Mostrando entradas con la etiqueta Águeda y el secreto de su mano zurda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Águeda y el secreto de su mano zurda. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de septiembre de 2022

La plaza de Pinarejo, años 60 del siglo XX y años 20 del siglo XXI (en blanco y negro y color)

 

Plaza de Pinarejo años 60, el pozo y la casa de la derecha, están modificados, el pozo en concreto, reconstruido a partir de la mitad de este. La foto fue realizada por un maestro represaliado por el franquismo, de apellido Martínez. 

11 de septiembre, día de muchas efemérides, las más conocidas nos hablan de grandes tragedias, como la entrada de las tropas de un rey vil en Barcelona en 1714, inaugurando una dinastía digna del primero de los borbones, en su mayoría puteros y ladrones.  El criminal golpe de Estado, en 1973, de los generales traidores a la patria chilena, porque todos los golpes de Estado, son traiciones a la Patria. Los no menos criminales atentados del 2001, donde fueron asesinados miles de inocentes, víctimas del fanatismo religioso...

Hoy, 11 de septiembre, quiero presentaros uno de los lugares icónicos de mis novelas, la plaza de Pinarejo, mi pueblo. Aparece en «Magdalenas sin azúcar» como plaza de Juncos, en «Águeda y el secreto de su mano zurda» y en «Los manuscritos de Teresa Panza», como lo que es, la plaza de Pinarejo, que nunca tuvo nombre, al contrario que la segunda plaza en importancia del pueblo: «La Carrera», pero esa nunca fue mi plaza, ni se veía desde la ventana de mi casa. 

Pinarejo, el 11 de septiembre, desde antiguo, se celebran, cada vez con menos gentes y más tristes, las fiestas de verano. Las de invierno son el 5 de febrero. En Pinarejo tenemos dos fiestas, la de invierno en verano, siempre fuimos migrantes que regresaban después de la siega, la vendimia o la aceituna.  Febrero pillaba al final de la temporada de la aceituna en Andalucía, así que se pasaron al 11 de septiembre, justo antes de comenzar la vendimia.

Aquí, la misma plaza de Pinarejo, en este caso coloreada por José Carlos Herrera Saiz, al colorearla se aprecia más el detalle de que está embarrada, y que por la calle Colorín, todavía parece haber agua retenida, así como en la plaza se adivinan charcos.  


Es la plaza que aparece siempre en mis novelas, tanto en «Magdalenas sin azúcar», «Los manuscritos de Teresa Panza», también en «Águeda y el secreto de su mano zurda», a la fotografía, además de la mitad de la plaza, le falta la fuente, que era fea, pero daba agua dulce como las almendras, ahora es bonita, pero es decorativa.

La plaza de Pinarejo, la conocimos rebosante de gente, aunque en esta fotografía solo se ven dos personas y una tercera en la calle Tercia.  Es una plaza muy grande para el tamaño del pueblo, o villa, ahora 203, que bien podrían caber en un rincón de la misma, cuando yo nací 1600, y antes de la guerra, más todavía. Pero bueno, hoy en las fiestas de verano de Pinarejo, quiero presentaros la plaza que yo conocí:

Esta era la plaza de Pinarejo que conocimos. Plaza que nunca tuvo nombre, por suerte. Plaza embarrada los días de lluvia y de polvisca los días secos., con piedras secas y charcos. Sin ningún tipo de alcantarillado, con pocas y malas aceras, en las que nos sentábamos los chiquillos a comer pipas.

Resulta extraño que uno de los dos bares, el único que se ve en la fotografía, esté cerrado, tal vez no tanto, los bares, o las tabernas, como decía mi madre, se llenaban solo de hombres, ya se librarían las mujeres de pisar un bar, y llegó a haber seis a un tiempo. Y, cuando los hombres estaban en el campo, ¿para qué tener el bar abierto.

Llama la atención que el ayuntamiento esté abierto, lo cual deja claro de que era un día laborable. Diría que, de otoño o primavera, ¿cómo saberlo, ni una mala mata da testimonio, ni siquiera al lado del pozo. Ese pozo que tantas conversaciones, risas y hasta lloros escuchó, y tal vez por ello era salobre su agua.

