jueves, 19 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa Volveré (5º día de Clausura)




Volveré
 a pisar las calles,
gritando cada silencio,
abrazando cada suspiro, 
con el corazón hecho polvo
y el alma al viento.

Volveré
desbrozando de las lindes la grama,
sin miedo al filo de la hoz,
mis manos ya sangran.

Diré,
puede que, sin palabras,
aquello que un día callé
por miedo.
Llevo la muerte a mi espalda,
y también la fresca la memoria.

No habrá
puntos ni comas
que me obliguen a silenciar
la voz de los muertos,
de su deshilachada mordaza, impuesta,
se tejen nuevas banderas de libertad.

Seré
el barro del alfarero,
no el moldeable a capricho de sus manos,
sino el de la huella del camino,
la que ellos anduvieron.
Sus pies trazan la senda,
y mi pluma escribe lo que ellos me cuentan.

Soy
polvo, aire, agua y sangre,
rabia y fuego.
Soy barro
de la España subterránea
que grita desde el olvido,
que no solo fue el crimen en Granada.

Soy nadie,
 barro y sangre,
hijo del barbecho, del sudor y la espiga.
Soy nadie,
por no ser, no soy,
ni siquiera el poeta que se lamenta,
sabiendo que no será escuchado.

miércoles, 18 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa, Cuarto día de clausura



Acaricio
sin tocarte siquiera,
con las manos lavadas y el alma desnuda
secándose,
 antes de besarte.
¿Cómo decirte que quisiera abrazarte,
 sin este océano de distancia?
 Poder navegar hasta tus brazos generosos
 y rodear tu cintura sin temor,
ni al virus,
ni a sus maléficas coronas.


Beso
lanzando mi corazón herido al viento,
sin que ni el aire se inmute,
ni mis besos te alcancen,
sin besos de buenas noches,
yo que te bese hasta lo más escondido,
sin miedo a quedarme atrapado en tus labios
o en el fondo de tu sexo.

Hablo
mirando la estela de sol que entra por mi ventana,
presintiendo que, tal vez, sea solo polvo
humedecido por la lluvia de la mañana,
sin pensar que está cerrada
al ruido de la calle y su alegría.

Pienso
navegando entre la bruma de lo incierto,
sin saber, si seré ausencia de tus días,
y también de tus noches,
o si, por el contrario,
me quedan muchas besanas por labrar,
infinitas palabras por escribir
y mucho vino por beber todavía.


Confío,
en el vuelo libre de los pájaros,
no en el canto de los canarios enjaulados,
por mucho que no se mojen con la lluvia
y tengan los comederos llenos de alpiste.
No confío, en los buitres sin plumas,
que basan su riqueza
Solo en los en los Mercados.

Bebo
el agua de la memoria,
para que no se me olvide,
lo mucho que te quiero.
También,
para, si muero,
no me olvide,
ni un instante quién soy
ni de dónde vengo.

Sueño,
Solo,
en un lecho solitario,
en el que me falta tu presencia,
aunque estés al otro lado de la puerta,
o mirándome a los ojos
con tu risa oculta,
tras la celulosa azul de nuestros miedos.

  
¡Aléjate!
Aléjate pronto,
virus con tus aureolas,
que se me revuelven las tripas,
solo con ver el brillo de tu corona,
que nunca fueron buenos los virus,
tampoco las coronas,
¡Aléjate! Y no vuelvas más.


Escucho
los lamentos de los poderosos,
quejándose
de las pérdidas en sus negocios.
No veo
que alguien alce la voz
por el menesteroso,
el cajero del supermercado,
el camionero,
o ese que te lleva tus recados,
con tanto miedo como tú,
hasta la puerta de tu casa.

No escucho,
que, al bribón,
nadie le diga que devuelva lo robado,
y alaben a quien dice falsedad
con la solemne dignidad,
de quien toma por estúpidos
a los que le dan de comer.
Que nada le deben,
y él todo a ellos.

Veo
pleitesía ante el mentiroso,
aduladores de pesebre agradecido,
mercenarios de la palabra pagada,
de la libertad secuestrada.
Maldiciendo a la «Pérfida Albión»,
por dejar con el culo al aire
a los gusanos que,
 ante virus y coronas,
arrastran sus babas por los palacios.

Escupo,
Palabras como flores
cortadas de la boca
 del poeta silenciado,
llorando la ausencia
de las palabras
lo que dejó por escribir,
en la bandera de la libertad,
ansiando ser escuchado
una mañana de abril.
Rompieron el tintero
de las palabras perdidas,
un triste mes de agosto.

