martes, 15 de octubre de 2013

Pinarejo en la wikipedia

Nota a tener en cuenta:  Aunque en está página se reproduce la entrada de la Wikipedia, no es la wikipedia, en la cual estoy editando, siendo parte de lo editado insertado por mi persona, me he tomado la licencia de modificar algunas cosas que de momento se deben respetar en la enciclopedia Wikipedia, pero que para nada me obligan en este blog, donde iré editandolo en muchos casos de manera separada y distinta a como edite mi aportación a la Wikipedia.
Si a alguno le molesta le pido de antemano disculpas.


Pinarejo es una localidad y municipio situada en la provincia de CuencaCastilla-La Mancha (España).
Pinarejo
Municipio de España

Escudo 
Pinarejo
Pinarejo
Ubicación de Pinarejo en España.
Pinarejo
Pinarejo
Ubicación de Pinarejo en la provincia de Cuenca.
País España
• Com. autónoma  Flag of Castile-La Mancha.svg Castilla-La Mancha
• ProvinciaFlag Cuenca Province.svg Cuenca
• ComarcaLa Mancha conquense
• Partido judicialSan Clemente
• MunicipioCuenca
• MancomunidadEl Záncara
Ubicación39°36′56″N 2°25′24″OCoordenadas: 39°36′56″N 2°25′24″O (mapa)
• Altitud882 msnm
(mín.:798, máx.:959)
• Distancias71,4 km a Cuenca
106 km a Albacete
164 km a Madrid
207 km a Valencia
546 km a Barcelona
Superficie61,82 km²
Población287 hab. (2012)
• Densidad4,64 hab./km²
Gentiliciopinarejero, pinarejera
Código postal16622
Pref. telefónico969
Alcaldesa (2007)María del Carmen Navarro Requena (PSOE)
PatronaSanta Águeda
Sitio web[1]
Pinarejo es una localidad y municipio situada en la provincia de CuencaCastilla-La Mancha (España).

Geografía[editar · editar código]

Ubicación[editar · editar código]




Montesina, encina centenaria
Pinarejo se encuentra situado en la mancomunidad agraria denominada del Záncara, que forma parte de La Mancha Conquense, perteneciendo al Partido Judicial de San Clemente. Situado al sur de la provincia de Cuenca y enclavada en la parte alta de La Mancha, es una villa de carácter netamente manchego. Se encuentra en una zona de transición entre la serranía y La Mancha. Limita al norte con el Castillo de Garcimuñoz, al oeste con Villar de la Encina, al sur con Santa María del Campo Rus y al este con Honrubia. La mayor parte del municipio se encuentra a una altitud superior a los 800 m. Las cotas más altas las marcan el Quinquillero, con 933 m, dentro del término municipal, y el Mojón de la Muchacha, con 959 m, en el límite con el Castillo de Garcimuñoz. El paisaje es llano y árido abundando los montes bajos de maraña y chaparro. Destacan los parajes llamados: La Montesina, el Cubo Pedraza, la Cuesta la Barga, la Paloma, el Quinquillero, Valderrobles, la Centinela, el Cubo Requena, la Nava (que es una aldea dependiente de Pinarejo que cuenta con iglesia propia), la Hoz , el Charcón y el Mojón de la Muchacha.
Se accede por la carretera CM-3110, que parte de la A-3 (salida del Castillo de Garcimuñoz).
Su clima es mediterráneo frío, con grandes oscilaciones térmicas. La temperatura media es de unos 13 °C; las máximas llegan a rozar los 40 °C en verano y las mínimas bajan de cero grados en los meses de invierno. Son notables sus callejuelas empedradas con una arquitectura típica manchega.

