sábado, 14 de julio de 2018

«Alejandra - ¿Cuántas despedidas implica un regreso?» De Susana Alfaro (Reseña)






 Alejandra - ¿Cuántas despedidas implica un regreso?
  • Tapa blanda: 174 páginas
  • Editor: Createspace Independent Publishing Platform (16 de junio de 2018)

  • Idioma: Español

  • ISBN-10: 1721522026

  • ISBN-13: 978-1721522026

¿Dónde se puede comprar? Plataforma Amazon, enlaces al final de la reseña.





  • Valoración media de los clientes: 





Valoración personal


Mi valoración, excelente, muy recomendable para aquellos que quieran conocer de primera mano el conflicto salvadoreño, y digo  de primera mano, no el de la élites, el que sale en los libros de historia, sino de las personas implicadas en la lucha, la historia olvidada de quienes lo dieron todo.
La inclusión de fotografías de quienes aparecen en el libro, añade emoción a un texto ya en sí, más que emocionante. 

La reseña


«Alejandra - ¿Cuántas despedidas implica un regreso?». De Susana AlfaroPodría decirse que es una mano extendida desde la lejanía, un repaso de un pasado lejano, desde el exilio; pero, que está muy presente a pesar de los años transcurridos todo el dolor y todo el amor de la protagonista y autora hacia todas esas personas entrañables que le acompañaron en aquella lucha.

A lo largo de la narración siempre se percibe ternura infinita en el recuerdo de aquellos que cayeron, al mismo tiempo que la ausencia de odio o de ánimo de revancha contra quienes los asesinaron o traicionaron. Llama la atención que los nombres que aparecen son los de quienes lo merecen, solo de quienes lo merecen, ni más ni menos, porque se trata de honrar a quienes lucharon por sus ideales de un mundo mejor, no de otra cosa.
Resulta fácil captar la nostalgia de aquellas risas jóvenes, de aquellas noches con el sonido de acordes de guitarra escuchando canciones de Serrat cantadas por su hermano René. Me lo imagino cantando, con esa risa despreocupada de adolescente con la que aparece en la única fotografía que existe de René Alfaro, una risa de quien tiene toda la vida por delante, capaz de expandir su voz cual poema machadiano al ritmo de esa guitarra rebelde, sin saber, a pesar de ser consciente de ello, de que una bala podría ser un dulce final para lo que le esperaba. Leyendo el testimonio de Alejandra Ramírez, me parece escuchar su voz, la de René:
                                       
«—Alejandra, si ve que ya está perdida, mátese...no vaya a dejarse agarrar porque a las compas les hacen cosas terribles.».

René transita por todo el libro, con una fuerza omnipresente, está incluso cuando ya no está, así lo percibe la autora, así lo percibo yo, y creo, que lo percibirá el lector. 

  Y es que este libro es el testimonio personal de una de esas personas admirables que se cruzan en tu vida.  Es el testimonio de una mujer luchadora, de una joven cuya su única pretensión en la vida era terminar sus estudios universitarios y ser maestra. Una muchacha que vivía con la cotidianidad de cualquier joven estudiante, ajena a su alrededor, donde pasaban cosas:


«—¿Qué ve? —le preguntó su primo Carlos.»

«—El río —le contestó ella con la ingenuidad y despreocupación de sus años.»

Y su primo Carlos insistió. Había algo más que el río, vio gente que lo estaba pasando mal, que estaba sufriendo, que carecían de todo lo que ella consideraba lógico y normal para vivir con dignidad. Y entonces llegó la pregunta que le abrió los ojos:

«—¿Y le parece normal que usted tenga todo y ellos vivan así?»

Abrir los ojos no es fácil, si los mantienes cerrados llegará el día en que te toque a ti, que vendrán a por ti; pero, si los abres el riesgo es mayor, sabes que te has puesto frente a ellos y que jamás te lo perdonaran, que siempre tendrán una bala dispuesta con tu nombre. Sin embargo, una vez que has abierto los ojos, no puede ser la indiferencia tu actitud, si tienes conciencia y Susana la tenía, la tiene. Y en lugar de quedarse en su zona de confort, tomó partido por quienes lo estaban pasando mal, por quienes no sabían si verían amanecer o anochecer, si al día siguiente besarían a sus hijos, a sus padres o seres queridos. Tomar partido por los pobres, tiene ese riesgo, el vivir y sufrir como ellos. Y Susana lo hizo, lo hizo acordándose de su primo muchas veces, al que, en más de una ocasión, cuando sus piernas se hundían en el barro, agotada y sufriendo, con gusto le habría preguntado:

«—¿Le parece normal que tenga yo que andar aquí?»

Pero ya no podía porque, para su desgracia y la de todos quienes luchaban por un mundo mejor, apareció mutilado y agonizando en el Playón de Chalchuapa después de ser capturado por la guardia de Santa Ana, sin haber cumplido los 19 años. 

