martes, 11 de septiembre de 2018

¿Y si un día dejo de escribir?




Si un día dejo de escribir… ¿Alguien notaría los renglones deshabitados?  ¿cuántos lo celebrarían?

En realidad, no es eso lo que me debiera preocupar, lo que realmente me debería hacer temblar es tener las maletas en la puerta, el marcharme sin avisar, sin despedirme, ¿de la vida? No, de esos renglones huérfanos, de que mis pajas mentales no hayan sido capaces de sembrar palabras en los surcos desiertos y que mi semilla se marché por el desagüe del olvido sin engendrar tierra yerma. No por nadie, puesto que, como espíritus invisibles los lectores se desplazarían en dirección a otros trigales en los que alimentar su espíritu, otros sorbos frescos o ardientes en los que calmar la sed de párrafos que sin encadenar atrapen sus ansias lectoras.  Más pronto que tarde se olvidarían de este junta letras, de este «intelectual de veinte céntimos» como me llamó alguien que nunca leyó mis libros, y que, si los hubiera leído ni aunque le hubieran pagado por ello, porque hay gente que nunca leería nada mío ni si se lo recetase el médico, ellos se lo pierden, escribo para todos; pero desde el suelo, desde debajo de las abarcas del campesino, desde las suelas rotas de las botas de los obreros, y eso molesta, sin que a mí me importe.    

No tengo motivos para la desazón ni para enterrar palabras sin escribirlas antes. Tal vez fue un error explorar en los confines del pasado que no fue, enfrentarme de nuevo a lo que pudo ser, a aquella novela que pudo hacerme atravesar el pórtico de las letras en mi lejana juventud. Sus personajes me hablan desde la lejanía del tiempo, los ladridos de los perros aturden mis sentidos como si fuesen truenos seguidos de relámpagos sin lluvia que ayude a germinar las semillas.

Réquiem por una noche de amor fue la razón o el motivo para dejar de escribir hace más de 30 años, ¿será otra vez el motivo para volver a dejar de escribir?  Caminar por sus renglones es como si lo hiciera sobre alambres de espino, como viajar en un tren que dejo atrás, muy atrás, las estaciones de mi destino. No quiero que esa novela se convierta en una obsesión, una barrera imposible de saltar, una tumba de cristal que me impida respirar, no es mi meta, es mi pasado y no debiera condicionar mi futuro, pero me da miedo enfrentarme a ese texto, ahora que llevo ya la mitad de la novela trascrita.

 Réquiem por una noche de amor fue un éxito y un gran fracaso a la vez, el clasificarme para un premio importante, el que finalmente no se publicará siquiera, ahora amenaza con diferentes armas. No me termina de gustar, intento reescribirla, creo que merece la pena, pero su trama y sus personajes son más fuertes que mi voluntad, posiblemente debería dejarla de lado.

Quiero escribir otras cosas, dejar Réquiem por una noche de amor, pero sus personajes me tienen preso con cadenas invisibles que trastornan y bloquean mi mente y mis sentidos, si fuera capaz de romper esos eslabones..., provocando muy seriamente que me planteé dejar de escribir. 
Si un día dejo de escribir, ¿cuántos lo celebrarían? ¿cuántos lo echarían en falta?  ¿moriría yo de pena?

© Paco Arenas


domingo, 9 de septiembre de 2018

Cara a cara





Brindo por mis miedos,
aquellos que me atenazaron
y llenaron de pena mis ojos.
Sí, esos que me hacían temer a todo,
que me impedían ver con esperanza
y se clavaban como silentes amenazas
los posibles rigores del destino.
Brindo ahora,
que no temo ni a la vencedora de todas las batallas,
tampoco a lo humano o lo divino,
cuando no creo en las palabras seductoras
ni en las criticas envidiosas, 
y sé que no me esperan en el cielo
y no me quieren en el infierno.
Mis esperanzas
ya no es alcanzar metas
ni ser el mejor en nada,
no es llegar al final del camino,
sino solo caminar
sabiendo que ella siempre gana...,
que al menos
no me vea rendido,
ni con la pluma postrada
ante un vil reyezuelo
como sota de la baraja.
Que no me pille con miedo
o con la copa vacía,
que he de beberme hasta el último sorbo
mirándola a la cara,
sin amargura,
esgrimiendo mi pluma como una espada
sonriéndole  sin miedos 
cara a cara.

