jueves, 13 de febrero de 2020

La manta vieja


 

     
 Pedro no había conocido otra cosa que las ovejas, desde que tenía uso de razón había estado de pastor. Era una persona solitaria y retraída que no necesitaba de otras personas, ni sentía curiosidad por lo que sucedía más allá del contorno que abarcaba su rebaño.  Él se encargaba de todo, hasta de cuajar la leche y hacer los quesos que luego vendían en el pueblo, a precios irrisorios para la calidad que tenían. No apreciaba el valor del dinero, y sin embargo lo atesoraba casi contra su voluntad. Las ovejas le parían más que a nadie, le daban leche como si fuesen cabras, de todas sabía su nombre, quién era el padre y quién era la madre.  Podría decirse que, siendo un ser social, su sociedad estaba en el monte con su ganado.  Disfrutaba caminando y hablando solo, aunque él no lo considerase así, puesto que, según él, les hablaba a las ovejas, a sus perros y a su burro, y estos a él, y con ellos tenía acaloradas conversaciones y hasta discusiones que hubieran escapado a toda lógica. Tenía fama de simple, pero en sus pocas conversaciones   demostraba bastante coherencia y más conocimientos de los que parecía. A pesar de todo, huía del contacto con la sociedad y rara vez se quedaba a dormir en el pueblo, por mucho que le insistiese su madre, parientes y amigos, fuera invierno o verano, regresaba al monte con su ganado.


Jamás subió en un tren, coche o cualquier vehículo de motor. Se desplazaba andando o en borrico; aunque en cierta ocasión llegó a hacerlo en bicicleta, cuando hizo la mili. Que compró una y demostró la fuerza de sus piernas. Hasta para cuando le dieron permiso fue al pueblo en bicicleta, en burro hubiera realizado el trayecto más a gusto de no ser tan lento en el andar.  Después de la mili, jamás volvió a usar nada que tuviera ruedas. 

Por el pueblo comenzó a correr, por culpa de la indiscreción del banquero, que tenía mucho dinero.

—Vende baratos los quesos y los corderos, pero vende muchos quesos y muchos corderos, y no gasta ni un real. Él mismo viste y cose su ropa con pieles de las ovejas, cultiva su huerta y no le falta ni carne de caza, ni gallinas ni huevos. Solo se gasta los cuartos en vino; pero con dos arrobas tiene para más de un mes. Todo lo que gana lo lleva al banco. 

Era atractivo, y aunque solitario, no era hosco, solía vestir con una sonrisa bobalicona, que de no conocerle la gente le habría traído más de un disgusto, puesto que parecía que se burlaba de ellos. Ni a él se le había pasado por la cabeza formar una familia, ni a ninguna moza del pueblo se le había pasado formarla con él. La única interesada era su madre:

—Hijo mío, debes echarte novia y casarte, tener a alguien que te quiera, te cuide y te haga feliz…

—Madre, no necesito a nadie. Yo me se cuidar solo, en el monte no me falta de nada, soy feliz escuchando los trinos de los pájaros, de las chicharras, respirando el aroma del tomillo, el romero y el espliego…

—Pero eso no es vida. Tienes que comprarte una casa, casarte…

Tanto insistió su madre que finalmente accedió a comprarse una casa y echarse novia. Se compró la casa, sin embargo, no hizo nada por echarse novia.  Por otra parte, cada vez el mimo con el que trataba al rebaño le recompensaba creciendo y multiplicando su capital, teniendo que coger un zagal para que le ayudase con las tareas pastoriles.

Llegó al lugar una agraciada muchacha, hija del pueblo, que según las malas lenguas había tenido algún que otro tropiezo en la capital. Incluso algunas de esas lenguas decían que la habían visto embarazada, y que tras parir lo había dejado en la inclusa, sin que nadie lo supiera, pero hablar sale de balde.  Siendo una sociedad cerrada, en aquellas épocas de hipocresías machistas, al no estar «entera», no era digna de ningún hombre para matrimonio, y todos quienes a ella se acercaban buscaban amores efímeros, que la desesperaban por buscar solo la fugacidad del placer y no la continuidad en el tiempo como ella anhelaba. De ella, quienes la conocían de verdad, solían decir que era muy buena muchacha, muy hacendosa y capaz.  La madre de Pedro, que conocía a la muchacha, vio en ella la posibilidad de tenerla como nuera, otra no encontraría porque tampoco él ponía empeño. Así que hicieron un «apaño», y terminaron casándose.