Pero Carlos fue uno más de una larga y dolorosa lista, a la que un día se unió su hermano René.

Alejandra Ramírez, no era una más, fue responsable política de la guerrilla, nunca llegó a disparar un solo tiro; sin embargo, no era de esos responsables políticos que desde el extranjero diseñan las estrategias sobre un mapa, con un café o un licor al lado, bien alimentados y sin peligro de que un obús o una bala les atraviese el pecho. Alejandra estaba en el frente, sufriendo las pulgas, y las ráfagas, el agua la lluvia y el viento, viendo morir todos los días a sus compañeros de lucha, pensando que cada amanecer podía ser el último. Para ella, cada compañero o compañera, tenía un nombre, un problema, un sueño, un tintineo diferente en sus risas y un brillo ilusionado en sus miradas.

Tras el triunfo de la revolución Sandinista todo se eclipsó, de los noticiarios desaparecieron las noticias de otras revoluciones en Centro América. El imperio mandaba silencio, había sido derrotado y los serviles mandatarios europeos agacharon la cerviz para besarle las botas al nuevo mandatario de extrema derecha yanqui, al nefasto Ronald Reagan, que armó a los más cruentos dictadores y criminales del mundo.

 Comenzaron nuevas estrategias por parte de las dos grandes potencias, EE.UU. y la Unión Soviética. Para ellos, las luchas y los procesos locales, eran utilizados cual peones de ajedrez que se podían sacrificar según considerasen conveniente, no para los pueblos, sino para sus estrategias militares o geopolíticas. Podría resultar fácil para los revolucionarios de salón, para los dirigentes de las organizaciones en lucha plegarse a las decisiones geoestratégicas de las grandes potencias dar órdenes desde lejos en casas lujosas con piscina; pero no para quien estaba al pie del cañón, ni para los que estaban en su mira; Mientras en los despachos se decidía el futuro de los combatientes y se soñaba con tomar el poder, los jóvenes revolucionarios, los de verdad, seguían regando con su generosa sangre las calles y tierras en El Salvador, sin otra opción ni alternativa que luchar por sobrevivir.

Oponerse a esos designios llegó a ser más peligroso que la propia lucha revolucionaria, Alejandra lo hizo. Para doblegarla le ofrecieron prebendas y la convirtieron en aclamada “heroína victoriosa”. Pero ella, pudiendo estar en los despachos, rechazó todo, porque ella no inició la lucha por un puesto, sino por un ideal.  

Lo de El Salvador no fue una guerra civil, como nos quieren presentar quienes escriben la historia a sueldo, fue la resistencia valiente de un pueblo que tan solo pretendía vivir en paz. 

«Alejandra—¿Cuántas despedidas implica un regreso?» Es un testimonio de imprescindible lectura, escrito con el corazón, desde lo más profundo del sentimiento, que nos muestra las sensaciones, miedos y esperanzas de una mujer luchadora, de una de aquellas estudiantes que se vieron obligadas a dar el paso de irse al monte.  Como dice ella:

«Soñamos el sueño de los grandes, no vivimos para nosotros, no morimos de las cosas cotidianas y cayeron bellos, valientes y jóvenes con el futuro en la mirada.
Por las risas de los pobres, por la elevación de la condición humana, vivimos y cayeron como ángeles rebeldes que no se sometieron, que no bajaron la cabeza para que les instalaran el yugo. Vivimos sabiendo que la muerte pertenecía a la realidad de todos los días: nos negamos a acallar el escalofrío con química y alcohol. A sus armas les opusimos nuestra fe inquebrantable de merecer algo mejor que cosas, que trabajar como esclavos para hacernos aceptables para los opresores.»  

  «Alejandra—¿Cuántas despedidas implica un regreso?» Es la búsqueda de un lugar en la tierra, sin otra aspiración que hacer lo que hace cualquier joven europeo, trabajar, estudiar y hasta luchar por nuestros derechos individuales o colectivos. Muchos teníamos esa consciencia que dejábamos entre paréntesis al entrar a una discoteca. Pero a ellos no les permitieron vivir en paz, a ellos los asesinaban, torturaban…, mientras en Europa mirábamos para otro lado. 

    Paco Arenas

Enlaces:






miércoles, 11 de julio de 2018

El Giraldo, el Castillo de Cuenca y Velázquez (extracto de Magdalenas sin azúcar)




—Porque, ¿sabes?, se me cae la baba cada vez que veo a la chiquilla de Clara, lo graciosa que es, porque me gusta peinarla, vestirla con la ropa que le hace su madre, pero sé que me gustaría mucho más si fuese nuestra hija. Al levantarme, todos los días verte a mi lado, despertarme con la guitarra, escucharte trastear mientras enciendes la lumbre, después de haber ardido toda la noche entre las sábanas. Sin ti, mi amor, tengo frío, la casa entera está fría y mi corazón desolado.


