viernes, 3 de febrero de 2023

El ladrón invisible (Un relato de ¿humor?)


Sigo ausente de las redes, pero hoy he querido haceros un regalo y aprovechar para decir que estoy bien. No me pasa nada malo. Al mismo tiempo agradecer que sigáis con mis libros en el candelero a pesar de mi ausencia. Espero que os guste el relato y me perdonéis. Estáis en mi corazón a pesar de la ausencia en las redes.



El ladrón invisible

 

—No puede ser, no puede ser —se lamenta Matilde ante la estantería del arroz del supermercado —¿has visto? A uno treinta el kilo…

 

—Ya lo veo, ¿qué quieres decir? —pregunta Manolo, su marido, que lleva el carro vacío.

 

—¿Pero no te das cuenta? Está a uno treinta, el de la marca blanca, que el de marca…

 

—¿El pasillo de la cerveza? —pregunta Manolo a una empleada del supermercado.

 

—¿Vienes un día conmigo al supermercado y ni me escuchas? Te estoy hablando, te digo que el arroz está a uno treinta el kilo…

 

—Hace falta, pues lo compras y ya está —se encojé él de hombros, haciendo el gesto de ir al pasillo de la bebida.

 

Matilde agarra a su marido del brazo de la parka.

 

—Necesitas un abrigo, pero este año no podrá ser —casi musita —¿me quieres escuchar?

 

—¡Qué pesada! ¿Qué quieres?

 

—Que te están robando la cartera y no te das cuenta… ¡Imbécil! —Termina gritándole, porque Manolo instintivamente se echa mano al bolsillo donde lleva la cartera.

 

—¿Quién, ¿quién, ¿quién…? —No cesa de decir, mirando para todos lados sin ver a nadie cerca.

 

—El dueño de Mercaroba, ¡imbécil! —le vuelve a insultar sin poder evitar una sonrisa amarga.

 

—Te estás pasando —protesta él.

 

—¿Por llamarte imbécil o por decir que Juan Hurtamas,  roba?

 

—Por las dos cosas.

 

—Es un señor que da trabajo a miles de personas.

 

—Y qué te está robando la cartera sin que te des cuenta…

 

—¿A mí? A mí no me roba nadie. ¡Menudo soy yo!

 

—Un imbécil, lo que yo te diga. ¿Tú sabes a cuánto estaba el arroz en el mes de abril del año pasado?

 

—No sé, eso son cosas de mujeres. Yo he venido porque últimamente siempre te olvidas de la cerveza. Supongo que más barato, todo sube, pero el gobierno, según escuché, bajó el IVA de los alimentos el mes pasado… —Manuel calla, porque Matilde se está desternillando de risa.

 

—¿Qué equipo va el primero en la liga? ¿Y el ultimo?  —le pregunta, parece que sin venir a cuento.

 

—El Barcelona el primero y el Elche el segundo…

 

—¿Quién metió los goles en el partido del Barcelona?

 

—¿Qué tiene que ver esto con lo que estamos hablando? Tienes unas tonterías…

 

—Tú dímelo.

 

    —Por el Barcelona Rapinha en el minuto 64 y Lewandowski en el minuto 81, el Betis no marcó ninguno, fue Koundé  en propia meta en el minuto  85 y te digo el Betis…

 

—Lo que te digo, sabes cosas que no te traen beneficio y no sabes lo que costaba el kilo de arroz en el mes de abril del año pasado, ni en el mes de diciembre, ni ahora…

 

—Ahora sí, uno treinta —cortó Manolo ofendido.

 

—Te lo digo, en Mercarroba, estaba a cero sesenta y nueve, en Consumroba a cero sesenta y siete, en Liderroba a cero setenta, en Alirroba a cero sesenta y siete, En Camporroba, lo mismo, en Carroroba a cero setenta y dos. En diciembre, todos, todos, como si se hubiesen puesto de acuerdo, tenían el kilo a un euro justo…

 

—Pero el gobierno bajo el IVA, como debía haberlo bajado hacía tiempo, ya lo decía Frijoles…

 

—¡Imbécil! —Se echó a reír Matilde.

