sábado, 4 de abril de 2020

Si quiera una, si quiera una…


💪💪#YoMeQuedoEnCasa, #VolvereAPisarLasCalles


Este cuento se lo debo a mi hermana Felipa, que lo contaba con gran gracia. 
A ella, que heredó esa gracia de mi padre.


Contaba mi hermana que en los tiempos del hambre llegó a un pueblo de la Mancha un joven sacerdote, tan joven como torpe a la hora de cazar. Y digo que era torpe, porque aquel pueblo tenía uno de los mejores cotos de caza de todo el sur de Castilla, y las liebres, perdices y codornices salían hasta debajo de las piedras. El joven cura salía a cazar solo y muy a menudo, casi siempre con idéntico resultado, muchos tiros y ninguna pieza en el zurrón.

Un buen día, se cruzó en su camino Eustaquio Vieco, un antiguo guardia de asalto, el cual fue un diestro cazador, cuando tenía permiso de caza, y que ahora, tras pasar por la cárcel, tenía prohibido tener hasta escopeta. A Eustaquio nada le daba más envidia que ver a los cazadores disparar sus armas, ver correr a los galgos y ver volar a las perdices. A falta de escopeta, el campesino siempre iba acompañado de Manolo, su perro perdiguero, que, de vez en cuando, le conseguía alguna pieza al vuelo, ya fuese perdices, codornices, liebres, en incluso alguna culebra. Cuando esto ocurría debía esconderlas muy bien para no tener problemas con la Guardia Civil, que como a todos los partidarios a la legitimidad republicana, solían ser acosados de manera frecuente.  

—Tiene bemoles, haber sido juzgado por auxilio a la rebelión por quienes se rebelaron contra la ley, yo solo cumplí con mi deber, defender la legalidad —solía comentar, siempre en voz baja a sus amigos.

Sí pasaba envidia, y de uno de quienes más, de aquel joven cura, «incapaz de aceptad a un elefante a medio metro». Eran muchos los días que veía al sacerdote ir al monte, con la escopeta, la canana y dos zurrones, que siempre regresaban vacíos al pueblo.

Cierta tarde, ya a punto de caer la noche, viendo la inutilidad del cura para la caza, se atrevió a acercarse, no sin cierto temor por las consecuencias que podría acarrearle la decisión que había tomado. Cuando el sacerdote lo vio acercarse no dudó en apuntarle con la escopeta al pecho, con el dedo en el gatillo, muerto de miedo y temblando:

—¡Quieto ahí!, no des ni un paso más o disparo.

—¡Tranquilo hombre!, no tenga usted miedo de mí, ¿acaso no me conoce? —Preguntó levantando las manos, no sin cierta socarronería Eustaquio.

—Por eso, porque te conozco, has estado en la cárcel por ser un rojo peligroso —replicó sin dejar de apuntarle el sacerdote al antiguo guardia de asalto.

—Sí, he estado en la cárcel, pero nadie le puede decir que ha sido por ladrón o asesino, tampoco por mala persona, y tenga cuidado, que tampoco soy un maqui…

—No es lo que me han dicho, que bien me han informado sobre los elementos peligrosos del pueblo, y tú eres de los peores.

Eustaquio frunció el entrecejo, agachó la cabeza, y se dispuso a dar media vuelta:

—Buenas tardes tenga usted. Siento mucho el haberme equivocado siento. No volverá a ocurrir, pensaba que estaría dispuesto a cenar esta noche unas buenas perdices escabechadas, pero no pasa nada, en su alhacena seguro que no falta un buen manjar que llevarse a la boca —dijo, encaminando sus pasos hacia el punto por donde había llegado.

—¡Espera! —Ordenó el sacerdote.

—Usted dirá —dijo girando la cabeza Eustaquio, esbozando una sonrisa, que bien se cuidó de que no la viese el sacerdote.

—¿Has cazado?

—¿Cómo? si no tengo escopeta.

—Entonces, ¿cómo dices lo de las perdices?

—Porque si usted me deja la escopeta cinco minutos, solo cinco minutos o diez a lo sumo, tenemos dos perdices para cenar, como que me llamó Eustaquio Vieco.

—¿No pensarás que soy incapaz de cazar?

