Tendría
unos seis o siete años, eran tiempos de rosario diario y obligatorio para los
críos de Pinarejo. Arrodillarnos ante el
cura y besarle la mano también. ¿Y cómo
no? Recibir capones de aquel cura corpulento, que lo bautizaremos como don Cristóbal,
evidentemente, no era ese su nombre. Al desdichado crío que pillaba por medio
no le hacía ver al Señor ni a la Virgen María, pero sí todas las estrellas del
firmamento...
Al repique de las campanas de la iglesia, sin
perder un instante corríamos todos calles arriba, sin esperar la segunda señal.
No era por devoción cristina, al menos en mi caso. La razón de tanta prisa por
llegar, era porque si llegábamos tarde al rosario no nos libraba del capón con
los nudillos y repique de sardineta la Virgen María, ni Santa Águeda bendita,
patrona de Pinarejo.
En
ocasiones el repique de campanas nos pillaba más alejados de la cuenta, y llegábamos
con el tiempo más que justo. Así
aconteció aquella tarde en la tuvimos la ocurrencia de ir a comer moras cerca
de la poza de Diana, un maravilloso lugar de gratos recuerdos de juventud. Nos
entretuvimos más de la cuenta. Era todavía verano, y cuando escuchamos la
primera señal estábamos en plena degustación de moras. Cuando sonó la segunda señal
íbamos a la carrera en dirección a Pinarejo, seguros de que llegaríamos tarde. A la entrada del pueblo me entró una
apremiante gana de orinar, sin tiempo que perder, corrí junto a mis compañeros,
pues de sobra sabía que, si llegaba más tarde, del capón no me libraba ni Dios.
A pesar
de todo, llegamos antes de que tocase la tercera señal. Nos sentamos conforme
llegábamos presurosos y en silencio. Por
supuesto, pasando antes por la pila bautismal, mojándonos los dedos y
persignándonos sobre la marcha, más atentos al cura de los capones que a la
acción en sí misma. Esa fue mi
salvación, no recuerdo el nombre, lo cierto es que uno de mis compañeros, en lugar
de santiguarse con todos los pasos preceptivos omitió alguno con las prisas,
percatándose de ello el cura.
—Tú, ven
aquí ahora mismo. ¿Nadie te ha enseñado a persignarte como Dios manda?
Mi amigo,
arrodillándose ante el sacerdote, le besó la mano y en recompensa recibió un
contundente capón en toda la coronilla, con efecto sardineta.
Mientras tanto yo con más miedo que
vergüenza me deslicé hacía el lado izquierdo de la bancada de los hombres —en
aquel tiempo, los hombres y chiquillos nos sentábamos en lado izquierdo y las
mujeres en lado derecho, de acuerdo con la entrada, y al contrario, de acuerdo
con la posición del altar. Con toda la
iglesia pendiente de la acción del cura, yo que no podía aguantar ni un segundo
más la presión de mi vejiga. Con disimulo descargué la misma junto al
confesionario. Si bien estaba seguro que nadie se había percatado de mi acción,
durante todo el rosario notaba como me temblaban las piernas, y en todo momento
creí sentir la mirada inquisitiva del cura de los capones y de alguno de los
beatos y beatas que iban al rosario, afortunadamente estaba equivocado y nadie
se dio cuenta.
Si bien
aquel día tuve miedo de ser descubierto, conforme pasaban los minutos y las
horas, ese temor iba en aumento, yo diría que, multiplicándose, hasta el punto
de que, al día siguiente, como pude me las apañé para no acudir a la llamada de
las campanas. En los días sucesivos me escabullía de un modo u otro, pero yo no
iba al rosario, ni tampoco a misa los domingos, convencido de que el cura habría
descubierto mi acción:
«Dios está en todas partes y siempre sabe lo
malo de nuestras acciones.»