 

—Una torpeza del gobierno, cayó en la trampa de Frijoles y bajo el IVA, y lo único que consiguió fue que los ladrones robaran más —dijo cuando termino de reír.

 

—Sí bajo el IVA, debería estar a menos de un euro, ¿verdad? —Razonó Manuel dándose importancia.

 

—Sí. Exacto. El día dos de enero, cuando abrieron los supermercados, el arroz estaba a noventa y siete céntimos, el día siete de enero, en todos, pero en todos los supermercados, el mismo arroz que no llegaba a los setenta céntimos en abril, a un euro en diciembre, lo subían a uno treinta, casi el doble. El azúcar, lo mismo, la harina, el pescado, la fruta y la verdura, me entra sudores cuando me paso por las estanterías…, por suerte en las fruterías de barrio está más barato, aunque a veces…

 

—¿La cerveza también?

 

—No lo sé. Ya sabes que últimamente siempre me olvido de comprar…Mejor dicho, no me llega y es porque te están robando la cartera y no te das ni cuenta…

 

—Como se arrime a mí alguien a tocarme la cartera, le arreo un soplamocos que da palamas con las orejas…

 

Los altavoces del supermercado interrumpen el canto de las ofertas para anunciar que don Juan Hurtamás hace entrada en el centro para inaugurar la sección de comida preparada.

 

—Ahí lo tienes. Ahí tienes a quien te está robando la cartera.

 

Manolo camina decidido en dirección al dueño de la cadena de supermercados. Matilde, pone cara de preocupación, pero se siente orgullosa de su marido. Seguro que va a cantar las cuarenta a aquel sinvergüenza ladrón. Los guardaespaldas del magnate lo detienen antes de llegar. Manolo junta las manos, como si estuviera rezando, dice algo que Matilde no llega a oír. Ve como los sicarios del magnate le dejan pasar y este estrecha la mano de Manolo efusivamente, mientras que él le dice:

 

—Don Juan, hombres como usted son los que hace falta en España.

 

Cuando Manolo se vuelve orgulloso de haber estrechado la mano a Juan Hurtamás, se encuentra con el carro vacío donde antes estaba Matilde.

—¡Copón! ¡Qué cara! ¿Dónde vamos a ir a parar?



Dejo el carro y se fue al bar, donde pagó la cerveza aún más cara, pero se la tomó saboreando el momento en el que estrechó la mano de un gran hombre como era don Juan Hurtamás.



P.D. Los personajes que aparecen en el relato son ficción propia de la calenturienta imaginación del autor.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia...O no.



©Paco Arenas, 3 de febrero de 2023

© Lágrimas secas

 

domingo, 8 de enero de 2023

Javier llegó como un géiser irlandés



Javier llegó como un géiser irlandés           


 

El jueves 4 de enero de 2001 era un día más del mes de invierno, aunque como suele ocurrir en Valencia, tampoco hacía frío, así que no sé si se podría decir un día primaveral de enero. Llovió el día anterior, pero apenas empapado el asfalto y en las hojas de los árboles en el momento que sopló una miaja el aire y salió el sol, no quedó ni rastro de esas clandestinas gotas de lluvia que se esfumaron sin esperar la llegada de la policía, ni el permiso del Tribunal Constitucional, que siempre llega tarde menos cuando le pagan bajo manga sus amos.

Yo estaba en el bar, como casi siempre, por mis manos habían pasado ese día varías botellas de coñac, alguna de güisqui, incontables vasos de vino y bastantes más de cerveza. También, no lo voy a negar, cientos de botellines de todo tipo, también de agua, barras de pan, embutidos, sepia, calamares y jamón, ¿cómo no, si era tabernero?

Mari Nieves, mi mujer, fue a una visita rutinaria al hospital La Fe, y aquel día no la acompañé, claro, yo estaba en el bar. Y allí llamó.

—Paco, que dicen los médicos que me quedo, que hoy nace, sí o sí.

