lunes, 23 de marzo de 2020

Enseñar al que no sabe #YoMeQuedoEnCasa, #UnCuentoCadaDia, #PacoArenas



Como se suele decir en el sur de Castilla, caía un sol de justicia. ¿Podría ser de otro modo, estando en la Mancha y siendo agosto?

 Pedro Haro, un pastorcillo de no más de nueve años, se encontraba cuidando sus ovejas y cabras en medio de un añojas, pensando en acercarse hacia un ribazo próximo, donde una hermosa encina centenaria, daba una más que generosa sombra.  Estaba muy cansado, después de caminar toda la mañana detrás de las ovejas.   En ocasiones, como si estuviera en el desierto, el sol le provocaba espejismos. Eso pensó aquella tarde. Una gran nube de polvo se acercaba por el camino a la velocidad de un rayo. Al llegar a su altura se detuvo, y él con la garganta rociada de polvo, echó mano al botijo.

 Lo movió. Casi no quedaba, echó un trago, reservando otro hasta que llegase a un pozo próximo donde daría de beber al rebaño, y al mismo, tiempo llenaría el botijo. Pero antes quería descansar bajo aquella hermosa encina. Cuando el polvo cesó de entre la nube, pudo divisar una moto y un sacerdote que descendía de la misma y se acercaba en dirección a dónde se encontraba él. Volvió a guardar el botijo en las aguaderas del borrico y se quedó mirando al recién llegado.

—¡Buenas tardes, muchacho! —Saludo el sacerdote, quitándose las gafas y limpiándose el polvo de la cara.

—¡Buenas tardes, señor cura! ¿Se le ofrece algo?

—Pues, sí. He visto que guardas un botijo —dijo el sacerdote limpiándose nuevamente la frente de sudor.

—Es verdad, sí. Tengo un botijo con el agua más dulce que las almendras y más fresca que un charco en enero —, contestó el pastorcillo.

—Pues dame que eche un trago de esa agua tan dulce y fresca que estoy más seco que el cogote de san Pedro.

—No, señor cura – contestó el pastorcillo moviendo la cabeza de un lado a otro.

— ¡Descarado! ¿No sabes que hay un mandamiento de la Ley de Dios que dice darás de beber al sediento?

Por primera vez se alteró el sacerdote, acostumbrado, como estaba a que sus deseos fuesen de inmediato complacidos.

—Sí, señor cura, sí. Pero hay otro más importante ¿Enseñar al que no sabe?  Y usted cuando mi padre, que es su vecino, le dijo que sí me podría enseñar a leer, le dijo que eso había que pagarlo —replicó el pastor señalando un cruce de caminos —. ¿Lo conoce?

—¿A tu padre o al mandamiento? No sé.  El mandamiento ese no.  Soy sacerdote, soy como si fuese tu padre…—contestó el cura.

—Pare usted ahí, quieto, no vaya usted por esa senda, que yo soy hijo de un solo padre. En cuanto a lo otro, pues miré por dónde, yo se lo enseño y le doy la solución.  Allí está la fuente, no es dulce, y cerca el pozo de agua dulce como las almendras.

—Pero tú tienes un botijo con agua fresca, ¿no pretenderás que vaya hasta allí con el calor que hace? 


—Si no va usted, tendré que ir yo después, yo tengo que trabajar, y usted no suda nada más que cuando pasea o está con la criada.

—Tendrás poca vergüenza...

—Más que usted. Yo le he enseñado el camino, con todo mi respeto.  Si quiere beber ya sabe. ¡Ah! Y tenga cuidado no se caiga al pozo, mejor si se arremanga las sayas...




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viernes, 20 de marzo de 2020

En mi huerto te críe #YoMeQuedoEnCasa, #UnCuentoCadaDia, #PacoArenas



El San Antón de Chocolate y la cara de la Virgen


En tiempos de guerra en el pueblo tenían un magnífico San Antón de alabastro, pero terminó sus días, por extraño que parezca, con un fusil en las manos defendiendo el pueblo como si fuese un miliciano más.  Sonará a broma, pero así fue como pasó:

Unos milicianos forasteros (estas cosas siempre las hacían los forasteros, porque los santos del pueblo siempre son como de la familia, se tengan las ideas que se tengan) decidieron tirar las imágenes de los santos de la iglesia desde el coro. Sin embargo, se daba la circunstancia, que la peana pesaba más que la imagen, razón por la cual algunos caían de pie.  Siendo que muchos de los milicianos eran ateos de nuevo cuño y en todos quedaba el poso milenario de la tradición católica. Pensaron que no era conveniente lanzarlos una segunda vez, y que en realidad querían sumarse a la lucha contra los sublevados.