Tan solo se ven tres personas, hombres en todos los casos, los tres llevan gorra campesina, como la que llevaba mi padre. Los tres tienen la espalda encorvada, señal de que han cavado muchas olivas, segado, vendimiado y plantado ajos. No son jóvenes. Y no cabe duda de que era un día de otoño o primavera, porque aparte de ellos, la plaza está vacía, la gente está en el campo y los chiquillos en la escuela. La hora, por tanto, se podría situar entre las 9 de la mañana y la 1 del mediodía.  Tal vez entre las tres y las cinco, ni antes, ni después. Desde luego no es verano, llevan la chaqueta, pero tampoco es invierno, el que sube por la calle Tercia, a la altura de la casa de Julián "el Rojo de Mandoblas", lleva la chaqueta abierta, por tanto, diría que bien podría ser o finales de mayo o finales de septiembre.

 De las casas que veo me quedó con la de mi tía la hermana Eleuteria Martínez Vieco, hermana de mi padre. La de los Picantes, gente muy trabajadora y la de los Loritos, recuerdo a mis primos Miguel Ángel, Emilio y Julia. éramos primos segundos, pero en aquellos tiempos las familias eran muy largas y mi madre con sus primas Julia, Carlota y Puri, la única que nos acompaña todavía, tenía relación de hermanas.

Foto original, salvo el añadido de más de la mitad del pozo hacía la derecha. 


La casa que desentona, haciendo daño a la vista, es la de Adelaido, sin embargo, su tienda me trae buenos recuerdos y muchas historias, algunas muy cómicas.

Para terminar, decir que el autor de la fotografía fue uno de esos miles de maestros represaliados, al que no le permitieron ejercer su magisterio, para desgracia de muchos campesinos pobres, no solo Pinarejo, sino de toda España.

Cualquier tiempo pasado fue anterior, no mejor. Después de la publicación podréis ver distintas fotos de la plaza actual, de m
omento dos.

Salud a todos os desea este pinarejero de sangre espesa, porque por mis venas corre esa tierra que besaba nuestros labios los días de aire.

Paco Arenas

P.D. Si os interesan mis libros, no dudéis en contactar conmigo a través de correo electrónico: 

 fmlarenas@hotmail.com  





lunes, 13 de diciembre de 2021

La aventura de Sancho y don Quijote en el prodigioso pozo Airón de La Almarcha (Primera parte) del libro "Águeda y el secreto de su mano zurda"



