sábado, 3 de marzo de 2018

Cuentos de móviles o celulares ( Cinco relatos del Bar Arenas de Benicalap)



Llegaron para quedarse, yo fui de esos que pensaron que eran un juguete que como el «tomagochi» eran una cosa pasajera, que tal vez, y ni siquiera, era útil para transportistas y poco más, puesto que todos teníamos teléfono en casa y cabinas telefónicas en muchas calles. Lo confieso, me equivoqué, y lo peor, es que sigo pensando que, posiblemente, si no existiesen el mundo sería muy diferente para mejor, o al menos que solo sirviesen para hablar por teléfono y poco más.
Hoy me han venido a la mente cuatro casos que, en aquel, no tan lejano tiempo, me llamaron mucho la atención:

El hombre que hablaba a los árboles

Fue la primera vez que vi a un hombre hablando a un árbol, o al menos era lo que pensaba yo y todos quienes desde el bar lo contemplamos muertos de risa. Frente al bar había unos cuantos árboles plantados de manera precipitada en vísperas de elecciones municipales. Todavía no existía el parque actual. De repente entra un barrendero, podría decirse que entre escandalizado y guasón, señalando, tras pedir una cerveza, a un hombre muy bien trajeado, apoyado en el delgado tronco de uno de los árboles:
—Mirar el menda ese hablando al árbol.

Al instante, todos miramos por la ventana, el hombre movía una de las manos haciendo aspavientos como si estuviese discutiendo acaloradamente con alguien. 

—Menudo chalado —dijo uno.

—A saber lo que se ha fumado —dijo otro.

No había mucho que especular, todos estábamos de acuerdo con quienes había hablado. Hasta que entra un representante de encurtidos y se nos queda mirando a todos. Le señalamos a aquel hombre, y nos contesta:

—Yo también me quiero comprar uno. Es el mejor invento que existe.

Ese día nos enteramos de que había teléfonos móviles que se podían llevar de un lado a otro.


La joven que se quedó sin cenar


Mientras que tuve en el bar, era muy frecuente que más de un joven se quedase sin cenar por culpa de una llamada de teléfono, pues como recordareis, si ahora la cobertura 4G es mala, en muchos casos, entonces era muy deficiente, nunca funcionaba en el interior de los edificios. El primer caso que conocí fue el de una joven, que llegó con unos amigos, nada más poner los platos sobre la mesa sonó el móvil. Salió a la calle y se quedó sin cenar, entre las risas de sus amigos, que les parecía una estupidez tener el móvil, porque:

—Con ese aparato estás siempre localizado y tus padres saben dónde estás, menudas ganas…

La cocinera jeta


Más o menos al contrario nos ocurrió con una joven cocinera que tuvimos contratada un par de meses. Era una adelantada a su tiempo en esta cuestión, ya tenía la muchacha la adicción actual, y eso que el móvil solo servía para llamar. Tenía ella y el novio móvil, pero cuando tenía que llamar al novio, iba a casa de la madre o de la abuela, y se enfadaba la buena muchacha de que su madre y su abuela le echasen en cara las más de treinta mil pesetas que habían tenido que pagar de teléfono (que esa era otra, cada minuto de móvil o a móvil, te podía salir por más de 125 pesetas, 65 céntimos de euro).
Un fin de semana, llegó la hora de comenzar la jornada y no se presentó, sabíamos por el novio, que ese viernes había un concierto de un conocido grupo musical que no recuerdo, y que a ambos les gustaba mucho.  El día de antes nos dijo que el teléfono de su casa lo tenían estropeado, que si la tenía que llamar lo hiciese al móvil.

Entonces llamó, siendo ella la que se delató:

—Paco, ¡¡achís!!, tengo un catarro de mil demonios, ¡¡achís!!, ¡¡achís!!, no puedo ni respirar, ufff, me ahogo…estoy muy mala, muy mala, perdona, pero hoy no podré ir, ¡¡achís!!, a ver si mañana estoy mejor¡¡achís!!…

—Tranquila. Intentaremos apañarnos como sea —le contesté.