Fue San Antón el primero que cayó de pie, el primero que tiraron una segunda vez y hasta una tercera.

—San Antón es de los nuestros —dijo uno de los cabecillas.
Después ocurrió lo mismo con la mayoría de los santos de la Iglesia. Ni cortos ni perezosos le pusieron a cada uno con un fusil en las manos y los distribuyeron estratégicamente por las afueras del pueblo para que lo protegiera. Cuando llegaron las tropas de Franco al pueblo y vieron figuras humanas con fusil y pañuelo rojo al cuello, pensaron que eran milicianos armados y, en nombre de la fe católica, les dispararon con los cañones, quedando las imágenes reducidas a yeso, astillas o barro, según fuese el material en que estuviesen fabricadas.

A San Antón, desde tiempos inmemoriales, siempre le habían tenido gran devoción las jóvenes casaderas, y más ahora después de la guerra, en la cual muchos jóvenes habían muerto en el frente, y otros se encontraban en la cárcel. La verdad es que no era fácil echarse novio, a pesar de que algunas habían decidido encauzar su vida abrazando la fe, que nunca tuvieron, metiéndose a monja, así al menos podrían comer todos los días.  A pesar de ello, el número de mujeres casaderas era muy superior al de hombres.

Como he dicho, la iglesia del pueblo no disponía de ninguna imagen de San Antón, para disgusto de las jóvenes casaderas, las cuales no tenían a quien rezarle para poder encontrar un buen marido que las hiciera feliz. Razón por la cual, constantemente, se quejaban con gran disgusto al cura párroco, por haber dejado el santo más importante para el último.

—A la Virgen pronto se le ha buscado sustituta, anda que vaya virgen… —murmuraban por lo bajo algunas.

Y es que la Virgen, la patrona del pueblo, había sido la primera en ser «reparada».  Los morteros, le habían arrancado la cabeza de cuajo y el brazo derecho con el niño.  Y don Melquiades de Antúnez, de inmediato se ofreció a volver a la patrona a su estado «original», para lo cual no reparó en gastos. Encargó la estatua de la Virgen al mejor imaginero de Sevilla.  Pero surgió un importante problema:

¿Cómo era el rostro de la patrona? Nadie en el pueblo tenía una sola estampa de la patrona, quien las tuvo las quemó durante la guerra. Una cuestión con la cual no había contado don Melquiades. Cavilando lo habido y por haber, al final encontró la solución, eso sí, nueve meses después de que la candidata a ponerle rostro a la virgen, dejarse de serlo y naciera un hermoso niño, al que como no podía ser de otro modo le pusieron de nombre Jesús:

A la sazón, don Melquiades era un viudo cuarentón y mujeriego, el cual se había encaprichado de una chiquilla de no más de quince años, que tenía como asistenta, del mismo modo que tenía a la madre de la chiquilla, desde que la misma tenía idéntica edad, alguien llegó a sospechar que la chiquilla en realidad era hija del mismo Melquiades; aunque, bien podrían ser habladurías, ya que estaba empadronada bajo la potestad de Ambrosio, su fiel capataz.  Siendo que estaba viudo, y que la chiquilla parecía una auténtica virgen, cómo pasó o cómo no, nadie lo sabe, lo cierto es que un buen día, la chiquilla no podía disimular su embarazo, y don Melquiades, «se apiadó» de la chiquilla, y sin tener en cuenta sus distintos estratos sociales, decidió casarse con ella. Tanto la chiquilla como el padre accedieron sin rechistar a las pretensiones de amo, no así la madre, que cuando supo quién era el padre de la criatura que esperaba su hija, se echó las manos a la cabeza, negándose a ello. A lo hecho pecho, ya no había remedio y ante la vergüenza que supondría para su hija esa inoportuna preñez optó por callarse y provocar que sus rodillas estuvieran en carne viva de tanto rezar para que la criatura saliera bien.

