lunes, 11 de abril de 2016

El testimonio del éxodo de Said (Relato)


A ellos, a los refugiados de Siria, de Irak, de cualquier guerra.
Advertencia: este texto podría herir sensibilidades y alterar conciencias, de quien las tenga.

Mi nombre es Said, tengo catorce años.  Aunque bien podría llamarme Mohamed, Amat; pero también Pedro, José; incluso Samuel o Moisés. Sí, soy un niño sirio. Un peligroso niño musulmán, cristiano o judío. Porque aunque mucha gente de Europa no lo sepa, en Siria vivíamos en relativa armonía musulmanes de todas las ramas: sunitas, chiitas y la minoría gobernante, impuesta por los ingleses y americanos hace setenta años, los alauitas, una mezcla entre musulmanes y cristianos, que celebran la Navidad, la Epifanía o Noche de Reyes y la Pascua cristianas, y representan tan solo el 10% de la población siria. Hay también cristianos ortodoxos sirios, cristianos armenios, católicos y por último, también estamos nosotros, los drusos, seguidores de un solo Dios. Somos diferentes a todos y de todos tenemos un poco. Nos basamos en la teología judeo-cristiana y greco-romana, podríamos decir que en cierto modo somos cristianos.  El pueblo druso, es el que junto es quien en más alto pone a la mujer, ya que consideramos que están especialmente adecuadas por Dios, para ser “uqqal” o intelectuales.  Mi madre es “uqqal”, maestra de escuela que daba enseñanzas a mujeres y chicas de distintas religiones, en Palmira.  Como ya dije, a pesar de esta gran diversidad vivíamos con relativa armonía. Eso sí, antes de que los americanos y europeos ambicionasen el petróleo de mi país y crearán una oposición armada al régimen sirio compuesta por sunitas salafistas.  Si ya sé que el Régimen sirio tampoco son santos, pero vivíamos en paz. Y en Damasco las grandes ciudades las mujeres que lo deseaban   vestían a la europea, a la musulmana o como querían.

Nuestro problema, era que nuestro petróleo no lo controlaban las grandes compañías internacionales. Entonces inventaron el ISIS, financiaron y dieron armas a los más fanáticos sunitas salafistas y resentidos contra el régimen sirio, a cambio de derrocar al presidente Bashar al-Asad, (que tampoco es ningún santo).

Sembraron la semilla del odio entre todas las minorías y los más fuertes, fanáticos y ahora bien armados, que como ya he dicho eran y son los sunitas salafistas, comenzaron a controlar los pozos de petróleo, al tiempo que su fanatismo y crueldad crecía por partes iguales. Comenzaron los asesinatos y violaciones, mientras Occidente seguía suministrándoles armas y comprando su petróleo manchado de sangre inocente. Porque claro, sólo mataban sirios y se habían comprometido a derrocar Bashar al-Asad.

Las grandes compañías internacionales de tráfico de armas y petróleo, con la ayuda de sus respectivos gobiernos se flotaban las manos y cada día incrementarán sus beneficios en paraísos fiscales, mientras mi país se convertía en un infierno...

Hombres jóvenes reclutados, como terroristas ingresaban en ISIS, guarniciones enteras del ejército sirio e iraquí ingresaban en el ejército terrorista del califato, con buenos sueldos y esclavas sexuales. Porque las mujeres eran y son convertidas en esposas de los terroristas, eso sí siempre que fuesen musulmanas y vírgenes.  Si por el contrario no eran vírgenes o eran de cualquier etnia musulmana distinta, cristiana, drusa o judía, hay cambiaba la cosa, pasaban directamente a ser esclavas sexuales y de todo tipo. El mundo vivía de espaldas a nosotros, mirando para otro lado. En ninguna parte pasaba nada; sólo en Siria. En dónde se continuaba matando, violando mujeres y niñas, y a los niños que caían en manos de los terroristas convertían en nuevos terroristas.

