jueves, 11 de enero de 2018

La plaza de mi pueblo (Pinarejo)



En la plaza de mi pueblo no hace tanto tiempo, entraban los labradores cansados del duro trabajo del campo a dar de beber a sus yuntas en el pozo de la plaza. Allí, confluían también las mujeres con sus cántaros para llenarlos de fresca agua de la fuente. Debían tener cuidado de los chiquillos que llegaban corriendo tras un aro o de las chiquillas saltando a la comba...
Todo era tumulto en la plaza de mi pueblo.

Los viejos en el verano buscaban la sombra, y en el verano como os lagartos el sol. Las viejas sacaban sus sillas de enea y hacían corrillo al sol tejiendo jerséis y bufandas con sabia precisión, mientras criticaban a las muchachas que llevaban las faldas cortas, por encima de la rodilla, porque la lengua no impide la labor de las manos.
—¿A dónde vamos a llegar?
—Que desvergüenza…
—Angustias, que esa es tu nieta…
—Mira que es guapa y rebonica que está…
—¡Ay, Dios mío!  ¿No era una desvergüenza?
—¿Sabes que te digo?
—Tú dirás.
—Que la que va a su lado es tu nieta, si la vista no me falla, y también está muy bonica, así que, lo que se han de comer los gusanos que lo disfruten los cristianos…
—Pues eso digo yo, no tanto guardar debajo del refajo.
Ellas, las muchachas, que sordas no son, alegres ríen desvergonzadas, algunas, otras, se estiran de la falda para abajo, al ver a los viejos mirar con descaro.
 Todo era tumulto en la plaza de mi pueblo.

El pozo viejo, aquel de cuatro pilones rotos y brocal de piedra, con las mulas alrededor, esperando el turno para darles de beber, antes de que llegue la dula que ya entra por la calle del Pocillo haciendo sonar las cabras sus cencerros, pues hartas de hierba, ahora buscan el reposo.
Chocolate Josefillo, corre, corre que te pillo, corre, corre que te agarro. ¡Crío deja la cabra quieta! Cuidado con el balón que me rompes el botijo, como me rompas el cántaro lo va a pagar tu madre. Siempre por medio como el jueves, ¿no podéis saltar la comba en otro sitio?
Todo era jolgorio en la plaza de mi pueblo.

El viento ablentaba el polvo en el verano y las escarchas helaban los charcos en invierno. Los novios sino pagaban la patente se echaban al pilón de la fuente o del pozo…
Todo era diferente en la plaza de mi pueblo.

Vamos a echar unos botellines al bar de Paquillo, o al bar del Torcio, ¡Cuidado con los escalones! Después un vermú con unas clochinas y una sepia en bar de Rubia…
 Todo era alegría en la plaza de mi pueblo.

En la plaza de mi pueblo no hace tanto tiempo, el pozo era de agua salobre, con mucha gente alrededor, ahora es un monumento seco, sin nadie que lo vea.

La fuente era fea, de ladrillo y cemento, pero el agua manaba más dulce que los almendrucos, y las muchachas reían ante las galanterías de los muchachos. Ahora es una hermosa fuente, grande y redonda que tira los chorros de al agua al aire sin nadie que bese sus caños, sin nadie que beba su agua reciclada, que no sirve para nada…

En la plaza de mi pueblo la gente corría, la gente gritaba, miraba, bebía y comía..., sí la gente.
Hablar, gritar, no os calléis.  Todos fuisteis testigos, en esta plaza desierta, hubo un tiempo que estuvo llena de ruido, de viejos, de jóvenes de críos, de animales… esta plaza, ahora tan hermosa, tan vacía...
Un tiempo hubo que todo era tumulto en la plaza de mi pueblo.


Paco Arenas

lunes, 8 de enero de 2018

El viaje de Amalia de Sajonia a Solán de Cabras (Revista Mansiegona- Descargar PDF)

         
                 


Gracias a Jorge Garrosa, editor de la revista cultural Mansiegona, he tenido la oportunidad de participar con un relato de juventud, inspirado en uno de los más maravillosos parajes de la geografía conquense, castellana y española, el paraje natural de Solán de Cabras. 

Allá por el año 1990 tuve la oportunidad de pasar un par de noches en el balneario, de recorrer el Camino del Rey (Fernando VII) y el Camino de la Reina (María Josefa Amalia de Sajonia). Me llamó la atención una placa que recuerda la estancia de ambos reyes en tan maravilloso paisaje, buscando el rey felón engendrar un heredero gracias a las aguas de Solán de Cabras.

Me dio por escribir entonces un relato sobre Maria Josepha Amalia Beatrix Xaveria Vincentia Aloysia Franziska de Paula Franziska de Chantal Anna Apollonia Johanna Nepomucena Walburga Theresia Ambrosia tercera esposa del rey felón, y que a pesar de las aguas termales y de los vanos intentos del monarca, tampoco tuvo descendencia. De Amalia de Sajonia, cuenta la historia que nunca conoció el amor, o tal vez, contra todo pronóstico sí conoció el amor, y además fue en Solán de Cabras (Beteta). 

