sábado, 1 de octubre de 2016

Fantasmas en el cuarto de baño del Bar Arenas de Benicalap



Fue un día de principios de verano, o tal vez finales de la primavera. En la entrada a los cuartos de baño teníamos una cortina de tubillos marrones muy cutre, que la pobre estaba pidiendo un cambio. La gente cenaba en la calle y yo recuerdo que estaba preparando uno bocadillos en la plancha, cuando de repente escuché un grito salido de ultratumba que provocó que bocadillo, beicon y huevos revueltos saliesen volando hasta un lugar indeterminado del suelo. Me giré asustado, y vi saliendo del cuarto de baño a una joven de unos veinte años subiéndose las bragas, con la minifalda subida.  Al mismo tiempo a su novio entrando desde la calle. Dejé todo lo que tenía entre manos y acudí junto con su novio y algunos clientes al auxilio de la muchacha, por cierto muy guapa.

— ¿Qué te ha ocurrido cariño? —Le preguntó el novio.

Cuando la muchacha fue capaz de reaccionar, tan sofocada como estaba, señalando a los cuarto de baños:

—Hay alguien en el váter, me ha agarrado…

El novio lógicamente se enfureció y encabezó la expedición hacía los cuartos de baño, dispuesto a dar su merecido al sinvergüenza que había intentado agredir a su novia, provocando que por escapar no le diese tiempo ni a subirse la bragas en condiciones. Tres o cuatro acompañamos al intrépido capitán. Sin duda el mequetrefe estaría rodeado y no podría escapar, le íbamos a dar la del pulpo, al menos el novio.  Sin embargo, en los cuartos de baño no había nadie, ni tampoco habría tenido posibilidad de escapar, ya que quien conozca el bar sabe que es de todo imposible. A todo esto la muchacha estaba bailando, a punto de orinarse encima.

—Cariño, ya puedes pasar, no hay nadie —le dijo el novio.

Yo volví a la plancha, que algunas cosas se me quemaron, y el novio se quedó dentro del bar esperando a su novia. Al instante escuchamos de nuevo el grito de la muchacha, saliendo con las mismas prisas que antes.

—Si es una broma, o hay una cámara oculta, ya os estáis pasando de castaño oscuro —gritó histérica con cara de pavor.

Con el novio a la cabeza acudimos los mismos de antes, no había nadie, ni tampoco posibilidad de escapatoria. Cogí la linterna, a pesar de ser una tontería y enfoqué hacia todas las posibles salidas, de no ser un ratón, imposible. Y la muchacha bailando. Encontré la solución:

—Como sois novios. Mientras que ella hace lo que tenga que hacer, tú la esperas con la puerta abierta para que no pase nadie.

Así lo hicieron, y la muchacha por fin puro realizar la ansiada micción. Al salir me dijo que iba a poner una reclamación porque no le habíamos dado una solución. Y sobre todo, que no quería salir en ningún programa de cámara oculta, porque dentro del cuarto de baño había alguien.  Yo, entonces saqué conclusión que algún porrete había alterado su visión. A pesar de todo, miré y remiré, y en una de las ocasiones la cortina se enganchó en mi camisa, creyendo comprender lo que le había ocurrido.  Posiblemente se trataba de las dos cosas, pero aun así,  había una tercera. Al subir a mi casa mi mujer me dijo que por la tarde emitieron una película de serie “B”, en Antena 3, en las cuales un asesino se mimetizaba con las paredes para agredir a sus víctimas.

Ya no hubo más fantasmas invisibles en el Bar Arenas, visibles como en todos lados…


©Paco Arenas

El coñac, los carajillos y boquerones más caros del mundo en el Bar Arenas de Benicalap


El coñac, el carajillo y los boquerones más caros del mundo  (Relato real)


El coñac más caro o Mascaró

Sigo con los relatos del Bar Arenas, de Benicalap-Valencia.

