s√°bado, 4 de abril de 2020

Si quiera una, si quiera una…


ūüí™ūüí™#YoMeQuedoEnCasa, #VolvereAPisarLasCalles


Este cuento se lo debo a mi hermana Felipa, que lo contaba con gran gracia. 
A ella, que heredó esa gracia de mi padre.


Contaba mi hermana que en los tiempos del hambre llegó a un pueblo de la Mancha un joven sacerdote, tan joven como torpe a la hora de cazar. Y digo que era torpe, porque aquel pueblo tenía uno de los mejores cotos de caza de todo el sur de Castilla, y las liebres, perdices y codornices salían hasta debajo de las piedras. El joven cura salía a cazar solo y muy a menudo, casi siempre con idéntico resultado, muchos tiros y ninguna pieza en el zurrón.

Un buen d√≠a, se cruz√≥ en su camino Eustaquio Vieco, un antiguo guardia de asalto, el cual fue un diestro cazador, cuando ten√≠a permiso de caza, y que ahora, tras pasar por la c√°rcel, ten√≠a prohibido tener hasta escopeta. A Eustaquio nada le daba m√°s envidia que ver a los cazadores disparar sus armas, ver correr a los galgos y ver volar a las perdices. A falta de escopeta, el campesino siempre iba acompa√Īado de Manolo, su perro perdiguero, que, de vez en cuando, le consegu√≠a alguna pieza al vuelo, ya fuese perdices, codornices, liebres, en incluso alguna culebra. Cuando esto ocurr√≠a deb√≠a esconderlas muy bien para no tener problemas con la Guardia Civil, que como a todos los partidarios a la legitimidad republicana, sol√≠an ser acosados de manera frecuente.  

—Tiene bemoles, haber sido juzgado por auxilio a la rebeli√≥n por quienes se rebelaron contra la ley, yo solo cumpl√≠ con mi deber, defender la legalidad —sol√≠a comentar, siempre en voz baja a sus amigos.

S√≠ pasaba envidia, y de uno de quienes m√°s, de aquel joven cura, «incapaz de aceptad a un elefante a medio metro». Eran muchos los d√≠as que ve√≠a al sacerdote ir al monte, con la escopeta, la canana y dos zurrones, que siempre regresaban vac√≠os al pueblo.

Cierta tarde, ya a punto de caer la noche, viendo la inutilidad del cura para la caza, se atrevió a acercarse, no sin cierto temor por las consecuencias que podría acarrearle la decisión que había tomado. Cuando el sacerdote lo vio acercarse no dudó en apuntarle con la escopeta al pecho, con el dedo en el gatillo, muerto de miedo y temblando:

—¡Quieto ah√≠!, no des ni un paso m√°s o disparo.

—¡Tranquilo hombre!, no tenga usted miedo de m√≠, ¿acaso no me conoce? —Pregunt√≥ levantando las manos, no sin cierta socarroner√≠a Eustaquio.

—Por eso, porque te conozco, has estado en la c√°rcel por ser un rojo peligroso —replic√≥ sin dejar de apuntarle el sacerdote al antiguo guardia de asalto.

—S√≠, he estado en la c√°rcel, pero nadie le puede decir que ha sido por ladr√≥n o asesino, tampoco por mala persona, y tenga cuidado, que tampoco soy un maqui…

—No es lo que me han dicho, que bien me han informado sobre los elementos peligrosos del pueblo, y t√ļ eres de los peores.

Eustaquio frunció el entrecejo, agachó la cabeza, y se dispuso a dar media vuelta:

—Buenas tardes tenga usted. Siento mucho el haberme equivocado siento. No volver√° a ocurrir, pensaba que estar√≠a dispuesto a cenar esta noche unas buenas perdices escabechadas, pero no pasa nada, en su alhacena seguro que no falta un buen manjar que llevarse a la boca —dijo, encaminando sus pasos hacia el punto por donde hab√≠a llegado.

—¡Espera! —Orden√≥ el sacerdote.

—Usted dir√° —dijo girando la cabeza Eustaquio, esbozando una sonrisa, que bien se cuid√≥ de que no la viese el sacerdote.

—¿Has cazado?

—¿C√≥mo? si no tengo escopeta.

—Entonces, ¿c√≥mo dices lo de las perdices?

—Porque si usted me deja la escopeta cinco minutos, solo cinco minutos o diez a lo sumo, tenemos dos perdices para cenar, como que me llam√≥ Eustaquio Vieco.