Este es un cuento de amor, no de príncipes y princesas, sino de reyes y reinas, que intenta mostrar y demostrar, que los reyes y reinas, también son humanos, y en ocasiones, incluso, más humanos que sus sumisos subditos...



El viaje de Amalia de Sajonia a Solán de Cabras



Paco Arenas



      María Josefa Amalia de Sajonia. 1828. Museo del Prado, Madrid (Luis de la Cruz y Ríos)


Yo, Maria Josepha Amalia von Sachsen, pasaré a la historia con más pena que gloria, por lo que ocurrido en mi noche de bodas[1].  Casi diez años después estoy a las puertas de la muerte, y aunque, estamos en la florida primavera, siento la nieve fría en mis pies, en mi pecho y en mi corazón donde albergo añoranzas de un efímero amor, y que hoy quiero recordar para desmentir aquello que sin duda dirán de mí:

—La reina Amalia nunca conoció el amor.

No les faltará razón a quien lo piense, no conocí en diez años tiernas caricias, dulces palabras, susurros llenos de ternura, el amor de un hombre, salvo unos efímeros; pero, intensos momentos en el paraje de Solán de Cabras.
Llegué a España para ser reina, siendo todavía una niña, para desposarme con un rey veinte años más viejo que yo. De nada sirvieron mis deseos de desposarme con Jesús Nuestro Señor, y tomar los hábitos como era mi ferviente deseo. Acepté con resignación cristiana los deseos de mi amado padre, al que nunca perdonaré que me entregase a un monstruo que sumió mi corazón en las penumbras del temor, convirtiendo mi vida en un permanente naufragio, en el cual la desesperación y el anhelo por morir fue mi principal ambición.

Mi noche de bodas, fue de todo menos de miel, mucho se ha hablado de ella, y de lo acontecido, siempre con algún adorno grotesco que no viene a cuento[2]. Toda novia espera un gran descubrimiento que le haga gozar, yo ni siquiera esperaba eso, nadie me dijo nada de que el pecado fuera necesario, nadie[3]. Cuando me lo dijeron, y me hablaron del placer, de que podría llegar a ver Dios a través de las caricias del hombre amado, del cariño del esposo, acepte con cristiana resignación. Sí, hasta su Santidad así me lo aseguró. Nunca disfruté de ese placer, el yacer con mi no amado esposo era como estar en la sala de torturas de la Inquisición, un martirio para llegar a la santidad, un infierno en vida, un ganarse el cielo a través del martirio. Jamás recibí una caricia de mi no amado esposo, que no fuese brutal manoseo babeante, nunca una palabra de amor escuché de sus labios, como no fuese para alguna de sus amantes.  Sentir su pesado cuerpo sobre mi vientre, me provocaba terror, sus fétidos[4] besos, náuseas y los preliminares un sudor frío que me hacía ansían la muerte. Afortunadamente el suplicio al que me sometía duraba lo que dura un abrir y cerrar de ojos, entraba como punzante y doloroso puñal, se derramaba en mi vientre y salía con la misma violenta premura.

Después de seis años de frustración y resignación, sabiendo que me estaba ganando el cielo a base de vivir en el infierno, el rey entró en mi dormitorio, no para descargar su pecaminosa lujuria sobre mí y marcharse, sino para decirme, que por fin sus consejeros habían dado con la solución para mi infertilidad. Que mi yermo vientre se tornaría fecundo valle del que saldría su heredero. Callé, tampoco habría servido de nada negarme. Como todas las escasas noches que entraba en mi alcoba, no quise ser muralla y antes de que me empujase él, fui hacía la cama y me levanté las enaguas. La tortura cuanto antes pase mejor. Para que me fuese más leve pensaba en el canto de ruiseñores y los jilgueros, allá en Aranjuez, al tiempo que rezaba una oración al Señor, para que, como siempre, terminase antes de empezar. Fue entonces, una vez más, con sus palabras, me pegó otra bofetada de las suyas:

—No seas obscena. No pienso tocarte mientras no haya garantías de que seas capaz de engendran algo que no sea mi mal genio. 

Me informó de que existían unas aguas milagrosas que actuaban sobre la fertilidad de las mujeres estériles. Y que por tanto no pensaba tocarme hasta que tuviese garantías de que sería para tener su heredero. También me dijo que la nuera del conde de Torremúzquiz, era la prueba viviente de ello. Y, sin más, se marchó en busca de lo que en mi despreciaba, casi tanto como yo.