No fue fácil, no obstante, para don Melquiades que el sacerdote aceptase casar al incestuoso terrateniente, advertido por la madre de la muchacha en secreto de confesión de que la novia era a la vez la hija del mismo.

—Don Melquiades, es una chiquilla, ¿no se da usted cuenta? —se negó el cura.

—¡Por Dios y por la Virgen! ¿No se da cuenta usted de que si no pago yo la restauración de los santos va tener el altar vacío? Que son muchos cuartos, muchos duros uno encima de otro…

—Pero…, es una chiquilla…

—Ni peros ni manzanas, ¿chiquilla? Pues ya está a punto de parir, así que no será tan chiquilla. Usted decide, o me caso aquí o en Cuenca, me gasto los cuartos reparando todos los santos de la iglesia o me los guardo. Don Fernando, usted manda —zanjó don Melquiades la cuestión con rotundidad.

—¿Todos los santos?

—Hasta lo que llegue, de momento, luego poco a poco, que son muchos santos y muchos reales…

Ante tales razones el buen sacerdote terminó accediendo a las pretensiones de don Melquiades, que no solo iba a reparar la imagen de la patrona, sino que además iba a regalarle una corona de oro y diamantes, además de reparar una serie de santos, de los cuales era devoto don Melquiades.  Pronto llegaron las primeras imágenes a sus nichos. La Virgen tardaría más, porque don Melquiades había decidido, que costase lo que costase, la patrona sería reparada por el mejor imaginero de España. Entonces fue cuando le envió el escultor a don Melquiades de nuevo la primera pregunta, a la que ahora le sumaba una segunda:

—¿Cómo era el rostro de Nuestra Señora? ¿Dónde tenía la Virgen el niño Jesús, en el lado derecho o en el izquierdo? Necesitamos saberlo con premura para poder continuar.

 En esos instantes Anastasia, que ese era el nombre de la chiquilla, estaba dándole de mamar a la criatura recién nacida, que llevaría por nombre Jesús, como el santo niño.  Don Melquiades interpretó aquello como una señal divina, y ni corto ni perezoso, agarro su «Polaroid» y le hizo la foto a la joven madre con el chiquillo en brazos.

—Realmente parece una virgen. Muchacha más guapa no hay en toda la contorna, y es solo para mí —pensó.

A los seis meses, en vísperas de las fiestas patronales, la nueva imagen de la Virgen era coronada, ante las protestas de muchos:

—No es nuestra virgen…

—No se parece…

—El niño estaba en el brazo izquierdo, ahora está en el derecho...
 —No es nuestra patrona…

—Nuestra virgen era milagrosa y esta los milagros los hace solo con don Melquiades…

 —Es Anastasia…

Estas y otras cosas comentaban todos escandalizados sin tapujos, insultando a la nueva imagen de la virgen, a Anastasia y a su marido. Aquel año, la virgen no salió en procesión, debido a las protestas de los fieles y fervorosos cofrades. Incluso llegaron a asaltar la Iglesia para intentar destruir la imagen. 

Por suerte el párroco los detuvo a tiempo. Sin embargo, la tensión iba en aumento, a pesar de que la dictadura andaba cortando cabezas; pero claro, quienes más enojados estaban eran precisamente aquellos que habían ganado la guerra, y eran partidarios de la dictadura, mientras que los perdedores hacían chistes a la luz de la lumbre sobre la cuestión, sobre que la criatura que había parido la chiquilla era al mismo tiempo hijo y nieto o hermano de don Melquiades.  Finalmente, las aguas logro apaciguarlas el sacerdote aclarando que las reparaciones del resto de las imágenes correrían a cargo de don Melquiades, y que después se marcharía del pueblo, para que fuese más difícil comparar la belleza de la muchacha con la belleza fría de la virgen. Aunque es preciso decir, que hubo de mediar el obispo de Cuenca, y bendecir a la nueva imagen de la Virgen, para que cesase la polémica.