Tras el banquete, la novia, que tenía la casa dispuesta para la luna de miel, se llevó la sorpresa.

—Me voy al monte con el ganado —dijo Pedro nada más desnudarse para quitarse el traje nupcial y ponerse el habitual de pastor. De nada sirvió que ella se quitará el vestido, y que le rogase que se quedará. Pedro, no estaba dispuesto a quedarse a consumar el matrimonio, a él de eso nadie le había dicho nada.

—Pues si tú te vas, yo me voy contigo, una mujer debe estar donde esté su marido —dijo resuelta ella, dispuesta a no renunciar a la luna de miel, y harta de los cuchicheos de la gente.

—Pero… ¿cómo te vas a venir al monte, con el frío que hace? —Le contestó él.

—A tu lado no tendré frío, y te juro que tú a mi lado tampoco…
—Te advierto que en el monte hace mucho frío.

Por mucho que insistió Pedro, Pascuala, que ese era su nombre, no renunció a las mieles de la luna más bella de cualquier matrimonio. Aquella misma noche fueron al monte a dormir, con prisas. Con tantas que ni mantas cogieron. Llegaron cansados, él dispuesto a dormir y ella a gozar.

—¿Dónde tienes más mantas? —preguntó ella al ver la manta raída y agujereada que tenía la cama.

—No tengo más mantas, con esta tengo de sobra, yo nunca tengo frío.

—¿Qué le vamos a hacer? Mañana traeré el ajuar, con sábanas de felpa y mantas de Zamora —. Se encogió de hombros con resignación ella.

 Se metieron en el camastro del chozo, y él se dio la media vuelta, insensible a las caricias de ella y notando cierto calorcillo.

—Déjame, tengo que madrugar mañana, que hoy ya he perdido mucho tiempo... —dijo soñoliento, sin malos modos, pero descortés, aunque eso él no lo consideraba así, lo primero era el cuidado de su rebaño.

—Pero es nuestra luna de miel —protestaba ella mimosa mientras se arrimaba bien a él, al tiempo que buscaba su reacción.

Él se levantó, y al rato regresó con una pequeña orza de barro.

—Aquí tienes toda la miel que quieras —dijo y se volvió a acostar, de nuevo dándole la espalda.
—No quiero miel, te quiero a ti, a mi marido. Tengo frío y tú no me quieres dar calor —protestó ella apretándose bien contra la espalda de él, que notó cierta sensación extraña bastante placentera.

Por unos instantes, Pascuala pensó que Pedro reaccionaría, pero cuando más feliz se las prometía:

—Llevas razón, esta manta está muy vieja y rota. Mejor vete al otro cuarto con el mozo, que tiene la manta nueva y además de buena lana virgen, seguro que con él no tienes frío —dijo, y se quedó tan pancho.

—Seguro que no — reaccionó ella con enfado manifiesto, y con la necesidad del calor amante.  Se marchó desnuda como estaba en dirección al otro cuarto.

 Y se metió en la cama con el zagal, de no más de diecisiete años. El cual dormido estaba, pero pronto despertó con un cuerpo joven y desnudo que le daba calor, y él sí supo cómo combatir el frío en las noches de invierno. A pesar de su inexperiencia del muchacho, aquella noche bajó la manta de pura lana virgen, él dejo de serlo.

Pedro escuchó el traqueteo del colchón, inocente o no, dijo:

—Mírala, mírala como tiembla, y eso que tienen manta nueva de pura lana virgen, anda que, si llega a quedarse conmigo, no habría pasado frío ni nada —y se dio media vuelta y se quedó dormido.

Cuentan, que cuando Pascuala tuvo una criatura, fruto de esas noches de frío, el crío no se agarraba a los pezones. Desesperada se lo comentó a Pedro:

—¿Y estás preocupada por eso? Les pasa a muchas ovejas, que no tienen pezones, hay que ayudarles…

—¿Ayudarles? ¿Y eso cómo se hace? —Preguntó, un tanto molesta por haberla comparado con una oveja.

—Pues haciéndote lo mismo que les hago a ellas, pero ahora tengo mucha faena, tengo que ordeñar las ovejas para poder poner el cuajo en la pleita…

—Tengo las tetas a punto de reventar, me duelen mucho, y si tu hijo no mama, se muere. Las ovejas pueden esperar, digo yo —arguyó con determinación Pascuala, sacándose uno de los pechos.