Durante los meses restantes hasta el viaje, no me visitó una sola noche, ni tan siquiera para humillarme o someterme a la tortura cotidiana del apuñalamiento de mi vientre. Tuve claro, que yo para él era tan solo la matriz que necesitaba para tener un heredero que no fuese bastardo, como él.  Él, confiaba ciegamente en los criterios que le aseguraban que aquellas aguas tenían propiedades para fecundar mi vientre; por tanto, mientras tanto prefería yacer en otros lechos, con otras mujeres que fuesen más complacientes y sumisas que yo.

Tal conforme me dijo, fue. Pronto comenzaron los preparativos para mover todo el sequito de la Corte, además de los Guardias de la Real Persona, más de ciento cincuenta personas[5] entre sirvientes, ministros, camareras, y hasta el obispo de Cuenca para bendecir cada una de nuestras copulaciones. En los días previos fue avanzándome como habían planeado que sería el tratamiento “termal”, que sería diario con garantía de fecundación. ¿Dónde esconderse, cuando todos los ojos están pendientes de ti, si antes de suspirar ya tienes gente alrededor? ¿Qué soy? Escuché a toda la Corte hablar de mi obligación de parir un varón, un heredero, como si fuese la más sagrada eucaristía, la confirmación al bautizo de la primera noche en su lecho. Nadie tenía en cuenta mis deseos y necesidades. La necesidad y la prioridad es España, eso dicen, y esa prioridad que necesitaba la patria era dar un heredero al rey.

Si ha de ser como él, mejor que no nazca nunca — pensaba yo.

Y llegó la hora del viaje, y sus burlas, hasta sobre el nombre del pueblo Beteta:

—Ve teta, mejor que ver, palpar, y no una, sino dos o más… —el muy ignorante, babeaba con tan solo pensarlo, sin recatarse ante mi presencia.

Nunca, en diez años, hube de soportarlo tanto tiempo en un espacio tan reducido como era el coche donde viajamos a Solán de Cabras, sin más compañía que el marqués de Sotomayor y la camarera mayor y la marquesa viuda de Vedmar. Fue un viaje muy pesado y agotador, por malos caminos. Terrible para mí, por su presencia, soportando sus gracias, que a mí no me hacían reír, más que nada porque tenían como único objeto hacer reír a su amante favorita, la camarera mayor, y a la vez humillarme a mí.

—Me parece que de este viaje vamos a salir todos preñados. Todos… menos la reina. —Se quejó limpiándose el sudor al salir de Sacedón. Sudando como lo que era.

Por fin llegamos a Solán de Cabras. Algunos lugareños se habían trasladado hasta las inmediaciones para aclamar a sus reyes, era preciso ver la cara que ponían algunos al vernos, sobre todo algunas muchachas, a una de ellas le escuché, o creí escucharle:

—No se parece a las monedas, es feo y gordo[6].

Fernando VII, el rey felón, pintado por Vicente lópez Portaña.

La cara de asombro de los lugareños era absoluta, sin saber muy bien si aplaudir o regresar corriendo en dirección a Beteta, Masegosa u otros lugares más distantes. Nunca habían visto tantos carruajes ni tan lujosos.  Por aquellas tierras, en su tiempo, pasaron muchos soldados durante la guerra de la independencia, tanto españoles como franceses, más desarrapados que uniformados. Sin embargo, ver a los Guardias de la Real Persona: alabarderos, coraceros y lanceros, tan lujosamente uniformados y gallardos, que iban abriendo paso en caballos de bella estampa, les producía aún más admiración que los lujosos carruajes, e incluso, más que la misma presencia de los reyes de España.
Beteta

A los reales sitios de Solán de Cabras, llegamos a última hora de la tarde muy cansados, y para mi alegría, incumplió su promesa de llevar a cabo el ritual prometido y fanfarronamente repetido durante el viaje. Fuimos fugazmente a los baños, más que nada para quitarnos el polvo del camino, cenamos y, me preparé por si acaso le apetecía a su majestad; aunque, ya sabía que no vendría. Durante la cena, mientras bostezaba fingiendo cansancio, miraba con torpe disimulo a una chiquilla de no más de dieciséis años. Conociéndole, supe que ella sería su próxima virgen y mártir que pasaría por su lecho, porque él nunca aceptaba el no por respuesta, ya buscaría la forma y el modo. 
Solán de Cabras

Al día siguiente continuamos el ritual: toma de aguas, paseos, cada cual, por su lado, cada cual, con sus acompañantes. Temiendo su presencia, más que deseándola.  A la hora de la siesta pasó el señor obispo por mi alcoba, sin llamar, bendiciendo el lecho y a mi persona. Al rato llegó su majestad, que, habiendo bebido más buen vino, que las milagrosas aguas de Solán de Cabras, y habiendo pasado la noche en vela con aquella chiquilla, antes de llegar ya estaba dormido. Debo confesar que nada hice por despertarle.  Los siguientes días cambió la historia, por la mañana tomábamos los baños por separado, yo con la marquesa de Vedmar y doña Carlota Sánchez. Nos sentábamos en las mesas por separado.  No dijo nada su majestad sobre dormir la siesta, así que, nada más comer, las azafatas, la condesa de Vedmar y doña Carlota Sánchez y mi moza de retrete, por si surgía cualquier incidencia, decidimos dar un paseo por aquellos bellos parajes, a falta de algo más interesante que hacer. Incluso, tome la decisión de prescindir de la escolta de los Guardias de la Real Persona, pues salvo el canto de los ruiseñores y las chicharras, dudaba, que aparte de las cabras, hubiese otros moradores. Pensé, que, tal vez, su majestad cogería el mismo camino que nosotras; pero no, él tomó otro distinto, y con escolta, no solo de los Guardias de la Real Persona, que le debían obediencia ciega, sorda y muda. 