Don Melquiades, como ya he dicho, se fue a Madrid y nunca más regresó, jamás quiso saber de aquel pueblo de desagradecidos, a pesar de que una réplica de la virgen la encargó para su capilla privada de su casa de Somosaguas, donde todavía se encuentra, para goce y devoción de la anciana Anastasia, que pronto se quedó viuda y se casó con su amante de toda la vida, con el que tuvo varios hijos, además de Jesús, el primero, que supuestamente era hijo de don Melquiades, y que curiosamente no había tenido ningún hijo con su anterior esposa, porque según se supo, era estéril, y Anastasia en realidad era su hermana, hija del padre de don Melquiades, don Cristóbal.
Pero volvamos a San Antón, y demos por concluido el asunto del rostro de la virgen, que bien podría dar mucho de sí.

 La imagen de San Antón, por estar en capilla aparte, se quedó en el olvido del sacerdote, razón por la cual, don Melquiades no lo sufragó. Cuando llegó la remesa de imágenes al pueblo, faltaba San Antón. Don Melquiades ya no solo no estaba en el pueblo, sino que, además, el principal contribuyente de la parroquia, tampoco. Pidió ayuda a los prohombres del pueblo, y todos se negaron, porque también habían contribuido con algunos donativos a la reparación de las imágenes:

—Bastante escándalo ha habido con la cara de la virgen, para que ahora nos pase a nosotros lo mismo. Ni hablar, bastantes santos hay, por uno que no esté no pasa nada —decían como un mantra al cual todos se apuntaban.
 Sin embargo, la desproporcionada población femenina con la masculina, y el poco deseo de quedarse para vestir santos de las jóvenes del pueblo, veían en la intermediación del santo la única posibilidad de formar una familia.

 El sacerdote agobiado, comenzó la recolecta, pero las economías no estaban muy boyantes, unos porque nos les llegaba para comer, y otros porque pensaban que ya habían dado bastante. Con lo poco recaudado solicitó prepuesto al mismo escultor que había reparado la virgen y demás imágenes; pero sus honorarios eran extremadamente caros para el presupuesto de la humilde parroquia. Recurrió, entonces, a un tallista de madera, continuaba siendo muy elevado el coste, un pintor de Cuenca, tanto de lo mismo.  Pensó hacer él un dibujo a carboncillo, pero no siendo muy diestro le salió en lugar de San Antón, la Purísima Concepción. Le vino a la cabeza un viejo amigo que había realizado la mili con él en Melilla, era de Barcelona, y recordaba que era pastelero y en alguna ocasión le había dicho que era capaz de reproducir cualquier estatua en chocolate, sin que se notase siquiera que era de tan dulce material. Además, no hacía mucho tiempo que le había mandado una postal y tenía por tanto la dirección. Decidió escribirle apelando a su espíritu cristiano.
El pastelero catalán le mandó una figura de San Antón, que no quiso cobrar, contradiciendo así la presunta tacañería de las gentes de Cataluña. 

El hornero advirtió que, no obstante, tuviese cuidado de no ponerlo al sol ni cerca de las velas, sin dar la razón. Prometiéndole, que si cumplía esos requerimientos nadie se daría cuenta de que era de chocolate y podría durar eternamente siempre que estuviera alejado del sol y la humedad. Muy contento el sacerdote agradeció el detalle y el consejo.  Sin embargo, viendo la gran aceptación que había tenido entre las jóvenes la nueva imagen de San Antón, el sacerdote terminó por olvidarse.

Aquel año fue memorable, pronto pareció realizar el santo milagros, doce jóvenes que estaban presos en el Monasterio de Uclés, regresaron libres al pueblo, y pronto se ennoviaron.  Por primera vez desde antes de la guerra, había un San Antón como Dios manda. Las hogueras en las calles, la bendición de los animales y las feligresas solteras rezando y llenando el cepillo para encontrar pronto marido. Era tal la fama que fue cogiendo aquel San Antón que hasta los más reacios ateos lo tenían por figura bendita.

—Sí es que no puede ser de otra manera, huele a chocolate y a azúcar —dijo una emocionada muchacha llegada desde Madrid a dar las gracias al santo, después de haber encontrado un buen marido en tiempo récord.