—¿No pensar√°s que soy incapaz de cazar?

—¡Por Dios! Nunca pondr√≠a en duda su habilidad para la caza, ni tampoco su devoci√≥n por San Francisco…

—¿C√≥mo sabes que admiro a San Francisco?

—Porque ama a los animales como San Francisco, cada vez que pega un tiro, lo hace para que escapen, para as√≠ no caer en la tentaci√≥n de la carne…, para no tener que matarlos…—se burl√≥ Eustaquio, con disimulo y con doble intenci√≥n, pues conoc√≠a la afici√≥n  del joven cura de ir de vez  de vez en cuando a Madrid, precisamente para caer en las tentaciones de la carne, en los burdeles de la capital.

—As√≠ es. Mi conciencia me impide hacer da√Īo a una mosca, amo la vida y la naturaleza—minti√≥ el sacerdote.

—En ese caso nada, usted ama a los animales, que tambi√©n los amo, no puedo cazar, esta noche nos quedamos los dos sin cenar las mejores perdices escabechadas que podr√≠amos disfrutar..., los dos…

—¿Y eso? —Pregunto intrigado el cura.

—Mar√≠a, mi mujer —comenz√≥ Eustaquio —, es quien mejor prepara las perdices en escabeche de toda Cuenca y provincia, pero si no hay perdices, se quedar√° usted sin probarlas, y yo sin catarlas…

—¿No pretender√°s que te deje la escopeta?

—¿No pretender√° usted que las cace a pedradas?

—No me f√≠o.

—No se f√≠e, hace bien, soy un rojo peligroso sin prop√≥sito de enmienda, no voy a misa y… ¡bueno! Se me hace tarde, buenas tardes tenga usted se√Īor cura.

—¿Me garantizas que no llevar√°s a cabo nada de lo que te puedas arrepentir?

—Si hiciese lo que usted est√° pensando, seguro que no me arrepentir√≠a. Sin embargo, tiene mi palabra de que no lo har√©. Todav√≠a tengo los hijos dentro del cuerpo…

—Si no tienes hijos.

—Por eso los tengo dentro del cuerpo, apenas llevo unas semanas fuera de la c√°rcel, no me ha dado tiempo…

El sacerdote dudó entre dejarle la escopeta o no, mientras Eustaquio lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja, con cierto mohín burlón, permitiéndose hacer el gesto de disparar con una pistola. Finalmente, el sacerdote suspiró, extendiendo la escopeta hacía las manos de Eustaquio:
—Que sea lo que Dios quiera —suspir√≥ el cura ofreci√©ndole la escopeta.

Eustaquio agarr√≥ la escopeta, palp√≥ su culata, acarici√°ndola hasta la misma boca del ca√Ī√≥n. Apunt√≥ al frente, hacia un punto en el cual el sacerdote no ve√≠a nada, dispar√≥ y de inmediato, el perro de Eustaquio Sali√≥ corriendo como alma que lleva el diablo, regresando al instante con una hermosa perdiz.  De nuevo se coloc√≥ la escopeta en el hombro, repitiendo la escena. Apenas hab√≠a entregado la segunda perdiz al cura, fue a realizar un nuevo disparo, que nunca sali√≥ del ca√Ī√≥n.

—¡La patena consagrada! ¡Cop√≥n en Dios! Los guardias, tome, tome ¡me cago en …!

 Solt√≥ una maldici√≥n que escandaliz√≥ al sacerdote, y sin mediar palabra puso la escopeta casi a un tiempo, tambi√©n, en las manos del sacerdote.

Efectivamente, montados a caballo llegaba una pareja de la guardia civil alarmados por los disparos.
—Haga usted como que est√° cazando, disimule —pidi√≥ Eustaquio.

—¿No pretender√°s que apunte a los guardias? —Pregunt√≥ con iron√≠a el sacerdote.

—No, basta con que agarre la escopeta como Dios manda, y si puede ser, parezca que est√° satisfecho con lo que termina de cazar —replic√≥ con mayor sarcasmo todav√≠a Eustaquio, gi√Īando el ojo al cura.

Los guardias se acercaron al trote, colocando la mano izquierda como visera, pues les deslumbraba el sol, y no terminaban de creer que el sacerdote estuviese hablando con Eustaquio, y m√°s ri√©ndose casi a carcajadas ambos. Baj√≥ el cabo primero, haciendo una ligera genuflexi√≥n con intenci√≥n de besarle el sello de la mano al sacerdote; sin embargo, este se retir√≥ un tanto, se√Īalando la escopeta con los ojos.

