sábado, 30 de julio de 2016

Quien la busca, la encuentra y no escapa...



Dedicado a todos mis amigos boricuas.
Este relato es un pequeño experimento, un juego o coqueteo con algunas expresiones de Puerto Rico. Ha sido escrito con el máximo respeto hacía la Isla del Encanto y sus gentes, espero que dignamente. Pido que me perdonen los fallos y sí alguna expresión no se ajusta de manera precisa a su definición.

También dedicado a todas las mujeres que sufren violencia machista por parte de esos que la consideran una propiedad sobre la que tienen potestad absoluta. Sin duda se trata de un relato triste, aunque espero que otros provoquen risas.(Este, tal vez, también por mis errores al querer utilizar palabras que me son ajenas.

Aquella noche el negro Marcial deambulaba por las finas arenas de Playa Sucia[1] buscando un sentido a su vida que creía perdida para siempre. Sus pies bordeaban la playa mojándose hasta las rodillas, después de astillar dos costillas a Mónica, su amor.  Deseaba la muerte con ciega intensidad. No es que se sintiese culpable por haber zurrado el pandero a la bella mulata con la que había compartido los dos últimos años de su vida.

 Él le amaba intensamente, pero ella era tan bella, tal el cimbreo de sus caderas al caminar, la fiesta en sus ojos y labios al reír que a ningún hombre dejaba indiferente y fuesen muchos quienes la miraban con ojos golosos imaginándola desnuda balanceándose en un chinchorro[2].  Sí sentía celos, y hubiese querido saber de ella cada instante de su vida. Las groserías o lindezas que otros hombres le dedican en el trabajo y con más motivo las réplicas a esas groserías. Ella trabajaba con hombres elegantes, él era un perdulario[3] que necesitaba alquilarse[4] para poder fumar el peor boliche[5]. ¿Cómo no ser celoso ante tanto amujerado[6] bien vestido que trabaja con ella? Quería controlar su vida, no es que se dedicase a esculcar[7] el celular de ella buscando infidelidades; sin embargo, hacía tiempo que tenía el pálpito de que no era el único que compartía cobija[8] con ella. A él nadie lo tomaba por zonzo[9] ignorante, menos una mujer.

El faro de Cabo Rojo emitía fantasmagóricas luces sobre las Caribe, si bien la intensidad de sus impresionantes y bellos destellos no llegaban a ser tan intensos como las ráfagas de los celos enfermizos que le hacían ansiar la muerte en aquel paraíso al bravo[10] y bien formado Marcial. Era noche de luna llena y estrellas rutilantes que producían una sensación de bóveda iluminada translúcida diseñada por el mejor de los arquitectos. La luminosidad de aquella noche de plenilunio, unido a la   fresca y húmeda brisa, en uno de los lugares más bellos del Caribe y del mundo, invitaba a cualquier cosa diferente a la que le había llevado desde Ponce.

—Hermosa noche para morir —dijo en voz alta mientras su mirada se perdía en la inmensidad del mar, deteniéndose en aquel puente en forma de manatí o elefante donde rompían las olas formando espuma blanca.

Caminaba lentamente reconcentrado en sí mismo, casi rezando por no encontrarse con nadie, como una diversión que abstraía los mosquitos que a esa hora de la noche buscaban sustento en su oscuro cuerpo. No quería tropezarse con nadie, no fuese que la cosa terminase en gresca, era tal su ofuscación.  Sin embargo, muy a su pesar necesitaba hablar, desvestir su alma, botar[11] toda la rabia que como candela ardiente le producía tal desazón en el alma. Así caminó hasta pasadas las seis de la mañana, hora hasta la que había postergado su decisión de tirarse desde el punto más escarpado del acantilado. Quería ver amanecer.

Tras caminar toda la noche por la playa, rondar los bellos manglares, donde a buen seguro alguna pareja de enamorados desatarían sus acalenturadas[12] pasiones, como él hizo muchas veces, no solo con Mónica, sino con otras muchas, porque él era muy macho y daba abasto a muchas hembras si era preciso. A Mónica la quería solo para él, era suya, su más preciada posesión, al igual que su reloj, su celular o su carro, suya y de nadie más.  Antes muerta que de otro, la quería tanto.