—¡Por Dios! Nunca pondría en duda su habilidad para la caza, ni tampoco su devoción por San Francisco…

—¿Cómo sabes que admiro a San Francisco?

—Porque ama a los animales como San Francisco, cada vez que pega un tiro, lo hace para que escapen, para así no caer en la tentación de la carne…, para no tener que matarlos…—se burló Eustaquio, con disimulo y con doble intención, pues conocía la afición  del joven cura de ir de vez  de vez en cuando a Madrid, precisamente para caer en las tentaciones de la carne, en los burdeles de la capital.

—Así es. Mi conciencia me impide hacer daño a una mosca, amo la vida y la naturaleza—mintió el sacerdote.

—En ese caso nada, usted ama a los animales, que también los amo, no puedo cazar, esta noche nos quedamos los dos sin cenar las mejores perdices escabechadas que podríamos disfrutar..., los dos…

—¿Y eso? —Pregunto intrigado el cura.

—María, mi mujer —comenzó Eustaquio —, es quien mejor prepara las perdices en escabeche de toda Cuenca y provincia, pero si no hay perdices, se quedará usted sin probarlas, y yo sin catarlas…

—¿No pretenderás que te deje la escopeta?

—¿No pretenderá usted que las cace a pedradas?

—No me fío.

—No se fíe, hace bien, soy un rojo peligroso sin propósito de enmienda, no voy a misa y… ¡bueno! Se me hace tarde, buenas tardes tenga usted señor cura.

—¿Me garantizas que no llevarás a cabo nada de lo que te puedas arrepentir?

—Si hiciese lo que usted está pensando, seguro que no me arrepentiría. Sin embargo, tiene mi palabra de que no lo haré. Todavía tengo los hijos dentro del cuerpo…

—Si no tienes hijos.

—Por eso los tengo dentro del cuerpo, apenas llevo unas semanas fuera de la cárcel, no me ha dado tiempo…

El sacerdote dudó entre dejarle la escopeta o no, mientras Eustaquio lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja, con cierto mohín burlón, permitiéndose hacer el gesto de disparar con una pistola. Finalmente, el sacerdote suspiró, extendiendo la escopeta hacía las manos de Eustaquio:
—Que sea lo que Dios quiera —suspiró el cura ofreciéndole la escopeta.

Eustaquio agarró la escopeta, palpó su culata, acariciándola hasta la misma boca del cañón. Apuntó al frente, hacia un punto en el cual el sacerdote no veía nada, disparó y de inmediato, el perro de Eustaquio Salió corriendo como alma que lleva el diablo, regresando al instante con una hermosa perdiz.  De nuevo se colocó la escopeta en el hombro, repitiendo la escena. Apenas había entregado la segunda perdiz al cura, fue a realizar un nuevo disparo, que nunca salió del cañón.

—¡La patena consagrada! ¡Copón en Dios! Los guardias, tome, tome ¡me cago en …!

 Soltó una maldición que escandalizó al sacerdote, y sin mediar palabra puso la escopeta casi a un tiempo, también, en las manos del sacerdote.

Efectivamente, montados a caballo llegaba una pareja de la guardia civil alarmados por los disparos.
—Haga usted como que está cazando, disimule —pidió Eustaquio.

—¿No pretenderás que apunte a los guardias? —Preguntó con ironía el sacerdote.

—No, basta con que agarre la escopeta como Dios manda, y si puede ser, parezca que está satisfecho con lo que termina de cazar —replicó con mayor sarcasmo todavía Eustaquio, giñando el ojo al cura.

Los guardias se acercaron al trote, colocando la mano izquierda como visera, pues les deslumbraba el sol, y no terminaban de creer que el sacerdote estuviese hablando con Eustaquio, y más riéndose casi a carcajadas ambos. Bajó el cabo primero, haciendo una ligera genuflexión con intención de besarle el sello de la mano al sacerdote; sin embargo, este se retiró un tanto, señalando la escopeta con los ojos.

—¿Está usted de caza don Evaristo? —Preguntó un tanto contrariado el cabo, observando las dos perdices que llevaba colgadas de la canana —. Parece que ha tenido suerte, este año no hay mucha caza, y hay que conocer muy bien el terreno para conseguir alguna pieza…

—Pues ya ves, cabo. Dos hermosas perdices…—irguió el cuello el sacerdote orgulloso.