Me restregué los ojos a puñetazos como si precisara despertad de un profundo sueño. Puse las manos como pidiéndome paciencia, tomé un trago de cerveza, y casi de coñac debería haberlo tomado. Subí a mi casa, que estaba justo encima del bar y tras pasar menos de tres minutos por la ducha, en otros cinco estaba en la puerta del hospital, si me llega a ver la policía me echa el alto. Menos mal que no me crucé con ninguno.

Javier todavía tardó un par de horas en llegar. En la sala preparto, separadas por cortinas de plástico estaban más de media docena de parturientas, algunas acompañadas por sus maridos y otras por sus madres. Una gritaba:

—¡Te la corto! Te juro que como me vuelvas a dejar preñada, te la corto.

Las enfermeras iban pasando, pidiendo calma y a la gritona le pusieron algo para tranquilizarla y le dijeron que lo mejor sería ponerle la epidural para que no lo pasará tan mal, que todavía no estaba madura.

Otra pedía permiso para levantarse e ir a echar un pitillo.

—Solo un ratico, que llevo desde el último polvo de anoche sin fumar.

—Pues miré usted, ya ha dilatado bastante, así que nos vamos, y en lugar de a echar un pol.., perdón un pitillo, al paritorio —dijo la matrona, una mujer de un metro ochenta con gafas y con aspecto de estar enojada por algo.

—Es que yo quería echar un pitillo, aunque fuese una calada solo…

Y se la llevaron camino del paritorio sin dejarle echar humo y a consecuencias de un polvo, no el de la noche anterior, sino el de cuarenta semanas antes, y es que todo momento de placer puede tener consecuencias dolorosas después, y hasta la prohibición de echar una calada a un pitillo en el hospital. Todo quedó tranquilo, en silencio, como si con la marcha de aquella muchacha el mundo se hubiese entero se hubiese despeñado por un acantilado tras la tormenta, y todos, parturientas, enfermeras y medrosos maridos temiéramos ser amonestados por la matrona. Entonces se escuchó a otra muchacha:

—Me estoy cagando.

—¿Cagando? Ahora llevo la cuña —dijo una enfermera presurosa —. ¡Criatura, si tienes la cabeza fuera!

Y no dio tiempo de que la llevasen al paritorio, casi sin decir esta boca es mía, escuchamos los lloros de una niña, porque eso dijeron, que nosotros la vimos.

A la una en punto, le tocó a Mari Nieves. Tras la enésima revista, la matrona de gafas y con cara de pocos amigos preguntó.

—¿Va a venir el marido?

—¡Hombre, pues claro! Con mi hija le tuve que ayudar a la matrona porque pilló en cambio de turno...

—Le he preguntado a ella —me cortó en un tono algo desagradable, como deseando que Mari Nieves dijera que no.

—Sí, claro —contestó ella.

—¡Toma ya! —Pensé yo, pero no dije nada, simplemente me encogí de hombros con una sonrisa, posiblemente estúpida.

—Es que hoy hay están los residentes y va a haber mucha gente en el paritorio y…, bueno, vale, pero tendrá que estar en la cabecera de su mujer sin moverse…

Y así fue como me vi desplazado, frente a las piernas abiertas de mi mujer, con Javier llegando, diez o doce estudiantes de medicina viendo el nacimiento de mi hijo mientras la matrona les explicaba el proceso. Sin querer, yo iba abandonando mi puesto y me incorporaba al grupo para ver nacer a mi hijo. De inmediato la enfermera:

—Caballero, usted a la cabecera, con su mujer.

Al minuto de nuevo la misma historia, y así hasta tres o cuatro veces.

—Empuje, señora, que ya está.

Se lo llevaron, sin ponérselo encima, como se suele hacer e hicieron con mi hija, y lo colocaron en una mesa redonda sin dejarme opción de ver a Javier. Como pude, casi a codazos, me coloqué en primera fila. La matrona me miró severa:

—¡Caballero! —casi gritó —. Le he dicho que usted con su mujer..., no puede estar aquí…

Y de repente, como un cañonazo de agua, un manantial torrencial, si eso se puede decir, salió cual géiser irlandés, directo a los labios de la matrona, mojándole hasta las gafas.

Las risas irreprimibles de los jóvenes estudiantes y hasta la de la matrona se escucharon hasta fuera del paritorio. Cuando cesaron, tras limpiarse, dijo:

—No hay temor a que esté mal de los riñones.