Mucho cambió don Quijote desde la derrota en manos del caballero de la Blanca Luna en Barcelona. El bachiller Carrasco parecía que realmente había logrado su propósito: que don Quijote recobrase, a ratos, el concierto de su pretérito juicio. Quiso la circunstancia que pasaran por un lugar cercano a donde Sancho no quería pasar, puesto que muy buena razón tenía. Mas conforme se acercaban al no mentado lugar, más gente les hablaba del prodigioso pozo Airón, despertando en don Quijote la curiosidad y las ganas de aventuras, a la vez que en Sancho el temor y el rechazo. —Mi amo, nada se nos ha perdido en ese endiablado pozo. Sin ganas de afear vuestras pasadas promesas debo recordar a vuestra merced la promesa que hicisteis al caballero de la Blanca Luna —manifestó Sancho, intentando que Rucio aligerase el paso, dándole pequeños talonazos en el vientre para ir a la misma altura que don Quijote. —Lo prometido es deuda, amigo Sancho, no más aventuras. Tornamos a nuestra aldea sin dilación. Mas, estando a menos de una legua del prodigioso pozo Airón y a tres del más que milagroso Santo Rostro, sería una blasfemia a la razón, la primera, y a Dios la segunda, no desviarse unos instantes para contemplar a uno y orar ante el otro. —Como vos digáis —contestó Sancho —, si el jornal llega y no se demora ni la soldada ni el retorno, que es lo que más me importa. Meses hace que no veo a mi Teresa, ni a Sanchica y Sanchico… —dudó Sancho —, y lo que viene de camino, que escamado me tiene. Pues dos semanas antes de salir, tocándole, a Teresa no la visitó la luna, y si nos demoramos más de lo debido no la veo ni preñada, si es que lo estaba. — ¡Oh! Hablando de prodigios y milagros. No hay mayor prodigio que salir de nuestra aldea sin luna y tornar con sol, que a buen seguro llevará a tu casa tiernos bodigos , ante tan extraordinario acontecimiento…—punzó don Quijote. — ¿Tomáis a mofa lo que a mí me inquieta? Capaz soy de regresar yo solo, que la paternidad se ve a la primera o no se ve. No hay tal prodigio, cuando dos yacen en el mismo colchón, y retozan con los ocultos secretos que todo hombre y mujer posee. Quien a distancia ama, no corre el peligro —replicó con cierto enojo Sancho. —Buen amigo, no te aflijas por mis pullas, que sabes que te quiero bien. Ni tampoco tengas recelo —quiso reafirmarse en su promesa don Quijote —. En pocas semanas compartirás el mismo lecho que tu amada, si ella te deja. Salir con la duda de su preñez, a ningún hombre se le antoja, y ninguna mujer lo tolera, si sabe que el culpable lo sospecha. Amigo Sancho, ya no habrá otras aventuras que las del reposo del guerrero: caballero y escudero. Tú, amigo mío, al lado de tus hijos y amada esposa. Yo en los brazos de la sin par Dulcinea del Toboso, que Dios mediante, dejará de ser mi dama para convertirse en mi esposa… —¿Semanas? Ayer hablamos de días y ahora lo alargamos a semanas, ¿después a meses? —protestó Sancho. —Días serán, que sin demora marchamos una vez visto el Pozo Airón y rezado ante el Santo Rostro… —A Dios me encomiendo, mi amo —respondió Sancho sin mucho convencimiento —, que sea Dios quien provea lo que más convenga a vuestra merced. Yo me conformo con estar al lado de Teresa —bajando la voz —: menester es que Dios obre el gran milagro para que haya esponsales entre mi amo y la rústica Aldonza Lorenzo… — ¿Rezas acaso? —Sí, mi amo. Rezo porque se haga el milagro y todas vuestras ansias y anhelos vean la luz. —No son ansias vanas, sino certezas sensatas. Te aseguro que verán la luz. Las verán. Escuché lo que dijiste y es loable que reces para que se obre el milagro de unos prontos esponsales. Aunque, debiera decirte que no es tal milagro, que ambos nos galanteamos cortésmente, y, por igual, anhelamos consumar el sagrado vínculo del matrimonio. —Sí, mi amo, sí. Eso mismo decía y rezaba para que sea escuchada vuestra plegaria y la mía —contestó Sancho agradeciendo al cielo que don Quijote estuviese un poco sordo, intentando disimular su chanza. Llegando cerca del lugar, lindante con la Vereda Real, se toparon con unos acemileros que allí se encontraban descansando, a los cuales les preguntaron si iban por buen camino. Los muleros miraron espantados a caballero y escudero. Echándose las manos a la cabeza, aconsejándoles que se olvidasen de visitar tal paraje. —¡Admirable caballero don Quijote! —exclamó un viejo cura que acompañaba a la recua, tras reconocer al caballero —. Pare, quieto ahí. No de ni un paso más, por el amor de Dios y Santa Águeda bendita. Viendo la cara de los presentes, y lo asustado que se veía al sacerdote, Sancho dio un paso atrás, don Quijote hacia adelante, que vio la oportunidad de una nueva aventura: —Buen cura, ¿por qué vuestro espanto? —He de decirle a vuestra merced, que un maleficio arrastra a personas y animales hacia su boca. Me consta, pongo a Dios por testigo, que con mis ojos he visto como sin remisión ni enmienda se ha tragado gentes y bestias, sin que