lunes, 4 de diciembre de 2023

Amparo, la mujer que descubrió el secreto que escondían los libros

 


 

En la foto, Amparo Redondo, con su hijo Luis Redondo en diciembre de 2021.

Amparo Redondo, a sus 84 años, ha superado la barrera del analfabetismo que la acompañó hasta los 70. Conocía su nombre y la palabra amor, pero poco más. La escuela nunca fue una opción para ella. Hoy, es una ávida lectora, y tengo el honor de que las palabras de este «pinarejero» capten su atención.

En su juventud, Amparo recorría los campos de Castilla y La Mancha, cosechando flores silvestres, espigas, collejas, recuerdos, penas y recuerdos, algunos dolorosos, que no merecían desvanecerse en el humo de una chimenea y olvidarse en el universo de la desmemoria. Esos recuerdos, junto con las risas y alegrías, debían fluir como un río hacia las páginas de los libros que no pudo leer hasta hace poco.

Amparo soñaba, pero la realidad la enfrentaba a menudo con una hoz en la mano derecha y una zoqueta en la izquierda, o limpiando las cenizas de chimeneas de llamas que a otros calentaban o el polvo de casas ajenas donde, sin importar las horas dedicadas, siempre sería una extraña.

 No había espacio para milagros, ni siquiera para la luz de la alfabetización que disipa las sombras de la ignorancia, un derecho que todo ser humano debería conocer desde la infancia. La oportunidad de aprender a leer y escribir le fue negada, no por sus padres, ni Rosa «Roches» ni Pedro «Madruga», sino unos políticos que veían la cultura en los pobres como una amenaza contra sus abusos.

Antes de dejar de ser una «guacha», ya estaba «sirviendo» a cambio de la «costa», desde el amanecer hasta después de esconderse la luna. En la casa donde trabajaba había libros, pero solo podía quitarles el polvo y, a veces, abrirlos con la esperanza de descifrar sus secretos. Se conformaba con ver «los santos»» o esa bella imagen de don Quijote y Sancho cabalgando por la manchega llanura, esa que tan bien conocía, en las que tantas sandalias había roto, y tanto se hundían sus pies trabajando de sol a sol con los riñones al aire, al frío y al calor. Sí, Amparo, cuando nadie la veía, hojeaba aquellos libros a ver qué le decían, y con ellos en las manos soñaba con que algún día le hablarían como lo hacen ahora.

En Santa María del Campo Rus, como muchos otros pueblos, no había futuro, solo tierra seca y abuso. Amparo emigró, como tantos hijos de Castilla, una tierra olvidada excepto en épocas electorales, algo que antes ni siquiera precisaban acordarse, no necesitaban los votos, porque no había elecciones.

Dejó de regar los campos manchegos con su sudor para regar el asfalto de Valencia. Los años fueron duros, pero al menos en la ciudad, sus hijos tenían la oportunidad de recibir la educación que a ella se le negó. Aunque siempre tuvo curiosidad por los libros, entre el trabajo y la familia, no encontraba tiempo; necesitaba 48 horas al día solo para respirar.

El sábado, al conocer a Amparo, sentí que estaba ante una gran mujer. Una mujer de pequeña estatura, que siendo «guacha» nunca desayunó «actimeles». Más de una noche se acostó con guerras de tripas revueltas llenas de aires y sabores a nada frito, ni crudo. Guerras aún más feroces que las guerras púnicas entre romanos y cartagineses, y casi tanto como la que se libraba desde julio de 1936 en las tierras de España en una guerra interminable.

Amparo, una mujer que nunca dejó de soñar con los secretos que escondían los libros, ahora finalmente puede descubrirlos.

Amparo nunca se rindió ante las adversidades, ni renunció a conocer los secretos ocultos entre líneas. La jubilación, por fin, se lanzó a la batalla con una libreta y un lapicero en la mano, como si fuese una colegiala de 15 años, acudía ilusionada a la conquista de las letras.

Con perseverancia, logró dominar incluso las letras más esquivas, y al terminar su primer libro, exclamó con satisfacción manchega: 

—¡Ea! Ahora a por otro.

Al conocerla el sábado, me cautivó con sus relatos, prometiendo compartir aún más historias. Confieso que me emocioné al escucharla.

—Los libros me han dado la vida dijo Amparo —. Es como explorar el mundo a través de las letras y la imaginación. Ansiaba leer los libros del pinarejero, de los que tanto se habla en mi pueblo, Santa María del Campo Rus.

Y al pinarejero, emocionado, se le humedecieron los ojos. Viéndola y oyéndola, sentí una profunda emoción, imaginando que mis personajes: «Águeda» o mi «Teresa», también podrían haberse llamado Amparo, la de Rosa «Roches» y Pedro «Madruga», pues ella, también hizo lo posible y lo imposible por casar letras con los sueños.

Muchas gracias, Amparo por regalarme tus palabras y por querer leer los libros del pinarejero.


Muchas gracias, Amparo por regalarme tus palabras y por querer leer los libros del pinarejero.
En la foto, Amparo Redondo, con su hijo Luis Redondo.

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