Y así llegó al mundo Javier un cuatro de enero de hace veintidós años, y a mí me parece que fue ayer.

En la calle brillaba el sol, era vísperas de la cabalgata de reyes y a mí me corrían manadas de caballos persiguiendo mariposas más allá del estómago.

Paco Arenas

sábado, 31 de diciembre de 2022

𝓢𝓸𝓵𝓸 𝓵𝓸𝓼 𝓹𝓪𝔂𝓪𝓼𝓸𝓼 𝔂 𝓵𝓸𝓼 𝓵𝓸𝓬𝓸𝓼 𝓱𝓪𝓫𝓵𝓪𝓷

Pocos cuadros como este del pintor francés Marcel Nino Pajot representan mejor lo que es España


𝓢𝓸𝓵𝓸 𝓵𝓸𝓼 𝓹𝓪𝔂𝓪𝓼𝓸𝓼 𝔂 𝓵𝓸𝓼 𝓵𝓸𝓬𝓸𝓼 𝓱𝓪𝓫𝓵𝓪𝓷



Saturno devora a sus hijos,

sin remordimientos,

con cerveza y mejor vino.

Ejerce su libertad

sin escuchar a la madre que los parió

a la sombra de un almendro en flor,

 como buen padre, los ama,

 es un buen patriota.

 

 

El diablo da vueltas a la noria

echando espuma de cerveza por la boca,

lleva el látigo en la mano

y como aquellos viejos tiranos

atiza al españolito desnudo

que se alimenta en pesebre vacío,

tragando hiel y sal a falta de grano

sin resolver su enigma suicida,

pero callado y agradeciendo tener amo.

 

 

España tierra pisoteada

por pezuñas de caballos

 sin herrar,

que algunos llaman «mercados».

Mecenas de misa y rosario diario,

que en nombre de la Patria

despojan y escarnecen sus entrañas

sin dejar que crezcan espigas y amapolas

donde antes hubo miradas libertarias.

 

 

España, donde la verdad impuesta por Saturno,

 jamás vomitará a sus hijos que tragó

sin llegar a digerirlos.

Don Quijote, ese loco payaso,

 se enfrenta a los gigantes

con jumento escuálido,

incapaz de deshacer el entuerto

de una España adormecida

que sufre y calla, cuando no aplaude

a quien le roba el alma.

 

 

Sancho, ese loco pensante,

trabajador y borracho, «quijotea»

sin huir ante la avalancha que se le viene encima,

y con una desnuda piedra, lucha.

Siempre supo que los tiranos ganarían la batalla.

Resiste, lucha y no calla,

no es cuestión de valentía

sino de llenar la cesta vacía.

 

 

El diablo, vestido de patriota,

tapa sus vergüenzas con hermosas palabras:

España, Libertad, Justicia, Constitución…

Sin embargo,

tiene el mismo látigo de los tiranos de antaño.

Don Quijote lo sabe y lucha,

 Sancho lo sufre y escupe a la tierra que maltrata a sus hijos,

mientras todos callan.

España ¡Qué pena!

Siempre la misma historia,

Siempre la boca callada, como siempre.

 

 

Solo los payasos hablan

y sin perder la sonrisa

gritan las verdades del barquero

en el desierto de los locos.

Los locos cabalgan sobre escuálidos jumentos

enfrentándose a gigantes,

saben que tienen la batalla perdida,

el alma y la bandera hecha jirones,

y necesitan darla, sin rendirse.

La libertad no puede ahogarse

en una caña de amarga cerveza.

 

 

Sancho y don Quijote,  

como tantos otros

payasos ilusos,

nunca callan

y ante la perdida batalla,

no se resignan a darse por vencidos.

Si han de morir de todos modos,

prefieren reír a llorar,

ser semilla de amapola,

que estiércol en el penal.

 

 

Solo los payasos hablan

tras la sonrisa pintada

 que esconde la tragedia hispana.

Los ilusos y soñadores,

con la piel hecha jirones por bandera,

no pierden la esperanza.

Los locos y los borrachos dicen la verdad...

