sábado, 9 de noviembre de 2013

Todos los enlaces de las fotografías de las gentes de Pinarejo



















En este aquellas primeras después de la creación del Grupo Gentes de Pinarejo, así sucesivamente.







































Aquí ando recopilando algunas fotos también muy interesantes.





























En este grupo se encuentran una serie de fotografias diversas, algunas coloreadas.













Fotografías antiguas de la vendimia
En este grupo se encuentran las relacionadas con la vendimia, no solo de Pinarejo sino también algunas de La Mancha.


Este grupo para mí resulta muy entrañable, están bastantes bodas de personas a las cuales hemos querido y querremos mucho.



Como su nombre indica, esta entrada está dedicada a Santa Águeda y sus procesiones, pero sobre todo a sus gentes, aquí también hay algunas fotos actuales. Teniendo preferencia las antiguas sobre las actuales.


En esta entrada se encuentran las fotos que tienen que ver con una tradición que llego a tener gran arraigo en Pinarejo pero que con el mal de las "vacas locas" despareció. No obstante forma parte de nuestra memoria viva y que como tal deberíamos recuperar.




Aquí como su nombre indica están las fotos de lo que fue una fiesta de gran arraigo en Pinarejo y que esperemos que pronto forme parte de la historia.























Son fotos en su mayoría de quienes tenemos de cuarenta a sesenta años, que aunque ya peinemos canas, un día también fuimos jóvenes.

























Fotografías tomada por José Antonio Cifuentes López, fotografo aficionado que consigue muy buenos resultados, casi profesionales.














Fotografías actuales de Pinarejo, Parque del Molino( Paco Arenas)

Fotos tiradas al tuntun por quien le gusta la fotografía y no tiene ni idea de como hacerla.(es decir, mi humilde persona)






Paisajes de Pinarejo (Fotografías actuales)


La leyenda de la vieja cabrera de la Montesina

Aquí traigo una nueva leyenda castellana, de esas que creo recordar y que tal vez algo me invento. 

Contaban nuestros mayores que en aquellos tiempos en que los chiquillos echaban los dientes agarrados al arado, en no pocas ocasiones se perdían, si eso pasaba en verano la criatura podía ser presa de los lobos o de gigantescas culebras que decían que se enrollaban en el cuello cuando dormían  hasta asfixiarlo, pero en el invierno a los peligros del verano se unía el frío intenso que podía llegar a provocar la congelación.
Contaban que en cierta ocasión se perdió un chiquillo al que su padre había mandado a por leña a La Montesina.  El chiquillo a última hora se entretuvo intentando coger unas perdices, terminándose por perder en el monte.
Los padres al ver que no llegaba, convocaron a los vecinos de Pinarejo para ir a buscarle, era pleno invierno y se helaban hasta las pestañas y por si fuese poco comenzó a nevar como nunca antes recordaban en Pinarejo.  La búsqueda fue infructuosa. Así  continuaron  durante dos días, dando gritos a diestro y siniestro no solo por La Montesina sino por todo el término y fuera del mismo, sin que hubiese rastro de la criatura.
Al tercer día, cuando ya todo el mundo creía que estaba muerto, apareció con su borrico en su casa cargado de leña como si nada hubiese pasado. Todos se echaban las manos a la cabeza. ¿Cómo podía ser si habían rastreado hasta debajo de las piedras que no le hubiesen encontrado si llegaba tan campante y decía que venía de la Montesina y que además apareciese tan lustroso y sin rastro de haber pasado ni frio ni calamidades?
El chiquillo explico con toda naturalidad que una vieja cabrera le había llevado a su chozo y allí había estado todo el tiempo tan calentito y bien alimentado a base de leche de cabra y queso y que solo cuando dejo de nevar le dejo marchar ayudándole a cargar la leña y dándole un queso para el camino. Abriendo el morral sacó lo que le quedaba del queso como muestra.


