
Esta mañana me he pasado por la Ciudad Fallera y he aprovechado para saludar a mi paisano Luis Culebras. Bastó ese gesto —y las fechas, siempre las fechas— para que el tiempo se plegara sobre sí mismo y me devolviera a un año lejano, tan lejano que parece otro siglo. Aquel 4 de febrero en que Luis, mi hermano Julián y yo, cansados de trabajar y de vivir deprisa, cogimos el coche y nos presentamos en Pinarejo justo a tiempo de prender la iluminaria de la víspera.
La noche fue larga y generosa. Y breve, como todas las noches felices. A las cuatro de la madrugada, sin haber dormido y con algún cubalibre de más, emprendimos el regreso por aquella Nacional III interminable, rumbo a Valencia y a la obligación. Era fiesta en Pinarejo, sí, pero solo allí: al amanecer había que trabajar.
Lo que se goza por la noche se paga al día siguiente. Lo supe al agacharme para coger los ladrillos, cuando en la garganta, en el estómago y, sobre todo, en la cabeza, aún me hablaban los cubatas de la víspera, recordándome que el cuerpo también guarda memoria.
Pensando en eso me acosté. Pensando en Santa Águeda —yo, que tan poco tengo de religioso—, en Pinarejo y en sus fiestas, en aquella tierra manchega que tanto echo de menos. Pensando, pensando… me dormí.
1ª parte del sueño: «Melocotones en almíbar»
Me veo pequeño, con seis o siete
años. Todavía es de noche y estoy entre sábanas de algodón blanco, secadas al
sol. Estoy bien arropado, enseñando apenas el flequillo. La puerta del cuarto
queda entornada para que, en cuanto la lumbre prenda, el calor vaya trepando
por las estancias de la casa.
Veo a mi padre levantarse de la
cama y, casi corriendo, marchar hacia el corral. Al regresar trae un par de
ceporros de oliva y encina. Enciende el candil con un fósforo y, acto seguido,
lía un cigarro y lo prende con la misma llama. Su figura alargada se recorta,
cual sombra chinesca, en la pared.
Se acerca a la chimenea. Lo oigo
trajinar con el fuego, soplar, colocar la leña, canturrear por lo bajo… hasta
que, de pronto, el comedor se ilumina con la luz rojiza de la lumbre. Escucho
cómo se frota las manos y suspira con fuerza.
Va al aparador, coge la botella de
aguardiente y echa un trago a galillo.
—Pa limpiar las tripas.
Deja la botella y se acerca a la
puerta de la calle, asomándose:
—Está raso, ¡copón! No llueve ni pa
Dios.
Cierra intentando no hacer ruido.
Veo cómo se lía otro cigarro y lo enciende con el primero. Adivino el
resplandor al prenderse. Luego desaparece hacia la cuadra. Oigo el relinchar de
las mulas, el cacareo nervioso de las gallinas, un portazo, y a mi padre decir:
—¡Vaya aires! Entre que no llueve,
hiela y hace este viento, se van a secar hasta las ideas…
Lo oigo volver. Está junto a la
chimenea otra vez: coloca un chaparro y unas cepas secas. El fuego crece. El
crepitar se vuelve más intenso.
Sale del comedor y sube las
escaleras hacia la cámara, donde está el pajar. Al cabo de unos minutos regresa
con el cigarrillo atrapado entre los labios y una espuerta llena de paja.
Yo salto de la cama y me acerco a
darle un beso.
—Padre, pincha usted.
Él me devuelve el beso, me coge en
brazos y me devuelve a la cama.
—Anda, quédate acostao, que no son
ni las seis… y hoy es fiesta: Santa Águeda.
—¿Padre, qué lleva Santa Águeda en
el plato?
A mi espalda escucho la risa de mi
madre. Mi padre ríe también.
—Melocotones en almíbar —contesta
mi madre, por si acaso a mi padre se le escapa la palabra prohibida.
Mi padre ríe con el cigarro entre
los labios; se lo quita, lo apaga, y se guarda la colilla en la petaca.
—Melocotones… pero muy sabrosos.
—Yo creía que eran huevos fritos…
—Sí, eso deberían ser: los huevos
fritos del Quintianus de los cojo… —y se traga la palabra—. Melocotones.
—¡Fermín! —le corta mi madre.
—¿Padre, por qué muy sabrosos?
—pregunté inocente.
—Tontunas de padre… porque son en
almíbar —saltó mi madre.
—Porque además de ser en almíbar…
dan leche —soltó mi padre, que no quedaba conforme con ocultarme lo que llevaba
la patrona de Pinarejo.
—¿Como las vacas y las ovejas?
