martes, 8 de abril de 2014
Leyenda de la rosa de la pasión(leyenda toledana)
martes, 12 de noviembre de 2013
Brunegilda, la valquiria toledana
| La Walkyria Brunilda con su caballo |
Reconozco que mis simpatías por el diario monárquico ABC, no
son muy grandes, pero el hecho de que saque a la luz la historia de una mujer
de nuestra tierra castellana, hace que por segunda vez, inserte aquí, en este
blog castellanista y republicano, algo del ABC. Pido perdón por ello.
La valquiria Brunilda de Wagner está inspirada en la
princesa visigoda Brunegilda de Toledo. La tomó para modelo de un personaje del
cantar de gesta medieval «El cantar de los nibelungos»El mundo cultural celebra
este año el bicentenario del nacimiento de Richard Wagner, y aunque la
efeméride puede parecer lejana de nuestro ámbito geográfico, ocurre sin embargo
queToledo guarda en su inmenso acervo a un personaje que, sorprendentemente,
vincula a la Ciudad de las Tres Culturascon una de las protagonistas de «El
anillo del nibelungo», la obra más ambiciosa del genio de Leipzig.
Nunca más oportuno, por tanto, que recordar que la valquiria
Brunilda, hija de Odín y esposa de Sigfrido, está inspirada ni más ni menos que
en la princesa visigoda Brunegilda de Toledo, ya que Wagner tomó para modelo de
su valquiria Brunilda a un personaje del cantar de gesta medieval «El cantar de
los nibelungos», que a su vez se inspiraba en nuestra Brunegilda toledana.
La vakquiria toledana
Brunegilda o Brunekhilda, a veces llamada Brunilda de
Austrasia porque llegó a reinar en ese estado (que comprendía los actuales
Países Bajos y el noroeste de Francia y de Alemania), nació en Toledo el año
543, y en esta ciudad recibió una educación aristocrática dentro de la fe
arriana. Tenía once años de edad cuando su padre, Atanagildo, fue elegido rey
de Hispania, y a este respecto cabe decir que una de las primeras medidas que
adoptó el nuevo monarca fue convertir a Toledo en sede de la corte y,
consecuentemente, capital del reino visigodo de Hispania.
Cuando Brunegilda contaba con 22 años de edad, se recibe en
Toledo una embajada del reino de Austrasia al objeto de pedir la mano de la
princesa para el rey Sigiberto I de aquel reino franco. Poco despuésBrunegilda
deja Toledo para siempre y se casa con el rey merovingio en la ciudad de Metz,
capital del reino, para lo cual la toledana hubo de abjurar de su fe arriana y
adoptar el credo católico de su consorte.
Sobre la personalidad de Brunegilda escribió el obispo
Gregorio de Tours (539-594): «Era una joven de modales elegantes, de hermosa
figura, honesta y decente en sus costumbres, de buen consejo y agradable
conversación». Según el obispo, el matrimonio de Chilperico con una princesa
como Brunegilda, de estrictos principios y limpia moral, constituía un insulto
para sus hermanos, casados con mujeres promiscuas y de bajo estrato social.
Pero en sentido contrario, otros cronistas, enemigos sin
duda de Brunegilda, descargaron contra la princesa toledana las críticas más
adversas, acusándola de intrigas y crímenes políticos.
Solo un año después de su matrimonio con el rey de
Austrasia, la hermana mayor de Brunegilda, Galswinta, casó con el hermano de su
marido, Chilperico I, rey de Neustria (aproximadamente la actual Normandía, con
capital en París). De modo que a mediados del siglo VI, el corazón de Europa
llegó a contar con dos reinas de origen toledano, una de ellas reinando desde
París.
Pero a la toledana Galswinta, reinante en París, su corona
no le duró mucho. Chilperico mantenía una vida disipada y especialmente una
intensa relación con una amante de nombre Fredegunda, que introdujo la
discordia en el matrimonio real hasta conseguir que el rey se deshiciera de su
consorte estrangulándola en el propio lecho real. El asesinato de Galswinta fue
el desencadenante del odio entre Brunegilda y Chilperico, que condujo a
continuas guerras entre los reinos de Austrasia y Neustria, cuyo final fue
contario a la suerte de Brunegilda..
La Brunilda toledana nunca se desentendió de los asuntos de
Hispania, como demuestra el que casara a su hija Ingunda, de 13 años de edad,
con el príncipe Hermenegildo, muertos ambos en el marco de las luchas entre
católicos, arrianos y bizantinos. Su otra hija, Clodosvinta, contrajo
matrimonio con el rey Recaredo, hermano de Hermenegildo.
