jueves, 10 de noviembre de 2016

Historia de una foto, cazados por el retratista


Era una cálida tarde estival cuando el retratista llegó con su mastodóntica cámara al mirador de la Divina Pastora. Nosotros estábamos jugando ajenos a lo que se nos venía encima. Lo miramos con curiosidad sin sospechar que nos cazaría con su objetivo. No recuerdo quien tomó la decisión, creo que fue Angelina, la tía de mis sobrinas Loli y Ángeles. Lo cierto es que ninguno de los cuatro queríamos salir en la foto. Nos llevaron al patio de la casa de Aurelia y Julián, El Rojo de Soplaeras, suegros de mi hermana Dolores y abuelos de mis sobrinas, a la vez consuegros, camaradas y compañeros de noches de radio, de mis padres.  Cómo recuerdo aquellas noches de radio escuchando a Dolores, ver desde la cama aquellos hombres curtidos, derrotados; pero ni vencidos ni convencidos, soñando alrededor de una radio, que traía voces de esperanza a través de la onda corta del dial.  
Luisa se enfadó, y alguna lagrimilla soltó, Loli, con su pirri, tuvieron que darle una gran rosa artificial, a pesar de estar el patio lleno de rosas y claveles naturales, también lloró, Ángeles, disgustada, y yo que tampoco quería salir, dos fiebres en el labio tenían la culpa, y el retratista:
—No te pongas la mano en el labio. Si ya es difícil retratar a un chiquillo, mucho más a cuatro, que además no paran de moverse.

La foto, el retrato se hizo, para disgusto, entonces de los cuatro, ahora, ¡qué bonitos recuerdos!  

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Cuando Cuenca tenía Giraldo

Catedral de Cuenca antes de derrumbarse el Giraldo.

Hasta el 13 de abril del año 1902, Sevilla tenía Giralda y Cuenca tenía Giraldo. El que fue el orgullo de una ciudad durante cinco siglos, caía desde su base, llevándose por delante la vida de muchas personas. Desde entonces la catedral de Cuenca es una de las pocas catedrales mochas del mundo, junto la de Cuenca Ecuador y la de Notre Dame de París. 


Cuando Cuenca tenía Giraldo, los vinateros pisaban la uva con los pies manchados de mosto, y tal vez de tierra de los surcos.

Cuando Cuenca tenía Giraldo, el agua se sacaba de los pozos con soga, garrucha y cubo, nos bañábamos en una artesa, o nos bañábamos, nos lavábamos a partes, la cara como los gatos, los sobacos, que ahora se llaman exilas, y hasta nuestras partes, con agua calentada en ollas y pucheros. 

Cuando Cuenca tenía Giraldo, nos vestíamos de domingo, con la misma muda varios años, según la estación del año, viajábamos en burro, mula o galera, y puede que algunos en diligencia, si los cuartos lo permitían. 

Cuando Cuenca tenía Giraldo, cruzábamos el puente de San Pablo con miedo a caer o que se cayese el puente, nos alumbramos con candiles y algunos con farolas de gas…

Cuando Cuenca tenía Giraldo, en las comidas todos bebíamos vino, los hombres solo, en el porrón, las mujeres, algunas con gaseosa y los chiquillos con azúcar, que el agua quitaba la gana. 

Cuando Cuenca tenía Giraldo, nos levantábamos antes que el sol, para pillarle la delantera y que no nos deslumbrase en el camino, no a la escuela, sino a la siega, la vendimia, la aceituna o labrar…

Cuando Cuenca tenía Giraldo, una fiesta era una fiesta y brillaban más que el sol, incluso había tres jueves que resplandecían más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi, y el día de la Ascensión.  Eran tan pocas las fiestas que teníamos, que era preciso disfrutarlas con pasión.

Cuando Cuenca tenía Giraldo, qué bonita estaba la catedral, aunque ahora tampoco está mal. 

Cuando Cuenca tenía Giraldo, mis padres todavía no eran ni espermatozoides y mis abuelos todavía no eran ni novios, y corrían por las calles embarradas de Pinarejo, y uno de ellos vestía uniforme militar, pero parece que se enamoro de la tierra manchega y de unas ideas, que por entonces comenzaban a brillar...

Claro, que todo eso es un suponer, que yo no estaba y no me puedo acordar, aunque algunas de esas cosas si las he vivido, pero solo una “mieja.”   Ahora, hasta los jueves, han pasado a domingo y los domingos, ya no son lo que eran…

 ©Paco Arenas






lunes, 7 de noviembre de 2016

Donde habite el olvido (Luis Cernuda)


Educado en un ambiente severo, casi militar, su padre era coronel del ejército, Luis Cernuda, fue uno de los poetas más sensibles de la literatura española.  Con tan solo nueve años comienza a leer poesía, a raíz del traslado de los restos de Gustavo Adolfo Bécquer a Sevilla. Ya joven comenzó a estudiar derecho, con Pedro salinas como profesor, el cual le ayudó en sus primeras publicaciones.  Como otros grandes poetas de época, terminó en el exilio, muriendo en México el 5 de noviembre de 1963. 