—pregunté yo.
Quedaba tan lejos mi edad de mamón…
y siempre, cuando veía a un crío mamando, decían aquella palabra rara:
«calostro», que sonaba casi como a insulto.
—Sí, como las vacas y las ovejas
—contestó mi madre, tapándome con las sábanas casi hasta la frente y regañando
a mi padre con la mirada.
—Sigo diciendo lo mismo: lo que
debería llevar en el plato debería ser un chorizo y dos huevos, los del
Quintianus ese… Todo el que le hace eso a una mujer, colgado de los mismos…
—susurró mi padre al oído de mi madre.
Pero yo entonces tenía el oído muy
fino… no como ahora, que soy un sordo de moda: oigo lo que me acomoda.
2ª parte del sueño: «El lupanar de rica miel»
Don Gregorio, el cura de Pinarejo,
celebra la misa en honor a Santa Águeda. Los chiquillos estamos en la parte de
atrás, debajo del coro, detrás de los hombres. Vamos con la ropa de los
domingos: la misma para todos los domingos y fiestas de guardar.
Permanecemos en silencio, mirando
al cura como quien mira al trueno. Medio bailamos para que no se nos queden los
pies helados, pero procurando no llamar la atención, no fuese a caer algún
capón de propina. Porque es preciso decir que don Gregorio era famoso entre los
chiquillos de Pinarejo por sus capones de sardineta: dolían al caer y una
semana entera se acordaba uno del golpe.
—El senador Quintianus intentó
conseguir los placeres de la joven Águeda, nuestra patrona, y ella lo rechazó
con la fuerza que le dio Cristo. El procónsul, pagano, al no poder conseguir
sus enfermizos propósitos, en venganza la envió a un lupanar, donde milagrosamente
conservó su virginidad… —narraba el cura.
Ahora, de adulto, me surgirían
otras preguntas, más críticas, sobre ese Quintianus tan parecido a los
poderosos de todas las épocas. Pero entonces, en mi mente infantil, eran
preguntas distintas: si Quintianus era malvado… ¿por qué quería “placeres”? ¿Qué
quería decir “pagano”? ¿Era que pagaba? En ese caso no parecía tan malo. Los
malos, según mi padre y mi madre, eran los «malos pagadores» y quienes robaban
a los pobres.
Lo de conservar la virginidad
milagrosamente no lo comprendía. Ni sabía qué era la virginidad. Ni sabía qué
era un lupanar. No podía cuestionarlo.
La virginidad, la verdad, ni
entonces me llamaba la atención ni ahora tampoco: no sirve para nada, ni da más
virtud, ni más honestidad, ni menos. Lo que no influye en la honestidad del
hombre, tampoco debería influir en la de la mujer, digo yo.
Pero lo del lupanar… eso era otro
cantar: ahora me asquea y entonces me intrigaba.
—¿Qué es un lupanar? —le pregunté a
mi vecino, cinco años mayor que yo, muy listo y además el más cercano.
—Es como una taberna donde, en
lugar de vino, sirven un panal de miel. Van los hombres por la noche a comer
picatostes con vino y miel. Me lo ha dicho mi abuelo: «un lupanar de rica
miel…» —me contestó convencido.
—¿Picatostes con vino y miel? Pues
yo quiero ir a un lupanar —dije.
—Solo pueden ir los hombres. Los
chiquillos no. Y no se pueden enterar las mujeres, porque si se enteran, su
vida se convierte en un infierno. Así que no se lo digas a nadie.
—No hay derecho: yo quiero ir al
lupanar a comer picatostes con miel… —repliqué alzando la voz.
Entonces, los nudillos de una
catequista aterrizaron sobre mi cabeza. Ella también se había copiado de don
Gregorio y repartía capones.
—En misa no se habla —nos riñó por
lo bajini.
Me giré y la miré. Estaba severa,
enfadada… pero tan guapa, que la palabrota que iba a soltarle me la tragué para
mis adentros.
3ª parte del sueño
Ya no soy un crío: soy un
adolescente con barba incipiente y la cara como un plato de lentejas rojas de
tantas espinillas. Tengo frío por todo el cuerpo. Miro hacia Pinarejo… pero no
desde mi cama: lo miro desde lo alto de una oliva del Pulido, con el cestillo
en la cintura, vareando aceituna.
Curiosamente es de noche. Coger
aceituna de noche y encima subido a una oliva de cinco metros… algo más
estúpido imposible. Pero los sueños son así: no piden permiso, solo se
presentan.