—Y no solo hace milagros con los casorios, también con las preñeces. Mi hija Jacinta, cinco años intentando quedarse embarazada y ni «pa Dios», y eso que iba a Cuenca a rezarle al santo de las preñas, San Ramón Nonato. Fue traer don Antonio, vino a rezarle a San Antón y mira, de siete meses que está ya...—explicada doña Candelaria a sus compañeras de rosario diario.


Lo que nadie sabía era que el milagro se llevó a cabo en la sacristía. Llegó la joven esposa de don Fausto desesperada, y bajo secreto de confesión le dijo a don Antonio que no pecaba, ni con su marido, nada más que de pensamiento. El sacerdote la miró, y aunque llevaba el velo sobre la cara, al ser trasparente y conocerla, no pudo menos que quedar perplejo. Jacinta era de las mujeres más bellas del pueblo, casada con uno de los terratenientes más ricos. No lo podía comprender.

—Mi esposo, que es muy buen cristiano, no me mira siquiera, dice que, si no valgo para parir, mejor se abstiene...—no pudo continuar, la pobre muchacha estalló en sollozos.

El sacerdote, era sabedor que don Fausto era uno de los mejores clientes de doña Lola, la meretriz del pueblo, porque de tan buen cristiano que era, convencido que los pecados confesados, una vez hecha la penitencia y comulgado, se esfumaban y quedaba el alma más limpia que la patena bendita, hasta eso confesaba. No obstante, no confesaba que tenía a su bella esposa desatendida.

—Calma, calma criatura. Todo tiene solución.

 Viendo que el llanto no cesaba, salió del confesionario y le ayudó a levantarse.
—Vamos a la sacristía y bebes una poca agua fresquita que te quite esa congoja, criatura.

No había en el buen párroco ánimo de lujuria, aunque, fue tanto lo que le lloró Jacinta, que al final entre abrazos y fraternales caricias, terminó consolándola como se debe consolar a una mujer, a la que su marido, don Fausto, el más rico terrateniente de la comarca, después de la marcha de don Melquiades, acusaba de ser como la tierra yerma de los Cerros Blancos.  No era Jacinta estéril, pero sí su lujurioso esposo, pero él, que era muy hombre y buen cristiano, no creía ni por asomo que pudiera serlo.  Cuando supo que su esposa estaba embarazada lo celebró por todo lo alto, eso sí, en la casa de doña Lola con sus muchachas, que habían traído una nueva que quitaba el sentido. Claro, que, después del primer hijo, que fue niña, quiso un heredero, «un hombre como Dios manda», pero lo siguiente fue también niña, a la que siguieron cuatro más. A Jacinta no le quedó más remedio que seguir pasando por la sacristía; aunque ahora, también tenía los favores de su marido.

  Así que cogió gran fama la parroquia, de tantos milagros que hacía aquel santo de chocolate, y el sacerdote en la sacristía, pues, corrió la voz y don Antonio quiso ayudar a sus feligresas llevando a cabo ese tipo de milagros. No obstante, la alegría dura poco en casa del pobre, a pesar de lo mucho recaudado y de que el sacerdote ya estaba con dinero para encargar un santo como Dios manda. Al segundo año, con la llegada del verano, con motivo de las fiestas patronales, el sacristán, sin permiso del sacerdote, decidió cambiar la imagen de lugar y colocarla en el mechinal de una de las ventanas que daba al este, extrañándose mucho de lo poco que pesaba.

Era época de trilla, y el año anterior durante la vendimia a principio del otoño, la recogida de la aceituna en el invierno, y en la temporada de la siega, aquel año, aumentaron los noviazgos con la llegada de muchos jóvenes, se había producido una nueva oleada de noviazgos. No es de extrañar, por tanto, que aquella imagen de San Antón, en pocos meses, ya fuese consideraba la imagen más milagrosa de la comarca.  Todos los nuevos matrimonios estaban muy agradecidos y daban, dentro de las posibilidades de cada cual, cuantiosos donativos a la iglesia. El párroco, ya tenía dinero para encargar un nuevo San Antón, puesto que su amigo el confitero le dijo, que duraría poco, pues tanto la humedad como el calor, lo deteriorarían rápido.