Por mucho que buscaron por toda la Montesina, si bien encontraron un chozo, en ningún momento encontraron rastro ni de la anciana ni de sus cabras.  Aunque según cuentan parecidas historias les aconteció a más de uno de aquellos que se perdieron en la Montesina, historias que siempre hablaban de una vieja cabrera que les protegía del frío y del hambre; todavía hoy,  según cuentan , algunas noches se escuchan rebaños de cabras en las noches de invierno,  cuando alguien se pierde por La Montesina.

jueves, 31 de octubre de 2013

La leyenda de la «aparecía» o la «reina mora» de Pinarejo»


 "La aparecía" o "la reina mora" de Pinarejo

En Pinarejo, antes de que existiese «Jalowien», ya existían tradiciones de máscaras y de contar historias alrededor de la lumbre o la estufa de leña. Un experto que a mí me dejaba con la boca abierta era Joaquín «El Tuerto». Otros, como Julián, «El Rojo de Soplaeras», o Fermín «Arenas», mi padre, también contaban ese tipo de historias, aunque había muchos más. En este caso, creo que esta leyenda la recuerdo, en parte, por haberla escuchado de labios de Joaquín «El Tuerto», tal noche como esta, hace ya muchos años, en casa de mi hermana Dolores, vecina de Joaquín y Lucía.

Ese día de Las Ánimas o de Todos los Santos era un día para que la gente joven se juntara y se hicieran unas buenas sartenes de miguillas dulces o puches, terminando las sobras taponando los orificios de las cerraduras. También era noche de enterrar castañas y bellotas en la lumbre y disfrutar de esas magníficas historias.

Una de esas historias que, a grandes rasgos, recuerdo era la de una mujer que se aparecía en la noche de Todos los Santos. Si ha sobrevivido ha sido gracias a las notas que tomé hace unos años cuando la recordé. El año pasado escribí esto, que más o menos se ajusta a lo que en su momento me contaron:

La leyenda de la «aparecida» o la «reina mora» de Pinarejo

Dicen de ella que era muy guapa, de rostro blanco como la luna llena, con cabellos largos y muy rizados que le caían por la espalda. A pesar de su gran belleza, provocaba un miedo terrorífico. Según contaban, lo que más llamaba la atención eran sus hermosos y grandes ojos, tan negros como el azabache, como de mora. Dicen que aquel que la miraba no podía apartar la vista de ellos, en los cuales veía su propia muerte. Le avisaban de que, la próxima vez que la viera, estaría muerto y que tal calamidad no tardaría más de lo que duraba el año.

También contaban que esa misma mujer se aparecía a las mujeres de día, a pleno sol, y que iba a la fuente o a los pozos cuando las mozas estaban llenando los cántaros de agua, y les decía que le dejasen pasar delante sin guardar la cola. Si se negaban, les arreaba con el cántaro en la cabeza, dejándolas muertas en el acto. Aunque otros decían que la leyenda no era así, sino que solo se refería a las mozas que fuesen a llenar agua al pozo de La Veguilla el día de Las Ánimas, y que no las mataba, sino que se quedaban para vestir santos de por vida o de sobrinas de cura.

Otros cuentan que se aparecía a pastores y campesinos jóvenes, junto a los abrevaderos donde iban a dar de beber a sus animales, y que, si eran buenos mozos, aparecía con un camisón de raso y yacía con ellos, quedando atrapados para formar parte de su harén para siempre. Es por lo que a esta bella mujer la llamaban la «aparecida» o la «reina mora», en contraposición a los «desaparecidos» o los «cristianos cautivos».

Según contaban aquellos narradores de Pinarejo, quienes la veían no eran capaces de olvidar lo vivido; no obstante, si intentaban contarlo, se quedaban mudos de por vida, advertidos por la bella «aparecida».