Donde habite el olvido (Luis Cernuda)

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda

domingo, 6 de noviembre de 2016

Las primeras excelentes valoraciones de Caricias rotas


Va a hacer un mes desde que fue publicada mi segunda novela: Caricias rotas, y desde el principio comenzó a darme alegrías, disipando mis temores en parte. El tema que trata es un tema muy delicado, para el cual es preciso una sensibilidad especial, que no siempre se puede lograr. Escribir Caricias rotas no ha sido fácil, ni cómodo ni placentero. He leído libros, artículos, novelas, he escuchado testimonios, y al final he procurado seguir el guion previsto, procurando que lo mal que yo lo he pasado a la hora de escribirla se amortigüe en parte al lector, tampoco mucho, porque la novela debe trasmitir, sentimiento, provocar angustia y rabia, si es preciso, contra la violencia machista o de género.    

No obstante, sin olvidar que se trata de una novela, no de un tratado, y como novela debe tener su acción dentro de la trama, intentando atrapar al lector sin que se quede enredado en el nudo y en un tema tan delicado buscando un desenlace que sorprenda en la medida de lo posible.

Caricias rotas, no es solo difícil por el tema que trata, sino también tratar de dos tiempos u épocas diferentes concentradas en una persona, mezclando recuerdos del pasado y realidades del presente, sin revolverlos, pasión y violencia, amor y odio. Ingredientes que tiene la novela, pero tampoco falta una pizca de humor y toque de romanticismo que oculte en cierta medida los momentos agrios…

 ¿Lo he conseguido?

Todavía es pronto para saberlo, parece que sí, a tenor por las valoraciones de los lectores y por las propuestas surgidas para intervenir en diversos actos, de momento en tres este mes.

Pero lo mejor que yo que hablen los lectores, de momento dos desde España y uno Amazon.com, en principio puede ser desde Estados Unidos, o de cualquier lugar de su entorno, Puerto Rico o Canadá  El boca a boca es imprescindible para que una novela se venda, y agradezco esas valoraciones con todo mi corazón, me ayudan a pensar que es posible, y que al final el sufrimiento y las dudas a la hora de escribir Caricias rotas, ha merecido la pena, y si además de entretener, disfrutar con su lectura, crea conciencia, mejor que mejor.


Las tres valoraciones:


La primera valoración llegó desde EE.UU. el 18 de octubre de 2016

Amazon.com: 5 estrellas de un máximo de 5 estrellas

Excelente muy bien lograda

Por Cliente Kindle - Publicado en Amazon.com

Formato: Versión Kindle Compra verificada

Me gustó mucho una narrativa muy clara muy buena trama nos crea conciencia y nos muestra un mundo que no debería existir donde los hombres cometen atrocidades en contra de seres indefensos aun estando en espera de su propia descendencia







Las dos siguientes valoraciones desde España

5 estrellas de un máximo de 5 estrellas

 Muy real, gran novela

Por María del Mar en 21 de octubre de 2016

Formato: Versión Kindle Compra verificada

Es una novela, que por desgracia conmueve por la dura realidad que refleja de una manera minuciosa y dolorosa. Comprende la violencia de género y la describe como es y cómo se inicia y prosigue. Impresionante novela, eso sí, muy dura, así como es dura la vida de muchas mujeres. Un sobresaliente para el autor. La recomiendo.



5 estrellas de un máximo de 5 estrellas

Impactante, dura y aleccionadora.

Por Cliente Amazon en 5 de noviembre de 2016

Formato: Versión Kindle Compra verificada

Es una novela dura e impactante que nos acerca a la psicología de una víctima del maltrato por su pareja en un tiempo en el que no existía la conciencia actual sobre este tema y denunciar agresiones del marido era algo impensable, al considerarse esta violencia dentro del hogar como algo tolerado e incluso a veces justificado. Joaquín alterna los estados de marido solícito y amoroso con episodios de brutalidad con Aurora, que acepta sumisa negando esta realidad por diversos motivos: la manipulación de Joaquín, la educación recibida y el miedo a enfrentarse a la presión social. A lo largo de la novela se viven escenas de extrema crudeza que hieren la sensibilidad del lector y alcanzan un clímax donde la tensión trepidante se resuelve de modo inesperado.
Espero tener más valoraciones, y ojalá sean tan buenas como estas. 





Ver valoraciones o comprar Caricias rotas

Gracias anónimos lectores.

Añoranzas y pucheros a fuego lento.



No son mis padres los de la foto. Es una foto robada en Facebook, pero es la imagen de tantos que, como mis padres, vuestros padres, nuestros abuelos, vuestros abuelos. Se sentaban cara a la lumbre, asaban castañas, si las había, setas, o simplemente removían las cenizas buscando las últimas ascuas para aguantar la noche sin tener que echar otro ceporro...