¿Y los poetas?

Solo si están locos o borrachos,

de lo contrario,

callan como si fuera viernes de cuaresma.


© Paco Arenas-Escritor

jueves, 29 de diciembre de 2022

¿𝕯𝖊 𝖖𝖚é 𝖕𝖆í𝖘 𝖘𝖔𝖞?


 

La Corte (Marcel Nino Pajot)


Soy de un país extraño en el que se hablan hermosas lenguas y se insulta en todas las de Babilonia, lanzándolas como puñales contra todo acento discordante.

En mi país los volcanes están en calma absoluta, sin embargo, las lenguas de las personas son de ardiente lava, siempre dispuestas a abrasar en la hoguera a todo aquel que piense diferente.

En mi país rara vez hay huracanes, aunque, chocante es el día en la cual no se escuchan vientos de odio rompiendo los cristales o donde, gentes sin honor, hablan de lanzar balas al viento contra los corazones libres que piensan diferente.

Mi país tiene los más hermosos paisajes en donde recrear la mirada con embeleso, a pesar de lo cual, siempre miramos la ciénaga buscando entre el cieno los odios cocinados a fuego lento.

Es mi país, la tierra de Cervantes y otros grandes escritores, grandes genios narraron sus historias en todas sus lenguas, millones son quienes presumen de las obras maestras que nunca leyeron. En esta tierra de poetas y literatos sus más insignes plumas sufrieron prisión, exilio o muerte.

Mi país es rico, muy rico, tanto que siempre sus reyes y gobernantes, a lo largo de su historia se dedicaron a robar un día sí y otro también, y sin embargo sus habitantes se muestran generosos como si no les importase. En mi patria los ladrones son venerados y los poetas fusilados.

En mi país se habla de una constitución sacrosanta e inviolable que fue cocinada como un plato de lentejas requemadas y con gorgojo «o la tomas o te quedas sin comer».   En mi patria, quienes presumen de ser los más entusiastas defensores de esa Constitución, son sus mayores violadores, y al igual que El Quijote, tampoco la han leído, pero presumen de sus ignoradas bondades.

Soy de un país que se habla de la libertad como de una necesidad vital; y, no obstante, siempre está amenazada, en la mayoría de las ocasiones, por quienes más alto gritan su sagrado nombre, cada vez que el pueblo alcanza migajas de libertad. Para algunos, por paradójico que parezca, la libertad se reduce a emborracharse en la terraza de un bar.

Soy de un país que, también, se habla de libertad, en los cuarteles, en los despachos de los bancos, grandes empresas y en los púlpitos de las iglesias; pero, para acabar con ella.

Soy de un país, donde quienes más hablan de la patria, son aquellos que siempre están dispuestos a traicionarla y a la menor oportunidad evaden el capital a otras patrias que guardan en la cartera.

Soy de un país extraño, donde una bandera o quien nunca trabajó, son mucho más importantes que las personas que sudan el pan que se comen.

Soy de ese país donde algunos se escandalizan de que otros no feliciten la Navidad, los mismos que dicen que su rey mago preferido es el negro, pero sólo si está tiznado, y si José o María llegarán a nuestras costas, hundirían la barca antes de que arribarán a la orilla y si lograban llegar y se cobijaran en una cuadra, les llamarían «okupas», y sin duda, llamarían a los antidisturbios.

Mi país es tan extraño que habla de dignidad y rinde pleitesía a quien usurpa su soberanía.

¿De qué país soy?

©Paco Arenas

domingo, 18 de diciembre de 2022

𝕯𝖔𝖓 𝕭𝖊𝖓𝖎𝖙𝖔 "𝕰𝖑 𝕲𝖆𝖗𝖇𝖆𝖓𝖈𝖊𝖗𝖔" 𝖞 𝕻𝖆𝖈𝖔 "𝕬𝖗𝖊𝖓𝖆𝖘"



 𝕯𝖔𝖓 𝕭𝖊𝖓𝖎𝖙𝖔 "𝕰𝖑 𝕲𝖆𝖗𝖇𝖆𝖓𝖈𝖊𝖗𝖔" 𝖞 𝕻𝖆𝖈𝖔 "𝕬𝖗𝖊𝖓𝖆𝖘"



 16 de diciembre de 1959/16 de diciembre de 2022


—Con la nieve blanca cayendo…

—¡Copón! No va a ser la nieve negra, a ver si son tus canas, o tal

 vez ceniza o ...