 Decidió subir antes del amanecer a los acantilados, al lugar elegido, frente al faro. Refunfuñó por lo pesado del ascenso y porque su muerte no sería tan bella como había planeado.  Ya durante la noche, nubes grises fueron ocultando las estrellas, y a aquella hora de la alborada cubrían la que durante la noche fuera estrellada cúpula radiante. Ya no contemplaría el más bello amanecer de la Isla del Encanto[13].  

Pronto comenzaría a llover, él que tanto ansiaba la lluvia cuando era campesino, maldecía el chaparrón que de un momento a otro caería.  A bastantes yardas[14] del faro un torbellino fue el inicio de la tormenta. A continuación un viento huracanado comenzó a empujarlo en dirección a los escarpados acantilados. Viéndose perdido y arrastrado, fue consciente que tenía miedo a morir, mucho miedo. Se precipitó contra el suelo, buscando un lugar donde agarrarse, seguro de que jamás andando erguido lograría llegar a pedir socorro al faro.  Más próximas se encontraban las ruinas de una antigua torre vigía española, las cuales serían su salvación, pensó, y hasta allí se arrastró reptando como una culebra muerto de pánico. Sin embargo el recio viento amenazaba con arrastrarlo a pesar de todo hacía el mar. Logró parapetarse en el interior de las ruinas, respirando aliviado.


Las ruinas no eran murallas inexpugnables, el viento no siempre soplaba en dirección al mar. La tarde anterior, él fue allí decidido a morir al alba como los fusilados, marcando el instante preciso frente a la inmensidad del horizonte marino, cuando despuntase el sol en el horizonte. Por supuesto, después de haberle mandado el whatsapp despidiéndose de ella, con la más hermosa alborada del mar Caribe como fondo. Quería que ella se sintiese culpable de su muerte después de la gresca del día anterior que la llevó a ella al hospital, cuando Mónica le confesó que estaba enamorada de otro hombre.

Ahora, cuando veía que la muerte le amenazaba, No quería acoquinarse[15], tenía el pálpito de que ella le pediría perdón y regresaría a su lado, que el contrincante que le disputaba su amor era un amujerado, un capricho obsceno e indecente. Sin duda se trataba de un amago para ponerlo celoso. ¿Quién era ella para jugar con sus sentimientos? Él era muy hombre para dejarse arrebatar lo que le pertenecía en exclusiva, y Mónica era de su propiedad, su hembra, por eso casi la mató por su traición, por decir que se había enamorado de otro.


 No, no podía morir, antes de morir, ya averiguaría quién era el chivo[16] manganzón[17] que le disputaba a su hembra y ensartaría al perencejo[18] mal nacido, que bien muerto estaría.

Las ruinas de la torre que habían resistido las embestidas de huracanes y ciclones aquel gris amanecer cayeron, algunas sobre él, abatiendo su cuerpo de cintura para abajo, mas no lo mataron ni le produjeron heridas de muerte, siempre que recibiese pronta ayuda. Gritó de desesperación consciente de que nadie lo escucharía, a pesar de que todos los días del año eran muchos quienes se acercaban a ver aquellos fantásticos paisajes de la Isla del Encanto, nadie tan loco como para acercarse en una mañana como aquella, a no ser que como él, unas horas antes, buscase la muerte.


De improviso sonó el celular[19] que milagrosamente se había salvado a pesar del agua y las piedras que le aprisionaban sus extremidades.  Peleó bravamente con las escasas fuerzas que le quedaban hasta lograr liberar esa parte de su pantalón donde guardaba el celular. Pensó que era una llamada de ella, sin embargo era la alarma que ponía todas las mañanas para ir a trabajar. Decepcionado pensó hacer llamarla él, tenía poca batería. Le escribió un whatsapp:

— I love you baby.  Te perdono. Estoy a veinte yardas de los acantilados de Cabo Rojo…

La respuesta llegó de inmediato, no por whatsapp, sino como llamada, lo cual Marcial agradeció, pensando que ella estaba esperando esa llamada y que ella aceptaría ese perdón que él le ofrecía, pero el tono era ofuscado:

—¿Qué me perdonas tú a mí? ¡Mal nacido! ¿Tú a mí, que casi me matas?

