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viernes, 1 de julio de 2016

El Lazarillo de Tormes - La segunda parte (Amberes 1555) CAPÍTULO XII

 De nuevo traigo capítulos de La Segunda Parte del Lazarillo

Decir a todos los amantes de la literatura clásica que el libro más prohibido de la historia de España es precisamente este La segunda parte del Lazarillo de Tormes (Edición de Amberes de 1555) Un auténtico desconocido incluso para muchos profesores. Sabía que existía, hace referencia Don Juan de Luna en su edición de 1620, pero no lograba encontrarlo. Cuando lo encontré me resulto casi imposible leerlo, tras una ardua tarea conseguí "traducirlo", adaptarlo al castellano actual.
Es un libro bastante interesante que todos los aficionados a la literatura clásica deberían conocer, no solo por ser un gran clásico de nuestra literatura, sino porque quienes quisieron que esta segunda parte desapareciese de la historia para siempre, estuvieron a punto de conseguirlo, el único modo de que no lo consigan, es difundirlo.

     Aquel día y la noche siguiente permanecimos en el monte bastante cansados de tanto ajetreo; al día siguiente la señora capitana con sus damas regresó a palacio. Y por evitar redundancia, el señor nuestro rey estaba ya bastante menos enojado, entre otros motivos porque gracias a la muerte del traidor aumentaron inmensamente sus riquezas, y la recibió muy bien, diciéndole:
—Buena señora, si todos mis vasallos tuviesen tan cuerdas y sabias hembras, seguro que sus bienes y honra aumentarían y yo me tendría por el más dichoso de los reyes.  Digo esto porque en verdad, viendo vuestra cordura y sabias razones, habéis aplacado mi enojo y librado a vuestro marido y sus secuaces de mi ira. Y porque de ayer acá estoy mejor informado de lo que estaba. Decidle que le doy mi palabra para que venga a esta Corte, seguro él y toda su compañía y amigos. Pero mientras tanto por evitar escándalos, por la presente, le ordeno tenga por posada la cárcel hasta que yo decida otra cosa. Y vos podéis visitadnos a menudo, porque gozo mucho en ver y oír vuestro buen concierto y razonamiento.
     La señora capitana le besó la cola, dándole gracias de tan tales mercedes como muy bien supo, y así regresó muy alegre con su respuesta, aunque a algunos les pareció que no lo debíamos hacer, diciendo que era una estratagema para cogernos prisioneros, por no ser los reyes muy dados a cumplir su palabra y al tener la sangre del mismo color que las babosas de la tierra, solían ser como ellas, traidoras y rastreras. 
Como leales súbditos, acordamos cumplir el mandato de nuestro rey, insistiendo en la necesidad de confiar tanto en sus palabras como en las palabras que salían de nuestras bocas aunque nuestra lealtad pudiese ser traicionada.  Nos marchamos para la ciudad y entramos en ella acompañados de muchos amigos, que entonces se nos mostraban como tales, por ver nuestra actuación bien hilada y justa, pero que antes de esto no osaban declarar su simpatía por nuestra causa, conforme al dicho del sabio antiguo que dice así:
—Cuando la fortuna llega trayendo adversidades, espanta a los amigos que pasan a ser fugitivos, mas la adversidad muestra a quién realmente te quiere y quién no.                   
     Nos instalamos en las afueras de la ciudad, en el paraje más despoblado que hallamos, donde estaban muchas casas sin moradores, en las cuales nosotros tomamos vivienda.  Allí nos aposentamos lo más agrupados que pudimos, y ordenamos que no saliese a la ciudad ninguno de nuestra capitanía, por demostrar nuestra buena disposición a obedecer lo que su majestad había decidido.
En estas entremedias, la señora capitana visitaba cada día al rey, con el cual trabó mucha amistad, más de la que yo quisiera, aunque todo, según parece, fue agua limpia, pagando la hermosa Luna con su inocente sangre, gentil y virginal cuerpo la prenda necesaria que el rey hubiese deseado de nuestra capitana. Porque ella iba con su hermana a aquellas audiencias, y como suelen decir:
—De tales romerías, tales medallas.
Al rey se le gusto tanto la bella Luna y sabiendo que su cuerpo no había sido tocado por atún alguno, a pesar de tener esposas y entretenidas, procuró con su voluntad, agasajos y promesas, conseguir su amor, y bien creo yo, que la hermosa Luna no lo hizo por consejo y parecer de su hermana.  Sabedor el buen Licio, mi interés por ella me lo confió pidiéndome mi parecer. Yo le dije que me parecía que no era muy equivocado aceptar la propuesta, mayormente que sería gran ayuda para su liberación. Y así fue, que la señora Luna gusto tanto a su majestad y él correspondido, que a los ocho días de su real casamiento, lo que pidiera fue concedido y fuimos todos perdonados.
     El rey liberó a su nuevo cuñado y ordenó que todos fuésemos a palacio. Licio besó la cola del rey, y él se la dio de buena gana, y yo hice lo mismo, aunque de mala gana, en cuanto que como hombre no resulta agradable dar un beso en tal lugar. El rey nos dijo:
—Capitán, he sido informado de vuestra lealtad y de la poca de vuestro enemigo, por tanto, desde hoy sois perdonado vos y todos los de vuestra compañía, amigos y valedores que os prestaron ayuda. Y para que de aquí adelante asistáis a nuestra corte, os hago merced de la casa de quien quiso que la vida perdieses, y os hago merced de nombraros con el mismo cargo que tenía él, capitán general, para que lo utilicéis como bien sabéis hacer.
Todos nos inclinamos ante él y Licio de nuevo le volvió a besar la cola, rindiéndole grandes honores por tantos presentes.  Diciendo que confiaba en Dios y que ejercería su cargo con lealtad, para que su majestad estuviese contento de haber tomado tal decisión.
 Aquel día fue informado el rey nuestro señor, sobre mi persona. Me preguntó muchas cosas, sobre todo con respecto a las armas y cómo había aprendido a manejarlas; y a todo le respondí lo mejor que supe, que al igual que en su momento con el escudero, me guarde lo que me convino en las aguaderas. Finalmente, contento, preguntó con qué número de peces sería capaz de pelear con las armas que traíamos. Yo le respondí:
—Señor, sin contar la ballena, con cualquier pez del mar me atreveré a luchar.
 Asombrado de esto, me dijo que le gustaría que hiciésemos una muestra ante él para ver el modo que teníamos de pelear. Se acordó que al día siguiente se llevase a cabo una demostración y que él saldría al campo a vernos. Y así fue que Licio, nuestro nuevo capitán general, yo y los demás salimos con todos los atunes armados de nuestra compañía. Ordené aquel día como novedad la invención en el mar, lo que en la tierra es habitual, de formar por escuadrones y así desfilamos ante su majestad. Y aunque el coronel Villalba y sus compañeros lo debían hacer mejor y con mejor concierto, como no habían visto nunca soldados formados en escuadrones, les pareció que veían una cosa maravillosa.
     Después hice un escuadrón con toda la gente, poniendo los mejores y mejores armados en las primeras filas, y órdenes a Melo que con todos los desarmados y con otros treinta mil atunes saliesen a hacer escaramuzas con nosotros, los cuales nos cercaron de todas partes, y nosotros muy en orden, el escuadrón bien cerrado, comenzamos a defendernos y herir y ofenderlos de manera que no bastara todo el mar para entrarnos a atacar.
     El rey vio que le había dicho verdad y que de aquel modo no podíamos ser atacados, y llamó a Licio y le dijo:
—Maravillosa manera se gasta vuestro amigo con las armas; me parece que con esta manera de pelear puede hacerse señor de todo el mar.
—Sepa vuestra majestad que esa es la verdad —le dijo el capitán general —y cuanto al buen hacer del extranjero, mi buen amigo, no puedo creer sino que Dios le ha mandado, y que lo ha traído a estas partes para honra de vuestra majestad y aumento de sus reinos y tierras. Crea vuestra grandeza que lo menos que en él hay, es esto, porque son tantas y tan excelentes las cualidades que tiene, que nadie puede llegar a conocer todas: es el más cuerdo y sabio atún que hay en el mar, virtuoso y honrado, de más verdad y fidelidad, el más gracioso y de mejores maneras, yo jamás he oído o visto otro igual. Finalmente, no piense vuestra majestad que me hace decir esto por la voluntad que le tengo, sino por ser la verdad.