Extiendo mi mano generosa
con la ternura de un niño,
que antes del primer orgasmo,
tenía callos en las manos,
y cicatrices en el alma.

Regalo
mis torpes versos,
transformados en abrazos
y besos,
sin buscar la rima,
solo el consuelo,
y gritar mañana,
en la plaza del pueblo,
¡te hemos vencido!
¡SALUD!


©Paco Arenas 18 de marzo de 2020, cuarto día de clausura.

domingo, 15 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa - Arresto domiciliario y héroes







Arresto domiciliario y héroes

(Dedicado a ellos: sanitarios, boticarios, repartidores y trabajadores de panaderías y supermercados, los grandes olvidados y los más expuestos) también a los libros que leeremos durante nuestro cautiverio.



1)     ARRESTO DOMICILIARIO

Arresto domiciliario en cárcel de barrotes invisibles, donde se libran batallas de miedos, silencios olvidados, besos y abrazos repetidos y no por ello menos ansiados, sin miedo al contagio, porque sabes que si está uno, estaréis todos. Celda donde reconocer a los hijos y a tu pareja.  Prueba de fuego de un «gran hermano» y «supervivientes» en la isla de las cuatro paredes de tu casa, sin cámaras ni televisión basura.

Conversaciones mudas de las palabras que se quedaron sin decir, con peregrinas excusas ni concierto, solo porque «no tengo tiempo, tengo mucho que estudiar, llego tarde al trabajo o he quedado...»

Hijos extraños tras la puerta del cuarto, sin que apenas viésemos crecer. Ahora los miras y están sentados a tu lado, viendo una película. Los vuelves a reconocer como propios en cada cena, cada almuerzo, en el desayuno de las mañanas y hasta en el olvidado beso de buenas noches. No importa el orden porque no altera el producto, estás con tus hijos y echas de menos, mucho a quienes están presos en otra celda, aunque sea solo a tres kilómetros de distancia, y que te mueres de ganas de escapar entre los barrotes por correr a su encuentro para, sin miedo al contagio, poder abrazarlos. Lo aceptas como inevitable, por mucho que te duela, por mucho que les duela. Si no lo haces es porque están al otro lado del teléfono, a pesar de todo, te hecho de menos Rocío.


Reclusión con mucho tiempo para pensar, y bombardeo de noticias, ninguna buena, salvo esa que te dice que no puedes salir de tu casa, quedándote con la incertidumbre del tiempo que durará, y lo que es peor, ¿que vendrá después? Y piensas en las personas vulnerables que quieres, y entonces te das cuenta, a las doce de la noche que te olvidaste de felicitar, y te vas a la cama con ese reconcome tan manchego.

Libros que se abren después de mucho tiempo, al igual que las puertas, que antes, en el interior de la casa, estaban cerradas. Y ves palabras nuevas, escuchas voces en tonos distintos, con otras miradas tan próximas como queridas y en ocasiones tan lejanas. LEER, LEER,  en vuestras estanterías de vuestras casas encontrareis libros que ni sabíais que existían, los cuales os producirán orgasmos olvidados en lo más hondo de vuestras neuronas...  

Lucha silenciosa de teles apagadas y bizcochos caseros, magdalenas y palomitas de maíz abriéndose paso por encima de las tapas de las sartenes.

2)     HÉROES

Sabes, que fuera, hay héroes sin corona y villanos con #Coronavirus. Nunca conocí a lo largo de mis pocos conocimientos de historia, a ningún héroe que corona llevará y sí a muchos villanos y ladrones coronados, como este maldito virus que a todos nos tiene encarcelados.

Los héroes, los de verdad, no tienen espadas ni cañones, ni libran batallas con fusiles con olor a muerte. Aunque algunos lleven uniformes, no digo que no, los héroes de esta guerra llevan batas blancas de médicos, enfermeros, farmacéuticos, conductores de reparto, o los más olvidados y más expuestos, los boticarios, junto con quienes trabajan en los supermercados, que te atienden siempre con una sonrisa, a pesar de que muchos cobran sueldos de miseria, mientras sus jefes especulan con cada grano de arroz.

A ellos, los farmacéuticos, los cajeros de los supermercados, reponedores, carniceros, fruteros, tan necesarios como los médicos, en cuyas manos nos ponemos, siempre ignorados, esos héroes de supermercados, sin protección ante el peligro... Hogar, dulce hogar, y estás preso, posiblemente a salvo del ataque del virus de la corona, mientras ellos se juegan su salud y la des sus familiares, para que tú; sin agradecérselo siquiera, tengas la alhacena llena, de fruta, carne y verdura que no te cabe en la nevera.