Sentía
verdadero terror, convencido que ardería en los infiernos sin remisión, pero
era tanta la aprensión, que nos inspiraba aquel cura, que le teníamos más temor
a él que a la caldera de Satanás.
Tal vez
él se diese cuenta de mi ausencia, o alguien le dio el chivatazo. Lo cierto es
que cuando llevaba más de una semana evitando ir al rosario, cierto día, poco
antes de cenar, ya sentados en la mesa ante una fuente de mojete manchego,
alguien llamó a la puerta con fuerza, del mismo modo que lo hacía la Guardia
Civil, a la cual, en mi casa, le teníamos más miedo que al cura, menuda se la
gastaban los de la benemérita con los rojos, porque nosotros éramos rojos, y
además lo teníamos asumido.
—Los guardias —dijo mi padre.
Yo me
escondí tras las sayas de mi madre asustado. Mientras que mi padre, tras el
primer momento de indecisión, preguntaba quién era.
—Don Cristóbal
—se escuchó la voz bronca y autoritaria del cura de los capones.
Mi padre
abrió extrañado. No era normal la presencia de un sacerdote en mi casa,
conocido el agnosticismo de mis padres; aunque, a mí me obligasen a ir al
rosario todos los días y a misa todas las fiestas y domingos de guardar. Sin
poderlo evitar, salí corriendo en dirección al cuarto de mis padres, metiéndome
con más miedo que vergüenza debajo la cama. Mi madre no hizo nada por
impedirlo, fingiendo no enterarse de la acción.
Parece ser que mis padres fueron a besarle la mano al cura, como nos
obligaban a todos, pero él la retiro y dijo eso de:
—No seáis
fariseos, vosotros sois caso perdido para el Señor, vengo por el chiquillo.
—¿Por el
chiquillo? ¿Por Paco? – Preguntó mi padre, a sabiendas que mi timidez era tal,
que casi me impedía hacer ningún tipo de gamberradas, aunque, a la chita
callando también las hacía.
Tras los
preceptivos:
«¿Quiere usted cenar?», «Vicenta saca unos
chorizos y un poco de tocino magro (jamón)»,
Con el
cura ya sentado, cortando pan, bebiendo vino y comiendo jamón, y mi madre
calentando unos chorizos en la sartén, el cura fue directo al grano:
—Mirad,
que seáis rojos, que vayáis directos al infierno, me trae sin cuidado, vosotros
al fin y al cabo estáis ya condenados por vuestras acciones.
Mis
padres, que siempre fueron muy honrados y trabajadores, aunque fuesen rojos,
tengo claro que, si el cielo existe, no creo que estén en el infierno, eran muy
buenas personas. Tengo claro que mucho más que algunas de las que iban todos
los días al rosario y misa dominical, sin que por ello diga que todas fuesen malas
personas, pero algunas sí lo eran. Mis pobres
padres lo miraban mientras él soltaba el sermón y, tras dar cuenta del jamón,
la emprendía con los chorizos que acababa de poner mi madre sobre la mesa,
haciendo las preceptivas pausas para darle unos tientos al porrón de vino.
—Pero el
chiquillo aún está a tiempo de salvarse, no voy a dar parte ni al alcalde ni a
los guardias, pero quiero que me digáis por qué lleva días y días, sin ir al
rosario y tampoco el domingo a misa, cuando sé que no está malo.
Mis
padres que era la primera noticia que tenían de mis ausencias, se miraron
sorprendidos, ya que, como todos los padres que habían luchado defendiendo la
legalidad republicana hacían hincapié en que sus hijos no faltasen a los
preceptos religiosos, ya que ello, en el medio rural, solía traer consecuencias
nada deseables para las personas honradas.
—Nosotros
es la primera noticia que tenemos —dijo extrañado mi padre —, le tenemos dicho
que bajo ningún concepto falte ni a misa ni al rosario… ¡Pacooo!