—Por cierto, mucho debe a Dios —dijo el rey—un atún que así le dio sus dones; y si además me decís que es de ese modo, justo es que le honremos ya que ha venido a nuestra Corte. Quisiera saber si él querrá quedarse con nosotros, rogádselo de vuestra parte y de la mía, que podrá ser no se arrepienta de nuestra compañía.

 © Paco Arenas 

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jueves, 17 de marzo de 2016

El Lazarillo de Tormes - La segunda parte (Amberes 1555) CAPÍTULOS X y XI


Para todos los amantes de la literatura clásica, el libro más prohibido de la historia de España La segunda parte del Lazarillo de Tormes (Edición de Amberes de 1555) Un auténtico desconocido incluso para muchos profesores. Sabía que existía, hace referencia Don Juan de Luna en su edición de 1620, pero no lograba encontrarlo. Cuando lo encontré me resulto casi imposible leerlo, tras una ardua tarea conseguí "traducirlo", adaptarlo al castellano actual. 

Es un libro bastante interesante que todos los aficionados a la literatura clásica deberían conocer, no solo por ser un gran clásico de nuestra literatura, sino porque quienes quisieron que esta segunda parte desapareciese de la historia para siempre, estuvieron a punto de conseguirlo, el único modo de que no lo consigan, es difundirlo.