Sabes que estás preso, y no quieres escapar de esa cárcel de abrazos y besos, palabras recuperadas, voces que no hieren los oídos, que dicen te quiero sin miedo; pero no puedes olvidar que fuera están ellos, y que nadie les dará la medalla que otros se colgaran.

Hoy más que nunca: ¡Salud!

Texto y composición: ©Paco Arenas



Autor de Magdalenas sin azúcar, hoy en destacados puestos de lectura:
Clasificación en los más vendidos de Amazon: n.° 702 de Pago en Tienda Kindle
N.° 10 en Ficción histórica (Tienda Kindle)
N.° 102 en Ficción histórica (Libros)

viernes, 13 de marzo de 2020

Condenado a quererte





Condenado a quererte

Estoy condenado a quererte,
 por decreto no escrito,
que no pienso apelar,
por muy injusta que sea la condena.
Escucha mis palabras,
 escúchame con atención,
y si no, no me escuches.
Mírame a los ojos,
  tenlo presente,
 y se te pasaran todos los enojos.
Y si mis torpes palabras
 no son de tu agrado,
seré la persona más infeliz
y con peor suerte.
Te quiero,
tú lo sabes,
y si tú no me quieres,
 prefiero la muerte,
sin tus besos,
¿para qué quiero la vida?

©Paco Arenas




Ayer un amigo mío, profesor de filología francesa me animó a escribir poesía, no me tengo por poeta. Hoy repasando el manuscrito para la 5ª edición de Magdalenas sin azúcar, me he encontrado con esto en uno de sus diálogos. Esos al principio se dicen María y El Jilguero, así, que dejándolo en la novela, lo publicó también por separado. Los lectores de Magdalenas lo habéis leído. Os reto a que me digáis dónde y con quién están en esa escena Felipe y María. 

sábado, 29 de febrero de 2020

Piedras frías que rezuman historia, sangre y dolor (Castillo de Chinchilla de Montearagón) Fotos


Garita externa del antiguo penal

El pasado sábado, 28 de febrero, estuve visitando piedras frías, las cuales rezuman sangre, dolor e historia. Hoy no hablaré de Juan Pacheco, ni del marquesado de Villena, que tanto tuvo que ver en las tierras de la Mancha y mucho más allá. Aquellos fueron otros tiempos, época de guerra mercenaria y el contrabando entre Castilla y Aragón, cuando el marqués de Villena, con territorios en ambos reinos, llevaba a cabo su gran negocio, el contrabando para alterar los precios de los productos básicos mediante corrupción y la avaricia sin límites en contra de aquellos a los que debería proteger, y sin embargo saqueaba, nada nuevo bajo el sol, es lo que siempre han hecho y hacen los poderosos.

Llegué, con el corazón en un puño y la emoción a flor de piel, para saldar una deuda pendiente con la memoria de mi abuelo Felipe López.  Parte de sus recuerdos, de su memoria, forman parte de mi vida, no solo personal, sino como «junta letras».  Magdalenas sin azúcar nunca habría sido escrita de no ser por esos recuerdos, esa memoria de Felipe López, sindicalista preso siete años, por un único delito: desear una España más justa y libre, sin huracanes que azoten siempre a los mismos, sin noches de cristales rotos, sin miedos ni ante el futuro, sin la inquietud de saber si cada noche podría dar a sus hijos de cenar. Él luchó y soñó con esa España donde todos pudiéramos respirar libres del cañón brutal de las guerras y el autoritarismo.  Guerras, que siempre proponen y llevan a cabo quienes nunca pisan las trincheras.

Foto antigua, vídeo Oficina información Chinchilla de
Montearagón.

Llegué con esas heridas de la memoria abiertas en canal, casi sangrantes de emoción, ansiado haber nacido mucho antes y robarle al tiempo esos años precisos como para haber conocido mejor a mi abuelo Felipe, al que tan solo pude conocer una semana de mi vida.  Hubiese dado cualquier cosa por compartir tardes de conversaciones con él, conocer la verdadera historia de Felipe López y de María Bonilla, a la cual nunca conocí.  Saber de los recónditos recuerdos de su oculta memoria, que tanto le costaba que aflorasen hasta sus labios. Años después, esos retazos de su vida, me fueron transmitidos por su hija, por mi madre, Vicenta López.