—Pues tenga usted mucho cuidado, hay por aquí pájaros que son muy peligrosos —, advirtió el cabo al sacerdote, mirando a Eustaquio —¿Qué coño haces por el monte? —Preguntó ahora al viejo guarda de asalto.

Eustaquio se quitó la gorra agachando ligeramente con humildad la cabeza, mientras para sus adentros se acordaba de todos los ancestros del cabo. No era para menos, ya recibió en su momento una grandiosa paliza por no descubrirse y no hablar con humildad ante el miembro de la benemérita, y eso que lo conocía de toda la vida, sus padres eran amigos y vecinos:

—Mire usted, este trozo de monte es mío, y he venido a amontonar piedras en los majanos, a ver si pudiera sembrar; aunque sea un poco de centeno o cebada[1] para los animales, que otra cosa no creo que se pueda en este pedregal.

—¿En el monte? ¿Tuyo, el monte? ¿Me tomas por tonto? —Preguntó de malos modos el cabo.
—Ya ve usted, es mío y el majuelo aquel también —señalando con el dedo a una viña cercana —, bueno de mis padres, que yo no tengo nada. Puede preguntarlo en el pueblo. He aprovechado para poner un espantapájaros en la viña, porque no vea usted la que traen los estorninos con la uva, y ahora estaba haciendo majanos…[2]

—Es verdad — apuntaló el sacerdote —yo lo he visto amontonando piedras, y me he dicho, ¿para qué amontona las piedras en el monte? Lo veía una tontería sin sentido, pero claro, no soy campesino…

—Ni cazador —pensó Eustaquio.

—A saber. Tenga usted cuidado con este, no es un elemento de fiar, conoce bien las armas, es muy peligroso. Si se viene con nosotros lo escoltamos hasta el pueblo…—se ofreció el cabo.
—Hacer marcha, que yo en media hora cojo la moto y me voy, además, es preciso buscar el arrepentimiento de los pecadores —respondió convincente el cura.

—Como quiera usted padre. Pero tenga mucho cuidado —aconsejó subiéndose al caballo y llevándose la mano al tricornio —. Siempre a sus órdenes padre, siempre a sus órdenes para lo que necesite.

—¿Cazamos un par de ellas más? —Preguntó el sacerdote ofreciendo la escopeta de nuevo al campesino.

—No. No me fio de cabo. No vaya a ser que estén a la expectativa. Recojo el hato y me voy. No obstante, si usted quiere seguir probando…—se negó Eustaquio.

—Eso que has dicho de tu mujer, ¿sigue en pie?

—Por supuesto, si va a seguir cazando, me da las perdices y yo se las doy a María para que las preparé, y esta noche cenamos juntos, una para usted y otra para mí, el vino y las aceitunas las pongo yo. Otra cosa, no tengo, aparte de un poco jamón y queso para acompañar.

—Tranquilo, también puedes sacar unos choricillos, que me han dicho que tu mujer los hace mejor que nadie...

Eustaquio movió la cabeza con resignación, encima que cazaba él las perdices, tenía que poner el vino, el pan y las aceitunas. No quiso decir nada, no le convenía.

—¿Va usted a seguir cazando?

—Sí, voy a ver si cazo un par de ellas más y me voy.  —dijo entregándole las dos perdices a Eustaquio. 

Eustaquio se alejó, y tras aparejar con parsimonia la mula, se montó en ella, y comenzó el camino ante la atenta mirada del sacerdote. Cuando se hubo alejado unos doscientos metros escuchó el primer disparo, antes de que escuchase el segundo, vio galopar a los dos guardias, que al vislumbrar al sacerdote disparando y a Eustaquio subido en la mula en dirección al pueblo, se dieron la media vuelta, también en dirección al pueblo. Eustaquio movió la cabeza de arriba abajo.

—¿No os conoceré pajarracos?

Los disparos continuaron escuchándose cada vez más espaciados y lejanos. Cuando llegó Eustaquio a su casa entregó las dos perdices a su mujer, que se le abrieron los ojos de par en par. Antes de que pudiese abrir la boca se la cerró Eustaquio.

—Date brío y prepáralas en escabeche que nos las vamos a cenar el cura y yo.