CAPÍTULOS X 


     Con la cuestión ya más clara, mandamos tocar trompetas, porque los nuestros andaban desperdigados y era preciso de nuevo estar unidos para hacer frente al poderoso ejército de don Paver.  Al ver la victoria y a nuestro capitán a salvo, todos lo celebraron con alegría, mas sabiendo que casi todos los que murieron eran criados y servidores del malvado don Paver. Y todos ellos deseaban haber hecho con él lo que nosotros hicimos con ellos.   Suele suceder, que cuando el señor es malo, los criados procuran ser como él e imitarle convirtiéndose hasta los más honrados jueces u hombres de ley en crueles sicarios. Del mismo modo al revés, cuando el señor es piadoso, manso y bueno, los criados le procuran imitar, siendo buenos y virtuosos, y amigos de la justicia y la paz, sin esas dos cosas no se puede el mundo sostener.
     Regresando a nuestro asunto, visto que no teníamos con quien pelear, el buen Licio y todos a grandes voces me preguntaron cuál era mi opinión sobre lo que se debía hacer, pues todos estaban dispuestos a seguir mi consejo y parecer, seguro de que sería el más acertado.
—Pues si mi decisión queréis, valerosos señores y esforzados amigos y compañeros —les respondí —a mí me parece, que si Dios nos ha protegido en lo principal, así hará en lo accesorio, creo que esta victoria nos la ha dado para que administremos justicia, sabemos que a los malos no les quiere y desea que sean castigados. El mayor culpable que tantas muertes ha causado no sería justo que quedase con vida, pues sabemos que la ha de emplear en maldades y traiciones. Por tanto, si os parece bien vamos a por don Paver y hagamos con él lo que con nuestro capitán quiso hacer, que siempre oí decir: enemigos, los menos.  Muchas grandes hazañas se han perdido por no saber darles muerte a los malvados; si no, recuerden al gran Pompeyo y a otros muchos que hicieron lo que él. Puesto que hemos comenzado la faena, terminaremos lo que queda por hacer.
     Todos aclamaron mi decisión de que antes que se escapase, diésemos con él. Con este acuerdo, con orden y decisión, llegamos a la casa del traidor, al cual ya le habían llegado las tristes nuevas de la libertad de nuestro gran capitán y de la gran matanza que entre los suyos habíamos causado.  Cuando lo supo, al instante estaba en la casa encerrado y dispuesto con sus pocos fieles asustado, por la cruel y espantosa y nunca oída ni vista forma de pelear de nuestra compañía bajo el mar, la mayor parte de sus servidores habían huido.  Él era cobarde, y es Dios testigo que no invento, ni lo digo por quererlo mal, así lo vi y conocí.  A buen seguro que ahora su cobardía era más manifiesta. Y así, se dio tan mala maña, que aterrado por lo que sabía que ocurriría, ni en escaparse ni en defenderse gasto fuerzas.
     La casa cerrada, Licio delante y yo a su lado, entramos dentro con poca resistencia, donde le hallamos casi tan muerto como le dejamos; con todo, quiso hasta su fin usar de su oficio, no de capitán, sino de traidor enmascarado, nada más vernos ir para él, con una vocecita y falsa risita, fingiendo estar alegre, nos dijo:
—Buenos amigos, ¿a qué esta grata visita?
—Enemigo —le respondió Licio —a daros el pago por vuestro trabajo y desvelos.
Como le tenía presente la ofensa, no perdió el tiempo con él en conversaciones. Yo no le quise ayudar ni consentir que nadie lo hiciese, por no haber necesidad, y también porque así convenía para la honra de Licio; de manera cobarde feneció el traidor don Paver, como él y los de su calaña suelen hacer.
     Salimos de su casa sin consentir que se hiciese ningún daño, aunque los nuestros deseaban saquearla, en la cual había bastante cosas de valor, porque aunque malo no era necio, ni tan fiel como se cuenta de Escipión, el cual siendo acusado por otros, no tan honrados como él, de haber conseguido grandes botines en la guerra de África, mostrando las muchas heridas de su cuerpo, juró por sus dioses no haberse quedado otras ganancias que las mismas.  Sin embargo don Paver, no tenía heridas que hubiese podido mostrar, porque siempre en la guerra permanecía en la retaguardia y solo se ponía al frente a la hora de repartir el botín o de darse postín ante el rey y lo que en ella ganaba se lo llevaba, siempre escogiendo las mejores piezas y más valiosas, mientras que con las de menos valor obsequiaba al rey.  Esa era la razón de que fuese tan rico y que tuviese muy sano y entero el pellejo, pienso yo que hasta el día que murió no le habían hecho ni el más pequeño rasguño.   Porque como ya he dicho, él, como general cobarde, se quedaba en la retaguardia fuera de peligro, solo hace falta recordar lo lejos qué se encontraba el día que le conocí, al contrario del muy cuerdo y valeroso capitán Licio.
Decidimos esto, para que no se pensase de nosotros que habíamos actuado por codicia, sino por su maldad y no por saquear sus bienes, no se tocó en cosa alguna.
La noticia había llegado a la Corte, recorriendo los cortesanos asustados el palacio dando grandes voces que llegaron hasta el rey, el cual pregunto la causa, le contaron todo lo ocurrido, quedando tan espantado como asustado, pensando que el próximo en morir sería él.  Sabiendo que había razones para la ira de los atunes de su reino, por las muchas injusticias cometidas por don Paver y consentidas por él, porque ello le daba beneficios. Y aunque también tirano, no era necio y pensó:
—Dios te guarde de piedra, dardo y de atún irritado.
 Determinó no salir a la batalla y que allí en palacio se hiciesen fuertes hasta ver la intención de Licio. Y así, según me contaron, permanecería la mayor parte de su ejército en el palacio, más de quinientos mil atunes, junto con otros muchos géneros de peces que en la corte por sus negocios se encontraban protegiendo al asustado rey.  A mi parecer, si la cosa hubiera ido adelante, poca resistencia hubieran hecho ante nuestras espadas.   Como siempre se ha dicho: Dios nos guarde, que tu ley y a tu rey guardarás, posiblemente en esto haya tanta equivocación como tuve al escoger a los ricos en lugar de a los sabios para mi consejo.
Recorrimos las calles de la ciudad y conforme íbamos nadando los atunes naturales de la misma abandonaban sus casas con temor al verse desamparados por la cobardía de su rey, pensando que en ellas no estarían seguros. Quienes no se iban a palacio, salían huyendo al campo y lugares apartados, de tal manera que se podría decir:
—Dependen cientos de uno malo, por aquel malo padecieron y fueron muertos y amedrentados muchos inocentes.
Viendo esto, mandamos pregonar por toda la ciudad que ninguno de los nuestros tuviese la osadía de entrar en ninguna casa, ni tocar ni un caracol so pena de muerte, y así se hizo.