Los traficantes de armas y petróleo seguían llenando sus cuentas en paraísos fiscales y los pueblos de Occidente celebraban la bajada del precio de la gasolina por la saturación del mercado, con ese petróleo ensangrentado. Eso a pesar de que estaban siendo estafados, a pesar de esa bajada, antes de la guerra, pongamos de ejemplo España, el barril de petróleo se pagaba a 135$ y el litro de gasolina se vendía a 1,35 €. Ahora se paga el barril de petróleo ensangrentado o no, a 35 $ y se continúa vendiendo el litro de gasolina por encima de 1,00 €.  Ya controlan el petróleo sirio que compran a ISIS a través de Turquía y Arabia Saudí entre otros países amigos de occidente y lo pagan con armas que van para los terroristas. Todo beneficio. Pero no pasaba nada, todo pasaba en Siria, en tierra de "moros".

En mayo del año pasado los terroristas entraron en Palmira, desde entonces estamos vagando por el desierto, por las ciudades bombardeadas, por la indiferencia de unos, el odio de otros y la indiferencia de la mayoría.  Como ya he dicho madre era “uqqal” y padre “ŷuhhaly” (pueblo) aunque él sí sabía leer, también mis hermanas y yo, porque yo con el tiempo también hubiese sido “uqqal”.   Vivíamos en Palmira, la joya del desierto. Antes de que entrasen los terroristas yihadistas, nos vimos obligados a salir. Mi padre era guía turístico y mi madre, como ya he dicho, maestra de la escuela drusa. Sabíamos que si nos quedábamos a mis hermanas las casarían con muyahidines, en el mejor de los casos, porque al no ser sunitas se convertirían directamente en esclavas y sería vendidas en el mercado de esclavos o entregadas para satisfacer a los terroristas. A mi pronto me harían cambiar de religión en la madraza y me adiestrarían para matar.  A mi padre le obligarían a unirse a ellos, en el mejor de los casos, al ser druso lo más posible fuese que lo matasen. 

 No podíamos esperar, y nos marchamos, con otros muchos. Después de varios meses llegamos al puerto de Lataquia; pero no todos.  Llegando a Hama, sedientos y hambrientos, nos acercamos a la ciudad, sabíamos que no debíamos hacerlo, pero era tanta el hambre que teníamos. Tanta la sed. Tantas llagas en los pies y en el alma, que nos encomendamos a Dios. Y entramos, sufrimos una emboscada a pesar de que íbamos indefensos no tuvieron piedad de nosotros. Mataron a muchos, sobre todo hombres, y se llevaron las mujeres jóvenes y niñas, que eran lo que buscaban, entre ellas a mis hermanas Amira y Anisa, tenían ocho y doce años. Jamás sabremos si están vivas o muertas, lo que sí suponemos es el destino que les aguardaba, sólo Dios sabe lo que habrá sido de ellas.   Mis padres rezaron todas las noches de su vida para que muriesen pronto. Quedamos, por tanto, tan sólo mi hermana Fátima de tres años y yo, entonces de trece. 

En Lataquia, nos fiamos de unos turcos, porque tampoco nos quedaba otra opción.  Nos dijeron que nos llevarían a Alemania, cambio de dólares, aunque también aceptaban libras sirias, y las joyas de mi madre, el trabajo de mi padre le había dado acceso a los dólares que no quiso dejar en Palmira, se quedaron con todo, pero, el sol soplaba ahora a favor…

  Embarcamos en un pesquero, donde no había sitio para sentarse.   Viajamos amontonados todos unos contra otros, como sardinas en escabeche.  Cerca de Lesbos naufragó la embarcación. En realidad la hundieron los turcos cuando vieron acercarse a los guardacostas griegos, porque ellos escaparon en una lancha hacía aguas turcas. A mi hermana la cogió mi padre y yo me agarré para ayudar a mi madre.  Antes de que terminase de hundirse el pesquero estaban los guardacostas y bomberos de Al-Ándalus, que demostraron gran valentía y salvaron a la mayoría de morir ahogados.  Por fin llegamos a Europa.  Ya todo había pasado. Eso creíamos. 