Demografía[editar · editar código]

En 1960 Pinarejo tenia 1400 habitantes censados que por falta de trabajo tenían que marchar a la recolección de la aceituna en Andalucía, principalmente a Córdoba y Jaen, saliendo en octubre para volver al pueblo al término de ésta en Marzo. Muchos de los habitantes de Pinarejo hoy nacieron en esas tierras. A partir de esa fecha el destino de los pinarejeros cambia, marchando principalmente a la isla de Ibiza, principalmente a Sant Antony de Portmay, también hay una amplia colonia de descendientes de gentes de Pinarejo en Valencia y su área metropolitana, aunque también en Madrid son bastantes numerosos.
Cuenta con una población de unos 375 habitantes (INE 2011). A partir de la década de 1960 y hasta finales del siglo XX el municipio sufre un despoblamiento progresivo como consecuencia de la emigración, que se instala mayoritariamente en la ciudad de Valencia y en sus alrededores y en la localidad de Sant Antoni de Portmany en Ibiza. En la actualidad, la población está constituida sobre todo por jubilados.

Historia[editar · editar código]

Las primeras noticias son oscuras ya que era en su nacimiento aldea del Castillo de Garcimuñoz, pueblo que a su vez estaba regido por Alarcón. Cuando Alfonso X el sabio concedió el fuero de Cuenca ( Segovia 1256 ) se formó un fuerte concejo con un amplio territorio que había de ser repoblado, abarcaba más de cien kilómetros. El marquesado de Villena fué un amplio territorio, Don Juan Manuel heredó el señorío de Villena. Los reyes de Aragón le concedieron el título de principe de Villena (1332 ), más tarde el de Conde ( 1336 ). Don Juan Manuel erigió en villa al Castillo de Garcimuñoz el 3 de octubre de 1322, quedando bajo su jurisdicción: "El Pinarejo" junto con otros lugares. No es hasta el siglo XIV cuando Pedro I envía una carta a los herederos de Villena ortorgando el nombramiento de Villa a Pinarejo, junto con las pedanias de Nava y Moraleja en su jurisdicción ( Nava: lugar donde fue herido Jorge Manrique, 8 habitantes, su ermita llamada San Martín y Moraleja 6 habitantes) . Por estas fechas ya habia sido construida su iglesia. Contaba entonces Pinarejo con una población de 1880 habitantes. Las primeras asentaciones datan del siglo XV cuando moradores del Castillo de Alarcón poblaron zonas contiguas.
Pinarejo y "El Quijote" Según el profesor D. Miguel Romero Sáiz, Pinarejo aparece ya como aldea importante en "El Quijote", a pesar de ser aldea del Castillo de Garcimuñoz: en su artículo "El Quijote otros caminos de libertad",viene a decirnos los siguiente: " Cuando sale de la Mancha coloquemos por lo que nos atañe, Mota del Cuervo como inicio en este capítulo de viaje hasta Barcelona. Después podría ser por el Provencio y Santiago de la Torre o desde Mota por los Hinojosos, tal vez desde Belmonte a Pinarejo, cualquiera de ellos nos serviría, no hay duda. Si elegimos una ruta más señorial, podemos pasar por San Clemente, con su plaza renacentista y barroca, luego el Cañavate, hacia Honrubia, después vuelta a Pinarejo, Villar de la Encina y siguiendo el río Júcar llegar hasta Valverde". Hay constancia de que Pinarejo era un lugar de paso de diligencias, llegando a convertirse en municipio reinando Carlos III, el 23 de Julio de 1765, segregandose con respecto al Castillo de Garcimuñoz, hay que decir que el proceso se comenzó con Fernando VI.