—¿Y yo también no? —Preguntó María sin terminar de creer lo que estaba escuchando, él que siempre había sido tan atento.

—Mujer, las he cazado yo con la escopeta del cura. Estas nos las comemos él y yo. Si lo dejamos contento, tendremos escopeta, perdices, codornices, liebres, conejos y hasta algún gorrino.[3]
—¿Tú sabes el tiempo que no me como una perdiz en escabeche? Hay para los tres, le añado condumio[4] y quedamos los tres satisfechos.

—¿Cómo quieres sentarte en la mesa con el cura? Con lo que les gustan las sayas a los curas, y lo guapa que estás…, te quiero solo para mí. Él que se apañe con las beatas, que a alguna la confiesa y le pone bien puesta la penitencia.

Por supuesto, no quedó conforme María con los machistas argumentos de su marido; no obstante, cogió las dos perdices con decisión y refunfuñando se fue a la cocina a desplumarlas y cocinarlas con todo el esmero y amor con el que fue capaz. Mientras Eustaquio se marchó a la taberna a cascar[5] y beber un rato con los parroquianos, hasta que, más o menos, o un poco antes de que estuviesen listas las perdices. 

Estando en estas María, llegó la tía Antonia, prima hermana de su madre, la pobre siempre andaba a ver si alguien le ayudaba a llenar su escuálido estómago. No decía dos veces que no, si le invitaban a comer o cenar, y si muchas ocasiones decía que no a la primera invitación, más de una vez se arrepentía, porque no llegaba la segunda y se quedaba con la misma hambre que a la llegada.

La pobre anciana se quedó sin marido y dos hijos, durante la guerra. Y, de los tres que le quedaron vivos, los dos varones permanecían presos. Mientras que su hija, se marchó a Madrid intentar sobrevivir como criada en la casa de un militar, al menos eso decía la joven.  No obstante, alguno dijo haberla visto en otros lugares menos apropiados y que no vienen a cuento. El hambre es el camino del infierno, y en aquellos años de postguerra, para los perdedores de la contienda, en no pocos casos, también de la tumba, no siendo el hambre la única causante.   
Pero volvamos a la historia que nos concierne:

—María, ¿qué es eso que huele que alimenta? —Preguntó la anciana teniendo segura que al menos cenaría aquella noche, su sobrina siempre le daba algo.

—Perdices en escabeche, para mi hombre y para don Evaristo, que lo ha convidado mi hombre a cenar…—respondió María con gesto de amarga resignación.

—¡Mujer! —Exclamó la anciana —. Lo dices como si tú no las fueses a probar.

—Pues no, tía Antonia, no las he de probar, como no sea para saber cómo están de sal y pimienta. Son solo para Eustaquio y el cura.

—¡Válgame Dios! ¿Y tú lo vas a permitir? —Preguntó con exagerado tono la anciana, no sin cierta malicia.

—¿Qué he de hacer sino? ¿Qué quiere que mi marido me pegue una paliza que me deje balda?[6] —Se lamentó María con gesto de resignación.

—¿Están ya listas las perdices? —Preguntó la anciana.

—Desmenuzarlas y poco más —musitó María.

—Yo te ayudo —se ofreció con intención, en cierto modo, malévola, la tía Antonia.
Comenzaron ambas mujeres a deshuesar las perdices con esmero. Mas, pronto la anciana comenzó a llevarse algún trozo a la boca, haciendo otro tanto María. Casi sin darse cuenta, terminada la labor, terminadas las perdices estaban las perdices. Si algún resto de las aves quedaba en el escabeche, fue por descuido.

—¡Madre santísima del Amor Hermoso! —Exclamó María asustada, al percatarse de las consecuencias que podría traerle tan delicioso tropiezo con el pecado de la gula —. ¿Qué hemos hecho? Mi hombre me va a matar.

—Tranquila, tranquila, que no te ha de pasar nada —dijo la anciana limpiándose los labios con la lengua primero y con una rodilla[7] después.

—Usted no sabe cómo es mi hombre cuando se enfada. Es capaz de matarnos a las dos…
—¡Uy! ¿No me digas? ¡Qué tarde! Me tengo que ir, he quedado con Secundina — dijo la anciana mirando un imaginario reloj en la pared.