Los habitantes de la Isla nos trataron muy bien, las ONG’s lo mismo, nos dieron mantas, ropa, calzado alimentos y algunos incluso nos acogieron en sus casas.  Sólo teníamos que esperar nuestro turno para viajar a Europa. Bueno, en realidad estábamos en Europa. Pero hacinados en un campamento isla de Lesbos. Cada día se acercaba un poco más a nuestra marcha.  Una tarde del mes pasado, nos dijeron que muy pronto subiríamos en un barco que nos llevaría a Atenas   y de allí a Alemania, Suecia o España. Nos extrañó cuando comenzaron a poner alambradas y cuchillas. Y comenzaron a llegar guardias armados por todos lados, echando a las ONG´s. Sin embargo, pronto comenzaron a sacar familias, para llevarlas al Continente, nos dijeron.  En nuestro campamento no hubo disturbios, en otros sí.  Parecía que nos podíamos fiar de las autoridades europeas, se acababa la pesadilla. Llegó nuestro turno. Estábamos muy contentos, por fin saldríamos de allí. Nos dijeron que iríamos a España, el país que habíamos pedido. Salimos por la tarde-noche.   Nada más salir mi madre dijo:

—Al-Ándalus está hacia el oeste. Vamos en dirección contraria.      
       
Mi madre dudó, mi padre, como la mayoría confío en los guardias griegos. Terminamos desembarcado en Turquía, donde nos llevaron a otro campo de concentración. Allí todo el mundo estaba muy alterado al darse cuenta del engaño. Las personas comenzaron a protestar. Los turcos entonces comenzaron a disparar indiscriminadamente. Dicen que murieron once personas, de los cuales al menos cuatro eran niños. Mi padre se puso furioso y le dieron un golpe en la cabeza, y se lo llevaron detenido. Salimos en el primer contingente de vuelta a Siria, hundidos y sin ganas de vivir, todas las ilusiones de escapar de la guerra se diluían como el azúcar en el té.

Nos llevaron escoltados más allá de la frontera. Íbamos andado, a pesar de que nos acompañaban cinco camiones. No supimos que transportaban aquellos camiones hasta que llegaron otros camiones cisterna desde Siria. En esos camiones, sí sabíamos que llevaban petróleo. Cuando pararon los camiones cisterna, se bajaron los muyahidines y comprobaron la mercancía que transportaban aquellos otros camiones que llegaban desde Turquía. Bajaron   varias cajas al azar y las abrieron, eran armas de todo tipo, en cajas de madera y plástico duro, las cuales llevaban etiquetas de diversos países europeos, incluidos del Al-Ándalus, donde soñábamos con ir, también de EE.UU. y Rusia.  Una vez comprobada la mercancía, nos encadenaron por separado, hombres y niños por un lado y mujeres y niñas por otro.  Intercambiaron los camiones y las cisternas marcharon en dirección a Turquía y nosotros con las armas en dirección a Siria, nuestra tierra, de la que habíamos intentado huir unos meses antes.

La semana pasada me obligaron a pegarle un tiro en la cabeza a mi padre.

Nos llevaron hasta la ciudad de Qabasin, allí de nuevo nos agruparon por familias. Lo que jamás me podría imaginar es para qué.

Pusieron a varios padres en fila, de rodillas, les obligaron a jurar lealtad al Califato. Mi padre no juró, era un hombre de honor. Fueron otros muchos quienes no quisieron jurar. El padre de mi amigo Ahmed no juró. Le dieron una pistola a mi amigo y le dijeron que le disparase en la cabeza a su padre. Se negó. De inmediato dos muyahidines degollaron a la madre, de Ahmed, se volvió a negar y degollaron a su hermano, continuó negándose y lo degollaron a él, que calló a los pies de su padre. Entonces me dieron la pistola ensangrentada de las manos de Ahmed y me dijeron que matase a su padre, miré a mi madre y hermanas y mi madre, horrorizada, me dijo que no lo hiciera. Entonces dos muyahidines pusieron un cuchillo en el cuello a mi madre y hermana, y yo disparé matando al padre de Ahmed. Después me dijeron que debía matar a mi padre. Volví a mirar a mi madre y hermana. Mi padre me suplicó que lo matase y lo maté.  