CAPÍTULO XI

 Pasado el alboroto, nos reunimos con nuestros atunes, formando consejo para ver lo que hacíamos, al tiempo que mandábamos una embajada al rey.  Algunos dijeron de regresar a nuestras casas y hacernos fuertes en ellas, o hacer amistad y confederación con los que en el momento presente teníamos por enemigos, que al vernos furiosos y ver nuestro gran poder, desearían ser nuestros aliados.   El parecer del bueno y muy leal Licio no fue este, diciendo que si esto se hiciese conseguiríamos la enemistad y mentira de nuestro enemigo, haciéndonos fugitivos y dejando nuestro rey con dudas sobre nuestra lealtad, que era mejor que el rey nuestro señor fuese  bien informado de las causas  por las cuales se produzco la revuelta.   Explicarle la traición del muy ingrato  don Paver, desobedeciendo la  orden de su majestad, pues queriendo sobreseer la condena, como su majestad ordenó  a través del guardia  al juez, mando un paje para que cumpliese su maldad  y no la voluntad del rey su señor.  Y que visto esto por su majestad, se podría afirmar que no había sido desacato ni atrevimiento a su real corona las decisiones tomadas, sino servicio a su justicia, con este parecer llegamos a pactos con los más cuerdos.
    Al final acordamos de enviarle un mensajero, quien mejor lo supiese expresar. Sobre quién había de hacer esto tuvimos diversos pareceres: porque unos decían que fuésemos todos y suplicásemos al rey nos abriese la ventana para escucharnos; otros dijeron que parecía desacato, y era mejor ir diez o doce; otros que como estaba enojado, podría ser que la pagase con los mensajeros. Estábamos con la duda de los ratones cuando, les parecía que debían poner el cascabel al gato en el cuello, y discutían sobre quién se lo iría a colgar. A fin, la sabia capitana dio el mejor parecer, y dijo a su varón que si le parecía bien, se ofreció a ir  ella sola con diez doncellas como embajada, porque contra ella y sus servidoras no habría el rey mostrar su enojo,  ella con tal de librar a su marido de muerte estaba dispuesta a correr el riesgo.  Además estaba segura de saber expresarse muy correctamente para aplacarle y evitar que se indignase más de lo que a buen seguro estaba. A nuestro capitán le pareció bien y a todos nosotros también.
Apartando consigo a la hermosa Luna, que así se llamaba su linda hermana, de quien ya hablamos anteriormente, y con ellas otras nueve, las más hermosas y  de más hermosos labios y ojos, marcharon a palacio; llegando ante los guardias, les dijeron hiciesen saber al rey que le quería hablar como hembra de Licio, el capitán de la revuelta y a la vez leal capitán al servicio de su majestad,  y que por tanto muy humildemente solicitaban audiencia a su real por ser en beneficio de su persona y reino y como único modo de evitar evitar escándalos y pacificar su corte y reino, y que no pusiese ninguna excusa para escucharle, y que si así lo hiciese haría justicia; porque ella y su marido, y quienes con él estaban, lo pedían, y querían si después de ser escuchados su majestad les consideraba culpables se hiciese justicia  y cállese sobre sus cabezas el hacha  del verdugo. Y que si su majestad no la quería escuchar, su marido Licio ponía a Dios por testigo de su inocencia y lealtad, para que de ningún modo fuese juzgado por desleal.   El rey aunque muy airado estaba, mandó que les dejasen entrar. Ante él, tras las reverencias, antes que comenzar a hablar, este les dijo:
— ¿Os parece bien señora, la que ha armado vuestro marido?
—Señor, —dijo ella —vuestra majestad haga el favor de escucharme hasta el final de mis palabras, y después decida lo que crea conveniente, y se cumplirá todo lo ordenado por vuestra majestad sin faltar un punto.
     El rey le dijo que hablase, aunque era necesaria más tranquilidad para poder escucharla bien. La discreta señora, cuerda y muy atentamente, en presencia de muchos grandes que con él estaban —los cuales en esos momentos debían de sentirse pequeños —comenzó a hablar.  Muy extensamente dio cuenta al rey de todo lo que hemos narrado, contando y afirmando ser esa la verdad sin desviarse un ápice, y que si faltaba a la verdad fuese descargada la justicia contra ella, como inventora de falsedad ante la real presencia de su majestad.  Así mismo, Licio, su marido, y sus valedores fuesen sin dilación ajusticiados. El rey, en cierto modo vio el cielo abierto, al escuchar que nuestro capitán se ponía bajo sus órdenes y no tenía intención de continuar la revolución, cual Espartaco al frente de los esclavos, le respondió:
—Señora, estoy en el momento presente tan alterado de ver y escuchar los desmanes que se ha hecho             que por ahora no os respondo a nada, porque de responder ahora saldrían mal parados quienes se han levantado en armas. Regresar donde está vuestro marido, y decirle, si le parece bien, que levante el cerco que tiene sobre el palacio y deje a los vecinos de este pueblo entrar en sus casas; y mañana volveréis acá y hablaremos del asunto con mi consejo de nobles, y con lo que decidamos se hará la justicia que corresponda.
     La señora capitana, aunque de esta respuesta no llevaba minutas, ni tenía nada previsto, no le quedó en el tintero la buena y conveniente respuesta que debía dar al rey:
—Señor, ni mi marido, ni los que con él vienen, tienen cerco sobre vuestra real persona, y así mismo, ni él ni nadie de su compañía en casa alguna ha entrado, tan solo en la de don Paver. Y por tanto los vecinos y moradores de aquí podrán comprobar con razón, que en sus casas no echarán en falta ni una toca. Y si los atunes de la compañía de mi marido están en la ciudad, es esperando que vuestra majestad les ordene qué deben de hacer y ese es el motivo de mi embajada.  Puedo asegurarle a su majestad que no hay un pensamiento distinto, porque todos y cada uno son buenos y leales.
—Señora —dijo el rey —por ahora no hay nada más que decir.
     Ella y sus compañeras, haciendo su debida inclinación con gentil continente y reposo, regresaron a donde estábamos nosotros. Conocida la voluntad del rey, en una hora salimos de la ciudad de manera ordenada, y nos metimos en el monte; mas no muertos de hambre, porque nos comimos a nuestros enemigos muertos, y aún mandamos llevar a los desarmados provisiones para tres o cuatro días, sobrando  tanto que tuvo toda la ciudad y Corte hartazgo.  En una ciudad con necesidades de comida entre los más humildes, fueron muchos que a buen seguro rogaron a Dios que cada ocho días cayese allí otro mal nublado, guardando a quien rogaba.
     La ciudad desembarazada de nuestra presencia, los moradores de la misma cada cual regresó a su casa, las cuales las hallaron tal como las dejaron. El rey mandó que le trajesen todo lo que en la casa del general muerto hallasen: y fue tanto y tan bueno, que no había rey en el mar que más y mejores tesoros tuviese, y aun no fue suficiente para que el rey diese crédito de sus maldades. A pesar de comprobar que lo que halló en casa del general no podía haber sido adquirido de manera licita, sino robándoselo a él, a sus súbditos  y sobre todo a sus víctimas, ni a unos ni a otras tuvo el rey en cuenta a la hora de apropiarse de las riquezas que guardaba el malvado don Paver.
     Después convocó su consejo, y como quiera que a donde hay malos alguna vez se obra algún milagro y siempre hay alguien bueno, sin olvidar que todos estimaban su pescuezo más que ninguna otra cuestión, ya hora el atún más fuerte no era don Paver, sino el capitán Licio.  Debieron decirle que si era así como Licio decía, no había sido muy culpable de lo sucedido.  Mayormente porque su majestad había ordenado que no ejecutasen la sentencia hasta ser bien informado de su culpa. Junto con esto, el guardia encargado de llevar la orden, declaró la cautela y lo prudente que con él había estado; y cómo el general le engaño y le metió en su en su casa diciendo que estaban allí los jueces y cómo una vez en ella le encerraron sin dejarle salir de ella. Los jueces ante el rey dijeron cómo que era verdad,  que el general les había enviado a decir que su majestad les ordenaba que antes de una hora ejecutasen la sentencia. Y por dar en ello la mayor brevedad no le pasearon por las calles, como se suele hacer.  Que ellos, creyendo que aquel era la orden de su majestad, lo habían mandado degollar sin ajustarse al protocolo. De esta manera el rey reconoció la culpa de su general y fue cayendo en la cuenta; y cuanto más en ello miraba, más se manifestaba la verdad.













