—¿Cómo qué se va? Mi marido me va a matar de una paliza y usted dice que se va, ayúdeme cómo sea…—rogó María reflejando un poema triste en sus ojos, incapaz de enfadarse con su querida tía.

La tía Antonia acercó sus labios al oído de su sobrina, alzándose sobre las puntillas de los pies, algo que hizo sin dificultad debido al poco peso que debía levantar sobre las mismas. Era tal su delgadez, tanta el hambre que pasaba, que muchas noches su cena, a la luz de las estrellas, se reducía a dos horas de roer un par de castañas pilongas con un mendrugo de pan, más veces duro que tierno. Aquella noche, no siendo mucha la cena, ya había cenado más que en algunas semanas enteras. Lo que le dijo a María, fue tan despacito, que ni el gato la escuchó, y que a María le hacía dudar y mover la cabeza de un lado para otro, sin saber si aquello, que le decía la anciana le traería más inconvenientes que soluciones.

—Tú haces esto que te he dicho, que de momento te librarás de que te pegue tu marido, y después me encargo yo de todo lo demás. Puedes estar tranquila, que, aunque no voy a misa, soy vecina del cura y sé muchas cosas.

 La anciana se marchó con un trotecillo más alegre que con el que había llegado. María se quedó con la misma cara de preocupación que antes de darle la solución al gran problema que se levantaba ante sus ojos. Encendió un cirio a la Virgen y otro a San Judas, patrón de los imposibles y con rapidez comenzó la mujer a preparar la mesa: colocó el porrón de vino, un buen plato de aceitunas, queso, media docena de chorizos y un hermoso pan, que ella misma había amasó, unos días antes, en el horno comunal del callejón de la calle Tercia. Colocó, así mismo, la fuente vacía y dejo a su lado el puchero humeante con el caldo de la preparación de las perdices.  Terminando la tarea vio entrar a Eustaquio, contento, más de lo habitual, dispuesto a hacer de una vez por todas sus paces con la Iglesia, todo con tal de poder empuñar una escopeta y poder cazar; aunque fuese al lado de un «cuervo», como siempre había llamado aquel ateo convencido a los sacerdotes. Miró satisfecho la mesa, saboreó el aroma del puchero, abriendo hasta la tapa y relamiéndose los labios con satisfacción.  Vio acercarse a María, con el más largo de los cuchillos, que tenían, y la chaira de afilar, como intentando afilarlo ella, que no sabía.

—Anda afila el cuchillo, sube a la cámara y corta un poco de jamón para el cura…—dijo María, atisbando la llegada del cura en el inicio de la calle.

Espero a que Eustaquio subiera, y el sacerdote se acercase, sabía que debía actuar rápido y no estaba segura de que la estratagema le saliese bien, y lo que es peor, que no trajese consecuencias graves para ella, para su marido o para ambos.

En el mismo umbral de la puerta se arrodilló ante el sacerdote besándole el sello de la mano, siendo verano, mostrando involuntariamente el inicio de sus senos ante el joven sacerdote. Al levantar la vista vio los ojos del cura fijos en su pecho con lascivia. Se sonrojó, y su turbación le hizo dudar de sí sería capaz de llevar a cabo el plan de la vieja Antonia.

El sacerdote, al verse pillado, también se turbó, y lamentó que aquella muchacha no fuese una de sus feligresas.

—Padre, salga corriendo usted, que mi marido está afilando el cuchillo para cortarle las orejas…—dijo temblando y avergonzada al mismo tiempo, María, pues el sacerdote no la miraba a los ojos precisamente, sino que sus ojos se habían quedado fijos en los senos de aquella la bella muchacha.

—¿Qué dices muchacha? ¡Está loco! —Exclamó el joven sacerdote despertando en su interior la fantasía de cómo sería estar junto a María en la sacristía.

—Es una manía que cogió en la guerra, cortar las orejas a los curas, corra, corra usted que ya baja las escaleras con el cuchillo en la mano… —replicó María, haciendo gestos con las manos para meter prisa al cura.

El sacerdote se arremangó la sotana, comenzando a correr calle arriba. De inmediato, María acudió a la escalera que subía a la cámara y dio la voz de alarma a Eustaquio que todavía se escuchaba afilar el cuchillo, que ella se había encargado de mellar.