Monumentos[editar · editar código]

Iglesia[editar · editar código]

Torre de la iglesia de Pinarejo
La iglesia se construyó a finales del siglo XVII y principios del XVIII. Ha sufrido muchas reformas a lo largo de los años, es de estilo renacentista con planta de cruz latina, consta de una sola nave y un crucero, una cúpula y dos capillas laterales. Los arcos y las esquinas son de piedra labrada; es alta y esbelta. El retablo mayor fue destruido durante la guerra civil y reconstruido de nuevo en el año195O. La patrona y titular es Santa Águeda cuya imagen es una bonita talla del siglo XVIII. La torre es cuadrada de tres cuerpos de sillería y cuatro huecos para campanas. En principio todos los enterramientos se hacían dentro de la iglesia, más tarde en el atrio y posteriormente en un cementerio próximo. El cementerio actual ya no se halla ubicado junto a ella. La iglesia sufrió grandes destrozos durante la guerra civil española que afectaron a su parte exterior y al interior, perdiéndose el tejado de madera y también varias imágenes.



El molino de viento[editar · editar código]

Molino nuevo
Tiene unos 100 años de antigüedad, los vecinos lo usaban para moler. Con el tiempo poco a poco dejo de utilizarse y en su abandono se fue deteriorando y quedando en ruinas, aunque todavía hay personas que lo vieron moler. En la actualidad ha sido totalmente reconstruido siendo utilizado como centro cultural, ubicado en un espléndido parque, en el cual se encuentra también una ermita de nueva planta.




Otros lugares de interés[editar · editar código]

Mirador de la Divina Pastora
Junto al mencionado parque del Molino de viento, en Pinarejo hay un segundo parque, junto a las antiguas escuelas. Cabe destacar también el Mirador de la Divina Pastora, en el centro del pueblo desde el cual se divisa la llanura manchega, el molino y el cementerio, por encima de los tejados. Decir que en la casa que había en la Divina Pastora nací yo, y es donde, en la novela de Los manuscritos de Teresa Panza, es la casa de Sancho Panza, y es donde Miguel de Cervantes se aloja y enseña a Teresa Panza a leer y escribir, también donde engendra a su hijo, el único varón de Cervantes.  Cabe destacar  la casa de los Melgarejo y el antiguo camposanto, a espaldas de la iglesia, ha sido rehabilitado en un jardín.

Administración[editar · editar código]

Lista de alcaldes desde las elecciones democráticas de 1979
MandatoNombre del alcaldePartido político
1979–1983Antonio Olmedilla PinedoUCD
1983–1987Manuel Carretero RequenaPCE
1987–1991Manuel Carretero RequenaPCE
1991–1995Francisco Torrijos Aragón(PP)PP
1995–1999María del Carmen Navarro RequenaPSOE
1999–2003María del Carmen Navarro RequenaPSOE
2003–2007María del Carmen Navarro Requena1PSOE
2007–2011María del Carmen Navarro Requena2PSOE
2011–María del Carmen Navarro Requena3PSOE

Fiestas[editar · editar código]

Santa Águeda
Las fiestas patronales se celebraban tradicionalmente del 4 al 7 de febrero, en honor de la patrona Santa Águeda. Comienzan con una gran hoguera de leña de encina “iluminaria” y fuegos artificiales en la noche de del día 4 de febrero, siendo el día 5 la fiesta principal, día de Santa Águeda, celebrando procesión con la imagen de la misma, pasando el día siguiente a celebrase el día en honor a Santaguedilla, imagen menor de Santa Águeda que llevan en andas las mujeres, mientras que a Santa Águeda la llevan las mujeres, todos los días hay espectáculos taurinos, antiguamente vaquillas que eran toreadas por los vecinos en las plazas improvisadas hechas con carros y galeras y después remolques, en la actualidad en la plaza de toros municipal, donde también torean novilleros, el último día se celebra una comida de hermandad, que durante un tiempo se llevaba a cabo en la plaza, donde se repartía la carne de las reses, cocinándola de manera colectiva las gentes de Pinarejo, cada familia en su sartén, rivalizando en su preparación, pues todas pasaban a ser catadas por todo aquel que lo desease. Con el objetivo de facilitar la participación de los jornaleros que en invierno se desplazaban para coger la aceituna a Andalucía, se duplicaron las fiestas patronales, que en la actualidad se celebran también del 10 al 13 de septiembre, siendo el día 11 de septiembre el dedicado a Santa Águeda. Son igualmente de interés las procesiones de Semana Santa, en especial la de las Cruces (el Vía Crucis), que se celebra en la mañana del Viernes Santo por las calles del pueblo, en la cual se recitan las estaciones en castellano antiguo. Otras fiestas importantes, puede ser el Jueves lardero, y antiguamente el día de San Pedro, 29 de junio, que era el día de la fiesta de los segadores, único día de asueto de esa dura labor.

