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viernes, 2 de agosto de 2024

Don Quijote y los que queriendo insultar a madre ajena, insultan a la propia

 



—Botarate ¿Por qué gritas tan desaforado mentando a tu madre de esa forma?

—Viejo, no te metas en esto, que no es a mi madre a la que miento.

—De tu boca sale estiércol cada vez que insultas a alguien mentándole a su madre, y aunque no lo pretendas y ella sea una santa, ese insulto va para la madre que te parió, que en lugar de darte de mamar leche, te dio boñigas de vaca con diarrea… 

—Me gusta la fruta, es lo que he dicho.

—No. Has dicho hijo de... No voy a ensuciar mi boca con tan grosera palabra, pues cada uno echa por la boca lo que mamó.

—Soy español, y amo a España y tú eres un viejo chocho.

—Te equivocas. Hasta la palabra español, al salir de tu boca, suena como un escupitajo y apesta a vómito agrio de tiempos de la dictadura…

—Estoy en contra de la dictadura, por eso llamo hijo…

—¡Chis! Piensa que tu madre te puede oír y se avergüenza de ti, por no tener vergüenza ninguna…

 —Quería decir hijo de fruta…

—Nadie es hijo de un membrillo, ni siquiera tú que gritas sin razón que eres español y que esto es una dictadura… ¿Sabes acaso lo que es una dictadura?

—¿Ya estamos con las batallitas del abuelo Cebolleta?

—No. En la dictadura, si tú le decías al dictador hijo de fruta, te pasabas en la cárcel el resto de tus días o peor aún…

—Viejo, no me cuentes cuentos, que ya me los contaba mi abuelo…

—¿Y qué le pasó a tu abuelo?

—¿Qué te importa a ti?

—Veo que te emocionas, mira, si al final vas a tener corazón y todo. Tu abuelo, yo lo sé, fue uno de los 7.291 ancianos que murieron abandonados durante la pandemia, precisamente por orden de quien ayer insultó a la madre que le parió.

—¿Y tú cómo sabes que fue mi abuelo uno de esos siete mil viejos?

—¡Mírame! Soy don Quijote de la Mancha y lo sé todo…Anda, tira a tu casa, que tus padres están avergonzados de verte por televisión gritando como si fueras un energúmeno…

—¿Y España, qué…?

—España es diversa y plural y solo los intolerantes que no aceptan la democracia, a no ser que gobiernen ellos, son quienes prostituyen su sagrado nombre. Esos que roban de las arcas públicas, los que se llevan a los paraísos fiscales, esas empresas que cambian su sede al extranjero para pagar menos impuestos… o esos jueces a sueldo que llevan más años caducados que los yogures de Cañete… Vosotros con vuestros gritos…

—Mira, por ahí viene mi madre…¿qué hace? ¿Se quita la zapatilla? ¿No se da cuenta de que está la calle llena de cristales de botellas rotas? Se ha cortado…

—Pero viene a por ti…

—No, te equivocas. Viene a unirse a la protesta. ¡Ay, ay, ay! ¡Mamá!, no me pegues que me da vergüenza…

—La que no tienes…—respondió la madre, sin  parar de darle con la zapatilla en el trasero.  ¡Anda, cazurro! Para casa, que la cena se enfría y Roig nos volverá a subir la leche, de tan agria que la tienen.

© Paco Arenas, sus libros y relatos... 16 de noviembre de 2023

miércoles, 10 de julio de 2024

Don quijote y Sancho sobre polémicas estériles el nombre de nuestra lengua y otras cuestiones dignas de contar

 





Con todo esto volvieron caballero y escudero al camino real y siguieron por él a la ventura, sin otro designio alguno. Yendo, pues, así caminando, dijo Sancho a su amo:

 

—Señor, ¿quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco? Que desde que me puso aquel áspero mandamiento del silencio, se me han podrido más de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo en el pico de la lengua no querría que se malograse.

 

—Dila —dijo don Quijote— y sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo.

 

—Digo, pues, señor —respondió Sancho—, ahora que sé que no debo decir regoldar sino eructar, que al galillo, donde a veces el vino desvía su camino, provocando que el badajo de la campanilla se ponga a repicar y lo deba llamar úvula, sabiendo que lo que tengo entre la mano y el brazo, ya no es gobanilla, sino que como las muñecas de Alamillo las tengo que llamar…

 

—Sancho, te he dicho que seas breve y llevas varias cuestiones a colación como si no hubiera un mañana.

 

—No soy fraile que deba guardar castidad con la lengua, y no teniendo otro con quien dar casquera que a mi borrico, que solo sabe rebuznar, con alguien me tendré que desahogar… Acompañar en aventuras por determinar a un mudo es como vagar en los desiertos o pastar con las ovejas, que al menos dicen beeee, beeee…

 

—Anda calla, y habla ya.

 

—¿Callo o hablo? Aclárese, señor don Quijote.

 

—Escupe, no vaya a ser que te salga la amarga bilis por la boca —dijo don Quijote alzando las manos al cielo, pidiendo al Altísimo paciencia.