Pedro movió la cabeza de un lado a otro, dudando, al mirar a los ojos a Pascuala, la vio tan hermosa, que se arrodilló en la cama junto a ella, arrimó sus labios admirando la hermosura de la luna de sus pechos, y comenzó a succionar el calostro. Al principio le costó, pero finalmente, la criatura se agarró al pecho; aunque hubo de esperar, porque algo ocurría en todo su ser, como si fuese una culebrilla que le trastornaba todos los sentidos, sin haberlo experimentado antes. 

Nunca había visto a una mujer con tanta ternura, con tanto amor.  Desde aquel día supo que  sus manos,  no solo servían para ordeñar a  las ovejas, o sus labios  para que los corderillos se agarrasen a las tetas de las ovejas,  también para que su hijo se pudiera agarrar al pezón; y sobre todo, servían para acariciar y besar los labios de la persona amada.

Dicen que tuvieron muchos hijos, y que aquella manta vieja fue testigo de las noches y mañanas más ardientes que jamás se vivieron en las tierras de don Quijote. 

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domingo, 26 de enero de 2020

¿Leer yo? No tengo tiempo para esas tonterías.



Resulta más que frecuente, que cuando me encuentro con algún viejo conocido, me pregunte, como quien no quiere la cosa y siempre con solapada ironía, sobre si escribo o si ya se me ha pasado la locura. 
Esto fue hace unos días. Me encontré a un antiguo amigo en la calle, en la puerta de la biblioteca, tras saludarnos de manera afectuosa y interrogarnos sobre nuestras respectivas familias, llegó el turno de preguntas laborales, fue él quien primero me preguntó:
––Estás ya jubilado, ¿no?
––No, sigo desempleado, y ya no creo que encuentre...
––No, desde luego, yo sí estoy jubilado, llevaba ya más de cinco años sin encontrar nada...
––Lo que llevo yo, las empresas pueden tener mano de obra joven y gratis, no van a pagar por viejos...
––Llevas razón, cuatrocientos euros le pagan a mi hijo,  con una carrera de ingeniería y un máster, becario le llaman a eso., pero tú... ¿todavía escribes?
––Sí, claro ––le contesté.
––¿Y eso te da para comer? Yo siempre he pensado que la gente que escribe si no gana pesetas, está un poco loca, fíjate, de tanto escribir, se volvió loco, se creía sus propias invenciones y se montó en un jamelgo para recorrer la Mancha...
––Sí, algo de locos tendremos, aunque a mí el escribir me ha salvado de la locura, y don Quijote se volvió loco con la lectura de caballerías, no por escribir...
 ––Pues eso, al fin y al cabo, lo mismo da, que lo mismo tiene, casi más loco quien escribe que quien lee. Si ya nadie lee, ¡qué gilipollez escribir!, ¿no? Es verdad, nadie quiere volverse loco, nadie lee...
–– ¿Tú tampoco? ––Le pregunté contrariado y un poco molesto, a pesar de disimularlo con una sonrisa, que hasta yo intuía circunstancial y forzada. Además, estábamos en la puerta de la biblioteca y daba por sentado que los dos llevábamos el mismo camino. 
––¿Yo? No, ¿cómo voy a leer? Yo no tengo tiempo para perder con tonterías..., ya te lo he dicho. 
––Me habías dicho que estabas jubilado..., además, ni leer, ni escribir son tonterías, ayudan a pensar un poco...––mi tono, a pesar de mi sonrisa, seguro que lo apreció molesto. 
––Perdona. No quiero decir que sean tonterías, pero los libros son muy caros..., y sí, yo estoy jubilado y por mucho que estire la pensión...–– intentó disculparse de manera algo torpe. 
––Llevas razón, pero también hay bibliotecas, como esta.
––Claro, claro, pero dar no sé qué entrar en esos sitios, toda la gente callada, como mustios, leyendo sin nada que hacer, sin ni siquiera una cerveza en la mano...
––También puedes llevártelo a tu casa, y acompañarlo con una cerveza o un güisqui...
––Calla, calla, en mi casa prefiero el sofá y la tele...,  no me gusta perder el tiempo en leer, esa es la verdad. Claro que si tú me regalases uno de los tuyos...
––¿Lo leerías?
––¡Hombre! no lo sé, pero si alguna vez te haces famoso..., a lo mejor, si me lo dedicas...
Me entraron ganas de reír. Le dije que no era intención mía hacerme famoso, y que los libros se imprimían para ser leídos, no para ponerlos en una estantería. Nos despedimos, yo pasé a la biblioteca buscando la novela de Niebla, de Miguel de Unamuno, y él, a la casa de apuestas que está enfrente.
A buen seguro, como los libros son muy caros,  y no tiene tiempo para esas tonterías seguirá jugándose los cuartos y yo seguiré con mi locura de escribir y leer, ya sea comprado o de biblioteca. Leeré lo que me apetezca y escribiré  lo que vaya saliendo, ya sea cuento, novela o nivola... 