miércoles, 9 de octubre de 2013

¿Pinarejo fue portada del ABC el 7 de agosto de 1936?


 Tal vez sea mucho suponer, un amigo me facilito estas fotos porque él pensaba que eran de Pinarejo, la verdad sea dicha, al principio pensé que no y todavía hoy tengo mis dudas, pero eso tengo mis dudas, tanto a favor como en contra.





1º)  por un lado la foto del molino con los segadores puede dar consistencia a que realmente la foto sea realmente de Pinarejo, analicemos, el molino tiene unos parches, refuerzos en su parte superior, señal de que se encontraba en mal estado, esa zona coincide bastante con la zona que  se derrumbó, quedando el viejo molino de Pinarejo como quienes tenemos unos años lo conocemos, con lo cual podemos dar por hecho que si no es, sospechosamente guarda muchas analogías con nuestro viejo molino.

2º) Como podemos observar no se trata de milicianos,  aunque hay al menos dos armados, sino de segadores que están con horcas de ablentar,  la fotografía está tomada a principios del mes de agosto de 1936, concretamente del 7 de agosto, cuando en Pinarejo se realizaban las tareas de trilla y ablentado de la mies, labor que se llevaba a cabo en las eras, el molino está en las eras, la foto no es improvisada, ni por supuesto espontanea, no es la toma de ningún castillo o fortaleza, fácilmente pudo pasar por allí un fotógrafo y tomarla, aunque me consta que simbólicamente se tomó un molino por esas fechas dentro del partido judicial de San Clemente, pero no fue en Pinarejo, aunque ahora no recuerdo el nombre. Puede ser de Pinarejo, pero también   de cualquier otro pueblo manchego.

3º) En este punto no aporto nada nuevo, las milicianas se encuentran en Navacerrada, no hagáis caso de la iglesia que hay al fondo, que sí es la de Pinarejo, pero la he añadido yo, en el periódico que leen las milicianas es portada la foto de los segadores y el molino ¿pinarejeros?, Eso cada cual que se quede con la versión que quiera, o si alguien lo sabe a ciencia cierta que lo diga. El molino en Pinarejo siempre fue un símbolo, pero creo que nadie estamos en condiciones de decir si la foto es del molino de Pinarejo o no.
Sobre que alguien pueda argumentar que el ABC es un periódico monárquico y de derechas, como lo es en la actualidad y ha sido siempre, y sin embargo durante los tres años que siguieron al golpe de Estado del general Franco, la edición de Madrid fue republicana y de izquierdas, editándose otra edición continuista en Sevilla, es decir, monárquico y de derechas.

P.D. El primer comentario y una conversación con José Vicente Navarro Rubio, me ha dejado claro que de ningún modo esa fotografía pertenece al molino de Pinarejo, por tanto los segadores, tampoco son Pinarejeros, hubiese sido bonito que Pinarejo hubiese sido portada de un periódico, aunque ese periodico hubiese sido el ABC.