 

—No es menester que comience con lo del galillo, la gobanilla y el regüeldo, no vaya a ser que se le agrie a vuestra merced el vino que no ha bebido y le entren ardores —dijo sarcástico Sancho, sabiendo que se había salido con la suya y sin conceder el levantamiento del silencio impuesto, podía ya hablar.

 

—No, la memoria me llega todavía… —exasperado don Quijote—. Sigue por donde lo dejaste.

 

—Si lo dicho ayer era lengua castellana, lo que debo decir hoy: eructar, úvula o muñeca, y a lo que ayer era duz, debo llamarlo dulce, al pernil jamón, a los calzones pantalones, y si Rocinante fuera yegua, y Rucio, el borrico que es, en un día de celo, no tendrían acémilas, sino mulas… asaz hartazgo me produce tanto cambio…

 

—Bastante harto me tienes ya con tus galimatías… ¿A dónde quieres ir a parar?

 

—Que si a esa lengua debemos llamarla castellana como siempre, o tal vez española, si cambian las palabras, ¿por qué no el nombre y hasta los significados?

 

—Sancho, gente hay que la llama española ya, pero estamos en Castilla y en España otras lenguas existen, tan españolas como la castellana…

 

—O sea, que cada uno la nombre como le dé la real gana…

 

—Tampoco es eso, amigo Sancho, allende de los mares la llaman de las dos maneras, aquí es donde hay más disputa y hasta a garrotazos he visto darse garrotazos en el cogote por tan banal pelotera… En Francia llaman francés al provenzal, en Italia al dialecto toscano italiano…

 

—En ese caso, admirado don Quijote, aquí deberíamos…

 

—No, amigo Sancho. No es tan simple, los españoles somos más complejos, y lo mismo que te he dado otros ejemplos, te diré que nadie llama británico al inglés, siendo que el inglés es solo la lengua de uno de los países que conforman la Gran Bretaña, donde está el galés y el escocés, por no mencionar al irlandés… No es tan simple, no… Aquí las mujeres tienen dos apellidos y no pierden el suyo, en los países extraños pasan a llamarse como su esposo, sea santo o demonio…

 

—Sobre eso quería sacar a colación otra cuestión…

 

—Te doy la mano y pasas por todo el brazo, saltando de la clavícula a la escápula de un salto…

 

—¡Jejejeje! —ríe Sancho— Lleva razón vuestra merced, pero si no lo saco, va a ser a mí a quien le va a entrar acidez.

 

—Saca, saca, que comienzo a encontrar sustancia en estas desabridas lentejas, que ni un hueso de espinazo o esternón llevaban. Eran viudas y no muy alegres, apenadas diría yo…

 

—Y tan apenadas, al menos tiernas estaban. Volviendo al tema. Y digo yo, y no son palabras mías, que son de mi Teresa, que la lengua se debería adecuar un poco más a la mujer y su natural género… Si digo por ahí vienen cuatro jóvenes, vengan tres mozas y un mozo, ¿debo decir que vienen cuatro muchachos, aunque solo uno lleve colgajo?

 

—Así lo dicen las reglas de la lengua…

 

—Pero, a ver si me entiendo, si esas tres mozas son rameras, y él es un proxeneta, ¿debo decir tres zorras y un zorro, o a él le llamaremos de otro modo?

 

—Me pillas en renuncio, amigo Sancho, pero te voy a dar mi opinión: El idioma castellano es muy injusto con la condición de las mujeres. En el trono se sienta el rey y la reina, en la trona defecan los dos. En tu casa gobierna Teresa, y es la gobernanta de tu hacienda, pero si tú llegas a gobernador, ¿por qué ella no puede ser la gobernanta? Sobre el suelo pisa la suela, por mucho que algunos no quieran. Un hombre público debería tener el mismo significado que si la mujer es pública, si el zorro es astuto, la zorra debería tener igual significado. Si algo es insoportable, ¿por qué ha de ser un coñazo si cuando algo es fantástico es cojonudo? Sin duda, amigo Sancho, el lenguaje castellano o español, debería adaptarse a los nuevos tiempos y los Académicos de Argamasilla deberían tomar buena nota sobre esas cuestiones…

 

—Claro, claro, si el nombre de las palabras cambia, también los significados, que vos me llamáis villano, y villanos son todos los nacidos en Madrid y también en Pinarejo, no solo los poca ropa y las Justicia…

 

—Eso es otra cuestión, amigo Sancho, ahí ya entraríamos en birretes y togas y a esos siempre se debe ir con los maravedíes por delante, ¿Qué digo? Con escudos de oro y reales de a ocho.

 

 

Un relato de © Paco Arenas, escrito el 10 de julio del año 2024

lunes, 10 de junio de 2024

Sancho Panza y don Quijote reflexionan sobre su voto

 



Sancho se siente agobiado y desengañado; hasta dos semanas antes, no sabía si votar o no. Eso a pesar de que él siempre lo tuvo claro desde aquel viaje en Clavileño. Los ricos solo quieren a los pobres para mofarse de ellos, para sacarles las castañas del fuego sin quemarse y, sobre todo, para vivir a cuerpo de rey sin pegar un palo al agua a costa de los pobres.