Desde el Pulido, Pinarejo tiene la
silueta de dos pechos de mujer: uno es la torre de la iglesia, el otro el
molino de viento. Y no sé por qué, tras el pueblo, me parece ver unos ojos
bellos, como los de una muchacha que me observa desde la lejanía.
Siempre veo ojos bellos. No lo
puedo evitar y miro primero a los ojos antes que a nada. Quizá sea porque fue
tan grande mi timidez que todavía necesito afirmarme en esa mirada. No soporto
hablar con nadie que lleve gafas de sol. Manías que, en vez de curarse, se
agrandan con los años.
Sigo mirando y veo la silueta de
don Quijote. Va solo, sin Sancho. Se dirige hacia el molino de viento, pero en
la era de don Pepe tropieza con una figura tendida a la luz de la luna. Una
muchacha enorme, del tamaño de los gigantes que imaginaba el Caballero de la
Triste Figura. Descabalga con miedo y se le acerca.
La muchacha duerme, boca arriba,
como si el mundo fuese un colchón de escarcha. Y entonces, como si un hechicero
malvado nos hubiese puesto una venda en los ojos, todo se vuelve imposible y
hermoso: la visión se transforma, late, respira, y el aire huele a ambrosía.
—No podrás subir —me dice don
Quijote, socarrón—. Es piel muy resbaladiza… y como la despiertes, te engulle
sin masticar. Parece bella, sí… pero lo bello también muerde.
Rocinante da vueltas, inquieto, y
cada vez que pasa junto a aquella abundancia, se detiene, como sediento, a
beber lo que el sueño le ofrece. Don Quijote se ríe, y su risa suena a hierro
viejo.
Yo, terco, intento acercarme. Pero
entonces ocurre lo que ocurre siempre en los sueños: lo real se convierte en
símbolo. Lo deseado cambia de forma. Lo dulce amenaza.
Aquello que parecía piel suave se
vuelve áspero, como melocotón. Y en un parpadeo ya no es cuerpo: son dos
melocotones enormes. Y luego, sin aviso, la piel desaparece y todo se vuelve
almíbar, resbaladizo. Me hundo. Intento trepar y no puedo. Y el chocolate
—oscuro, espeso— se abre bajo mis pies como arenas movedizas.
—Disfruta del chocolate —me grita
don Quijote—, que a la nata no llegarás… No se hizo la miel para la boca del
asno.
Resbalo hasta el suelo, harto de
dulce y de vergüenza. Y entonces llegan hormigas (siendo pleno invierno, fíjate
tú), y además son de mi tamaño. Chupan el almíbar de mi cuerpo, que ahora
también anda sin ropa, como los santos en los retablos cuando les cae la
pintura.
Después se marchan… hacia un plato
inmenso con dos huevos fritos y un chorizo.
—¿Son los míos? —pregunto.
—No, tranquilo —responde don
Quijote—. Son los de Quintianus.
Desperté sudoroso y asustado. Eran
las seis de la mañana. Me había acostado a las cinco y a las siete tenía que
levantarme para ir a trabajar a la obra.
Me dormí otra vez maldiciendo mi
suerte y mi resaca. Me dolía tanto la cabeza que no me daba ni para pensar lo
absurdo del sueño… ni lo todavía más absurdo de haber ido a Pinarejo la víspera
de Santa Águeda, para tener que levantarme al día siguiente a las siete: no
borracho, pero con resaca monumental.
Quise volver a dormir y soñar con
aquellos melocotones sabrosos que daban leche. No pudo ser. Sonó el
despertador. Y creí oír la voz de mi padre:
—Anda, quédate acostao, que no son
ni las seis… y hoy es fiesta en Pinarejo: Santa Águeda.
Pero yo estaba en Valencia. No era
fiesta. Y tenía que irme a trabajaba a la obra a destajo… Ninguna madrugada la
pasé tan mal como aquella mañana.
Paco Arenas en Pinarejo a 5 de
febrero de 1987
.png)
me gustan sus poesías por que cuando las leo me parece ver el pueblo de mis recuerdos de la infancia.
ResponderEliminarGracias amig@ . Al menos sirven para algo.
ResponderEliminarМне понравился ваш праздник в Пинарехо,выпито много разного вина,наверное были также коньяк и водка.А сколько при этом было откровенных и задушевных бесед!!! Не всё,но основное,наверное запомнилось.Ну а некоторые неприятности на следующий день - это чтобы дата 5\ 2 2014 лучше запомнилась. Потом сны - они чудесные: отец,мама, сирена,дон Кихот. Читала новым способом - просто читала без словаря и только 2-3 слова,уже потом проверяла в словаре. Мне нравятся твои рассказы,читается легко и с интересом.
ResponderEliminar