sábado, 5 de octubre de 2013

Añoranzas


Mi mirada infantil,  quedó atrapada en en aquellas tierras de La Mancha, prisionera de sus campos, de sus calles y sus gentes. Nada permanece tan fiel, tan constante como esos pocos años que transcurrieron desde mi nacimiento hasta mi marcha. Como si mi vida fuese una planta arrancada contra su voluntad, y hubiese sido replantada en otros lejanos lares, sin terminar jamás de enraizar.  Porque la madre, las raíces principales quedaron allá, en un pequeño pueblo de Castilla, del norte de La Mancha.  Cualquier sonido, imagen, risa o acento me trasladan hasta aquellas tierras que se pierden entre ribazos y llanuras, hojarascas, vides olivares, trigos y girasoles.  Tierras con olor a vino, romero y espliego, a manzanilla y a mies trillada y ablentada.  Gentes de risa espontanea, acento duro de las tierras de Castilla, con la sonrisa en los ojos, la amargura  y alegre fiesta en la labios, capaces de burlarse de su sobra al mismo tiempo que de enojarse si el vecino lo hace. Gentes de manos ajadas de campesinos que cierran los puños sobre el arado, la azada, también por rabia ante la injusticia. Mujeres y hombres  con aroma a tierra húmeda y vida.  

No hay día de mi vida que no piense en regresar;  pero al mismo tiempo tengo miedo de sentir todas esas sensaciones que me atraparon en la niñez. Tengo mido de volver y quedarme atrapado, seguro de  que mis raíces, que todavía están hundidas en la tierra seca,  se enreden con mis ramas y me impidan volar. 

  Alguien me dijo, que los amigos, los lugares y los amores,  de antaño, en muchos casos era mejor recordarlos, tal y conforme fueron entonces, tal como viven en tu recuerdo. Que ahora serían auténticos extraños en la mayoría de los casos, que nosotros mismos somos unos extraños de aquellos que se marcharon. Por mucho que vivamos y nos miremos al espejo todas las mañanas nos veamos igual y pensemos que no hemos cambiado, el espejo nos miente, nos oculta el paso del arado por nuestra piel, haciéndonos ignorar que se va hundiendo en el surco, segundo a segundo, minuto a minuto, hora a hora... añadiendo una nueva herida en nuestra epidermis, sin percatarnos de ella, imperceptible para nosotros y quienes están a nuestro lado; pero con bordes resaltados en todos los aspectos de la vida,  para quienes nos ven al cabo del tiempo, nuestros huesos y nuestros sueños.

A pesar de ello, gozo pensando en el reencuentro, en pisar las calles, que ya no son aquellas polvorientas calles de antaño. Sueño con escuchar aquellas risas, que no son las mismas, escuchar aquel acento manchego, aquellas palabras, “odo”, “duz”,”mia que chorra”, “ea”, que ya no las dice nadie, que han sido sustituidas por otras similares a otros lugares de ¿Castilla?, de España, impuestas por la dictadura del televisor, o tal vez por la dispersión de las ramas de las gentes de La Mancha, expandidas por otras tierras con otros acentos y otras costumbres…y que al regresar han impuesto el acento y las palabras impostoras de otras tierras y asfaltos, porque nadie quiere ya que le digan pueblerino, y se pone el disfraz para disimularlo, sin darse cuenta, sin darnos cuenta, que solo los engañamos a nosotros mismos.

Y gozo pensando en el reencuentro con sus gentes, por muy extrañas que puedan resultar. La experiencia me dice, que todavía el poder de nuestras raíces tiene más fuerza que nuestras endebles ramas, por mucho que estas hayan crecido, por bien que estemos y vivamos muy a gusto  en Ibiza, Valencia o Madrid.  A pesar de que habremos pasado por muchos lugares en los que hemos estado a gusto, comido muchas comidas, paellas valencianas, ensaimadas  o cocidos madrileños, escudellas catalanas... Siempre nos quedaremos con esas patatas con liebre, esas gachas de harina de almortas, esas migas ruleras, esa caldereta de cordero, el potaje de Semana Santa, el empedrao, aquel cocido de nuestras madres y abuelas que se podía cortar con un cuchillo, los aguardentaos, las tortas de manteca, los mantecados o las impresionantes magdalenas de Pinarejo, que todavía muchas pinarejeras hacen con maestría, con tanta maestría como las que hace en la tahona de Pinarejo,  Félix Lafuente y su mujer.