Y lee una y otra vez sus cartas y piensa en ella y por las noches sueña con ella. Si está dormido, despierta.

Sí, las dudas le asaltan. Si está pensando en infidelidades, intenta cambiar el pensamiento y fantasea con el día en que entran y le llaman por su nombre. No para integrar la larga lista de ajusticiados, sino para decirle que aquel día es su día, el día que deciden dejarle en libertad y le dicen que su mujer le está esperando en la puerta, tal y conforme le dijo la última vez. Pasear por la ciudad, cruzar juntos el puente de San Pablo en dirección a las Casas Colgadas, después a la Plaza Mayor donde entran en la catedral, mocha tras el derrumbe del Giraldo porque la catedral de Cuenca de la misma manera tenía su Giraldo, como Sevilla. Recuerda que María se reía y le llamaba ignorante. Del mismo modo que se reía cuando él le hablaba de los cuadros auténticos de Velázquez, en el mesón de la calle Colón. Él, ofendido, saca un periódico de la época, El Progreso Conquense, que guarda su padre como oro en paño, y puede leer que es cierto lo que le dice orgulloso y satisfecho, que Cuenca tuvo su Giralda o Giraldo, y su derrumbe sepultó a veintiuna personas bajo los escombros, la mayoría niños. Incluso cuenta El Progreso Conquense que una de las víctimas era una beata junqueña que se había trasladado a la capital a pedir a la Virgen salud, porque prosperidad ya tenía, pero la artrosis no le dejaba dormir por las noches. Ocurrió un día de abril de 1902, Felipe no había nacido. A pesar de ello, todavía se recuerda en toda la provincia como una tragedia, aún mayor que el famoso Crimen de Cuenca, que nunca ocurrió, muy cerca de Juncos, en Ossa de la Vega. Entonces, ella se disculpa, sin parar de reír, y le dice que no es un ignorante, terminando la disputa en un beso o haciendo el amor.
Después visitarán la catedral porque a ella le hace ilusión ver la catedral mocha como la de Notre Dame de París. Continuarán su paseo al lado del río, si es verano y si es invierno, comerán en el mesón de la calle Colón, para así poder comprobar que son cuadros pintados realmente por Velázquez.


—¡Copón! Que está hasta la firma de don Diego Velázquez y la firma es algo muy serio.

—Sí claro, ahora me vas a decir que su mujer era de Cuenca —se burla ella, porque sabe que sí, que el suegro de Velázquez era de Cuenca, y que visitaba la ciudad, alojándose en la posada de San José, propiedad del abuelo materno de su esposa…

—Pues sí, su mujer, su padre eran de Cuenca…

Ella, finge incredulidad, se ríe de él una y otra vez; a pesar de todo Felipe insiste.

—Los cuadros los pintó Velázquez, bueno o uno de sus alumnos, maestra de los…—y calla, porque ella lo besa mirándolo con esos ojos que le recuerdan el mar que nunca vio.

Entonces él acepta que ella lleva razón, fingiendo enojo y riendo, a pesar de todo, que, en realidad, Felipe es un ignorante y ella una maestra.

—Claro, los maestros lo saben todo…—y de nuevo busca sus labios, mientras sueña que los gruesos muros del Castillo no existen, que en realidad aquel castillo no es una cárcel, sino una biblioteca o sabe Dios qué…

 En muchas ocasiones le hace callar. No obstante, él no es tan ignorante como ella piensa que quiere hacerse para hacerle reír. Sueña con la brisa de un mar, que él nunca vio y del que ella le habla enamorada de su azul, de sus olas, de su brisa húmeda, que no tienen nada que ver con esta brisa seca de Castilla.

—Es una brisa húmeda, pegajosa, diferente, con sabor a sal —le dice ella.

Sueña con la libertad, con cumplir todos aquellos proyectos que juntos piensan y planean, sabiendo que eran casi imposible llevar a cabo. Aquellos viajes imposibles que veían en los libros de su suegro o con irse lejos. Un preso le comentó que él se iría cuando saliese de la cárcel a la República Argentina porque allí se hacían dos cosechas y había tierras de sobra para cultivar. Al pobre hombre le llamaron por su nombre una mañana para decirle que iba a ser juzgado y eso significaba lo que después ocurrió frente a un pelotón de fusilamiento. No quiere pensar en ello, quiere pensar en ese día en que también pronuncien su nombre para decirle que puede volver a Juncos con su mujer y su hijo. Nueve meses después de meterle preso, aún no le han juzgado y duda que sea juzgado alguna vez. Él solo espera que un día le digan que se puede marchar. El sol comienza a entrar entre los barrotes de las ventanas de la cárcel cuando se escuchan los disparos contra los condenados y casi en el mismo instante que el ruido de las llaves en las cerraduras y el correr de los cerrojos de la puerta al abrirse. Les obligan a ponerse de pie para pasar lista. Joaquín Pérez, el compañero que tiene frente a él en el pasillo, es un anciano de casi setenta años, se le queda mirando en la semipenumbra, ríe.