—¡Marido mío, marido mío! El cura, que ha cogido el puchero con las dos perdices y ha salido corriendo con las dos, sin querer compartirlas contigo.

—¿Ni una me ha dejado?

—Ni una siquiera, marido mío…

Presuroso Eustaquio bajo las escaleras, con cuchillo y chaira en las manos. Salió a la calle, corriendo detrás del sacerdote que ya lejos estaba.

—Siquiera una, padre, siquiera una, por favor se lo pido —gritaba Eustaquio sin dejar de correr tras el sacerdote ni de afilar el cuchillo con la chaira.

—Por Dios, ni una ni media —pensaba el sacerdote, que batió su récord de velocidad aquella tarde, con la idea de acercarse al día siguiente al pueblo de al lado, que era donde se encontraba el cuartelillo de los guardias, para denunciar a Eustaquio.

Decir que unos días después, María preparó media docena de perdices, con más mimo que nunca. Sentados estaban en la mesa la vieja Antonia, el sacerdote, Eustaquio y María, cuando llego la hija de Antonia, que días antes había llegado de Madrid, cansada de ir de un lado para otro, pasando tantas penurias como vergüenzas, como si realmente no trabajase, o no diese un fin práctico a sus encantos naturales. El sacerdote no sabía dónde esconderse, la muchacha le sonrió y le dijo con la mirada que tranquilo, que lo pasado en Madrid, en Madrid se quedaba...

Pero, aunque quedó en secreto, con el tiempo, ahora sí, la hija de Antonia, trabajaría limpiando una casa, la del sacerdote, el cual demostró grandes dotes como relojero, e hizo que todas las piezas encajaran entre él y la hija de Antonia, que bien se conocían de Madrid. Con el roce diario llegó algo más que el roce, y antes que dar que hablar, al quedarse ella embarazada,  se marchó del pueblo seguida, a los pocos meses por el sacerdote. Cuando regresaron, muchos años después, eran una familia feliz con tres hermosos hijos.

Y aquí termina la historia, en la que todos terminaron felices comiendo perdices, y a ti que quieres saber lo dicho por la vieja Antonia para convencer a unos y a otros, te van a dar con el plato en las narices.




Puedes comprar el libro completo o leer parte, en Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre 




[1] De los cereales son los más duros, sembrándolos en las peores tierras de labor, reservando las mejores para el trigo.
[2] Montones de piedras que se hacen en las parcelas de labor para poder labrarlas.
[3] Jabalí.
[4] Ingredientes.
[5] Charlar, hablar.
[6] Molida, hecha polvo por una paliza.
[7] Trapo de cocina.



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lunes, 30 de marzo de 2020

El hombre que vivió en el mar- Capítulo 3º - Donde cuenta Lázaro su relación con la dama en clausura, repudiada por su esposo después de haber parido siete hijas, alegando no haber consumado matrimonio … Novela completa en PDF por capítulos

 💪💪#YoMeQuedoEnCasa, #VolvereAPisarLasCalles



El hombre que vivió en el mar 


Novela completa por capítulos en PDF, descarga libre.  Adaptación del libro MÁS PROHIBIDO DE LA HISTORIA DE ESPAÑA (310 AÑOS). En estos días de clausura, además de publicar relatos, voy a regalar una de mis novelas adaptadas completa, por capítulos, en formato PDF, ya que durante estos días no mandaré ningún libro físico a ningún lado, en solidaridad con libreros y repartidores.


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Capítulo III


Donde cuenta Lázaro su relación con la dama en clausura, repudiada por su esposo después de haber parido siete hijas, alegando no haber consumado matrimonio




Para descargar en PDF el ✍️Capítulo 1º pincha  👉 AQUÍ👈


Para descargar en PDF el ✍️Capítulo   2º pincha 👉 AQUÍ👈

Para descargar en PDF  el ✍️Capítulo   3º pincha 👉AQUÍ👈




Próximo capítulo:

Capítulo IV 

 En que da cuenta Lázaro de la amistad que tuvo en Toledo con unos tudescos, y lo que con ellos pasaba.