Tenía motivo para el desengaño. A quienes siempre votó iban en candidaturas diferentes, y eso lo enfadaba mucho, maldiciendo como si fuera un blasfemo con dolor de muelas.

—Amigo Sancho —le dijo Alonso Quijano—, si los pobres vamos separados, nos matarán como a liebres en la cama. Tienes que votar.

—¿Y qué voto, amigo Alonso?

—Eso no te lo voy a decir yo. Pero piensa un poco. ¿Te acuerdas de cómo a las combativas Ada y Marcela las acusaron los jueces prevaricadores de ladronas sin pruebas y los voceros airearon los bulos hasta convencer a todo el mundo de que la mentira era la verdad?

—¿Cómo no me voy a acordar? Los jueces siempre están al servicio de su amo... y hay gente dispuesta a creerse las mentiras.

—Pues eso. ¿Acaso has olvidado cuando a Mónica, entre los voceros, los ricos y los jueces prevaricadores, crearon injurias que la obligaron a dimitir como vicepresidenta por un delito que no cometió?

—Pobre muchacha, claro que me acuerdo, amigo Alonso...

—¿Te has olvidado de todo el acoso que sufrieron Pablo e Irene, con los perros voceros echando leña al fuego para que acosaran hasta a sus hijos de pecho? ¿No te acuerdas de todas las injurias que sacaron contra ellos con el Caso Neurona, aquellos jueces al servicio de los ladrones?

—Claro que me acuerdo, pero hay que tener pocas neuronas para no darse cuenta...

—¿Has olvidado cómo al pobre Ricote los duques lo acusaron de moro infiel para quedarse con sus tierras? No lo dudes, que como ganen ellos, se quedan con sus tierras...

—Peor lo de mi hija Isabel —se rasca el cogote Sancho Panza—, que la querían quemar en la hoguera porque vive con Marcela...

Alonso Quijano movió la cabeza.

—Con su amor no hacen daño a nadie.

—Pues eso digo yo —asintió Sancho.

—Y por último, ¿acaso no le piden los corruptos cuentas al bachiller porque Manos Sucias ha denunciado ante un juez despeinado?

—Pero si eso ya ha dicho la Guardia Civil que es falso... Un juez decente, despeinado o calvo, no puede tomar nada en cuenta de lo que digan esos delincuentes de Manos Sucias...

—Yo siempre he defendido a la Justicia, pero en España cada día me resulta más difícil. Son los jueces quienes arrastran a la Justicia por la ciénaga.

—Los caducados, si fueran decentes, dimitirían en bloque, pero claro, si entrasen jueces decentes, sus amigos y a lo mejor alguno de ellos, iría a la cárcel...

—Llevas razón, amigo Sancho. Son muchos los jueces que están al dictado de los perversos. Los duques de Mamandurrias le piden explicaciones al bachiller para que explique lo que no hizo su mujer, porque el juez despeinado la ha imputado por recortes de prensa de los voceros al servicio de esos que no quieren llegar a un acuerdo para nombrar un nuevo gobierno de los jueces porque los tienen a sueldo... Lo dicho, al servicio de los perversos...

—Eso ya lo llevo diciendo yo muchos años: pocos jueces hacen justicia; solo son duros con los pobres, con quienes roban una gallina para comer, pero para quienes roban a manos llenas, barra libre... Tampoco me olvido yo de aquel diputado que fue expulsado del parlamento porque un policía mintió y, a pesar de las pruebas en contra, los jueces lo condenaron...

—Los mismos jueces caducados que no ven nada de lo que se hace en Madrid... Para terminar —dijo Alonso Quijano—, ¿tú has visto rezar a Barrabás?

—Blasfemar sí, rezar no. Es más descreído que yo y, además, roba a los pobres y ayuda a los ricos...

—Pues el domingo va a rezar el rosario para que los mamandurrias ganen las elecciones...

—Y volvamos a los tiempos de un famoso bandolero llamado M... Rajoy, que hay que tener bemoles para decir que no saben quién es... Pues, ¿sabes qué te digo? Voy a votar, amigo Alonso...

—¿A quién?

—Amigo Sancho, el voto es secreto, pero cuando voto, desde que tengo edad y algo de conocimiento, nunca he cambiado de idea, aunque me digan que...

—Ya, que ya lo sé...

—Pues eso, que los pobres tenemos que votar, porque estoy harto de voceros a sueldo y jueces que dictan sentencias siempre favoreciendo a los mismos. Pero sobre todo, voy a votar por mi padre, porque fue uno de esos 7291 ancianos que murieron abandonados a su suerte en las residencias madrileñas porque alguien así lo decidió... ¡Ah! Y por los miles de criaturas asesinadas en Palestina.

—¿Entonces, el domingo nos vemos en la urna?

—Nos vemos, amigo Alonso. Y después nos comemos una paella, convido yo...

—Eso suena a música celestial... ¡Ah! Y que no falte la fruta, que a todos nos gusta la fruta, pero no la podrida. ¡Salud, amigo Sancho!