—Felipe… ¿Te has meado? —Felipe se agacha y coge la manta enrollándosela a la altura de la cintura, también ríe.

—Esta noche he soñado con mi mujer —Y se le dibuja una cara de felicidad, como si en lugar de soñar se hubiese levantado de la cama después de una noche de pasión con María.


Extracto de la novela ©Magdalenas sin azúcar, si quieres puedes descargarlo en PDF

©Extracto del capítulo IXº  Los sueños se escapan entre los barrotes

©Paco Arenas

La novela se puede comprar en Amazon

o a través del Messenger del autor  Paco Arenas

domingo, 24 de junio de 2018

Los tesoros de La Ceramo de Benicalap

Todos sabemos que en la Ceramo se se fabricaban de los mejores vidriados de España, al menos eso nos han contado;  pero...¿cuántos los hemos visto?


Plato con el Portalet



Como siempre se ha dicho, La Ceramo fue una joya que fabricaba auténticas de vidriados cerámicos apreciados en todo el mundo.  Hubo un tiempo en que no había persona de prestigio o de dinero, que no es lo mismo, que no tuviese una pieza o varias de las producidas en La Ceramo. Rara era la casa real que en sus palacios no tuviera alguna pieza. Por tanto, para muchos, visitar Valencia y pasarse por la Ceramo era visita obligada.  Por ella pasaron artistas, escritores, también Carmen Collares, solo, que al igual que hacía en las joyerías, tampoco pagaba lo que «generosamente» le regalaban (qué remedio). Por la Ceramo también pasaron princesas de cuento, como la famosa emperatriz de Austria, Sissi. 

De ella salieron ánforas, jarrones y otros vasos alfareros con la técnica llamada de reflejos metálicos, tuvo medallas y galardones de honor en todas cuantas exposiciones se presentó y sus piezas se encuentran en los principales museos del mundo. Todos los edificios emblemáticos de Valencia fueron embellecidos con sus vidriados y reflejos metálicos, como la Estación del Norte, El Mercado Central o el de Colón.  A pesar de todo fue a la ruina y quienes deberían haber velado por ella dejaron que se fuese derrumbando poco a poco, ante la desidia y la indiferencia de las autoridades de turno, a pesar de las reivindicaciones ciudadanas.

Sería conveniente que al mismo tiempo que se recupera el edificio, una parte del mismo se dedicará, aunque solo sea como atracción turística, a volver a producir estas joyas.













lunes, 18 de junio de 2018

Los recuerdos (a ellos, que tanto quisimos y queremos)



Llegan cuando no los esperas
mordiendo el presente 
a bocados, como una manzana,
ocupando todo mi universo,
arrancando cada trozo de mi pasado
crujiendo en la oscuridad,
cuando estoy durmiendo,
despertando, 
dejando entrar por la ventana la claridad
de un tiempo que fue presente,
hace tantos años...
No, no son fantasmas,
ni ángeles colgados de invisibles telarañas,
son heridas que duelen,
o bellas heridas de nostalgia,
que débiles,
se hacen fuertes, 
cual gemido que estalla en llanto
sin culpabilidades
ni falso arrepentimiento,
trayendo sus lágrimas
y sus risas,
haciendo brincar nuestro corazón de gozo,
dibujando la sonrisa en los labios,
no obstante,
también duelen:
ellos ya no están, 
ellos...
siempre estarán.

©Paco Arenas

domingo, 20 de mayo de 2018

Las musas se olvidaron de mí (poema juventud)




Es la una de la madrugada,
tengo sueño,
mis ojos se cierran cansados
esperando tu llamada
la eterna espera resumida
en el oscuro de tus ojos.
Debería dormir sin esperar la lluvia,
ni el correr de la tinta sobre el papel
o el vuelo de las palomas sobre mi cabeza,
defecando sus heces,
mientras espero
prisionero de tus labios
y de mis sueños.
No necesito diccionarios,
solo palabras encadenadas
que cual pezones encabritados
buscan la ansiada boca
del recién nacido…
Es la una de la madrugada,
tengo sueño,
tengo sueños…
y tú sin venir
a mi casa vacía
donde la tinta espera
con la mirada extraviada del poeta,
que bebe un mal vino
por no quedarle una peseta
para pagar un “gran reserva”.
Es la una y media,
y mañana la obra espera.

27 de diciembre de 1983

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