Los más viejos de Benicalap recordarán que frente a la fábrica de componentes eléctricos CELSA había un almacén de alquiler de sillas y mesas para eventos. El dueño, que era catalán, le gustaba el coñac Mascaró, que nosotros no teníamos ni conocíamos de su existencia. Un día, después de almorzar, coincidiendo con los almuerzos de CELSA, que era el momento más álgido de la mañana, llegó por primera vez y…

—Ponme un coñac Mascaró —pidió, el buen hombre.

— ¿El coñac más caro?  —preguntó mi hermano, que con el ruido del momento no lo oyó bien.

—Sí —contestó el hombre, que con el ruido tampoco se enteró muy bien.

Mi hermano le puso Carlos I, que estaba en la estantería más alta, puesto que nadie solía pedirlo, por lo caro que es. El hombre se lo bebió, pago lo que mi hermano le pidió y no dijo nada y se fue.

 Al día siguiente regresó media hora antes de que llegasen los trabajadores de CELSA dispuesto a deshacer el entuerto, con una botella de coñac Mascaró:

 —Esta botella os la regalo. Cuando se termine quiero tener otra de repuesto. Si hubiese querido el coñac más caro, habría pedido Peinado de 100 años.

 

 

Pidió una copa y nos dijo hasta el precio que debíamos cobrarle, que como no se lo quisimos cobrar, dejó el importe en la barra.

—Eso de propina.

Para que luego digan que los catalanes son tacaños.

 

Los boquerones más caros del mundo


Por aquel entonces no era normal en Valencia entregar tique en los bares, lo cual daba lugar a las famosas «clavadas». Nosotros veníamos de Ibiza y desde el primer momento teníamos claro que era preciso entregar tique en el momento que la cuenta pasaba de quinientas o mil pesetas (tres o seis euros). Era fácil equivocarse en la cuenta, pero así en caso de error, se podría aclarar.

Había un matrimonio que solía ir bastante por el Bar Arenas. Él se l llamaba o llama Luis, era albañil, un hombre tan grande como buena persona, trabajador y jovial. Solían pedir su ración de sepia a la plancha, salpicón y unos montaditos variados. Cuando ya habían terminado de cenar, sacamos a la barra una fuente de boquerones fritos.

—Paco, ponme media ración de boquerones. Estamos hinchados, pero he tenido el antojo, y la mujer dice que no le cabe nada.

Le puse media ración de boquerones, más bien casi entera, pero que él se los comió. A la hora de hacer la cuenta, dude que le debería cobrar, y al final, puesto que era muy buen cliente, decidí cobrarle media ración, 150 pesetas (0,90€). Sin embargo, a la hora de cobrarle el importe total subía a más de 3000 pesetas (18€) cuando lo normal que les venía costando la cena era 1500 pesetas (9€). Sin querer había apretado al botón de los dos ceros en lugar de al de un cero.  Como el bar estaba a abarrotado, el hombre calló y guardó su tique.  Al día siguiente se aclaró el asunto. Gracias a dar tique no perdimos un buen cliente, que de otro modo habríamos perdido por haberlo «clavado» involuntariamente.

 

 

Los carajillos más caros del mundo

Algo parecido a lo de los boquerones, en esta ocasión carajillos. Era un grupo grande que iba todos los viernes, de hecho, les llamábamos «Los de los viernes». No era necesario tomarles nota, siempre era lo mismo, sepia plancha, sepia rebozada, bravas, morro, salpicón, calamares y montaditos variados, la bebida variaba muy poco de un viernes a otro y los carajillos y copas tampoco. Digamos que casi la nota y la cuenta de un viernes servía para otro viernes.

El precio del carajillo, entonces, era de noventa pesetas (0,54€). También se me fue el dedo y en lugar de noventa pesetas cobré cada carajillo a 900 pesetas (5,40€).  Al igual que Luis el albañil, tampoco dijeron nada ese día; aunque no regresaron al día siguiente, sino al viernes siguiente, con su tique en la mano.  

—A ver Paco, estás novecientas pesetas por seis… ¿de qué son? Ni las gambas las cobráis tan caras…

Sabían que no había sido una «clavada», sino un error, de lo contrario no habrían regresado jamás. 