—¿Est√° usted de caza don Evaristo? —Pregunt√≥ un tanto contrariado el cabo, observando las dos perdices que llevaba colgadas de la canana —. Parece que ha tenido suerte, este a√Īo no hay mucha caza, y hay que conocer muy bien el terreno para conseguir alguna pieza…

—Pues ya ves, cabo. Dos hermosas perdices…—irgui√≥ el cuello el sacerdote orgulloso.

—Pues tenga usted mucho cuidado, hay por aqu√≠ p√°jaros que son muy peligrosos —, advirti√≥ el cabo al sacerdote, mirando a Eustaquio —¿Qu√© co√Īo haces por el monte? —Pregunt√≥ ahora al viejo guarda de asalto.

Eustaquio se quitó la gorra agachando ligeramente con humildad la cabeza, mientras para sus adentros se acordaba de todos los ancestros del cabo. No era para menos, ya recibió en su momento una grandiosa paliza por no descubrirse y no hablar con humildad ante el miembro de la benemérita, y eso que lo conocía de toda la vida, sus padres eran amigos y vecinos:

—Mire usted, este trozo de monte es m√≠o, y he venido a amontonar piedras en los majanos, a ver si pudiera sembrar; aunque sea un poco de centeno o cebada[1] para los animales, que otra cosa no creo que se pueda en este pedregal.

—¿En el monte? ¿Tuyo, el monte? ¿Me tomas por tonto? —Pregunt√≥ de malos modos el cabo.
—Ya ve usted, es m√≠o y el majuelo aquel tambi√©n —se√Īalando con el dedo a una vi√Īa cercana —, bueno de mis padres, que yo no tengo nada. Puede preguntarlo en el pueblo. He aprovechado para poner un espantap√°jaros en la vi√Īa, porque no vea usted la que traen los estorninos con la uva, y ahora estaba haciendo majanos…[2]

—Es verdad — apuntal√≥ el sacerdote —yo lo he visto amontonando piedras, y me he dicho, ¿para qu√© amontona las piedras en el monte? Lo ve√≠a una tonter√≠a sin sentido, pero claro, no soy campesino…

—Ni cazador —pens√≥ Eustaquio.

—A saber. Tenga usted cuidado con este, no es un elemento de fiar, conoce bien las armas, es muy peligroso. Si se viene con nosotros lo escoltamos hasta el pueblo…—se ofreci√≥ el cabo.
—Hacer marcha, que yo en media hora cojo la moto y me voy, adem√°s, es preciso buscar el arrepentimiento de los pecadores —respondi√≥ convincente el cura.

—Como quiera usted padre. Pero tenga mucho cuidado —aconsej√≥ subi√©ndose al caballo y llev√°ndose la mano al tricornio —. Siempre a sus √≥rdenes padre, siempre a sus √≥rdenes para lo que necesite.

—¿Cazamos un par de ellas m√°s? —Pregunt√≥ el sacerdote ofreciendo la escopeta de nuevo al campesino.

—No. No me fio de cabo. No vaya a ser que est√©n a la expectativa. Recojo el hato y me voy. No obstante, si usted quiere seguir probando…—se neg√≥ Eustaquio.

—Eso que has dicho de tu mujer, ¿sigue en pie?

—Por supuesto, si va a seguir cazando, me da las perdices y yo se las doy a Mar√≠a para que las prepar√©, y esta noche cenamos juntos, una para usted y otra para m√≠, el vino y las aceitunas las pongo yo. Otra cosa, no tengo, aparte de un poco jam√≥n y queso para acompa√Īar.

—Tranquilo, tambi√©n puedes sacar unos choricillos, que me han dicho que tu mujer los hace mejor que nadie...

Eustaquio movió la cabeza con resignación, encima que cazaba él las perdices, tenía que poner el vino, el pan y las aceitunas. No quiso decir nada, no le convenía.

—¿Va usted a seguir cazando?

—S√≠, voy a ver si cazo un par de ellas m√°s y me voy.  —dijo entreg√°ndole las dos perdices a Eustaquio. 

Eustaquio se alejó, y tras aparejar con parsimonia la mula, se montó en ella, y comenzó el camino ante la atenta mirada del sacerdote. Cuando se hubo alejado unos doscientos metros escuchó el primer disparo, antes de que escuchase el segundo, vio galopar a los dos guardias, que al vislumbrar al sacerdote disparando y a Eustaquio subido en la mula en dirección al pueblo, se dieron la media vuelta, también en dirección al pueblo. Eustaquio movió la cabeza de arriba abajo.