domingo, 31 de enero de 2016

El Lazarillo de Tormes - La segunda parte (Amberes 1555) Capítulo IXº

Durante los próximos días publicaré completa la segunda parte del Lazarillo (Edición de Amberes de 1555)
Continuó colgando capítulos de este libro desconocido por la inmensa mayoría de las personas, incluidos profesores y lingüistas: la Segunda parte del Lazarillo:

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Capítulo IXº

Siempre se ha dicho que las débiles ovejas si se ven asediadas suelen hacer frente a los carniceros lobos. Así ocurrió y así lo cuento. El miedo ata y nos hace débiles pero si somos capaces de unirnos podremos vencer a los lobos.

     Y yendo con el furor y velocidad que he dicho, llegamos a una gran plaza donde se encontraba la torre de la prisión. Nunca el socorro llegó tan a tiempo, ni siquiera aquel buen Escipión, El Africano, socorrió a su patria, ocupada por el gran Aníbal, como nosotros socorrimos al buen Licio. Finalmente el mensajero al cual encomendó el traidor la misión, supo tan bien negociar, y los señores jueces, así mismo quisieron contentar aquel malvado gran señor y favorito del rey, para que después le dijese al rey que tenía muy buena justicia y quienes la ejecutaban eran muy eficientes a la hora de adminístrala, y así subir escalones en el escalafón.  ¡Así les ayude Dios! Cuando llegamos tenían al nuestro buen capitán Licio sobre el cadalso, y su hermosa su mujer con él dándole los últimos besos, que con grandes ruegos dejaron acercarse a ella y Melo, ya sin esperanza de volverle a ver vivo.

Se habían congregado en torno de la plaza y las calles aledañas más de cincuenta mil atunes de la compañía del capitán general, a los cuales les habían encargado la guardia del buen Licio. El verdugo metía mucha prisa a la señora capitana para que se apartase de allí y le dejase hacer su trabajo, el cual tenía en su boca una muy gruesa y aguda espina de ballena, del largo de un brazo para meterle por las agallas a nuestro buen capitán, que así mueren quienes son hidalgos.  Y la triste hembra, muy a su pesar, dejando paso al cruel verdugo, con grandes lloros y gemidos, que ella y su compañía daban, el buen Licio se tendía para esperar la muerte cerrando para siempre sus ojos por no verla, ya que el verdugo, como es costumbre, le había pedido perdón.  A continuación comienza el verdugo a tocarle el punto más propicio para que la muerte fuese más rápida y menos dolorosa.  Fue entonces cuando llegamos y Lázaro atún con su toledana espada comenzó el ataque hiriendo y matando a cuantos le salían al paso. Llegué tan a tiempo, que es licito creer que me guio Dios de su mano, que siempre quiere socorrer a los buenos cuando tienen más necesidad. Llegando al lugar que digo, y visto peligro en que el amigo estaba, di una gran voz, como la que solía dar en Zocodover, antes que llegase el verdugo a hacer su trabajo. Le dije:
—Vil villano, detén tu mazo, si no morirás por ello.

     Fue mi voz tan espantosa y e infundió tal temor, que no sólo al verdugo, sino a todos los demás que allí estaban dio espanto, y no es de maravillar, porque, de verdad, a la boca del infierno sonó mi voz, fue tal que espantaría a los aterradores demonios, hasta el punto me entregarían las atormentadas ánimas. El verdugo, atónito al oírme, aterrado,  y al ver de ver el velocísimo ejército que me  seguía, esgrimiendo mi espada a una y a otra parte para así infundir  más miedo,  me esperó.  Como yo llegué antes de que pudiese reaccionar, me pareció mejor asegurar el campo, y di al pecador una estocada en la cabeza, por lo que cayó muerto al lado del que nada de esto veía. Aunque animoso y esforzado, la tristeza y pesar de verse de tan injusta y de mala manera morir, esperaba la muerte y había perdido el sentido.   Cuando así le vi, pensé si para nuestra desdicha mía, había sucedido antes de que yo llegase o por miedo hubiese muerto, y con esto apresuradamente me acerqué a él llamándole por su nombre; a las voces que le di levantó un poco la cabeza y abrió los ojos. Y como me vio y reconoció, como si de la muerte resucitara, se levantó, y sin mirar nada de lo que pasaba se vino a mí, y yo le recibí con el mayor gozo y alegría que jamás ni antes ni después tuve, diciéndole:

—Mi buen señor, quien en tal situación os puso, no os debe amar como yo.

— ¡Ay, mi buen amigo! —Me respondió —que bien me habéis pagado lo poco que me debías. ¡Ruego a Dios me dé lugar para poder pagar lo mucho que hoy me habéis hecho!

—No es tiempo, mi señor —le respondí —de hacer estas ofertas donde tanta voluntad de todas partes sobra. Mas centrémonos en lo que conviene, pues ya veis lo que pasa.