Paco Arenas

Niebla (Nivola)


Ahora estoy recogiendo más datos de esta tragicomedia, de esta farsa fúnebre. Pensé primero hacer de ello un sainete; pero considerándolo mejor he decidido meterlo de cualquier manera,
como Cervantes metió en su Quijote aquellas novelas que en él figuran, en una novela que estoy escribiendo para desquitarme de los quebraderos de cabeza que me da el embarazo de
mi mujer.
––Pero ¿te has metido a escribir una novela?
––¿Y qué quieres que hiciese?
––¿Y cuál es su argumento, si se puede saber?
––Mi novela no tiene argumento, o mejor dicho, será el que vaya saliendo. El argumento se
hace él solo.
––¿Y cómo es eso?
––Pues mira, un día de estos que no sabía bien qué hacer, pero sentía ansia de hacer algo, una comezón muy íntima, un escarabajeo de la fantasía, me dije: voy a escribir una novela,
pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá. Me senté, cogí unas cuartillas y empecé lo primero que se me ocurrió, sin saber lo que seguiría, sin plan alguno. Mis personajes se irán haciendo según obren y hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá formando poco a poco. Y a las veces su carácter será el de no tenerlo...

Miguel de Unamuno (Niebla)




domingo, 19 de enero de 2020

Filosofía de un desertor del arado ( nadie más importante que quien de la tierra hace crecer la vida)