Durante unas semanas me entrenaron para matar, me hicieron convertirme al Islam, renuncié de mi Dios, que espero que algún día me perdone.  Mi madre y mi hermana están en las granjas, donde las utilizan como esclavas sexuales, donde hay muchas europeas, que llegaron a la llamada del Califato para ser esposas de los muyahidines, pero que no eran vírgenes. Las dedicaron a ser madres de los futuros muyahidines, siempre están embarazadas, siempre sin saber cuál bastardo las engendró.  
Desde ayer, estoy en Ayn Issa. De madrugada llegó un ejército de mujeres valientes, y atacaron a los muyahidines, que huían como cobardes. Porque si mueren en combate a manos de una mujer no los admite Ala en el paraíso. Yo, me quedé sin huir, todavía estoy horrorizado por todo lo pasado y lo que he sido capaz de hacer.  Esas mujeres forman parte del ejército kurdo, yo no sabía que existía tal pueblo. Nos llevaron prisioneros a muchos, niños y muyahidines. A los niños nos interrogaron, después de darnos un vaso de leche caliente.  Ahora, con mis catorce años, estoy esperando que me dejen participar en la lucha al lado de ellas. Quiero vengar la muerte de mi padre y si es posible, rescatar algún día a mi madre y hermana…


Advertencia: Este texto no corresponde a una situación real, los personajes y situaciones son ficticios, la realidad es mucho peor.

©Paco Arenas

domingo, 10 de abril de 2016

El cura y el pastorcillo . Enseñar al que no sabe (Cuento manchego)

Como se suele decir, caía un sol de justicia. ¿Podría ser de otro modo, estando en la Mancha y siendo agosto? Pedro Haro, un pastorcillo de no más de nueve años, se encontraba cuidando sus ovejas y cabras en medio del pasto, pensando en acercarse hacia un ribazo próximo, donde una hermosa encina centenaria daba una muy generosa sombra.  Estaba muy cansado, después de caminar toda la mañana detrás de las ovejas.   En ocasiones, como si estuviera en el desierto, el sol le provocaba espejismos. Y eso pensó aquella tarde. Una gran nube de polvo se acercaba por el camino. Llegando a su altura se detuvo y echó mano al botijo. Lo movió. Casi no quedaba, echó un trago, reservando otro hasta que llegase a un pozo próximo donde daría de beber al rebaño y al mismo tiempo llenaría el botijo. Pero antes quería descansar bajo aquella hermosa encina. Cuando el polvo cesó de entre la nube pudo divisar una moto y un sacerdote que descendía de la misma y se acercaba hacía dónde se encontraba él. Volvió a guardar el botijo en las aguaderas del borrico y se quedó mirando al recién llegado.

—¡Buenas tardes, muchacho! —Saludo el sacerdote, quitándose las gafas y limpiándose el polvo de la cara.

—¡Buenas tardes, señor cura! ¿Se le ofrece algo?

—Pues, sí. He visto que guardas un botijo —dijo el sacerdote limpiándose nuevamente la frente.

—Pues, sí. Tengo un botijo con el agua más dulce que las almendras y más fresca que un charco en enero —, contestó el pastorcillo.

—Pues dame que eche un trago de esa agua tan dulce y fresca.

—No, señor cura – contestó el pastorcillo moviendo la cabeza de un lado a otro.

— ¡Descarado! ¿No sabes que hay un mandamiento de la Ley de Dios que dice darás de beber al sediento? —Por primera vez se alteró el sacerdote, acostumbrado, como estaba a que sus deseos fuesen de inmediato complacidos.

—Sí, señor cura, sí. Pero hay otro más importante ¿Enseñar al que no sabe?  Y usted cuando mi padre, que es su vecino, le dijo que sí me podía enseñar a leer, le dijo que eso había que pagarlo —replicó el pastor señalando a un cruce de caminos —. ¿Lo conoce?

—¿A tu padre o al mandamiento? No sé.  El mandamiento ese no.  Soy sacerdote, soy como si fuese tu padre…—contestó el cura.

—Pare usted ahí, quieto, no vaya usted por esa senda, que yo soy hijo de un solo padre. En cuanto a lo otro, pues miré por dónde, yo se lo enseño y le doy la solución.  Allí está la fuente, no es dulce, y cerca el pozo de agua dulce como las almendras. Ya le he enseñado el camino si quiere beber. Y tenga cuidado no se caiga al pozo, mejor si se arremanga las sayas...

—Pues dame que eche un trago de esa agua tan dulce y fresca.

—No, señor cura – contestó el pastorcillo moviendo la cabeza de un lado a otro.

