viernes, 3 de enero de 2014

El día de Año Nuevo en el que realice patinaje artístico en la cuesta de la Divina Pastora




Fue un día de enero de hace muchos años, Pinarejo presentaba un radiante manto blanco.   Yo era un retraído adolescente que soñaba con amores imposibles al otro lado de las infranqueables fronteras de mi timidez. Amores de esos que leía en los libros que me llenaban el cerebro de fantasías, en las cuales yo era dicharachero y locuaz como ningún otro;  sin embargo,  eran solo eso fantasías de un apocado adolescente vestido de estreno. 


Era Año Nuevo y mi madre me había puesto de punta en blanco. Un pantalón y una camisa “de vestir” y un jersey  blanco con motivos esquimales.  Sin mi chaqueta negra de cuero, con la pegatina del Che Guevara, para que se viese que iba de punta en blanco, así que  yo más chulo que un ocho bajé por las escaleras de tierra que  años atrás había tallado mi padre, y que desde su muerte nadie había repasado.  Para quien no lo sepa, donde está ahora el mirador de la Divina Pastora, antes estaba la cueva de Colgajo y unas escaleras por las que se acortaba bastante camino sin necesidad de dar la vuelta por la calle. Bajé un escalón, tal vez dos, y patiné veinte, fue tal el resbalón que me pegué, que cuando mi trasero llegó veloz a la calle Cantarranas, mi pantalón y mi jersey habían cambiado de color y los cachetes del culo me ardían tanto como me dolían. 

 Rápido y veloz me levante, mirando a todas las ventanas por si alguien me había visto.  Todas las ventanas estaban cerradas o al menos eso me pareció a mí.

Subí ahora por donde debía haber bajado, por la calle Divina Pastora, me cambié herido en mi orgullo por otra ropa de domingo, que no era nueva, me puse mi chaqueta con la pegatina del Che, y me fui a la plaza, ahora bajando por la calle. 

Aparte de mi madre, nadie supo de lo sucedido, pero aquella noche soñé que mi caída era contemplada desde las ventanas de sus casas por las chicas del pueblo, para vergüenza mía, mientras sonaban en mi cerebro estos versos de Pablo Neruda:



Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte 

la leche de los senos como de un manantial, 
por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte 
en la risa de oro y la voz de cristal. 
Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos 
y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal, 
porque tu ser pasara sin pena al lado mío 
y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-. 



Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría 
amarte, amarte como nadie supo jamás! 
Morir y todavía 
amarte más. 
Y todavía 
amarte más 
y más.

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