Vivir, siempre vivir, caminando con un objetivo cierto, o a la aventura. Pero siempre vivir, besando hasta el último suspiro, abrazando hasta el penúltimo esfuerzo, el último siempre debe ser para intentar seguir viviendo.
Sueña, siempre sueña, sueña por soñar, sueña; pero nunca te olvides que los sueños, sueños son, y en eso se quedan sino luchas por hacerlos realidad, y sobre todo, que los sueños más hermosos, son siempre los compartidos, mucho más hermosos si son colectivos.
Luchar, siempre luchar, incluso contra nosotros mismos si es preciso. Luchar contra injusticia y la tiranía, contra la intolerancia, también contra la sumisión, que es todavía peor que la cobardía. Tener miedo no es de cobardes, si no te rindes, la cobardía es aceptad como irremediable la derrota sin presentar batalla.
Exigir y no claudicar. Exigir lo justo y necesario, y si es posible un poco más allá, no conformarse con la meta alcanzada, la autocomplacencia es comenzaba a claudicar, el objetivo no debe ser llegar a lo más alto, pretender conquistar la cima es estúpido sino piensas bajar seguir caminando a ras del suelo, al lado del labrador que abre los surcos y echa la semilla en la tierra para que nazca la espiga, nadie más importante que quien de la tierra hace crecer la vida, nunca lo olvides. Es infinitamente más importante más importante caminar, perdido o no, que llegar al final del camino y sentarse a esperar la muerte.
Amar, siempre amar, hasta el último orgasmo y mucho más allá, pues los orgasmos se acaban y el amor queda hasta después del último viaje. Amar, siempre amar, comenzando por uno mismo, de manera generosa, también egoísta. El amor comienza en ti, y vuelve a ti si lo derramas. Ama, siempre ama.
Piensa, siempre piensa, no lo que te digan que pienses, no lo que diga «tu líder», sino lo que te dicte el corazón, nunca las vísceras, las vísceras todo lo convierten en mierda; aunque, también en energía, y el corazón también es una víscera. Piensa también con él, no seas, por ser racional, un ser frío sin corazón ni sentimientos.
Piensa, siempre piensa, no en la forma de conseguir dinero, cuando te mueres no lo necesitas, sino en la manera de ser feliz. Piensa y camina, sé peripatético, pensando se avanza, nunca dejes de caminar, nunca dejes de pensar, cuestiona todo, sé incómodo para el poder, sé incómodo para ti mismo, piensa y cuestiona hasta tus propias certezas.
Proponte subir escaleras hasta la cúpula más alta, no para llegar a una meta, sino para volver a bajar, para caminar, piensa que la vida y lo más importante se cultiva a ras de suelo, y que las gentes realmente valiosas son aquellas que sudan el pan que se comen.
Sé, si quieres, patriota, pero que tu patria no se limite a un trozo de tela en el balcón, a un territorio y sus fronteras, la patria no es eso, la patria son las gentes que pisan, sudan, viven, trabajan, sueñan, aman y luchan por esa tierra que pisan, mucho más allá de sus fronteras, quien se limita al ellas y desprecia al forastero, no es un patriota, es solo eso, nada, un trozo de trapo que con el sol pierde su color y lo que es más importante, su esencia.
Y, sobre todo, no derrames ni una sola gota de tu sangre por un rey, él es mucho menos importante que tú, tú eres importante, vives, sueñas, trabajas, luchas, él es un parásito que vive de tu trabajo, que te roba tus sueños y tu sudor, y que, siendo la pieza más inútil e innecesaria, come cuando a tus hijos les falta el pan en la boca.
Ser felices, salud para todos y si es posible vivamos, escribamos, luchemos por la República, la de las personas de todo el mundo, sin distinción de razas..., a ser posible comienza por la República independiente de tu casa y viviendo, amando, soñando y luchando logres el sueño colectivo de la libertad, la igualdad y la fraternidad, sin olvidad nunca la justicia, la cual nunca debes dejar en manos de los jueces que puedan tener un precio.
Lee, siempre lee, no te quedes solo con la palabra que se lleva el viento, lee, como algo tan útil como el comer, y algo tan necesario como el cagar. Lee, lee siempre, para aprender, o desaprender, para pensar o para dejar de pensar, para viajar o tumbarte en la cama, lee, siempre lee, y si es posible, también escribe, sí escribe, di lo que piensas, aunque siendo consciente de que de cada tres palabras, en dos puedes estar equivocado.
Y tú, que escribes, piensa que todo lo anterior es más importante que escribir; no obstante, escribe, siempre escribe, sabiendo que ni nuestras palabras nos pertenecen sino tienen como propósito nuestra felicidad y, tan importante como la nuestra, las de los demás, sin miedo y sin complejos, derramemos la tinta hasta la última gota.
Escribe sabiendo que la palabra es el arma más poderosa contra la injusticia, haz que cada palabra, no sea solo bella, hazla, sí, hazla herramienta de liberación, ponla al servicio, no del quien te pague, te convertirías en un mercenario, sino de aquel que no las pueda pagar. Se libre, y haz que tus palabras, al menos lo intenten, ser espada y ariete contra la opresión.
Paco Arenas

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martes, 17 de diciembre de 2019

Escribir hasta que se seque la sangre




Escribir hasta que se seque la sangre,
pero no escribir por escribir,
ni, aunque sean las más hermosas palabras,
lo bello por lo bello, no es nada,
sino cae el fruto del árbol
y no sacia el hambre o la sed de unos labios.
Subir a la montaña,
es hacer el esfuerzo en vano,
huera sangre que no da fruto.
Baja al barro,
cava el surco con el azadón
hasta romper el astil,
llega el origen de la vida,
riega los huesos de los muertos con tu sudor.
Pregúntales a ellos que lucharon
el porqué de la ambición,
de la miseria,
la tristeza en los ojos de un niño
que no solo de pan tiene hambre.
Busca ese surco,
hinca el arado,
destruye la espada,
moja la pluma,
y escribe con sangre,
escribe como un poeta maldito,
insultando al rey y a su corte,
señalando a los culpables,
a los ladrones de risas,
a los usurpadores de la felicidad
de los pobres.
Señala con la reja
el inicio del surco,
y con la orca de avellano
el final de la besana,
de tus versos.
Escribe contra la gran furcia,
que no santa,
que dice que Cleopatra,
la reina de todas las reinas,
la madre de todos los miserables
que ciñen corona,
en una palabra,
de todos los ladrones,
debe bañarse en leche de burra,
mientras los hijos de quienes ordeñan la teta
mueren de hambre
sin sorber una gota.
Escribe eso, poeta maldito,
escribe del hambre y sus penas,
de quienes se dan golpes de pecho,
y roban y humillan al hambriento.
Escríbelo con tu sangre,
sin miedo,
y entonces,
solo entonces,
habrá merecido la pena
vivir para escribir,
escribir para vivir
porque este viaje,
maldito poeta,
poeta maldito,
es una gran farsa
si no apartas el trigo de la paja.
Se poeta maldito,
y no te arrodilles ni para rezar.
Escribe, poeta...
maldito poeta...
¡ESCRIBE!

