martes, 20 de febrero de 2018

El accidente de sa Talaia de San Josep (Eivissa) 7 de enero de 1972





El día 7 de enero quedará para siempre en mi memoria, ese día tuvo lugar mi segundo nacimiento fruto de mi cabezonería y la trágica muerte de 104 personas, que podían haber sido 108, si yo hubiese sido menos cabezón y tres hinchas ibicencos del F.C.  Barcelona no se hubiesen emborrachado por la victoria de este equipo contra el Real Madrid, y ebrios perdiesen el avión quedándose en tierra,  en el aeropuerto de Valencia donde el avión  Caravelle EC-ATV de Iberia había realizado una escala procedente de Madrid.


Como todos los años, durante las vacaciones de Navidad, regresamos a mi pequeño pueblo castellano del norte de la Mancha, Pinarejo. Allí pasábamos las vacaciones escolares de Navidad, disfrutando de la fiesta, el frío y la nieve, también de la rica gastronomía manchega. Vacaciones que para mi madre no eran tal, puesto que aprovechaba para coger la aceituna y hacer la matanza del cerdo y así llevar brazuelos(paletillas), perniles (jamones), chorizos, morcillas, traca (güeña) y el magnífico aceite de oliva de dos grados de mi pueblo para la isla. Mi madre se quedaba hasta San Antón para terminar todos esos quehaceres.  Yo, normalmente, volvía antes de que comenzase la escuela, que era entre el siete y el nueve de enero, según cayese la semana, es decir, el primer día hábil después de reyes.



Yo tenía once años recién cumplidos. Muy de madrugada me subieron al taxi de Antonio, el taxista de Pinarejo, comenzando un largo trayecto de más de cuatro horas que duraba entonces, ahora en poco más  de hora y media por la autovía se realiza ese trayecto que entonces se hacía por la , por la N-III, debiendo pasar por las cuestas de Contreras y  por el Portillo de Buñol en una muy mala carretera nacional.
 Como quiera que había niebla y había nevado un poco, las casi cinco horas se convirtieron es más de seis y llegamos tarde a coger el barco, que era donde tenía previsto viajar hasta la isla de Ibiza. Mis paisanos pinarejeros esperaron en las atarazanas del puerto para pasar allí dos noches, puesto llevaban mucho “avió” y equipaje y no podían irse en avión.  Yo no llevaba ningún equipaje, por lo tanto, Fermín, mi hermano mayor, que ya vivía en Valencia, me llevo a la calle la Paz, donde se encontraban las oficinas de Iberia para sacarme el pasaje de avión. Cuando yo me enteré de su intención me negué en redondo, me producía pánico la idea de subir en avión, negándome en redondo, haciendo gala de mi tozudez. No obstante, él no es menos que yo, y no paró hasta que llegamos a las oficinas de Iberia de la calle La Paz.   Allí se encontraba una familia: un joven matrimonio con una niña muy guapa de mi edad, 12 o 13 años, algo mayor que yo.
 Entre las azafatas, mi hermano y los padres de la niña intentaron convencerme primero; pero, mi tozudez era mayor que la de una docena de mulas romas. Entonces, viendo mi pataleo,  también lo intentó la niña, haciendo un poco de hermana mayor. Los ojos oscuros de aquella niña morena con un dulce acento andaluz se me quedaron en la memoria para siempre, todavía, algunas noches sueño con ella, posiblemente su rostro ya en nada se parece al suyo real.  Llegaron a decirme que eran casi vecinos míos de San Antoni de Portmany.  Apenas unas horas después sabía que jamás volvería a ver a aquella chiquilla de dulce mirada.

Mi hermano se enfadó muchísimo conmigo, me llamó todos los sinónimos de cabezón, pero al final accedió a que me saliera con la mía.  Llegados a Benicalap, el barrio donde vivía él, fuimos a casa de mi primo Mateo Romero, desde su teléfono quiso llamar  a  mi madre a través de mi tía  Puri para darle cuenta de mi gran  cabezonería.  Puri, en realidad era prima de mi madre, y era quien regentaba la centralita telefónica de Pinarejo; pero, la centralita no funcionaba por culpa de la nieve, que a lo largo del día se había acrecentado. 

  Viendo el enfado de mi hermano, mi primo Mateo me invito a comer un sabroso y delicioso arroz caldoso que estaba preparando Carmen, su mujer, mientras tanto intento razonar conmigo, por supuesto que dándole la razón a mi hermano.

Hablando, hablando miró el reloj de la pared, la radio estaba puesta, entonces no todas las casas disponían de televisor. Era la una y pico de la tarde y en el momento que terminó de decir mi primo:
—Si llegas a irte, a esta hora ya estarías en Ibiza. 

En ese mismo instante se escucha a través del aparato:


«Un avión ha desaparecido a la altura de la isla de la Conejera» 


Los dos palidecimos,  cuando llegó Carmen  con el arroz bien caliente. Fuimos incapaces de articular palabra, lo escuchado en la radio quemaba más que el arroz.

No había pasado ni cinco minutos y ya estaba allí mi hermano, que también lo había escuchado en la radio. Recuerdo que nos abrazamos y poco más y no volvimos a hablar de ese tema hasta muchos años después, si se me ocurría referirlo, él pronto intentaba cambiar de conversación. 
 A mi pueblo también había llegado la noticia, como la centralita de Pinarejo estaba averiada, mi madre hubo de buscar a alguien que la llevase al Castillo de Garcimuñoz para intentar llamar por teléfono, pues ya tenía noticia por medio del taxista que yo no había subido en el barco y que seguramente me había ido en el avión, que eso le había dicho mi hermano. El taxista había emprendido un segundo viaje, por aquellos tiempos casi nadie tenía coche, al final a mi madre  la llevo un paisano al Castillo de Garcimuñoz,  y lo primero que hizo fue llamar a mi hermana Mariana a Ibiza, que andaba también preocupada, porque mi cuñado Antonio,   en teoría,  había subido también a ese avión con destino a Valencia y durante las primeras horas no se sabía si el avión era Valencia/Ibiza o Ibiza/Valencia. Conclusión para todos, que uno de los dos estábamos muertos.  Afortunadamente ninguno, él paso varias horas en el aeropuerto de Ibiza esperando la llegada de un nuevo avión y voló sin saber que se había estrellado en S’ Atalaia de Sant Josep el avión con el que debía volar hasta Valencia.

Antes de las tres de la tarde ya estaba resuelto el entuerto, y dos días más tarde, el domingo 9 de enero, cogía el avión en dirección a Ibiza acompañado por mi cuñado Antonio, con un miedo atroz y casi paranoico.  Cuando al día siguiente mis compañeros de clase acudieron a saludarme como si fuese un héroe, en Sant Antoni, las noticias en invierno corren como la pólvora, negué todo temor y de boquilla fui el más valiente del mundo, pero la realidad fue todo lo contrario.

Cuando dos o tres años después trabajé cerca de donde se estrelló el avión, todavía quedaban restos de ropas colgados de los pinos.  Murieron 104 personas, de las cuales 9 fueron niños, yo hubiese sido el décimo junto con aquella niña morena de ojos oscuros y dulce acento andaluz.
No volví a subir a un avión hasta pasados más de quince años y casi con el mismo temor, todavía hoy, cada vez que subo al avión siento autentico pavor.

©Paco Arenas


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