nunca aparezcan, sino en el mismo infierno… —Mi amo, —terció Sancho —nada se nos ha perdido en tal pozo, que solo con escuchar lo que este buen cura dice, aunque tuviese el agua más dulce de Castilla, yo la habría de perdonar, más habiendo vino. —Calla, Sancho, escuchemos a este santo varón. ¿Nadie ha intentado taponar ese brocal? —terminó preguntando don Quijote. —No hay tal brocal, ojalá Dios así lo hubiera dispuesto. A pie llano se llega y el pozo del diablo traga cuanto se le acerca. Mil veces han pretendido tapar la boca del infierno y mil veces se ha tornado a abrir. Cada vez es más anchurosa y no más honda, por ser del infierno mismo de donde nace —manifestó el anciano sacerdote. —Y vos que sois hombre de Iglesia. ¿No conocéis agua bendita para remediarlo? —Preguntó al cura don Quijote, sin preguntarle ni asombrarse por la circunstancia de haber sido reconocido al primer golpe de vista. —Bien es cierto, caballero, que lo que del averno surge solo el agua bendita y la señal de la cruz pueden vencer. Mas, nada se puede hacer cuando es el mismísimo Satanás quien protege la puerta del infierno. Y no me cabe duda de que así es en este lugar. Son tantos los prodigios que he escuchado, que no me he de acercar a menos de una legua —respondió el cura persignándose con gestos de espanto. —Satanás no se mete en estos menesteres, buen cura, debe ser un sabio brujo que hace encantamientos perversos…—refutó don Quijote al cura. —Sabio o diablo, ni el agua bendita vence a la salobre agua del averno —replicó el sacerdote, agitando la cruz de madera del rosario que llevaba colgada al cuello. — ¿Qué sabio tan poderoso puede más que la cruz? ¿Frestón acaso? —Preguntó don Quijote. —¡No te fastidia! Si yo lo supiera no se habría engullido dos yeguas tordas, que se tragó hace dos años sin ni siquiera masticarlas —terció quien parecía ser el jefe de la cuadrilla —. El día que la amargura sea mi sino, vendré montado en la más hermosa yegua y a buen seguro que moriré, y de nuevo podré ver las grandes culebras con escamas de pez que se tragaron mis jacas. —¡Válgame Dios! —Exclamó Sancho espantado —. ¿Es posible? No he de ser yo quien se acerque a esa poza del demonio. —Tan cierto como que Dios existe —intervino con exagerado gesto el capataz de la cuadrilla de acemileros, señalando sus ojos saltones enrojecidos por el vino—. Con estos ojos lo vi. Íbamos camino de Valencia, llevábamos caballos y mulas para embarcar en las naves que parten desde allí contra el turco. Nada sabíamos de esa maldita boca de mar. Solo vimos que, a pesar de la aridez natural de estas tierras, a media legua de la poza estaba pastando un pastor con su rebaño en un secarral, mientras que cerca había hierba verde y frondosa sin ningún ganado que la comiera. Incautos e ignorantes nos encaminamos hacia el verde prado que rodea la poza. El pozo, o la boca de mar, que de todos modos la nombran. Ainas, al ver acercarnos, salió el pobre hombre corriendo dando gritos de espanto para que nos alejásemos del lugar. —¿No exagera vuestra merced? —lo interrumpió socarrón Sancho, poniendo en duda las palabras del acemilero. —Ni pizca. No crea que tomo a mal sus dudas. También se burló mi compadre y decidió continuar sin hacer caso a lo que el buen pastor nos relató, en cuanto pudo interponerse entre nosotros y la poza. Dijimos: «supercherías por creer que nuestra recua va a acabar con los pastos». Sin terminar de decir estas palabras, dos yeguas, milagrosamente, se soltaron y galoparon hasta la misma boca del averno. Entonces tres culebras con escamas de pez y la anchura de los cuerpos de tres hombres salieron del agua y de un solo bocado se tragaron a las dos jacas. De milagro no se tragó a mi compadre que tenía las piernas cortas como vos —señalando a Sancho —, pero, Dios o el miedo, le puso alas en los pies. Solo vos, don Quijote, podréis acabar con ellas. Vuestra fama y valor os preceden —terminó el capataz, dando a entender, que al igual que el cura conocía a don Quijote. —Dios me ha puesto en el camino para llevarme la gloria de acabar con la hidra —dijo abstraído don Quijote, aceptando como natural que cualquiera lo conociera por aquellos lugares que pasaba —no son tres culebras, sino las tres cabezas de un solo animal. La famosa hidra de Lerna con sus mil cabezas guarda todas cuantas entradas existen en el inframundo. —Sin duda este pozo Airón es una de esas entradas —afirmó fingiendo asombro el capataz, guiñando un ojo al sacerdote, a sus compañeros y sirvientes —. Carolo, tú que la viste cerca… ¿Acaso no te pareció que era un solo cuerpo con tres cabezas? —A fe mía, que así sería. Fue tanto el miedo que pasé que con seguridad no lo puedo afirmar, pues cuando desperté tenía las calzas olorosas, y no era por los suspiros de las habichuelas con ajos, sino por algo más trabado y perfumado —respondió Carolo, provocando las risas de todos. —Solo los caballeros pueden hacer frente a un peligro así —parecía