A buen seguro de esos errores, en favor y en contra los habré tenido muchas veces, pero no me he dado cuenta y si ha sido en mi contra, nadie me ha dicho nada. 

©Paco Arenas

©Historias de Benicalap

 

martes, 27 de septiembre de 2016

El “simpa” original en el Bar Arenas, de Benicalap


El «simpa»

En el bar Arenas no fueron muchos los «simpas» que se produjeron, al menos que yo sepa. Podemos presumir, por tanto, que la gente de Benicalap somos gentes honrada, salvo raras excepciones, que también las hay. Por supuesto que teníamos un cuaderno al que llamábamos irónicamente «la joyería». Se trataba de una libreta, atada con un cordel, donde se apuntaban las deudas de los clientes que dejaban la cuenta pendiente de cobro, por una u otra circunstancia, y que normalmente terminaban pagando.  Pero lo que ahora se llama un «simpas», marcharse sin pagar, muy rara vez.

 

No obstante, hubo un «simpas» que jamás olvidaré por su originalidad.

A media mañana llegó un hombre de unos cuarenta años, como se suele decir, «de aspecto normal».  Era un cliente desconocido que como tantos otros se acomodó en la barra con intención de almorzar, bien almorzado. Tras inspeccionar bien la surtida barra, pidió una cerveza y una ración de sepia a la plancha y un bocadillo de anchoas con rodajas de tomate, nada extraordinario, por otra parte. Mientras que le ponía mi hermano la ración de sepia, me preguntó la hora y tras contestarle:

 

—Joder con Luis, hemos quedado a las once y ya son las once y cuarto. No sé su pedirle otro bocadillo, no creo que tarde…¿qué suele pedir él?

 

— Pues no lo sé, ¿qué Luis?  —le pregunté.

 

—Joder, Luis, me ha dicho que viene casi todos los días.

 

—Será Luis, el pintor —dijo mi hermano.

 

—Claro, Luis, el que vive ahí enfrente, que es de Teruel, que le llaman el pintor —apuntó un cliente.

 

—Sí, claro, ese, de Teruel, sí le llaman el pintor. Porque claro, es pintor.  Tenía que estar ya aquí, he quedado a las once…tengo que dejarle una máquina de gotelé… Ponme también una tapa de morro y unas bravas, que voy con prisa y vamos adelantado. Si se enfría que se enfrié.  Otro día que venga más pronto.

 

A la sepia, las bravas y el morro siguieron unos montaditos, todo con sus correspondientes cervezas, su café y su copa de Magno. A todo esto, sin cesar de quejarse por la tardanza de Luis, el pintor.  Por aquel entonces los móviles eran muy raros, pero algunos tenían aquellos «ladrillos» que llevaban en una funda como si fuesen pistoleros. La cobertura en el interior de los locales era mínima, por lo que salió a la puerta a supuestamente hablar con Luis, el pintor.  

 

—El cabrón, que se ha saltado un semáforo y lo han pillado los municipales. Ya viene, pero le he dicho que yo no puedo esperar más, que llevo desde antes de las once y son las doce y media… ¿puedo dejar la máquina que le he traído? No es muy grande.

—Por supuesto, sin problemas.  

—¿Dónde la puedo dejar?

Le señalamos un rincón detrás de la puerta, al otro lado de las máquinas tragaperras.

— ¿No se la llevará nadie? ¿Verdad? Vale más de cuarenta mil duros.

—No, no que va, aquí todo el mundo es gente honrada —mi hermano o yo le contestamos.

 

—Sacarme la cuenta, que voy al coche a por ella.

 

A todo esto, derramaba cordialidad y campechanía por cuatro costados.  Uno de nosotros se puso a hacer la cuenta y otro a servir al resto de los clientes.

 

En esas llegó, como casi todas las mañanas Luis, el pintor, con intención de almorzar. No había quedado con nadie, por lo que no tenía ni idea de quién podía ser.