Muerto de
miedo, salí de debajo de la cama y con la cabeza gacha fui en dirección a mi
padre, esperando un buen coscorrón que no llego gracias a la oportuna mano en
mi cabeza del sacerdote, que con voz que fingía una falsa amabilidad y una
benevolencia inexistente me pregunto cariñoso:
—A ver,
Paco, ¿verdad que te han dicho tus padres que no vayas a misa? ¿A qué hablan mal
de la Iglesia y del Caudillo?
Negué con
la cabeza, ya que las palabras se obstruían en mi garganta como si tuviese algo
atragantado.
—Mira que
si no dices la verdad puedes ir directo al infierno sin pasar por el purgatorio.
Dios todo lo ve y yo soy su representante…Te pregunto por segunda vez. ¿Te han dicho tus padres que no vayas a misa?
De nuevo
negué con la cabeza gacha. Entonces colocó
su mano suave en mi mentón y me levantó la barbilla, obligándome a mirarlo a
los ojos.
—Te lo
advierto, irás al infierno y arderás. Tú y tus padres. Dios es todo
misericordioso. Pero, Dios todo lo puede perdonar si dices la verdad. Te lo
juro. No te pasará nada ni a ti ni a tus padres y salvarás tu alma. Te lo juro.
Me soltó la
barbilla y cogió el crucifijo besándolo. Ante tal disyuntiva, y creyendo a pies
juntillas sus palabras, totalmente sobrecogido, me atreví a preguntarle.
— ¿Y no
me pegará un capón?
—Te lo
juro por Dios y por Santa Águeda bendita — contestó besándose ahora el pulgar
—, pero debes decir la verdad, y si han sido tus padres quienes te han dicho
que no vayas misa también. Dios te está mirando en estos momentos pendiente de
tus palabras...
Alzó su
dedo índice señalando al techo y yo lo creí.
—Me meé
en el confesionario.
Tanto mis
padres como el cura se miraron sin poder dar crédito a lo que escuchaban, y
creo que los tres aguantaron la risa ante mi inocencia.
—¿Y eso
por qué? —Volvió a preguntar.
—Paco, ¿por
qué te orinaste en el confesionario? —Preguntó mi padre, mientras mi madre, agnóstica
que era, se santiguaba dos o tres veces seguidas.
La
verdad, no sé muy bien cómo me salieron las palabras:
—No me dio tiempo antes de la tercera señal,
no quería mearme los pantalones abajo y que se riesen de mí. T porque tenía
miedo a que usted me diese un capón…
—Un capón
te voy a dar yo a ti. El culo te lo voy a dejar más colorado que un tomate
—levantó la voz mi padre, en el fondo aliviado con mi respuesta, mientras mi
madre se quitaba la zapatilla.
—No
Fermín —dijo el sacerdote, deteniendo la acción de pegarme mi padre en buen
azote —Dios ya lo ha perdonado. Nosotros debemos hacer lo mismo. Eso sí, Dios
no olvida y no debes tener miedo a mis capones, que no te voy a dar nunca, te
lo he jurado y te lo vuelvo a jurar. Y
te lo juro es por haber dicho la verdad.
A quien debes temer es a la ira del Señor, que te llevará directo al
infierno como vuelvas a faltar un solo día a misa o al rosario… a no ser que
estés malo.
El cura
acabo con el «tocino magro», los chorizos y el vino del porrón. Nos dejó el mojete para cenar. Y a mí, convencido
de que tarde o temprano ardería en los infiernos.
Lo cierto
es que cumplió su palabra y nunca me dio un solo capón, posiblemente sea de los
pocos críos de mi generación que no los recibió. Eso sí, el primero para besarle la mano o
salir corriendo para no llegar tarde al rosario, siempre era yo.
Naturalmente
el relato no debe tomarse al pie de la letra, algo de recuerdos, bastante
contado y escuchado de boca de mi madre y un poco de imaginación, pero más o
menos así paso y así lo cuento yo.
©Paco
Arenas