—Más bien terrenal. La fruta no faltará, pero sana y sin gusanos de cloaca judicial. ¡Salud y República, amigo Alonso!


©Paco Arenas a 7 de junio de 2024

El loco de pluma de avutarda

 


Siendo más Sancho que Quijote, me volví loco por culpa de los libros que leí, me armé de valor y comencé a caminar, llegando a creer que era posible cambiar el mundo con la palabra escrita sin necesidad de gritarla.

 

Este escritor manchego que escribe con grosera pluma de avutarda nació en los campos dorados de La Mancha de rojos arreboles verpertinos, donde el viento de solano me susurraba secretos de los silenciados. Nunca escondí su rostro tras yelmos ni me enfrenté a imaginarios gigantes.  No, mi lucha es más noble, aunque utilizo plumas de avutardas de corto vuelo, escribo palabras en la tierra como surcos traza el arado más afilado que el pico de las águilas.

 

Arado forjado en los yunques de las fraguas campesinas, este destripaterrones no se rinde ante las adversidades. Mis principios son como la reja de ese arado, labrando surcos de justicia en la tierra reseca. Mis padres no fueron reyes, sino campesinos analfabetos, cuyas manos ajadas conocieron las ampollas y los callos, y con su sudor regaron la tierra para que creciera la espiga, la esperanza y la palabra silenciada por los poderosos.

 

Quiero ser voz de los silenciados, de los escuderos, de esos que nunca serán caballeros. En las noches sin luna, cuando los grillos entonan sus cantos, me siento y escribo junto al fuego los secretos de quienes se les privó de la palabra. La sangre de ellos se convierte en palabras que fluyen como ríos, a pesar de que, como mis padres, apenas pisé las aulas de la escuela, ellos me confiaron su voz. Y yo, como un trovador errante, la saco de los rincones más oscuros del olvido utilizando la palabra como martillo sobre el yunque para derribar los muros de la intolerancia, sabiendo de antemano, como dijo un poeta:

«Un buen verso no derriba al tirano. en el mejor de los casos consigue cortarte la respiración (la digestión casi nunca)».

No lo pretendo, pero quien no echa la semilla en la besana, nunca verá crecer la espiga.

En estos días turbios, donde nadie dimite, ni siquiera las togas caducadas desde hace más de un lustro, y los viejos reyes se marchan a desiertos lejanos para no pagar impuestos y se adoran marionetas con menos corazón que seso, este campesino siente ganas de meter la pluma hasta las entrañas de la tierra hasta encontrar la tinta y que sean los silenciados quienes dicten las palabras.

 

En esta era de sombras, donde el honor se desvanece y no hay renuncias, ni siquiera de togas que el tiempo ha olvidado, y los monarcas de antaño huyen a eriales remotos, esquivando el tributo justo, mientras se veneran títeres de alma vacía y mente estrecha, este labriego anhela hundir su pluma en las entrañas de la tierra, buscando la tinta para que los mudos sean quienes dicten los renglones con las palabras que no pudieron pronunciar.

 

Armado con la pluma de la avutarda grosera, este hijo de la Mancha prosigue su andanza quimérica. Mis palabras son y serán mi única espada, y mi contienda, la sempiterna de los olvidados. Que sea el aire de su aliento el marque el rumbo y los ausentes dioses de toda fe y desde las entrañas de las orillas de los caminos sonrían a quienes perseveran en la tarea.

Continuaré mi relato al lado de aquellos que elevan su voz en un cosmos que, en ocasiones, prefiere el silencio.

Y es aquí, donde las llanuras manchegas se juntan con rojizos tonos con el cielo, mi pluma golpea contra el yunque de la injusticia al compás del viento de solano. Vientos que van susurrando historias amordazadas de los campesinos. Los olivos, centinelas milenarios, custodian los secretos de la tierra.

Seguiré mi historia junto a todos los que alzan la voz en un mundo que a veces olvida escuchar.

©Paco Arenas

PACO ARENAS

PACO ARENAS, SUS LIBROS Y RELATOS...

Don Quijote va con Sancho Panza a Granada para conocer a Federico García Lorca

 



En la madrugada, antes de que el sol salga por la alborada, sin la sola luz de los candiles y miles de gatos maullando en vilo por extraños ruido de fusiles. Sancho protestaba de aquel viaje tan largo:

—¿Qué se nos ha perdido en Granada? ¿Por qué me saca mi amo de mi lecho de muerte? Yo estaba tan a gusto en mi lecho.

Son figuras fantasmagóricas que se asemejan, que son el caballero de la triste figura, don Quijote y su escudero, Sancho Panza. Se dirigen a Fuente Vaqueros, haciéndose cada vez más palpables y físicas, visibles a la vista y menos espíritus. Es por eso, que Sancho lleva dos días protestando de tan largo viaje:

—A vuestra merced no sé, pero a mi me duele hasta la curcusilla de la rabadilla…

—Sancho, se dice del coxis.

—Pues también me duelen ese coxis y hasta la misma curcusilla.

—Ya estamos llegando, mira ese es el río Genil.

Sancho menea la cabeza mostrando su disconformidad por tan largo viaje.

— Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no necesitemos alforjas para este viaje me extraña. ¿qué se nos ha perdido en Granada?

—Si no necesitamos alforjas es porque estábamos muertos, que ya no. Hemos perdido la poesía, la poesía, amigo Sancho… Para, escucha, Sancho, amigo mío…

—Una noche de junio, preocupado con esa idea, se durmió en el fondo rizado de un interminable sueño de brisa que la ventana proyectaba sobre su cabeza. Su sueño estaba lleno de yemas de coco y botellas de un raro whisky marca Machaquito, de arcos de herradura y de grandes páginas escritas en inglés, en las cuales brillaba con fulgor de sangre la palabra Spain, mientras veía a su prima Aurelia, tan bella, con esos ojos como dos soles, llorar mientras se lo llevaban…—repite don Quijote lo que oye.

—¡Menudos recovecos! Me suelta vuestra merced. Y ahora esas palabras que asustan al miedo…Y sin comer. Siempre diciendo que de la poesía no se come y venimos varias jornadas sin probar bocado siquiera a alimentarnos de poesía…

—No es cierto que no hayas comido. Comiste soplillos de la Alpujarra y piononos en Granada y hasta huesos de santos. Aguanta un poco, o como dices tú, una miaja, que en llegando a Fuente Vaqueros, nos hartaremos de poesía…

—Lo dulce no cuenta, aunque a nadie le amarga un dulce, sabe que yo soy más de unas buenas tajadas de tocino, una cuña de queso y medio cuartillo de vino. Además, ¿no afirma vuestra merced que la poesía ni alimenta ni sostiene?

—Escucha, ya no escucho nada…Calla, por Dios amigo Sancho, que ya no escucho nada. Mira ahí junto al río a ese mozo, es el que buscamos … ¡Federico! ¡Federico! —Grita don Quijote.

—No hay nadie por aquí. Esto es como cuando los gigantes que eran molinos…

—¿Me mientes acaso? ¿No ves lo que yo veo, al poeta de Granada?

—Nada, ni gigantes, ni molinos, ni poetas, ni ya tampoco granadas, solo un río que baja rojizo y huele a sangre…

—Calla, Sancho, calla…

Don Quijote observa a un hombre moreno que se gira con una sonrisa en la boca. Sonríe, dando la bienvenida a los que acaban de llegar, alzando la mano, de la que escaparon siete palomas blancas, que al volar hacen desaparecer al poeta, que sigue recitando:

— No hay manos blancas sobre el teclado, ni palomas que se posen en los hombros de la eterna ella, ni escalas pendiendo del balcón, ni tempestades de amor en el jardín….solo muerte.

—¿Dónde estás Federico, que te veo y no te oigo?), ¿dónde tu voz? —Pregunta don Quijote, descabalgando de Rocinante.

—Mi amo, vuestra merced no bebió vino, ¿qué delirios son esos? ¿A quién ve y no oye? No hay nadie, espere, yo si oigo y no veo…

Sancho es ahora quien escucha la voz del poeta:

—La muerte llega siempre de esos campos ocultos. Y en el barco de la Muerte vamos los hombres, sintiendo que jugamos a la vida, ¡que somos espectros! Mirando a los cuatro puntos todo está muerto. El cielo de la noche es una ruina, un eco.

—¡Apúrese, mi amo! Caminemos más rápido, que yo me voy volando si Rucio no se mueve. No me quiero quedar donde escucho hablar de muerte... ¡Apúrese, mi amo!

Sigue el poema:

—Hace muchos años que me senté soñador modesto y muchacho alegre, paso todos los veranos en la fresca orilla de un río. Por las tardes, cuando los admirables abejarucos cantan presintiendo el viento y la cigarra frota con rabia sus dos laminillas de oro, me siento junto la viva hondura del remanso y echo a volar mis propios ojos que se posan asustados sobre el agua, o en las redondas copas de los álamos. A veces imaginaba que veía pasar a don Quijote y a Sancho por el camino, y me divertía pensando en sus aventuras y desventuras. Pero pronto volvía a la realidad, y me daba cuenta de que el río era sangre y los cantos de los jilgueros disparos en la madrugada…

—¿No lo ves? Está esperando, amigo Sancho. Lo puedo leer en sus labios…

Don Quijote se acerca a Federico. Sancho lo retiene.

—Claro que nos espera, bien que lo he escuchado, la aparición del tal Federico se imagina que nos ve pasar, pero habla de disparos…

Sancho se tapa los oídos.

—Mi amo, veo gente borracha con escopetas y nos apuntan…

El poeta se acerca también a Don Quijote:

—Las niñas de los jardines me dicen todas adiós cuando paso. Las campanas también me dicen adiós. Y los árboles se besan en el crepúsculo. Yo voy llorando por la calle, grotesco y sin solución, con tristeza de Cyrano y de Quijote, redentor de imposibles infinitos con el ritmo del reloj.

—¿Qué locura es esta? —Pregunta Sancho, que sigue escuchando al poeta sin verlo:

—Junto a la lengua del agua, yo siento cómo toda la tarde abierta hunde mansamente con su peso la verde lámina del remanso y cómo las ráfagas de silencio ponen frío el asombrado cristal de mis ojos.