—Vale, don Benito. Empiezo de nuevo. Mientras caía la blanca nieve en la calle…

—Si quieres, va a caer en la lumbre, a ver si era caspa. Desde luego, Paco…

—Sigo. Al calor de la lumbre, Vicenta paría a su octavo hijo, que no se llamaría Francisco, sino Paco…

—Claro, claro, Paco Contraria. Llevas 62 años llevando la contraria. Me dejas absorto viendo tus limitaciones narrativas.

—No le hagáis caso a este cascarrón, los piroclastos y las cenizas del volcán de Cumbre Vieja, como es canario. Sigo: nacía Paco, el guarín de Vicenta la «Ciriaca» y Fermín «Arenas», el último de la fila de ocho hijos…

—Te repites como la Morcilla…

—¿Copón! Morcilla también…, ese era el apodo de mi abuela María. Según dicen hacía las mejores morcillas de Pinarejo…

—Claro, claro, que las has probado la morcilla dulce y el chorizo de Teror. Estos manchegos siempre presumiendo de queso y de unos personajes imaginarios que nunca existieron…

—¡Oiga, don Benito! Yo no he mencionado al queso ni a don Quijote y Sancho…

  ¡Vale! Escribe, ¡copón! Pero siempre presumes del mejor ser manchego, de queso y de don Quijote...

—¡Copón!, digo yo, que para eso soy de Cuenca. 62 años llevo intentándolo…, y soy más de Sancho... ¿Me deja escribir?

—No, si ahora voy a tener yo la culpa de que no seas capaz de escribir…

—No me caliente las teclas que dejo de ser galdosiano…

—Más pierdes tú. Porque después de don Miguel de Cervantes, ninguno mejor que yo…

—¡Baja Modesto!

—No. Soy Benito, para ti, destripaterrones, soy don Benito Pérez Galdós, con tilde en la o, que siempre te olvidas.

—Vale, vale, don Benito, que yo soy el primero que lo dice: Miguel, Benito son mis mejores maestros…

—Y no te olvides de otros muchos de tus maestros, Dulce Chacón, Miguel Hernández, Federico García Lorca, don Antonio Machado, el gran Gabo y la gran Almudena Grandes… ¿Pero tú no ibas a escribir que hoy cumples 62 años? ¿Qué haces hablando con un fantasma?

—Usted perdone, don Benito, usted perdone…

—Venga, venga, hoy me puede llamar Benito, solo hoy. Por cierto, cambiando de tema, recuerdos de Marianela y Pablo, y a ver si comienzas a leer Gloria, que la tienes abandonada desde los 17 años, y todavía la tienes cogiendo polvo en la estantería...

—La culpa la tuvo Tormento. Mañana empiezo...

—Sí, claro, como el régimen de los lunes. Adelgaza un poco, que estás muy gordo. Te gusta mucho el condumio y claro, estás sentado en lugar de detrás de un arado…

—No voy a escribir detrás de un arado…

—Como presumes de campesino que nunca aprendió a labrar… ¡Copón! Escribe. Al final voy a tener que dictar lo que tienes que escribir…

—¿Acaso no dictó sus últimas obras?

—Sí, pero porque me quedé ciego con cataratas; pero tú no eres ciego, como lo fui yo, ni manco como no fue Cervantes, porque don Miguel no era manco. Tú un poco tontaco sí que eres. Eso no te lo voy a negar.

—Hasta luego, don Benito.

—¿Me echas? Sepas que me voy yo. Hasta luego, Francisco, perdón, Paco. Y no te olvides de Gloria, te gustará…

—Lo que usted diga...

¡Feliz cumpleaños! Y despierta ya, que duermes más que una manta morellana en verano metida en el armario...

Al escuchar maullar a mi gato desperté. Solo estaba soñando.

 

©Paco Arenas

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