     Metí mi espada entre el cuello y corte un cabo de cuerda con la que estaba atado. Cuando estuvo libre, tomó una espada de uno de nuestra compañía, y fuimos a donde estaba su hembra y Melo y quienes con ellos se encontraban, que estaban atónitos y fuera de sí de alegría y de ver lo que veían, todos dándome las gracias por mi valor.
—Señores — dije —habéis luchado como buenos soldados. Yo, de aquí adelante y mientras tenga vida, haré lo que pueda para estar a vuestro servicio y de Licio, mi señor; no hay tiempo de hablar, pero sí de hacer algo, no os apartéis de nosotros, quienes venís desarmados, y así no recibiréis daño. Y vos, señor Melo, coge un arma y cien atunes de vuestra escuadra con sus espadas y no hagas ninguna otra cosa que seguirnos.  Mira por tu hermana y esas otras hembras, porque nosotros debemos resolver otros negocios y lograr la victoria. Estamos obligados a tomar venganza de quien tanta tristeza y sufrimiento nos ha provocado.

     Melo hizo lo que le ordené, aunque me di cuenta de que él hubiese preferido acompañarnos y estar más expuesto al peligro. Junto con Licio, nos metimos entre los nuestros, que andaban tan bravos y ejecutores que pienso, que ya habrían matado más de treinta mil atunes. Cuando nos vieron entre ellos y reconocieron a su capitán, nadie se puede imaginar la alegría que sintieron. Allí el buen Licio, haciendo maravillas con su espada y su persona, mostraba a los enemigos la mala voluntad que en ellos había conocido, matando y derribando a diestro y siniestro cuantos ante sí hallaba; mas a esta hora ellos iban tan maltrechos y desbaratados, que ninguno de ellos hacía otra cosa sino en huir, esconderse y meterse por entre aquellas casas sin ofrecer resistencia de ningún tipo. Siempre se ha dicho que las débiles ovejas si se ven asediadas suelen hacer frente a los carniceros lobos. Así ocurrió y así lo cuento. El miedo ata y nos hace débiles pero si somos capaces de unirnos podremos vencer a los lobos.

©Paco Arenas

 



domingo, 24 de enero de 2016

El Lazarillo de Tormes - La segunda parte (Amberes 1555) Capítulo VIIIº

Durante los próximos días publicaré completa la segunda parte del Lazarillo (Edición de Amberes de 1555)Continuó colgando capítulos de este libro desconocido por la inmensa mayoría de las personas, incluidos profesores y lingüistas: la Segunda parte del Lazarillo:


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CAPÍTULO VIIIº

 La traición del general

     Muy de mañana emprendimos el camino con mucha prisa por llegar, encargando de la pesca a quienes vimos más capacitados para abastecer la compañía. Como no era intención detenernos en la caza, les informé donde se encontraba preso nuestro amigo y capitán, así como el lugar donde pensábamos montar nuestro campamento.   Al cabo de tres días llegamos a tres millas de la Corte, y para no se supiese de nuestra llegada y se pusiesen en alerta, acordamos avanzar solo de noche.  Mandamos unos cuantos atunes como espías a la ciudad, los mismos que habían traído la noticia, para que se enterasen bien de cuál era la situación, y así saber lo que nos encontraríamos al llegar,  cuando regresaron fue para darnos casi  la peor noticia que hubiésemos deseado.
     Llegada la noche, acordamos que la señora capitana con sus hembras, acompañadas de Melo, junto con quinientos atunes sin armas, de los más sabios y viejos, fuesen a hablar con el rey y le suplicasen que tuviese a bien examinar con  justicia el expediente de su marido y hermano; mientras que yo con todos los demás me introdujese en una montaña muy espesa de frondosas arboledas y grandes rocas que se encontraba a dos millas de la ciudad, donde el rey algunas veces iba a cazar, por ser bastante común esta afición en los reyes tanto de la tierra como de la mar, que aunque cobardes en la batalla, siempre buscan el cobijo en la retaguardia, a la hora de matar a indefensos animales, si no hay peligro para ellos, suelen ser muy aficionados al gatillo  —en la tierra —en el mar no hay posibilidad de escopetas o arcabuces, pero si buenos y afilados dientes.  Allí estaríamos hasta que nos avisasen, y actuaríamos de acuerdo como marchasen las negociaciones.
     Cuando llegamos al bosque y vimos que estaba bien proveído de pescados monteses, no es de extrañar que el rey lo tuviese como coto particular, nos cebamos o, por mejor decir, nos hartamos a nuestro placer. Yo apercibí a toda la compañía que estuviese con la lanza dispuesta ante cualquier eventualidad. 
La hermosa y buena atuna llegó a la ciudad al alba marchando directamente para palacio con toda su compañía, esperando durante bastante tiempo en la puerta hasta que el rey se levantase, al cual informaron de la llegada de la esposa de Licio y de lo mucho que a los guardianes importunaba para que le dejasen entrar.   El rey sabía de buena tinta a lo que venía, le envió a decir se marchase en hora buena, que no podía ni quería escucharla. Visto que su palabra no quería oír, lo hizo por escrito, y allí se hizo una petición bien ordenada por dos letrados que por Licio abogaban, en la cual se le suplicó quisiese admitir a los mismos para asistirle en aquel juicio, pues Licio había apelado ante su majestad, por estar condenado a muerte y habían decidido esta sentencia el día de antes, cuando nosotros lo supimos hicimos siguiente petición:
—Besando la cola de su real majestad, le suplicamos que tenga a bien leer esta carta: Queremos informar a su majestad que mi marido el muy leal capitán Licio, ha sido acusado con falsedad y muy injustamente sentenciado, y por tanto solicitamos a su majestad obligue a repetir el juicio, para así hacer justicia, y que mientras tanto sobreseyese la acción de la justicia y la ejecución de la sentencia…
     Estas y otras cosas muy bien dichas fueron escritas en la petición, la cual fue entregada a uno de los guardias de palacio; y al tiempo que se la dio, la buena capitana se quitó una cadena de oro que traía al cuello y se la dio al mismo, metiéndosela en la boca para que no se notase el soborno, y rogándole que tuviese compasión de ella y su pena, y no mirase los galones y si la honradez. Esta suplica la hizo con muchas lágrimas y tristeza. El guardia cogió la petición de buena gana, y mucho mejor la cadena, prometiendo hacer lo posible, cumpliendo su promesa entregándosela en mano al rey, siendo leída por el mismo, tantas y tales cosas se atrevió a decir con su boca llena de oro a su majestad, al tiempo que le narraba los llantos y angustias que la señora capitana sufría por su marido en la puerta del palacio, que al mal aconsejado rey le hizo sentir alguna piedad, y dijo:
—Ve con esa esposa a los jueces y diles que sobresean la ejecución de la sentencia, porque quiero ser informado de ciertas cosas convenientes al asunto del capitán Licio.
     Y con esta embajada llego muy alegre el guardia a la triste esposa, pidiéndole que le felicitase por su buen negociar, la cual de buena gana le felicito. Después, sin detenerse, fueron al palacio de Justicia, y para su desgracia  quiso la casualidad que yendo por la calle toparon con don Paver, que así se llamaba el forjador de nuestros problemas, el cual iba acompañado  a palacio de muchos atunes; como vio la esposa del capitán Licio  y su compañía, supo quién eran y conoció al guardia, como astuto y sagaz que era,  sospechó lo que podía ser, y con gran disimulo llamó al guardia, interrogándole a dónde iba con aquella compañía, el cual se lo dijo; y él fingió que le alegraba, siendo al revés.
—Que gran noticia, una sabia decisión de su real majestad, el capitán Licio es uno de los más valientes capitanes de este reino.  No sería justo cometer contra tan gran atún una injusticia irreparable.   En mi casa están los jueces que vinieron a pedir mi consejo en este asunto, y yo iba a hablar al rey sobre ello en estos momentos, están allí esperando. Puesto que traéis despacho real, volvamos a decirles lo que el rey nuestro señor ordena.
Nunca es bueno fiarse de la gente traicionera, y entre los altos linajes es donde más gente de este tipo ahí, cuanto más noble se presume ser, más ruin se es y de esto no se salva ni el rey, como después se podrá ver.  Llamo aparte a uno de sus pajes y riendo le dijo que fuese al palacio de justicia y solicitase hablar con los jueces en su nombre y les dijese que en una hora cumpliesen la sentencia que estaba prevista, porque así era el deseo del rey, debiendo ser la sentencia ejecutada en la cárcel, o en la puerta de ella sin pasearlo por las calles, como era costumbre también en el mar, aunque no se les colgase el sambenito, entre tanto él  entretenía al guardia.
El criado lo hizo así yendo hasta el palacio de Justicia.  El traidor mientras tanto marchó con el guardia hasta su casa y dijo a Melo y a su cuñada que esperasen mientras entraba a hablar a los jueces, y que desde allí todos irían a prisión para darle la enhorabuena por su libertad, que él quería ser el primero en hacerlo.   Afortunadamente la desventurada capitana fue avisada de la gran traición y mayor crueldad del capitán general. Pues, aunque tuviese el capitán general la peor voluntad contra el buen Licio, solo con mirar la angustia y lágrimas de la buena capitana se sentiría cualquier persona con corazón, obligado a consolarla. Y cuando el malaventurado y traidor llamó al paje para que fuese ordenar la muerte de él buen Licio, quiso Dios que uno de sus criados le escuchase y lo dijese a la buena capitana, la cual, cuando esto escuchó, cayó sin sentido casi muerta en los brazos de su cuñado.
     Melo, nada más escucharlo me mando aviso con treinta atunes, para que con la mayor rapidez que pudiesen me diesen aviso del peligro en que se encontraba nuestro capitán, los cuales, como fieles y diligentes amigos, se dieron tanta prisa que en unos instantes fuimos sabedores de las tristes nuevas que nos llegaron, dando grandes voces puse a todo nuestro ejército en marcha:
— ¡A las armas, a las armas, valientes atunes, que nuestro capitán puede morir por la traición y astucia del traidor don Paver, contra la voluntad y mandato del rey nuestro señor!
Y en breves palabras nos contaron todo lo que yo he numerado. Mandé tocar las trompetas, y mis atunes formaron con sus bocas armadas, a los cuales les di una bravísima charla informándoles de todo.  Para qué como buenos y esforzados guerreros mostrasen su bravura al enemigo socorriendo a su señor en tan extrema necesidad. A una voz respondieron todos que estaban dispuestos a seguirme y cumplir con su deber.
     Emprendimos la marcha. ¿Quién viera a esta hora a Lázaro atún delante de ellos, haciendo el oficio de valiente capitán, animándolos, sin haberlo hecho jamás ? Pregonaba órdenes del mismo modo que hubiese pregonando los vinos, que casi es lo mismo, incitando los bebedores, diciendo:
— ¡Aquí, aquí, señores, que aquí se vende lo bueno!

 No hay mejor maestro que la necesidad.  Pues de esta manera, a mi parecer, en menos de un cuarto de hora entramos en la ciudad, y andando por las calles con tal ímpetu y furor, que aquel impulso lo quisiera tener contra el rey de Francia los soldados españoles; y puse a mi lado los que mejor conocían la ciudad, para que nos guiasen por el camino más corto a donde el inocente de nuestro capitán se encontraba. 

©Paco Arenas

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sábado, 16 de enero de 2016

El Lazarillo de Tormes - La segunda parte (Amberes 1555) Capítulo VIIº


Durante los próximos días publicaré completa la segunda parte del Lazarillo (Edición de Amberes de 1555)
Continuó colgando capítulos de este libro desconocido por la inmensa mayoría de las personas, incluidos profesores y lingüistas: la Segunda parte del Lazarillo:


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CAPÍTULO VIIº


El rey condena a Licio por las mentiras de general corrupto.