Cuando vio al santo en el mechinal aquel, de culo al sol, no pensó en las consecuencias, y nada dijo al sacristán.  Llegó el solano, que como dice el refrán:

 Aire solano, frío en invierno y caliente en verano, malo en invierno, peor en verano.

Y si en el invierno el solano hiela hasta los huesos, en el verano derrite hasta las piedras, cuanto ni más el chocolate.

Aquel día, el de la desgracia, era el segundo día de solano, y era fiesta, así que un grupo de muchachas, del pueblo y forasteras, fueron a darle las gracias o a pedir un novio. Se encontraron con que en el lugar donde antes estaba San Antón había una masa de color marrón que parecían heces humanas en estado de diarrea, las cuales, pared abajo llegaban hasta el suelo. Alarmadas fueron asustadas al cura párroco, el cual deprisa y corriendo hubo de dejar a medias a doña Jacinta, que en aquel tiempo buscaba a su segundo hijo con desesperación y placer. Tras esconderse en el armario donde el sacerdote guardaba casullas y sotanas.

—¿Qué pasa muchachas, que tan asustadas estáis?

—Qué, ¿qué pasa?, que San Antón se ha cagado y se ha ido —replicó Consolación, una soltera de más de treinta años, con la que todavía no había obrado el milagro el santo.

El sacerdote pidió discreción a las mujeres, dijo una mentirijilla, mandó al sacristán que limpiase la pared y colocase un manto en el mechinal. Por suerte el cura ya había encargado una talla a un joven ebanista del pueblo, según cuentan, uno de los presos liberados de Uclés. Aquel hombre, que era anarquista, pero tallaba primorosamente vírgenes y santos, se dio prisa en terminar, y al siguiente domingo, terminó de tallar la estatua, que era un auténtico primor, de un alcornoque que nunca dio bellotas.

—Buenaventura, ¿hará milagros como el otro? —Le preguntó Consolación.
Buenaventura se quedó mirando a la mujer, sonrió afirmando con la cabeza.
—Sí, los mismos que todos los santos.

Después, cuando se quedó solo, anclando bien la peana a la imagen, mirando al santo y señalándola, le dijo:

—En mi huerto te crié, tu fruto nunca vi, los milagros que tú hagas, que me los cuelguen aquí —y puso por testigo lo mismo que los romanos ponían en aquellos lejanos tiempos. [2]

Curiosamente, la fama que tuvo el San Antón de chocolate, la continuó gozando el de madera, hasta Consolación se echó novio y se casó con un forastero, que quedó prendado de su belleza interior.




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[1] Este cuento lo he escuché de varias formas, unido, como he preferido redactarlo yo, o separado en tres partes: El San Antón de chocolate, por un lado, La cara de la Virgen y en mi huerto te críe, por otro.
[2] Dicen que los romanos juraban decir la verdad apretándose los testículos con la mano derecha, comprometiendo su virilidad si mentían. También mucho tiempo después, tras el escándalo de la papisa Juana, un cardenal era el encargado de palpar los testículos del nuevo papa, para comprobar que era varón y no mujer.

jueves, 19 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa Volveré (5º día de Clausura)




Volveré
 a pisar las calles,
gritando cada silencio,
abrazando cada suspiro, 
con el corazón hecho polvo
y el alma al viento.

Volveré
desbrozando de las lindes la grama,
sin miedo al filo de la hoz,
mis manos ya sangran.

Diré,
puede que, sin palabras,
aquello que un día callé
por miedo.
Llevo la muerte a mi espalda,
y también la fresca la memoria.

No habrá
puntos ni comas
que me obliguen a silenciar
la voz de los muertos,
de su deshilachada mordaza, impuesta,
se tejen nuevas banderas de libertad.

Seré
el barro del alfarero,
no el moldeable a capricho de sus manos,
sino el de la huella del camino,
la que ellos anduvieron.
Sus pies trazan la senda,
y mi pluma escribe lo que ellos me cuentan.

Soy
polvo, aire, agua y sangre,
rabia y fuego.
Soy barro
de la España subterránea
que grita desde el olvido,
que no solo fue el crimen en Granada.