Caminamos hastiadas por aquellos parajes, entre pinos, tilos, algún avellano; incluso algún cerezo, desde donde contemplábamos a lo lejos el volar de algunos pájaros, águilas o gavilanes. La visión era bella, pero la conversación tediosa y por repetitiva monótona; pero, ¿qué hacer, aparte de rezar, si no nos daban otra opción?  Él rey, sí disfrutaba otros entretenimientos dentro de los reales sitios o fuera de ellos. Además de las noches, alguna siesta, tampoco la paso en soledad. Otras veces aprovechaba para ir a cazar, y algunos días no aparecía hasta la noche. Por las noches, cumplía su compromiso, y yo, resignada el mío.

Ya, cuando el hastío resultaba insoportable en aquel maravilloso lugar, ocurrió algo imprevisto que cambió todo. Quise realizar el trayecto yo sola, necesitaba rezar, encontrarme con Dios. Así que pedí a mis damas de compañía que se quedasen abajo, cosa que agradecieron, ni sus pies ni los míos estaban hechos para pisar piedras. Quería meditar en soledad, sobre muchas cosas, sobre mi condición de esposa, de reina y tal vez de madre. Ninguna de las tres anhelaba, ni mucho menos me entusiasmaba, y a todas me resignaba, siempre que Dios tuviese a bien librarme de las obligaciones de cada una de ellas.  Rezando subí la empinada senda hasta el mirador, adentrándome algunos pasos entre la arboleda.  

Me encontraba de rodillas con las palmas unidas y los ojos puestos en el cielo cuando apareció un cabritillo inmaculado, que, interpreté como la señal divina de que Dios escucharía mis suplicas, me quedaría preñada, y mi no amado esposo, al tener su heredero, me permitiría retírarme a un convento para dedicar mi vida al Señor o me llevase con él. Como si se tratase del bien y el mal, cuando acariciaba aquel blanco cabritillo, apareció una serpiente. Yo, que tanto ansiaba la muerte, el pánico paralizó todo mi ser, hasta el punto de ser incapaz de gritar. Solo pude musitar:

—Señor Jesús, ven a mí, tú eres mi pastor y señor…

Entonces apareció él, Jesús. Se trataba de un joven pastor, de no más de veinte años. Con su bastón golpeó la cabeza de la serpiente, separándola del cuerpo como si fuese un cuchillo, y la retiró muerta de mi vista.  Temblando me abracé a él, sintiendo en sus brazos la protección que nunca antes había sentido en los de mi no amado esposo. Llegué incluso a besarle en la mejilla, agradecida.

—Tranquila señora. Es solo una culebra, no era ni siquiera peligrosa. Solo era eso, una culebra —me susurró al oído, mientras pasaba delicadamente su mano por mi espalda para tranquilizarme, sin propasar ni medio dedo su final.
Entre temblores, lloros e hipidos, le agradecí al joven pastor su valentía, vi sus ojos verdes, risueños, llenos de vida, me quedé embelesada en sus agradables facciones, en sus ojos… y sentí un deseo desconocido: besarle los labios. Solo el fuerte olor a cabra que desprendía, y mi decencia cristiana, me impidió hacerlo. Aunque no me consta, no lo recuerdo, ni tengo constancia de ello, algo debí gritar, pues los gritos de mis damas de compañía escuché llamándome alarmadas.

—Por favor, váyase buen rustico, no ponga en duda mi virtud. Mañana a esta hora venga, le recompensaré —le rogué, como antes había rogado al Señor.
Al instante desapareció con el cabritillo en brazos. Me recompuse como pude y comencé a bajar intentando aparentar tranquilidad. Aquella noche, mientras su majestad tomaba posesión de mi cuerpo, pensé en aquel joven pastor, que además tenía por nombre Jesús. Especulé que me lo había mandado el Buen Pastor, el mismo Señor Jesús, como respuesta a mis plegarias.  El pensar en Jesús me hizo más llevadero el ser poseída por aquel ser grotesco, que era mi no amado esposo. 