Por todas esas cosas y muchas más, mi mirada quedó atrapada en mi niñez, en un pequeño pueblo castellano del norte de La Mancha, en Pinarejo.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El día que me oriné en el confesionario y la noche que el cura de los capones estuvo en mi casa después del rosario.





Tendría unos seis o siete años, eran tiempos de rosario diario y obligatorio para los críos de Pinarejo.  Arrodillarnos ante el cura y besarle la mano también.  ¿Y cómo no? Recibir capones de aquel cura corpulento, que lo bautizaremos como don Cristóbal, evidentemente, no era ese su nombre. Al desdichado crío que pillaba por medio no le hacía ver al Señor ni a la Virgen María, pero sí todas las estrellas del firmamento...

 Al repique de las campanas de la iglesia, sin perder un instante corríamos todos calles arriba, sin esperar la segunda señal. No era por devoción cristina, al menos en mi caso. La razón de tanta prisa por llegar, era porque si llegábamos tarde al rosario no nos libraba del capón con los nudillos y repique de sardineta la Virgen María, ni Santa Águeda bendita, patrona de Pinarejo.

En ocasiones el repique de campanas nos pillaba más alejados de la cuenta, y llegábamos con el tiempo más que justo.   Así aconteció aquella tarde en la tuvimos la ocurrencia de ir a comer moras cerca de la poza de Diana, un maravilloso lugar de gratos recuerdos de juventud. Nos entretuvimos más de la cuenta. Era todavía verano, y cuando escuchamos la primera señal estábamos en plena degustación de moras. Cuando sonó la segunda señal íbamos a la carrera en dirección a Pinarejo, seguros de que llegaríamos tarde.  A la entrada del pueblo me entró una apremiante gana de orinar, sin tiempo que perder, corrí junto a mis compañeros, pues de sobra sabía que, si llegaba más tarde, del capón no me libraba ni Dios. 

A pesar de todo, llegamos antes de que tocase la tercera señal. Nos sentamos conforme llegábamos presurosos y en silencio.  Por supuesto, pasando antes por la pila bautismal, mojándonos los dedos y persignándonos sobre la marcha, más atentos al cura de los capones que a la acción en sí misma.  Esa fue mi salvación, no recuerdo el nombre, lo cierto es que uno de mis compañeros, en lugar de santiguarse con todos los pasos preceptivos omitió alguno con las prisas, percatándose de ello el cura.

—Tú, ven aquí ahora mismo. ¿Nadie te ha enseñado a persignarte como Dios manda?

Mi amigo, arrodillándose ante el sacerdote, le besó la mano y en recompensa recibió un contundente capón en toda la coronilla, con efecto sardineta.

   Mientras tanto yo con más miedo que vergüenza me deslicé hacía el lado izquierdo de la bancada de los hombres —en aquel tiempo, los hombres y chiquillos nos sentábamos en lado izquierdo y las mujeres en lado derecho, de acuerdo con la entrada, y al contrario, de acuerdo con la posición del altar.  Con toda la iglesia pendiente de la acción del cura, yo que no podía aguantar ni un segundo más la presión de mi vejiga. Con disimulo descargué la misma junto al confesionario. Si bien estaba seguro que nadie se había percatado de mi acción, durante todo el rosario notaba como me temblaban las piernas, y en todo momento creí sentir la mirada inquisitiva del cura de los capones y de alguno de los beatos y beatas que iban al rosario, afortunadamente estaba equivocado y nadie se dio cuenta.

Si bien aquel día tuve miedo de ser descubierto, conforme pasaban los minutos y las horas, ese temor iba en aumento, yo diría que, multiplicándose, hasta el punto de que, al día siguiente, como pude me las apañé para no acudir a la llamada de las campanas. En los días sucesivos me escabullía de un modo u otro, pero yo no iba al rosario, ni tampoco a misa los domingos, convencido de que el cura habría descubierto mi acción:

 «Dios está en todas partes y siempre sabe lo malo de nuestras acciones.»