Entonces, en esas largas tardes y noches, de conversaciones con mi madre, no fui consciente de que mi abuelo a través de mi madre me estaba haciendo un gran regalo. Solo muchos años después tras conocer otros retazos de la historia de mi padre, supe que mi deber era ser agradecido y dar voz a mi abuelo y a todos, quienes, como él, sufrieron la cárcel, la represión y la injusticia, tan solo por ansiar pensar en un mundo en Libertad.

Mientras escribía Magdalenas sin azúcar, casi en todo momento, tenía la sensación de estar escuchando a mi madre, a mi tío Auspicio López, a Vicente Uixera, Teodoro Cañego y tantos otros que me regalaron sus historias. Hoy, a dos años de su publicación, Magdalenas sin azúcar, está a punto de la quinta edición, y no solo no le ha ocurrido como a otros libros, que pronto pasan de moda, sino que lentamente, cada día gana nuevos lectores.

Penal sobre las murallas del castillo

Mi abuelo Felipe López pasó los siete peores años de su vida en el penal de Chinchilla de Montearagón, los últimos años que ese hermoso castillo fue dedicado a ser la antepuerta del infierno. Un infierno de hielo y crueldad infinitas, en el cual el frío, la falta de agua y la crueldad de los guardias, era el pan nuestro de cada día.

 Sin embargo, a pesar de ir predispuesto, con las heridas de la memoria abiertas y sangrantes, sabiendo de buena fuente lo que allí pasó; reía y disfrutaba de una visita la cual recomiendo. Una visita que ayuda a conocer mejor todos los aspectos que rodearon este hermoso castillo, y en cierto modo, a cerrar heridas, pues solo conociendo la verdad se pueden curar. No se trata de tapar la herida con una venda sin desinfectar y curar antes para que pueda cicatrizar en esta España, donde verdugos y víctimas están muertos y los nietos no tienen la culpa. No obstante, ocultar la historia, fingir que no ocurrió nada, nunca cerrará esas heridas todavía sangrantes.


Guardias, escogidos especialmente para el penal de Chinchilla

 Durante la visita me olvidé, en parte de ese sufrimiento, movido más por el interés y la curiosidad despertaban en mí las explicaciones de Antonio, el guía de la oficina de Turismo.  Ante el dolor que creía que sentiría una vez dentro del recinto, me sentía frío, casi sin sentimiento, como si fuese una piedra fría de los escombros del viejo penal, que, no obstante, rezumaban sangre y sufrimiento. Las lágrimas que pensé derramar no fueron saladas y libres, sino de hielo frío. No lloré cada gota de sangre derramada, no hirvió mi sangre, me mantuve erguido e impasible ante el dolor, solo la curiosidad me movía en ese, siempre imaginado, tétrico lugar.


Solar donde se asentaba el penal

Emociona este lugar cargado de historia, de sufrimiento y penas. No me preguntes si hay ira en mi pecho, te responderé que no, y no mentiré, lo cual no quiere decir que en cierto modo me sienta un traidor. ¿Puede ser la memoria tan flexible y el corazón tan duro que, sabiendo la historia, no sienta rabia? Sí, forma parte del pasado, pero a mí me confiaron su memoria algunas personas., y tantos otros...

El Castillo de Chinchilla de Montearagón inspira esa extraña sensación entre la ternura y la tristeza. No quieres, no puedes imaginas tanto sufrimiento entre sus muros. Pensar en mi abuelo Felipe López, siete años de su vida, y no llorar, no sentir rabia, no sentir las ganas de disparar la flecha contra ese dios que permitió, que permite que la muerte venza a la vida.

No sé cómo he podido reír donde tantos lloraron lágrimas de sangre, en ese lugar de profundo foso, que como nos ha dicho Antonio, el guía de la oficina de Turismo, nunca hubo ni agua, ni tampoco, por supuesto cocodrilos, pero en donde tantos y tantos sufrieron lo inimaginable, hasta el punto desear la muerte tirándose desde sus altos muros; incluso, intentando escapar por los conductos de las letrinas.

¡Hombre insensible! ¿De qué te quejas? Hay una bestia en ti incapaz de sentir el dolor o palpar la sangre que empapó esas piedras. Tal vez, no debería sentirme orgulloso por haber escrito una novela, sino avergonzado por no ser capaz de imaginar, sin dolerme el corazón, sin explotarme la razón…


Desagüe de las letrinas, por donde algunos presos
 intentaron la fuga, según me confió Antonio, algunos
llegaron a lograrlo.

