarios,
que un día,
cual lima de herrero
pueda liberarlos
del agrio de sus condenas.
Siendo un ignorante,
no tocado por las musas,
ni por la chispa
en estos dedos,
que se me escapan de las manos.
Estos dedos de albañil,
de campesino,
más ajados, que agrietados
no precisan arado,
para doblar el camino de las mulas,
que tuercen el gesto
por inhóspitas besanas
entre torcidos renglones,
siguiendo cantos libertarios,
que pretenden romper los eslabones
que aprisionan mis ansias
lejos de los candados y prisiones,
libres como el viento.
Sí, no os asustéis,
son mis versos proletarios,
remolinos descontrolados,
que no se dejan llevar por la corriente,
y que saben,
o quieren saber,
ser mayo de hierro,
cizalla de acero
capaces de romper
de las cadenas los eslabones
con la punta de mis dedos.
No, no entiendo de poesía,
esa es la verdad,
¡Madre mía!
Y no tengo vergüenza,
Ni propia,
Ni ajena,
por intentar ser poeta
hasta el día del juicio final,
sin saber,
¡Madre mía!
lo que es la poesía.

©Paco Arenas

martes, 29 de octubre de 2019

Me voy



Me voy sin ver caer la lluvia,
sin saber el color del agua,
o si dormiré en mi almohada
al llegar el alba.
Me voy antes de que me arrepienta
y mi palabra sea tachada de mentirosa
por las circunstancias
de estos últimos días.
Me marcho allá donde el tiempo no cuenta
y la palabra se vislumbra cada mañana
a través de los cristales de los sueños rotos.
Os dejo mi silla de anea,
que tantas historias me contó
de un tiempo pasado,
que ni yo recuerdo.
Me voy por otros barrios,
otras ciudades y otros campos,
tal vez, otros desiertos.
Parto desnudo,
entre tinieblas,
para no saber, ni yo, el camino,
por si se me ocurre volver.
Os dejo mi silla,
como aquel poeta,
y me voy,
o al menos,
debería irme…

©Paco Arenas

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