 

Había pasado más de cinco minutos, y entonces nos dimos cuenta de que nos había tomado por pardillos. No lo volvimos a ver, y por desgracia, creó en nosotros desconfianza.

©Paco Arenas

©Historias de Benicalap

 



¿Por qué el antiguo Bar Arenas se llamó Arenas y no Benicalap?

Carta de tapas del antiguo Bar Arenas


Sí, ya sé que muchos dirán que se llamó Bar Arenas porque es nuestro apellido; sin embargo se equivocan, no es mi apellido, y por supuesto tampoco el de mi hermano, como por otra parte suele ser lógico en la mayoría de los casos. 

Nuestro apellido es Martínez.  No obstante, desde el primer día yo quería que se llamase Arenas, sin por ello estaban abiertos a otros nombres, como Benicalap, que era el nombre propuesto por mi hermano Julián.  Por entonces éramos albañiles, aunque yo había trabajado en hoteles de Ibiza desde los trece años.  Ya se acercaba la terminación del bar y lo que menos nos habíamos planteado es cómo se iba a llamar. Estábamos más preocupados por los malos augurios que todos pronosticaban sobre nuestro futuro como taberneros. También eran tiempos de crisis, aunque más fácil de superar que la actual, que más que crisis es una estafa.

—Un local muy grande para conforme está la cosa —decían unos, a pesar de que el local no era muy grande, noventa y seis metros, el espacio justo para trece mesas.

—Con la experiencia que tenéis en la hostelería antes del verano habréis cerrado. En este oficio si no eres profesional vas rápido al hoyo —profetizó, afortunadamente equivocándose el dueño de un local más grande y elegante que el nuestro, durante todos los años que tuvimos el bar, diecisiete, llamaba al Bar Arenas, el bar de los albañiles.

La verdad es que llevaba razón, mi hermano siempre había sido albañil, y yo desde antes los trece años había desempeñado multitud de oficios, desde aparca coches en una pista gigante de  Scaletrix, botones, recepcionista de hotel y dos temporadas de  camarero de hotel, el resto más de diez de albañil. No, no teníamos experiencia, pero sí ganas y lo demostramos, equivocándonos muchas veces y tropezando otras.  Por suerte teníamos ayuda, aunque los primeros meses los gastos eran mayores que los ingresos, y yo que entonces era delgado, me quedé; aunque ahora cueste creerlo, en cincuenta y ocho kilos, de lo mal que lo estaba pasando, porque yo era el responsable de haber embarcado a mi hermano en aquella aventura, que él no quería emprender, y que si lo hizo fue por amor de hermano.  Aquellos económicamente desastrosos meses, nos sirvieron para ir aprendiendo sobre la marcha, con la ayuda de mi hermana Mariana.

Pero bueno, me he ido por los cerros de Úbeda y estábamos en Benicalap.  Cierta mañana estábamos mi hermano y yo alegando razones para llamarle Bar Benicalap, o Bar Arenas; siendo urgente decidirlo aquel día porque se debían pedir los permisos al día siguiente.

—Estamos en Benicalap y hoy por hoy ningún bar se llama Benicalap en todo el barrio —argumentaba mi hermano con bastante sensatez y buen criterio.

—Sí, pero, Arenas es nuestro mote, el apodo de nuestro padre, creo que quedaría bien Taberna de los Arenas, Taberna Arenas, incluso Fermín Arenas como homenaje a padre —argüía yo mis razones, haciendo hincapié que no me gustaba la palabra “bar”, prefería taberna.  

Así hubiésemos estado toda la mañana de no haber llegado un vecino nuestro con su hijo, de nombre Javier, entonces de siete u ocho años, ahora cercano a los cuarenta. El chiquillo realizó la pregunta mágica:

— ¿Y cómo se va a llamar el bar?


— ¿Tú qué nombre le pondrías? Le preguntó mi hermano.

El chiquillo que no esperaba ser respondido con una pregunta se quedó desconcertado sin saber que responder. Pero reaccionó pronto:

—Bar Arenas.