Nada más colgar, tuve la sensación de que esas toses y estornudos habían sonado forzados. Aunque no suelo ser desconfiado, al instante se me ocurrió que podía estar en el concierto. Sin pensármelo dos veces, marqué su número fijo; a pesar de habernos dicho que lo tenía estropeado. Al otro lado del teléfono fue su madre quien contesto, con la cual no había hablado nunca, no existiendo entonces identificador de llamadas y mi voz todavía sonaba a joven treintañero.

—¿Está Amparo?

—Amparo se ha marchado con Joan al concierto, como hoy libraba —respondió inocentemente la pobre mujer.

—¿Entonces no está en su casa? —volví a preguntar.

—No, me ha dicho que hoy libraba y que se iba a ver a este grupo de melenudos que no sé cómo se llama —insistió la mujer.

—Pensaba que estaba enferma —dije.

—¿Mi Amparo? ¡Qué va! Ya te digo, está en el concierto.

—Vale, pues dígale que he llamado.

—¿Quién le digo que ha llamado?

—Paco.

—Eres un amigo de ella.

—Sí —le contesté sin querer darle a la mujer el disgusto de saber que había delatado a su hija sin saberlo.

Entonces, la llamé, lo cogió a la segunda llamada (entonces ni los móviles tenían identificador de llamadas), se escuchaba la música o el ruido del grupo musical. Directamente le pregunté por el concierto. Me preguntó que quién era, y cuando se lo dije, comenzó de nuevo las toses y estornudos, eso sí, acompañados por el ruido del concierto de fondo.

—Estoy muy mala, ¡¡achís!!, aquí calentita en la cama, ¡¡achís!! ¡¡achís!!

—Estás en el concierto.

—Estoy en mi casa.

—No, estás en el concierto.

—Estoy en mi casa, te lo juro…

—Pues nada, ahora mismo te llamo a tu casa.

—Llámame al móvil, ya te dije ayer que el fijo está estropeado.

—Pues ya lo han arreglado, acabo de hablar con tu madre.

—No.

—Sí, y me has dicho que hoy librabas y que ibas al concierto.

—¿Y por qué me has llamado al móvil?

—Muy sencillo, llevabas dos semanas hablando del grupo de marras y que no te lo perderías por nada del mundo.




La adolescente que no comprendía cómo nos podíamos apañar sin móvil

Había una adolescente que iba con sus padres unas veces y otras con el novio al bar. Cuando iba con su novio se mandaban mensajitos a pesar de estar en la misma mesa. Cuando iba con sus padres, lo único que veía era la pantalla de su pequeño celular. Siendo que la conocía desde el día que nació, no tuve reparos en decirle que no era normal que estuviese todo el tiempo con aquel aparato.

—Estoy quedando con mi novio…

—Pues hija mía, las veinticuatro horas del día estás quedando con tu novio —le recriminó la madre.

—¿Acaso no quedaste hace una hora cuando te despediste de él? —preguntó el padre.
—Pues no. Menuda tontería, siempre quedamos por móvil.

—¿Por móvil? ¿por qué no en persona? —pregunté yo.

—Por móvil, sí, la gente normal queda por móvil. No sé cómo podíais quedar con vuestras novias o novios sin móvil… —replicó segura de tener toda la razón del mundo mundial.

—Y sin teléfono, en mi casa no hubo teléfono hasta después de nacer tu hermano…—le contestó su madre.

—¡Bahh! No me lo creo, ¿cómo os ibais a conocer entonces? Mamá dices unas tonterías...

La conversación duró, sin que la jovencita llegase a comprender que podía llegar a existir una vida sin celulares y mucho menos sin teléfonos.


El anciano adicto al móvil


Iba por el bar un anciano al cual se lo llevaban los demonios cada vez que veía a un joven con el móvil en la mano, sobre todo si veía a su hijo.

—Están todos los jóvenes chalados. Esos aparatos atontan a la gente. Mira que te digo, al paso que vamos, llegará el día que todos jóvenes serán incapaces de separarse de un móvil. Estarán todos atontados.

Llegó un día al bar con su hijo, a los cinco minutos comenzó a registrarse los bolsillos. Veo que nervioso se levanta y se va. Se acerca su hijo a la barra y me pregunta:

—¿Sabes a dónde va mi padre?

Me encogí de hombros.

En el mes de mayo le regalé un móvil, ahora siempre lo lleva en el bolsillo, como se le ha olvidado en casa, ha ido a por él, por si alguien lo llama, y el único que lo llamo soy yo.


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