meditar don Quijote —, Hércules, siendo hijo de Zeus, vio la muerte cerca, pues de cada cabeza que cortaba, dos veían la luz. —Paréceme, señor —, observó, dudando, Sancho con preocupación, seguro de que don Quijote algo maquinaba, sin traerle a cuenta a ninguno de los dos —mejor y más acertado, irnos por nuestro camino a ver el Santo Rostro de Nuestro Señor Jesús, que dicen que es más prodigioso y menos peligroso. —Quien te escuche, pensará que tienes miedo y no confías en mí —le recriminó el caballero. —No es esa la cuestión, mas no demos ocasión de adelantar las postreras alabanzas por culpa de una charca que no nos pide pan. Mejor, si queréis, invoquemos a san Jorge, del que dicen que tiene experiencia en estos menesteres. —No creáis, amigo mío, que voy a desistir de mi empeño de conseguir la gloria por miedos de escudero —rechazó don Quijote el consejo de Sancho —. Menos, sabiendo que estos señores acemileros llevan sacerdote. Debes saber, mi buen amigo, que ningún ser del inframundo traga lo que con agua bendita está bañado. Cortaré las tres cabezas y todas cuantas surgieran, con la bendición de este buen cura. Saca la chaira para afilar bien la Molinera , que junto con la Tizona y Excalibur escribirá gloriosas páginas de la historia. A buen seguro, nos llenará de gloria esta hazaña. Los muleros se miraban con el rabillo del ojo unos a otros recreándose en las risas que vendrían después a costa del caballero. Sancho se santiguaba viendo a su amo mirar la punta de la lanza, comprobando la dureza de su adarga y el filo de su espada, pasando los dedos por el mismo. —Trae la chaira , Sancho, que debe estar la espada con fino filo para esta aventura, más que para ninguna —ordenó don Quijote a su escudero. Presto acudió Sancho con la piedra, dándole su amo la espada para que la afilase. Miró entonces don Quijote en la distancia el lugar donde se encontraba el pozo Airón, y siendo que era verano y hacía mucho calor, subía gran cantidad de vapor proveniente de la laguna, pues más parecía eso, que pozo. —Qué grandiosa vivacidad y qué agudo oído el de esos seres diabólicos que ya se preparan para el final de sus días y lanzan humo por sus fauces para no ser vistos. —Mi amo, tan grandiosa vivacidad tienen esas bichas sordas, como vos tenéis vuestra ceguera —habló socarrón Sancho —. Si la víbora oyese y el alacrán viese, no habría hombre que al campo saliese. Lo que allí veis, señor, perdonad el atrevimiento, pero, sabéis que siempre acierto, no es otra cosa que el vapor del agua al calentarse. Que, si hay culebras, mucho las temo. Mas yo no veo asomar la cabeza ni de culebras ni de culebros. — ¿Cómo puedes decir eso, mi buen Sancho? —Preguntó, no sin cierta aspereza, pese a todo, titubeando don Quijote, escarmentado por la evocación de otras lides —. Decidme caballeros, si mis ojos me engañan o la agudeza a mi escudero le falla. —Ver, ver, no veo…—comenzó el cura. — ¡Calle, calle, vuestra merced! Señor cura, ha de saber que los santos varones no ven los demonios de otras creencias. No vaya a pensar el caballero que sois pecador de modistillas de costuras zurcidas —cortó el llamado Carolo al cura, provocando las risas de todos los acemileros y la desaprobación del cura y de don Quijote. Discutieron sobre la cuestión, de lo que cada uno veía y salvo Sancho y el cura, todos los demás decían ver, e incluso, escuchar el bramido de la hidra. Sancho movía la cabeza intentando agudizar la vista, colocándose las manos de resguardo de los rayos solares, no viendo otra cosa que el vapor del agua de la laguna. — ¿Sigues sin ver? —Le preguntó don Quijote con cierta altanería —¿El sabio Frestón te dejó ciego y sordo o son las prisas por el regreso? —¿Por qué razón esa desconfianza? —Preguntó Sancho moviendo la cabeza de un lado a otro. —¿Acaso niegas la evidencia? —dando la espalda a Sancho —. Eso haces, puesto que todos vemos y escuchamos el chapotear y el bramido de la hidra de Lerna… —A estas alturas deberíais confiar más en mis ojos que en los vuestros. No escucho ni chapoteo ni bramidos, solo risas que están a punto de estallar —, replicó Sancho enojado, aligerando el paso y colocándose al lado de don Quijote, arrimando sus labios a los oídos del caballero para no ser escuchado por los congregados —. Mi amo, soy yo o son todos ellos quienes están lelos, o son ciertas mis sospechas de que buscan chanza a vuestra costa. Además, decidme, ¿Cómo vais a matar la hidra que yo no veo? Continuará… La aventura del prodigioso pozo Airón de La Almarcha, forma parte del libro «Águeda y el secreto de su mano zurda», supuestamente escrito por Águeda y Miguel, descendientes ambos de Sancho Panza y Miguel de Cervantes él. «Águeda y el secreto de su mano zurda» narra las aventuras de don Quijote y Sancho en varios pueblos de la comarca de la Mancha conquense y Villarrobledo. ©
Paco Arenas. Todos los derechos reservados. Águeda y el secreto de su mano zurda, está disponible en Amazon