—¿No os conocer√© pajarracos?

Los disparos continuaron escuchándose cada vez más espaciados y lejanos. Cuando llegó Eustaquio a su casa entregó las dos perdices a su mujer, que se le abrieron los ojos de par en par. Antes de que pudiese abrir la boca se la cerró Eustaquio.

—Date br√≠o y prep√°ralas en escabeche que nos las vamos a cenar el cura y yo.

—¿Y yo tambi√©n no? —Pregunt√≥ Mar√≠a sin terminar de creer lo que estaba escuchando, √©l que siempre hab√≠a sido tan atento.

—Mujer, las he cazado yo con la escopeta del cura. Estas nos las comemos √©l y yo. Si lo dejamos contento, tendremos escopeta, perdices, codornices, liebres, conejos y hasta alg√ļn gorrino.[3]
—¿T√ļ sabes el tiempo que no me como una perdiz en escabeche? Hay para los tres, le a√Īado condumio[4] y quedamos los tres satisfechos.

—¿C√≥mo quieres sentarte en la mesa con el cura? Con lo que les gustan las sayas a los curas, y lo guapa que est√°s…, te quiero solo para m√≠. √Čl que se apa√Īe con las beatas, que a alguna la confiesa y le pone bien puesta la penitencia.

Por supuesto, no qued√≥ conforme Mar√≠a con los machistas argumentos de su marido; no obstante, cogi√≥ las dos perdices con decisi√≥n y refunfu√Īando se fue a la cocina a desplumarlas y cocinarlas con todo el esmero y amor con el que fue capaz. Mientras Eustaquio se march√≥ a la taberna a cascar[5] y beber un rato con los parroquianos, hasta que, m√°s o menos, o un poco antes de que estuviesen listas las perdices. 

Estando en estas María, llegó la tía Antonia, prima hermana de su madre, la pobre siempre andaba a ver si alguien le ayudaba a llenar su escuálido estómago. No decía dos veces que no, si le invitaban a comer o cenar, y si muchas ocasiones decía que no a la primera invitación, más de una vez se arrepentía, porque no llegaba la segunda y se quedaba con la misma hambre que a la llegada.

La pobre anciana se qued√≥ sin marido y dos hijos, durante la guerra. Y, de los tres que le quedaron vivos, los dos varones permanec√≠an presos. Mientras que su hija, se march√≥ a Madrid intentar sobrevivir como criada en la casa de un militar, al menos eso dec√≠a la joven.  No obstante, alguno dijo haberla visto en otros lugares menos apropiados y que no vienen a cuento. El hambre es el camino del infierno, y en aquellos a√Īos de postguerra, para los perdedores de la contienda, en no pocos casos, tambi√©n de la tumba, no siendo el hambre la √ļnica causante.   
Pero volvamos a la historia que nos concierne:

—Mar√≠a, ¿qu√© es eso que huele que alimenta? —Pregunt√≥ la anciana teniendo segura que al menos cenar√≠a aquella noche, su sobrina siempre le daba algo.

—Perdices en escabeche, para mi hombre y para don Evaristo, que lo ha convidado mi hombre a cenar…—respondi√≥ Mar√≠a con gesto de amarga resignaci√≥n.

—¡Mujer! —Exclam√≥ la anciana —. Lo dices como si t√ļ no las fueses a probar.

—Pues no, t√≠a Antonia, no las he de probar, como no sea para saber c√≥mo est√°n de sal y pimienta. Son solo para Eustaquio y el cura.

—¡V√°lgame Dios! ¿Y t√ļ lo vas a permitir? —Pregunt√≥ con exagerado tono la anciana, no sin cierta malicia.

—¿Qu√© he de hacer sino? ¿Qu√© quiere que mi marido me pegue una paliza que me deje balda?[6] —Se lament√≥ Mar√≠a con gesto de resignaci√≥n.

—¿Est√°n ya listas las perdices? —Pregunt√≥ la anciana.

—Desmenuzarlas y poco m√°s —musit√≥ Mar√≠a.