No fui capaz de regresar al día siguiente, sentía remordimientos de conciencia por desear ser abrazada, besada y amada por aquel cabrero, que olía a cabras y, que; a pesar de todo, me producía menos nauseas que su católica majestad. Fingí estar indispuesta, y aquella tarde me quedé en mis aposentos, fantaseando, por primera vez en mi vida, con un hombre. Por la noche llegó el rey, y se me hizo más placentero, que otras veces, pensando en el cabrero. Aquella noche soñé con él, y entre sueños noté que algo fluía desde mi interior, desperté asustada; pero, la sensación no podía ser más placentera. Entonces, pensé, que eso era lo que sentían las mujeres cuando eran amadas de verdad, cuando en lugar de sufrir por compartir lecho con alguien a quien no amas, lo haces con la persona amada y gozas de los deleites del amor.

 Al segundo día, que sería el último que estaría en Solán de Cabras, no pude evitar caer en la tentación. Preparé unas monedas y una sortija para recompensar a mi buen pastor. Pedí a mis damas, de nuevo, que me dejasen sola, y que nadie me molestase en mi recogimiento y soledad. 

Apenas llevaba unos minutos de rezos, pidiéndole al Señor que se cumpliese en mí su voluntad, cuando apareció él, Jesús. Llevaba camisa y pantalón humildes pero limpios, pulcramente afeitado, y no olía a cabras, sino a romero y tomillo, los jilgueros cantaban alegres aquella tarde de finales de agosto, las chicharras anunciaban la tormenta que estaba a punto de suceder, me dejé llevar y solo pude musitar antes de besar sus labios con aroma a hierbabuena…

—Señor, hágase en mi tu voluntad.



[1] Amalia de Sajonia llegó para casarse con su primo Fernando VII, procedente de un convento, sin la menor noción sobre sus “deberes” conyugales.  Al entrar en la alcoba excitado el rey, con su descomunal miembro, sufría macrosomía genital, Fernando VII poseía un pene de tales dimensiones que sus médicos le fabricaron una almohadilla circular con un agujero central para que pudiera llevar a cabo la cúpula sin provocar desgarros. Fue tal el pavor que despertó los impulsos sexuales de Fernando VII, que tras correr por la habitación huyendo de él, cuando este consiguió “darle caza”, la pobre chiquilla se hizo aguas menores y mayores encima, provocando la ira del rey felón, que llamó a la princesa María Teresa de Braganza, la cual se negó ya que era hermana de Isabel de Braganza, la anterior esposa de Fernando.  Entonces encomendaron la misión a la camarera mayor, la cual también se negó, alegando que “nunca se había fijado en las cosas que su marido le hacía en la cama”. Al final la chiquilla accedió, aunque para posteriores relaciones hubo de intervenir el mismo Papa. 


[4] El era rey un fumador empedernido de cigarros, lo que le hacía tener un aliento fétido.
[5] 164 personas, además de los a los Guardias de la Real Persona (Guardia Real).
[6] María Antonia de Nápoles, su primera esposa, dejó escrito cómo, sintiéndose engañada, estuvo a punto de desmayarse la primera vez que vio a Fernando VII, al comprobar que el "mozo" más bien feo del retrato, era en realidad poco menos que un adefesio. Si así fue visto en su juventud, con veinte años más y treinta kilos de sobrepeso…







Seguir leyendo en la Revista Mansiegona nº 12






Carmena la ha vuelto a liar por tercera vez



Carmena la ha vuelto a liar,  ante la indignación de  garrapatas y parásitos de dos patas  de diverso pelaje vuelve a llenar con niños en riesgo de exclusión social el palco VIP de la cabalgata .

En un rincón del amplio salón un gran árbol de Navidad, que llega hasta el techo, con adornos de algodón cosidos con hilos dorados de auténtico oro, no en vano, el marido de la marquesa de Garrapata lleva en el Ministerio de Fomento muchos años cobrando comisiones del 3% y más. Un compresor eléctrico y silencioso fabrica muñecos de nieve, que se funden al contacto con las luces de led, para de nuevo volver a caer sobre árbol y regalos de manera constante. Unas lámparas proyectan sobre el salón motivos navideños, plasmando el espíritu navideño por todo el salón, que junto con una decoración exquisita y la calefacción excesivamente alta podemos darnos cuenta que estamos en la casa de personas con posibles, donde el lujo está estudiado hasta el más mínimo detalle, sin dejar nada a la improvisación, no en vano Cayetana, Marquesa de Garrapata, pertenece a la más alta nobleza española, entroncada con los grandes de España y con la mismísima Casa Real.

  De fondo se escuchan villancicos de Raphael, y risas de niños, que están en el cuarto de juegos.   Vemos a Cayetana, Marquesa de  Garrapata vestida con un espléndido vestido de Victorio y Luchino de color rosa pálido con tonos azules cielo, muy elegante con transparencias que dejan ver una también muy elegante ropa interior a juego con el vestido. La marquesa de Garrapata en teoría debería estar impregnada por el ambiente navideño que hay en toda la casa, por lo bien que le va la vida al menos en apariencia, sin embargo  Parece nerviosa, se encuentra revisando unos papeles que hay sobre la mesa; pero no encuentra los que busca.