Mi hermano y yo nos quedamos sorprendidos, pues a nadie le habíamos dicho que ese eras uno de los tres nombre barajados.

— ¿Y eso por qué? —Le pregunté yo extrañado.

—Muy fácil. Vosotros sois albañiles, los albañiles trabajan con arena y cemento, y el dueño del bar ¿tal? ha dicho que no de lo único que sabéis es de arenas, y aquí tenéis un montón grande de arena, como sois dos, y Bar Albañiles no queda bien, pues Bar Arenas —razonó el chiquillo.

12 años después, todavía mucha gente los conoce como Bar Arenas, por algo será.
Y así fue como de carambola, por quien nos llamaba los albañiles y el ingenio del chiquillo,  el bar pasó a llamarse Bar Arenas, honrando a mi padre, y a la digna profesión de la albañilería. Y a mí, mucha gente pasó a llamarme Paco Arenas, del mismo modo que a mi madre llamarón Fermín Arenas, sin que quien me llamaba Paco Arenas supiese que era mi apodo familiar y no mi apellido.



©Paco Arenas

domingo, 25 de septiembre de 2016

José (Personajes de Benicalap, o que pasaron por el Bar Arenas)



A José, con cariño

De los personajes que pasaron por el Bar Arenas  el más humilde de todos fue sin duda, José. Sí, José, sin apellidos, aunque los tuviese. Todos lo conocíamos como José, nunca nos preocupamos por saber más. La primera vez que lo vi fue cerca del parque de Benicalap, iba casi desnudo y era invierno. La gente se reía de él, nunca nadie se debe burlar de esas personas inocentes. Me produzco tristeza, pero tampoco hice nada por ayudarle, fui casi tan insensible como quienes se reían; aunque supongo que tampoco esperaba o quería la ayuda de nadie, era un espíritu libre.


 José pasaba largas temporadas en el psiquiátrico de Betera, y de vez en cuando lo dejaban a cargo de la familia. Durante las primeras semanas de estar en Benicalap vestía con normalidad y tenía apariencia aseada, mientras que se tomaba las pastillas estaba más o menos bien; sin embargo, pronto escapaba de la disciplina familiar y se convertía en un espíritu libre, sí, libre, mucho más que quienes se mofaban de él.


Nunca después de aquella tarde junto al parque lo volví a ver, hasta que abrimos el bar. Llegó bien vestido y aseado nada más levantar la persiana a las siete de la mañana, no lo reconocí. Me pidió un café con leche y unas magdalenas, y sin que yo le dijese nada, me dijo:

—Llevo dinero para pagar.


Me quedé extrañado. No comprendía el motivo por el cual debía hacerme esa aclaración. Solo a la hora de poner el dinero sobre la barra lo recordé. Puso dos o tres duros, y el café con leche valía más. Le dije que se quedase el dinero, que lo invitaba. Se negó a recoger el dinero. Entonces un cliente que estaba tomando su carajillo me dijo:

—Ya no te lo quitas de encima. Es José.




Me encogí de hombros y ahí quedó la cosa. Efectivamente, continuó yendo muchas mañanas, cada vez más descuidado, hasta que terminaba desapareciendo, para después al cabo de una temporada reaparecer.  Nunca le negué un café con leche y unas magdalenas. Al medio día en ocasiones también iba a comer. Siempre llegaba cuando ya todo el mundo había comido. Pasaba por la puerta y sí veía alguien, continuaba su camino, regresaba después. No necesitaba pedir, le poníamos el plato del día, que siempre quería pagar, y pagaba, aunque fuese un duro o dos.  Un día dejó de ir, como en tantas ocasiones había hecho. Ignoro qué le pasó, se dijo de todo, desde que lo había atropellado un coche al trenet.  Con el tiempo me olvidé de él, y si ayer recordé a Queta Claver, hoy he querido recordar al más humilde de todos cuantos pasaron por el Bar Arenas: a José, con cariño. 
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