— ¡Descarado! ¿No sabes que hay un mandamiento de la Ley de Dios que dice: Darás de beber al sediento? —Por primera vez se alteró el sacerdote, acostumbrado, como estaba a que sus deseos fuesen de inmediato complacidos.

—Sí, señor cura, sí. Pero hay otro más importante ¿Enseñar al que no sabe?  Y usted cuando mi padre, que es su vecino, le dijo que sí me podía enseñar a leer, le dijo que eso había que pagarlo—Replicó el pastor señalando a un cruce de caminos. — ¿Lo conoce?

—¿A tu padre? No sé.  El mandamiento ese no, soy sacerdote—contestó el sacerdote.


—Pues, pues miré por dónde, yo se lo enseño y le doy la solución.  Allí está la fuente, si quiere beber. Y tenga cuidado no se caiga al pozo.


©El botijo roto (Paco Arenas)

Cuento incluido en el libro: 




viernes, 8 de abril de 2016

El último suspiro (Cuento improvisado en la habitación de un hospital)




Tras una temporada hospitalaria, os traigo un nuevo cuento, espero que os guste, que no nos falte el humor, ni en los hospitales.
El último suspiro
El hospital se encuentra en completo silencio. Tan solo el ruido acuoso, casi imperceptible, del borboteo de la mascarilla de oxígeno que tiene colocada el anciano rompe un tanto ese silencio de cementerio, a diferencia de que el borbollar de la bomba de oxígeno, por tanto, es sustituido por el canto de la lechuza de los camposantos, que, aunque menos siniestro, sí más inquietante, pues quienes en tumbas yacen, ni sufren ni padecen.
De madrugada, el anciano de noventa años comienza a abrir los ojos, mira hacia su acompañante, un joven y brillante virólogo, con varios másteres, auténticos, y cuatro idiomas extranjeros, además de los dos propios, el cual, por falta de trabajo, se gana la vida cuidando enfermos en los hospitales o a domicilio, prefiere eso que trabajar de esclavo como becario, estando a la espera de exiliarse al extranjero. Es lo que tienen ciertas reformas laborales, que obliga a trabajar de camareros o exilia a los jóvenes mejor preparados y desahucia laboralmente a los trabajadores más experimentados, si han cumplido los cincuenta.
El anciano está sordo, y se sirve de un audífono mal regulado para oír, cuál sordo de moda, que oye lo que le acomoda. El acompañante, no es preciso decir que no está sordo, pero el anciano grita como si el sordo fuese el acompañante:
—¡Antonio!
El mencionado Antonio, pega un salto, que casi se cae del sillón donde se encontraba en duermevela, cayéndosele el libro que tenía entre las manos al suelo: «Un planeta de virus» de Carl Zimmer, para ver si, tras su exilio, se podía colocar en los laboratorios Pfizer.
—¡Qué!, ¡qué...!
—Tráeme la botella.
Antonio, todavía adormecido, se dirige a la mesita de noche y coge una botella de una marca de agua de la serranía conquense, donde intentó fecundar Fernando VII a Amalia de Sajonia, sin éxito, y eso que la muchacha puso empeño con un pastor serrano que le endulzó aquellos días.
—Aquí tiene usted —dice, dándole la botella de agua.
—No, hombre, no. Quiero la botella para orinar —replica el anciano, mirando estupefacto la botella de agua.
Entonces el acompañante va al cuarto de baño y trae la cuña para orinar. Se la entrega al anciano.
—¿Le ayudo?
—No hace falta, a mi ningún hombre me toca los huevos. ¿Sabes de donde es esa botella azul? Es un sitio muy hermoso —se contesta a sí mismo el anciano —. Allí estuve con mi mujer un año, recién casados, madre mía, que pechos tenía, y como el sitio se llama Beteta, pues yo no paraba de mirarle las tetas —y el anciano se echaba a reír a mandíbula batiente.
Las escandalosas risas del hombre provocaron la entrada de una enfermera, exigiendo amablemente silencio. Al cabo de la hora, parecido panorama:
—Tráeme la botella.
Y Antonio, diligente seguro de que ahora acertaría, le llevó el orinal en forma de ánfora para que el anciano repitiese la micción.
—¿Qué pretendes, que me quiten la sed mis meados? Quiero la botella para beber. Tengo sed... ¿en qué coño estás pensando? Esta juventud…
—A esto se le llama cuña —le replicó Antonio, un tanto molesto, sin mucho convencimiento, sabiendo que la cuña era otra cosa, sin recordar el nombre del utensilio y utilizando la palabra neutra, que al fin y al cabo sirve para lo mismo.
Una hora después, Antonio intentaba dormir un rato por enésima vez, cuando lo llama de nuevo el anciano. El cual, con su incipiente alzhéimer, no distingue el día de la noche y los comportamientos que se supone se deben tener.
—Me quiero levantar y dar un paseo.
—No puede, son las cuatro de la mañana, y no se puede andar por los pasillos después de las doce.
El anciano parece conformarse. Se queda despierto pensando en su olvidada juventud, aunque mucho más recordada los años de su vida reciente:
—¿Qué sabes de la cuñaaa? —Pregunta ahora a su acompañante, que estaba a punto de quedarse dormido.
—Ahora mismo se la traigo —le contesta.
— ¿Está aquí? Pensaba que estaba en el pueblo —pregunta el anciano, que, como ya he dicho, ignora si es de día o de noche, dejando descolocado al muchacho.
—Está en el baño, en el cuarto de baño —contesta.
Y rápido marcha al cuarto de baño y regresa sonriente con el orinal en forma de ánfora, convencido de que ya no habría nuevas equivocaciones.
—No, hombre, no. Eso es un orinal para meter la minga y mear. Me refiero a mi «cuña», a la hermana de mi señora esposa. Bien se la hubiese metido cuando era joven, la minga, claro está, más hermosa que estaba, ahora es una vieja arrugada. Aunque claro, yo estoy más arrugado que ella. Y lo que son las cosas, ahora la minga sólo me sirve para mear. Sólo puedo meter la minga en el orinal, o como dices tú, en la cuña...—y se echó a reír de nuevo a carcajadas, entrando nuevamente la enfermera, callando al anciano sin necesidad de que dijera nada.
—Son las cuatro de la mañana, no creo que venga su cuñada a las cuatro de la mañana…—intentó razonar Antonio con el anciano para que procurase dormir y así poder dormir él también y seguir estudiando.
— ¡Ay! ¡Ay, mi cuñada! Suspiraba por mí. Me reía las gracias, se casó en primeras nupcias con un militar de muchos galones, que estaba en el Sahara Español. A ella tan hermosa y graciosa, la tenía aquí, desabastecida y en mi casa. A mí me encandilaba su risa más que la de mi mujer, es casi diez años más joven que ella. Una noche, a las cuatro la mañana, me levanté a orinar y la vi bañándose, como Dios la trajo al mundo, pero mucho más hermosa, por Dios y por la Virgen, que estuve así —dice juntando el pulgar y el índice, el anciano —, de entrar en ese cuarto de baño y bañarme con ella, en pelota picada, así. Sí que le habría metido la minga esa noche, aunque me hubiese costado el divorcio; pero fui prudente y me fui al otro cuarto de baño. Desperté a mi querida señora y esa noche, ella pagó las consecuencias…, sólo esa noche...
— Tiene usted unas cosas…—bromeó Antonio.
— Tenía ella unas cosas —respondió mirando para todos lados —, imagínate, y el marido militar en el Sahara. Mujer más desabastecida no la había, más hermosa tampoco. Desde aquella noche no me la pude quitar de la cabeza. Es la hermana de mi mujer, pero, hasta que no lo conseguí no paré, la pobre se lamentaba de su situación y yo terminé consolándola. Cuando mejor estábamos, llegó lo de la Marcha Verde, y el campechano regaló el Sahara al sátrapa de Marruecos, tal para cual. Así que regresó el marido, que era más putero que el…, bueno, ya sabes a quién me refiero, no hace falta nombrar ni mingas ni trompas de elefantes.
—Pues no, ¿a quién se refiere?
—A un golfo, que anda en desiertos lejanos y cazaba elefantes con su amante, que le pagabas tú...
—¿Yo? ¡Ah, ya!
—Hay muchos golfos que se van de caza con sus amantes...Bueno a lo que iba. Regresó sin avisar y se fastidió la cosa, porque este putero, no tenía cuartos para putas caras, con todo lo que ganaba. Así que, tanto en el Sahara como en Valencia, iba a donde nunca debería ir un hombre casado…
—Pero usted está casado y engañaba a su mujer con su cuñada, y eso no está tampoco bien.
—Llevas toda la razón, no te lo voy a negar, pero yo lo que hacía era consolar a mi pobre cuñada, que eran muchas las lágrimas que derramaba sin pelar cebollas. Ese cabrón, nunca mejor dicho, le pegó la sífilis, y ya ni quiso ni conmigo ni con él. Se separó y se fue al pueblo, casándose con un pastor de ovejas que la tiene en un altar, y ella a él. Tenías que haberla visto. Mi mujer era muy hermosa, guapa como ella sola, y dispuesta, la que más; pero, mi cuña, ¡madre mía! ¡Qué hermosa era!, ¡ay mi cuña! ¡Qué hermosa las tenía! Y lo mejor, como se reía cuando…
—No hace falta que me explique.
—¡Ay mi cuña!
El anciano suspiró complacido mirando al techo con sonrisa de pícaro, y de nuevo suspiró hondo. Miró a Antonio sonriendo y dio su último suspiro con una impresionante cara de felicidad pensando en su cuñada.
Al llegar la señora del difunto, acompañada de su hermana, a la cual Antonio no conocía, su esposa, tras las lágrimas, preguntó consternada:
—¿Ha dicho algo? ¿Me ha nombrado?
—En sus últimas palabras me ha dicho que usted era muy hermosa, guapa y dispuesta como usted sola... —contestó el joven, omitiendo que su último suspiro lo dedicó a su cuñada.
—Me quería tanto… —suspiró la buena mujer, echándose a llorar.
—Y a mí, y a mí —añadió presurosa la cuñada.
Y las dos hermanas rompieron a llorar, abrazándose y consolándose mutuamente.
Antonio intentó imaginarse a aquellas venerables señoras sesenta años más jóvenes, bañándose bajo la ducha. No lo consiguió.