—Vine a matarme mi amor, vine a matarme por tu traición. Pero te quiero tanto, y sé que tú a mí, pide una ambulancia y salvaremos nuestro amor, te lo juro —decía angustiado llorando desconsolado como niño de pecho sin teta en la que succionar.

—Camina veintiuna yardas que te separan del acantilado y haz un favor a la humanidad. Tírate.

—Tengo atrapadas las piernas, me muero…Sí no viene una ambulancia rápida me muero… —rogó él.

—Adelante, a mí como si te ahogas en las salinas para que te lleven los espíritus de los tainos muertos[20] haciendo lo que tú nunca has sabido hacer, trabajar…

—Me muero, no puedo pedir ayuda a nadie, me muero.  I love you baby —quiso enfatizar más sus palabras después en español —cariño te quiero, mi amor…

—No se quiere a quien se hiere, no se astillan a golpes las costillas de una mujer por cariño... ¿Tienes tabaco? –sorprendentemente preguntó con frialdad ella.

—Sí, pero no es eso lo que necesito. Necesito volver a besarte, salir de aquí, me muero.

—¿Besarme? Antes muero que volver a rozar tus labios, maldito seas por siempre, que el diablo te lleve.

—Condenada, pide ayuda, muero de verdad, no me condenes a muerte, te lo pido como último deseo.

 —Fúmate el último cigarrillo, que ya no me incumbe. Chao —se despidió Mónica apagando el celular, sin posibilidad de volverla a llamar, el suyo se quedó sin batería y él sin ni siquiera fuerza para apretar el teclado táctil del celular.


Cuando la tormenta cesó y el sol de nuevo brillo sobre las cristalinas aguas de Cabo Rojo, las parejas de enamorados comenzaron pasear por Playa Sucia. Algunos se acercaron a las ruinas al vislumbrar los nuevos derrumbes, y encontraron allí a Marcial, con el color cenizo de los cadáveres y los ojos muy abiertos con la mirada fija en un celular apagado que se le había quedado atrapado en sus manos engarrotadas.  Nadie sabía que quien por la noche fue a buscar la muerte y cuando quiso escapar ella lo atrapó.

©Paco Arenas











[1] A pesar del nombre, Playa Sucia, está considerada una de las cincuenta mejores playas del mundo.
[2] Hamaca tejida en forma de red.
[3] Persona sin oficio ni beneficio, perdido, vagabundo.
[4] Trabajar para otra persona.
[5] Tabaco de mala calidad. Palabra ya en desuso, pero que me ha gustado rescatarla por ser habitual en los relatos clásicos boricuas, por ejemplo en el cuento de Abelardo Díaz Alfaro “El boliche”, que termina así: Boliche, tabaco malo, tabaco bueno para “la fuma”. Boliche, tabaco que no llega a ser “pie”, ni “medio”, ni “corona”. Boliche: esa es la vida del tabacalero.
[6] Afeminado.
[7] Registrar, indagar.
[8] Ropa de cama.
[9] Tonto.
[10] Enojado.
[11] Arrojar, tirar algo.
[12] Febriles o ardientes.
[13] Nombre con el que conocen los puertorriqueños a su bella isla.
[14] Yarda, medida anglosajona adoptada en Puerto Rico, equivale algo menos de un metro.
[15] Amilanarse, sentir miedo.
[16] Macho cabrío, cabrón.
[17] Vago, holgazán,
[18] Fulano, mengano, zutano.
[19] Teléfono móvil.
[20] Cerca se encuentran unas salinas en las cuales trabajaban como esclavos los indios tainos para los españoles.


©Paco Arenas

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