—Yo te ayudo —se ofreci√≥ con intenci√≥n, en cierto modo, mal√©vola, la t√≠a Antonia.
Comenzaron ambas mujeres a deshuesar las perdices con esmero. Mas, pronto la anciana comenz√≥ a llevarse alg√ļn trozo a la boca, haciendo otro tanto Mar√≠a. Casi sin darse cuenta, terminada la labor, terminadas las perdices estaban las perdices. Si alg√ļn resto de las aves quedaba en el escabeche, fue por descuido.

—¡Madre sant√≠sima del Amor Hermoso! —Exclam√≥ Mar√≠a asustada, al percatarse de las consecuencias que podr√≠a traerle tan delicioso tropiezo con el pecado de la gula —. ¿Qu√© hemos hecho? Mi hombre me va a matar.

—Tranquila, tranquila, que no te ha de pasar nada —dijo la anciana limpi√°ndose los labios con la lengua primero y con una rodilla[7] despu√©s.

—Usted no sabe c√≥mo es mi hombre cuando se enfada. Es capaz de matarnos a las dos…
—¡Uy! ¿No me digas? ¡Qu√© tarde! Me tengo que ir, he quedado con Secundina — dijo la anciana mirando un imaginario reloj en la pared.

—¿C√≥mo qu√© se va? Mi marido me va a matar de una paliza y usted dice que se va, ay√ļdeme c√≥mo sea…—rog√≥ Mar√≠a reflejando un poema triste en sus ojos, incapaz de enfadarse con su querida t√≠a.

La t√≠a Antonia acerc√≥ sus labios al o√≠do de su sobrina, alz√°ndose sobre las puntillas de los pies, algo que hizo sin dificultad debido al poco peso que deb√≠a levantar sobre las mismas. Era tal su delgadez, tanta el hambre que pasaba, que muchas noches su cena, a la luz de las estrellas, se reduc√≠a a dos horas de roer un par de casta√Īas pilongas con un mendrugo de pan, m√°s veces duro que tierno. Aquella noche, no siendo mucha la cena, ya hab√≠a cenado m√°s que en algunas semanas enteras. Lo que le dijo a Mar√≠a, fue tan despacito, que ni el gato la escuch√≥, y que a Mar√≠a le hac√≠a dudar y mover la cabeza de un lado para otro, sin saber si aquello, que le dec√≠a la anciana le traer√≠a m√°s inconvenientes que soluciones.

—T√ļ haces esto que te he dicho, que de momento te librar√°s de que te pegue tu marido, y despu√©s me encargo yo de todo lo dem√°s. Puedes estar tranquila, que, aunque no voy a misa, soy vecina del cura y s√© muchas cosas.

 La anciana se march√≥ con un trotecillo m√°s alegre que con el que hab√≠a llegado. Mar√≠a se qued√≥ con la misma cara de preocupaci√≥n que antes de darle la soluci√≥n al gran problema que se levantaba ante sus ojos. Encendi√≥ un cirio a la Virgen y otro a San Judas, patr√≥n de los imposibles y con rapidez comenz√≥ la mujer a preparar la mesa: coloc√≥ el porr√≥n de vino, un buen plato de aceitunas, queso, media docena de chorizos y un hermoso pan, que ella misma hab√≠a amas√≥, unos d√≠as antes, en el horno comunal del callej√≥n de la calle Tercia. Coloc√≥, as√≠ mismo, la fuente vac√≠a y dejo a su lado el puchero humeante con el caldo de la preparaci√≥n de las perdices.  Terminando la tarea vio entrar a Eustaquio, contento, m√°s de lo habitual, dispuesto a hacer de una vez por todas sus paces con la Iglesia, todo con tal de poder empu√Īar una escopeta y poder cazar; aunque fuese al lado de un «cuervo», como siempre hab√≠a llamado aquel ateo convencido a los sacerdotes. Mir√≥ satisfecho la mesa, sabore√≥ el aroma del puchero, abriendo hasta la tapa y relami√©ndose los labios con satisfacci√≥n.  Vio acercarse a Mar√≠a, con el m√°s largo de los cuchillos, que ten√≠an, y la chaira de afilar, como intentando afilarlo ella, que no sab√≠a.

—Anda afila el cuchillo, sube a la c√°mara y corta un poco de jam√≥n para el cura…—dijo Mar√≠a, atisbando la llegada del cura en el inicio de la calle.

Espero a que Eustaquio subiera, y el sacerdote se acercase, sabía que debía actuar rápido y no estaba segura de que la estratagema le saliese bien, y lo que es peor, que no trajese consecuencias graves para ella, para su marido o para ambos.