     Estas tristes y dolorosas noticias nos las trajeron algunos de los que con él habían marchado, dándonos relación a todos y cómo le habían apresado y condenado sin dadle la opción de mostrar su inocencia, sin ni siquiera ser escuchado ni ajustarse con él a derecho.  Todos los jueces implicados fueron sobornados por el capitán general, según pensaban, iba tan mal el asunto que no podría escapar en breve de la muerte.
     A esta hora me acordé y dije entre mí aquel dicho antiguo del  [1]Conde Claros, que dice:
Ya que estaba don Reinaldo
fuertemente aprisionado
para haberle de sacar
a luego ser ahorcado,
porque el gran emperador
ansi lo había mandado.

El Lazarillo de Tormes - La segunda parte (Amberes 1555) Capítulo VIº


Durante los próximos días publicaré completa la segunda parte del Lazarillo (Edición de Amberes de 1555)
Continuó colgando capítulos de este libro desconocido por la inmensa mayoría de las personas, incluidos profesores y lingüistas: la Segunda parte del Lazarillo:

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CAPÍTULO VIº

 La traición del mal general y el rey de los atunes

A los ocho días de la partida de mi amigo, nos llegó la noticia, comprendimos entonces el motivo de su preocupación y su tristeza al partir, que nos convertía en los peces más tristes del mar.  Cuando el capitán general estuvo conmigo tan ásperamente como he narrado, pretendía que abandonase el ejército y que aquellos que se sentían ofendidos me escarnecieran y diesen muerte. Después se supo que él había dado órdenes a ciertos atunes para que me matasen a traición y así nunca se supiese que había sido él quien me había dado la orden de matar a todos aquellos atunes que sucumbieron en el interior de la cueva al filo de mi espada; yo era el principal, por no decir el único testigo de su cobardía, para ocultar su deshonrosa actitud buscaba mi deshonra y muerte, demostrándose así que era aún más vil de lo que en realidad parecía.  Otra causa no hallaba, siendo que me prometió grandes presentes, quería ahora quedar como salvador y justiciero de los atunes muertos y comidos como el más sabroso manjar.  Dios no dio lugar a esta maldad, teniendo conocimiento Licio, me ayudo de corazón, haciéndome el favor que me hizo.  Enterado el capitán general, considero a Licio su enemigo, descargando todo su odio contra él, afirmando y jurando que lo que Licio hizo por mí fue una traición contra su persona; y sospechando que él era testigo, por estar junto a mí cuando el general entró en la cueva diciendo:

—Paz, paz.

miércoles, 6 de enero de 2016

El Lazarillo de Tormes - La segunda parte (Amberes 1555) Capítulo IIº

Durante los próximos días publicaré completa la segunda parte del Lazarillo (Edición de Amberes de 1555) 


Para todos los amantes de la literatura clásica, el libro más prohibido de la historia de España La segunda parte del Lazarillo de Tormes (Edición de Amberes de 1555) Un auténtico desconocido incluso para muchos profesores. 
Sabía que existía, hace referencia Don Juan de Luna en su edición de 1620, pero no lograba encontrarlo. Cuando lo encontré me resulto casi imposible leerlo, tras una ardua tarea conseguí "traducirlo", adaptarlo al castellano actual. 

Es un libro bastante interesante que todos los aficionados a la literatura clásica deberían conocer, no solo por ser un gran clásico de nuestra literatura, sino porque quienes quisieron que esta segunda parte desapareciese de la historia para siempre, estuvieron a punto de conseguirlo, el único modo de que no lo consigan, es difundirlo.

CAPÍTULO IIº


     Sepa Vuestra Merced que a pesar de estar triste por no tener a mis amigos, mi vida muchos la desearían y estarían muy contentos y pagados de tenerla para ellos. Estando a gusto con mi mujer y alegre con mi hija, sobreponiendo cada día en mi casa alhaja sobre alhaja y mi persona muy bien tratada, con dos pares de vestidos, unos para las fiestas y otros para los días de ordinario, y mi mujer lo mismo, con mis dos docenas de reales en el arca. Llegaron a esta ciudad de regreso mis amigos, presumiendo de ricos botines y deseando regresar pronto a embarcar para Argel.  Escuchándoles, parecía tan fácil que todo el vecindario comenzó a alterarse, viendo doblones en lugar de blancas, oro en lugar de faldriqueras apolilladas.  No sé cuántos vecinos míos se alistaron para ir a luchar contra el infiel, pero fueron bastantes.

—Vamos allá, que vendremos cargados de oro —decían como si fuese más fácil al levantar una piedra encontrar un tesoro que a un alacrán.

Debo reconocer que me sentí intrigado, sabiendo que era conocido por haber sido el bastón de un ciego astuto, por mordisquear el pan de un tacaño sacerdote, o peor aún por servir a un escudero sin dinero al que tuve que mantener yo.  Quería, lleno de razón, sacar a los moros de su error y arrogancia, y me veía como un capitán hundiendo barcos turcos, lleno de oro y joyas para mí y mi adorable esposa e hija. Comenzando con estos pensamientos a sentir codicia; se lo dije a mi mujer, y ella, tal vez con gana de volver con el señor el Arcipreste, me dijo:

—Haz lo que quieras, mas si te marchas y la suerte te acompaña, quisiera que a la primera oportunidad me trajeses una esclava para que me sirviese, que estoy harta de servir toda la vida. Y también para casar a nuestra hija no serían malas aquellas  [1]zahenas, de las que tan proveídos dicen que están aquellos perros moros.
     Con esto y con la codicia que yo tenía, determiné (que no debiera) ir a este viaje. Y bien me lo decía mi señor el Arcipreste, mas yo no lo quería creer. Así que puse a mi esposa e hija bajo su custodia, prometiéndome que a ambas las trataría como propias, y estoy seguro de que no me mentía.  Y así, me marche con un caballero de aquí, de la Orden de San Juan, con quien tenía amistad. Acordé acompañarle y servirle en este trabajo a cambio de que  él me pagase la  [2]costa, con tal que lo que allá ganase fuese para mí. Y así fue que gané, y fue para mí mucha malaventura, de la cual, aunque se repartió entre muchos, yo traje una buena parte.
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