Soy nadie,
 barro y sangre,
hijo del barbecho, del sudor y la espiga.
Soy nadie,
por no ser, no soy,
ni siquiera el poeta que se lamenta,
sabiendo que no será escuchado.

miércoles, 18 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa, Cuarto día de clausura



Acaricio
sin tocarte siquiera,
con las manos lavadas y el alma desnuda
secándose,
 antes de besarte.
¿Cómo decirte que quisiera abrazarte,
 sin este océano de distancia?
 Poder navegar hasta tus brazos generosos
 y rodear tu cintura sin temor,
ni al virus,
ni a sus maléficas coronas.


Beso
lanzando mi corazón herido al viento,
sin que ni el aire se inmute,
ni mis besos te alcancen,
sin besos de buenas noches,
yo que te bese hasta lo más escondido,
sin miedo a quedarme atrapado en tus labios
o en el fondo de tu sexo.

Hablo
mirando la estela de sol que entra por mi ventana,
presintiendo que, tal vez, sea solo polvo
humedecido por la lluvia de la mañana,
sin pensar que está cerrada
al ruido de la calle y su alegría.

Pienso
navegando entre la bruma de lo incierto,
sin saber, si seré ausencia de tus días,
y también de tus noches,
o si, por el contrario,
me quedan muchas besanas por labrar,
infinitas palabras por escribir
y mucho vino por beber todavía.


Confío,
en el vuelo libre de los pájaros,
no en el canto de los canarios enjaulados,
por mucho que no se mojen con la lluvia
y tengan los comederos llenos de alpiste.
No confío, en los buitres sin plumas,
que basan su riqueza
Solo en los en los Mercados.

Bebo
el agua de la memoria,
para que no se me olvide,
lo mucho que te quiero.
También,
para, si muero,
no me olvide,
ni un instante quién soy
ni de dónde vengo.

Sueño,
Solo,
en un lecho solitario,
en el que me falta tu presencia,
aunque estés al otro lado de la puerta,
o mirándome a los ojos
con tu risa oculta,
tras la celulosa azul de nuestros miedos.

  
¡Aléjate!
Aléjate pronto,
virus con tus aureolas,
que se me revuelven las tripas,
solo con ver el brillo de tu corona,
que nunca fueron buenos los virus,
tampoco las coronas,
¡Aléjate! Y no vuelvas más.


Escucho
los lamentos de los poderosos,
quejándose
de las pérdidas en sus negocios.
No veo
que alguien alce la voz
por el menesteroso,
el cajero del supermercado,
el camionero,
o ese que te lleva tus recados,
con tanto miedo como tú,
hasta la puerta de tu casa.

No escucho,
que, al bribón,
nadie le diga que devuelva lo robado,
y alaben a quien dice falsedad
con la solemne dignidad,
de quien toma por estúpidos
a los que le dan de comer.
Que nada le deben,
y él todo a ellos.

Veo
pleitesía ante el mentiroso,
aduladores de pesebre agradecido,
mercenarios de la palabra pagada,
de la libertad secuestrada.
Maldiciendo a la «Pérfida Albión»,
por dejar con el culo al aire
a los gusanos que,
 ante virus y coronas,
arrastran sus babas por los palacios.

Escupo,
Palabras como flores
cortadas de la boca
 del poeta silenciado,
llorando la ausencia
de las palabras
lo que dejó por escribir,
en la bandera de la libertad,
ansiando ser escuchado
una mañana de abril.
Rompieron el tintero
de las palabras perdidas,
un triste mes de agosto.

Extiendo mi mano generosa
con la ternura de un niño,
que antes del primer orgasmo,
tenía callos en las manos,
y cicatrices en el alma.

Regalo
mis torpes versos,
transformados en abrazos
y besos,
sin buscar la rima,
solo el consuelo,
y gritar mañana,
en la plaza del pueblo,
¡te hemos vencido!
¡SALUD!


©Paco Arenas 18 de marzo de 2020, cuarto día de clausura.

domingo, 15 de marzo de 2020

#YoMeQuedoEnCasa - Arresto domiciliario y héroes







Arresto domiciliario y héroes

(Dedicado a ellos: sanitarios, boticarios, repartidores y trabajadores de panaderías y supermercados, los grandes olvidados y los más expuestos) también a los libros que leeremos durante nuestro cautiverio.