Quise ser voz, quiero ser voz de aquellos hombres y mujeres que fueron callados contra su voluntad, y pienso, avergonzado, que tal vez no merezca el privilegio de haber sido depositario de esos recuerdos, de esa memoria que con generosidad me transmitieron. Por ser indolente ciego ante esos muros de piedra, y no ser capaz de ver con mis ojos las miradas de quienes sufrieron la condena de estar presos, no por ladrones, no por ser delincuentes, sino por pensar diferente.


Magdalenas sin azúcar a los pìes del Castillo
 de Chinchilla de Montearagón

Después, en la noche, esa fría emoción, derritió mi corazón como hielo puesto al sol. Lloré, al recordar, al imaginar, cada uno de esos momentos de quienes sufrieron, lloré con cada uno de estos renglones.

Ahora, en la soledad, duele. Duele tanto que soy fugitivo de la sombra de quien me inspiró Magdalenas sin azúcar, mi abuelo Felipe López. Noto como mis mejillas están húmedas, y que palidezco de la emoción, pero también, en cierto modo, la sal de mis lágrimas, me ayudan a cicatrizar las heridas abiertas en mi memoria. Hoy Felipe López, está más vivo de lo que lo estuvo en el penal de Chinchilla de Montearagón.


¡¡Ah!! 

No hagáis caso de lo arriba escrito. Sí,  he sentido emoción, y ahora dolor, tengo sueño, y estoy cansado de este viaje, y no puedo dormir pensando en tanto sufrimiento y desesperación, Si bien es cierto que durante visita al lugar donde
.estuvo mi abuelo preso, durante siete largos años, he ido con la coraza puesta, insensible, cual armadura de hojalata, que ahora, al quitársela, duele.

Nunca más debiera suceder, lo que tras esas piedras ocurrió, nunca más una guerra, y menos entre hermanos, nunca más odios ni muertos por pensar diferente o emocionarse ante una bandera distinta. La libertad, la justicia, la fraternidad y la igualdad, deben ser los pilares en los que se asienta el edificio de esta España nuestra.

Paco Arenas

El libro, Magdalenas sin azúcar lo puedes adquirir a través del autor, mediante mensaje privado, en la página de Facebook , correo electrónico fmlarenas@hotmail.com, diciéndole a tu librería que se ponga en contacto conmigo  o en  Amazon


Un poco de historia


Desde muchos años antes de que Juan Pacheco, decidiera reforzar el castillo con nuevas murallas alrededor del castillo musulmán, no para defenderse de los musulmanes, sino para afianzar su poder contrabandista y mercenario frente a los reyes de Castilla y Aragón. Pero no, no es eso lo que me llevó a con tantas cosas que ver y disfrutar. Fui por la historia de unas piedras menos bellas, con muy poco o nulo interés arquitectónico; pero con mucho dolor y amargura tras sus muros. Dolor y amargura de quienes tuvieron la desgracia de ser «huéspedes» de tan siniestro lugar, el penal de Chinchilla de Montearagón. Un penal con una dilatada historia, que fue un auténtico castillo del terror.  Cerrado por el dictador Miguel Primo de Rivera, en 1925, fue reabierto con los estertores del régimen de Alfonso XIII, con la «dictablanda» de Berenguer, el 3 de junio de 1930. Llegada la República, tan solo un mes después de proclamarse, el 19 de mayo de 1931, la directora de prisiones, Victoria Kent, visitó el penal y decidió cerrarlo por lo deplorable del lugar, por desgracia dimitió y continuó operativo hasta el año 1946, siendo los siete últimos años un verdadero infierno, hasta el punto, que hasta los franquistas avergonzaba, que terminan clausurándolo, con todavía presos políticos entre sus muros.  Presos que trasladan en su mayoría al penal del Puerto de Santa María, otros, como mi abuelo, salieron libres a la gran jaula de barrotes invisibles que era la dictadura franquista. La mayoría en unas condiciones que les costó años volver a ser una persona.


Texto Paco Arenas

Fotos actuales: Paco Arenas

Fotos antiguas: Oficina de Turismo de Chinchilla de Montearagón

Agradecido a Antonio Eugenio García Martínez, de la Oficina de Turismo de Chinchilla de Montearagón por la excursión que me hizo, sin olvidar, disfrutar de una tarde primaveral en el frío invierno ausente de Chinchilla de Montearagón.



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