En el mismo umbral de la puerta se arrodilló ante el sacerdote besándole el sello de la mano, siendo verano, mostrando involuntariamente el inicio de sus senos ante el joven sacerdote. Al levantar la vista vio los ojos del cura fijos en su pecho con lascivia. Se sonrojó, y su turbación le hizo dudar de sí sería capaz de llevar a cabo el plan de la vieja Antonia.

El sacerdote, al verse pillado, también se turbó, y lamentó que aquella muchacha no fuese una de sus feligresas.

—Padre, salga corriendo usted, que mi marido est√° afilando el cuchillo para cortarle las orejas…—dijo temblando y avergonzada al mismo tiempo, Mar√≠a, pues el sacerdote no la miraba a los ojos precisamente, sino que sus ojos se hab√≠an quedado fijos en los senos de aquella la bella muchacha.

—¿Qu√© dices muchacha? ¡Est√° loco! —Exclam√≥ el joven sacerdote despertando en su interior la fantas√≠a de c√≥mo ser√≠a estar junto a Mar√≠a en la sacrist√≠a.

—Es una man√≠a que cogi√≥ en la guerra, cortar las orejas a los curas, corra, corra usted que ya baja las escaleras con el cuchillo en la mano… —replic√≥ Mar√≠a, haciendo gestos con las manos para meter prisa al cura.

El sacerdote se arremangó la sotana, comenzando a correr calle arriba. De inmediato, María acudió a la escalera que subía a la cámara y dio la voz de alarma a Eustaquio que todavía se escuchaba afilar el cuchillo, que ella se había encargado de mellar.

—¡Marido m√≠o, marido m√≠o! El cura, que ha cogido el puchero con las dos perdices y ha salido corriendo con las dos, sin querer compartirlas contigo.

—¿Ni una me ha dejado?

—Ni una siquiera, marido m√≠o…

Presuroso Eustaquio bajo las escaleras, con cuchillo y chaira en las manos. Salió a la calle, corriendo detrás del sacerdote que ya lejos estaba.

—Siquiera una, padre, siquiera una, por favor se lo pido —gritaba Eustaquio sin dejar de correr tras el sacerdote ni de afilar el cuchillo con la chaira.

—Por Dios, ni una ni media —pensaba el sacerdote, que bati√≥ su r√©cord de velocidad aquella tarde, con la idea de acercarse al d√≠a siguiente al pueblo de al lado, que era donde se encontraba el cuartelillo de los guardias, para denunciar a Eustaquio.

Decir que unos d√≠as despu√©s, Mar√≠a prepar√≥ media docena de perdices, con m√°s mimo que nunca. Sentados estaban en la mesa la vieja Antonia, el sacerdote, Eustaquio y Mar√≠a, cuando llego la hija de Antonia, que d√≠as antes hab√≠a llegado de Madrid, cansada de ir de un lado para otro, pasando tantas penurias como verg√ľenzas, como si realmente no trabajase, o no diese un fin pr√°ctico a sus encantos naturales. El sacerdote no sab√≠a d√≥nde esconderse, la muchacha le sonri√≥ y le dijo con la mirada que tranquilo, que lo pasado en Madrid, en Madrid se quedaba...

Pero, aunque qued√≥ en secreto, con el tiempo, ahora s√≠, la hija de Antonia, trabajar√≠a limpiando una casa, la del sacerdote, el cual demostr√≥ grandes dotes como relojero, e hizo que todas las piezas encajaran entre √©l y la hija de Antonia, que bien se conoc√≠an de Madrid. Con el roce diario lleg√≥ algo m√°s que el roce, y antes que dar que hablar, al quedarse ella embarazada,  se march√≥ del pueblo seguida, a los pocos meses por el sacerdote. Cuando regresaron, muchos a√Īos despu√©s, eran una familia feliz con tres hermosos hijos.

Y aquí termina la historia, en la que todos terminaron felices comiendo perdices, y a ti que quieres saber lo dicho por la vieja Antonia para convencer a unos y a otros, te van a dar con el plato en las narices.




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[1] De los cereales son los m√°s duros, sembr√°ndolos en las peores tierras de labor, reservando las mejores para el trigo.
[2] Montones de piedras que se hacen en las parcelas de labor para poder labrarlas.
[3] Jabalí.
[4] Ingredientes.
[5] Charlar, hablar.
[6] Molida, hecha polvo por una paliza.
[7] Trapo de cocina.



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