Ocurrió que una moza de Pinarejo presenció cómo su novio era seducido por la «reina mora», muriendo justo dos días antes de la boda. La desconsolada muchacha fue a pedir consejo a una anciana que vivía a espaldas del cementerio viejo. Esta le dijo que el único modo de vengarse de la «aparecida» era vestirse de mozo, para lo cual debía tener muy en cuenta cubrirse los ojos antes de mirarla. Debía pasear cerca del pozo de la Veguilla a medianoche y, en cuanto se le apareciera, evitando mirarla a los ojos, arrojarle agua bendita a los labios.

—Lo más importante es que el agua bendita llegue a sus labios y que tus ojos no vean los suyos; de no ser así, la muerta serías tú —le advirtió la vieja.

Sin decirle nada a nadie, ni saber muy bien cómo hacerlo, se vistió con las ropas de su difunto novio y se colocó dos pañuelos de campesino, de esos que utilizan en La Mancha para protegerse del polvo y el sol: uno al cuello y otro anudado en la cabeza, puesto que resultaba difícil caminar con los ojos vendados. Tenía miedo y desconfiaba de la vieja, pero decidió arriesgarse.

Fue a la iglesia y llenó una pequeña frasca de cristal con agua bendita de la pila bautismal, guardándola bien apretada entre sus pechos y el corpiño.

Con el miedo en el cuerpo, la joven, antes de la medianoche, estaba sentada en el brocal del pozo de la Veguilla, tal como le había indicado la anciana, con una venda en los ojos, una mano en el pecho sujetando la frasca y la otra en la frente, dispuesta a bajarse la venda en el momento oportuno.

A las doce en punto, mientras esperaba a la «reina mora», escuchó la voz de su novio, que con palabras dulces le hablaba de amor. Advertida de que eso podía ocurrir, y de que la mujer de bellos ojos podía aparecer como alguien querido, la muchacha inclinó la cabeza, como avergonzada. Respondió con la misma dulzura, diciéndole a su amado que se acercase, que el secreto mejor guardado de su amor aún lo reservaba para él y estaba dispuesta a entregárselo aquella noche junto a los juncos del pozo de la Veguilla:

—Antes quiero abrazarte y besarte, aunque en ello me vaya la vida —dijo, arrepintiéndose al instante, sabiendo que podía morir si la «aparecida» llegaba siquiera a tocarla.

—Amor mío, suelta tus cabellos al viento, que mucho afea ese burdo pañuelo la luz de la luna en tu rostro, y así podré besarte como el esposo que soñé ser… —le dijo la «reina mora», tomando la forma de su amado mientras se acercaba.

La joven negó con la cabeza, bajándose el pañuelo y cubriéndose los ojos con él.

—Abrázame primero y quítame tú, mi amado, este pañuelo que a ti te pertenece, así como todo lo que cubre —dijo, incapaz de resistir la atracción que sentía, muy a su pesar.

Cuando la «aparecida» fue a abrazarla, la muchacha dijo que tenía sed y bebió agua bendita de la pequeña frasca. Después, muerta de miedo, abrazó a su supuesto novio y juntaron sus labios, sabiéndose perdida. En el momento en que la «reina mora» intentaba quitarle la venda, depositó parte del agua bendita en su boca, provocando que aquella comenzase a arder como aliagas secas.

Al día siguiente, nadie se explicaba cómo era posible que los juncos hubiesen ardido dejando dibujado un espacio con forma de mujer. Solo la joven que había besado a la muerte conocía la razón: el agua bendita que tragó fue la que le salvó la vida.

Lo cierto es que ya nunca más hubo aparecidas ni desaparecidos en Pinarejo.