Relato incluido en el libro ©Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre, disponible en Amazon o a través del autor, mediante Messenger.

Primavera (Poesía)




Llegará el día de dulce miel en los labios.
Entonces, solo entonces,

rebosarán de la alegría esos mismos labios
 que saborearon la amargura de la derrota. 

Resplandecerá la esperanza en aquellos ojos

que lloraron lágrimas de sangre,
y saben que la larga espera.
Los viejos corazones
 recobraran la esperanza perdida,

de quienes la perdieron antaño.

Corazones que saben
 que el tiempo muta la alegría
en interminable angustia,
cuando se vive sólo de recuerdos.
Fueron tantos quienes murieron
 esperando la llegada de la primavera...

Y, sin embargo,

 ya nadie se acuerda de ellos.


domingo, 3 de abril de 2016

Los lectores de Los manuscritos de Teresa Panza opinan


Izquierda los manuscritos de Santa Teresa de Jesús, derecha de Teresa Panza coetáneas y luchadoras 


Quiero vuestra opinión.

Después de casi diez meses en el mercado, Los manuscritos de Teresa Panza, están a punto a llegar a su tercera edición.  Sois ya muchos de quienes los habéis leído y me habéis dado vuestra opinión en Facebook o persona, en ambos casos, salvo en mi memoria y mi corazón, se pierde esa opinión. Más de uno me habéis dicho los pros y contras, lo cual agradezco, pues es la forma de aprender.  Ya sé que es un compromiso, un poneros entre la espada y la pared.  Pero me da rabia que todo lo que algunos me habéis dicho, sea bueno o malo, se pierda en el maremagnum de Facebook. 

 Ahora os pido que me la deis en este blog, para tenerla siempre.

Quiero que digáis lo que realmente pensáis. Quienes no tengáis cuenta Google, apareceréis como “anónimos”, os pido por tanto que pongáis vuestro nombre.

Me comprometo a contestar a todos y a respetar todas las opiniones, ya sean positivas o negativas.


Gracias a todos.

A continuación valoraciones en Facebook y Google.  Al final de la entrada, si lo deseas puedes dejar tu valoración: 
















P.D. Por cierto, los papeles que hay al lado de la novela son los originales de Teresa y no es broma. Pero de Teresa de Jesús.
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