martes, 23 de noviembre de 2021

Valoración de Nicolás Haro López, sobre «Águeda y el secreto de su mano zurda»

 


Muchas gracias, Nicolás Haro López, por tu valoración de «Águeda y el secreto de su mano zurda»

Acabada la lectura de «Águeda y el secreto de su mano zurda», te doy mi más cordial enhorabuena al tiempo que también las gracias por plasmar parte de mis antepasados, en este magnífico ejemplar que te dará a buen seguro muchísimas alegrías. El libro me ha enganchado total, hasta el punto de buscar cualquier momento para proseguir la lectura.

Magnífica imaginación y muy bien encadenados los relatos, observando tu increíble conocimiento del medio, a pesar de llevar fuera de estas tierras muchos años.

Te deseo un gran éxito que seguro tendrás, y me alegro de que comenzases a escribir  en la edad tardía, y sacases de tu cabeza parte de lo que alberga para el deleite de tus seguidores, nunca es tarde.

 

Primera valoración en Amazon de «Águeda y el secreto de su mano zurda»

Primera valoración en Amazon de «Águeda y el secreto de su mano zurda»:




5,0 de 5 estrellas Buenísimo

Revisado en España el 17 de noviembre de 2021

Compra verificada

Magníficamente escrito, tierno, divertido, fácil de leer y muy entretenido, con algún guiño a sus otros libros, y manteniendo su pasión por los temas quijotescos, también es una crítica al abuso de poder de los más fuertes, sobre todo sobre las mujeres, y un reconocimiento a la inteligencia de ellas. Lo he disfrutado mucho, y lo recomiendo a todo el que desee disfrutar de una buena y entretenida lectura.

Para acceder a la reseña:


https://www.amazon.es/gp/product/B09GYQRXKH/ref=dbs_a_def_rwt_bibl_vppi_i6

jueves, 9 de septiembre de 2021

¿Cuántos hijos tuvo Felipe IV de Habsburgo, rey de España y Portugal?

 

Personajes secundarios que aparecen en mi próxima novela Águeda y el secreto de su mano zurda

 

¿Cuántos hijos tuvo Felipe IV de Habsburgo, rey de España y Portugal?

En teoría entre 30 y 46 hijos, pero solo dejó un heredero: Carlos «el Hechizado», a los que habría que sumar los que tuvo con campesinas cuando iba de caza.

Felipe IV de Austria, era adicto a la caza, los lujos y al sexo anónimo y promiscuo. Nadie puede saber cuántos llegó a tener, a 13 de ellos los declaró legítimos por haberlos tenido con damas de muy alta alcurnia, que terminaron en un convento. También terminó en un convento la actriz María Inés Calderón nació el célebre Don Juan José de Austria, que quiso ser rey y estuvo a punto de provocar una guerra civil, que dejó en el camino a miles de jóvenes campesinos, sin instrucción militar, en el camino.

Aunque tuvo dos esposas, el único heredero varón que sobrevivió fue el enfermizo Carlos II, hijo de su sobrina carnal Mariana de Austria.

Felipe IV fue un Rey despreocupado, solo pensaba en los placeres de la carne y la caza, delegó en válidos el gobierno como el Conde Duque de Olivares, que ejerció el máximo poder hasta 1643. Mientras el rey se dedicaba a la caza y a las correrías nocturnas por Madrid.

Entre sus amantes se encontraban todo tipo de mujeres de clase y condición, desde cortesanas de la Corte, hasta prostitutas, casadas, viudas, monjas o doncellas, no importaba. Cuando iba de caza, los nobles del lugar le aprovisionaban de doncellas para su deleite, los hijos que tuvo de esas relaciones, nunca se contabilizaron, eran campesinas que sabían que lo mejor era callar. Si estaban casadas pasaban a tener el apellido del marido, si eran doncellas, pasaban a ser «hijos de la tierra», que era como se inscribían a los hijos nacidos de padres desconocidos.

El próximo personaje, al cual se hace referencia en la novela es  un «hijo de la tierra», fue don Juan José de Austria, que quiso emular a otro ilustre bastardo quitándose el segundo nombre.  Fue hijo, como ya he dicho, de la actriz María Inés Calderón, cuando esta tenía tan solo 18 años.

@Paco Arenas

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...