© Paco Arenas

domingo, 20 de octubre de 2013

Pinarejo siempre con las maletas preparadas(homenaje a nuestros abuelos)


Pinarejo desde que nuestros abuelos tienen memoria siempre ha estado con las maletas o el hato preparado, no ha sido un pueblo de quedarse quieto esperando que el trabajo llegase hasta él, su especial relieve de transición, su limitado termino, embutido, nunca mejor dicho entre santa María del Campo Rus y el Castillo, con mucho monte y pocas tierras de cultivo, en comparación con otros pueblos, ha provocado que desde siempre los pinarejeros hayamos sido en cierto modo nómadas.  Muchos

Fueron muchos los pinarejeros de antaño que nacieron en distintos lugares de la geografía manchega u Andaluza, Morón de la Frontera, Córdoba, Priego de Córdoba,  Rute, Baeza, La Carolina, Argamasilla de Alba, Socuéllamos, El Tomelloso, Villarobledo o Arenas de San Juan.  Eran muchos aquellos que terminaban el año en Andalucía cogiendo aceituna, nuestro pueblo aceitunero, se apresuraba a cogerla antes de final de año para marcharse a las zonas aceituneras de Andalucía, comenzaban por tanto  el año, nuestros abuelos,  en Andalucía, donde se tiraban hasta bien pasado el mes de febrero, de olivar en olivar, de pueblo en pueblo, mujeres, ancianos, niños y viejos*, no importaba la edad o el estado, embarazadas y niños de pecho…, razón por la cual, el 5 de febrero, fiestas patronales de Pinarejo, eran más los pinarejeros que estaban fuera que los que se encontraban en Pinarejo, razón por la cual se hubieron de cambiar las fiestas a septiembre, pero con sentido práctico, duplicándolas el 11 de septiembre.  Eso en el invierno.

En el verano pasaba otro tanto de lo mismo, la temporada de siega era muy corta en Pinarejo y eran muchas las cuadrillas que se juntaban para ir a segar a La Mancha, sí a La Mancha, porque para nuestros abuelos La Mancha comenzaba y terminaba en la provincia de Ciudad Real, que durante muchos años fue el nombre que tuvo, allí se tiraban toda la temporada de siega, hasta finales de agosto.  Hacían  un pequeño descanso en septiembre para después de la fiesta marchar de nuevo a vendimiar de nuevo a La Mancha, especialmente a Socuéllamos y Villarobledo.
Así fue hasta los años sesenta, en que muchos comenzaron a marchar a Valencia, donde fue mi abuelo Felipe López, posiblemente, el primero en marcharse, en los años 30, donde le pilló la guerra, Madrid, pero sobre todo a Ibiza, concretamente a San Antonio, donde posiblemente el número de Pinarejeros y descendientes de los mismos, superen ampliamente o doblen el número de habitantes Pinarejo.



No hacían el viaje en taxi, en autobús y mucho menos en el confortable AVE, lo realizaban a pie, en el tren de san Fernando, un rato a pie y otro andando, los más afortunados, mujeres embarazadas, viejos o niños a ratos iban con el avió y el hato en los carros o galeras.   Fueron personas duras pero alegres y combativas.

No debemos olvidar su sacrificio y su lucha, su amor a la familia y a su pueblo, a pesar de las penurias, porque ellos son la esencia de lo que somos.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha (PDF)

                


Posiblemente La Mancha, para bien o para mal,  no sería  La Mancha sino se le hubiese ocurrido a Miguel de Cervantes escribir  “El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha”,  siendo  la obra en lengua castellana más universal y mejor valorada de todos los tiempos. Una de las más admirables creaciones escritas del espíritu humano. Reconozco que aunque la primera parte la he leído varias veces, la segunda parte tan solo en dos ocasiones, una en mi juventud y otra en la edad tardía, sin embargo, ahora de vez en cuando, como ya me sé la historia, leo capítulos sueltos de manera anárquica y desordenada,  con independencia de que sean de la primera o segunda parte, algunos varias veces y otros a medias.  



El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha
 La historia comienza: 

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad… “


Como todo sabemos Don Quijote, acaba perdiendo el juicio de leer tantos libros de caballerías y decide armarse caballero, al igual que los héroes de sus libros y salir por las tierras de La Mancha en busca de aventuras y grandes hazañas. En su camino Quijote confunde la realidad con la ficción. Lo que le ocurrió al pobre caballero de la triste figura le puede ocurrir a cualquiera, todos llevamos un quijote dentro, un sancho, un carrasco…


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