[

sábado, 28 de marzo de 2020

El gato en el puchero- #YoMeQuedoEnCasa, #UnCuentoCadaDia


 Inspirado en hechos reales

#YoMeQuedoEnCasa, #UnCuentoCadaDia, #PacoArenas


Eran tiempos de posguerra, pan negro, cuando lo había, lentejas viudas, y habichuelas sin chorizo. Los pollos del corral, si los había, se guardaban para ocasiones especial cual manjar exquisito. Las gallinas se mataban cuando dejaban de poner huevos, y los huevos que daban se vendían para poder comer pan y tocino. El hambre era la fiel compañera en muchos hogares, y los gatos una pieza de caza, que no en pocas ocasiones terminaba ocupando el lugar del pollo o el conejo en el puchero, y que todos comían con gusto, en muchas ocasiones sin llegar a saberlo.

  Pedro y Juan eran dos hermanos mellizos de poco más de ocho años. Su padre aquella noche cazó un gato tan descuidado como confiado en aquella casa donde pocos días tenían el placer de comer carne, y ni las ratas se acercaban por no tener nada que medrar. Eduvigis y Conrado, aquella noche se acostaron muy contentos, disfrutando del placer del lecho con alegría. Al día siguiente, el arroz no sería viudo de carne. Al pobre animal tras el estacazo lo despellejaron y lo tuvieron colgado al relente toda la noche hasta después del amanecer, para que así, al día siguiente no estuviera tan duro.

Su madre lo puso en un puchero muy grande, con verduras y nabos, arrimándolo a las ascuas y ceniza de paja, para que se fuese cociendo a fuego muy lento:

—Ayer trajo vuestro padre un conejo del monte, está muy granado y muy duro, así que debe estar mucho tiempo cociéndose. Cuidar que no se salga el caldo, para poder echar después el arroz, y también que no se quedé sin caldo, en el momento de que esté a mitad lo quitáis de la lumbre y ya después echaré yo el arroz.

—Madre, no se preocupe usted. Nosotros cuidaremos bien del puchero —contestaron casi a dúo.

—Me fío de vosotros. Hoy comeremos arroz con conejo, cuidad bien el puchero.
Los padres y los hijos mayores se marcharon a trabajar al campo con la alegría, que aquel día comerían como antes de la guerra, arroz con conejo, los muchachos y gato escaldado lo padres.

Los dos hermanos sospechaban que gato, porque su madre, las escasas veces que conseguía su padre un conejo, echaba al puchero hasta la cabeza, cuando era gato no. Para ellos era gato, porque así se lo habían repetido internamente, tuviera cabeza o no, fuesen las costillas planas o redondas:

—Menudo conejo más hermoso tenía que ser —dijo uno de los chiquillos.

—Huele que alimenta —dijo el otro.

—Ya está mediado el puchero, vamos a sacarlo para cuando venga madre le eche el arroz…

Y lo sacaron, apartándolo a un lado de la chimenea. A mitad de mañana, que era, el hambre y el aroma del puchero, comenzaba a provocar en sus fosas nasales el más delicioso aroma a conejo de campo, con aromas de romero, tomillo y espliego. Quisieron no caer en la tentación y se salieron a la calle a jugar, hasta la calle llegaba el aroma. Después, decidieron poner cepos para cazar gorriones, todo con tal de olvidarse de aroma del conejo y del reclamo de sus tripas.  Imposible, cada vez que se acercaban a la lumbre a arrimar ascuas, y destapar el puchero, el aroma del gato cocinado, cada vez resultaba más concentrado y apetitoso. Pedro miraba a Juan, y Juan a Pedro, los dos al puchero.

— ¿Y sí...? —Se atrevió a hablar Juan, el menor en estatura, puesto que eran mellizos, no gemelos.

—Pues yo creo que… —insinuó Pedro. Sin que ninguno de los dos necesitase decir lo que pensaba, tal vez porque dormían en el mismo colchón.
—Una tajadilla de los riñones, no creo que se note mucho —apuntó Juan.
Ni cortos ni perezosos se abalanzaron sobre el puchero, primero con prudencia, después con ansia. Cuando se quisieron dar cuenta no quedaba ni rastro del gato. Sólo entonces, se percataron de la situación. Sus padres y hermanos cuando llegasen del campo cansados no tendrían nada que comer aparte de caldo y las verduras con arroz.

— ¿Y ahora qué?  —Preguntó Juan, limpiándose la barbilla, con gusto y a la vez preocupación.