©Paco Arenas

domingo, 1 de diciembre de 2019

La ternura de los besos fusilados




(A ellos, a esos besos y abrazos fusilados por el odio y la sinrazón, con todo mi desprecio hacia aquellos que pretenden arrancando lápidas borrar sus nombres de la historia).

Ves sus esqueletos en los fondos de las fosas y te producen escalofríos y dolor. Imaginas esos días de angustia, que ni el olor de las flores puede borrar la falta de besos y abrazos. Muecas de dolor, de tristeza, de desprecio hacía sus asesinos. En sus ropas, lapiceros y las últimas cartas de amor en los bolsillos, en sonajero de Martín, o un lazo en atado, tal vez a sus cabellos, para si un día los rescatan del olvido sepan sus seres queridos que no son huesos, que murieron por la libertad y por el amor y que el el postrero instante de ternura, fue para ellos, justo antes de que balas asesinas les arrebataran los últimos besos y abrazos. 

 Los he visto en las fosas de Paterna, pero también están en la Almudena, en Uclés, en Cuenca, Badajoz, Cuenca, Málaga, Sevilla o en una ignorada cuneta de las muchas repartidas por España, mientras sus asesinos reposan en iglesias y catedrales, con todos los honores y sin que les falten flores.  

Y no son huesos, no son esqueletos los que se besan y abrazan con ternura, son aquellos corazones enamorados que una mañana, como otras muchas mañanas, después de una noche en vela, sin dormir, sabiendo que llegarían antes del alba, en sus caras la risa se desvaneció, el brillo de unos ojos se tornó acuosa y dolorosa oscuridad de quienes quedaron y en muerte de quienes que no querían cerrarlos para siempre.

Cuando llamaron a la puerta, de sus labios escapó el último suspiro antes del postrero beso y el penúltimo abrazo. Aquel abrazo desgarrado que auguraba la soledad eterna de la espera, el silencio de los enterradores que saben que sepultan con sus palas jóvenes vidas que dejaron tras de sí muchos besos que dar, muchos abrazos que recibir.

Amanece, y es la oscuridad lo que cubre con su negro manto los corazones, justo después de los disparos de los traidores. La tierra de España se regó con las lágrimas de madres y esposas enlutadas, de hijos que nunca recibirán el abrazo cariñoso de su padre, o de su madre, de hijos que no nacerán, porque esos peinaran los no nacidos con las estrías de sus balas al mismo tiempo que asesinan a sus madres.

Quienes se quedan, encontrarán el lecho desierto cada noche, esperando el reencuentro que no llegará hasta que la muerte les junte.

La tierra de España fue regada con lágrimas desconsoladas, con sangre valiente de hombres y mujeres, que desde sus tumbas gritan contra los miserables que ordenan el olvido, y pretenden que se borre sus crímenes de la memoria colectiva de una a quitar sus lápidas del Memorial.

Sobre esa tierra crecerán rosas, rojas como la sangre derramada, y de cada espina de sus tallos, no lo dudes, saldrán tres mil corazones, seis mil ojos, puños dispuestos a enarbolar la bandera de la libertad y desde sus cuencas vacías a los miserables, reirán ochenta y tres años después.

Cae la lluvia triste sobre Madrid, parece como si todas las ausencias se concentraran de nuevo junto a las tapias de la Almudena y de nuevo, sonaran los disparos, con cada una de las lápidas que arrancan, o pretenden arrancar de la memoria.

Las estrellas volverán a brillar, y las banderas de la Libertad a ondear, que no lo duden los patriotas de trapo. Por mucho que ladren los perros, que de un tiempo a esta parte no cesan de ladrar, no por los huesos enterrados, no por la pena causada, sino porque son perros rabiosos, y como tales se comportan. Helados tienen el corazón quienes, a las víctimas del asesino, pretende humillar de esa forma…

Llueve, sobre los corazones helados de quienes no se conmueven de ochenta años de espera para esos besos y abrazos que se dejaron de dar, porque con el atronador sonido de fusiles asesinos, asesinaron los besos.


©Paco Arenas, autor de Magdalenas sin azúcar


Ilustración ©Víctor Blake


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