— ¡Ambrosio! – Grita la señora marquesa llamando a su mayordomo.

Este acude solícito y sumiso, sabe que la señora marquesa tiene muy malas pulgas y qué anda resabiada porque en los últimos meses su marido, el Marqués consorte no le hace el amor todo los que ella necesita, y hay comentarios, incluso ha llegado a hacerse eco la prensa de las vísceras, que anda liado con una guapa modelo .20 años menor que él. Doña Cayetana no quiere creerlo, ella es todavía muy hermosa, aunque es preciso aclarar que ya ha pasado por el quirófano en unas cuantas ocasiones, desde caderas, celulitis, pecho, papada labios, cejas y orejas de soplillo, todo su cuerpo y facciones han sido retocadas, no siempre con alegres resultados, pero el dinero esas menudencias las soluciona de manera rápida y efectiva.  Pero la señora marquesa de Garrapata está espléndida porque ella tiene mucha clase, como corresponde su  alto linaje y buena alimentación.   

—Dígame la señora marquesa…

—¿No se supone que deberías  tener ya listas las credenciales para el palco VIP de la cabalgata de Reyes?

— Sí, señora marquesa,  le dije al señor marques que este año me han contestado del Ayuntamiento que no hay zona vip, ni palco, ni  siquiera sillas.

—¡Por Dios y la Virgen! —Suspirando profundamente, como si se estuviese ahogando en un acto supremo de intentar mantener la calma —Si acabó de pasar por Cibeles y ya están montado los palcos. Hay tres camiones descargando sillas…

 —En el ayuntamiento me han dicho que este año no había invitaciones para el palco VIP. Bueno en realidad, me han dicho que no habrá invitaciones para quienes han estado estos años en el palco VIP…


—¿Cómo? —Grita histérica la marquesa - Esto no me puede estar pasando a mí. ¿Has hablado con la señora marquesa de Mamandurrias? Ella ganó las elecciones…

—Sí, señora. Recordará usted que a pesar de ello fue elegida Manuela Carmena. La señora marquesa de Mamandurrias es la jefa de la oposición...

—Pacto de perdedores… ¿pero has hablado con ella? Algo podrá hacer, mi Cayetanita no puede quedarse sin que le entregue Gaspar el regalo en el palco VIP,  no me perdonaría en la vida. Siempre se han acercado los Reyes magos a repartir los regalos al palco de la gente decente…, desde que nació ha sido así, no se pueden cambiar las tradiciones de la noche a la mañana…

—Este año, según me han dicho en el ayuntamiento el palco vip y las sillas vip serán ocupadas por personas especiales…

—¿Cómo? ¿ Más  especiales que nosotros, la flor y nata de la sociedad madrileña?

—Personas especiales —titubea el mayordomo —especiales... ¿Me entiende usted, señora? Duda el mayordomo – como mi hija Almudena…

—Acabemos, subnormales. —Corta en seco la señora marquesa, suspirando nuevamente, alzando los brazos al cielo. —¡Dios!¡Dios! y que te redios…a los subnormales ahora les llaman…

—Especiales, señora, especiales…, son personas especiales

Subnormales, de toda la vida de Dios ¿Para qué coño quiere estar una subnormal como tu hija en el palco de la gente importante…?

—A mi hija también le hace ilusión señora..., nunca la hemos podido llevar, con la silla de ruedas, nunca la hemos podido llevar porque los palcos y las sillas estaban delante y este año…

— ¿O SEA, QUE VA A ESTAR TU HIJA?

—Sí, creo que sí…

— ¿Y TÚ LO SABÍAS?

—No señora, bueno sí, un poco...

—Sí o no, ¿cómo quedamos?

—Señora, madrugo mucho para llevar a su señor esposo a Azuqueca,después vengo y llevo a la niña  al colegio del Pilar, a continuación la recojo a usted para llevarla al centro de belleza…y por la noche lo mismo… llegó a casa dormido…

—No, no, no y no. No digas nada. Está claro, estamos manteniendo a un vago bolivariano… Sólo hace falta que me digas que has votado a la impresentable despeinada de Carmena…

—No señora, no pude ir a votar, estuve todo el día a su servicio…

—Mejor. A saber, a quién hubieses votado. Los pobres sois unos ignorantes…¡Ah! otra cosa, mi hija tiene que estar en el palco VIP, así que tú verás cómo te las apañas, utiliza tus contactos bolcheviques o bolivarianos…; pero sí o sí,  mi hija tiene que estar en el palco vip, como todos los años…

—No puede ser señora, mi hija es especial, la suya VIP, este año los palcos son para la gente VIS (Very important Specials) y mi hija es una persona muy especial y yo estaré con ella.