—Pues no sé.  Como no cacemos el gato de don Pascual, el cura, que anda siempre detrás de nuestra gata…

Para que decir más. Ambos hermanos pusieron manos a la obra, sin que les resultase difícil atrapar el gato del cura. Bien hermoso era, mucho más grande que el que antes estaba en el puchero, puesto que este estaba tan bien alimentado como su amo el cura. Muy contentos, tras arrearle un fuerte estacazo, dándolo por muerto, sin despellejar ni nada, porque no sabían, lo metieron en el puchero. El gato al notar el escaldado recuperó el conocimiento animal y de un   salto salió del puchero. Juan que tenía todavía el garrote en la mano, le dio tal garrotazo en la cabeza, que dejó el gato panza arriba. De nuevo fue al puchero. No parecía que el pobre animal estuviese del todo muerto y de vez en cuando, cada vez con menos fuerzas intentaba salir del fuego.

—Que sale, que sale, que se le ven los ojos… —gritaba Pedro.

—Qué salga, que salga si es valiente…, anda sal gallina…—animaba Juan al pobre gato a salir, pero ya resignado, ni salió el gato, ni tampoco la gallina.

El gato terminó por resignarse a ser escaldado y comido. Ya bien escaldado y cocido, el gato no arañaba y se dejó despellejar y trocear, siguiendo y logrando un muy sustancioso caldo. No era cuestión de hacerle ascos, sino de comer arroz con conejo, y eso comieron, aunque bastante más tarde, pues cuando llegaron sus padres y hermanos, el conejo todavía estaba más duro que un mazacote puesto al sol; pero, como siempre se ha dicho en estas tierras manchegas del sur de Castilla, «hambre que espera hartura, no es hambre ninguna».

 Y como tuvieron la precaución de apartar el caldo del primer gato, tuvieron arroz con conejo para dos días seguidos.

El hambre es muy mala, auténtica carrera al infierno, Aquel día fue día de satisfacción en la casa, puesto que todos sus hermanos y sus padres comieron arroz con conejo, menos ellos, que ya habían quedado satisfechos.



viernes, 27 de marzo de 2020

El hombre que vivió en el mar- Capítulo 2º En que da cuenta Lázaro de a su amistad con Juanelo y su hombre de palo. Novela completa en PDF por capítulos

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El hombre que vivió en el mar
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El hombre que vivió en el mar 


Novela completa por capítulos en PDF, descarga libre.  Adaptación del libro MÁS PROHIBIDO DE LA HISTORIA DE ESPAÑA (310 AÑOS). En estos días de clausura, además de publicar relatos, voy a regalar una de mis novelas adaptadas completa, por capítulos, en formato PDF, ya que durante estos días no mandaré ningún libro físico a ningún lado, en solidaridad con libreros y repartidores.
✍️Capítulo  2º

En que da cuenta Lázaro de a su amistad 

con Juanelo y su hombre de palo.


PDF PARA DESCARGAR 👉 AQUÍ👈


Para el primer capítulo

✍️Capítulo 1º


En que da cuenta Lázaro de sus ingenios para vivir 

cual marqués en Toledo, siendo pregonero.

PDF PARA DESCARGAR👉 AQUÍ


✍️Capítulo 3º


Donde cuenta Lázaro su relación con la dama en clausura, repudiada por su esposo después de haber parido siete hijas, alegando no haber consumado matrimonio…

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miércoles, 25 de marzo de 2020

El hombre que vivió en el mar- Novela completa en PDF por capítulos- Capítulo I 💪💪#YoMeQuedoEnCasa, #VolvereAPisarLasCalles

El hombre que vivió en el mar
💪💪#YoMeQuedoEnCasa, #VolvereAPisarLasCalles


El hombre que vivió en el mar 
Novela completa por capítulos en PDF, descarga libre.  Adaptación del libro MÁS PROHIBIDO DE LA HISTORIA DE ESPAÑA (310 AÑOS). En estos días de clausura, además de publicar relatos, voy a regalar una de mis novelas adaptadas completa, por capítulos, en formato PDF, ya que durante estos días no mandaré ningún libro físico a ningún lado, en solidaridad con libreros y repartidores.

Capítulo Iº

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