Sentía verdadero terror, convencido que ardería en los infiernos sin remisión, pero era tanta la aprensión, que nos inspiraba aquel cura, que le teníamos más temor a él que a la caldera de Satanás.

Tal vez él se diese cuenta de mi ausencia, o alguien le dio el chivatazo. Lo cierto es que cuando llevaba más de una semana evitando ir al rosario, cierto día, poco antes de cenar, ya sentados en la mesa ante una fuente de mojete manchego, alguien llamó a la puerta con fuerza, del mismo modo que lo hacía la Guardia Civil, a la cual, en mi casa, le teníamos más miedo que al cura, menuda se la gastaban los de la benemérita con los rojos, porque nosotros éramos rojos, y además lo teníamos asumido.

 —Los guardias —dijo mi padre.

Yo me escondí tras las sayas de mi madre asustado. Mientras que mi padre, tras el primer momento de indecisión, preguntaba quién era.

—Don Cristóbal —se escuchó la voz bronca y autoritaria del cura de los capones.

Mi padre abrió extrañado. No era normal la presencia de un sacerdote en mi casa, conocido el agnosticismo de mis padres; aunque, a mí me obligasen a ir al rosario todos los días y a misa todas las fiestas y domingos de guardar. Sin poderlo evitar, salí corriendo en dirección al cuarto de mis padres, metiéndome con más miedo que vergüenza debajo la cama. Mi madre no hizo nada por impedirlo, fingiendo no enterarse de la acción.  Parece ser que mis padres fueron a besarle la mano al cura, como nos obligaban a todos, pero él la retiro y dijo eso de:

—No seáis fariseos, vosotros sois caso perdido para el Señor, vengo por el chiquillo. 

—¿Por el chiquillo? ¿Por Paco? – Preguntó mi padre, a sabiendas que mi timidez era tal, que casi me impedía hacer ningún tipo de gamberradas, aunque, a la chita callando también las hacía.

Tras los preceptivos:

 «¿Quiere usted cenar?», «Vicenta saca unos chorizos y un poco de tocino magro (jamón)»,

Con el cura ya sentado, cortando pan, bebiendo vino y comiendo jamón, y mi madre calentando unos chorizos en la sartén, el cura fue directo al grano:

—Mirad, que seáis rojos, que vayáis directos al infierno, me trae sin cuidado, vosotros al fin y al cabo estáis ya condenados por vuestras acciones.

Mis padres, que siempre fueron muy honrados y trabajadores, aunque fuesen rojos, tengo claro que, si el cielo existe, no creo que estén en el infierno, eran muy buenas personas. Tengo claro que mucho más que algunas de las que iban todos los días al rosario y misa dominical, sin que por ello diga que todas fuesen malas personas, pero algunas sí lo eran.  Mis pobres padres lo miraban mientras él soltaba el sermón y, tras dar cuenta del jamón, la emprendía con los chorizos que acababa de poner mi madre sobre la mesa, haciendo las preceptivas pausas para darle unos tientos al porrón de vino.

—Pero el chiquillo aún está a tiempo de salvarse, no voy a dar parte ni al alcalde ni a los guardias, pero quiero que me digáis por qué lleva días y días, sin ir al rosario y tampoco el domingo a misa, cuando sé que no está malo.

Mis padres que era la primera noticia que tenían de mis ausencias, se miraron sorprendidos, ya que, como todos los padres que habían luchado defendiendo la legalidad republicana hacían hincapié en que sus hijos no faltasen a los preceptos religiosos, ya que ello, en el medio rural, solía traer consecuencias nada deseables para las personas honradas.

—Nosotros es la primera noticia que tenemos —dijo extrañado mi padre —, le tenemos dicho que bajo ningún concepto falte ni a misa ni al rosario…  ¡Pacooo!