—Pues va a ser que no, nos tienes que llevar a la cabalgata…al palco VIP o VIS ¡Dios, que ordinariez!  O te quedas sin trabajo, pasado mañana…

Ambrosio, parece que duda, se ajusta la corbata, nota que le falta el aire, la marquesa de garrapata sonríe segura de su triunfo. El mayordomo echa mano al bolsillo y saca un pañuelo, se seca el sudor, a pesar de ser pleno invierno, el salón y toda la casa tiene la temperatura perfecta controlada de manera domótica en la temperatura ideal de 23 grados.  Ambrosio suda, se limpia el sudor y guarda el pañuelo, saca ahora la cartera, de la misma extrae tres boletos, los mira fijamente, mira a la señora marquesa, que ya está con la mano extendida, se los enseña y los vuelve a introducir en la cartera.   Se quita el delantal y lo dobla muy cuidadosamente. Se acerca a la marquesa que todavía no ha salido de su sorpresa y se lo entrega en mano.

—Tranquila, no es necesario. Me voy yo ahora…, asuntos propios, pasado mañana volveré a trabajar…

—No puedes, me tienes que llevar al gimn..., tengo fitness..., no te pienso despedir hasta pasado mañana…

—Disculpe señora, se me olvidaba — le corta el mayordomo, sacando las llaves del coche del bolsillo —aquí tiene las llaves del Jaguar de la Gürtel, y también estas, son del Testa Rosa, lo suele llevar la amante de su marido.

— ¡QUE! ¿CÓMO TE ATREVES?

—Pues eso, que está usted mal folla y por eso le gusta joder. ¡Buenas tardes! Pasado mañana regreso a trabajar, y con aumento de sueldo, sino del mismo modo que usted ya sabe que su marido folla con otra, se sabrán otras cosas…

—Que no he cogido el coche desde que…

—Desde que se sacó el carné, ya lo sé, y no es que se lo sacase, que se lo dieron porque el director de la autoescuela se lo regalo a cambio de una concesión a su cuñado...y algún favorcillo suyo...ya sabe, pasado mañana quiero aumento de sueldo.

—¡Populista!

Ambrosio se encoge de hombros y sale por la puerta, dejando a la señora marquesa de Garrapata muy alterada. Con su hija y unas amiguitas mirando la escena con los ojos abiertos como platos.

—Impresentables populistas, utilizan a los niños  sub... para ganar votos...

Día 5 por la tarde, día de Reyes. Los palcos que antes eran VIP (Very Important Parasites), han pasado a ser VIS (Very Special People). Y por supuesto son ocupados por niños especiales se sientan en los palcos y sillas vip y primera fila aquellos que de otro modo no podrían asistir a la cabalgata de Reyes, acompañados de sus padres.  A unos metros, entre una inmensa multitud de gentes apelotonadas, junto con la gente que todos los años acude a la cabalgata, podemos ver gente que antes ocupaba los antiguos palcos VIP y las 1800 sillas dispuestas para la llamada hasta entonces gente VIP. Todos apretujados, unos contra otros pugnan por situarse en las primeras filas, han conseguido que al menos la delegación del Gobierno habilite una zona protegida por la policía nacional, para que además de haber perdido el privilegio del palco VIP (Very Important Parasites) no se vean obligados a mezclarse con lo que ellos llaman la gente ordinaria. Pero el espacio es reducido, para lo que están acostumbrados y los codazos, pisotones y empujones se reproducen por doquier, intentando sacar la cabeza entre la multitud.  Se escuchan maldiciones impropias de personas que se consideran a sí mismas de muy buena educación, la flor y nata de la sociedad madrileña, que ha estudiado en los mejores colegios y universidades del mundo, sin embargo los insultos y la bajezas a la hora de posicionarse no son las que se ven frente a ellos, donde se encuentran las capas populares de Madrid, una mezcolanza multiétnica, acostumbrados de toda la vida a esas aglomeraciones, pero ellos no están acostumbrados y se nota. 

La señora marquesa de Garrapata y su hija, que no están acostumbradas a los codazos, pisotones y puñetazos de la gente VIP, están relegadas a los últimos de la fila. Justo cuando va a pasar el rey Gaspar, un hombre sube a una niña a sus hombros, con lo cual evita toda posibilidad de que la señora marquesa y su hija puedan ver a Gaspar y el resto de los Reyes Magos. Por encima del griterío y de los gritos de júbilo de los niños que sí pueden ver a los Reyes Magos, se escucha la voz de pito de la señora marquesa de Garrapata:

—Imbécil, baje a esa cría de los hombros, ¿no ve que no deja ver a mi hija?

El aludido se gira ligeramente, dejando ver sus ojos saltones y su ridículo bigote hitleriano, reconoce a la señora marquesa, siempre la tuvo a su lado en palco VIP. La marquesa palidece…

—Perdón, perdón, señor presidente, perdone usted, a sus pies.