—Deja la mecedora para el abuelo.

Porque los mejores sitios se dejaban para nuestros abuelos.

La comida se cocinaba a fuego lento en pucheros, sartenes u ollas, sobre trébedes o directamente en el suelo, arrimando las ascuas o algún sarmiento. El silencio se escuchaba en aquellas noches de penumbra a la luz del candil, cuando los ojos quedaban fijos en las llamas que iniciaban su andadura por el último ceporro.  Los huevos tenían otro sabor en ese aceite de alta graduación, sin refinar y que al enfriarse se podía cortar, con una textura parecida a la de la miel de ahora; porque esa es otra historia, la miel se ponía como una piedra cristalina y en no pocas ocasiones pretendías golosinear y doblabas la cucharilla antes que arrancar una pizca de miel.  los potajes sabían a cielo y se vaciaban en una fuente en medio de la mesa, a los más pequeños nos echaban aparte, ya estábamos bastante delgados. Y no es que los mayores estuviesen gordos.  Sin embargo, tampoco sobraba mucho y quien metía la cuchara primero metía dos veces.

—Padre, que Manuel ha cogido dos tajadas y yo ninguna…—protestaba alguien.

—Otra vez andas más espabilado —reía quien se había comido las dos tajadas y amenazaba con ira a por otra.

—Pero si están las patatas más buenas que la liebre…—añadía otro.

—Sí, hombre, por eso tú te comes primero las tajadas…—replicaba el primero.

—Anda, callad y comer. Luis ten una tajada, además de la pata. Y el que meta la cuchara fuera de su rodal, le arreo —zanjaba la cuestión el padre, enseñando la correa.

Mientras los chiquillos, cada uno en nuestro plato, comíamos ajenos a esas tertulias propias de tiempos de supervivencia de postguerra. No nos castigaban sin postre, porque muchos días no había postre. Así que cuando caía un plátano en nuestras manos, no mirábamos si tenía pupas o no, como ocurre ahora. Como críos jugábamos y reíamos en la mesa, y siempre alguien decía:
—En la mesa no se habla.

Pero en la mesa se hablaba y mucho, antes y después.  Se hablaba de todo, siempre había una historia que contar en esas largas noches de invierno a la luz de la única una bombilla de 125 voltios, el candil, y ocasiones tan solo las llamas de la lumbre, calentándonos por delante, hasta quemarnos, quedándose las espaldas heladas. Recuerdo que entonces arrancaba mi padre a contar historias, que no siempre sacaba de su imaginación, las más de las veces provocando nuestras risas. Otras noches necesitaba desahogarse y comenzaba esas historias que dolían en el alma. Entonces mi madre lo miraba:

—Hay ropa tendida.

Y yo miraba para todos lados buscando esa ropa tendida, cuando la tenía debajo de mi flequillo.  Muchos años después, esas historias me las contaba mi madre.
Otras noches llegaban los amigos de mi padre a escuchar la radio, cabeza con cabeza, y la ropa tendida mirando desde la cama sin entender que hacían cuatro hombres con las cabezas juntas escuchando una radio mal sintonizada.

Otra de esas cosas que me emocionaban era hacer palomitas en la sartén, que se convertía en una auténtica fiesta de luz y sonido. Eran tantas las cosas que se hacían a fuego lento. El aceite se freía antes de utilizarlo para las comidas, aprovechando para freír picatostes, largas rebanadas de pan, a las cuales nuestras madres les echaban un buen chorreón de vino y azúcar y disfrutábamos como el mejor de los manjares, meriendas alegres, porque el vino formaba parte de nuestra dieta infantil. Algunas de esas cenas eran de chorizos que se metían en papel de estraza y se enterraban en la ceniza, así como las patatas…

A fuego lento, pero con alegría, en tiempos de matanza se colocaban impresionantes calderas para cocer la cebolla, sartenes con aceite de oliva virgen para freír los chorizos, las morcillas, que antes se habían secado, las morcillas cerca del humo, y los chorizos no muy largo…

No había tele, ni falta que había, sólo conversación y recuerdos compartidos. Cuando se estaba frente a la lumbre tampoco había prisa, se colocaba el puchero para que se fuese haciendo la comida a fuego lento, con pocos ingredientes, a veces, y otras, en épocas de matanza, hasta el caldo se podía cortar.

Poco a poco, esas imágenes han ido desapareciendo, ahora no se mira la lumbre, no se escucha el crepitar de las llamas, no se escuchan a las personas tienes al lado, no se mira la gente a los ojos, casi ni se escucha la radio.  Se escucha la monserga de la telebasura, que si fulano se ha acostado con fulana y fulana con zutano. Sabemos la vida de Belén Esteban, más que de nuestros hermanos o de nuestra vecina o vecino de cama…

Sí, eran tiempos diferentes, hasta los viejos, llamados eufemísticamente, "nuestros mayores", recibían nuestro cariño hasta el último momento en su cama, a nuestro lado...

©Paco Arenas

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