Tres brunildas
Salvo la continua sucesión de hechos belicosos, crímenes e
intrigas, poca semejanza existe entre la peripecia existencial de la Brunilda
toledana y la del personaje del «Cantar de los nibelungos». Es éste, como se
sabe, el equivalente nórdico al Cantar del Mío Cid español, que recoge las
leyendas alemanas y escandinavas alrededor del héroe Sigfrido. En él se
describe a Brunilda como una valquiria que posee la fuerza de doce hombres y
que aspira a casarse solo con el pretendiente que sea capaz de vencerla en
combate.
Wagner, por su parte, toma de «El cantar de los nibelungos»
sus materiales literarios con la libertad que le dicta su capricho. Así, su
valquiria, convertida en reina de Islandia, es descrita como una mujer
aguerrida y salvaje, que no desea casarse y ha impuesto a los pretendientes la
condición de enfrentarse a ella en tres pruebas de fuerza, y, caso de ser
vencidos, ser decapitados. Wotan (Odín) la condena a permanecer dormida en la
cima de una montaña, rodeada por un cerco de fuego que solo podrá atravesar el
guerrero más valiente, que no será otro que el héroe Sigfrido.
El fin de la Brunilda wagneriana tiene lugar en «El ocaso de
los dioses», la pieza final de la tetralogía, cuando, cabalgando sobre su
caballo Grane, la valquiria se precipita dentro de la gran pira en la que era
inmolado el cadáver de Sigfrido.
La muerte de la Brunilda toledana no fue menos truculenta.
El hijo de Fredegunda, en venganza por la muerte de su madre, hizo torturar a
nuestra Brunegilda, ya anciana, durante tres días, luego la expuso
afrentosamente desnuda ante los ojos de los soldados y finalmente la mandó atar
a la cola de un caballo que la arrastró hasta morir.
Con sus luces y sus sombras, no deja de constituir un
inesperado timbre de gloria para la historiografía de Toledo el que la princesa
toledana Brunegilda acabe convirtiéndose en la Brunilda del «Cantar de los
nibelungos» y, por capricho de Richard Wagner, evolucione hasta convertirse en
la valquiria Brunilda del «El anillo de los nibelungos», la más ambiciosa de
sus obras.
Cierto es que las calles de Toledo no vieron nunca, como las
de Venecia, el paso concentrado del genio, pero al menos los toledanos pueden
alegar con admisible orgullo que, si bien Wagner no estuvo en Toledo, Toledo sí
estuvo en Wagner por vía de nuestra Brunegilda, la flamante valquiria toledana.
Autor:
POR MARIANO CALVO
Fuente: ABC
domingo, 10 de noviembre de 2013
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jueves, 31 de octubre de 2013
La leyenda de la «aparecía» o la «reina mora» de Pinarejo»
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| "La aparecía" o "la reina mora" de Pinarejo |
En Pinarejo, antes de que existiese «Jalowien», ya existían tradiciones de máscaras y de contar historias alrededor de la lumbre o la estufa de leña. Un experto que a mí me dejaba con la boca abierta era Joaquín «El Tuerto». Otros, como Julián, «El Rojo de Soplaeras», o Fermín «Arenas», mi padre, también contaban ese tipo de historias, aunque había muchos más. En este caso, creo que esta leyenda la recuerdo, en parte, por haberla escuchado de labios de Joaquín «El Tuerto», tal noche como esta, hace ya muchos años, en casa de mi hermana Dolores, vecina de Joaquín y Lucía.
Ese día de Las Ánimas o de Todos los Santos era un día para que la gente joven se juntara y se hicieran unas buenas sartenes de miguillas dulces o puches, terminando las sobras taponando los orificios de las cerraduras. También era noche de enterrar castañas y bellotas en la lumbre y disfrutar de esas magníficas historias.
Una de esas historias que, a grandes rasgos, recuerdo era la de una mujer que se aparecía en la noche de Todos los Santos. Si ha sobrevivido ha sido gracias a las notas que tomé hace unos años cuando la recordé. El año pasado escribí esto, que más o menos se ajusta a lo que en su momento me contaron:
La leyenda de la «aparecida» o la «reina mora» de Pinarejo
Dicen de ella que era muy guapa, de rostro blanco como la luna llena, con cabellos largos y muy rizados que le caían por la espalda. A pesar de su gran belleza, provocaba un miedo terrorífico. Según contaban, lo que más llamaba la atención eran sus hermosos y grandes ojos, tan negros como el azabache, como de mora. Dicen que aquel que la miraba no podía apartar la vista de ellos, en los cuales veía su propia muerte. Le avisaban de que, la próxima vez que la viera, estaría muerto y que tal calamidad no tardaría más de lo que duraba el año.