Muerto de miedo, salí de debajo de la cama y con la cabeza gacha fui en dirección a mi padre, esperando un buen coscorrón que no llego gracias a la oportuna mano en mi cabeza del sacerdote, que con voz que fingía una falsa amabilidad y una benevolencia inexistente me pregunto cariñoso:

—A ver, Paco, ¿verdad que te han dicho tus padres que no vayas a misa? ¿A qué hablan mal de la Iglesia y del Caudillo?

Negué con la cabeza, ya que las palabras se obstruían en mi garganta como si tuviese algo atragantado.

—Mira que si no dices la verdad puedes ir directo al infierno sin pasar por el purgatorio. Dios todo lo ve y yo soy su representante…Te pregunto por segunda vez.  ¿Te han dicho tus padres que no vayas a misa?

De nuevo negué con la cabeza gacha.  Entonces colocó su mano suave en mi mentón y me levantó la barbilla, obligándome a mirarlo a los ojos.  

—Te lo advierto, irás al infierno y arderás. Tú y tus padres. Dios es todo misericordioso. Pero, Dios todo lo puede perdonar si dices la verdad. Te lo juro. No te pasará nada ni a ti ni a tus padres y salvarás tu alma. Te lo juro.

Me soltó la barbilla y cogió el crucifijo besándolo. Ante tal disyuntiva, y creyendo a pies juntillas sus palabras, totalmente sobrecogido, me atreví a preguntarle.

— ¿Y no me pegará un capón?

—Te lo juro por Dios y por Santa Águeda bendita — contestó besándose ahora el pulgar —, pero debes decir la verdad, y si han sido tus padres quienes te han dicho que no vayas misa también. Dios te está mirando en estos momentos pendiente de tus palabras...

Alzó su dedo índice señalando al techo y yo lo creí.

—Me meé en el confesionario.

Tanto mis padres como el cura se miraron sin poder dar crédito a lo que escuchaban, y creo que los tres aguantaron la risa ante mi inocencia.

—¿Y eso por qué? —Volvió a preguntar.

—Paco, ¿por qué te orinaste en el confesionario? —Preguntó mi padre, mientras mi madre, agnóstica que era, se santiguaba dos o tres veces seguidas.

La verdad, no sé muy bien cómo me salieron las palabras:

 —No me dio tiempo antes de la tercera señal, no quería mearme los pantalones abajo y que se riesen de mí. T porque tenía miedo a que usted me diese un capón…

—Un capón te voy a dar yo a ti. El culo te lo voy a dejar más colorado que un tomate —levantó la voz mi padre, en el fondo aliviado con mi respuesta, mientras mi madre se quitaba la zapatilla.

—No Fermín —dijo el sacerdote, deteniendo la acción de pegarme mi padre en buen azote —Dios ya lo ha perdonado. Nosotros debemos hacer lo mismo. Eso sí, Dios no olvida y no debes tener miedo a mis capones, que no te voy a dar nunca, te lo he jurado y te lo vuelvo a jurar.  Y te lo juro es por haber dicho la verdad.  A quien debes temer es a la ira del Señor, que te llevará directo al infierno como vuelvas a faltar un solo día a misa o al rosario… a no ser que estés malo.

El cura acabo con el «tocino magro», los chorizos y el vino del porrón.  Nos dejó el mojete para cenar. Y a mí, convencido de que tarde o temprano ardería en los infiernos.

Lo cierto es que cumplió su palabra y nunca me dio un solo capón, posiblemente sea de los pocos críos de mi generación que no los recibió.  Eso sí, el primero para besarle la mano o salir corriendo para no llegar tarde al rosario, siempre era yo.

 Naturalmente el relato no debe tomarse al pie de la letra, algo de recuerdos, bastante contado y escuchado de boca de mi madre y un poco de imaginación, pero más o menos así paso y así lo cuento yo.

©Paco Arenas

 

 


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