1)     ARRESTO DOMICILIARIO

Arresto domiciliario en cárcel de barrotes invisibles, donde se libran batallas de miedos, silencios olvidados, besos y abrazos repetidos y no por ello menos ansiados, sin miedo al contagio, porque sabes que si está uno, estaréis todos. Celda donde reconocer a los hijos y a tu pareja.  Prueba de fuego de un «gran hermano» y «supervivientes» en la isla de las cuatro paredes de tu casa, sin cámaras ni televisión basura.

Conversaciones mudas de las palabras que se quedaron sin decir, con peregrinas excusas ni concierto, solo porque «no tengo tiempo, tengo mucho que estudiar, llego tarde al trabajo o he quedado...»

Hijos extraños tras la puerta del cuarto, sin que apenas viésemos crecer. Ahora los miras y están sentados a tu lado, viendo una película. Los vuelves a reconocer como propios en cada cena, cada almuerzo, en el desayuno de las mañanas y hasta en el olvidado beso de buenas noches. No importa el orden porque no altera el producto, estás con tus hijos y echas de menos, mucho a quienes están presos en otra celda, aunque sea solo a tres kilómetros de distancia, y que te mueres de ganas de escapar entre los barrotes por correr a su encuentro para, sin miedo al contagio, poder abrazarlos. Lo aceptas como inevitable, por mucho que te duela, por mucho que les duela. Si no lo haces es porque están al otro lado del teléfono, a pesar de todo, te hecho de menos Rocío.


Reclusión con mucho tiempo para pensar, y bombardeo de noticias, ninguna buena, salvo esa que te dice que no puedes salir de tu casa, quedándote con la incertidumbre del tiempo que durará, y lo que es peor, ¿que vendrá después? Y piensas en las personas vulnerables que quieres, y entonces te das cuenta, a las doce de la noche que te olvidaste de felicitar, y te vas a la cama con ese reconcome tan manchego.

Libros que se abren después de mucho tiempo, al igual que las puertas, que antes, en el interior de la casa, estaban cerradas. Y ves palabras nuevas, escuchas voces en tonos distintos, con otras miradas tan próximas como queridas y en ocasiones tan lejanas. LEER, LEER,  en vuestras estanterías de vuestras casas encontrareis libros que ni sabíais que existían, los cuales os producirán orgasmos olvidados en lo más hondo de vuestras neuronas...  

Lucha silenciosa de teles apagadas y bizcochos caseros, magdalenas y palomitas de maíz abriéndose paso por encima de las tapas de las sartenes.

2)     HÉROES

Sabes, que fuera, hay héroes sin corona y villanos con #Coronavirus. Nunca conocí a lo largo de mis pocos conocimientos de historia, a ningún héroe que corona llevará y sí a muchos villanos y ladrones coronados, como este maldito virus que a todos nos tiene encarcelados.

Los héroes, los de verdad, no tienen espadas ni cañones, ni libran batallas con fusiles con olor a muerte. Aunque algunos lleven uniformes, no digo que no, los héroes de esta guerra llevan batas blancas de médicos, enfermeros, farmacéuticos, conductores de reparto, o los más olvidados y más expuestos, los boticarios, junto con quienes trabajan en los supermercados, que te atienden siempre con una sonrisa, a pesar de que muchos cobran sueldos de miseria, mientras sus jefes especulan con cada grano de arroz.

A ellos, los farmacéuticos, los cajeros de los supermercados, reponedores, carniceros, fruteros, tan necesarios como los médicos, en cuyas manos nos ponemos, siempre ignorados, esos héroes de supermercados, sin protección ante el peligro... Hogar, dulce hogar, y estás preso, posiblemente a salvo del ataque del virus de la corona, mientras ellos se juegan su salud y la des sus familiares, para que tú; sin agradecérselo siquiera, tengas la alhacena llena, de fruta, carne y verdura que no te cabe en la nevera.

Sabes que estás preso, y no quieres escapar de esa cárcel de abrazos y besos, palabras recuperadas, voces que no hieren los oídos, que dicen te quiero sin miedo; pero no puedes olvidar que fuera están ellos, y que nadie les dará la medalla que otros se colgaran.

Hoy más que nunca: ¡Salud!

Texto y composición: ©Paco Arenas



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