—Mamá, no puedo ver a Gaspar, me prometiste que lo vería. No te lo perdonaré jamás, jamás, jamás…

"Advertencia":

Los hechos y personajes que aparecen son ficticios, cualquier similitud la realidad es pura coincidencia. Sin embargo, aquellos seres humanos, parásitos o garrapatas que se sientan identificados tienen plena libertad de adoptar personalidades y actitudes descritas en este relato."


Paco Arenas©

Caricias rotas (reseña nº 33) Descarga PDF cuatro primeros capítulos)



Excelente reseña de Susana Alfaro ( Msusana AL-Faro)

Perdí el hilo en la cuestión de publicar reseñas de Caricias rotas, son tantas. Hoy he recuperado una de las que más me han llegado al corazón, de una persona a la que tengo gran aprecio. 


"Caricias Rotas" no es un libro que se pueda leer ni comentar a la ligera.
Es hielo, recuerdos de la protagonista que nos sorprendemos recordando como nuestros, como cuadros vistos y oídos en todos los lugares recorridos.
Son lágrimas y preguntas que nos asaltan porque alguna vez nos destrozaron tanto que no veíamos más salida que aquella en el mar. Son oídos sordos, silencios cómplices.
Es un libro que cada uno leerá desde su experiencia y ojalá llegasen a tomar conciencia y a “divorciarse de la sombra" y volver a la vida para sí.
Ojalá los maltratadores lo lean y se vean en ese espejo destrozado. Ojalá y nos ayude a liberarnos.
Una novela íntima, una escritura cautivante con ese final que algunas sueñan y otras no. Una puerta entreabierta a la esperanza de renacer.

Susana Alfaro (profesora de lengua y literatura española en Besanzón- Francia


Muchas gracias Susana Alfaro

Leer o descargar  los cuatro primeros capítulos de Caricias rotas

jueves, 4 de enero de 2018

Carta a mi hijo



Han pasado diecisiete años y parece que fue ayer cuando llegaste con prisas con el nuevo año, en el primer año del siglo XXI. El otro día pensé en regalarte la brújula que tienes entre tus manos, no para que sigas por mi camino, sino para que encuentres el tuyo; si bien, creo que lo tienes más claro de lo que yo pienso.

Cada persona tiene su destino y debe afrontarlo sin miedo a tropezar. Si tropiezas, nunca olvides que me tendrás a tu lado; aunque, deberás ser tú quien se levante y quien reemprenda la marcha, con tus miedos, tus dudas y mis pesados consejos de padre en tu mochila, quisiera que los tuvieses en cuenta, no como ordenes, sino como herramientas por si un día los necesitas y los quieres usar.

Los padres somos así, damos consejos a los hijos que no nos piden. Vemos a los hijos como aquellas indefensas criaturas que aprendieron a caminar de nuestra mano. No vemos que esa criatura ya se afeita y mira al mundo con sus propios ojos, que tiene su criterio, que no tiene por qué coincidir con el nuestro.  Eres ya un hombre, y como tal, debes equivocarte por ti mismo, cometer tus propios errores y asumiendo tus derrotas y victorias como el aprendizaje necesario que todos necesitamos para crecer, tienes derecho a ello.

Vuela, no temas a la niebla, todos nos hemos sentido inseguros, con más dudas que certezas ante el futuro. Es cierto que los jóvenes no lo tenéis fácil, que camináis por el camino con buitres acechando vuestro vuelo. Nosotros, vuestros padres, también teníamos buitres y cuervos a los que combatir, lo hicimos, era mucho más fácil, no llevaban disfraz. Logramos, con ayuda de nuestros mayores, un mundo mejor de lo que lo encontramos. Sin embargo, nos confiamos y hemos permitido que lo que tanta lucha y sacrifico costó, nos lo roben a golpe de criminales legislaciones.   No hemos sabido defender nuestro presente, ni lo que es peor, vuestro futuro, deberéis hacerlo vosotros, intentando recuperar ese futuro que os pertenece.

 Vuela, hijo mío, sin miedo a la niebla, ni a la oscuridad, vuela seguro, que sea tu mayor miedo el tener miedo a enfrentarte con tu futuro. ¿Recuerdas?

—¿Papá, a qué tienes miedo? —alguna vez me preguntaste.

—A tener miedo, tengo miedo a tener miedo —te respondí siempre.

Sin embargo, siempre he tenido miedo, los padres siempre tenemos miedo ante el futuro de nuestros hijos. Pero no debes hacer caso de esos miedos, que ahora sería imposible que comprendieses. Vuela, vuela sin ellos, no hagas caso de los míos; no obstante, permíteme seguir tu vuelo, en la medida de lo posible, hasta que cuando finalmente vueles solo, y con tu vuelo se aleje definitivamente mis miedos al verte volar.

Tu padre que te quiere más que a su vida.


Paco Martínez/Paco Arenas
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