Sancho ve ahora cómo su amo le da la mano y pone su adarga para proteger un poeta imaginario que él no ve.

—¡Malditos seáis mil veces! No puede morir la poesía. Federico estás vivo y vosotros muertos —Grita don Quijote.

Sancho escucha los disparos. Se echa las manos a la cabeza, mientras da dos azotes a Rucio y Rocinante, para que ellos, al menos escapen con vida. Sancho llega a ver a un hombre vestido de azul, con aspecto de estar borracho, gritando fuego. Escucha disparos y una placidez desconocida. Despierta en el remanso del río Genil, está sentado sobre una piedra junto a otros hombres y aquel que escuchaba, que habla con don Quijote.

—Tranquilo, Sancho, amigo. Los primeros días me turbó el espléndido espectáculo de los reflejos, las alamedas caídas que se ponen salomónicas al menor suspiro del agua, los zarzales y los juncos que se rizan como una tela de monja. Pero yo no observé que mi alma se iba convirtiendo en prisma, que mi alma se llenaba de inmensas perspectivas y de fantasmas temblorosos. Una tarde miraba fijamente la verdura movible de las ondas y pude contemplar cómo un extraño pájaro de oro se curvaba sobre las ondas de un chopo reflejado…

—¿Estamos muertos? —Preguntó asustado Sancho.

—Amigo Sancho, escucha al poeta, escucha el temblor de Venus o el violín de los vientos de las cascadas y la inmensa flor del círculo concéntrico…

—Amigo Sancho, ¿Qué doncella se casa con el viento?

—Pregunta uno de los hombres, que según dicen es maestro —. Hasta ayer escuchaba las risas cantarinas de los niños, su corazón abierto. Hoy, esperamos con los brazos abiertos los versos del poeta…Son los que nos darán vida. Quienes nos han matado están muertos, nosotros nunca podremos estarlos mientras un poeta se acuerde de que el crimen fue en Granada.

A Federico García Lorca en el 126 aniversario de su nacimiento.

Este extraño relato está compuesto por retazos de poemas de Lorca y la obra «Meditaciones y alegorías del agua», así como una simulación quijotesca de mi autoría.


©Paco Arenas a 5 de junio de 2024, 23:59 horas.

Y Miguel de Cervantes comenzó a escribir El Quijote...

 



Bajo la tenue luz de una vela, un preso contempla su húmeda celda. Sobre la mesa, sus escasas posesiones: libros, papeles, un tintero y una pluma. Desganado, mira el ventanillo con rejas que apenas deja pasar la luz y suspira profundamente.

—Aquí me hallo, en este antro de corrupción, una gruta que deshonra el nombre de cárcel. Es el tormento de los cuerdos y no ofrece descanso a los locos. Malditos sean estos barrotes corroídos, malditas las paredes cubiertas de moho, donde crecen los hongos más venenosos de la infamia, aún peores que esta áspera estera de esparto. Dicen que el hambre aguza el ingenio del más tosco dramaturgo. Si tuviera un rocín flaco y la puerta abierta, escaparía de esta cueva de Medrano y, sin dudarlo, comenzaría mi obra con estas palabras:

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...»

—¡Pardiez, buen inicio para la más tristes de las historias? Lope de Vega rabiaría de envidia…Eso si salgo de esta cueva.

Rápidamente, toma la pluma y papeles que su carcelero le ha vendido a precio de oro dispuesto a escribir esa ocurrencia. De pronto, oye algarabía que llega desde la calle, risas y cánticos manchegos, seguramente acompañados de buen vino. Deja los papeles sobre la estera que le sirve de colchón y percibe un aroma tentador.

—¿Qué es esa ambrosía? ¡Por Dios! Juraría que es caldereta de cordero con ajos... ¡Carcelero! ¡Carcelero! Esos pícaros deben estar durmiendo como un perro al sol en invierno.

—¿A qué vienen esos gritos desmedidos? No permitís que los alguaciles disfrutemos de las festividades en honor a la Virgen de Peñarroya, nuestra santa patrona —replica el carcelero, que es nuevo, o al menos no lo conoce, abriendo el ventanillo superior de la puerta.

—Mis entrañas rugen y entonan la triste melodía de las cañas huecas. Mi olfato adivina lo que hace tiempo no degusto...

—Por desear probar la carne de la hermana del señor comendador os encontráis aquí...

—No digáis necedades, sólo le comenté lo hermosa que estaba, cual dulce flor del Toboso, Dulcinea le llamé... Su hermano malinterpretó mis intenciones... Pero dejemos eso ahora... ¿Acaso huele a cordero con ajos?

—Vuestra merced tiene buen olfato para la carne guisada pero ahora prefiere el aroma de los ajos a los de esa tal Dulcinea. No es para menos, los ajos superan al cordero en sabor. Os traeré vuestro rancho.