También contaban que esa misma mujer se aparecía a las mujeres de día, a pleno sol, y que iba a la fuente o a los pozos cuando las mozas estaban llenando los cántaros de agua, y les decía que le dejasen pasar delante sin guardar la cola. Si se negaban, les arreaba con el cántaro en la cabeza, dejándolas muertas en el acto. Aunque otros decían que la leyenda no era así, sino que solo se refería a las mozas que fuesen a llenar agua al pozo de La Veguilla el día de Las Ánimas, y que no las mataba, sino que se quedaban para vestir santos de por vida o de sobrinas de cura.
Otros cuentan que se aparecía a pastores y campesinos jóvenes, junto a los abrevaderos donde iban a dar de beber a sus animales, y que, si eran buenos mozos, aparecía con un camisón de raso y yacía con ellos, quedando atrapados para formar parte de su harén para siempre. Es por lo que a esta bella mujer la llamaban la «aparecida» o la «reina mora», en contraposición a los «desaparecidos» o los «cristianos cautivos».
Según contaban aquellos narradores de Pinarejo, quienes la veían no eran capaces de olvidar lo vivido; no obstante, si intentaban contarlo, se quedaban mudos de por vida, advertidos por la bella «aparecida».
Ocurrió que una moza de Pinarejo presenció cómo su novio era seducido por la «reina mora», muriendo justo dos días antes de la boda. La desconsolada muchacha fue a pedir consejo a una anciana que vivía a espaldas del cementerio viejo. Esta le dijo que el único modo de vengarse de la «aparecida» era vestirse de mozo, para lo cual debía tener muy en cuenta cubrirse los ojos antes de mirarla. Debía pasear cerca del pozo de la Veguilla a medianoche y, en cuanto se le apareciera, evitando mirarla a los ojos, arrojarle agua bendita a los labios.
—Lo más importante es que el agua bendita llegue a sus labios y que tus ojos no vean los suyos; de no ser así, la muerta serías tú —le advirtió la vieja.
Sin decirle nada a nadie, ni saber muy bien cómo hacerlo, se vistió con las ropas de su difunto novio y se colocó dos pañuelos de campesino, de esos que utilizan en La Mancha para protegerse del polvo y el sol: uno al cuello y otro anudado en la cabeza, puesto que resultaba difícil caminar con los ojos vendados. Tenía miedo y desconfiaba de la vieja, pero decidió arriesgarse.
Fue a la iglesia y llenó una pequeña frasca de cristal con agua bendita de la pila bautismal, guardándola bien apretada entre sus pechos y el corpiño.
Con el miedo en el cuerpo, la joven, antes de la medianoche, estaba sentada en el brocal del pozo de la Veguilla, tal como le había indicado la anciana, con una venda en los ojos, una mano en el pecho sujetando la frasca y la otra en la frente, dispuesta a bajarse la venda en el momento oportuno.
A las doce en punto, mientras esperaba a la «reina mora», escuchó la voz de su novio, que con palabras dulces le hablaba de amor. Advertida de que eso podía ocurrir, y de que la mujer de bellos ojos podía aparecer como alguien querido, la muchacha inclinó la cabeza, como avergonzada. Respondió con la misma dulzura, diciéndole a su amado que se acercase, que el secreto mejor guardado de su amor aún lo reservaba para él y estaba dispuesta a entregárselo aquella noche junto a los juncos del pozo de la Veguilla:
—Antes quiero abrazarte y besarte, aunque en ello me vaya la vida —dijo, arrepintiéndose al instante, sabiendo que podía morir si la «aparecida» llegaba siquiera a tocarla.
—Amor mío, suelta tus cabellos al viento, que mucho afea ese burdo pañuelo la luz de la luna en tu rostro, y así podré besarte como el esposo que soñé ser… —le dijo la «reina mora», tomando la forma de su amado mientras se acercaba.
La joven negó con la cabeza, bajándose el pañuelo y cubriéndose los ojos con él.
—Abrázame primero y quítame tú, mi amado, este pañuelo que a ti te pertenece, así como todo lo que cubre —dijo, incapaz de resistir la atracción que sentía, muy a su pesar.
Cuando la «aparecida» fue a abrazarla, la muchacha dijo que tenía sed y bebió agua bendita de la pequeña frasca. Después, muerta de miedo, abrazó a su supuesto novio y juntaron sus labios, sabiéndose perdida. En el momento en que la «reina mora» intentaba quitarle la venda, depositó parte del agua bendita en su boca, provocando que aquella comenzase a arder como aliagas secas.
Al día siguiente, nadie se explicaba cómo era posible que los juncos hubiesen ardido dejando dibujado un espacio con forma de mujer. Solo la joven que había besado a la muerte conocía la razón: el agua bendita que tragó fue la que le salvó la vida.
Lo cierto es que ya nunca más hubo aparecidas ni desaparecidos en Pinarejo.