©Paco Arenas

miércoles, 5 de septiembre de 2018

El mejor helado de Roma (heladería Wonderful Ice Cream)


Con diferencia los mejores helados que probé en Roma el de la heladería Wonderful Ice Cream
Cuando se va a Italia se busca saborear buenos helados, más después de impresionantes palizas a andar.  Probamos muy buenos, la mayoría simplemente buenos, y otros mediocres, y eso que no fueron muchos. El último día, ya con las maletas esperando en la recepción del hotel para recogernos y llevarnos al aeropuerto, pasamos por esta heladería de la Vía Nazionale nº 19. Que pena no haber pasado antes, sin lugar a duda los mejores helados de toda Roma que probamos los de esta heladería. En todas las heladerías ponen un solo sabor en el cono pequeño, en esta tres, además de nata, si quieres, por el mismo precio. Vale la pena dejarse aconsejar por la dependienta venezolana, muy agradable y simpática. Sobresaliente todos los sabores, especialmente el de pistacho. Solo una cosa no me gusto de la heladería, y yo nunca me callo, el nombre, Wonderful Ice Cream, tan poco italiano, tampoco latino, en fin, algún defecto habría de tener. 

Paco Arenas

Billetes hasta en los calcetines (Viaje a Italia-Siena agosto de 1989)




Siena fue una de nuestras últimas etapas en tierras italianas, a ella llegamos directamente desde Roma, montando nuestra tienda de campaña en el camping Colleverde. En aquellos tiempos (1989) no resultaba muy habitual llevar tarjetas de crédito, tampoco las cogían en muchos establecimientos, y se hablaba de ellas como un peligro para el bolsillo, una forma de pago poco segura, aunque yo ya tenía, que por supuesto prefería no usar salvo en los peajes de las autopistas. La solución, en nuestro caso, era cambiar divisas en España por francos franceses y liras italianas, tras hacer una previsión de gastos, que siempre te quedabas corto.  Lo cierto es que al llegar a Siena no nos quedaba ni una sola lira, pero sí 20.000 pesetas en dos billetes de dos cabezones, es decir de 10.000 pesetas.


Llegamos el mismo día en el que terminaba la famosa fiesta del Palio, y lo primero que hicimos fue buscar un banco, el primero que encontramos fue en la Piazza del Campo, es decir en la piazza del Palio di Siena, siendo el banco el Monte dei Paschi di Siena, el banco más antiguo del mundo, fundado en 1472, aunque hasta hoy no lo sabía.  


En la plaza todavía podían verse jóvenes engalanados con las vestimentas medievales y banderolas agitadas al viento con destreza, al mismo tiempo que tenderetes de pañuelos con los emblemas de las diversas cofradías. Subimos la escalinata que nos llevaba a la oficina bancaria, dirigiéndonos directamente a una de las ventanillas, donde sacamos los dos billetes de dos mil euros y se los entregamos al bancario para cambiarlos por liras. Supongo que aquel hombre quiso reírse un poco de nosotros, y en lugar de darnos billetes de 50.000 liras, o al menos de 10.000 liras, nos dio todo el cambio en billetes de 2000 liras, y de 1000 liras, con lo cual nos encontramos con más de 232. 744 liras italianas en billetes de gran tamaño, los de mil liras eran del mismo tamaño que los de mil pesetas, pero tenían un valor aproximado a 85 pesetas, con lo cual nos encontramos en nuestras manos con más de cien billetes de liras, sin saber muy bien dónde meterlos. Imposible en la cartera, en los bolsillos abultaban mucho. Repartimos buenamente nuestro inesperado tesoro, y como aquel día de agosto salió un poco fresco llevaba hasta calcetines, y una parte lo metí en los calcetines.
1000 liras italianas equivalían a unas 85 pesetas(50 céntimos de euro), entonces aproximadamente el valor de una cerveza.

Después, aprovechando que había mercado con productos típicos, compramos queso parmesano y algún embutido típico. Cuando salimos del mercado ya nos habíamos gastado al menos la mitad del dinero.


Siena, posiblemente, sea una de las más bellas ciudades de la Toscana, y a la vez más desconocida, eclipsada por Florencia, a pesar de haber sido declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, donde el gótico predomina sobre el resto de los estilos, destacando su catedral. Aunque posiblemente lo más fotografiado sea famoso Campanile en la Piazza del Campo.

La sede del banco que nos gastó la broma, está en la Piazza Salimbeni en el Palacio Salimbeni, sede del banco Monte dei Paschi di Siena. 


Fueron dos días intensos que no olvidaremos jamás, no por los billetes, sino por el espléndido queso parmesano que comimos.

Paco Arenas

lunes, 3 de septiembre de 2018

Todavía esperan lágrimas





Todavía esperan lágrimas
regar las semillas
que germinen como flor de primavera
en cuencas vacías,
y a la vez llenas de las esperanzas
qué no pudieron matar las balas.
El viento se llevó las postreras palabras
que ahora esperan
gritar los labios de los nietos,
de aquellos,
los de las risas pérdidas
En las tapias de los cementerios,
y en las cunetas enterradas,
que como espigas
agitan a los vientos
las banderas escondidas
de aquellos abuelos
qué nunca escucharon
las risas de sus nietos.
Todavía nos quedan lágrimas...


         ©Paco Arenas


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