Media hora más tarde, el carcelero vuelve a abrir el ventanillo para asegurarse de que el prisionero está lejos. Acto seguido, abre la parte inferior de la puerta:

—Aquí tenéis una olla con más vaca que carnero —dice con sarcasmo, dejando una fiambrera humeante en el suelo, que resulta ser un guiso mucho más triste que una viuda desamparada el día del entierro de su esposo.

Miguel de Cervantes se acerca y, sin tocar la fiambrera, para no quemarse, remueve el contenido con el cucharón.

—Esto no es caldereta de cordero. ¿Cómo osáis? ¿Dónde está el carnero? Aquí solo hay una quijada de vaca en un charco de agua hirviendo, que bien podría haber servido para desplumar una gallina en torpe vuelo... Ni rastro de ajos... ¿Los villanos comen cordero y a mí me traéis esta bazofia?

—Es lo que hay. Lo tomáis o lo dejáis, como las lentejas castellanas. Quedaos con Dios, que a mí me espera la caldereta en honor a la Virgen de Peñarroya.

—¡Maldita sea! Voto a Rus, que en cuanto salga de este lugar de la Mancha, no pienso volver a acordarme de él.

El carcelero se aleja silbando. Cervantes, tentado a patear la marmita de pura rabia, cierra los ojos. Prefiere la mala sopa a nada. Descarga su ira contra la puerta con una patada.

—¿Qué veo? Ese glotón se ha dejado la puerta entreabierta... ¿Quién teme? La injusticia de mi cautiverio pesa más que las cadenas. La promesa de libertad, tan cercana y a la vez tan lejana, está por cumplirse. Seis meses de espera avivan mi determinación. ¿Qué podría pasar? ¿Que me enfrente a gigantes como si fueran molinos de viento?

Con renovado ánimo, se levanta, decidido a no ser más prisionero de su cruel destino. Observa los barrotes que lo separan de la libertad y, al escuchar el bullicio, se sujeta la camisa con fuerza, demostrándose a sí mismo que aún le quedan fuerzas. Sube los escalones con sigilo y al llegar a la puerta superior, también la encuentra entreabierta. Al abrirla, allí está Sancho, su carcelero, con una sonrisa simple y una marmita de caldereta en una mano y una bota de vino en la otra...

—¿No pensaréis escapar y dejarme en la estacada? No lo hagáis —dice, cerrando la puerta y encontrándose con el pie de Cervantes atrapado en el marco y su mano en el cuello de Sancho.

—No hagáis tal. He hablado con don Alonso y ha accedido a que os traiga estos manjares y os diga que, tras la cena, podréis marcharos...

—Mentís como un bellaco.

—Por mi nombre, Sancho Panza, esposo de Teresa Cascajo, nunca he dicho una verdad más grande —afirma, invitándolo con la mirada a tomar el plato de caldereta de cordero con muchos ajos.

Cervantes cierra los ojos, afila su olfato, suelta a Sancho y toma lo que ofrece su carcelero. En un descuido, Sancho cierra la puerta con llave.

—¡Maldito villano! Me habéis engañado —exclama el manco de Lepanto.

—Tranquilo, Sancho nunca miente. Don Miguel, todo está dispuesto. Cenad y bebed, que cuando me aviséis que estáis satisfecho, abriré el cerrojo y os marcharéis de este lugar para siempre.

Sancho cumple su palabra. Cuando abre la puerta, Cervantes le dice agradecido:

—Sancho, amigo, os haría gobernador de la ínsula Barataria si pudiera. Pero como galgo corredor, no pienso pasar por este trance otra vez y os juro, aldeano harto de ajos, que la memoria de este lugar se disipará como la niebla al amanecer.

—Me lo prometéis a largo plazo y deberíais estar agradecido. Si no podéis hacerme gobernador, al menos nombradme escudero de tan gran caballero —replica Sancho.

Cervantes sale sin llevar nada, ni siquiera lo escrito durante aquellos meses, y menos ese inicio improvisado sin gabas. La noche lo acoge con su manto estrellado y, bajo su protección, inicia su camino en dirección contraria a donde se encuentra la fiesta. Pronto oye unos gritos...

—¡Maese Miguel, maese Miguel! Con las prisas olvidáis estos papeles... Quizás sean importantes...

Se detiene, vuelve y extiende su mano a Sancho, quien le entrega los papeles.

—Son solo divagaciones de un preso loco... —duda—. Gracias, Sancho amigo, prometo que, si está en mi mano, os haré gobernador...

—Ya lo habéis dicho antes, precisaría que don Alonso me hiciera su escudero y me diera consejos. Me conformo con que me leáis esas líneas, pues no sé leer...

—¡Ah, vale! Está bien, os las leo y me voy... dice:

—En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre… —Cervantes duda de nuevo. No puede mentir a quien tanto bien le ha hecho, pero tampoco puede leer lo escrito. Así que miente, como con su segundo apellido.

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un campesino de los de azada en mano, pollino, flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes...»

—Mejor cambie lo de campesino por hidalgo, no vaya a ser que sea drama y para duelos y quebrantos, mejor risas y deleites, son más entretenidos los entremeses…

—Tienes criterio…

—Pues eso, que la Virgen de Peñarroya os otorgue el ingenio para superar a los a los de avellana hueca...Avellana nada… o Avellaneda y olvídese de esa Dulcinea, que a lo mejor le huele el aliento a ajos… Lo que se me ha ocurrido… ¡Con Dios!

Y así fue cómo a Miguel de Cervantes Cortina se le ocurrió continuar la historia que comenzó en la cueva Medrano de Argamasilla de Alba, cambiando el drama por la comedia. Eso sí, debería cambiar también su segundo apellido, porque pensaba tomar venganza del tal don Alonso Quijada, comendador de Argamasilla y no quería que lo volviera a atrapar.

Así lo atestiguan los documentos encontrados en un lugar de la Mancha. Si lo quieres creer o no, es cosa tuya.

 


© Paco Arenas

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Los tórridos sueños de Sancho Panza


 

Don Quijote idealizaba a su Dulcinea sin haber catado las mieles del amor. Yo he querido imaginarme a Sancho pensando en la ausencia de su amada Teresa Cascajo, una mujer real de armas tomar. Sancho Panza no sabía escribir, pero he querido imaginármelo, como a mi padre, y a otros campesinos manchegos, siendo capaz de recitar poemas con gran maestría. Espero que os guste. Pero antes vamos a ponerle un poco de humor.

—¡Eh, eh! ¿Sancho, qué haces? —despierta don Quijote alterado al notar que su escudero lo abraza con entusiasmo.

Sancho no despierta, sigue con sus intentos de abrazar a su amo, que por mucho que intenta no logra desembarazarse de los brazos de Sancho, a pesar de que se queda quieto, comenzando a hablar:

—Teresa, ¡oh, esposa mía!

—Que soy tu amo, don Quijote. Mentecato, suéltame o juro por la orden de caballería que profeso, que como tu mano avance te la corto de un tajo con el filo de mi espada —vuelve a gritar con más ganas don Quijote.

Se desembaraza el caballero de los brazos del escudero sin poder evitar que su camisola quede entre los amorosos brazos de Sancho Panza, que de repente comienza a recitar unos versos, provocando que don Quijote se quedase paralizado al escucharlos.


—Teresa, ¡oh, esposa mía! —repite.

Teresa, ¡oh, esposa mía! Ansío ver tu rostro,

pues sin tu presencia, a mi corazón le falta su mitad.

Mírame en la distancia, que tus ojos se crucen con los míos,

no hay bálsamo de Fierabrás que me pueda aliviar tu ausencia.

No me arrepiento del viaje emprendido,

montado sobre estas aguaderas llenas

de inquietudes más duras que los lomos de Rucio

y la armadura de hojalata.

Volvería con las orejas gachas,

como rocín a la cuadra en busca de paja.

Extraño tanto tus manos ajadas

como lo que escondes bajo tus sayas.

¡Maldito el momento en que soñé ínsulas!

No quiero más gobernanzas que la de tus labios en los míos,

y tus prietas piernas cabalgando sobre las mías.

No necesito más dios que tu carne gozosa,

buscando el tesoro escondido, deslizándose sin ruido.

¡Oh, Teresa mía! Tanto me haces pensar,

que veo a mi amo cabalgando sobre Rocinante,

y me parece tu bello cuerpo balanceándose.

Ahogo tu nombre en cada quejido de Rucio y Rocinante,

yéndoseme los ojos en cada talle que se te asemeja.

Querida mujer, amadísima, mi alma insaciable

vuela más rápida que Clavileño, rodeado de cabritillas de colores…


Abre los ojos Sancho Panza y ve a su amo sin la camisola, mirándolo ensimismado.

—Mi amo, ¿qué hace así en cueros vivos? ¿Y yo, que hago con el camisón de vuestra merced en mis manos?

—Que bello es el amor, parecías el trovador Macías, diciéndole las palabras más dulces que jamás escribió Ovidio a tu amada Teresa… —habla el caballero robándole a autor de «El Lazarillo» la frase, al tiempo que se acerca a Sancho y le arrebata a camisola.

—¿Macías? ¿Qué sandeces dice vuestra merced? ¿No se referirá a Santiago Macías?

—Me asombra que conozca el nombre de tan gran poeta. ¿No me engañas fingiendo que no sabes leer?

Sancho se restriega los ojos, los cierra, no quiere ver los atributos de su amo tan cerca de sus ojos.

—¿Qué poeta? Santiago Macías, ¿el hijo del porquero? ¿Ese filiminincias que quiso ser novio de mi Teresa? Le arreé un soplamocos y no fue menester darle dos. ¿Conoce al tal Macías? ¿Es poeta? Si no sabe escribir...

—Te equivocas, el gran Santiago Macías el mejor juglar, conocido como «*El enamorado*», una gran tragedia su muerte…

—Estaremos hablando de otro, este pariente suyo no debe ser, porque este tal Macías, no sabe hacer la o con un canuto y es más basto que una estera de esparto, hasta yo, que no sé hilar dos palabras si no son refranes, dice mi Teresa que soy poeta cuando se pone tierna... Como no sea en sueños…

© Paco Arenas a 25 de mayo de 2024
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